Miguitas de pan

Nuestras carnes mantecosas empezaron a ser conscientes del duro esqueleto que era el armazón interior del sillón del comedor. Se estaba quedando viejo, los años y el uso continuo no pasan en balde para los muebles. Entonces decidimos que debíamos jubilarlo y comprar un sillón más nuevo y cómodo.

Pero puestos en faena de renovación de interiores, se nos antojó cambiar también la mesa, el armario del televisor, el televisor mismo, comprar una mesita baja, una rinconera o qué sé yo. Y decidimos también cambiarlo todo de sitio, para que un nuevo orden y estado de las cosas llegase a nuestras vidas. Todo el comedor quedaría remozado, y nuestras vidas romperían un poco la monotonía...

Ha pasado un mes largo, y a día de hoy seguimos sufriendo el mismo sillón, y sólo hemos comprado una mesa, más chiquita, en la que a la hora de comer los espacios se hacen más pequeños. Y con la mesa nueva, tan delicada, hemos cambiado el viejo mantel de tela por uno de hule de cuadros similares, que protege de manchas grasientas a la mesa de madera. Y en el momento de limpiar las miguitas de pan que quedan huérfanas en el hule después de comer, hemos tenido que aprender un hábito nuevo.

Antes la limpieza del mantel de tela me era bien fácil: lo plegaba como a paracaídas recién aterrizado, y sacudía las miguitas al tejado. Después, los pajarillos acudían al festín de migas de pan, y yo me sentía feliz.

Pero el nuevo hábito de la limpieza del hule consiste en acorralar las miguitas con un trapo húmedo, empujándolas hasta un plato. Las migas quedan pegadas al trapo o al plato, y no hay forma de arrojarlas al tejado. Ahora los pájaros debe sentirse algo desgraciados sin su pequeño banquete de migas de pan...

Me quedo pensativo y me abruma una vez más la repercusión del más insignificante cambio de hábito que hacemos en nuestras vidas...

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