30 de diciembre de 2016

La pandereta desafinada

Pandereta a contraluz
Foto por Bob M ~
Presiento ya la Navidad, doctora Benavente. La semana pasada encendieron las primeras luces navideñas; las puedo intuir tras los barrotes de la ventana de mi habitación que, por suerte, da a la calle. Percibo también el olor de las castañas asadas. Como las que preparaba mi madre cuando era niño...

Ahora que estoy más tranquilo -recuerde que esas fueron sus palabras, en mi última evaluación- quisiera solicitar el visto bueno, a la concesión del alta provisional. Durante estas fechas que se avecinan, me gustaría pasar unos días en familia. Echo tanto de menos a mi pobre viejita, a la que temo no volver a ver en vida...

Ya ve, doctora Benavente, que sigo sus recomendaciones a rajatabla y le escribo estas líneas, para expresarle con sinceridad mis sensaciones. Como le iba diciendo, ya estoy más tranquilo. Así lo corrobora mi medicación: bien sabe, que la dosis me ha sido disminuida en las últimas semanas. Aunque para serle sincero, continúo con la misma impresión de cuando ingresé en este centro: la de que el mundo conspira contra mí. Esa sensación no ha cambiado un ápice. No me cabe la menor duda de que soy víctima de un complot. A ver qué explicación encuentra si no, en que hasta sin mi pandereta me han dejado. ¿Quién se la ha llevado, doctora, lo sabe usted? Ojalá que nadie termine alborotando con ella, no podría soportarlo...

Y no es que deteste yo, por sistema, el alboroto y las celebraciones que caen en invierno. No le tengo manía a nada en especial, doctora Benavente. Pero es que la Navidad... me desagrada hasta el tuétano. No sé... Tal vez, porque me sobrevienen demasiados recuerdos, que me percuten el cráneo con ruido de zambomba. O quizá por culpa de Papá Noel. No me cae nada bien, desde que me enteré que le inventaron su disfraz rojo para un anuncio de la Coca Cola. ¿A usted le gusta la Coca Cola, doctora? Mi madre dice que va bien para eructar...

A mí, la Coca Cola me sienta fatal, y cualquier otra bebida carbonatada. Las burbujas hinchan mi barriga como la de un oso panda, tensándola no menos que el pellejo de una pandereta. ¿Qué piensa de los osos panda, doctora? A mí me agradan, porque son como peluches tiernos...

Pero no soporto el sonsonete de una pandereta desmadrada. Ni el ruido de panderos ni tambores, ni, por supuesto, el de los petardos. En Navidad, a todo el mundo le da por tirar petardos, y de armar jarana con villancicos de borrachos. Qué humanidad, tan molesta... La gente acalla sus penas con el estrépito, y las ahoga bajo un burbujeo de cava y Coca Cola. Y mientras lo hacen, a mí me martirizan.

¿Sabe usted de dónde se obtiene el cuero para fabricar panderetas? ¿Se lo ha preguntado alguna vez, doctora Benavente? ¿Acaso soy el único que se ha formulado esa pregunta? Se saca del pellejo de los animales. Por ejemplo, de los pobres osos panda. Me parece un asunto macabro y contradictorio, el hecho de arrancar a jirones la piel de un inocente bicho para que los tiernos infantes -terribles, diría yo-, acaben aporreándola con sus manitas. Y de paso, atronando mis oídos...

Sí, doctora; los niños y la Navidad parecen dos asuntos de la vida que no se entienden el uno sin el otro. No me cabe la menor duda: la Navidad es un teatrillo en que los niños, actores principales, conspiran en mi contra. Por eso no los soporto. Me parecen personajillos tan terribles como caprichosos, que no hacen otra cosa sino alborotar. Panderetas y petardos, en sus manos, son armas de destrucción masiva para el sosiego de mis días. Me cuesta evocar mi infancia, doctora, porque no soporto al niño que fui. Aún me avergüenzo del día en que no paré de berrear porque mi madre no quiso comprarme una pandereta de auténtico pellejo. Nunca se lo perdoné, doctora, nunca... Todos mis amigos tenían una pandereta de piel curtida, mientras que yo me tuve que conformar con aquel sucedáneo de plástico que me regaló mi madre...

