27 de febrero de 2017

Terco empeño

Foto por Bart Bernardes
No necesito vuestros aplausos: para continuar labrando versos me basta mi terco empeño. Los necios oídos abundaron en todas las épocas, en las que incomparables poetas fueron silenciados por la epidemia de lo banal. Sólo unos pocos trascendieron; los más, murieron para siempre en el eco de sus versos. Aunque quisiera creer que, tal vez, hoy, persisten en la memoria de los vientos furibundos y las olas susurrantes...

15 de febrero de 2017

Reseña literaria

Tecleando en una máquina de escribir
Foto por Thomas Hawk
Conocí a Pepita Leónidas allá por nuestros años de juventud, cuando ambos soñábamos con ser escritores. Acudíamos con cuatro o cinco duros a los cafetines literarios, para respirar el aroma del buen café, y ver de cerca a todos esos autores que tanto admirábamos. Hace una semana que, por azar, volví a encontrármela en uno de esos ambientes.

Cosas de la vida, ahora soy yo quien despierta admiración en los cafés. O eso me parece percibir, cuando voy a conversar con otros colegas. Me suele suceder que un murmullo de conversaciones ajenas se forma en torno mío. La gente, con sus miradas indiscretas, no me deja tomar ni un poleo menta tranquilo. A menudo alguien se acerca hasta mi mesa, y me aborda con más o menos educación, para que le firme un autógrafo. Entonces parece que se abriese la veda de fastidiosas interrupciones. Supongo que la gente no lo hace a propósito, pero es harto molesta.

Departía tranquilamente con Ramón Trabado, buen amigo y también escritor, cuando una mujer se acercó y empezó a gritarme: "¡Pepe, Pepe, Pepe! ¡Pero Pepe!, ¿es que ya no te acuerdas de mí?". A las primeras de cambio no la reconocí. Pensé que era otra más de esas locas entusiastas que aseguran leer mis novelas. "¡Pero Pepe, coño, soy yo, Pepita, Pepita Leónidas!". Normal que no la reconociese... El paso del tiempo había desposeído a Pepita de todo rastro de hermosura. Su aspecto actual, tan avejentado, nada tenía que ver con el recuerdo dulce que guardaba de ella. Pero su carácter extrovertido y dicharachero, si no invasivo, seguía siendo el mismo que recordaba. Amén de la indiscreción que parecía seguir acompañándola: "¡Pepe, coño, estás mucho más gordo; se nota que la china te trata bien!".

Sin el menor tacto, Pepita arrimó una silla y se sentó a nuestra mesa. Observé un indicio de perplejidad en el rostro de mi amigo Ramón. Tuve que explicarle que Pepita y yo fuimos grandes amigos de juventud. "¡Amigos dices...! -interrumpió Pepita- ¡Pero si fuimos hasta novios, por más de dos años! ¡Y qué bien que lo pasábamos juntos..., eh, Pepe? ¡Hasta teníamos planes de boda! Claro que, eso fue antes de que se cruzarse por medio aquella pelandusca. ¿Cómo se llamaba? Sí, la que luego se casó contigo, ésa que casi te deja tiritando, tras vuestra separación. Al menos eso es lo que cotillearon de vosotros en las revistas..."

Una sonrisilla maliciosa y mal disimulada se perfiló en el rostro de Ramón. Admití que lo que decía Pepita era más o menos cierto, aunque yo jamás me hubiera expresado en esos términos. Pepita hablaba de Charo, mi ex mujer. "¡Eso, Charo! -prosiguió Pepita-. La Charito, le decíamos, porque era muy poquita cosa. Claro que, no me extraña que se propusiera dejarte sin blanca con el divorcio, porque mira que tú, irte a liar, después de tantos años de estar casados, con aquella chinita a la que casi doblas en edad. ¡Si es que a ti, Pepe, siempre te gustaron las escurridas!". Ramón ya no pudo contener una amplia sonrisa en su semblante pachón. Total, a estas alturas a mí me era indiferente lo que contase Pepita sobre mis avatares sentimentales. A fin de cuentas, imagino que es lo que todo el mundo sabe y comenta a mis espaldas. La china a la que se refería Pepita es mi actual pareja. Que por cierto, no es china, sino de aquí mismo. De origen filipino, por más señas.

