El cementerio de mamuts

Hombre maduro tras la ventana de una oficina
Foto por Petras Gagilas

Existe en el país del cuento, al este de su capital, un cementerio de mamuts. En realidad no es ningún cementerio, sino una reserva de tierra del color de la ceniza, a la que van a parar los enormes y ancestrales paquidermos. Los acoge el Ministerio de Repesca para que no maquinen pesadumbres, eso sobre todo, pero también para que algo rindan y se abarate su mantenimiento. Se trata de que no se pasen todo el día en sus casas mirando las musarañas.

Hasta el cementerio se conducen los mamuts de manera voluntaria, cuando comienzan a ver que les llega el final de sus días felices. Desde ese primer momento acuden en larga y despaciosa procesión, resignados y con la cerviz gacha. Algunos son tan pesados que oscilan como péndulos al caminar; otros, no menos voluminosos, avanzan con el aire decidido y ligero de Nadia Comaneci, a la entrada de una de sus míticas volteretas. Casi todos los mamuts vienen ya domesticados de casa, aunque todavía quedan algunos de los que rezongan por todo y embisten si se les lleva la contraria.

Allí, en la reserva, el Ministerio de Repesca encomienda a los mamuts tareas rutinarias, todo el tiempo los tiene de la Ceca a la Meca, trajinando entre pastos y tierras arables, olivares, naranjales y demás frutales. Trata el Ministerio de entretenerlos a todos por igual, y eso que los hay de toda condición y oficio. Los hay que se creen muy listos, y otros que se boicotean a sí mismos. Hay mamuts informáticos con el disco duro rayado que hablan en bucle, y mamuts telefonistos que tartamudean en cuanto les salta una llamada. No falta la típica secretaria mamut que en el día de su cumpleaños convida a cruasanes y tarta, incluso alguna bruja mamut a la que desde hace tiempo le viene fallando la bola de cristal.

Por ganarse un sobresueldo, algunos mamuts hasta perros pasean si hace falta, claro que en su tiempo libre; a otros, más conformistas, les basta con la escueta ración que el Ministerio les da. Hay mamuts desafinados, mamuts barítonos que barritan zarzuelas, y hasta mamuts que de su trompa sacan melancólicas melodías, como quien toca el saxofón. Hay mamuts presenciales, y mamuts que solo están en la imaginación de algunos.

Como todo el mundo sabe, la bebida favorita de los mamuts es el vermú, pero en la reserva el Ministerio solo les deja beber un café aguachinado que pueden adquirir a un módico precio, en unas máquinas de repostaje. A base de chupitos de café los mamuts se mantienen sobrios y activos, y si necesitan una sobredosis de azúcar, o de aceite de palma o de glutamato monosódico, la pueden conseguir en la máquina expendedora de alimentos retractilados, la que está al fondo según se entra en la reserva, todo recto por el pasillo. También hay un surtidor de cocacolas. Todas estas máquinas expendedoras las coloca el Ministerio de Repesca en lugares estratégicos, y con ellas tratar de recuperar parte del dinero que gasta en el mantenimiento de los mamuts. 

Pero no son los mamuts los únicos paquidermos que paran en el cementerio. El Ministerio de Repesca también da asilo a unos cuantos elefantes bebés, y no precisamente para que aprendan lección alguna de sus mayores. Más bien sucede lo contrario: son los elefantitos mucho más avispados que los mamuts, y a menudo marcan su senda. El Ministerio los mete en la reserva para que los mamuts no se den cuenta de que su final anda próximo. Pero los mamuts no son tan idiotas como los responsables del Ministerio se creen, y algo sospechan. Más suspicaces se vuelven el día en que descubren que han trasladado a otro zoológico al baby elefante del que, por ejemplo, se habían encariñado. A veces los mamuts previenen a los chiquitines con consejos que no se recetaron a ellos mismos en sus tiempos mozos, «vete a recorrer el mundo, hijo, o hazte funcionario de prisiones; encuentra tu lugar antes de que seas demasiado viejo y no te abran la puerta en ninguna parte». Será porque siguen este gran consejo o por su natural inteligencia, que no pocos elefantitos abandonan el cementerio de un día para otro, y nunca más se les vuelve a ver el pelaje por aquel lugar.