Ojalá los niños nacieran ya siendo viejos: así nos evitaríamos la molestia de aguantarlos. ¿Sabe doctora que, cuando los viejos chochean, no le van a la zaga a los chiquillos? Mi madre, sin ir más lejos; la última vez que la vi no paró de molestarme. Al menos, a los ancianos les puedes dar cuatro pastillas, para que se calmen... Te dejan en paz. Cuando se quedan dormidos, son tiernos, igual que osos pandas. Doctora, ¿alguna vez ha imaginado el enorme pandero que podría fabricarse con el pellejo de un oso panda?

Y sin embargo, la piel fina y delicada de un muchacho no serviría ni para fabricar media pandereta. Además, no está bien visto medicar a los niños, así porque sí... Porque no los vas a despellejar vivos... Al menos a mí no se me ocurriría; no soy ningún sádico... No, doctora. Pero convendría calmarlos de alguna manera, porque sobreexcitan a sus abuelos. ¿Ha visto doctora el revuelo que arman los viejos durante las cabalgatas de Reyes Magos? Acaparan caramelos para sus nietos como si les lanzaran panecillos en tiempo de guerra. Incluso se aventuran a recogerlos hasta casi debajo de los neumáticos de los enormes camiones que transportan a los Magos de Oriente. ¿Ha estado en alguna de esas cabalgatas, doctora, sabe de lo que le hablo? No se imagina cuántas veces he deseado conducir uno de esos camiones...

Por navidades los papás trabajan, mientras que sus hijos, de vacaciones escolares, haraganean por las calles importunando a los viandantes, pidiéndoles el aguinaldo. Son los abuelos quienes se hacen cargo de los nietos. Así le va a la sociedad, pues los ancianos son consentidores con los caprichos de sus nietos. ¿Sabe doctora qué les compran, con las cuatro perras de sus miserables pensiones? Instrumentos y cachivaches para armar escándalo, como si la dimensión del ruido agrandara la del regalo: matracas y panderetas, panderos, zambombas, petardos y bombetas... ¡Y matasuegras! ¿Pero qué nombre es ése, tan burlesco y desproporcionado? Aunque quizá no sea tan desafortunado: significa "matar a las suegras". Nunca me había parado a pensarlo... Porque las suegras siempre son viejas. "Mataviejas", podrían haber llamado al matasuegras; o mejor aún, "matachiquillos"... Sí, no suena tan mal...

Lo que no suena nada bien es el sonido de los matasuegras en cuestión. ¡Espirales diabólicas, juguetes molestos donde los haya...! Deberían estar prohibidos, por el organismo internacional competente en asuntos navideños... Pero como le venía diciendo, doctora, nada puedo esperar, pues el mundo conspira contra mí...

No sé qué me pasa, doctora Benavente, que en cuanto percibo desde mi habitación el aliento gélido de la Navidad, me entra cierta morriña y me acuerdo de mi madre. La cabeza se me sube a las burbujas de la Coca Cola, y veo alucinaciones, osos panda atormentándome los oídos con sus matasuegras... Será porque temo que el estrépito y el desenfado inminente liquiden mi paz interior. ¿Cuál es su villancico preferido, doctora? El mío, Noche de paz.

Pero de momento, doctora Benavente, yo estoy tranquilo, se lo prometo; ya me lo dijo usted la última vez que nos vimos, ¿lo recuerda? Por eso confío en que su informe sea favorable, que me permitan durante estas navidades darme una escapadita para llevarle flores a mi madre. O por lo menos, a ver si me devuelven mi pandereta, no me importa si está desafinada. ¿Qué hicieron con ella, doctora? Me traía tantos recuerdos de mamá...

27 de diciembre de 2016

Pide tus regalos a tío Saku

Tío Saku, el simpático elfo de Papá Noel, te traerá los regalos que le pidas. Tan sólo tendrás que escribirle una carta. Eso sí, con la letra bien clarita.


