31 de marzo de 2016

Retazos de vida

Fotograma de la película Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda
Fotograma de Nuestra hermana pequeña,
de Hirokazu Koreeda
Licor de ciruelas casero, hecho por tu difunta abuela, como metáfora de trascendencia... La misma trascendencia que guarda la receta simple de una tostada con chanquetes, como las que tu padre te ponía cuando eras pequeño...

Si te abandonas al traqueteo en silencio, el tren te trasportará por tus vastos territorios horizontales. Alcanzar la vertical exige un ascenso más fatigoso, por senderos empinados. En la cima, la densa vegetación que te acompañaba te ofrecerá un claro desde el que otear el latente devaneo de tus semejantes...

El aguacero aparece de improviso para empapar tu ropa y embotar tus sentidos. Acrecienta la tibieza posterior de una bañera rebosante en que  gorgotea el silencio...

El sol primaveral se filtra y acaricia tu rostro, entre cerezos en flor que mece la brisa titubeante. El canturreo de las chicharras compone la banda sonora de la canícula veraniega; cuando en la hora de la siesta te murmura el ventilador no puedes evitar cerrar los párpados. En otoño los árboles te pintan un telón de fondo de ocres y verdes, y se van desnudando para poner a tus pies un manto tierno de hojas. Unos jóvenes se encenagan en el barrizal de inverno, sobre un campo de fútbol pelado de hierba. Corretean en pos de un balón, el mismo que persigues tú ahora en tu imaginación. El trote enérgico de los muchachos y el transcurso de las estaciones es el discurrir de tu propia vida...

Lo infinito se manifiesta ante ti en la contemplación del océano. Su monótono vaivén de olas te arrulla y eleva a una dimensión espiritual. Es el mismo espíritu de la brisa que en primavera se demoraba en las copas de los cerezos, y el que permanece en el tarro de cristal del licor de ciruelas que preparó tu abuela. Te invita a reservar un instante para la tradición milenaria de reverenciar a los que ya no están... Y mientras haces un alto en tus quehaceres, algunos de los que te acompañaban ayer mismo se van marchando...

El pediatra del que está enamorado la enfermera da la bienvenida a los que llegan; ella acompaña con cuidados paliativos a los que ya se van. Ambos se persiguen, pero su amor es imposible...

Cuatro jóvenes hermanas te muestran el sendero de la vida: una que recién comienza el paseo, otra que camina alegre y despreocupada, otra que va dando tumbos... y una cuarta, la enfermera, que avanza con aparente paso firme... La madre de las tres mayores viene de vuelta; la madre de la más pequeña vino a torcer el rumbo de todas ellas. Hay también una tía-abuela descreída ante cualquier intento de andar... Y una cocinera dichosa que ya termina de recorrer su senda; todo su afán fue el de amamantar a sus vecinos con caballa frita...

Con estos retazos de vida, Hirokazu Koreeda volvió a tejer una de las suyas, otra más de su filmografía: "Nuestra pequeña hermana". Y yo, también de nuevo, me convidé a embelesarme y a cuestionar mi rumbo creativo...

El océano está ahí delante... Parece que pudieras palpar el horizonte con tus propios dedos, y congelar el instante de tu momento efímero...

27 de marzo de 2016

Somnolencia primaveral

Cerezo en flor
Foto por Kevin Jaako
Estoy perdida en una insondable somnolencia amnésica. No puede ser que esté yo, aquí, en este momento sin nada que hacer, abandonada a dejar correr el tiempo sin más, cuando antes debí ser una persona súper ocupada. Desde que me dio el jamacuco ése en el cerebro –eso dijo el doctor, pero con palabras más complicadas- no recuerdo nada de mi vida anterior…

No hago otra cosa más que tomar el sol en el jardín... Y repasar, hojeando una revista, las fotos de mi pasado, a ver si me viene a la memoria un flashback, o algo que ponga un poco de luz a lo que realmente soy: yo, en la Polinesia, en una playa casi desierta; yo, de compras, por la Quinta Avenida de Nueva York; yo, en la recepción que ofreció el embajador. Yo en San Petersburgo, yo en compañía del Príncipe de Gales, yo empuñando unos esquís en un paisaje nevado… No reconozco ni mi cara… Me pregunto quién tomaría estas fotografías, en las que aparezco siempre sonriendo y rodeada de gente importante, familiares o amigos, o qué sé yo... En mis gafas de esquiadora se intuye el reflejo del fotógrafo, pero no se distingue bien su rostro. Tal vez sea algún amante o novio mío que decidí olvidar para siempre…