A media tarde, todas y cada una de las tardes, viene la chica alegre del vestido rosa con su carrito, y se da un paseo entre las lindes de las parcelas en las que andan entretenidos los mamuts. Comprueba con minuciosidad que todo está en orden, y entre distracciones y zalamerías va recogiendo con disimulo las inmundicias de los mamuts, unas plastas descomunales tan resecas como sus sueños, que no huelen a nada. También se encarga, por propia iniciativa, de recibir a los recién llegados, «sea usted bienvenido, señor mamut; aquí tiene un cajón en el que podrá dejar sus pertenencias y sus manías», y les promete que, si se portan bien, les llevará a explorar el cuarto oscuro desde el que se puede sentir el lloriqueo del mar. Pero nunca les lleva, para que mantengan la ilusión de escuchar algún día el lamento de las olas. La misma dedicación pone la chica del vestido rosa con los cachorros de elefante, aunque obvio es decir que mucho menos tiempo le lleva retirar sus joviales y disminuidas boñigas.

Si algo caracteriza a los mamuts es su piel curtida y gruesa, casi inexpugnable a los pequeños agravios de la vida. Sus colmillos son largos y retorcidos, así como sus razonamientos. Eso si es que entran en razón, y les queda alguno sano; no es raro el mamut que a su edad no sufra de alguna caries, ya sea en los colmillos o en el cerebro.

Cuando llega la noche, los mamuts se sienten tan agotados que necesitan descansar. No les cabe más remedio que irse a dormir a sus casas, puesto que el Ministerio no ha instalado literas en el cementerio, ni ningún tipo de hamaca o camastro. Al menos por ahora. En el momento de abandonar la reserva los mamuts se precipitan en estampida hacia la salida. Pareciera como si milagrosamente sus pesados andares se volvieran ágiles y sus fuerzas renovadas. No hay noche en que a algún espécimen no se le terminen enredando las patazas en los tornos de salida, por el ansia de abandonar el lugar lo antes posible. Inútil instinto es el que empuja a estos animales a ese tipo de comportamientos, pues al día siguiente tendrán irremediablemente que regresar a la reserva, si es que quieren mantener su plaza.

Los que han conocido el cementerio de noche dicen que estremece tanta penumbra y ausencia de almas. Comentan que entre las lindes no se percibe otra cosa más que el latido leve de la máquina expendedora de alimentos, y el goteo senil de los surtidores de café y Coca Cola. En sus casas, ya todos los mamuts andarán reposando en sus colosales camitas, vencidos por el cansancio y entre sueños de rebeldía, contra lo que ya no se les permite ser. Elefantes equilibristas quisieran ser otra vez, sobre la cuerda floja de la vida. Pero son solo mamuts, nada más que mamuts, viejos, lentos y pesados...

Comentarios

  1. Anónimo12:57 p. m.

    Excelente escrito, duro y triste por lo real. Me ha encantado, me ha entristecido porque es cierto.Muy bueno, de verdad. Un fuerte abrazo. Puedo compartirlo??

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    1. Muchas gracias. Sí, la vida es dura o blanda a veces, pero ahí estamos los elefantes y los mamuts batallándola en cualquier caso.

      Por supuesto que puedes compartir el relato; a fin de cuentas, qué es un escritor sin lectores...

      Un abrazo.

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  2. Lo que me suena tu ministerio de Repesca!
    Me ha encantado lo de las caries en el cerebro! A ver si viene el dentista que las empaste! Pero claro, si se las arreglaran dejarían de maquinar y ¿para qué el ministerio de Repesca?
    Un gusto pasar por aquí
    Un abrazo

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    1. Gracias Loles. Sí, el Ministerio de Repesca creo que tiene cementerio de mamuts por bastantes sitios. A mí me ha dado asilo en uno de ellos, y más vale que no me lleven a ningún dentista.

      Un abrazo, Loles.

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