30 de diciembre de 2016

La pandereta desafinada

Pandereta a contraluz
Foto por Bob M ~
Presiento ya la Navidad, doctora Benavente. La semana pasada encendieron las primeras luces navideñas; las puedo intuir tras los barrotes de la ventana de mi habitación que, por suerte, da a la calle. Percibo también el olor de las castañas asadas. Como las que preparaba mi madre cuando era niño...

Ahora que estoy más tranquilo -recuerde que esas fueron sus palabras, en mi última evaluación- quisiera solicitar el visto bueno, a la concesión del alta provisional. Durante estas fechas que se avecinan, me gustaría pasar unos días en familia. Echo tanto de menos a mi pobre viejita, a la que temo no volver a ver en vida...

Ya ve, doctora Benavente, que sigo sus recomendaciones a rajatabla y le escribo estas líneas, para expresarle con sinceridad mis sensaciones. Como le iba diciendo, ya estoy más tranquilo. Así lo corrobora mi medicación: bien sabe, que la dosis me ha sido disminuida en las últimas semanas. Aunque para serle sincero, continúo con la misma impresión de cuando ingresé en este centro: la de que el mundo conspira contra mí. Esa sensación no ha cambiado un ápice. No me cabe la menor duda de que soy víctima de un complot. A ver qué explicación encuentra si no, en que hasta sin mi pandereta me han dejado. ¿Quién se la ha llevado, doctora, lo sabe usted? Ojalá que nadie termine alborotando con ella, no podría soportarlo...

Y no es que deteste yo, por sistema, el alboroto y las celebraciones que caen en invierno. No le tengo manía a nada en especial, doctora Benavente. Pero es que la Navidad... me desagrada hasta el tuétano. No sé... Tal vez, porque me sobrevienen demasiados recuerdos, que me percuten el cráneo con ruido de zambomba. O quizá por culpa de Papá Noel. No me cae nada bien, desde que me enteré que le inventaron su disfraz rojo para un anuncio de la Coca Cola. ¿A usted le gusta la Coca Cola, doctora? Mi madre dice que va bien para eructar...

A mí, la Coca Cola me sienta fatal, y cualquier otra bebida carbonatada. Las burbujas hinchan mi barriga como la de un oso panda, tensándola no menos que el pellejo de una pandereta. ¿Qué piensa de los osos panda, doctora? A mí me agradan, porque son como peluches tiernos...

Pero no soporto el sonsonete de una pandereta desmadrada. Ni el ruido de panderos ni tambores, ni, por supuesto, el de los petardos. En Navidad, a todo el mundo le da por tirar petardos, y de armar jarana con villancicos de borrachos. Qué humanidad, tan molesta... La gente acalla sus penas con el estrépito, y las ahoga bajo un burbujeo de cava y Coca Cola. Y mientras lo hacen, a mí me martirizan.

¿Sabe usted de dónde se obtiene el cuero para fabricar panderetas? ¿Se lo ha preguntado alguna vez, doctora Benavente? ¿Acaso soy el único que se ha formulado esa pregunta? Se saca del pellejo de los animales. Por ejemplo, de los pobres osos panda. Me parece un asunto macabro y contradictorio, el hecho de arrancar a jirones la piel de un inocente bicho para que los tiernos infantes -terribles, diría yo-, acaben aporreándola con sus manitas. Y de paso, atronando mis oídos...

Sí, doctora; los niños y la Navidad parecen dos asuntos de la vida que no se entienden el uno sin el otro. No me cabe la menor duda: la Navidad es un teatrillo en que los niños, actores principales, conspiran en mi contra. Por eso no los soporto. Me parecen personajillos tan terribles como caprichosos, que no hacen otra cosa sino alborotar. Panderetas y petardos, en sus manos, son armas de destrucción masiva para el sosiego de mis días. Me cuesta evocar mi infancia, doctora, porque no soporto al niño que fui. Aún me avergüenzo del día en que no paré de berrear porque mi madre no quiso comprarme una pandereta de auténtico pellejo. Nunca se lo perdoné, doctora, nunca... Todos mis amigos tenían una pandereta de piel curtida, mientras que yo me tuve que conformar con aquel sucedáneo de plástico que me regaló mi madre...