No ha llovido poco, desde aquellos amores que perpetramos Pepita y yo... ¡Ay, esos locos juegos de juventud...! Sin venir a cuento, Pepita nos dijo que por fin, tras tantos años y no pocos esfuerzos, acababa de publicar su primera novela, La muela de la difunta abuela Manuela. Cuanto menos, el título me pareció algo pueril. Pepita era así cuando nos conocimos, un poco infantil y bastante simplona. Naif, que diría algún petulante. Según nos contó en el café, era la suya una novela corta en la que hablaba acerca de ella y sus circunstancias, empezando por la relación con su difunta abuela. Que por lo visto, no se llamó Manuela. "También tú, Pepe, apareces en mi novela. Te he dedicado todo un capítulo, en el que no sales muy bien parado, por cierto. Pero no te preocupes, que también te he cambiado el nombre". Confieso que aquello me dejó perplejo. El semblante de Ramón era ya el paradigma de la socarronería.

De repente Pepita me dijo: "¡Pepe, coño, tú que eres un escritor más que consagrado, al que todo el mundo parece tener en cuenta, podrías escribir una reseña de mi libro!".

La verdad es que nunca he sido amigo de lisonjear a nadie, así porque sí. Más bien al contrario, detesto toda alabanza por mera cortesía. Pero pensé que, tal vez, la novela de Pepita se merecía una oportunidad, y más teniendo en cuenta que su autora forma parte de los nostálgicos recuerdos de mi juventud gloriosa.

Así que al día siguiente de nuestro encuentro decidí acercarme al centro comercial, para comprar uno de los ejemplares de la novela de Pepita. Porque Pepita seguía siendo, tal como antaño, despistada y olvidadiza: no cayó en la cuenta de pasarme su novela. Ni tampoco, gracias a Dios, se acordó de intercambiar conmigo el número de teléfono. Dejé la novela recién comprada junto a la pila de ejemplares pendientes de leer, a la espera de tener un rato libre, al margen de mis perentorias obligaciones. Anteanoche, por fin, me decidí a abrir el libro, para abordar su lectura.

Sinceramente, y aun estando acostumbrado a lidiar con la palabra escrita, me cuesta expresar mis impresiones respecto al libro de Pepita. Creo que si alguna expresión podría definir su novela, ésta es, sin lugar a dudas, la de "perturbadora". Y escojo este adjetivo porque si la definiera como "una putísima mierda" se me podría tildar de excesivo, vulgar y soez.

He de decir, en defensa de la novela de Pepita, que en realidad no pasé mucho más allá de la primera página. Aquellos párrafos estaban tan mal ensamblados que me retorcieron el entendimiento. La ortografía era lo de menos. Pero el ritmo... Ese ritmo inquietante, dictado a golpes de signos de puntuación sincopados, como arrojados al azar y a destiempo, constituía en sí mismo el antirritmo. Las comas, puntos y comas, puntos, etcétera, parecían ahí puestos como para zancadillear al incauto lector que osara adentrarse por aquel laberinto de renglones. Me pregunté qué diantres había estado haciendo Pepita durante todos estos años, pues parecía haber aprendido una mierda sobre el oficio de esculpir mediante la palabra escrita.

A veces, los escritores decidimos hablar con la voz de algunos de nuestros personajes, y, adrede, nos permitimos ciertas licencias respecto al lenguaje. Por si acaso era éste el caso de la novela de Pepita, y por darle una segunda oportunidad, me dispuse a leer alguna que otra página. Miré el índice, intentando descubrir el capítulo en el que, supuestamente, Pepita hablaba sobre mí. Pero perdí pronto la paciencia, así que me decanté por escoger una página al azar, y luego otras dos. Más de los mismo. Eso, o que Pepita había decidido escribir toda la novela con la voz de un completo subnormal.

Si acaso conceder la duda de que, tal vez, con su novela, Pepita se haya adelantado a su tiempo, como tantas veces ha ocurrido en la literatura, y no sea yo capaz de entrever las flores entre el paisaje de cardos. Pero me da a mí, que va a ser que no.

