2 de julio de 2017

El padre coraje de la Colonia Marconi

Hombre fumando un pitillo
Fotografía por Ben Raynal
Hasta antes de conocer a Enriqueta no había encontrado una mujer que me regalara una sonrisa sincera. Me refiero a gratis. Vamos, sin pagar. Porque aunque uno se haga el medio disimulado, como no queriendo darse cuenta de la realidad, en el fondo sabe que nadie da nada por nada, y menos aún esas señoritas que se asientan al borde de la carretera del polígono de la Colonia Marconi. No te cabe duda de que si se acercan hasta ti, todo risueñas, es porque van buscando tu dinero, y si no te das cuenta es o porque eres medio retrasado o no quieres reconocer tu estupidez.

Y no es que acostumbrara yo a a pasearme a todas horas por el polígono Marconi, pero alguna que otra vez sí había caído por allí y sé de lo que hablo. Si cuando por casualidad, o empujado más que nada por la desidia, me adentré por los parajes inhóspitos por donde merodean las mencionadas señoritas, a más de uno conocí de los que presumen a todas horas y por todos lados de tener mucho sexapil y seductora caída de ojos, pero que en el fondo, lo sé de muy buena tinta, no se comen ni un colín, en asuntos amatorios, si no van con la cartera por delante.

Pero yo no soy como esos fanfarrones y sé reconocer el percal de las cosas. Por eso, en un principio, cuando la vi allí parada, junto al semáforo, a Enriqueta, pensé que era otra más de las chicas de vida relajada que mercadean con su cuerpo en el polígono. Sobre todo porque cuando se acercó a mí, a las primeras de cambio me sonrió sin venir a cuento. Pero resultó que Enriqueta no era de la misma especie que las otras señoritas, sino de otra más selecta y rebuscada, de las que en todo trato humano no sólo buscan el mero negocio, sino también poner en práctica sus teorías más particulares.

Enriqueta había llegado a la singular conclusión de que el polígono de la Colonia Marconi era el sitio ideal para encontrar a un hombre lo suficientemente desesperado como para someterlo, sin la menor resistencia, al desvarío de su voluntad. Con la argucia de su premeditada y linda sonrisa, no le resultó difícil apresarme. Vamos, que caí en sus malas artes de pesca, como un atolondrado atún que, a la caza de un banco de sardinas, se encuentra de improviso enredado en la trampa de la almadraba. A cambio de unas pocas noches de amor sin límites Enriqueta logró el preciado botín que había venido a buscar: en nueve meses -con veintiún días, para ser exactos- surgió de sus entrañas mi precioso bebé.

Enriqueta se empeñó en llamar al niño Artimaño. Aquella decisión fue otra más de sus particulares ocurrencias. Según adujo, quería que el niño tuviera un nombre único e irrepetible, y sobre todo memorable.

Nada más ver al bebé no me cupo duda de que había heredado cada uno de mis genes, hecho irrefutable que, por supuesto, produjo en Enriqueta una envidia enorme, y que destapó el tarro en que guardaba lo peor de su esencia. Ya tenía lo que había venido a buscar, y lo quería todo para sí. De inmediato comenzó a confabular mil planes para desalojarme de mi propia casa. Pero hasta ahí podíamos llegar...

Contrariada, ante mi determinación de defender las cuatro paredes que me pertenecían por derecho propio, cuando quise darme cuenta ya se había largado con Artimaño, llevándose, de paso, mis enseres más valiosos. Expuso ante la jueza, meses después, que aquel botín era la herencia anticipada que le pertenecía al niño que habíamos engendrado. Como su intención era la de no permitirme verlo durante el resto de mi vida, la lógica de su mente retorcida la empujó a arramblar con todo lo que pudo meter en un par de maletas.

Desde el primer momento la jueza simpatizó con su causa. Con lastimeros argumentos y sibilinas mentiras, Enriqueta la convenció de que yo suponía una mala influencia para la criatura. Si yo seguía visitando el polígono Marconi, y sólo muy de tarde en tarde, era por distraer la pena de no poder ver a mi hijo. Finalmente la jueza concedió a Enriqueta la custodia de Artimaño, pero al menos me concedió poner en práctica mi ideario de paternidad, aunque sólo durante los fines de semana.