Ojalá los niños nacieran ya siendo viejos: así nos evitaríamos la molestia de aguantarlos. ¿Sabe doctora que, cuando los viejos chochean, no le van a la zaga a los chiquillos? Mi madre, sin ir más lejos; la última vez que la vi no paró de molestarme. Al menos, a los ancianos les puedes dar cuatro pastillas, para que se calmen... Te dejan en paz. Cuando se quedan dormidos, son tiernos, igual que osos pandas. Doctora, ¿alguna vez ha imaginado el enorme pandero que podría fabricarse con el pellejo de un oso panda?

Y sin embargo, la piel fina y delicada de un muchacho no serviría ni para fabricar media pandereta. Además, no está bien visto medicar a los niños, así porque sí... Porque no los vas a despellejar vivos... Al menos a mí no se me ocurriría; no soy ningún sádico... No, doctora. Pero convendría calmarlos de alguna manera, porque sobreexcitan a sus abuelos. ¿Ha visto doctora el revuelo que arman los viejos durante las cabalgatas de Reyes Magos? Acaparan caramelos para sus nietos como si les lanzaran panecillos en tiempo de guerra. Incluso se aventuran a recogerlos hasta casi debajo de los neumáticos de los enormes camiones que transportan a los Magos de Oriente. ¿Ha estado en alguna de esas cabalgatas, doctora, sabe de lo que le hablo? No se imagina cuántas veces he deseado conducir uno de esos camiones...

Por navidades los papás trabajan, mientras que sus hijos, de vacaciones escolares, haraganean por las calles importunando a los viandantes, pidiéndoles el aguinaldo. Son los abuelos quienes se hacen cargo de los nietos. Así le va a la sociedad, pues los ancianos son consentidores con los caprichos de sus nietos. ¿Sabe doctora qué les compran, con las cuatro perras de sus miserables pensiones? Instrumentos y cachivaches para armar escándalo, como si la dimensión del ruido agrandara la del regalo: matracas y panderetas, panderos, zambombas, petardos y bombetas... ¡Y matasuegras! ¿Pero qué nombre es ése, tan burlesco y desproporcionado? Aunque quizá no sea tan desafortunado: significa "matar a las suegras". Nunca me había parado a pensarlo... Porque las suegras siempre son viejas. "Mataviejas", podrían haber llamado al matasuegras; o mejor aún, "matachiquillos"... Sí, no suena tan mal...

Lo que no suena nada bien es el sonido de los matasuegras en cuestión. ¡Espirales diabólicas, juguetes molestos donde los haya...! Deberían estar prohibidos, por el organismo internacional competente en asuntos navideños... Pero como le venía diciendo, doctora, nada puedo esperar, pues el mundo conspira contra mí...

No sé qué me pasa, doctora Benavente, que en cuanto percibo desde mi habitación el aliento gélido de la Navidad, me entra cierta morriña y me acuerdo de mi madre. La cabeza se me sube a las burbujas de la Coca Cola, y veo alucinaciones, osos panda atormentándome los oídos con sus matasuegras... Será porque temo que el estrépito y el desenfado inminente liquiden mi paz interior. ¿Cuál es su villancico preferido, doctora? El mío, Noche de paz.

Pero de momento, doctora Benavente, yo estoy tranquilo, se lo prometo; ya me lo dijo usted la última vez que nos vimos, ¿lo recuerda? Por eso confío en que su informe sea favorable, que me permitan durante estas navidades darme una escapadita para llevarle flores a mi madre. O por lo menos, a ver si me devuelven mi pandereta, no me importa si está desafinada. ¿Qué hicieron con ella, doctora? Me traía tantos recuerdos de mamá...

27 de diciembre de 2016

Pide tus regalos a tío Saku

Tío Saku, el simpático elfo de Papá Noel, te traerá los regalos que le pidas. Tan sólo tendrás que escribirle una carta. Eso sí, con la letra bien clarita.


