31 de octubre de 2016

Encuentran el cadáver de otro escritor asesinado

Pluma estilográfica sobre papel ensangrentado
Aquel titular de un periódico digital llamó mi atención, y me impulsó a poner sobre el papel mi propia impresión de los acontecimientos -en realidad, yo siempre escribo sobre la pantalla de mi ordenador-. Según el artículo no era el primer escritor que aparecía muerto en extrañas circunstancias, sino el último de una serie de crímenes que habían venido ocurriendo en los últimos meses. Por mi parte era la primera noticia que tenía acerca de ellos.

Puesto que escribo mis propios relatos, que publico en un blog de Internet, a la vista de todo el mundo, me pregunté si mi vida también podría correr peligro. Pensé que tal vez un poco de precaución no estaría de más. Me apresuré a echar el pestillo de seguridad de la puerta de casa. Andaba concentrado, en la escritura de esta misma historia, cuando me sobresaltó el timbrazo del telefonillo del portal. Resultó ser el cartero. Observé por la mirilla su ascensión cansina, mientras recorría el último tramo de escalera hasta mi casa. No descorrí el pestillo hasta que tuve la certeza de reconocerlo. Venía a traerme una carta certificada de Hacienda. Una vez más el Estado se acordaba de mí, como de costumbre para reclamarme dinero. Pero ése es otro asunto, que ahora no viene a cuento. Firmé el recibí, y cuando el cartero se marchó eché de nuevo el pestillo de seguridad.

Consideré si mi prudencia no rayaba la exageración: a fin de cuentas soy un simple escritor aficionado y de poca monta, al que nadie conoce. Buceé en Internet, por tranquilizarme, para ver si encontraba algún dato extra referente a los asesinatos. No tardé en dar con un sinnúmero de reseñas que, desde hacía meses, venían apareciendo por todos los medios y mentideros virtuales. Y yo, hasta la fecha, no me había enterado de nada... Normal, si paso todo el tiempo encerrado en mi habitación, escribiendo sobre mis asuntos, y despreocupado del mundo que me rodea... Por lo visto, todo apuntaba a que un meticuloso asesino en serie andaba suelto. Parecía obsesionado por liquidar a escritores, mujeres y hombres, que cosía a puñaladas con lo que a todas luces debía ser un estilete. Luego, sobre el cadáver dejaba una nota, escrita a pluma con la propia sangre fresca del escritor que acaba de asesinar. De momento, la policía mantenía en secreto el contenido de aquellas notas. Me pareció increíble que en un país tan chismoso, y tan dado a toda clase de corruptelas, ningún medio hubiera logrado aún filtrar el argumento de aquellos escritos macabros.

Para alivio mío, los casos presentaban una coincidencia añadida: todos y cada uno de los muertos eran escritores de novela negra. Por fortuna, el género negro ni los asuntos policíacos me interesan en lo más mínimo. Jamás he escrito nada acerca de investigaciones policiales, asuntos detectivescos, o crímenes pasionales más o menos enmarañados. El suspense me angustia, y detesto sobremanera el relato pormenorizado de una muerte violeta. Y, sin embargo, disfruto diseccionando el alma contradictoria de mis personajes. Prefiero la tragicomedia sobre los avatares más simples y cotidianos de la vida. Soy de los que opinan que las buenas historias te las encuentras con sólo cruzar la esquina de tu casa, y sobre todo esperando la cola del supermercado.

Hice un alto en la escritura que ahora me traigo, para bajar a comprar el pan. Intercambié una conversación breve con la panadera, como hago casi siempre. Le pregunté por el tema de los asesinatos, más por seguir alimentando mi curiosidad que por hablar de algo. Pero la dependienta no había escuchado nada. Otra que vive en su pequeño mundo, que no va más allá de entre el horno eléctrico y el mostrador de su panadería. La pobre mujer no hace más que trabajar. Pensé que tal vez debería escribir algún cuento sobre ella, acerca de cómo debe ver la vida desde detrás del mostrador de su panadería. No sé si será consciente de su privilegiada atalaya, puesto que es la elegida para repartirnos a cada cual nuestro pan de cada día. Envidio su suerte, la de poder contemplar el paisaje de rostros diversos que acudimos a reclamar el justo chusco que llevarnos a la boca...

