2 de agosto de 2017

La chocolatada

Hierbajos secos
Foto por Milos Golubovic

-Mamá, me aburro.

-¡Ay, Toñín!, ¿no ves que estoy hablando?

Toñín frunció el ceño resignado, resoplando al mismo tiempo. Era obvio que su madre hablaba sin parar, con esa señora mayor de culo ancho y rostro arrugado. Se preguntó si algún día, cuando fuese viejo, también a él le saldrían arrugas, tantas como a aquella señora. La conocía apenas de vista, de otro par de veces que su madre y ella se habían cruzado por la calle. Y las dos veces había sucedido lo mismo: ambas no habían parado de hablar.

-¡Pobre! -exclamó la señora mayor, manoseando la cabeza de Toñín igual que un obispo que le aplicase una de las bendiciones de su repertorio-. ¿Cuántos años tiene ya, el hombretón?

-Seis para siete -respondió la madre.

-Ya eres todo un mocito.

La señora mayor volvió a restregar su mano derecha por la cabeza de Toñín, alborotando sus cabellos lacios.

-Estarás contento con tu nueva hermanita...

Toñín miró a la señora desde su inferior altura encogiéndose de hombros.

-¿Qué tiempo tiene la nena? -preguntó la señora.

-Cinco meses justos va a hacer la semana que viene -respondió la mamá de Toñín.

-Pues parece que tuviera más tiempo. ¡Qué hermosura de niña...! Debe comerle bien.

-Y que lo diga... De eso no me puedo quejar, doña Margarita; si acaso, de lo contrario.

Un trueno, amortiguado por la distancia, tamborileó sobre el pergamino de nubes que cubría el cielo. La amenaza de tormenta no disuadió a las dos mujeres de finiquitar la conversación.

-Parece que va a caer tormenta -apreció doña Margarita.

-Falta va haciendo ya de que llueva un poco -dijo la mamá de Toñín-. Menos mal que hoy ha refrescado un poco, porque este calor ya no hay quien lo soporte... ¡Vaya verano caluroso que estamos teniendo...!

-La verdad que sí. No recuerdo yo tanto calor, y eso que peino canas...

Toñín no supo a qué se refería la señora con aquello de que peinaba canas. Ni entendía la conversación ni le interesaba. Poco a poco, con pasos entrecortados, se fue alejando de su madre y de la señora, husmeando como un perro curioso por la acera que bordeaba el descampado.

-¡Toñín, no te alejes mucho! -le advirtió su madre.

-Déjelo, que se entretenga. Al pobre lo debemos estar aburriendo con tanta charla... ¿Y este verano, no se van a ninguna parte?

-Ya nos gustaría, ya... Pero no se puede. Demasiado gasto. Además, con la nena...

Toñín se adentró levemente en el descampado, en busca de un palo que había llamado su atención. Lo inspeccionó por encima, y lo desmembró, no sin esfuerzo, de un par de ramas secas. Luego la tomó con los matojos de jaramago que poblaban el descampado, tumbando a mandoble limpio, con el palo, los tallos agostados. Otro trueno retumbó a lo lejos, anunciando el reclamo de su madre:

-¡Toñín, deja eso, a ver si te vas a lastimar!

La mamá de Toñín no percibió la mirada odiosa que le ofreció su hijo, a medio camino entre la de un cordero bobalicón y un perdonavidas. Toñín arrojó con todas sus fuerzas el palo, que fue a perderse entre la selva de hierbajos. Después, buscando un asiento, terminó por elegir el bordillo de granito que mediaba entre la acera y la zona reservada para aparcar los vehículos. Apenas un coche y un camión reposaban en el escueto aparcamiento.

Otro trueno se sintió, éste más cerca. Toñín echó el cuello hacia atrás. Escudriñó en balde el cielo, en busca de algún roto en las nubes por el que se alcanzase a ver un retazo de azul vívido. Un manchurrón gris oscuro, casi negro, venía acorralando a las nubes revueltas que se cernían sobre su cabeza. Bajó la cabeza y miró en dirección a su madre que, unos veinte metros más allá, seguía en animosa conversación con la señora Margarita. Su mamá acababa de sacar a su hermanita del cochecito de bebé, y la señora Margarita la tenía tomada en brazos.

A unos tres o cuatro metros de donde estaba sentado, Toñín advirtió como una especie de cuaderno sobre el asfalto del aparcamiento. Estaba perfectamente alineado, canto con canto, al bordillo por el que se ascendía a la acera. Toñín se levantó con la desgana propia que acompaña al bochorno veraniego, y fue a sentarse un poco más allá, justo donde reposaba el cuaderno. Tomó el cuaderno. En la tapa, de cartón duro y floreado, leyó "Diario". Abrió el diario por una página al azar. Estaba caligrafiado con letra primorosa, amplia y redonda, muy parecida a la que su maestro le ponía como modelo de buena letra. El maestro había recomendado a sus padres que, durante el verano, fuese completando alguno de esos cuadernillos de caligrafía que tanto detestaba. A él las letras no le salían tan redondas, ni tan bien hiladas, por ejemplo cuando escribía abuela, la a con la b; las del diario le recordaban a su madre y a él, yendo de la mano por la calle. Claro, que eso era antes de nacer su hermana; ahora su madre necesitaba las dos manos para empujar el carrito...

Toñín hizo un esfuerzo torpe por leer lo que en el diario aparecía escrito:

"2 de abril de 1976. Salí victoriosa de la chocolatada. A la mayoría de mis compañeras de clase parecía que les daba asco mancharse de chocolate. Yo me presenté voluntaria a la competición. Total, el chocolate se limpia con agua y jabón."

Mientras iba leyendo, el bisbiseo de Toñín apenas se sentía, debido al canturreo de fondo de las chicharras. Su dedo índice era más terco que él, e insistía en nadar contra corriente, por encima de los renglones.

"Además, me encanta el chocolate. Los bizcochos también, pero no tanto. Aun así me los comí todos, lo más deprisa que pude. Nos taparon los ojos con un trapo y mi compañera y yo ganamos a las otras concursantes. Puedo decir que fue una victoria dulce. Aunque sólo en principio."

De improviso, los matojos del descampado parecieron despertar de su siesta de agosto, revolviéndose inquietos entre un murmullo de granos de arroz. Fue como si presintieran el trueno que retumbó a continuación. Algunos no pudieron resistir la embestida de la ventolera que había venido a desperezarlos, y terminaron cediéndole parte de sus tallos secos, para que jugase con ellos a su antojo. Por su parte, Toñín tuvo que contener a las páginas rebeldes del diario, pues querían rendirse a la voluntad del viento; así no había manera de seguir leyendo.

"Eso sí, me manché bastante la camiseta blanca del uniforme de chocolate, porque mi compañera era tan torpe que no apuntaba bien en mi boca con los bizcochos".

Una gota de lluvia irrumpió sobre uno de los renglones que Toñín acababa de leer. La tinta en que la gota hizo blanco se aguachinó. Al emborronarse, los caracteres alcanzaron una armonía acuosa, bien distinta, y tal vez más orgánica, que la de su precisa naturaleza anterior.

-¡Toñín, ven aquí! -gritó la mamá-. ¡Vamos, date prisa, que nos vamos para casa!

Toñín ignoró el enésimo reclamo de su madre y prosiguió con su esforzada lectura. Las ráfagas de viento desordenaban su pelo lacio, con la misma provocación que se traían con los hierbajos.

"Nos dieron, como premio, un libro a cada una. Luego mi madre, cuando me vio toda la camiseta manchada de chocolate me regañó bastante. Al final, creo que a veces, cuando piensas que has ganado, es el fondo es como si hubieras perdido".

-¡Toñín! ¿Quieres venir de una vez, que nos vamos a mojar?

-Anda, majo, no hagas enfadar a tu madre y ve con ella, que va a caer la no que está escrito -dijo la señora mayor al cruzarse con Toñín. Acababa de despedirse y partía apresurada.

Un estruendo que descendió desde todas las partes del cielo vino a corroborar las palabras últimas de la señora Margarita. Toñín pensó que hablaba acerca de lo que no estaba escrito en el diario. Se puso en pie, cogiendo aquel cuaderno por una de sus mitades, por la parte en que lo tenía abierto. Contempló por un instante el descampado, el bosquete agitado de jaramagos retándole, reclamándole el diario más allá del lugar por donde debía haber caído el palo. Toñín volteó la mirada en dirección a la señora mayor, y la vio alejarse a un trote ridículo, en fuga hacia su casa, resguardándose la cabeza con una bolsa de las gruesas gotas que, indolentes, empezaban ya a salpicarlo todo. En dirección opuesta, mientras el aire se iba impregnando del olor de la tierra húmeda, su madre andaba ofuscada, en una riña sin tregua con la capota atascada del cochecito de su hermana.

-¿Quieres venir de una vez o qué? -le gritó su madre-. ¿No ves que nos estamos mojando?

Toñín soltó el diario y partió a la carrera en busca de su madre. El cuaderno cayó panza abajo como un titoreado, abierto de par en par, sin espíritu para ofrecerle a la acera sus secretos más íntimos. Las gotazas de lluvia repiquetearon un réquiem sobre el cadáver.