20 de diciembre de 2016

Llévese usted manzanas

Kazaja vendiendo manzanas en un mercado
Foto por Torekhan Sarmanov
Los atardeceres en Kazajistán son anodinos. Los kazajos, hastiados e imperturbables, me parecen tan ausentes de pasión como los propios atardeceres que les avinagran la existencia. Me pregunto si la falta de entusiasmo es un vestigio de la época soviética, si 55 años bastaron para provocar algún tipo de mutación que, de alguna forma, terminase trastocando la personalidad de los habitantes de toda una nación. Lo más probable es que ésta no sea sino otra más de mis exageradas elucubraciones. A fin de cuentas, ni soy antropólogo, ni etnólogo, y ni cursé estudios de Historia ni de Psicología. Si acaso, librepensador, y un simple frutero.

Los estantes de mi establecimiento albergan todo tipo de frutas. Unas, un tanto exóticas, pero la gran mayoría bastante corrientes. Entre estas últimas, por ejemplo, las manzanas. Pese a su aparente ausencia de exotismo, las manzanas, según estimación de los botánicos, son originarias de Kazajistán. Conjetura que a mí nada me extraña. Porque a mi parecer, nada hay más anodino en esta vida que el acto de masticar una manzana. Personalmente, puestos a elegir una fruta, prefiero el apasionado maracuyá. O cuanto menos, el melocotón. Más que nada, por su aroma dulce y piel aterciopelada. Si es cierto que nuestra alma ha de reencarnarse alguna vez, quisiera que la mía lo hiciera en maracuyá. Si, por lo que fuera, las leyes que rigen la cosmogonía me condenasen a transmutarme en vulgar manzana, creo que me lanzaría de inmediato al vacío. No entiendo el estúpido denuedo de las manzanas, el empeño con que se aferran a las ramas del árbol. Porque desde luego, yo, si fuese manzana, aprovecharía los 9'8 metros por segundo al cuadrado de la fuerza de la gravedad para precipitarme contra la Tierra, para así finiquitar la desidia de mis días.

Aparte de por el sinnúmero de manzanos, si por algo destaca Kazajistán es por ser un país de borregos. De la raza karakul. Estos bóvidos aparentan gran desinterés por la vida -no hay más que contemplarlos al rumiar, como si mascaran una manzana eterna-. Campan cariacontecidos por las extensas praderas de Kazajistán, indolentes a la suerte que les espera: la de proporcionar a los kazajos las afamadas pieles y lanas de astracán. Digo yo, que para que se disfracen de tiernos borreguitos come-manzanas...

Cuando en mi frutería veo a las aburridas manzanas, variedad Granny Smith, a 2'50 euros el kilo, aprisionadas, de seis en seis, por una fina película de plástico en su bandeja de poliestireno expandido, no puedo quitarme de la cabeza a los kazajos. Me los imagino con sus rostros de deprimidos, en el bus que los conduce de la aldea a la capital, cuando se acercan a vender manzanas. No me extraña tal ausencia de alegría de vivir, si ni siquiera tienen un mar verdadero...

El mar Caspio y el de Aral -un secarral, tras la empecinada manía soviética de torcer los cursos de los ríos- no pasan de ser más que dos lagos descomunales. Curiosa manera la de engañarse a sí mismos, la de llamar mares a los lagos... Supongo que lo harán por infundirse ánimos, para abstraerse de que jamás contemplarán el ocaso del sol desde una auténtica playa marina...

Cierto también es que desde mi frutería tampoco puedo atisbar el mar, ni disfrutar de una bonita puesta de sol. Será por eso que cuando algún cliente me pregunta por tal o cuál fruta, yo siempre le recomiendo que se lleve manzanas:

-¿Tiene paraguayas?

-Mejor llévese usted manzanas, que están de oferta.