20 de diciembre de 2016

Llévese usted manzanas

Kazaja vendiendo manzanas en un mercado
Foto por Torekhan Sarmanov
Los atardeceres en Kazajistán son anodinos. Los kazajos, hastiados e imperturbables, me parecen tan ausentes de pasión como los propios atardeceres que les avinagran la existencia. Me pregunto si la falta de entusiasmo es un vestigio de la época soviética, si 55 años bastaron para provocar algún tipo de mutación que, de alguna forma, terminase trastocando la personalidad de los habitantes de toda una nación. Lo más probable es que ésta no sea sino otra más de mis exageradas elucubraciones. A fin de cuentas, ni soy antropólogo, ni etnólogo, y ni cursé estudios de Historia ni de Psicología. Si acaso, librepensador, y un simple frutero.

Los estantes de mi establecimiento albergan todo tipo de frutas. Unas, un tanto exóticas, pero la gran mayoría bastante corrientes. Entre estas últimas, por ejemplo, las manzanas. Pese a su aparente ausencia de exotismo, las manzanas, según estimación de los botánicos, son originarias de Kazajistán. Conjetura que a mí nada me extraña. Porque a mi parecer, nada hay más anodino en esta vida que el acto de masticar una manzana. Personalmente, puestos a elegir una fruta, prefiero el apasionado maracuyá. O cuanto menos, el melocotón. Más que nada, por su aroma dulce y piel aterciopelada. Si es cierto que nuestra alma ha de reencarnarse alguna vez, quisiera que la mía lo hiciera en maracuyá. Si, por lo que fuera, las leyes que rigen la cosmogonía me condenasen a transmutarme en vulgar manzana, creo que me lanzaría de inmediato al vacío. No entiendo el estúpido denuedo de las manzanas, el empeño con que se aferran a las ramas del árbol. Porque desde luego, yo, si fuese manzana, aprovecharía los 9'8 metros por segundo al cuadrado de la fuerza de la gravedad para precipitarme contra la Tierra, para así finiquitar la desidia de mis días.

Aparte de por el sinnúmero de manzanos, si por algo destaca Kazajistán es por ser un país de borregos. De la raza karakul. Estos bóvidos aparentan gran desinterés por la vida -no hay más que contemplarlos al rumiar, como si mascaran una manzana eterna-. Campan cariacontecidos por las extensas praderas de Kazajistán, indolentes a la suerte que les espera: la de proporcionar a los kazajos las afamadas pieles y lanas de astracán. Digo yo, que para que se disfracen de tiernos borreguitos come-manzanas...

Cuando en mi frutería veo a las aburridas manzanas, variedad Granny Smith, a 2'50 euros el kilo, aprisionadas, de seis en seis, por una fina película de plástico en su bandeja de poliestireno expandido, no puedo quitarme de la cabeza a los kazajos. Me los imagino con sus rostros de deprimidos, en el bus que los conduce de la aldea a la capital, cuando se acercan a vender manzanas. No me extraña tal ausencia de alegría de vivir, si ni siquiera tienen un mar verdadero...

El mar Caspio y el de Aral -un secarral, tras la empecinada manía soviética de torcer los cursos de los ríos- no pasan de ser más que dos lagos descomunales. Curiosa manera la de engañarse a sí mismos, la de llamar mares a los lagos... Supongo que lo harán por infundirse ánimos, para abstraerse de que jamás contemplarán el ocaso del sol desde una auténtica playa marina...

Cierto también es que desde mi frutería tampoco puedo atisbar el mar, ni disfrutar de una bonita puesta de sol. Será por eso que cuando algún cliente me pregunta por tal o cuál fruta, yo siempre le recomiendo que se lleve manzanas:

-¿Tiene paraguayas?

-Mejor llévese usted manzanas, que están de oferta.