Así que, si no tienen nada mejor que hacer en los próximos días, pongo en sus manos la decisión de aventurarse, o no, por los laberintos literarios de La muela de la difunta abuela Manuela, de Pepita Leónidas. Si se atreven con la lectura, tengan por seguro que quedarán atrapados por un antirritmo inhóspito que, como la vida misma, avanza entre trompicones e inquietudes. Igual, hasta consiguen resolver el acertijo del personaje en que ando enmascarado.

Y por último, para los que nos resistimos a leer en formato digital, añadir una razón extra para comprar, antes de que se agote, la novela de la entrañable Pepita: nada, como el papel, para encender una buena hoguera.

1 de febrero de 2017

El relato del yonki legendario

Fotograma de la película "El séptimo sello", en que un caballero juega una partida de ajedrez con la muerte
Fotograma de la película El séptimo sello,
de Ingmar Bergman
Señoras y señores, disculpen si vengo a perturbar su tranquilidad, pero la necesidad aprieta y es menester que les transmita mi lastimera petición.

Aquí donde me ven, y aunque las apariencias engañen, yo, Melitón Trabado de Núñez-García, he librado mil y una batallas. Mi mera presencia atestigua que a toda vicisitud sobreviví, no sé si por gracia de Dios o del diablo.

Desde Bérgamo a Constantinopla, de la Celsa a las Barranquillas, he encarado a la muerte como sólo un jinete avezado es capaz de afrontar: retándola sin ambages, y sosteniendo, cara a cara, ojos contra ojos, puñal contra puñal, esa vidriosa mirada suya, afilada como hoja de guadaña. A lomos de caballo indomable, osé aventurarme por recónditos y peligrosos parajes; para cuando quise darme cuenta, ni pude parar, ni fui capaz de descabalgar...

De cicatrices traigo el cuerpo colmado: horadados tengo brazos, cuello, y hasta los gruesos talones de mis pies encallecidos. Me arrepiento mucho y poco de lo vivido, a partes por igual. Para no faltar a la verdad, diré que, aunque pasé múltiples calamidades, también lo mío he disfrutado. Sin estar libre de pecado, subí a los cielos en numerosas ocasiones, para luego descender en picado hasta el abismo de los infiernos. En resumen: con desigual fortuna, la Divina Providencia desde siempre me ha tratado.

Venía ya de vuelta yo, cuando empezabais a sospechar que, encamado, disfrutaba con vuestras mujeres e hijas. Si no se me ofrecían, buscaba regocijo al por mayor, en burdeles de carretera y por otros menos alegres e improvisados. En todo momento, como sultán en harem de Persia, gocé de las hembras más fermosas y viciosas que jamás soñaréis con ver sobre la faz de la Tierra. Por estar tan trajinadas, y no menos resabiadas que uno mesmo, a pocas dellas tuve ocasión de desvirgar, tal y como hubiera deseado.

Cual mercader veneciano, comercié con toda clase de especias y condimentos, que yo mesmo me procuré. Empuñando jeringuilla hipodérmica, o bien chirla, o destornillador, o a mesma punta de arcabuz moderno, asalté a gentes de cualquiera condición social. Juro por Dios que jamás hice distingo entre raza, credo, o hermosura. Para qué negarlo: me decanté, en lo concerniente a la redistribución salvaje de la renta, por el contribuyente acaudalado, de bolsa llena y bien surtida. De entre estos, preferí siempre a las mujeres, sobre todo a las ancianas, por ser ellas más débiles y fáciles de abordar, aunque también más traicioneras. Créanme que nada desto lo hice por gusto, sino porque la necesidad apretaba y era menester afrontarla de la manera más pronta y conveniente. Entiendan que el síndrome de abstinencia retorcíame de dolor las entrañas, y constreñía mis sentidos para que obrase tal y como me iba dictando.

