20 de marzo de 2017

Los machos alfa nunca beben Bitter Kas

Foto por Lisa Risager

Si me tuviese que comparar con un chimpancé, diría que mi actitud ante las hembras siempre fue la de un mono atento y servicial, y puede que algo sumiso. Inconscientemente, debí pensar que aquella manera dócil de proceder era la única posibilidad que tenía de aparearme. Porque mis modales delicados poco tienen que ver con la actitud agresiva y exhibicionista de los machos alfa. Cuando se es demasiado enclenque, y poco agraciado como yo, es tontería perder el tiempo frente al espejo, acicalándose en vano, o criando músculo en el gimnasio...

Mi naturaleza siempre me jugó una mala pasada... Tuve la desgracia de pretender mejorar mi estirpe cruzándome con las hembras más exuberantes de la manada, aquéllas que prometían fertilidad por cada revuelta de sus cuerpos rotundos. Pero ellas sólo tenían ojitos para los tipos más atrevidos, altos y fuertes, y sobre todo algo canallas. Necesitaban, digo yo, un macho alfa que les proporcionara un poco de vida y emoción. Un aventurero, vamos, de manos fornidas y látigo en mano... Las únicas aventuras en las que me adentro yo, y sólo de vez en cuando, son las que leo en los libros, o veo en los telediarios...

No tengo yo tan claro si las reproductoras que rondaba adivinaban las verdaderas intenciones de mi naturaleza. Por lo que me daban a entender les parecía del todo confiable, aunque no tanto como para convidarme a la intimidad de sus alcobas. Veía que mi única aspiración para perpetuarme era la de someterme al albedrío de sus vaivenes emocionales; si accedía a sus antojos era, más que nada, por acecharlas de cerca y aprovechar cualquier momento de descuido o debilidad. No resultó difícil que me concedieran su amistad, pues, según me confesaban, hasta cierto punto les parecía divertido. Les encantaba que les hiciera reír, y que las acompañase a las rebajas, a los conciertos de sus ídolos pop, o de fiesta en fiesta. Pero no tardaban en aburrirse de mis bromas y ocurrencias, echándome en cara que era demasiado soso y, sobre todo, de ideas retorcidas. "Piensas demasiado, Braulito, deberías dejarte llevar; emborráchate y disfruta de la noche", me decían. Luego añadían que mis reflexiones eran tan amargas como el Bitter Kas que, por entonces, acostumbraba a beber.

Sopesé si mis amigas tendrían razón. Recapacité, y me lancé sin reparo a los brazos del alcohol y las drogas blandas. Dejé que mi naturaleza persiguiera, libre, el rastro de su deseo. Mis amigas no tardaron en deplorar el comportamiento de mi nuevo yo, al nuevo simio que las acosaba noche tras noche. Me conminaron a que depusiera mi actitud de ipso facto, y me comportara como el monito inofensivo que había sido antes. Así que retorné al Bitter Kas, y a los pensamientos más melancólicos.

Ellas, mientras tanto, se dedicaban a bailar descocadamente, bebiendo como el camarada Tovarich en la toma de Berlín. Cuando estaban lo suficientemente achispadas, si tenían suerte, se desaparecían con el primer macho alfa que las cortejaba. Allí me quedaba yo, sólo en medio de la fiesta, saboreando la amargura de mi poco éxito y de mi Bitter Kas. Si por contra el macho dominante las ignoraba, o elegía a otra hembra más rumbera, se ponían tan borrachas que me tocaba acompañarlas hasta su casa. Durante el viaje en taxi, más de una malogró mi ropa, al vomitarme encima. Me tocaba pagar el taxi sin pedir recibo, abrirles la puerta de casa, desvestirlas y meterlas en su camita. Alguna vez me rondó por la cabeza aprovechar la circunstancia. Pero mis amigas ya me tenían más que advertido que, en cualquier tesitura que tuviera que ver con ellas, no dejase de comportarme como un chimpancé inocentón...