A muchos les parecerá contradictorio mi modo de proceder. Pero se ha de entender que no soporto a las manzanas, y procuro venderlas lo antes posible: para perderlas de vista, y evitar así que perturben mi existencia... Me recuerdan tanto a la esencia de los kazajos... Aunque siendo sinceros, desconozco por completo su sentir, pues jamás me he cruzado con ninguno. Supongo que mi animadversión a las manzanas, me hace recelar de la tierra que las engendró, y de los hombres y mujeres que las cultivaron. O será porque, tal vez, temo parecerme demasiado a como me los imagino...

Invierno

Rama de árbol desnuda
Foto por Tony Alter
Invierno. Una nubecilla de vaho se disipa delante de tus ojos, esbozando tu fugaz existencia. Bajo tus pies, el abismo... Lo sorteas mientras avanzas por el filo de la rama quebradiza. El árbol desnudo, que a su vez la sostiene, se aferra a la tierra que mañana albergará tu cráneo. El día menos pensado caerás a plomo sobre el lecho yermo y hostil, tan pedregoso como las razones que te convidan ahora a precipitarte. Ten paciencia, pues todo llega... Incluso las razones que argumentan el sinsentido de tu condición sucumbirán al paso de los años... Inexorables son los ocasos, las verdades que nos mantienen engañados, las infancias perdidas... Todo te resulta indiferente en este preciso instante; lo único cierto es el latir que encamina tus pasos, la recóndita manera de tu proceder, el ruido intestinal que te aturulla de hambre. ¿Hambre por alcanzar a un Dios inexistente, puede que indiferente, o tal vez simplemente entretenido en afinar el clavicordio con que compuso la banda sonora de su creación? ¿Sed de parroquiano de bodega en busca de un ideal glorioso con que saciar su desasosiego? Para el caso es lo mismo, hambre o sed, sed o hambre... Mascullas una oración ininteligible, de vieja suplicante, que apenas lastima los oídos de nadie. Te detienes un momento, para abandonarte a la contemplación del abismo bajo tus pies, a la del cielo sobre tus sinrazones. Retomas el deambular por la rama tortuosa... Para cuando llegue la primavera, un manantial de savia anegará el secarral; reverdecerá la rama y, sobre tu tumba, no faltarán trinos de pájaros, ni florecillas de colores...

11 de diciembre de 2016

Un charlatán silencioso

Comercial con traje y maletín, dando saltos de alegría en una playa
Foto por Mish Sukharev
Uno acaba enterándose de todo lo que se rumorea a sus espaldas. De mí, algunos que creen conocerme comentan que no soy más que un charlatán risueño. Será porque no paro de hablar... Pero están algo equivocados. Lo cierto es que me considero un tipo bastante insociable, y con pocas ganas de conversación. Si parloteo sin medida es porque adoro el silencio. No soporto ese maldito runrún de las conversaciones ajenas, que luego persiste y rebota en mi cabeza como un eco molesto. Para lo que me vienen a contar, prefiero ser yo el que ponga a los demás la cabeza como un bombo. Total: es una cuestión de autodefensa.

Y claro: esta manera de ser tan mía ha determinado los múltiples oficios que he tenido. Yo hubiera preferido un trabajo de hombre solitario. No sé, en un faro anclado sobre un cabo perdido e inhóspito, o siquiera un empleo como vigilante nocturno en un almacén. Qué sé yo... Pero por lo que fuera, el destino siempre me tuvo preparado uno de esos trabajos en los que me era ineludible el trato con las personas. Pues casi siempre he trabajado como un maldito comercial...

En concreto, me he ganado la vida como uno de esos vendedores que intentan persuadir a la gente, para que adquiera todo tipo de adminículos y cachivaches que, tras una prometedora apariencia, esconden una utilidad más que cuestionable. Se me hace imborrable el rostro de esos viejitos que, al principio con desconfianza, me abren la puerta. Como auténtico galán de la puerta fría, gracias a mi locuacidad sin límites y aparente encanto consigo seducirlos fácilmente. Con poco esfuerzo logro que firmen el contrato de compra de, por ejemplo, un formidable colchón de automasajes. Pobres almas abandonadas, sí, que reciben las caricias de nadie... Les hago caer en la trampa de la venta a plazos: 60 letras a pagar en cómodos plazos, no menos confortables que su colchón masajeador. Por delante todo un lustro de matrimonio con el banco, acaso los últimos años de una vida, sin que en el momento de garabatear su firma sobre el contrato de compra atisben las intenciones de mi engañifa...