-¿Qué andabas haciendo? -regañó la mamá a su hijo-. ¿Por qué no venías?

-Nada. Estaba mirando un cuaderno. ¡Espera!

-¿Pero dónde vas ahora? ¿Estás tonto?

Toñín desanduvo los pasos en busca del diario. Lo recogió del suelo y cerró sus tapas. Luego volvió a depositarlo sobre el asfalto del aparcamiento, junto al bordillo, exactamente en la misma disposición a como lo había encontrado. Un relámpago iluminó el cielo, el descampado, el aparcamiento, la acera, el rostro de Toñín y de su madre, el carrito de bebé, la palabra "Diario" en la portada del diario. Toñín escapó hacia su madre, mientras un estrepitoso trueno disfrazaba sus pasos presurosos de pisadas de gigante. Por último, la lluvia se hizo torrente, empapándolo todo...

2 de julio de 2017

El padre coraje de la Colonia Marconi

Hombre fumando un pitillo
Fotografía por Ben Raynal
Hasta antes de conocer a Enriqueta no había encontrado una mujer que me regalara una sonrisa sincera. Me refiero a gratis. Vamos, sin pagar. Porque aunque uno se haga el medio disimulado, como no queriendo darse cuenta de la realidad, en el fondo sabe que nadie da nada por nada, y menos aún esas señoritas que se asientan al borde de la carretera del polígono de la Colonia Marconi. No te cabe duda de que si se acercan hasta ti, todo risueñas, es porque van buscando tu dinero, y si no te das cuenta es o porque eres medio retrasado o no quieres reconocer tu estupidez.

Y no es que acostumbrara yo a a pasearme a todas horas por el polígono Marconi, pero alguna que otra vez sí había caído por allí y sé de lo que hablo. Si cuando por casualidad, o empujado más que nada por la desidia, me adentré por los parajes inhóspitos por donde merodean las mencionadas señoritas, a más de uno conocí de los que presumen a todas horas y por todos lados de tener mucho sexapil y seductora caída de ojos, pero que en el fondo, lo sé de muy buena tinta, no se comen ni un colín, en asuntos amatorios, si no van con la cartera por delante.

Pero yo no soy como esos fanfarrones y sé reconocer el percal de las cosas. Por eso, en un principio, cuando la vi allí parada, junto al semáforo, a Enriqueta, pensé que era otra más de las chicas de vida relajada que mercadean con su cuerpo en el polígono. Sobre todo porque cuando se acercó a mí, a las primeras de cambio me sonrió sin venir a cuento. Pero resultó que Enriqueta no era de la misma especie que las otras señoritas, sino de otra más selecta y rebuscada, de las que en todo trato humano no sólo buscan el mero negocio, sino también poner en práctica sus teorías más particulares.

Enriqueta había llegado a la singular conclusión de que el polígono de la Colonia Marconi era el sitio ideal para encontrar a un hombre lo suficientemente desesperado como para someterlo, sin la menor resistencia, al desvarío de su voluntad. Con la argucia de su premeditada y linda sonrisa, no le resultó difícil apresarme. Vamos, que caí en sus malas artes de pesca, como un atolondrado atún que, a la caza de un banco de sardinas, se encuentra de improviso enredado en la trampa de la almadraba. A cambio de unas pocas noches de amor sin límites Enriqueta logró el preciado botín que había venido a buscar: en nueve meses -con veintiún días, para ser exactos- surgió de sus entrañas mi precioso bebé.

Enriqueta se empeñó en llamar al niño Artimaño. Aquella decisión fue otra más de sus particulares ocurrencias. Según adujo, quería que el niño tuviera un nombre único e irrepetible, y sobre todo memorable.

Nada más ver al bebé no me cupo duda de que había heredado cada uno de mis genes, hecho irrefutable que, por supuesto, produjo en Enriqueta una envidia enorme, y que destapó el tarro en que guardaba lo peor de su esencia. Ya tenía lo que había venido a buscar, y lo quería todo para sí. De inmediato comenzó a confabular mil planes para desalojarme de mi propia casa. Pero hasta ahí podíamos llegar...

Contrariada, ante mi determinación de defender las cuatro paredes que me pertenecían por derecho propio, cuando quise darme cuenta ya se había largado con Artimaño, llevándose, de paso, mis enseres más valiosos. Expuso ante la jueza, meses después, que aquel botín era la herencia anticipada que le pertenecía al niño que habíamos engendrado. Como su intención era la de no permitirme verlo durante el resto de mi vida, la lógica de su mente retorcida la empujó a arramblar con todo lo que pudo meter en un par de maletas.

Desde el primer momento la jueza simpatizó con su causa. Con lastimeros argumentos y sibilinas mentiras, Enriqueta la convenció de que yo suponía una mala influencia para la criatura. Si yo seguía visitando el polígono Marconi, y sólo muy de tarde en tarde, era por distraer la pena de no poder ver a mi hijo. Finalmente la jueza concedió a Enriqueta la custodia de Artimaño, pero al menos me concedió poner en práctica mi ideario de paternidad, aunque sólo durante los fines de semana.

También Enriqueta había concebido su propio plan educativo para el niño. Cada ecuación de sus matemáticas concluía el mismo resultado: que yo era un valor nulo, un cero a la izquierda. Su resentimiento se elevaba a lo infinito cada vez que tenía que dividir al niño con mi nulidad. Por eso insistió en poner todos los obstáculos para impedir que pudiera verlo. Sólo bajo denuncias claudicaba a sus pretensiones. Entonces, antes de dejarme al niño en depósito, redactaba en una lista todo lo que podía hacer y lo que no, lo que debía comer y lo que le estaba vetado.

Por supuesto que yo hacía caso omiso a su estúpida lista. Enriqueta profesaba el veganismo, por lo cual sometía al niño a un estricto régimen alimentario, más riguroso, si cabe, que el de visitas que me había impuesto la jueza. Alimentado a base de tubérculos, semillas y brotes de soja, mi hijo crecía raquítico y falto de color. Mi amor de padre homologado me hizo temer que cualquier mal aire me lo arrebatara para siempre. Por eso me propuse remontar, a base de hamburguesas y comida casera enlatada, los estragos que la madre provocaba en su salud. Gracias a esta dieta alternativa de fin de semana la piel mortecina de Artimaño fue recobrando el lustre y el color sonrosado de un niño sano y bien constituido. Los desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas se convirtieron en despaciosos rituales contrarreloj, cuya meta era la revitaminación de mi hijo. De paso, sirvieron también para que cierta complicidad surgiera entre el niño y yo: le hice prometer a Artimaño que jamás le contase nada a su madre acerca de aquellos tratamientos alimentarios de choque.

Entre semana Enriqueta seguía a lo suyo: a deshacer toda la labor que, sábado sí y domingo también, realizaba yo. Alimentaba al niño como si fuera un roedor enjaulado, a base de pipas, piensos deshidratados y zanahorias. Argumentaba que los betacarotenos y el germen de las semillas eran la razón de su revivido color de piel. Pero yo sabía que la explicación era bien distinta. Ante el discurso ilusorio de la madre yo guiñaba un ojo al niño, mal disimulando la risa floja que me entraba por dentro.

Las cosas en el trabajo me empezaron a ir regular. Encontré una oportunidad en el negocio de la compra-venta de entradas. Pero mi nuevo oficio me exigía una dedicación total, sobre todo durante los fines de semana. Propuse a Enriqueta que se encargara del niño durante al menos uno de cada dos sábados por la tarde. Se negó en rotundo. Si antes, respecto a la custodia de Artimaño, me negaba hasta el pan, ahora no parecía dispuesta a echar horas extras. El caso era llevarme la contraria. Eso, o que se había echado un novio nuevo, como luego resultó ser. Su propio hijo le suponía un estorbo, y tenía el descaro de reprocharme a mí lo mismo. Pasé de darle ninguna explicación, pues sabía que no entendería mis argumentos, que no podía llevar al niño conmigo a la reventa.

Además, después del trabajo era cuando conseguía algo de dinero para disfrutar un poco de la vida. Porque qué nos queda al final de cada jornada, si nuestra existencia se reduce a trabajar y trabajar. Con el niño me iba a ser imposible recuperar mis casi abandonadas visitas a la Colonia Marconi.

Ante la negativa de Enriqueta a quedarse con Artimaño durante sábados recapacité: pensé que tanto mejor si el niño me acompañaba a los alrededores de la plaza de toros y de los estadios de fútbol. Nunca entendí la razón, pues una entrada no es un bien de primera necesidad, pero el caso es que las autoridades siempre han visto con muy malos ojos el asunto de la reventa. Me di cuenta de que un niño de la mano era como un salvoconducto, el camuflaje perfecto que requería mi negocio.

Otra historia bien distinta era el tema de mis incursiones esporádicas al polígono Marconi. Pero como no tenía con quien dejar al niño, tuve que hacer de tripas corazón, y consentir que me acompañase.

