20 de agosto de 2016

Zarandeado

lanzadora de martillo
Foto por Don Voaklander
Por entonces mi padre me advirtió que aquella chica no me convenía. "Ese trabajo que tiene es flor de un día", fueron sus palabras. Las recuerdo como si las hubiese pronunciado ayer mismo.

Mi padre se había ganado la vida vendiendo enciclopedias. La llegada de los ordenadores personales, y poco más tarde de Internet, le supuso la jubilación anticipada. Con la Wikipedia circulando libremente por la red de redes, es normal que nadie quisiera comprar ya 10 voluminosos tomos que, de paso, le iban a ocupar un montón de espacio en cualquier estantería. Supongo que, tras su forzosa jubilación, mi padre vio claro que hay que buscarse un trabajo que sirva para toda la vida. Y la misma fórmula empezó a aplicarla a cualquier asunto práctico. Por eso intentó persuadirme, para que me buscase otra novia que tuviese una mejor ocupación. Como si el hecho de encontrar una novia fuera una tarea sencilla.

Aunque a veces las novias te llegan así, como si nada... Yo, estuve casado una vez. Pero enviudé bien pronto y, desde entonces, la soledad fue mi compañera más fiel y habitual.

Clarita y yo habíamos sido novios desde muy jóvenes. De hecho, yo era el único novio que ella había tenido. También ella fue mi primera novia, la única hasta el día de nuestra boda. Yo tenía 20 años, y ella acababa de alcanzar la mayoría de edad. Se puede decir que fuimos felices mientras permaneció a mi lado: apenas dos años de matrimonio, antes de que una simple gripe me la arrebatara. Clarita era enfermiza y de constitución delgada. Desde pequeña, sufría episodios de anemia casi crónicos. Cuando aquel catarro se le complicó, me temí lo peor. Mis temores no tardaron en confirmarse. Clarita me dejó solo en este mundo. Aunque no tan solo pues, aunque nuestro matrimonio fue breve, nos dio tiempo a concebir un niño, al que llamamos Chicho.

Durante el primer año de viudez no se me pasó por la cabeza encontrarle una mamá sustituta a Chicho. Me las apañaba solo más o menos bien, gracias a la ayuda de mis suegros. Y a la de mi padre, por supuesto. Como jubilado, mi padre disponía de todo el tiempo del mundo para dedicar a su nieto. En realidad, sólo podía echar mano de él durante las mañanas, ya que por las tardes el hombre andaba demasiado entretenido. Había cogido el vicio de no perderse un baile, además del gusto por otras aficiones y quehaceres típicos de jubilados. "Chico, deberías ir también a bailar, como hago yo ", me dijo. "De paso, igual te echas una nueva novia. A mí, candidatas no me faltan. El menor día os sorprendo, y aparezco con una abuelita para mi nieto".

La verdad es que mi padre tenía parte de razón: Chicho necesitaba, más que una abuelita, una mamá. Pero yo nunca he sido muy de bailar. Más bien, todo lo contrario: me siento ridículo convulsionando mi cuerpo al ritmo de la música. Si alguna afición me ha acompañado siempre ha sido la de hacer deporte. Correr, nadar, montar en bicicleta... Por eso entonces sopesé si apuntarme a un club de atletismo. Pensé que, tal vez ahí, podría conocer a alguna buena mamá para mi Chicho, atlética y saludable, que nos durase un poco más que Clarita.

Dicho y hecho. En mis ratos libres, después del trabajo, me dediqué al mediofondo. Aún era joven y estaba a tiempo de practicar el atletismo de competición. Aunque sinceramente, a diferencia de los otros atletas, yo, el deporte, me lo tomaba como un mero pasatiempo. Rodaba por la pista más atento a las evoluciones de las compañeras que al cronómetro. Me gustaba charlar con ellas, contemplar sus cuerpos bien conformados, ensalzar sus marcas para cortejarlas. Sería por eso por lo que por fin, un día, conseguí mi mejor marca personal: logré una cita, para después del entrenamiento, con una de aquellas atletas. Se llamaba Carmenchu, y era lanzadora de martillo.

A diferencia de Clarita, Carmenchu era de constitución fuerte y saludable. Precisamente eso fue lo que más me sedujo de ella: la seguridad que me ofrecía su espalda ancha, sus manos amplias y nervudas, el ardor de sentirme estrujado entre sus muslos prietos. Tenía un cuerpo formidable... Tanto, que había logrado muy buenas marcas en su especialidad. Incluso estaba preparándose para las olimpiadas, con la ayuda de una beca que le había concedido el Estado, para que se dedicara a la tarea en cuerpo y alma. De eso vivía, ésa era su ocupación. Pero para mi padre, como dije al principio, aquel trabajo de mi nueva novia tenía fecha de caducidad, como el suyo con las enciclopedias. Pues la vida deportiva de una lanzadora de martillo es tan fugaz como la de una amapola arrancada de su mata...

Pero yo, que siempre fui algo díscolo, desoí las advertencias de mi padre... Sólo deseaba ser arrastrado por el ímpetu amoroso de Carmenchu, sentirme zarandeado como uno de sus martillos... Para mi desgracia, nuestra pasión apenas duró unos cuantos meses, mientras estuve lo suficientemente callado como para ocultarle mi paternidad. Qué podía hacer, para esconder mi secreto, si soy más de hablar que de guardar silencio... El día en que le confesé que era viudo y padre de un niño, me arrojó lejos de sí con fuerza destemplada. Para aquella lanzadora de martillo, capaz de alzarme con uno sólo de sus brazos, el conocimiento de la existencia de Chicho debió suponer demasiado peso...

Por un tiempo me vi condenado a seguir dando vueltas en torno a Carmenchu, corriendo sobre el tartán de la pista de atletismo, mientras ella levantaba pesas y arrojaba su martillo. No pudiendo soportar más aquella situación, y por no verla, me alejé de una vez de la pista y del medio fondo. Decidí dedicarme a las carreras a campo a través. Aunque se ampliaron mis horizontes, me costó poner empeño en enamorarme otra vez, pues las escuálidas corredoras de fondo me recordaban demasiado a la debilidad de Clarita. Mi padre volvió a insistirme, que me dejase de carreras de fondo y me concentrase en aprender a bailar. Según él, en el baile se mueven más músculos que en el deporte, y se alcanzan más posibilidades de encontrar una novia con un oficio de largo recorrido...

Los años fueron pasando. Como atleta, y sin pretenderlo, mejoré mis marcas personales. Sin embargo, aunque me esforcé en cierta medida, no logré encontrar una novia que aceptara ser también la mamá de Chicho. Más difícil veo hallarla ahora, cuando Chicho es todo un adolescente que pasa el día jugando al baloncesto y cazando pokémons. Mi padre -no sé cómo aún le acompañan las fuerzas- sigue arrastrándose por las pistas de baile, conquistando corazones de jubiladas al filo del más allá. Sus pronósticos eran ciertos: los atletas, como los yogures, tenemos fecha de caducidad. Yo mismo he tenido que dejar de correr, pues tanto deporte terminó desmigándome las rodillas.

Mi única relación última con el deporte se reduce a mirarlo por televisión. Pero para ser sincero, no me resigno a ver a los atletas pasar desde el sofá. Ahora que están echando por la tele las olimpiadas, me cuesta afrontar la melancolía. Pues al contemplar a las lanzadoras de martillo, me es imposible evitar el recuerdo, breve y nostálgico, de los zarandeos impetuosos de Carmenchu...

Dedicado a Lydia Valentín,
mujer tan hermosa como formidable,
y mi musa en este relato.

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