Debí tener una vida bastante ajetreada, desde luego… Y pasarlo bien… Pero de qué me sirve todo aquello cuando no recuerdo ni el colegio en que estudié, ni cómo me ganaba la vida, ni tampoco el nombre de la calle en donde vivía… Ni siquiera sé cómo me llamo… Tal vez haya una familia buscándome por algún lugar, a pesar de que el doctor se empeña en asegurarme que nadie me ha reclamado. No me fío de este doctor…

El pasado es lo de menos… Quizá, en un futuro próximo recuerde mi número de cuenta corriente, y entonces ya veremos… Pero ahora me conformo con la compañía efímera de un par de cerezos en flor. Me basta con dejarme acariciar, en este jardín, por el tibio sol de primavera…

16 de marzo de 2016

Europa: distopía canina

Concertina, alambrada
Foto por Ingrid Taylar

No sé yo lo que escribiría si merendase alucinógenos..."
Uno mismo.

***

Para entonces Europa se había convertido, ante todo, en una alambrada impenetrable, en una concertina amable que protegía a sus habitantes de la podredumbre y el hedor que se respiraban del otro lado de la frontera. En el interior de cada hombre y mujer, nación o aldea, se habían levantado también otras barreras, de desconfianza; la púa y el alambre eran dos de los argumentos más habituales.

Sólo corrían libres los razonamientos más chismosos y sin destilar. A golpe de clic de ratón, la propaganda y la opinión eran ejercidas por los propios ciudadanos, en redes sociales que tejía la corporación monopolística Doodle, y que subvencionaba y regulaba, obviamente, la Comisión Europea de Asuntos Sociales.

El entusiasmo de la cuidadanía había logrado grandes hitos, como el de la plena igualdad entre seres humanos y mascotas. Aunque estas últimas no disfrutaban aún del derecho al voto, por razones que no a todo el mundo parecían obvias, sí podían resultar electas y ocupar un escaño dentro del Parlamento Europeo. No pocos movimientos alzaban la voz, en las redes sociales, para que también cualquier animal domesticado pudiera tomar poltrona en la Eurocámara. Pero en las calles, perros y gatos se habían opuesto con fiereza a cualquier ampliación de derechos que favoreciera a otras especies animales. Dentro del privilegiado grupo de las mascotas, sólo las tortugas y los minipig discrepaban con perros y gatos. A las hormigas domésticas parecía que todo les diera igual, pues dentro de sus terrarios se organizaban a su libre albedrío, constituyendo auténticas sociedades paralelas y secretas.

El cargo presidencial era dictatorial y vitalicio, por lo que no daba lugar a ningún tipo de controversia. El presidente, que era ciego, siempre aparecía en las redes sociales, y por televisión, acompañado de su perro lazarillo. Grupos disidentes manifestaban que no era más que un títere en manos de su perro, y que era éste último el artífice real de las decisiones que se tomaban en Europa.

Las cárceles se habían hecho innecesarias, pues desde el hurto más nimio hasta el crimen más atroz recibían idéntica condena: el destierro perpetuo. Mendigos, animales callejeros y disidentes también eran expulsados fuera de las alambradas.

Los zoos también se habían suprimido. Los colegios reemplazaban las visitas a estos recintos por excursiones rumbo a la alambrada de espino, donde los escolares europeos podían observar a los niños del otro lado, quienes a su vez les observaban a ellos con sus ojos lánguidos. Allí malvivían aquellos niños, en el mejor de los casos con sus papás, en unos campamentos misérrismos asentados sobre lodo y bajo lluvia.

Los escolares aprendían lo que les esperaba si, por no acatar las normas, algún día eran conducidos al destierro. De hecho, aprovechando la excursión, los más traviesos eran arrojados al otro lado de la valla por los maestros, escarmiento que servía de ejemplo a los demás y acallaba las preguntas que pudieran surgir. Si aun así, algún alumno osaba alzar la mano para preguntar, bastaba con la respuesta de que aquellos niños de mirada triste eran sarracenos, igual que sus papás. En definitiva, gente traicionera y poco de fiar. Para levantar el ánimo de los escolares, se les permitía, si así nacía de sus tiernos corazoncitos, que echasen pan y cacahuetes a los sarracenos. A la vuelta se lo contaban a sus familias, y esa noche, todos dormían más tranquilos y confiados.

La educación era considerada, más un pasatiempo, que un derecho fundamental. Incluso en círculos reaccionarios de las redes sociales el estudio era señalado como un acto de rebeldía, y el camino seguro hacia la marginación y el destierro. Había quien prefería no escolarizar a sus hijos, y delegaba la tarea en la televisión.