Artimaño cayó simpático a las señoritas. Lograba sacar de ellas lo mejor de su instinto maternal. Supongo que por eso me hacían el favor de tenerlo medio entretenido, mientras yo me entretenía con alguna de ellas. Por supuesto que le había prevenido al niño que no le contase nada a su madre acerca de aquellas visitas furtivas al polígono. Me guardaba el secreto y, a cambio, cuando terminaba mi función con la señorita de turno, le invitaba a una hamburguesa de dos pisos en un bar de taxistas que abría durante toda la noche. Me enorgullecía la meticulosidad con que Artimaño retiraba, de entre los panecillos, todo rastro de lechuga, pepinillos, y cualquier resto de apariencia vegetal. Aparte de la carne sólo le interesaban las patatas, y los chascarrillos que le largaba algún borracho noctámbulo.

Poco a poco iba transcurriendo la niñez de mi hijo, sin destacables sobresaltos. Enriqueta parecía demasiado entretenida con su nuevo novio como para meterse en mis asuntos, y me dejaba en paz. Apenas alguna que otra vez vi al tipo con que andaba liada, mientras la esperaba dentro de un enorme y pulido Mercedes de color blanco comunión, cuando nos intercambiábamos al niño. Al parecer era búlgaro, o rumano, o albano-kosovar. Vamos, de algún país del este de Europa. Artimaño no supo darme detalles concretos de su procedencia, ni sobre a qué se dedicaba. Pero me chivó que les llevaba a menudo, a su madre y a él, al restaurante de un famoso cocinero que salía en televisión. También me contó que su mamá mal aprovechaba las invitaciones pidiendo alguna de sus típicas ensaladas de canónigos y algas rehidratadas, aunque al menos a él  le dejaba comer lo que quisiera. Según me contó, Artimaño solía escoger, de entre una carta de lo más selecta, un entrecot sanguinolento acompañado de patatas panaderas. Me enorgullecía comprobar mi impronta en los gustos de mi hijo.

Estaba claro que la sonrisa de Enriqueta no había perdido su eficacia para embaucar a los hombres. A mi ex le había dado por pastorear el forraje que emplataban en los restaurantes más finolis de la ciudad, y había encontrado al idiota perfecto que la convidaba. Mis sospechas no anduvieron muy desatinadas, cuando aventuré que su novio debía tener un oficio de dudosa reputación, como el de narcotraficante o representante de futbolistas. El cretino no se contentaba con chulear a mi ex, sino que también me corrompía al niño con todo tipo de regalitos que yo no me podía permitir. Artimaño no paraba de hablarme de su nueva videoconsola, no recuerdo el modelo ni la versión. Contra semejantes obsequios no podía competir, y menos cuando el negocio, de un día para otro, se me complicó: la policía me tenía fichado por un asunto en que me vi involucrado, una historia de entradas falsas con la que apenas nada tenía que ver.

Pero no estaba dispuesto a que ningún padre postizo comprase la voluntad de mi hijo. Casi sin darme cuenta los años habían ido pasando, y Artimaño se había convertido en casi un adolescente. Por su duodécimo cumpleaños me rasqué el bolsillo, para hacerle un regalo con que el búlgaro del Mercedes no podría competir: cuando acudimos al polígono Marconi, como cualquier otro sábado, le dije a dos de las chicas sonrientes que me lo entretuvieran. Pero aquella noche de una manera especial, como solían hacerlo conmigo...

No me quedó muy claro si el niño disfrutó la experiencia. Se pasó todo el domingo sin decir media palabra, mohíno y abstraído en uno de los estúpidos videojuegos que el búlgaro le había regalado. Por más que intentaba sonsacarle alguna impresión, me respondía con evasivas y monosílabos, embebido en la pantalla de su maquinita. Los adolescentes de todas las épocas, que no hay quien los entienda...

Para mi desgracia, Enriqueta tuvo noticias de aquella primera experiencia amorosa del niño. Resultó que el del Mercedes, tal y como yo había vaticinado, era un pájaro de cuidado: un peligroso proxeneta que controlaba gran parte de la prostitución callejera de Madrid. Imagino que por eso terminó enterándose, de primera mano, de todo el asunto.

Enriqueta reactivó sus armas de aniquilación total. Intentó alejarme definitivamente del niño, acusándome injustamente, ante la jueza de siempre, de corromper a mi propio hijo. La jueza no quiso creerme cuando le dije que la depravada era mi ex, pues andaba liada con un chulo de putas narcotraficante que obtenía sus favores sexuales a cambio de comprarle a mi hijo un surtido completo de videojuegos no aptos para menores. En vano intenté hacerle recapacitar a la jueza, invitándola a imaginar los viciosos juegos de fornicación que los dos amantes debían mantener en el asiento trasero del Mercedes, o sobre cualquier tabla rasa. Ni la jueza ni nadie supo darme nunca una explicación lógica de por qué el búlgaro, pudiendo disponer de cualquier otra de sus jóvenes prostitutas, prefería a Enriqueta.

La jueza me llamó al orden, y, como en anteriores visitas, terminó poniéndose de parte de mi ex: resolvió que debía mantenerme alejado de Enriqueta y del niño, a no menos de un kilómetro y medio a la redonda.

Contrariado y lleno de coraje, ante aquel veredicto tan injusto, esperé a mi ex a la puerta de los juzgados, para darle su merecido. Por culpa suya me impedían ver a mi hijo, por lo que estaba dispuesto a llevármela, si era necesario, por delante. Y me resultaba indiferente si iba a dar con mis huesos a la cárcel, pues lo tenía ya todo perdido: si no podía ver a Artimaño, mis días no tenían razón de ser...

Lo único que conseguí, en cuanto puse encima la primera mano a Enriqueta, fue una paliza monumental. Me la propinaron dos matones que, según vine a saber luego, eran esbirros a sueldo del búlgaro. Un mes de vacaciones a pensión completa, en un hospital de la Seguridad Social, sirvió para atemperar mi ánimo de venganza.

Lo primero que hice, nada más abandonar el hospital, fue darme una vuelta por la Colonia Marconi. Allí la vida transcurría monótona, bajo una misma pauta: sonrisas amables recibían a los visitantes, y estos correspondían ofreciendo la hospitalidad del interior de sus vehículos. Cada facción, como de costumbre, disimulando sus recíprocos intereses de por medio.

Desde aquel veredicto de la jueza los años fueron transcurriendo, a la par que la infancia de mi hijo. Alejado de mi tutela, Artimaño atravesó la adolescencia sin el amparo ni la firme educación que sólo un padre verdadero sabe dar. Cual pino piñonero sometido a perseverantes vientos, creció torcido. A mitad de carrera su padrastro me arrebató el testigo que me correspondía, sin darme tiempo a concluir mi posta. Y poco a poco y sin que yo pudiera remediarlo, con tesón de presidiario limando barrotes, fue modelando a mi polluelo conforme a su propia manera de ser y obrar...

Ahora cuando por fin Artimaño ha alcanzado la mayoría de edad, el búlgaro lo ha reconocido como su único y legítimo heredero, traspasándole parte del negocio: en concreto, la correspondiente a la zona en que se ubica el polígono Marconi. Su madre, indolente a las malas artes que el padrastro le ha inculcado, parece sólo preocupada de su flora intestinal...

Por mi parte ya puedo ver a mi hijo sin impedimentos judiciales de ningún tipo. Pero es demasiado tarde para enderezar una vara tan torcida. Aunque reconozco que Artimaño jamás me niega un favor, cada vez que le pido algo de dinero, me resulta un completo extraño. Poco o nada tiene que ver con aquel niño inocente junto al que tantas hamburguesas y visitas al polígono Marconi compartí...

A pesar del tiempo perdido, corroboro harto satisfecho que los lazos de sangre siempre permanecen... Artimaño es un joven agradecido, y no olvida todo el amor y el tiempo que este padre coraje le ha regalado. Desde que el búlgaro le confirió parte del negocio las visitas a la Colonia Marconi me salen gratis, todo incluido. Será por eso, por la gratuidad del asunto, que últimamente, cada vez que me ven aparecer por el polígono, las señoritas no se toman la molestia de esbozar ni media sonrisa. O tal vez, será que no me sonríen porque con los años estoy perdiendo parte de mi natural sexapil...

30 de junio de 2017

El protagonista

Fotografía por Camila Pastorelli
El señor Román guardaba, entre sus más apreciados recortes de papel, la noticia de cuando el circo Pringlend salió en portada de un diario de provincia de cierta tirada y reputación, a causa de un suceso que aconteció durante la escena que representaban los payasos.