También Enriqueta había concebido su propio plan educativo para el niño. Cada ecuación de sus matemáticas concluía el mismo resultado: que yo era un valor nulo, un cero a la izquierda. Su resentimiento se elevaba a lo infinito cada vez que tenía que dividir al niño con mi nulidad. Por eso insistió en poner todos los obstáculos para impedir que pudiera verlo. Sólo bajo denuncias claudicaba a sus pretensiones. Entonces, antes de dejarme al niño en depósito, redactaba en una lista todo lo que podía hacer y lo que no, lo que debía comer y lo que le estaba vetado.

Por supuesto que yo hacía caso omiso a su estúpida lista. Enriqueta profesaba el veganismo, por lo cual sometía al niño a un estricto régimen alimentario, más riguroso, si cabe, que el de visitas que me había impuesto la jueza. Alimentado a base de tubérculos, semillas y brotes de soja, mi hijo crecía raquítico y falto de color. Mi amor de padre homologado me hizo temer que cualquier mal aire me lo arrebatara para siempre. Por eso me propuse remontar, a base de hamburguesas y comida casera enlatada, los estragos que la madre provocaba en su salud. Gracias a esta dieta alternativa de fin de semana la piel mortecina de Artimaño fue recobrando el lustre y el color sonrosado de un niño sano y bien constituido. Los desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas se convirtieron en despaciosos rituales contrarreloj, cuya meta era la revitaminación de mi hijo. De paso, sirvieron también para que cierta complicidad surgiera entre el niño y yo: le hice prometer a Artimaño que jamás le contase nada a su madre acerca de aquellos tratamientos alimentarios de choque.

Entre semana Enriqueta seguía a lo suyo: a deshacer toda la labor que, sábado sí y domingo también, realizaba yo. Alimentaba al niño como si fuera un roedor enjaulado, a base de pipas, piensos deshidratados y zanahorias. Argumentaba que los betacarotenos y el germen de las semillas eran la razón de su revivido color de piel. Pero yo sabía que la explicación era bien distinta. Ante el discurso ilusorio de la madre yo guiñaba un ojo al niño, mal disimulando la risa floja que me entraba por dentro.

Las cosas en el trabajo me empezaron a ir regular. Encontré una oportunidad en el negocio de la compra-venta de entradas. Pero mi nuevo oficio me exigía una dedicación total, sobre todo durante los fines de semana. Propuse a Enriqueta que se encargara del niño durante al menos uno de cada dos sábados por la tarde. Se negó en rotundo. Si antes, respecto a la custodia de Artimaño, me negaba hasta el pan, ahora no parecía dispuesta a echar horas extras. El caso era llevarme la contraria. Eso, o que se había echado un novio nuevo, como luego resultó ser. Su propio hijo le suponía un estorbo, y tenía el descaro de reprocharme a mí lo mismo. Pasé de darle ninguna explicación, pues sabía que no entendería mis argumentos, que no podía llevar al niño conmigo a la reventa.

Además, después del trabajo era cuando conseguía algo de dinero para disfrutar un poco de la vida. Porque qué nos queda al final de cada jornada, si nuestra existencia se reduce a trabajar y trabajar. Con el niño me iba a ser imposible recuperar mis casi abandonadas visitas a la Colonia Marconi.

Ante la negativa de Enriqueta a quedarse con Artimaño durante sábados recapacité: pensé que tanto mejor si el niño me acompañaba a los alrededores de la plaza de toros y de los estadios de fútbol. Nunca entendí la razón, pues una entrada no es un bien de primera necesidad, pero el caso es que las autoridades siempre han visto con muy malos ojos el asunto de la reventa. Me di cuenta de que un niño de la mano era como un salvoconducto, el camuflaje perfecto que requería mi negocio.

Otra historia bien distinta era el tema de mis incursiones esporádicas al polígono Marconi. Pero como no tenía con quien dejar al niño, tuve que hacer de tripas corazón, y consentir que me acompañase.