El fútbol sí había logrado encaramarse al podio de los derechos fundamentales. Así se recogía en la Constitución Europea. Había relegado a la religión, que a casi nadie interesaba ya, como demostraba lo despoblado de las iglesias. Por contra, bullían de fieles enfervorecidos los estadios de fútbol, auténticas catedrales de los nuevos tiempos. Las viejas pasaban las cuentas del rosario durante las tandas de penaltis, mientras sus nietos caían mártires por un quítame allá esas pajas contra los devotos del equipo rival. Pese a todas las garantías constitucionales, el fútbol por televisión seguía siendo de pago. Se decía, por lo bajini, que al perro lazarillo del presidente el credo balompédico le traía sin cuidado.

Algo parecido sucedía con el otro derecho fundamental que Europa intentaba permitirse: la sanidad. Aunque en teoría estaba garantizada por la Constitución, en la práctica no alcanzaba para toda mascota o persona. El Parlamento Europeo improvisaba medidas creativas a cada rato, para generar una óptima sensación de bienestar entre los ciudadanos.

Por ejemplo, la propaganda fomentaba la drogadicción de ciertas sustancias, como la marihuana, el alcohol, la televisión y la lotería. Los consumidores debían asumir, bajo contrato, su renuncia a ser atendidos por la sanidad pública si llegaban a padecer cualquier enfermedad, física o mental, provocada por alguna de sus adicciones. Así, la ciudadanía era feliz, y las instituciones sanitarias daban, más o menos, abasto.

Pero ninguna de las ocurrentes soluciones de la Comisión Europea de Salud Pública sirvió de nada contra la nueva peste que vino a pasearse por el Viejo Continente. Fue una pandemia de efectos catastróficos, una enfermedad democrática y mortal, que vino a afectar por igual a perros y seres humanos. Para detener a la peste las alambradas resultaban ineficaces.

Los científicos especularon y lanzaron la hipótesis de que, tal vez, puede que, el cúmulo de excrementos caninos sobre las aceras de las ciudades hubiera sido el caldo de cultivo propiciatorio para que un virus inofensivo, que poco antes afectaba sólo a los perros, mutase en una enfermedad temible. Los síntomas, en humanos, empezaban con la aparición de cierta apatía y la ralentización del entendimiento. Los infectados se volvían indolentes y ensimismados, cada vez más. Hasta que de pronto, un día les entraba una picazón por dentro que les inducía a no poder dejar de rascarse sus partes pudendas. Al final, morían desollados por ellos mismos. Los perros sólo presentaban la sintomatología del ensimismamiento y el picor, y se sacudían las pulgas imaginarias con un fervor que los dejaba exhaustos hasta morir.

Los laboratorios no tardaron demasiado en encontrar una vacuna para la peste, pero la cantidad de antídoto sólo alcanzaba para salvar a la mitad de la población. El Parlamento Europeo decidió, por unanimidad y en reunión urgente, que los candidatos a ser vacunados fueran elegidos mediante sorteo, entrando en el mismo bombo humanos y perros. Las redes sociales hirvieron de comentarios, en pro y a favor de la decisión. Aunque la medida parecía razonable a casi todo el mundo, muchos ciudadanos recelaban de que el sorteo pudiera estar amañado.

El presidente ciego, molesto por la desconfianza ciudadana, echó mano de su calidad plenipotenciaria y revirtió la orden del Parlamento. No fue una decisión a ciegas, sino que dudó un instante: los perros o los humanos, los humanos o los perros. Al final, tomó el camino que más le convenía a los canes... Pues a fin de cuentas, era consciente de que a parte ninguna iría sin su perro lazarillo. Eligió dar la vida por el animal, y entregarse a la muerte como un héroe: ciegamente. En sintonía con su decisión, dio la orden de que el antídoto fuera suministrado solamente a los perros. Las redes sociales comentaron que, una vez más, el perro lazarillo había maniobrado para voltear la moneda a su favor.

La mayor parte de los perros salvaron su vida; de los ciudadanos europeos apenas nadie sobrevivió para comentar, en las redes sociales, el éxito de la campaña de vacunación.

Dejadas a su suerte, las mascotas ni se plantearon la salvaguarda de las fronteras. Los sarracenos más enconados, en advirtiendo las alambradas desprotegidas, las traspasaron por millares de millares. Llevaban consigo una insaciable sed de venganza, y el ánimo de aniquilar a una civilización occidental que, poco antes, les había negado incluso el pan y la sal. Para su desilusión, su orgía de sangre y sexo quedó en nada, pues en Europa ya sólo quedaban cuatro perros y gatos a los que sodomizar.

