24 de enero de 2016

Veinte minutos

Casa de baños, Madrid
Foto por Mai
-¡Agua! -reclamó a los empleados municipales, apenas estuvo listo bajo el caño.

Se abrió la ducha y la lluvia fue dicha sobre su piel terrosa. Ya venía necesitando un enjuague generalizado. El aguacero anegó su intimidad, arañada de surcos por el vagabundeo y la indigencia. El cronómetro de la casa de baños comenzaba a descontar los minutos.

Desde lo alto divisó las uñas de sus pies, tercas como caparazón de crustáceo. Por un momento le martilleó suavito la evidencia de no poseer herramienta con que acortarlas, pero el agua cálida disolvió cualquier amago de aflicción. Se enjabonó el cabello y entre las orejas, el pecho y la panza; mas no dio de sí para alcanzar la espalda en toda su dimensión. Luego, la esponja se adentró por la selva de matojos en que mora su miembro viril, feliz y satisfecho cual trompa de elefante en una charca de barro...

De la guarida más inhóspita, allá por los vericuetos del trasero, desalojó a unos inquilinos tan pelmas como apelmazados, a los que no les cupo más remedio que recoger sus bártulos y marcharse por el desagüe. El reencuentro fugaz con la carnalidad de nalgas y muslos le puso nostálgico.

Dobló la espina dorsal para alcanzar los pies, siguió descendiendo, chirriaron los oxidados muelles de sus rodillas. Los dedos agradecieron aquella visita, tan inesperada, y lo recompensaron con figuritas de arte moderno recién moldeadas. Él no hizo caso a tanto agasajo, y continuó enjabonándose, ahora los tobillos y las canillas.

Y por fin se abandonó, sin más, a la caricias del chorro humeante. El cronómetro insistía en su riguroso retroceder, arrancándole segundos de humanidad. Él no le concedió la mínima importancia a aquella vicisitud, ahora que el torrencial reverdecía las tierras yermas y abandonadas de su ser interior. Para cuando el empleado municipal le anunció que su tiempo de gozo había expirado, su alma era ya fértil de nuevo. Aunque los veinte minutos le habían sabido tan a poco...

18 de enero de 2016

La madriguera

Habitantes de la madriguera Plot Point
Me gustan las historias de tono melancólico y ritmo lento. Como las películas de Naomi Kawase, donde el viento mece las copas de los árboles, y la tempestad no es más que el camino que conduce al silencio. Sin embargo yo, ruidoso y charlatán, soy lo más parecido a un payaso agitando un sonajero. Una matraca, más bien. Supongo que uno aspira a lo que no es: el ser humano es pura contradicción. Si comiéramos jamón todos los días, seguro que nos entrarían antojos de chóped o mortadela...

Desde que tengo memoria, he padecido de una incurable dolencia: la necesidad de contar historias. El caso es que, los que bien me conocen, saben que soy una de esas personas que no callan ni debajo del agua. De hecho, cuando guardo silencio más de tres minutos seguidos, ya hay quien me anda importunando: "¿Te pasa algo?". Y lo que me pasa es que, en el fondo de mi ser, me agrada el silencio y no me cae del todo mal la soledad. Y como a los perros, me desagradan los pertardos. Aunque lo disimulo bien, la sed de silencio forma parte de mi esencia...

Casi por casualidad me enrolé, hace bien poco, en una modesta compañía de teatro. En realidad aquello, más que una compañía de teatro, era una troupe de actores de medio pelo, sin chinches pero con mucha hambre, la de representar sobre las tablas. De repente, me sentí entre iguales, como si hubiera regresado a aquella madriguera de la que nunca debí salir y en la que, seguramente, me parió mi madre auténtica. ¿He dicho ya que me gusta contar historias? Pues allí, en esa madriguera de paredes y cortinas oscuras, no sólo podía contarlas, sino que me azuzaban para que lo hiciera.

En aquel agujero me esperaba toda una familia, numerosa y adoptiva -que no postiza-. Salvo un par de hermanas mayores y algún otro como de mi edad, la mayoría de mis hermanos eran prácticamente unos cachorros. El más pequeñuelo, de tan flexible que era, conseguía plegarse a voluntad. De hecho, por ahorrarnos un pasaje, lo escondíamos dentro de una maleta, cuando en bus íbamos a representar, de feria en feria, por las aldeas más remotas. Y por supuesto, como en cualquier familia con pedigrí homologado, aquella madriguera la regentaban un papá y una mamá.

Mamá derramaba amor a troche y moche y, como polluelos alborotados, nos conducía en tropel. Nada de ir ordenaditos, todos en fila. "Escuchen a sus hermanos y encontrarán el verdadero camino hacia la interpretación", nos repetía a todas horas. Y claro, así andábamos, como en penumbra: dándonos porrascazos contra las paredes... Mientras nos descoscorotábamos unos contra otros, mamá reía y tomaba notas en una libreta, con el empeño de un loquero en el manicomio que éramos.