Artimaño cayó simpático a las señoritas. Lograba sacar de ellas lo mejor de su instinto maternal. Supongo que por eso me hacían el favor de tenerlo medio entretenido, mientras yo me entretenía con alguna de ellas. Por supuesto que le había prevenido al niño que no le contase nada a su madre acerca de aquellas visitas furtivas al polígono. Me guardaba el secreto y, a cambio, cuando terminaba mi función con la señorita de turno, le invitaba a una hamburguesa de dos pisos en un bar de taxistas que abría durante toda la noche. Me enorgullecía la meticulosidad con que Artimaño retiraba, de entre los panecillos, todo rastro de lechuga, pepinillos, y cualquier resto de apariencia vegetal. Aparte de la carne sólo le interesaban las patatas, y los chascarrillos que le largaba algún borracho noctámbulo.

Poco a poco iba transcurriendo la niñez de mi hijo, sin destacables sobresaltos. Enriqueta parecía demasiado entretenida con su nuevo novio como para meterse en mis asuntos, y me dejaba en paz. Apenas alguna que otra vez vi al tipo con que andaba liada, mientras la esperaba dentro de un enorme y pulido Mercedes de color blanco comunión, cuando nos intercambiábamos al niño. Al parecer era búlgaro, o rumano, o albano-kosovar. Vamos, de algún país del este de Europa. Artimaño no supo darme detalles concretos de su procedencia, ni sobre a qué se dedicaba. Pero me chivó que les llevaba a menudo, a su madre y a él, al restaurante de un famoso cocinero que salía en televisión. También me contó que su mamá mal aprovechaba las invitaciones pidiendo alguna de sus típicas ensaladas de canónigos y algas rehidratadas, aunque al menos a él  le dejaba comer lo que quisiera. Según me contó, Artimaño solía escoger, de entre una carta de lo más selecta, un entrecot sanguinolento acompañado de patatas panaderas. Me enorgullecía comprobar mi impronta en los gustos de mi hijo.

Estaba claro que la sonrisa de Enriqueta no había perdido su eficacia para embaucar a los hombres. A mi ex le había dado por pastorear el forraje que emplataban en los restaurantes más finolis de la ciudad, y había encontrado al idiota perfecto que la convidaba. Mis sospechas no anduvieron muy desatinadas, cuando aventuré que su novio debía tener un oficio de dudosa reputación, como el de narcotraficante o representante de futbolistas. El cretino no se contentaba con chulear a mi ex, sino que también me corrompía al niño con todo tipo de regalitos que yo no me podía permitir. Artimaño no paraba de hablarme de su nueva videoconsola, no recuerdo el modelo ni la versión. Contra semejantes obsequios no podía competir, y menos cuando el negocio, de un día para otro, se me complicó: la policía me tenía fichado por un asunto en que me vi involucrado, una historia de entradas falsas con la que apenas nada tenía que ver.

Pero no estaba dispuesto a que ningún padre postizo comprase la voluntad de mi hijo. Casi sin darme cuenta los años habían ido pasando, y Artimaño se había convertido en casi un adolescente. Por su duodécimo cumpleaños me rasqué el bolsillo, para hacerle un regalo con que el búlgaro del Mercedes no podría competir: cuando acudimos al polígono Marconi, como cualquier otro sábado, le dije a dos de las chicas sonrientes que me lo entretuvieran. Pero aquella noche de una manera especial, como solían hacerlo conmigo...

No me quedó muy claro si el niño disfrutó la experiencia. Se pasó todo el domingo sin decir media palabra, mohíno y abstraído en uno de los estúpidos videojuegos que el búlgaro le había regalado. Por más que intentaba sonsacarle alguna impresión, me respondía con evasivas y monosílabos, embebido en la pantalla de su maquinita. Los adolescentes de todas las épocas, que no hay quien los entienda...

Para mi desgracia, Enriqueta tuvo noticias de aquella primera experiencia amorosa del niño. Resultó que el del Mercedes, tal y como yo había vaticinado, era un pájaro de cuidado: un peligroso proxeneta que controlaba gran parte de la prostitución callejera de Madrid. Imagino que por eso terminó enterándose, de primera mano, de todo el asunto.