A partir de entonces, por los tejados de París, los gatos vagabundearon desconcertados. Confundían el maullido de las gatas en celo con el sonsonete del almuecín que, desde el minarete de la gran mezquita de Notre Dame, llamaba a la oración. Más al sur, allá por al-Ándalus, prendida de algún mástil del estadio del Real Madrid, ondeó la bandera de la media luna...

11 de marzo de 2016

No consideraba si estaba harta

Turistas tirando foto a niña y llamas del Perú
Foto por Toni Fish
Medalid no consideraba si estaba harta de hacer el mismo trabajo a todas horas: simplemente lo hacía. En compañía de sus dos llamas, disfrazadas de feria, se pasaba el día plantada en la plaza de Armas, al acecho y caza de esos turistas que, a cambio de una fotografía junto a sus camélidos andinos, aflojaban un par de soles.

Parecía un monumento más de la plaza, a la vera de ese prócer de la patria de aspecto pachón, que había quedado postrado en su caballito de bronce para toda una eternidad. Sólo que Medalid no tenía otra movilidad más que sus piernas ligeras y un par de zapatillas de color rosa chillón, y que a ella las palomas le tenían algo más de respeto: casi daba pena verlo al general, de tan perdido de cagadas corrosivas como lo tenían puesto las palomas, con lo apuesto y seductor que fue en vida.

La estatua ecuestre había sido forjada con el bronce de unos cañones, botín de guerra de no sé cuál batalla en la que, según le explicaron a Medalid en la escuela, el liberador patrio salió victorioso, por la gloria de Dios Nuestro Señor, cuando ya todos lo daban por derrotado en su lucha contra los españoles. Al parecer, los ejércitos enemigos lo tenían bien rodeado, junto a catorce, o puede que algo más de mil quinientos de sus mejores hombres, todos maltrechos y mal pertrechados. Pero gracias a la incólume moral de la tropa, al voluntarioso y abnegado proceder, y a que en todo momento supieron mantener la frente alta, muy alta, consiguieron remontar y doblegar al enemigo, contra todo pronóstico, y alzarse con la victoria en una batalla que nadie, salvo ellos, confiaba en ganar...

Y qué se le daban a Medalid los pormenores de las gloriosas hazañas del general, o que si su propio tatarabuelo quedó manco, cojo o tuerto en aquellas escaramuzas remotas en el tiempo. El caso es que el almirante y su cabalgadura ocupaban el mejor sitio de la plaza, el que hubiera deseado para ella y sus dos llamas engalanadas Medalid: la estatua ecuestre estaba enclavada en todo el centro de la plaza de Armas. Eso era lo de menos; lo de más era que el general le disputaba las fotografías de los turistas, que parecían encantados porque el otro no les reclamaba las monedas que ella sí necesitaba, pues obligaban familia, casa, las dos llamas, un perro y gastos varios. Debía ser que el prócer se conformaba, post mortem, con que lo sacaran a pasear en fotografía por medio mundo, pues así su imagen y su memoria quedaban inmortalizadas en los álbumes recordatorios de los turistas. A Medalid, más que la recordaran por siempre y por allá, le preocupaban más el ahora y el acá.

La depreciación del euro y la crisis económica mundial no le habían caído simpáticas al negocio de Medalid. Tampoco es que ella estuviera demasiada atenta a si le salían las cuentas a la bolsa de Nueva York, Frankfurt o Tokio, pero eso le chismorreaba una vecina ociosa que tenía contratado Telecable. La doña pasaba las horas muertas embobada con el espejismo del televisor, y le había dicho literalmente: "Desde que llegó la crisis mundial, los turistas no aflojan la plata". Además, la vecina corroboraba su opinión con el testimonio de un pariente suyo que, tras plegar velas y malvender sus cuatro bártulos de emigrante, acababa de regresar de Italia. Fuera por lo que fuera, bien era cierto que a la que no le salían las cuentas últimamente era a Medalid. Y menos en los estos últimos meses, que coincidían con la temporada baja de turismo en Perú. Los pocos turistas que rondaban la plaza de Armas escatimaban hasta en sonreír.