Papá se dejaba caer por la madriguera sólo cuando le venía en gana, y siempre con la solemnidad de la sombra desde la que le gustaba acecharnos. Era un tipo observador, flaco y silente, de esos que economizan las palabras. Justo lo contrario que yo. Preparaba unas pizzas de muerte, auténticas, con su puntito de sal y todo. ¡Con lo que me gusta a mí la pizza...! "¡Esfuércese mijito, que interpreta su propio papel a todas horas!", me vino a decir una tarde de ensayo. Pero con otras palabras, no las recuerdo exactamente, con su dejo cantarín de argentino de ascendientes hispano-italianos -¡ah, coño, ahora entiendo lo de las pizzas...!- Yo sabía que no le faltaba un ápice de razón, pero claro, me adentré en la madriguera con tan solo mi hatillo breve de payaso charlatán...

¡Tremendo quilombo nos armó el flaco! -cosa propia de los argentinos, por cierto-. No sé qué vaina argumentó acerca del conflicto y las tensiones físicas que lo jalan a uno sobre el escenario, como si el teatro fuera un cuestión de sokatira y levantadores de piedras vascos... Y luego dijo que, desde que el hombre es hombre, o mujer, en el decorado de la vida lo principal del asunto es la manducatoria y las ganas de follar. Y me pregunté yo: ¿qué les importará a las anoréxicas lo del comer, y lo del procrear a los castrados?

Porque vale, bien: reconozco que lo de la pitanza y la tramoya de faldas me tira. Pero, ¿dónde queda todo lo demás: lo de la insoportable levedad del ser, el murmullo de los océanos, o la decrepitud de los domingos por la tarde? ¿O lo de qué será de nuestra existencia, cuando nuestras madres no estén para traernos el tupper con las cocretas? Bueno, sí, esto último tiene que ver con la manducatoria; reformulemos la pregunta desde el punto de vista de la vieja: "¿Qué será del cojudo de mi nene, cuando ya no esté yo acá pa' trapearle la mugre?"

Pero ahí seguían papá y mamá, dale que te pego con el argumento de la imperiosa necesidad del conflicto. "¡Conflicto físico!", era su proclama. "Dime la clave de acceso a la nevera, o te mato", "Si me matas, nunca la sabrás; mejor, hagamos el amor, y te abriré las puertas de mi corazón refrigerado". ¿Y qué se me da a mí, tanto tira y afloja, si tan solo pretendo dejarme acariciar por una brisa marinera? -esto creo que me ha quedado un tanto amanerado-.

Tal vez papá y mamá tengan razón, y el conflicto sea tan ineludible como el que, a cada rato, se entabla entre mi yo silencioso y el payaso hablador. ¿Acaso no hay aquí dos fuerzas contrarias, tan físicas como cualquier otra, que batallan, una por salir, la otra por cerrar la puerta?

Por el momento, desde que me instalé en la madriguera, creo que el yo bullanguero va ganando la partida. Pero si en algún momento creen no reconocerme, que no les extrañe. En ocasiones me dejo convidar, por el silencio, a amables tragos de melancolía en soledad...

9 de enero de 2016

Palabras vanas y olvido

Amapola perdida entre el trigal
Fotografía por Micheo

Palabras vanas

Estoy retocando el color de un vídeo. Me entran unas buenas ganas de hablar -iba a decir brutales, pero me cae mal esa palabra y escojo otra-. Lo que en la vida va de brutal me produce zozobra intelectual. Esto no es escritura automática. O sí. No. O tal vez. Tengo ganas de hablar, en definitiva. Los propensos al alcoholismo buscan tugurios que les asilan en sus noches de melancolía. Pero como yo soy abstemio -a los que abusan de la palabra brutal y del alcohol, esta religión les parece un indicio más de desconfianza-, merodeo por páginas virtuales de blanco brillante, cobijas habituales de desamparados con ganas de charlar con nadie.

Se me pasa por la cabeza escribir sin cortapisas ni miramientos para con los sentimientos ni de nadie ni de mí mismo. A los que buscan comas a cada rato les habrá jodido la frase anterior: que se lo hagan mirar. Aunque les va a dar igual, porque esa manía no tiene fácil cura. Podría meterme ahora con los curas, pero es que yo soy un poco mojigato y nada moderno. Se me pasa por la mollera entrometerme con los sentimientos de algunos que yo me sé, no sé si por aversión o por pura necesidad o ganas de joder. No sé, no sé... Que es como decir que ni puta idea, pero más largo, insistente y repleto de dudas. Un mar de dudas...

Alguno que haya llegado hasta este tercer párrafo se estará preguntando si debería seguir leyendo o dedicarse a otra cosa con la que dilapidar los múltiples minutos de una existencia tan única como común, estúpida o interesante, eso da igual. Espera, que a lo mejor lo mejor viene al final. O mejor aún, da un brinco al último párrafo. O aún mejor, márchate al carajo, o al Facebook o a wasapear, que son cosas de provecho que no hacen mal a nadie. Eso si no consideramos el daño que le infringen a uno mismo las redes sociales. Las redes sociales... ¿lo pillas? ¡Lo de red, cojones, que todo hay que explicarlo! ¡Así cómo va a esperar uno que lo lean entre líneas, o que pillen el sentido general de lo que quiso decir...! ¡Habrá quien buscará sentido en lo que no lo tiene, e incluso algunos aventurarán un atajo de explicaciones sin fin, mientras esgrimen poses de sabihondos profesores de literatura de universidades del tres al cuarto! En fin... resignación. De seres resignados están repletos los cementerios tristes. Los cementerios alegres no existen. Lo muertos alegres perecen de cualquier vaina. De cualquier modo o cosa o manera o accidente, pero jamás de aburrimiento.