El periódico no acertó a contar toda la verdad del suceso. El hecho comenzó cuando un tipo, al que adornaba un bigote fino y un gran afán de protagonismo, acudió junto a su mujer a ver el espectáculo del circo que regentaba el señor Román. El espectador se hizo notar nada más ocupar su butaca, y sobre todo durante el número de Rudolf y Jeromitas, los payasos. Tal y como tenía por costumbre y en todos lados, y para bochorno de su más que resignada esposa, al señor le dio por lanzar, a voz en alto para que los presentes supieran de su gracia natural, toda clase de comentarios impropios de un espectáculo infantil, pero que a él le parecieron muy oportunos y chistosos

Jeromitas era el nombre artístico del Jero, un huido de la justicia al que el señor Román había acogido temporalmente en su circo, en atención a ciertos favores del pasado. El apodo de Jeromitas lo había inventado Rudolf, su resabiado compañero de escena. El pobre Jeromitas conseguía a duras penas aprenderse un papel para el que Rudolf se había empeñado en amaestrarle. A Rudolf le venía que ni pintado, para su número de cada tarde, un compañero con ese aire de distraído, a medio camino entre un rufián y un corto de mente. Ni el maquillaje de payaso lograba disimular las aristas de un rostro y un carácter esculpidos a filo de navaja. Lejos de molestarle el amateurismo de su partenaire, a Rudolf le estimulaba, pues estaba hastiado de la vida monótona que traía en el circo, de las repetidas puestas en escena de todos los días. Ahora, en cada espectáculo, junto a Jeromitas, ante un público de todas las edades, podía improvisar todo un repertorio de chascarrillos lenguaraces, sin que el señor Román le pudiera echar en cara sus salidas de madre.

Cuando al visitante del bigotito se le ocurrió la feliz idea de sacarle punta a cada una de las torpezas naturales de Jeromitas, dejándole en ridículo delante de la paupérrima concurrencia de aquella tarde, el payaso prófugo comenzó a tartamudear de puro nervios e inseguridad. El visitante se creció con las risas que provocaban sus chanzas entre el público, y arreció en su particular chaparrón de vejaciones humorísticas. A Jeromitas se le fue formando un nudo en la garganta, hasta que no pudo articular una palabra más. Desposeído de toda confianza, y ya fuera de sí, su carácter se transmutó en el de su verdadero yo, el del Jero. Incapaz de contener su furia, saltó a la grada y cogió al del bigotito por las solapas de su chaquetón de domingo, arrastrándolo al centro de la pista. El público pensó que aquella maniobra desmesurada formaba parte del número circense. Niños y grandes contemplaron con expectación y algarabía la somanta de palos que recibió el del bigote, mientras su mujer gritaba de espanto y Rudolf saboreaba, en primera fila, lo que consideró un espectáculo sin parangón en todos sus años de vida en el circo.

El público aplaudió a rabiar. El visitante logró por fin obtener el merecido papel de protagonista que con tanto denuedo había perseguido desde siempre. Las iniciales de su nombre aparecieron, junto a una foto de su cuerpo tendido en una camilla, en la portada del Heraldo de Salamanca, en la parte inferior derecha, a una columna.

El paso del Jero por el circo Pringlend fue breve. Aunque en las páginas interiores del diario expusieron el argumento de que el payaso sólo había pretendido defender la integridad moral de los niños, mantenerlos a salvo de los chistes groseros que profería el sujeto apaleado, decidió salir de najas. Era corto de luces, pero no tanto como para confiar en que la policía creyese a pies juntillas la edulcorada versión que, ante el periodista del medio impreso, defendió el señor Román.

El payaso Rudolf quedó otra vez huérfano. Resignado a los vaivenes de la vida, no tardó ni medio día en asumir la partida precipitada de Jeromitas. Después de todo, ahora que el compañero empezaba a memorizar su papel, el número perdía toda gracia y emoción...

28 de mayo de 2017

El tsunami

La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai
La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai

Abajo, en lo más ínfimo de la cloaca, seres tiznados se afanaban en conseguir, siquiera, una migaja. En la superficie, otros seres bien distintos gravitaban en torno a una quimera de algodón de azúcar, desentendiéndose del obligado paso por ventanilla, para no recoger sus recién adquiridos pasajes hacia el abismo...

Medraban en lo más alto irrespetuosos animales de piel de porcelana, sabandijas a la caza de desgracias ajenas con que alimentar los lamentos propios. Plañideras que vociferaban su pena insustancial a los cuatro vientos, atronando a brisas y oídos de inermes vírgenes y recién destetados.

Las criaturas de la cloaca de sobra conocían que la llorera sólo sirve para embarrar el camino polvoriento de la subsistencia. Sus tumefactas moradas quedaban lejos de los sumideros que evacuaban la torrentera de lágrimas que les venía de arriba. El fluido tibio y salado descendía en remolinos impetuosos, reventaba las cañerías oxidadas, y terminaba salpicándolo todo con su balanceada fórmula de mierda y perfume caro.

El cenagal pestilente que se formaba atiborraba de aflicción a los imbéciles que lo provocaban. Sus trastocadas psiques chapoteaban en la ciénaga de una piedad fingida, alardeando de su gracia para ser víctimas y redentores a un mismo tiempo. Mas lo único cierto eran sus corazas contra el hedor propio y la calamidad ajena. Desde siempre, el pasatiempo favorito de los indolentes llorones había sido el de asomarse al ventanal magnífico de la autocomplacencia. Pasaban allí, como embobados, las horas muertas. Tan ensimismados andaban contemplando el paisaje de sus ombligos, que no alcanzaron a percibir -o no quisieron verla venir- la ola gigante que venía a arrebatarlos de la superficie.

Los necios no sólo se conjuraron contra la realidad de la ola gigante, sino también contra el patrón de la modesta patera que acudió a concederles cierta oportunidad: lo de construir firmes botes y luego bogar para salvar las olas les pareció una proposición onerosa e indecente. Prefirieron creer en la confortabilidad de las colchonetas hinchables de colores que, a módicos precios, mercachifles de todos los pelajes les vinieron a ofrecer, junto a variopintos repertorios de disparates y accesorios neumáticos. En cuanto arribó el tsunami toda aquella flotilla neumática y henchida de prepotencia expiró en un suspiro, si acaso el único soplo de irrefutable pesar. La resaca monumental desparramó mutilados cuerpos por cada orilla. Al menos los despojos ofrecieron, a las criaturas de abajo, la excelente ocasión de superar la barrera de otro día...

Tras el paso del tsunami, para los supervivientes, nada nuevo sobre la playa: el mismo sol, e idénticas excusas...

17 de abril de 2017

Poema a pesar del HTML

Hombre mirando la pantalla de su ordenador con cara de aburrido
Foto por Devin Stein
El código HTML avanza indolente, como la peste, por la comarca ondulante de mi genio creativo. Por esos mismos territorios campaban anteayer a sus anchas, libres y despreocupados, ripios y estrofas. Etiquetas de apertura y cierre bloquean hoy la boca del volcán incontinente que solía vomitar nostalgias, anhelos y frustraciones, o simples ocurrencias salpicadas de voces manoseadas. Mi vocabulario intrépido ha devenido en insignificante significado cargado de semántica, mera palabrería que no alcanza -inútil lenguaje el HTML- a expresar la profundidad de mis ríos de lava.

Grande desazón me invade, que traducido en términos HTMLiánicos sería algo como:

<desazón>
Aquí debería habitar un poema,<br>
siquiera un desacompasado verso,<br>
mas un código semántico y tiránico<br>
se ha apoderado de mi expresión por entero.
</desazón>

Mi insondable lamento concluye con un absurdo:

</html>

9 de abril de 2017

Inocencio Espirituoso y el acomodador

Espectadores de cine con gafas 3D

A Inocencio Espirituoso no le gustaba nada dejarse conducir. Prefería pensar por sí mismo y buscar su propio camino; cuando no encontraba razones, se guiaba por su propio instinto. Era tozudo en su determinación, pues, según manifestaba a quien quisiera escucharle, "es de borregos caminar en rebaño, al paso que marca el pastor".

Una tarde remota, en el cine, allá por su juventud, un acomodador le espetó a la cara: "¡Sígame!". La orden no le cayó bien a Inocencio, pero en fin... Por no perturbar la tranquilidad del resto de espectadores, se resignó a ir en pos del hombre uniformado que, linterna en mano, le indicó con la lucecita la butaca en que debía sentarse. Obediente tomó asiento, sin un atisbo de protesta. Y eso que la enorme cabeza del espectador de la butaca de delante le impedía ver la pantalla. Quizá por el mero empeño de afianzar sus argumentos, aguantó allí sentado hasta el término de la película, furioso y contrariado, protestando mas que por dentro: "¿Para qué tuve que hacer caso a un estúpido acomodador, pudiendo elegir un mejor sitio por mí mismo?".

Aquella tarde de cine fue la única vez que Inocencio Espirituoso se dejó llevar por la voluntad de otro, en vez de por sus propias convicciones...

20 de marzo de 2017

Los machos alfa nunca beben Bitter Kas

Foto por Lisa Risager

Si me tuviese que comparar con un chimpancé, diría que mi actitud ante las hembras siempre fue la de un mono atento y servicial, y puede que algo sumiso. Inconscientemente, debí pensar que aquella manera dócil de proceder era la única posibilidad que tenía de aparearme. Porque mis modales delicados poco tienen que ver con la actitud agresiva y exhibicionista de los machos alfa. Cuando se es demasiado enclenque, y poco agraciado como yo, es tontería perder el tiempo frente al espejo, acicalándose en vano, o criando músculo en el gimnasio...