Poco a poco mis genes se fueron sintiendo como desheredaros, mientras de mi vida iban desapareciendo, una tras otra, todas aquellas hembras fecundas con las que tanto había deseado entroncar. Antes de despedirse de mí, alguna que otra aún tuvo la descortesía de invitarme a su boda, que celebró, como era previsible, con alguno de los machos alfa que peor me caían de la manada. Recuerdo especialmente a aquel gorila vestido de nuevo que me faltó el respeto, al verme aparecer acarreando las bolsas con los regalos que se iban a repartir entre los invitados de su bodorrio: "Si algo detesto yo, es al hombre blandengue que va con la bolsa de la compra", me dijo el muy cretino...

Y así fue cómo, boda tras boda, amancebamiento tras amancebamiento, me quedé solo... Aferrado por años a mi Bitter Kas, y mi amarga manera de ser. Me vi condenado a tirar de tarjeta de débito, para procurarme sucedáneos del amor con señoritas de vida atribulada. Insatisfecho, me reivindiqué como chimpancé solitario, radical y militante.

Los chimpancés solitarios adoramos ante todo la tranquilidad. Pero la vida es una selva repleta de imprevistos inoportunos... Siempre llega la mañana traicionera en que te cruzas por la calle, casualmente, con alguna de aquellas hembras de la manada que tanto deseaste. La ves venir cabizbaja, ojeriza y con ojeras, empujando un carrito de bebé y con un niño de la mano. Decides entonces cruzarte de acera, más que nada para no contrariar a los principios de tu militancia de solitario redomado. Pero lo más probable va a ser que ella intercepte tu retirada, para proponerte que la invites a un café con churros, ahí mismo, en el bar de la esquina, porque se acuerda mucho de ti:

-¿Y cómo te fue, Braulito?

-Pues ya me ves.

-Pues te veo mejor que antes.

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡He dicho que ya no hay más churros, Alvarito; déjame tranquila un momento, que estoy hablando con este señor! ¿Me decías, Braulio?

-Así que tienes dos niños...

-¡Mamá, me aburro!

-¡Alvarito, déjame, no seas pesado! ¡Anda, toma otro churro, y calla! Sí, Braulio, dos niños, que te los regalo ahora mismo...

-Algo me darán por ellos en la tienda de empeños...

-Ay, Braulito, tú siempre con ese sentido del humor, tan especial...

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡Ay, calla, Alvarito, qué pesado eres! ¡Que no te doy más churros, que luego no te comes la comida!

-¿Y tú, no vas a probar los churros, Maruchi?

-Uy, ya quisiera yo; a base de pavo light, estoy...

-¡Mamá, dame un churro!

-¡Que te he dicho que no, Alvarito! ¡Suelta el churro ahora mismo, que es del señor!

-No, si es igual... Que se lo coma ya...

-Ay, perdona, Braulio, es que es muy cabezón el niño; igualito que su padre, que hasta que no lo consigue...

-El próximo macho alfa de la manada...

-¿Qué?

-Nada, otra de mis tonterías...

-Sí, ya veo, sigues igual. ¿Y tú qué? ¿Te casaste, tuviste niños?

-Sólo un par de bonsáis.

-¡Dame un chuuuurro!

-¿Pero no ves que son de este señor? ¡Anda, toma, que me tienes harta! ¡Y éste es el último, que ya nos vamos para casa!

-Uaaa, uaaa, uaaaaa...

-¡Y ahora el pequeño empieza a llorar...! Perdona, Braulio, pero nos marchamos ya...

-Te reclama la jungla...

-Sí, ya ves, es que con dos niños no se puede... Además, tengo miles de cosas que hacer... Y mientras, el huevón de mi marido andará ya a estas horas metido en el bar... ¿Te puedes creer, que me tenga yo que encargar de todo?

-Si fuéramos bonobos, la nuestra sería una sociedad igualitaria. Pero desgraciadamente, somos chimpancés.

-¡Ay, Braulio, sigo sin entender tu sentido del humor!

-Ya.

-¿Esto?

-Tranquila, Maruchi, ya lo pago yo. Qué ricos que estaban los churros, ¿eh, Alvarito?

-Sí... Bueno, Braulio, me alegro de verte. Vamos Alvarito, que nos vamos, dile adiós al señor.