Regresé de la panadería. No sentí la necesidad de trabar la puerta de entrada con el pestillo. Pero aunque ya no me acompañaba la inquietud, el asunto de los crímenes me mantenía intrigado. Retomé este escrito, que a medias había dejado. Empecé a especular sobre la naturaleza del asesino, y la causa que lo llevaba a cometer aquellos crímenes tan peculiares. Tal vez era también escritor, y tan desconocido como yo mismo. Un escritor frustrado y envidioso, de novela negra.  De ser así, ¿por qué aquella obsesión suya por matar a otros colegas? ¿Qué debía escribir en aquellas notas? ¿Acaso el magistral último párrafo en que detallaba el desenlace final de la vida de sus víctimas?

Daba vueltas en mi cabeza a éstas y otras conjeturas cuando de nuevo otro timbre me sobresaltó, esta vez el de la puerta de casa. Detesto perder la concentración cuando estoy escribiendo. Pero en fin, qué iba a hacer... Algo contrariado, acudí a abrir...

El tipo que me abrió la puerta parecía bastante vulgar, con esa camiseta dada de sí y un pantalón de chándal desgastado. Vamos, que no le acompañaban ni el estilo ni la prestancia impostada con que se retratan los escritores para las contraportadas de los libros. Le ofrecí los buenos días; me respondió con un hola parco y pleno de desconfianza. Fui directamente al grano: "¿No le interesará una pluma estilográfica, señor?". Ya la rechazaba cerrándome la puerta cuando le solté: "¿Pero no es usted escritor?". Contemplé una vez más un ademán de sorpresa dibujado en un rostro. Rechazó de nuevo mi oferta, con la excusa de que escribía en el ordenador. Intenté sembrarle una duda: "¿Acaso existe un buen escritor que no guarde como un tesoro al menos una pluma estilográfica?". Con pertinaz desdén insistió en que no le interesaba comprar nada, que él sólo escribía relatos cortos sin importancia. Engatusarlo me estaba resultando de lo más complicado: comenzaba a perder la paciencia. Así que de una vez empujé la puerta contra él, y cuando lo tuve acorralado contra el suelo, le puse la estilográfica a la altura del plexo solar. Lo amenacé: "Mira, imbécil, ¿no eres tú uno de esos escritores apasionados de los crímenes y las historias policíacas?". Atemorizado, me perjuró que él sólo escribía cuentos que nada tenían que ver con el género negro. Le ordené que, despacio, se pusiera en pie, cerrase la puerta de casa, y me mostrase alguna de sus historias. Casualmente, descubrí en la pantalla de su ordenador la última que estaba escribiendo. Le obligué a leérmela en alto. Escuché de nuevo la voz quebrada y torpe de otro escritor, más propia de un niño aprendiendo las primeras letras. Pobre desgraciado: su escrito era tan negro como certera su intuición. Le anuncié cómo lo íbamos a concluir: "Con esta pluma, tú y yo vamos a escribir ese último párrafo magistral que ya adivinabas". Sólo entonces me decidí a hundirle la estilográfica en su pecho blando, una y otra vez, con rabia, hasta que por fin dejó de rebelarse contra mi incomparable oferta. Luego, recargué la estilográfica con su propia sangre, y transcribí en mi bloc de notas, palabra por palabra, coma por coma, punto por punto, el párrafo último con los pormenores de su postrera historia. Arranqué la hoja de la espiral del bloc. Dejé la nota encima de su cuerpo yacente y aún cálido, sobre una isla minúscula de su camiseta, a resguardo del charco de sangre. Por mi parte, no quedé del todo satisfecho, pues prefiero los finales menos recargados. Así que tomé la estilográfica y me marché decepcionado, en busca de algún otro escritor que pudiera proporcionarme ese final, simple y redondo, que desde hace tiempo vengo buscando con minuciosa obsesión...

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