10 de enero de 2017

Ballenas en el Ártico

Cola de una ballena sobre el mar, con el horizonte al fondo
Foto por Tim Taylor
-Salgo a la calle un momento.

-¿A dónde vas?

-Nada, necesito comprar una cosa, que me he olvidado.

María baja a la calle sin dar más explicaciones. Tampoco Miguel, su novio, parece necesitarlas, abducido por la pantalla radiante de su ordenador, defendiendo el Ártico. A María, todo lo que tiene que ver con las ballenas, el calentamiento global, y la ecología en general, le resulta indiferente.

Por el camino, María va dándole vueltas a sus propósitos de Año Nuevo. Miguel la lleva conminando en las últimas semanas a que enderece el rumbo. Según él, algo empieza a no funcionar entre ambos. "Te estás abandonando, y no puedo soportar verte así. Ahora que tienes tiempo, embárcate en alguna aventura", le dijo el otro día. Tal vez Miguel tenga razón, porque María apenas sale de casa para nada, desde que se quedó sin empleo. Tampoco siente la necesidad. Ni tiene el ánimo para ir a ninguna parte...

María llega al estanco. La larga fila de clientes acrecienta su contrariedad. Lleva una semana sin fumar y la ansiedad le puede. Uno de sus propósitos de Año Nuevo era dejar el tabaco: su novio no soporta esa manía suya de fumar a todas horas. "Ya sabía que fumaba cuando empezamos a salir", se reivindica; la excusa perfecta para que su empeño de dejar el tabaco le dure bien poco. "Prometo que ésta será mi última cajetilla", se engaña a sí misma.

Mientras le da vueltas al tema del tabaco, se exaspera: la cola avanza a paso de tortuga marina.

-Perdona, voy detrás de ti -le dice el tipo que va detrás en la fila-. Si alguien pide la vez, dile que vengo en un minuto.

-Mira, a mí no me compliques; espera tu turno, como todos.

-Es que tengo el coche mal aparcado en la puerta de un garaje, y alguien está pitando. Anda, hazme al menos el favor de comprarme un paquete de Fortuna; ahora te lo pago.

El tipo sale del estanco a la carrera.

María piensa que ha sido bastante borde con ese hombre; tampoco es como para ponerse así. Pero se desdice de seguido: le parece un caradura. Si pretende que le compre un paquete de cigarrillos, al menos podía haberle adelantado el dinero.

-¿Sí? -pregunta el estanquero.

Ahora que le llega el turno, María duda la respuesta.

-Un Fortuna... No; mejor dos.

Sale del estanco, tabaco en mano. "¿Dónde se habrá metido el tipo del coche mal aparcado?", se pregunta. Está más calmada, así que, por el momento, decide esperarlo en la puerta del estanco. Deslía el precinto, abre el paquete, saca un cigarrillo, se lo lleva a la boca, agarra el mechero que guarda en el bolsillo del pantalón, el izquierdo. Se enciende el cigarrillo, le da una calada profunda... Luego expele el humo, que enturbia por un instante la atmósfera cercana, también la de sus pensamientos... Hace frío, se arrebuja en el abrigo, se marca un zapateado breve. El hombre no aparece. Varias nubecillas de humo y pensamientos se volatizan, igual que sus propósitos de principio de año. Hasta que por fin regresa el tipo a por su tabaco.

-Perdona la tardanza, es que no encontraba dónde dejar el coche.

-No te preocupes, no tengo prisa. Toma, tu cajetilla.

-Creo que por algún lado tengo monedas sueltas...

El hombre rebusca entre los bolsillos de su chaquetón.

-¿Quieres uno? -María le ofrece uno de sus propios cigarrillos. El hombre duda si tiene sentido aceptarlo.

-Pero son tus cigarrillos...

-No te preocupes, tengo más. Además, ésta es mi última cajetilla, porque pienso dejar esta mierda -vuelve a mentirse María.

-Pues yo no pienso hacerlo, así que venga ese pitillo -acepta al fin el hombre-. ¡Vaya, también yo fumo Fortuna!

-Lo sé; acabo de comprarte una cajetilla.

Los dos sonríen. El hombre encuentra las monedas y salda su deuda con María; ésta le ofrece lumbre.

-¿Cómo te llamas?

-María -responde castañeteando los dientes.

-Yo Luis. Hace frío en la calle esta noche, ¿eh? ¿Te apetece un café?

-¿Ahora?

-Cuando acabemos los cigarrillos. En algún bar.

-Obvio, claro... -María vuelve a castañetear, y a sonreír-. Pero ¿y tu coche?