Mi naturaleza siempre me jugó una mala pasada... Tuve la desgracia de pretender mejorar mi estirpe cruzándome con las hembras más exuberantes de la manada, aquéllas que prometían fertilidad por cada revuelta de sus cuerpos rotundos. Pero ellas sólo tenían ojitos para los tipos más atrevidos, altos y fuertes, y sobre todo algo canallas. Necesitaban, digo yo, un macho alfa que les proporcionara un poco de vida y emoción. Un aventurero, vamos, de manos fornidas y látigo en mano... Las únicas aventuras en las que me adentro yo, y sólo de vez en cuando, son las que leo en los libros, o veo en los telediarios...

No tengo yo tan claro si las reproductoras que rondaba adivinaban las verdaderas intenciones de mi naturaleza. Por lo que me daban a entender les parecía del todo confiable, aunque no tanto como para convidarme a la intimidad de sus alcobas. Veía que mi única aspiración para perpetuarme era la de someterme al albedrío de sus vaivenes emocionales; si accedía a sus antojos era, más que nada, por acecharlas de cerca y aprovechar cualquier momento de descuido o debilidad. No resultó difícil que me concedieran su amistad, pues, según me confesaban, hasta cierto punto les parecía divertido. Les encantaba que les hiciera reír, y que las acompañase a las rebajas, a los conciertos de sus ídolos pop, o de fiesta en fiesta. Pero no tardaban en aburrirse de mis bromas y ocurrencias, echándome en cara que era demasiado soso y, sobre todo, de ideas retorcidas. "Piensas demasiado, Braulito, deberías dejarte llevar; emborráchate y disfruta de la noche", me decían. Luego añadían que mis reflexiones eran tan amargas como el Bitter Kas que, por entonces, acostumbraba a beber.

Sopesé si mis amigas tendrían razón. Recapacité, y me lancé sin reparo a los brazos del alcohol y las drogas blandas. Dejé que mi naturaleza persiguiera, libre, el rastro de su deseo. Mis amigas no tardaron en deplorar el comportamiento de mi nuevo yo, al nuevo simio que las acosaba noche tras noche. Me conminaron a que depusiera mi actitud de ipso facto, y me comportara como el monito inofensivo que había sido antes. Así que retorné al Bitter Kas, y a los pensamientos más melancólicos.

Ellas, mientras tanto, se dedicaban a bailar descocadamente, bebiendo como el camarada Tovarich en la toma de Berlín. Cuando estaban lo suficientemente achispadas, si tenían suerte, se desaparecían con el primer macho alfa que las cortejaba. Allí me quedaba yo, sólo en medio de la fiesta, saboreando la amargura de mi poco éxito y de mi Bitter Kas. Si por contra el macho dominante las ignoraba, o elegía a otra hembra más rumbera, se ponían tan borrachas que me tocaba acompañarlas hasta su casa. Durante el viaje en taxi, más de una malogró mi ropa, al vomitarme encima. Me tocaba pagar el taxi sin pedir recibo, abrirles la puerta de casa, desvestirlas y meterlas en su camita. Alguna vez me rondó por la cabeza aprovechar la circunstancia. Pero mis amigas ya me tenían más que advertido que, en cualquier tesitura que tuviera que ver con ellas, no dejase de comportarme como un chimpancé inocentón...

Poco a poco mis genes se fueron sintiendo como desheredaros, mientras de mi vida iban desapareciendo, una tras otra, todas aquellas hembras fecundas con las que tanto había deseado entroncar. Antes de despedirse de mí, alguna que otra aún tuvo la descortesía de invitarme a su boda, que celebró, como era previsible, con alguno de los machos alfa que peor me caían de la manada. Recuerdo especialmente a aquel gorila vestido de nuevo que me faltó el respeto, al verme aparecer acarreando las bolsas con los regalos que se iban a repartir entre los invitados de su bodorrio: "Si algo detesto yo, es al hombre blandengue que va con la bolsa de la compra", me dijo el muy cretino...

Y así fue cómo, boda tras boda, amancebamiento tras amancebamiento, me quedé solo... Aferrado por años a mi Bitter Kas, y mi amarga manera de ser. Me vi condenado a tirar de tarjeta de débito, para procurarme sucedáneos del amor con señoritas de vida atribulada. Insatisfecho, me reivindiqué como chimpancé solitario, radical y militante.

Los chimpancés solitarios adoramos ante todo la tranquilidad. Pero la vida es una selva repleta de imprevistos inoportunos... Siempre llega la mañana traicionera en que te cruzas por la calle, casualmente, con alguna de aquellas hembras de la manada que tanto deseaste. La ves venir cabizbaja, ojeriza y con ojeras, empujando un carrito de bebé y con un niño de la mano. Decides entonces cruzarte de acera, más que nada para no contrariar a los principios de tu militancia de solitario redomado. Pero lo más probable va a ser que ella intercepte tu retirada, para proponerte que la invites a un café con churros, ahí mismo, en el bar de la esquina, porque se acuerda mucho de ti:

-¿Y cómo te fue, Braulito?

-Pues ya me ves.

-Pues te veo mejor que antes.

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡He dicho que ya no hay más churros, Alvarito; déjame tranquila un momento, que estoy hablando con este señor! ¿Me decías, Braulio?

-Así que tienes dos niños...

-¡Mamá, me aburro!

-¡Alvarito, déjame, no seas pesado! ¡Anda, toma otro churro, y calla! Sí, Braulio, dos niños, que te los regalo ahora mismo...

-Algo me darán por ellos en la tienda de empeños...

-Ay, Braulito, tú siempre con ese sentido del humor, tan especial...

-¡Mamá, quiero otro churro!

-¡Ay, calla, Alvarito, qué pesado eres! ¡Que no te doy más churros, que luego no te comes la comida!

-¿Y tú, no vas a probar los churros, Maruchi?

-Uy, ya quisiera yo; a base de pavo light, estoy...

-¡Mamá, dame un churro!

-¡Que te he dicho que no, Alvarito! ¡Suelta el churro ahora mismo, que es del señor!

-No, si es igual... Que se lo coma ya...

-Ay, perdona, Braulio, es que es muy cabezón el niño; igualito que su padre, que hasta que no lo consigue...

-El próximo macho alfa de la manada...

-¿Qué?

-Nada, otra de mis tonterías...

-Sí, ya veo, sigues igual. ¿Y tú qué? ¿Te casaste, tuviste niños?

-Sólo un par de bonsáis.

-¡Dame un chuuuurro!

-¿Pero no ves que son de este señor? ¡Anda, toma, que me tienes harta! ¡Y éste es el último, que ya nos vamos para casa!

-Uaaa, uaaa, uaaaaa...

-¡Y ahora el pequeño empieza a llorar...! Perdona, Braulio, pero nos marchamos ya...

-Te reclama la jungla...

-Sí, ya ves, es que con dos niños no se puede... Además, tengo miles de cosas que hacer... Y mientras, el huevón de mi marido andará ya a estas horas metido en el bar... ¿Te puedes creer, que me tenga yo que encargar de todo?

-Si fuéramos bonobos, la nuestra sería una sociedad igualitaria. Pero desgraciadamente, somos chimpancés.

-¡Ay, Braulio, sigo sin entender tu sentido del humor!

-Ya.

-¿Esto?

-Tranquila, Maruchi, ya lo pago yo. Qué ricos que estaban los churros, ¿eh, Alvarito?

-Sí... Bueno, Braulio, me alegro de verte. Vamos Alvarito, que nos vamos, dile adiós al señor.

-Adiós Alvarito, a Dios gracias...

Por fin, de nuevo solo en la selva, saboreas el culín que te queda del café con leche. Está ya frío. Después, pides un vaso de agua al camarero; ante su mirada atónita, brindas por la selección natural de las especies:

-¡Por aquellos machos alfa que nos birlaron la posibilidad de satisfacer a ciertas hembras insatisfechas!

El camarero se pregunta si realmente te sirvió agua...

-Jefe, una pregunta: ¿todavía tienen Bitter Kas? ¡Si eso, póngame uno, con mucho hielo...! Con una rodajita de limón...

2 de marzo de 2017

Sabor a caramelo

Cielo de Madrid de color caramelo
Foto por Federico Jordá

Por lo que fuera, ahora que tenía el ansiado abismo bajo sus pies, no se atrevía a dar el salto. Los pensamientos enmarañados, que poco antes le empujaban a saltar, jugaban a volverlo loco en ese momento, regándole la cabeza con un mar de dudas. Abajo le esperaba el abrazo rotundo del pavimento de hormigón; la misma tristeza insondable le aguardaba, como cada día, si no daba el paso adelante. "Sólo un paso y ya está", se dijo.

-Perdone, ¿me ayuda a cruzar al otro lado?

Se volteó ligeramente para mirar quién le hablaba. Un hombre, tan desorientado como él, tanteaba torpemente, con su bastón de ciego, el murete sobre el que se había encaramado para saltar. La emoción que lo embargaba le había impedido sentir su llegada. Volvió a mirar al vació bajo sus pies. Luego, de nuevo observó al ciego, de reojo. Los ojos del hombre que le acababa de hablar se movían inútilmente, como buscando, a izquierda y derecha, la poca luz que quedaba ya del día.

-¿Al otro lado? -le preguntó al ciego.

-¡Sí, coño, al otro lado! ¿Qué tiene de extraño?