A muchos les parecerá contradictorio mi modo de proceder. Pero se ha de entender que no soporto a las manzanas, y procuro venderlas lo antes posible: para perderlas de vista, y evitar así que perturben mi existencia... Me recuerdan tanto a la esencia de los kazajos... Aunque siendo sinceros, desconozco por completo su sentir, pues jamás me he cruzado con ninguno. Supongo que mi animadversión a las manzanas, me hace recelar de la tierra que las engendró, y de los hombres y mujeres que las cultivaron. O será porque, tal vez, temo parecerme demasiado a como me los imagino...

Invierno

Rama de árbol desnuda
Foto por Tony Alter
Invierno. Una nubecilla de vaho se disipa delante de tus ojos, esbozando tu fugaz existencia. Bajo tus pies, el abismo... Lo sorteas mientras avanzas por el filo de la rama quebradiza. El árbol desnudo, que a su vez la sostiene, se aferra a la tierra que mañana albergará tu cráneo. El día menos pensado caerás a plomo sobre el lecho yermo y hostil, tan pedregoso como las razones que te convidan ahora a precipitarte. Ten paciencia, pues todo llega... Incluso las razones que argumentan el sinsentido de tu condición sucumbirán al paso de los años... Inexorables son los ocasos, las verdades que nos mantienen engañados, las infancias perdidas... Todo te resulta indiferente en este preciso instante; lo único cierto es el latir que encamina tus pasos, la recóndita manera de tu proceder, el ruido intestinal que te aturulla de hambre. ¿Hambre por alcanzar a un Dios inexistente, puede que indiferente, o tal vez simplemente entretenido en afinar el clavicordio con que compuso la banda sonora de su creación? ¿Sed de parroquiano de bodega en busca de un ideal glorioso con que saciar su desasosiego? Para el caso es lo mismo, hambre o sed, sed o hambre... Mascullas una oración ininteligible, de vieja suplicante, que apenas lastima los oídos de nadie. Te detienes un momento, para abandonarte a la contemplación del abismo bajo tus pies, a la del cielo sobre tus sinrazones. Retomas el deambular por la rama tortuosa... Para cuando llegue la primavera, un manantial de savia anegará el secarral; reverdecerá la rama y, sobre tu tumba, no faltarán trinos de pájaros, ni florecillas de colores...

11 de diciembre de 2016

Un charlatán silencioso

Comercial con traje y maletín, dando saltos de alegría en una playa
Foto por Mish Sukharev
Uno acaba enterándose de todo lo que se rumorea a sus espaldas. De mí, algunos que creen conocerme comentan que no soy más que un charlatán risueño. Será porque no paro de hablar... Pero están algo equivocados. Lo cierto es que me considero un tipo bastante insociable, y con pocas ganas de conversación. Si parloteo sin medida es porque adoro el silencio. No soporto ese maldito runrún de las conversaciones ajenas, que luego persiste y rebota en mi cabeza como un eco molesto. Para lo que me vienen a contar, prefiero ser yo el que ponga a los demás la cabeza como un bombo. Total: es una cuestión de autodefensa.

Y claro: esta manera de ser tan mía ha determinado los múltiples oficios que he tenido. Yo hubiera preferido un trabajo de hombre solitario. No sé, en un faro anclado sobre un cabo perdido e inhóspito, o siquiera un empleo como vigilante nocturno en un almacén. Qué sé yo... Pero por lo que fuera, el destino siempre me tuvo preparado uno de esos trabajos en los que me era ineludible el trato con las personas. Pues casi siempre he trabajado como un maldito comercial...

En concreto, me he ganado la vida como uno de esos vendedores que intentan persuadir a la gente, para que adquiera todo tipo de adminículos y cachivaches que, tras una prometedora apariencia, esconden una utilidad más que cuestionable. Se me hace imborrable el rostro de esos viejitos que, al principio con desconfianza, me abren la puerta. Como auténtico galán de la puerta fría, gracias a mi locuacidad sin límites y aparente encanto consigo seducirlos fácilmente. Con poco esfuerzo logro que firmen el contrato de compra de, por ejemplo, un formidable colchón de automasajes. Pobres almas abandonadas, sí, que reciben las caricias de nadie... Les hago caer en la trampa de la venta a plazos: 60 letras a pagar en cómodos plazos, no menos confortables que su colchón masajeador. Por delante todo un lustro de matrimonio con el banco, acaso los últimos años de una vida, sin que en el momento de garabatear su firma sobre el contrato de compra atisben las intenciones de mi engañifa...