Olvido

Es otro día. Otro ánimo, un desánimo distinto. Un desinterés por lo interesante, pasión por lo nimio. Avanzar reptando, navegar a pique, volar en picado. Emborracharme de nubes querría, antes de empotrarme sin remedio contra el suelo. Reptar como un gusano por los intersticios de mis cavidades. Soñar o perecer. Nada es lo mismo, pero todo es igual. Pasión, danza, contracultura, o la yesca prendiendo una idea que conduce a ninguna parte. Suena bien lo que mal acaba; mal empieza lo que se termina por terminar. Razón de ser, ser sin razón. Darle vueltas a la peonza en la que te acabas de subir. Bajarte antes de que se detenga, apearte de un tren en marcha, subir a lomos de tu madre... La vieja siempre llevándote a cuestas, fregando el suelo que ensuciaste con tus pisadas, la pobre no hace más que limpiar los polvos de aquellos lodos. Tu padre te observa con resignación, con la certeza de que no llegarás a ninguna parte. A parte ninguna pretendes llegar...

Párrafos yuxtapuestos repletos de ideas inconexas con cierto hilo musical. Música para los sordos, sordos para el silencio en el que se entretejen tus pensamientos. En el vacío no se propaga el sonido. En el vacío de tu soledad, de tu hastío, de tu ser obstinado contrario a todo por mero vicio de no opinar lo mismo. Lo mismo es que eres la única amapola roja del trigal. Cuando proliferes como la peste, el trigo se habrá malogrado y todos los que estáis por llegar os moriréis de hambre. Para entonces tus pétalos hará un siglo que quedaron mustios, yacerán ya mezclados entre la tierra baldía del trigal moribundo... Sed de paz o de Coca Cola, todo es igual, nada es lo mismo. Silencio del alma, de los campos de Castilla, del altiplano Boliviano, de la Cochabamba donde reside tu vieja, conchatumadre.

Si me dijeras ven lo dejaría todo, pero jamás mis pensamientos retorcidos. Te jodes. Cuando te empieces a dar cuenta me dejarás por otro, y yo no lo soportaré. Las flores pronto olvidan los días en que el sol les regaló la tibieza de sus rayos, y es por eso por lo que se marchitan al poco de nacer. De flor en flor iré, recién brotadas al amanecer, y succionaré su néctar dulzón. Al anochecer me marcharé para que las fecunden otros zánganos, poco antes de que mueran de placer. Mi estirpe perecerá -fin de raza-, y el aire se llevará mi recuerdo breve a otra parte, allá donde el lodazal en que se extinguió el trigo, o donde retozan los elfos con enamoradas siniestras sin pelos en la lengua. Tampoco me recordarán las mariposas de lengua retorcida, ni las simpáticas mariquitas, ni los adolescentes empalmados. Quizá un día un arqueólogo de una época futura venga a rescatar mis huesos, a perturbar mi descanso eterno, a estimar la antigüedad de mi cráneo... O a inventar la vida que no viví. Para eso, mucho mejor la condena del olvido...

5 de enero de 2016

The Show Must Go On

Freddie Mercury disfrazado de rey
A paso lento y desganado, la caravana flota sobre el asfalto agujereado del suburbio, implorando paso entre la multitud ensoñada de niños, abuelos y papás. La lluvia intermitente riega de caramelos los pies de los chiquillos, y apedrea a los viandantes ajenos y despistados. Con sus tristes disfraces de fiesta, pareciera que las carrozas que preceden a la de Sus Majestades los Reyes Magos se hubieran colado en aquella algarada.

-¡Ahí vienen los Reyes!

-Y la reina Gaspara... ¿a quién se le ocurre?

-¿El Baltasar pintado le parece normal, no?

-¿Qué sabrá usted, de la tradición?

-¿Y usted, qué sabe?

El bombardeo de caramelitos liquida la discusión.

Un desfile de penitentes asciende y desciende por las escaleras mecánicas del centro comercial. La estrella de Navidad guía por el pasillo reluciente a los que han dejado las compras para última hora. El vendedor maldice su suerte, mientras reparte sonrisas dentífricas a los que han venido a venerar a su Niño Dios.

El carretón que transporta a Sus Majestades se atora en la revuelta de la calle principal. La multitud queda en vilo y el remolque comprometido, igual que si pendiera del alambre de un funámbulo. El camionero deshace el embrollo con su buen hacer; el gentío aplaude. La reina maga, el rey pintado y otro gordinflón con la barba postiza de Papá Noel se sienten aliviados. La noche es larga y todavía les espera un largo reparto. Los Sabios de Oriente no desconocen que, en cualquier caso, lo único importante es que el espectáculo continúe...

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