El estado de entereza que aparentaba el invidente le hizo sentirse, por comparación, como una mierda. Parecía tan rabiosamente decidido a saltar... Pero luego dudó como siempre, ahora más de las convicciones del hombre que de las suyas. Volvió a arrobarse con la visión del vacío bajo sus pies.

-¿Me va a ayudar a cruzar o qué? Porque no tengo todo el tiempo del mundo... -le apuró el ciego, sacándole de su trance por segunda vez.

Se bajó del murete con un movimiento ralentizado. Asió al ciego por el brazo, para ayudarlo; olía a bodega; se le antojó desagradable y sucio el tacto de su gabardina.

-Tenga cuidado, hay un altillo. Espere, que le echo una mano para subir.

-¡Cada vez se lo ponen a uno más difícil, los hijos de puta!

Encaramado otra vez sobre el murete, junto a aquel hombre desconocido, en un momento tan íntimo, se sintió ridículo.

-Seguro que hace un precioso atardecer, y yo, perdiéndomelo. ¡Qué bonita es la vida...!

El sarcasmo del ciego lo empujó a mirar al frente: el cielo, de color caramelo, le ofrecía la tibieza de sus últimos rayos del día. Por primera vez en mucho tiempo el horizonte se le presentó dulce y prometedor.

-¿Qué cojones hacemos aquí parados, cruzamos o qué? Porque no siento venir ningún coche. ¡Con lo que tengo que hacer...! Ande, suélteme, que ya me las apaño yo solo...

Vio al ciego, como si nada, dar ese paso adelante, el que él no se decidía a dar. Ni un segundo tardó en sentir el golpe, al unísono, de la carne y los huesos quebrados contra el pavimento. No quiso ya mirar hacia abajo, pues, de repente, la simple altura del murete le producía vértigo. Una leve sonrisa se le hizo incontenible, al imaginarse al pobre hombre, en su breve descenso, tanteando el aire con el bastón, y moviendo sus ojos tan de balde...

Algo desorientado bajó por el lado contrario al del abismo, resuelto a perseguir ese horizonte, con sabor a caramelo recién tostado, que le estaba provocando como nunca antes...

27 de febrero de 2017

Terco empeño

Foto por Bart Bernardes
No necesito vuestros aplausos: para continuar labrando versos me basta mi terco empeño. Los necios oídos abundaron en todas las épocas, en las que incomparables poetas fueron silenciados por la epidemia de lo banal. Sólo unos pocos trascendieron; los más, murieron para siempre en el eco de sus versos. Aunque quisiera creer que, tal vez, hoy, persisten en la memoria de los vientos furibundos y las olas susurrantes...

15 de febrero de 2017

Reseña literaria

Tecleando en una máquina de escribir
Foto por Thomas Hawk
Conocí a Pepita Leónidas allá por nuestros años de juventud, cuando ambos soñábamos con ser escritores. Acudíamos con cuatro o cinco duros a los cafetines literarios, para respirar el aroma del buen café, y ver de cerca a todos esos autores que tanto admirábamos. Hace una semana que, por azar, volví a encontrármela en uno de esos ambientes.

Cosas de la vida, ahora soy yo quien despierta admiración en los cafés. O eso me parece percibir, cuando voy a conversar con otros colegas. Me suele suceder que un murmullo de conversaciones ajenas se forma en torno mío. La gente, con sus miradas indiscretas, no me deja tomar ni un poleo menta tranquilo. A menudo alguien se acerca hasta mi mesa, y me aborda con más o menos educación, para que le firme un autógrafo. Entonces parece que se abriese la veda de fastidiosas interrupciones. Supongo que la gente no lo hace a propósito, pero es harto molesta.

Departía tranquilamente con Ramón Trabado, buen amigo y también escritor, cuando una mujer se acercó y empezó a gritarme: "¡Pepe, Pepe, Pepe! ¡Pero Pepe!, ¿es que ya no te acuerdas de mí?". A las primeras de cambio no la reconocí. Pensé que era otra más de esas locas entusiastas que aseguran leer mis novelas. "¡Pero Pepe, coño, soy yo, Pepita, Pepita Leónidas!". Normal que no la reconociese... El paso del tiempo había desposeído a Pepita de todo rastro de hermosura. Su aspecto actual, tan avejentado, nada tenía que ver con el recuerdo dulce que guardaba de ella. Pero su carácter extrovertido y dicharachero, si no invasivo, seguía siendo el mismo que recordaba. Amén de la indiscreción que parecía seguir acompañándola: "¡Pepe, coño, estás mucho más gordo; se nota que la china te trata bien!".

Sin el menor tacto, Pepita arrimó una silla y se sentó a nuestra mesa. Observé un indicio de perplejidad en el rostro de mi amigo Ramón. Tuve que explicarle que Pepita y yo fuimos grandes amigos de juventud. "¡Amigos dices...! -interrumpió Pepita- ¡Pero si fuimos hasta novios, por más de dos años! ¡Y qué bien que lo pasábamos juntos..., eh, Pepe? ¡Hasta teníamos planes de boda! Claro que, eso fue antes de que se cruzarse por medio aquella pelandusca. ¿Cómo se llamaba? Sí, la que luego se casó contigo, ésa que casi te deja tiritando, tras vuestra separación. Al menos eso es lo que cotillearon de vosotros en las revistas..."

Una sonrisilla maliciosa y mal disimulada se perfiló en el rostro de Ramón. Admití que lo que decía Pepita era más o menos cierto, aunque yo jamás me hubiera expresado en esos términos. Pepita hablaba de Charo, mi ex mujer. "¡Eso, Charo! -prosiguió Pepita-. La Charito, le decíamos, porque era muy poquita cosa. Claro que, no me extraña que se propusiera dejarte sin blanca con el divorcio, porque mira que tú, irte a liar, después de tantos años de estar casados, con aquella chinita a la que casi doblas en edad. ¡Si es que a ti, Pepe, siempre te gustaron las escurridas!". Ramón ya no pudo contener una amplia sonrisa en su semblante pachón. Total, a estas alturas a mí me era indiferente lo que contase Pepita sobre mis avatares sentimentales. A fin de cuentas, imagino que es lo que todo el mundo sabe y comenta a mis espaldas. La china a la que se refería Pepita es mi actual pareja. Que por cierto, no es china, sino de aquí mismo. De origen filipino, por más señas.

No ha llovido poco, desde aquellos amores que perpetramos Pepita y yo... ¡Ay, esos locos juegos de juventud...! Sin venir a cuento, Pepita nos dijo que por fin, tras tantos años y no pocos esfuerzos, acababa de publicar su primera novela, La muela de la difunta abuela Manuela. Cuanto menos, el título me pareció algo pueril. Pepita era así cuando nos conocimos, un poco infantil y bastante simplona. Naif, que diría algún petulante. Según nos contó en el café, era la suya una novela corta en la que hablaba acerca de ella y sus circunstancias, empezando por la relación con su difunta abuela. Que por lo visto, no se llamó Manuela. "También tú, Pepe, apareces en mi novela. Te he dedicado todo un capítulo, en el que no sales muy bien parado, por cierto. Pero no te preocupes, que también te he cambiado el nombre". Confieso que aquello me dejó perplejo. El semblante de Ramón era ya el paradigma de la socarronería.

De repente Pepita me dijo: "¡Pepe, coño, tú que eres un escritor más que consagrado, al que todo el mundo parece tener en cuenta, podrías escribir una reseña de mi libro!".

La verdad es que nunca he sido amigo de lisonjear a nadie, así porque sí. Más bien al contrario, detesto toda alabanza por mera cortesía. Pero pensé que, tal vez, la novela de Pepita se merecía una oportunidad, y más teniendo en cuenta que su autora forma parte de los nostálgicos recuerdos de mi juventud gloriosa.

Así que al día siguiente de nuestro encuentro decidí acercarme al centro comercial, para comprar uno de los ejemplares de la novela de Pepita. Porque Pepita seguía siendo, tal como antaño, despistada y olvidadiza: no cayó en la cuenta de pasarme su novela. Ni tampoco, gracias a Dios, se acordó de intercambiar conmigo el número de teléfono. Dejé la novela recién comprada junto a la pila de ejemplares pendientes de leer, a la espera de tener un rato libre, al margen de mis perentorias obligaciones. Anteanoche, por fin, me decidí a abrir el libro, para abordar su lectura.

Sinceramente, y aun estando acostumbrado a lidiar con la palabra escrita, me cuesta expresar mis impresiones respecto al libro de Pepita. Creo que si alguna expresión podría definir su novela, ésta es, sin lugar a dudas, la de "perturbadora". Y escojo este adjetivo porque si la definiera como "una putísima mierda" se me podría tildar de excesivo, vulgar y soez.

He de decir, en defensa de la novela de Pepita, que en realidad no pasé mucho más allá de la primera página. Aquellos párrafos estaban tan mal ensamblados que me retorcieron el entendimiento. La ortografía era lo de menos. Pero el ritmo... Ese ritmo inquietante, dictado a golpes de signos de puntuación sincopados, como arrojados al azar y a destiempo, constituía en sí mismo el antirritmo. Las comas, puntos y comas, puntos, etcétera, parecían ahí puestos como para zancadillear al incauto lector que osara adentrarse por aquel laberinto de renglones. Me pregunté qué diantres había estado haciendo Pepita durante todos estos años, pues parecía haber aprendido una mierda sobre el oficio de esculpir mediante la palabra escrita.

