25 de febrero de 2016

La sonrisa del artista

Colibrí arrinconado

Toda la noche, entre sueños alborotados, el pintor estuvo persiguiendo una expresión. Imaginó un cadáver sin rostro que lo tenía atrapado por los tobillos. Tiraba de él hacia un pozo sin fondo, interminable, un intestino purulento y hostil. La maroma orgánica se le enredaba y trepaba, apretándole por el cuello con la desgana e indolencia de un noticiario en la hora de comer. Un galerista vino a contemplar esa obra suya de tonos oscuros y pegotes densos: "Inquietante. Pero nadie va a querer colgar esto en el salón de casa".

El intestino se descompuso, el lienzo se iluminó. Los tonos se volvieron anaranjados, límpidos, brotó una flor. Se perfiló el semblante de una adolescente enamorada. Un colibrí detuvo el tiempo, no antes de que sus plumas, azuladas, se tornaran de un carmesí apasionado. El conjunto armonizaba con las mejillas sonrosadas de la joven. En febriles sueños esbozó el pintor su firma, arrinconada en un lienzo que nada tenía que ver con su manera de ser y de sentir. Fue pesadilla del artista un corro de jóvenes admiradoras, entusiasmadas con aquella maravilla sin alma. Desde lo alto, apoltronado en su nube de teoría, un ideólogo le escupió a la cara que sus obras no encerraban manifiesto alguno.

Amaneció y abrió los ojos el artista. Despertó con hambre de desayunarse un lienzo. Lo cubrió de negro y gris, lo salpicó de contrariedades. Arrinconó a un colibrí de un azul cobalto y metálico. En medio de todo aquello plasmó su firma desdibujada, garabato vehemente que desafiaba la negrura. Ya por último, cuando el hijo de sus entrañas estuvo parido, se regaló, a sí mismo, la sonrisa de una adolescente sobrada de picardía...

4 de febrero de 2016

Caballa del Sur

Lata de caballa del sur
Cuando termine de escribir estas líneas abriré mi última lata de conserva. Me daré un homenaje mínimo a base de caballa del Sur, manjar de carnes prietas que jamás ha defraudado a mi paladar humilde. La lata está hinchada y vencida, tan pasada de fecha, que temo que la frugal comida pueda sentarme como un tiro de escopeta. Me es indiferente. Comparto desesperanza con los anaqueles vacíos de mi despensa. Mejor morir intoxicado, súbitamente, que sufrir la interminable agonía de la inanición.

El mundo exterior hace tiempo que dejó de interesarme. Me deprimía el estado de confrontación permanente de la sociedad: el ambiente, tan encrespado, me hacía temer que, más bien pronto que tarde, algo terrible acabaría sucediendo. No sé... Tal vez una colección de escaramuzas violentas se derramaría por las aceras y, atravesando zaguanes y patios de buena o dudosa vecindad, trepanaría tabiques y muros interiores, desde los sótanos recónditos hasta las buhardillas más desamparadas.

O puede que alguna revolución almibarada estuviera ya confitándose, para empalagarnos los sentidos, por enésima vez, con prometedores ideales. Sí; en el mejor de los casos, el mundo perecería de un subidón de azúcar, diabético perdido. Terminarían amputándole las extremidades gangrenadas, una por una, y sin anestesia...

Pero yo esperaba la peor de las estampas: una guerra nuclear de aniquilación completa. La inquina estaba siendo una enfermedad que afectaba no sólo a mis convecinos, sino que se propagaba por todo el orbe con el brío de una epidemia contagiosa y mortal. Por eso, porque ya todo me era indiferente, atiborré mi despensa con provisiones y me encerré en casa. Al menos, con independencia de lo que fuera a suceder en el exterior, el resquemor no se apropiaría de mis sentimientos. Si es que no era dueño ya de mi sinrazón...

Para no sucumbir a las tentaciones que el tedio sirve en bandeja de plata, antes malvendí mi televisor de no sé cuántas pulgadas. Ganas me dieron de arrojarlo por la ventana, en un acto, por descontado, más metafórico y poético. Con el dinero compré conservas, sobre todo de caballa, de las grandes y redondas, y garrafas de agua mineral. A día de hoy, si me lo propusiera, podría bañarme todos los días: de momento, los grifos de casa no han detenido su flujo de agua corriente. Pero cuando apure esta última lata empezará mi drama personal, pues ya no tendré nada más que llevarme a la boca. Confío en que el botulismo acorte el plazo de entrega a la muerte.

Imaginar que, tal vez, sea yo, el último humano que se apea de este mundo, tan contradictorio, me conduce a un estado de melancolía sin precedentes. O tal vez seas tú el último hombre o mujer que pisa la faz de la Tierra... Sí, tú, quien ahora estás leyendo estas líneas que, sin saber yo cómo ni esperarlo, llegaron hasta ti. Igual tampoco eres tú el último inquilino de este planeta azul. En ese caso, permíteme que te confiese un postrero pesar: erré en mis pesimistas estimaciones, llevado, quizá, por mi terca vocación de misántropo. Me temo que, en mi vida, equivoqué el rumbo, una vez más. Aunque en cierto modo ahora me siento aliviado. Pues mis letras, cual lomos consistentes de caballa enlatada, trascendieron para llegar hasta ti...

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