Pero cuando se tiene un trabajo como el mío, no se consigue dormir bien por las noches. El eco de la conciencia rebota en tu cerebro, con semejante desafuero al del runrún de las conversaciones ajenas que no soporto. El sistema ya tiene preparado el antídoto para tus noches de insomnio: las farmacéuticas te aprovisionan de todo un surtido de somníferos, como parte de una conspiración, a escala global, para desconectar tus neuronas. Pues al día siguiente tendrás que seguir endosando colchones a los viejitos, y, mientras tú te envileces, las farmacéuticas, la banca y las macrocorporaciones colchoneras continuarán engrosando sus ya de por sí pingües beneficios...

Hasta que un buen día te hartas de ser un títere más de esa tramoya obscena, y decides enviarlo todo al carajo. Como sabes que va a ser tu último mes en ese empleo de mierda vas y echas el resto. Con tu palabrería acostumbrada vuelves a encandilar a los viejitos que vas visitando a lo largo del mes. Pero esta vez les concedes una pizca de generosidad: les sueltas el rollo de que, como oferta especial, para que prueben su puto colchón, sólo han de enviar la transferencia de los tres primeros plazos, y si no quedan conformes con los masajes les devolverán su dinero. Eso sí, te las pergeñas para que la transferencia la realicen a tu número de cuenta.

Ves transcurrir el mes con la banalidad de costumbre, mientras tu cuenta corriente va engordando a pasos desacostumbrados. El sueño nocturno te vence, pero ya sin el acopio de pastillas... Y eso a pesar de que un tercio de los putos viejos se echan finalmente para atrás, y no efectúan la transferencia. Si es que no se puede confiar en nadie, y menos en la gente mayor, tan desconfiada...

Llegas a fin de mes sin agobios. Tu jefe te pide explicaciones, y le lloras y le cuentas la milonga de que la venta se te dio mal, que por primera vez no lograste endosar ninguno de los magníficos artículos de su catálogo. Inmisericorde, te pone de patitas en la calle, sin considerar que, hasta la fecha, malvendiste tu alma al diablo sólo para enriquecimiento suyo. Le agradeces su desconsideración, sobre la que dormirás esa misma noche a pierna suelta.

Al día siguiente vas a tu banco de confianza. Recoges el dinero que los amables viejitos han depositado en tu cuenta corriente. Que de inmediato cancelas, para burlar el cerco de comisiones que conlleva tu saldo cero.

Haces parar un taxi, y pides que te lleven al aeropuerto. "¿Qué, camino de alguna parte?", te interroga el conductor. Los taxistas, que se aburren y no saben permanecer callados. "Sí, camino de alguna parte", le respondes. Te da por pensar que allá donde vayas tendrás que buscarte un empleo, porque el dinero que los benévolos viejitos te han cedido, tarde o temprano se te acabará. Tal vez debas aprovechar el tiempo de fugitivo, invertir en aprender un nuevo oficio. Por ejemplo, el de tanatopractor: los muertos, poco hablan. Todo lo contrario que el taxista, que, como si hubiera adivinado lo lúgubre de tu pensamiento, te mira por el retrovisor e insiste en interrogarte: "¿Y para dónde va?".

Le sonríes con la mejor de tus amables muecas. Lo cierto es que aún desconoces en qué vuelo encontrarás un pasaje libre. Pero por fuerza, estás decidido a embarcar rumbo a un destino confortable y remoto. Sólo sabes que te marcharás para siempre a un archipiélago con playas de agua tibia y arena fina. Sí; recalarás en una de esas islas desiertas y silenciosas, en la que, si acaso, sólo los cocoteros y el rumor de olas te darán una miaja de conversación...

Otros relatos