A veces, los escritores decidimos hablar con la voz de algunos de nuestros personajes, y, adrede, nos permitimos ciertas licencias respecto al lenguaje. Por si acaso era éste el caso de la novela de Pepita, y por darle una segunda oportunidad, me dispuse a leer alguna que otra página. Miré el índice, intentando descubrir el capítulo en el que, supuestamente, Pepita hablaba sobre mí. Pero perdí pronto la paciencia, así que me decanté por escoger una página al azar, y luego otras dos. Más de los mismo. Eso, o que Pepita había decidido escribir toda la novela con la voz de un completo subnormal.

Si acaso conceder la duda de que, tal vez, con su novela, Pepita se haya adelantado a su tiempo, como tantas veces ha ocurrido en la literatura, y no sea yo capaz de entrever las flores entre el paisaje de cardos. Pero me da a mí, que va a ser que no.

Así que, si no tienen nada mejor que hacer en los próximos días, pongo en sus manos la decisión de aventurarse, o no, por los laberintos literarios de La muela de la difunta abuela Manuela, de Pepita Leónidas. Si se atreven con la lectura, tengan por seguro que quedarán atrapados por un antirritmo inhóspito que, como la vida misma, avanza entre trompicones e inquietudes. Igual, hasta consiguen resolver el acertijo del personaje en que ando enmascarado.

Y por último, para los que nos resistimos a leer en formato digital, añadir una razón extra para comprar, antes de que se agote, la novela de la entrañable Pepita: nada, como el papel, para encender una buena hoguera.

1 de febrero de 2017

El relato del yonki legendario

Fotograma de la película "El séptimo sello", en que un caballero juega una partida de ajedrez con la muerte
Fotograma de la película El séptimo sello,
de Ingmar Bergman
Señoras y señores, disculpen si vengo a perturbar su tranquilidad, pero la necesidad aprieta y es menester que les transmita mi lastimera petición.

Aquí donde me ven, y aunque las apariencias engañen, yo, Melitón Trabado de Núñez-García, he librado mil y una batallas. Mi mera presencia atestigua que a toda vicisitud sobreviví, no sé si por gracia de Dios o del diablo.

Desde Bérgamo a Constantinopla, de la Celsa a las Barranquillas, he encarado a la muerte como sólo un jinete avezado es capaz de afrontar: retándola sin ambages, y sosteniendo, cara a cara, ojos contra ojos, puñal contra puñal, esa vidriosa mirada suya, afilada como hoja de guadaña. A lomos de caballo indomable, osé aventurarme por recónditos y peligrosos parajes; para cuando quise darme cuenta, ni pude parar, ni fui capaz de descabalgar...

De cicatrices traigo el cuerpo colmado: horadados tengo brazos, cuello, y hasta los gruesos talones de mis pies encallecidos. Me arrepiento mucho y poco de lo vivido, a partes por igual. Para no faltar a la verdad, diré que, aunque pasé múltiples calamidades, también lo mío he disfrutado. Sin estar libre de pecado, subí a los cielos en numerosas ocasiones, para luego descender en picado hasta el abismo de los infiernos. En resumen: con desigual fortuna, la Divina Providencia desde siempre me ha tratado.

Venía ya de vuelta yo, cuando empezabais a sospechar que, encamado, disfrutaba con vuestras mujeres e hijas. Si no se me ofrecían, buscaba regocijo al por mayor, en burdeles de carretera y por otros menos alegres e improvisados. En todo momento, como sultán en harem de Persia, gocé de las hembras más fermosas y viciosas que jamás soñaréis con ver sobre la faz de la Tierra. Por estar tan trajinadas, y no menos resabiadas que uno mesmo, a pocas dellas tuve ocasión de desvirgar, tal y como hubiera deseado.

Cual mercader veneciano, comercié con toda clase de especias y condimentos, que yo mesmo me procuré. Empuñando jeringuilla hipodérmica, o bien chirla, o destornillador, o a mesma punta de arcabuz moderno, asalté a gentes de cualquiera condición social. Juro por Dios que jamás hice distingo entre raza, credo, o hermosura. Para qué negarlo: me decanté, en lo concerniente a la redistribución salvaje de la renta, por el contribuyente acaudalado, de bolsa llena y bien surtida. De entre estos, preferí siempre a las mujeres, sobre todo a las ancianas, por ser ellas más débiles y fáciles de abordar, aunque también más traicioneras. Créanme que nada desto lo hice por gusto, sino porque la necesidad apretaba y era menester afrontarla de la manera más pronta y conveniente. Entiendan que el síndrome de abstinencia retorcíame de dolor las entrañas, y constreñía mis sentidos para que obrase tal y como me iba dictando.

Así era mi anodino discurrir, hasta que un día, por causa de la incomprensión humana, vime cautivo sin pretenderlo. Procurando arreglar, destornillador en mano, mi turbado mundo interior, encareme a un hombre que por mi vera pasaba. Con cuestionable proceder, el hombre se abalanzó contra el destornillador en repetidas ocasiones, sucesivas veces, una y otra vez, con semejante desafuero al de quien está poseído por el demonio. Tan desafortunada resultó la lid para mis intereses, que el hombre quedó muerto ante mis pies. De improviso, sin percibir por do venían, vime rodeado por diez o más agentes de la autoridad, que prendiéronme y llevaron ante el alguacil de guardia. El señor magistrado, con el argumento de acometer no sé qué en nombre de la justicia, ordenó que me encerraran en una lúgubre mazmorra, en contra de mi voluntad...

En penales como aquél en que vime prisionero, suelen ir a dar con sus huesos los infaustos hombres de la mesma indómita condición que la mía. Aunque los centinelas nos guardaban sin amarres, ni cadenas, ni grilletes de ningún tipo, soportábamos todos allá, en comunión, la más grande privación que se pudiere sufrir en aquesta vida, que no es otra sino la falta de libertad. Durante aquel confinamiento forzoso perdí los más valiosos años de mi juventud. Cuando quise darme cuenta, la vida se me había ido, como en un suspiro. Mas a pesar de las contrariedades, durante mi cautiverio recibí la dádiva inmaterial de la amistad verdadera, la cual sólo se aviene entre unos pocos elegidos, los confinados a la fuerza, y sólo por intervención de Dios Nuestro Señor.

Pero no hay alegría perenne, ni mal que cien años dure... Un día, cuando menos lo esperaba, los carceleros abriéronme de par en par las puertas de la mazmorra, y empujáronme hacia afuera, de nuevo hacia la libertad. Antiayer mesmo, como aquél que dice, aconteció el feliz suceso. Ahora por fin me veo libre, pero sin dientes y sin lozanía, y sobre todo, sin dinero, sin amigos verdaderos, y con la juventud desperdiciada... Parece que, una vez más, el insidioso destino acude a mí para intentar doblegarme. Aunque por el momento, aquí me ven: aún sigo vivo, camino de convertirme en leyenda...

Consideren que, si me lo propusiera, podría amenazarles con el destornillador que traigo en mi diestra. Mas no teman: ni ánimo, ni fuerzas me acompañan ya para asaltar a nadie. Observen mis zapatillas embarradas, lo miserable de mis vestiduras, los ojos lastimeros en las cárcavas de este rostro enjuto... Mis carnes, exiguas y exangües, dan fe de mi incapacidad para valerme por mí mesmo, como cuando era joven, viril, apuesto y valeroso. De lo que antaño fui, ni la mitad queda hogaño. Sólo mis ganas de vivir, de saborear las migajas de una libertad que sin miras otrora derroché. En definitiva, mi humilde empeño de seguir acumulando victoria tras victoria. La vida es así: vencer o morir, a pesar de todo...

Por eso imploro a Dios que se apiade de mí, y a ustedes que ayuden a esta leyenda viva que les habla, aquélla que campó a sus anchas por los inhóspitos descampados de la vieja Castilla. No se hagan los desentendidos, y comprendan la letra de mi conmovedor discurso: sólo les estoy pidiendo la voluntad; eso, y nada más. Gracias de antemano, por su ayuda desinteresada.

¿Alguien desea colaborar? ¿Desea colaborar conmigo, amigo? ¿El caballero desea colaborar? Gracias señor, muchas gracias... Gracias señora, que Dios se lo pague. ¿Alguien más desea colaborar...?

Gracias por todo, y que disfruten su andadura tanto o más, a como yo la he disfrutado.

Pasando página

Foto por Tnarik Innael
Me envolvía con su voz meliflua, mas sólo me transmitía argumentos obvios, un mar de vaguedades. Con la intención de restañar, si no disimular, las heridas que pudieran existir entre ambos, opté, a propósito, por dejarme llevar por esa nada suya. Aún mantenía cierta admiración por él, pero tampoco como para guardarlo en mi agenda de imprescindibles. Después de pagar la cuenta, de invitarlo a un último café, tomé la determinación de emborronar una nueva página de mi diario. Una en blanco, en la que sólo le dedicaría las 4 ó 5 líneas de este párrafo...

