Un hombre vulgar

Fila de rostros mirando al vacío
Foto por Hernán Piñera
Se miró al espejo del cuarto de baño, e, igual que Dorian Gray, descubrió su retrato devastado por el paso de los años. Pero al contrario que Dorian, no le dio especial importancia a los estragos del tiempo, por ejemplo a su papada, o a las arrugas que le acorralaban los ojos. Tampoco se fijó en los goterones de sudor que le rezumaban por cada poro de su piel. Por contra, sí le llamó la atención, y mucho, la vulgaridad de su rostro. De repente se descubrió como un hombre ordinario. Cayó en la cuenta de que cada ocurrencia suya era, con toda seguridad, de lo más aburrido, y de que cualquiera de sus frases ingeniosas carecía del menor ingenio. Tampoco, probablemente, ninguno de sus chistes había sido jamás gracioso, pero lo vio con completa clarividencia entonces, en el preciso momento en que el espejo le devolvía aquella imagen tan familiar y sin adornos...

Dio la espalda a ese hombre vulgar y repetido que, con desapasionado interés, le estaba observando desde el otro lado del cristal. Salió del cuarto de baño. Apagó la luz. Fue hasta la cocina. Cogió una bolsa de rafia, desprendió de la nevera el pósit en que anotaba metódicamente la lista de la compra, lo guardó en el bolsillo del pantalón. Y por fin bajó al supermercado, para mezclarse con toda esa gente corriente que, en su esencia, era tan similar a él. Ascendió al piso superior por las escalerillas mecánicas, mecánicamente, sin mirar para los lados, con la mente perdida en una nebulosa de reflejos e intensas luces led. Divisó el panorama refrigerado de los lineales con la frialdad de ánimo de un asesino demente. De entre los estantes, rescató una lechuga iceberg, unos tomates verdes clónicos, un pack de ocho unidades de yogures naturales, tan sin azúcar, como cada uno de sus días... Tan a su medida todo lo que metió aquella tarde en la bolsa, como tan perecedero y desabrido... Y tan vulgar y falto de color, como por fuera y por dentro era él...

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