Pero cuando se tiene un trabajo como el mío, no se consigue dormir bien por las noches. El eco de la conciencia rebota en tu cerebro, con semejante desafuero al del runrún de las conversaciones ajenas que no soporto. El sistema ya tiene preparado el antídoto para tus noches de insomnio: las farmacéuticas te aprovisionan de todo un surtido de somníferos, como parte de una conspiración, a escala global, para desconectar tus neuronas. Pues al día siguiente tendrás que seguir endosando colchones a los viejitos, y, mientras tú te envileces, las farmacéuticas, la banca y las macrocorporaciones colchoneras continuarán engrosando sus ya de por sí pingües beneficios...

Hasta que un buen día te hartas de ser un títere más de esa tramoya obscena, y decides enviarlo todo al carajo. Como sabes que va a ser tu último mes en ese empleo de mierda vas y echas el resto. Con tu palabrería acostumbrada vuelves a encandilar a los viejitos que vas visitando a lo largo del mes. Pero esta vez les concedes una pizca de generosidad: les sueltas el rollo de que, como oferta especial, para que prueben su puto colchón, sólo han de enviar la transferencia de los tres primeros plazos, y si no quedan conformes con los masajes les devolverán su dinero. Eso sí, te las pergeñas para que la transferencia la realicen a tu número de cuenta.

Ves transcurrir el mes con la banalidad de costumbre, mientras tu cuenta corriente va engordando a pasos desacostumbrados. El sueño nocturno te vence, pero ya sin el acopio de pastillas... Y eso a pesar de que un tercio de los putos viejos se echan finalmente para atrás, y no efectúan la transferencia. Si es que no se puede confiar en nadie, y menos en la gente mayor, tan desconfiada...

Llegas a fin de mes sin agobios. Tu jefe te pide explicaciones, y le lloras y le cuentas la milonga de que la venta se te dio mal, que por primera vez no lograste endosar ninguno de los magníficos artículos de su catálogo. Inmisericorde, te pone de patitas en la calle, sin considerar que, hasta la fecha, malvendiste tu alma al diablo sólo para enriquecimiento suyo. Le agradeces su desconsideración, sobre la que dormirás esa misma noche a pierna suelta.

Al día siguiente vas a tu banco de confianza. Recoges el dinero que los amables viejitos han depositado en tu cuenta corriente. Que de inmediato cancelas, para burlar el cerco de comisiones que conlleva tu saldo cero.

Haces parar un taxi, y pides que te lleven al aeropuerto. "¿Qué, camino de alguna parte?", te interroga el conductor. Los taxistas, que se aburren y no saben permanecer callados. "Sí, camino de alguna parte", le respondes. Te da por pensar que allá donde vayas tendrás que buscarte un empleo, porque el dinero que los benévolos viejitos te han cedido, tarde o temprano se te acabará. Tal vez debas aprovechar el tiempo de fugitivo, invertir en aprender un nuevo oficio. Por ejemplo, el de tanatopractor: los muertos, poco hablan. Todo lo contrario que el taxista, que, como si hubiera adivinado lo lúgubre de tu pensamiento, te mira por el retrovisor e insiste en interrogarte: "¿Y para dónde va?".

Le sonríes con la mejor de tus amables muecas. Lo cierto es que aún desconoces en qué vuelo encontrarás un pasaje libre. Pero por fuerza, estás decidido a embarcar rumbo a un destino confortable y remoto. Sólo sabes que te marcharás para siempre a un archipiélago con playas de agua tibia y arena fina. Sí; recalarás en una de esas islas desiertas y silenciosas, en la que, si acaso, sólo los cocoteros y el rumor de olas te darán una miaja de conversación...