Así era mi anodino discurrir, hasta que un día, por causa de la incomprensión humana, vime cautivo sin pretenderlo. Procurando arreglar, destornillador en mano, mi turbado mundo interior, encareme a un hombre que por mi vera pasaba. Con cuestionable proceder, el hombre se abalanzó contra el destornillador en repetidas ocasiones, sucesivas veces, una y otra vez, con semejante desafuero al de quien está poseído por el demonio. Tan desafortunada resultó la lid para mis intereses, que el hombre quedó muerto ante mis pies. De improviso, sin percibir por do venían, vime rodeado por diez o más agentes de la autoridad, que prendiéronme y llevaron ante el alguacil de guardia. El señor magistrado, con el argumento de acometer no sé qué en nombre de la justicia, ordenó que me encerraran en una lúgubre mazmorra, en contra de mi voluntad...

En penales como aquél en que vime prisionero, suelen ir a dar con sus huesos los infaustos hombres de la mesma indómita condición que la mía. Aunque los centinelas nos guardaban sin amarres, ni cadenas, ni grilletes de ningún tipo, soportábamos todos allá, en comunión, la más grande privación que se pudiere sufrir en aquesta vida, que no es otra sino la falta de libertad. Durante aquel confinamiento forzoso perdí los más valiosos años de mi juventud. Cuando quise darme cuenta, la vida se me había ido, como en un suspiro. Mas a pesar de las contrariedades, durante mi cautiverio recibí la dádiva inmaterial de la amistad verdadera, la cual sólo se aviene entre unos pocos elegidos, los confinados a la fuerza, y sólo por intervención de Dios Nuestro Señor.

Pero no hay alegría perenne, ni mal que cien años dure... Un día, cuando menos lo esperaba, los carceleros abriéronme de par en par las puertas de la mazmorra, y empujáronme hacia afuera, de nuevo hacia la libertad. Antiayer mesmo, como aquél que dice, aconteció el feliz suceso. Ahora por fin me veo libre, pero sin dientes y sin lozanía, y sobre todo, sin dinero, sin amigos verdaderos, y con la juventud desperdiciada... Parece que, una vez más, el insidioso destino acude a mí para intentar doblegarme. Aunque por el momento, aquí me ven: aún sigo vivo, camino de convertirme en leyenda...

Consideren que, si me lo propusiera, podría amenazarles con el destornillador que traigo en mi diestra. Mas no teman: ni ánimo, ni fuerzas me acompañan ya para asaltar a nadie. Observen mis zapatillas embarradas, lo miserable de mis vestiduras, los ojos lastimeros en las cárcavas de este rostro enjuto... Mis carnes, exiguas y exangües, dan fe de mi incapacidad para valerme por mí mesmo, como cuando era joven, viril, apuesto y valeroso. De lo que antaño fui, ni la mitad queda hogaño. Sólo mis ganas de vivir, de saborear las migajas de una libertad que sin miras otrora derroché. En definitiva, mi humilde empeño de seguir acumulando victoria tras victoria. La vida es así: vencer o morir, a pesar de todo...

Por eso imploro a Dios que se apiade de mí, y a ustedes que ayuden a esta leyenda viva que les habla, aquélla que campó a sus anchas por los inhóspitos descampados de la vieja Castilla. No se hagan los desentendidos, y comprendan la letra de mi conmovedor discurso: sólo les estoy pidiendo la voluntad; eso, y nada más. Gracias de antemano, por su ayuda desinteresada.

¿Alguien desea colaborar? ¿Desea colaborar conmigo, amigo? ¿El caballero desea colaborar? Gracias señor, muchas gracias... Gracias señora, que Dios se lo pague. ¿Alguien más desea colaborar...?

Gracias por todo, y que disfruten su andadura tanto o más, a como yo la he disfrutado.

Pasando página

Foto por Tnarik Innael
Me envolvía con su voz meliflua, mas sólo me transmitía argumentos obvios, un mar de vaguedades. Con la intención de restañar, si no disimular, las heridas que pudieran existir entre ambos, opté, a propósito, por dejarme llevar por esa nada suya. Aún mantenía cierta admiración por él, pero tampoco como para guardarlo en mi agenda de imprescindibles. Después de pagar la cuenta, de invitarlo a un último café, tomé la determinación de emborronar una nueva página de mi diario. Una en blanco, en la que sólo le dedicaría las 4 ó 5 líneas de este párrafo...

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