-Adiós Alvarito, a Dios gracias...

Por fin, de nuevo solo en la selva, saboreas el culín que te queda del café con leche. Está ya frío. Después, pides un vaso de agua al camarero; ante su mirada atónita, brindas por la selección natural de las especies:

-¡Por aquellos machos alfa que nos birlaron la posibilidad de satisfacer a ciertas hembras insatisfechas!

El camarero se pregunta si realmente te sirvió agua...

-Jefe, una pregunta: ¿todavía tienen Bitter Kas? ¡Si eso, póngame uno, con mucho hielo...! Con una rodajita de limón...

2 de marzo de 2017

Sabor a caramelo

Cielo de Madrid de color caramelo
Foto por Federico Jordá

Por lo que fuera, ahora que tenía el ansiado abismo bajo sus pies, no se atrevía a dar el salto. Los pensamientos enmarañados, que poco antes le empujaban a saltar, jugaban a volverlo loco en ese momento, regándole la cabeza con un mar de dudas. Abajo le esperaba el abrazo rotundo del pavimento de hormigón; la misma tristeza insondable le aguardaba, como cada día, si no daba el paso adelante. "Sólo un paso y ya está", se dijo.

-Perdone, ¿me ayuda a cruzar al otro lado?

Se volteó ligeramente para mirar quién le hablaba. Un hombre, tan desorientado como él, tanteaba torpemente, con su bastón de ciego, el murete sobre el que se había encaramado para saltar. La emoción que lo embargaba le había impedido sentir su llegada. Volvió a mirar al vació bajo sus pies. Luego, de nuevo observó al ciego, de reojo. Los ojos del hombre que le acababa de hablar se movían inútilmente, como buscando, a izquierda y derecha, la poca luz que quedaba ya del día.

-¿Al otro lado? -le preguntó al ciego.

-¡Sí, coño, al otro lado! ¿Qué tiene de extraño?

El estado de entereza que aparentaba el invidente le hizo sentirse, por comparación, como una mierda. Parecía tan rabiosamente decidido a saltar... Pero luego dudó como siempre, ahora más de las convicciones del hombre que de las suyas. Volvió a arrobarse con la visión del vacío bajo sus pies.

-¿Me va a ayudar a cruzar o qué? Porque no tengo todo el tiempo del mundo... -le apuró el ciego, sacándole de su trance por segunda vez.

Se bajó del murete con un movimiento ralentizado. Asió al ciego por el brazo, para ayudarlo; olía a bodega; se le antojó desagradable y sucio el tacto de su gabardina.

-Tenga cuidado, hay un altillo. Espere, que le echo una mano para subir.

-¡Cada vez se lo ponen a uno más difícil, los hijos de puta!

Encaramado otra vez sobre el murete, junto a aquel hombre desconocido, en un momento tan íntimo, se sintió ridículo.

-Seguro que hace un precioso atardecer, y yo, perdiéndomelo. ¡Qué bonita es la vida...!

El sarcasmo del ciego lo empujó a mirar al frente: el cielo, de color caramelo, le ofrecía la tibieza de sus últimos rayos del día. Por primera vez en mucho tiempo el horizonte se le presentó dulce y prometedor.

-¿Qué cojones hacemos aquí parados, cruzamos o qué? Porque no siento venir ningún coche. ¡Con lo que tengo que hacer...! Ande, suélteme, que ya me las apaño yo solo...

Vio al ciego, como si nada, dar ese paso adelante, el que él no se decidía a dar. Ni un segundo tardó en sentir el golpe, al unísono, de la carne y los huesos quebrados contra el pavimento. No quiso ya mirar hacia abajo, pues, de repente, la simple altura del murete le producía vértigo. Una leve sonrisa se le hizo incontenible, al imaginarse al pobre hombre, en su breve descenso, tanteando el aire con el bastón, y moviendo sus ojos tan de balde...

Algo desorientado bajó por el lado contrario al del abismo, resuelto a perseguir ese horizonte, con sabor a caramelo recién tostado, que le estaba provocando como nunca antes...

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