El veraneo

Los hijos son una de las pertenencias más queridas de cualquier padre medio responsable, si no la que más. Los gatos pueden cuidarse solos; los niños, no. Aquel verano, qué bien les hubiera venido a Timoteo y Elvira que sus hijos se hubieran conformado, durante una semana no más, con una tinaja de agua y un perol repleto de patatas hervidas que, eso sí, la misma Elvira les hubiera preparado con todo su amor de madre certificada. Pero los hijos son muy, pero que muy exigentes, y no se resignan a que les vengan con cualquier comida mal recalentada.

Como cada año, se celebró la rifa de las vacaciones con las que Cojoplástica S.L. obsequiaba a unos pocos agraciados de entre sus empleados. El sorteo se celebró en el comedor de la empresa. La mano inocente de una señorita —a la que se le habían vendado a conciencia los ojos para que no existiese el menor atisbo de trampa— extrajo del interior de una saca de fieltro negro unos cuantos papelitos con los números afortunados. En cuanto Timoteo comprobó que uno de aquellos guarismos coincidía con el número escrito en su carnet de empresa, supo de inmediato que aquello iba a suponer, más que una ventaja, un verdadero problema familiar. Porque a fin de cuentas sus hijos no eran gatos.

El premio consistía en una semana de veraneo para dos personas en una fantástica pensión sin estrellas sita en la localidad de Villajoyosa, provincia de Alicante. Por razones que sólo la junta directiva debía conocer, la estancia no consideraba el número de familiares que el empleado pudiera tener a su cargo. El viaje era para dos, y cada cual se las debería recomponer para escoger como acompañante a su querida esposa, el primogénito, la niña mimada, o la misma suegra si eso era lo que se le antojaba.

Elvira no era de las que dejaban pasar la menor oportunidad. El lema de su vida, por así decirlo, era el de «la ocasión la pintan calva». Por si fuera poco, nunca había visto el mar. Tan solo había escuchado las olas como ruido de fondo en alguna de esas radionovelas que tanto le gustaba escuchar, y si conocía el sabor salado de los profundos océanos era gracias a la sal marina con que sazonaba sus potajes. En cuantito el marido llegó con la noticia del premio para dos, rebuscó entre toda su red social para ver quién andaba dispuesto a lidiar con sus niños. «Eso, o te quedas tú aquí solo con los tres, y me voy yo con la yaya», advirtió al marido, señalando al relicario en que guardaba el mechón de pelo de su madre muerta.

Los montes de piedad y las Hermanitas de San Cipriano siempre fueron un recurso hecho a la justa medida de lo más menesterosos. Con el dinero que obtuvo por el empeño de su querido transistor, Elvira se compró un bañador de cuerpo entero, compuesto en una sola pieza. Su marido, si es que quería tomar el sol y meterse en el agua, se las podría apañar con los calzoncillos floreados que ella misma fabricó un día con los retales de una vieja cortina. Por si acaso algún ladrón se colaba dentro de su hogar durante el veraneo, guardó la papeleta de empeño en el interior de la cómoda, envuelta entre un par de calcetines de invierno. Luego colocó unas cuantas mudas y algunas ropitas de los niños en una maleta, y se marchó con sus tres criaturas en busca de las monjas.

Desde la tercera planta del hospicio, con sus caritas redondas apretujadas contra el vidrio de un ventanal, algunos inquilinos con plaza garantizada contemplaron curiosos a una mujer que, acompañada de tres mocosos, hablaba con la madre superiora en el patio. Conocían de memoria aquella escena. La superiora, con gesto angelical en su sonrosado rostro, dijo a Elvira que sólo podían hacerse cargo de los dos hermanitos más pequeños: la niña preciosa y el niño bonito. Si al cabo de una o dos semanas su mamá no volvía a por ellos, habría alguna posibilidad de encontrarles una familia adoptiva. Sin embargo, el mayor no se podía quedar allí, pues las familias pudientes no mostraban el más mínimo interés por los chicos más creciditos. «Algo es algo», suspiró Elvira. Agradecida ante todo por la caridad sin interés que allí se le ofrecía, depositó con las hermanas a sus dos hijos más pequeños. Cuando llegó a casa, no  tardó en poner a resguardo, junto a la papeleta de empeño, el recibí que la hermana superiora le diera. Aunque sinceramente, no creía que ningún ladrón quisiera quedarse con sus criaturitas.

Ya sólo tenía que encontrar una solución para su chico el mayor, el Andresito. Urdió un sencillo plan. Le llevó a una vecina un plato de gachas que, según le contó, había preparado para ella. A cambio le pidió que le hiciera el favor de prestarle el teléfono para realizar una conferencia, allá con el pueblo. Sentía la necesidad perentoria de hablar con la tía Charo, la única hermana viva de su madre difunta, y de quien no tenía noticias desde hacía mucho, mucho tiempo.

La tía Charo quedó encantada con la llamada de su sobrina. Mientras la vecina no perdía ni ripio de lo que en su casa se decía, Elvira contó a su tía cuánto la quería, y cuánto se había acordado de ella en todos estos años en que no había tenido noticias suyas. Le confirmó que, en efecto, terminó casándose con aquel «pánfilo orejón del Timoteo» —según descripción textual de la tía—, y que sus niños, ya tenían tres, habían heredado, los pobrecillos, las orejas de soplillo del papá. La vecina empezó a apremiar respecto al coste de la conferencia, así que Elvira fue al grano. Salió con el cuento de que era demasiado gasto ir a verla, al pueblo, con toda la prole, pero que si quería le enviaba al mayor de los hermanos para que así pudiera conocerlo, que hasta por algunos gestos le recordaba mucho a ella. La tía quedó encantada con la posibilidad de la visita del sobrino-nieto, y, por si fuera poco, estaba dispuesta a cubrir todos los gastos del viaje. De este modo el asunto del veraneo quedó arreglado, y allá con su tía logró Elvira facturar al Andresito.

La estación de autobuses recordaba, por el gentío revuelto, a una ciudad en evacuación en tiempos de guerra. El pequeño Andrés subió a un viejo bus de provincias, mientras su papá apuraba a su mamá porque el otro autobús, el que les conduciría hasta Villajoyosa, estaba ya situado en la dársena correspondiente. «Pórtate bien, Andresito. Ya verás que la tía es un poco peculiar. Pero en el pueblo te lo vas a pasar muy, muy bien. Mejor que papá y mamá. Verás lo rápido que se te pasa el tiempo, sólo será una semana». Elvira dio un beso de despedida a su chico el mayor. Por respeto al chiquillo, más que nada, retuvo a duras penas, en sus húmedos ojos, unas lagrimillas rebeldes. La emoción la embargaba, pues aquella era la primera vez que iba a disfrutar de un veraneo como Dios manda. Tras unas pocas horas de viaje en autobús, escucharía al fin el sonido verdadero de las olas del mar. Y aunque no sabía nadar, a salvo desde la arena podría contemplar, todo el rato que ella quisiera, aquel charco inmenso de agua salada...

(Continúa en Pues tampoco era para tanto)

Comentarios

  1. Hay una continuación ¿verdad?

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  2. Qué buen ojo tienes, Pensadora, je, je. No sé si continuaré, pero este relato era la introducción de otra historia. Me quedó tan larga la introducción que luego pensé que me enlazaba hasta con 3 relatos más. Ahora ando concentrado con otro escrito mucho más largo, por eso no sé si me pondré con el resto.

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