10 de enero de 2017

Ballenas en el Ártico

Cola de una ballena sobre el mar, con el horizonte al fondo
Foto por Tim Taylor
-Salgo a la calle un momento.

-¿A dónde vas?

-Nada, necesito comprar una cosa, que me he olvidado.

María baja a la calle sin dar más explicaciones. Tampoco Miguel, su novio, parece necesitarlas, abducido por la pantalla radiante de su ordenador, defendiendo el Ártico. A María, todo lo que tiene que ver con las ballenas, el calentamiento global, y la ecología en general, le resulta indiferente.

Por el camino, María va dándole vueltas a sus propósitos de Año Nuevo. Miguel la lleva conminando en las últimas semanas a que enderece el rumbo. Según él, algo empieza a no funcionar entre ambos. "Te estás abandonando, y no puedo soportar verte así. Ahora que tienes tiempo, embárcate en alguna aventura", le dijo el otro día. Tal vez Miguel tenga razón, porque María apenas sale de casa para nada, desde que se quedó sin empleo. Tampoco siente la necesidad. Ni tiene el ánimo para ir a ninguna parte...

María llega al estanco. La larga fila de clientes acrecienta su contrariedad. Lleva una semana sin fumar y la ansiedad le puede. Uno de sus propósitos de Año Nuevo era dejar el tabaco: su novio no soporta esa manía suya de fumar a todas horas. "Ya sabía que fumaba cuando empezamos a salir", se reivindica; la excusa perfecta para que su empeño de dejar el tabaco le dure bien poco. "Prometo que ésta será mi última cajetilla", se engaña a sí misma.

Mientras le da vueltas al tema del tabaco, se exaspera: la cola avanza a paso de tortuga marina.

-Perdona, voy detrás de ti -le dice el tipo que va detrás en la fila-. Si alguien pide la vez, dile que vengo en un minuto.

-Mira, a mí no me compliques; espera tu turno, como todos.

-Es que tengo el coche mal aparcado en la puerta de un garaje, y alguien está pitando. Anda, hazme al menos el favor de comprarme un paquete de Fortuna; ahora te lo pago.

El tipo sale del estanco a la carrera.

María piensa que ha sido bastante borde con ese hombre; tampoco es como para ponerse así. Pero se desdice de seguido: le parece un caradura. Si pretende que le compre un paquete de cigarrillos, al menos podía haberle adelantado el dinero.

-¿Sí? -pregunta el estanquero.

Ahora que le llega el turno, María duda la respuesta.

-Un Fortuna... No; mejor dos.

Sale del estanco, tabaco en mano. "¿Dónde se habrá metido el tipo del coche mal aparcado?", se pregunta. Está más calmada, así que, por el momento, decide esperarlo en la puerta del estanco. Deslía el precinto, abre el paquete, saca un cigarrillo, se lo lleva a la boca, agarra el mechero que guarda en el bolsillo del pantalón, el izquierdo. Se enciende el cigarrillo, le da una calada profunda... Luego expele el humo, que enturbia por un instante la atmósfera cercana, también la de sus pensamientos... Hace frío, se arrebuja en el abrigo, se marca un zapateado breve. El hombre no aparece. Varias nubecillas de humo y pensamientos se volatizan, igual que sus propósitos de principio de año. Hasta que por fin regresa el tipo a por su tabaco.

-Perdona la tardanza, es que no encontraba dónde dejar el coche.

-No te preocupes, no tengo prisa. Toma, tu cajetilla.

-Creo que por algún lado tengo monedas sueltas...

El hombre rebusca entre los bolsillos de su chaquetón.

-¿Quieres uno? -María le ofrece uno de sus propios cigarrillos. El hombre duda si tiene sentido aceptarlo.

-Pero son tus cigarrillos...

-No te preocupes, tengo más. Además, ésta es mi última cajetilla, porque pienso dejar esta mierda -vuelve a mentirse María.

-Pues yo no pienso hacerlo, así que venga ese pitillo -acepta al fin el hombre-. ¡Vaya, también yo fumo Fortuna!

-Lo sé; acabo de comprarte una cajetilla.

Los dos sonríen. El hombre encuentra las monedas y salda su deuda con María; ésta le ofrece lumbre.

-¿Cómo te llamas?

-María -responde castañeteando los dientes.

-Yo Luis. Hace frío en la calle esta noche, ¿eh? ¿Te apetece un café?

-¿Ahora?

-Cuando acabemos los cigarrillos. En algún bar.

-Obvio, claro... -María vuelve a castañetear, y a sonreír-. Pero ¿y tu coche?

-No te preocupes, ya lo dejé bien aparcado.

María piensa que no le apetece volver a casa tan pronto. Acepta ese café...

Después del café, María y Luis vuelven a echarse otro cigarrillo en la puerta del bar. Ahora invita él. Las colillas de sus pitillos terminan entrecruzadas, en eterna conversación sobre una acera de barrio sucia y gris.

Cuando María reaparece por casa, Miguel abandona su puesto frente al ordenador. Siente curiosidad:

-Sí que has tardado... ¿Dónde estuviste?

-Por ahí... Es que no encontraba lo que andaba buscando. ¿Qué tal las ballenas?

-¡No me digas que has vuelto a fumar! Hueles a tabaco.

-¡Vaya, me pillaste! Lo siento por el calentamiento global...

-Poco te ha durado tu propósito de Año Nuevo...

-Oye Miguel. Creo que tienes razón, en lo de que debería salir más. Quizá podríamos viajar a algún lado, ¿no?

-¿Viajar a dónde?

-No sé... Por ejemplo al Ártico. A cazar ballenas.

-Estás tonta...

Miguel regresa con sus ballenas, pero María no se siente celosa. Está contenta, porque tiene un nuevo plan para el nuevo año. Luis la ha emplazado para el día siguiente en el mismo bar, a la misma hora. Y aunque en un principio tenía dudas, acaba de decidir que por nada del mundo piensa faltar a esa cita. Compartirá con Luis otra conversación, un café reposado, otro par de pitillos... Y luego, tal vez se lo lleve a un mar impetuoso de aguas tórridas. Para cazar ballenas...

4 de enero de 2017

El amante del rey pintado

Rey mago Baltasar con la cara pintada de negro
Foto por Marc Mañé
Ni el betún puede disimular el pavor en la cara del rey pintado. Acaban de atropellar, en sus propias narices, a su amante.

-¡Pero dónde está esa ambulancia! -oye gritar.

Baltasar, paralizado y perplejo, no se mueve de su trono. Sus pensamientos se confunden con el ulular de una ambulancia que, entre el alboroto de gente, ya se viene abriendo camino. Descienden de ella un par de sanitarios, a los que sólo les resta certificar la muerte del director de arte de la cabalgata de Reyes Magos.

-Los creativos, que siempre andan perdidos en su imaginación -bromea a Baltasar uno de sus pajes de confianza-. Normal que los atropellen. Igual le pasó a Gaudí; lo mismo a éste terminan llevándolo también al hospital de pobres.

Baltasar no sale de su trance, y el paje se siente ignorado.

Al conductor de la carroza le va a dar un síncope de lo nervioso que está:

-Ha sido de repente; he empezado a maniobrar y de repente lo he visto debajo de las ruedas traseras del tráiler.

Los organizadores del festejo intentan tranquilizar al chófer, pasando por encima de su crisis de ansiedad: no van a quedarse los niños sin su cabalgata de Reyes, y menos ahora, que está a punto de comenzar.

-¡Dios!, ¿pero cómo no he podido verlo? He mirado por el espejo retrovisor y juro que no había nadie detrás. Y de repente, estaba allí, debajo del camión, como por arte de magia.

La magia de la Navidad, la magia de unos Reyes venidos del Oriente... Y la del hechizo de unos ojos luminiscentes en el lienzo de un rostro pintado de oscuro. La magia de un conjuro maléfico, pérfidas palabras pronunciadas a la ligera, en el peor momento, y directas al corazón de un hombre demasiado inseguro, demasiado sensible: "Creo que después de este sarao no conviene que nos vuelvan a ver juntos".

En un visto y no visto, el amante del rey mago se ha lanzado bajo las ruedas que lo han destrozado, las de un camión capaz de arrastrar 25 toneladas. No pesa ni la mitad la parafernalia que había diseñado para su rey, su príncipe, su anhelo, su deseo, su todo...  El doble le está pesando ahora la culpa a Baltasar...

Mas el rey mago, de aspiraciones republicanas y concejal en el Ayuntamiento, sabe que no es un buen momento para dimitir, y menos sin dar explicaciones. Tampoco al conductor le cabe otra escapatoria y, a regañadientes, pone en marcha el motor de la cabeza tractora. Con el pulso trémulo y los nervios en punta, sortea a una multitud de mayores y niños; no adivinan que el rey pintado es un impostor, tanto como su poltrona de oropel, pura fantasía. Su Majestad observa cómo le ven pasar y, con aire de pirado, va arrojando caramelitos que endulzan las penas de los demás...

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