Incluso el almirante y las palomas que lo tenían cagado parecían más melancólicos que de costumbre, la mañana en que vinieron a proponerle a Medalid un asunto prometedor. El político de tal o cual partido emergente andaba haciendo campaña en la población vecina. Los que le venían organizando el evento trataban de componer, como telón de fondo al atril de los discursos, un paisaje humano y animal con sabor andino, un escenario que exhalara los mismos aromas que el eslogan del candidato presidencialista: "Un auténtico peruano para los peruanos auténticos ". Y para ese menester, qué mejor que un par de llamitas vivas, blandas y lanudas.

-¿No tendrá también usted un vestido de cholita?

Sólo le faltaba eso a Medalid: que la tomasen por modelo y la quisieran disfrazar como su abuela. Pues aunque bien multicolor era su ropa de a diario, ella se consideraba una chica moderna.

Para empezar, le dijeron que le pagarían a la conclusión del evento. Pero Medalid no había nacido anteayer, y, aunque le tenía cierta simpatía al postulante a presidente, su ideario utópico no era tan laxo como para que se conformara con los amplios horizontes que el candidato pintaba en sus discursos. Accedieron a pagarle por adelantado la mitad, pero el transporte de los animales rumbo a la localidad vecina correría de su cuenta. Y aunque era consciente de que el traslado de las llamas iba a suponer un gran inconveniente para su economía, no puso peros ni se amedrentó, y aceptó el trato. Luego, se despidió del general hasta el día siguiente: "Por más que haya corrido a patadas de este país a sus antepasados, es usted, almirante, tan poco andino, que nadie le ha invitado a este festejo".

Medalid calculó que, si alquilaba un vehículo para transportar a las llamas, el negocio no le iba a ser rentable. Ni corta ni perezosa hizo parar al primer taxi en que estimó que los animales cabrían.

-Perdone, ¿podría llevarme a mí y a mis dos llamitas?

"¡Pero qué llamitas, si son llamazas!", pensó el chófer del taxi colectivo. Así, a las primeras de cambio, el hombre creyó que se trataba de una broma. Pero no tardó en recapacitar ni dos segundos, y calculó que el transporte de ganado le iba a resultar del todo ventajoso. Total: lo mismo da, animales que personas. Mientras quepan, cuanto más pasaje mejor para el negocio.

El chófer abrió el portón trasero del taxi. Medalid acomodó enseguida a las dóciles llamazas, que se plegaron con una flexibilidad tal que provocaría la envidia de un santón yogui. Hasta un perro que pasaba por allí quedó admirado con lo bien asentado que iba el pasaje, y de haber sido un viringo también le hubiera buscado Medalid un lugar dentro del vehículo.

El candidato presidencial habló lindas palabras, que lucieron no menos hermosas que las dos llamitas sobre el telón de fondo. Aún tuvo que porfiar Medalid después de que el evento hubo finalizado, pues allí nadie se retrataba para liquidarle la otra mitad que se le debía. Cuando por fin cobró la plata estipulada se sintió satisfecha, e imaginó las caras de alegría que pondrían en su casa. Luego tomó otro taxi de vuelta a su localidad de residencia.

A la mañana siguiente, Medalid ya estaba plantada de nuevo con las dos llamas en su sitio habitual de la plaza de Armas. Percibió en los ojos del general cierta envidia, y que le picaba la curiosidad por saber dónde habrían andado, ella y las llamas, el día anterior. "Siento no haberle llevado, almirante, pero su caballito no habría cabido en el colectivo; la plata no alcanza, ni para comprar un carro, ni para alquilar un camión". Luego, Medalid no consideró si estaba harta de hacer el mismo trabajo a todas horas: simplemente lo hizo. Aunque envidió, tan solo un poco, a las señoras ociosas que paseaban por la plaza con sus perritos, y a esos turistas que, despreocupados, se tomaban cientos de fotos junto al general...

10 de marzo de 2016

No sabe, no contesta

Cuidado con las encuestadoras de aspecto inocente.


A veces ocurre

Buscando taxi
Foto por Flavio Spugna
Marcial solía tejer pensamientos lúcidos y provocadores, que luego manifestaba con una voz inaudible. Adriana era más de disparar a los cuatro vientos sus naderías, con ese vozarrón tan suyo y una desvergüenza de verdulera. Desconocían que estaban labrados el uno para el otro.

-¡Yo lo vi primero! -se anticipó Adriana.

Marcial, tímido, abrió la puerta del taxi a aquella desconocida. Adriana no dio la menor importancia a ese tipo ni a su gesto cortés, como de otra época.

Mientras veía desde la acera cómo el taxi se alejaba, él recibió un pellizco por dentro, una intuición dulce y amarga. Ella, simplemente continuó por su camino...

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