-No te preocupes, ya lo dejé bien aparcado.

María piensa que no le apetece volver a casa tan pronto. Acepta ese café...

Después del café, María y Luis vuelven a echarse otro cigarrillo en la puerta del bar. Ahora invita él. Las colillas de sus pitillos terminan entrecruzadas, en eterna conversación sobre una acera de barrio sucia y gris.

Cuando María reaparece por casa, Miguel abandona su puesto frente al ordenador. Siente curiosidad:

-Sí que has tardado... ¿Dónde estuviste?

-Por ahí... Es que no encontraba lo que andaba buscando. ¿Qué tal las ballenas?

-¡No me digas que has vuelto a fumar! Hueles a tabaco.

-¡Vaya, me pillaste! Lo siento por el calentamiento global...

-Poco te ha durado tu propósito de Año Nuevo...

-Oye Miguel. Creo que tienes razón, en lo de que debería salir más. Quizá podríamos viajar a algún lado, ¿no?

-¿Viajar a dónde?

-No sé... Por ejemplo al Ártico. A cazar ballenas.

-Estás tonta...

Miguel regresa con sus ballenas, pero María no se siente celosa. Está contenta, porque tiene un nuevo plan para el nuevo año. Luis la ha emplazado para el día siguiente en el mismo bar, a la misma hora. Y aunque en un principio tenía dudas, acaba de decidir que por nada del mundo piensa faltar a esa cita. Compartirá con Luis otra conversación, un café reposado, otro par de pitillos... Y luego, tal vez se lo lleve a un mar impetuoso de aguas tórridas. Para cazar ballenas...

4 de enero de 2017

El amante del rey pintado

Rey mago Baltasar con la cara pintada de negro
Foto por Marc Mañé
Ni el betún puede disimular el pavor en la cara del rey pintado. Acaban de atropellar, en sus propias narices, a su amante.

-¡Pero dónde está esa ambulancia! -oye gritar.

Baltasar, paralizado y perplejo, no se mueve de su trono. Sus pensamientos se confunden con el ulular de una ambulancia que, entre el alboroto de gente, ya se viene abriendo camino. Descienden de ella un par de sanitarios, a los que sólo les resta certificar la muerte del director de arte de la cabalgata de Reyes Magos.

-Los creativos, que siempre andan perdidos en su imaginación -bromea a Baltasar uno de sus pajes de confianza-. Normal que los atropellen. Igual le pasó a Gaudí; lo mismo a éste terminan llevándolo también al hospital de pobres.

Baltasar no sale de su trance, y el paje se siente ignorado.

Al conductor de la carroza le va a dar un síncope de lo nervioso que está:

-Ha sido de repente; he empezado a maniobrar y de repente lo he visto debajo de las ruedas traseras del tráiler.

Los organizadores del festejo intentan tranquilizar al chófer, pasando por encima de su crisis de ansiedad: no van a quedarse los niños sin su cabalgata de Reyes, y menos ahora, que está a punto de comenzar.

-¡Dios!, ¿pero cómo no he podido verlo? He mirado por el espejo retrovisor y juro que no había nadie detrás. Y de repente, estaba allí, debajo del camión, como por arte de magia.

La magia de la Navidad, la magia de unos Reyes venidos del Oriente... Y la del hechizo de unos ojos luminiscentes en el lienzo de un rostro pintado de oscuro. La magia de un conjuro maléfico, pérfidas palabras pronunciadas a la ligera, en el peor momento, y directas al corazón de un hombre demasiado inseguro, demasiado sensible: "Creo que después de este sarao no conviene que nos vuelvan a ver juntos".

En un visto y no visto, el amante del rey mago se ha lanzado bajo las ruedas que lo han destrozado, las de un camión capaz de arrastrar 25 toneladas. No pesa ni la mitad la parafernalia que había diseñado para su rey, su príncipe, su anhelo, su deseo, su todo...  El doble le está pesando ahora la culpa a Baltasar...

Mas el rey mago, de aspiraciones republicanas y concejal en el Ayuntamiento, sabe que no es un buen momento para dimitir, y menos sin dar explicaciones. Tampoco al conductor le cabe otra escapatoria y, a regañadientes, pone en marcha el motor de la cabeza tractora. Con el pulso trémulo y los nervios en punta, sortea a una multitud de mayores y niños; no adivinan que el rey pintado es un impostor, tanto como su poltrona de oropel, pura fantasía. Su Majestad observa cómo le ven pasar y, con aire de pirado, va arrojando caramelitos que endulzan las penas de los demás...

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