Enriqueta reactivó sus armas de aniquilación total. Intentó alejarme definitivamente del niño, acusándome injustamente, ante la jueza de siempre, de corromper a mi propio hijo. La jueza no quiso creerme cuando le dije que la depravada era mi ex, pues andaba liada con un chulo de putas narcotraficante que obtenía sus favores sexuales a cambio de comprarle a mi hijo un surtido completo de videojuegos no aptos para menores. En vano intenté hacerle recapacitar a la jueza, invitándola a imaginar los viciosos juegos de fornicación que los dos amantes debían mantener en el asiento trasero del Mercedes, o sobre cualquier tabla rasa. Ni la jueza ni nadie supo darme nunca una explicación lógica de por qué el búlgaro, pudiendo disponer de cualquier otra de sus jóvenes prostitutas, prefería a Enriqueta.

La jueza me llamó al orden, y, como en anteriores visitas, terminó poniéndose de parte de mi ex: resolvió que debía mantenerme alejado de Enriqueta y del niño, a no menos de un kilómetro y medio a la redonda.

Contrariado y lleno de coraje, ante aquel veredicto tan injusto, esperé a mi ex a la puerta de los juzgados, para darle su merecido. Por culpa suya me impedían ver a mi hijo, por lo que estaba dispuesto a llevármela, si era necesario, por delante. Y me resultaba indiferente si iba a dar con mis huesos a la cárcel, pues lo tenía ya todo perdido: si no podía ver a Artimaño, mis días no tenían razón de ser...

Lo único que conseguí, en cuanto puse encima la primera mano a Enriqueta, fue una paliza monumental. Me la propinaron dos matones que, según vine a saber luego, eran esbirros a sueldo del búlgaro. Un mes de vacaciones a pensión completa, en un hospital de la Seguridad Social, sirvió para atemperar mi ánimo de venganza.

Lo primero que hice, nada más abandonar el hospital, fue darme una vuelta por la Colonia Marconi. Allí la vida transcurría monótona, bajo una misma pauta: sonrisas amables recibían a los visitantes, y estos correspondían ofreciendo la hospitalidad del interior de sus vehículos. Cada facción, como de costumbre, disimulando sus recíprocos intereses de por medio.

Desde aquel veredicto de la jueza los años fueron transcurriendo, a la par que la infancia de mi hijo. Alejado de mi tutela, Artimaño atravesó la adolescencia sin el amparo ni la firme educación que sólo un padre verdadero sabe dar. Cual pino piñonero sometido a perseverantes vientos, creció torcido. A mitad de carrera su padrastro me arrebató el testigo que me correspondía, sin darme tiempo a concluir mi posta. Y poco a poco y sin que yo pudiera remediarlo, con tesón de presidiario limando barrotes, fue modelando a mi polluelo conforme a su propia manera de ser y obrar...

Ahora cuando por fin Artimaño ha alcanzado la mayoría de edad, el búlgaro lo ha reconocido como su único y legítimo heredero, traspasándole parte del negocio: en concreto, la correspondiente a la zona en que se ubica el polígono Marconi. Su madre, indolente a las malas artes que el padrastro le ha inculcado, parece sólo preocupada de su flora intestinal...

Por mi parte ya puedo ver a mi hijo sin impedimentos judiciales de ningún tipo. Pero es demasiado tarde para enderezar una vara tan torcida. Aunque reconozco que Artimaño jamás me niega un favor, cada vez que le pido algo de dinero, me resulta un completo extraño. Poco o nada tiene que ver con aquel niño inocente junto al que tantas hamburguesas y visitas al polígono Marconi compartí...

A pesar del tiempo perdido, corroboro harto satisfecho que los lazos de sangre siempre permanecen... Artimaño es un joven agradecido, y no olvida todo el amor y el tiempo que este padre coraje le ha regalado. Desde que el búlgaro le confirió parte del negocio las visitas a la Colonia Marconi me salen gratis, todo incluido. Será por eso, por la gratuidad del asunto, que últimamente, cada vez que me ven aparecer por el polígono, las señoritas no se toman la molestia de esbozar ni media sonrisa. O tal vez, será que no me sonríen porque con los años estoy perdiendo parte de mi natural sexapil...

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