29 de noviembre de 2016

El último discurso del comandante

Comandante guerrillero pronunciando un discurso ante la multitud
Prócer de una patria cualquiera encandilando a su afición
Mira hasta dónde has llegado, improvisado comandante: de don Nadie, a prócer de la patria... Toda esa gente que se arremolina en torno tuyo, delira por hasta el más estúpido de tus pensamientos...

Ya desde el principio cabalgaste sobre caballo dócil, el del anhelo colectivo que al trote te ha traído hasta aquí. De repente, la esperanza se te ha transmutado en un borrico terco del que quisieras apearte... Estimas, en este preciso minuto para la Historia, que es demasiado tarde; ya no hay tiempo para descabalgar de la montura, pues la turba que te glorifica te ha condenado a trascender como estatua ecuestre cagada de palomas... Incapaces son de ver más allá, pues las tonadas melancólicas de la revolución nublan sus ojos; los tuyos decaen ahora, por el cansancio y la pérdida de fe.

La senda hacia la victoria ha sido un empedrado de fatigas y dificultades; y vas tú, justo al final del recorrido, y se te antoja abandonar. No alcanzarás el perdón de Dios ni de los hombres... Pero es sólo a ti a quien martillea esa fastidiosa pregunta, esa insolente cuestión que te ha desposeído de tus certezas: "¿Y ahora qué?". Ya te lo podías haber pensado antes de armar el tremebundo embrollo en que tú solito te has metido... En realidad, no tan solo, pues te has llevado de calle a toda esa legión de ilusionados que, como cándidos corderos, creen en cada una de tus palabras. Palabras, palabras, palabras... Pobres infelices, confiados todos en que, a partir de hoy, contigo no les va a faltar de nada... ¿Acaso te creen Rey Mago o el mismísimo Dios? ¿Acaso es ésta la fe de los ateos?

Lo único cierto es la honestidad de tus intenciones; ésa es la única verdad que, tras una larga travesía interior, permanece en ti. No hay, ni más ni menos, que un hombre, tan íntegro como incapaz. Y tal vez un inconsciente. Un simple hombre al que le están temblando las piernas, pues aunque has largado mil discursos, sabes que este último te será el más difícil de pronunciar:

-Ahí os quedáis: yo, me marcho pa mi casa.

Atónitos los has dejado... Más vale que camines ligero... Y alcances un escondrijo, antes de que despierten de su sueño...

31 de octubre de 2016

Encuentran el cadáver de otro escritor asesinado

Pluma estilográfica sobre papel ensangrentado
Aquel titular de un periódico digital llamó mi atención, y me impulsó a poner sobre el papel mi propia impresión de los acontecimientos -en realidad, yo siempre escribo sobre la pantalla de mi ordenador-. Según el artículo no era el primer escritor que aparecía muerto en extrañas circunstancias, sino el último de una serie de crímenes que habían venido ocurriendo en los últimos meses. Por mi parte era la primera noticia que tenía acerca de ellos.

Puesto que escribo mis propios relatos, que publico en un blog de Internet, a la vista de todo el mundo, me pregunté si mi vida también podría correr peligro. Pensé que tal vez un poco de precaución no estaría de más. Me apresuré a echar el pestillo de seguridad de la puerta de casa. Andaba concentrado, en la escritura de esta misma historia, cuando me sobresaltó el timbrazo del telefonillo del portal. Resultó ser el cartero. Observé por la mirilla su ascensión cansina, mientras recorría el último tramo de escalera hasta mi casa. No descorrí el pestillo hasta que tuve la certeza de reconocerlo. Venía a traerme una carta certificada de Hacienda. Una vez más el Estado se acordaba de mí, como de costumbre para reclamarme dinero. Pero ése es otro asunto, que ahora no viene a cuento. Firmé el recibí, y cuando el cartero se marchó eché de nuevo el pestillo de seguridad.

Consideré si mi prudencia no rayaba la exageración: a fin de cuentas soy un simple escritor aficionado y de poca monta, al que nadie conoce. Buceé en Internet, por tranquilizarme, para ver si encontraba algún dato extra referente a los asesinatos. No tardé en dar con un sinnúmero de reseñas que, desde hacía meses, venían apareciendo por todos los medios y mentideros virtuales. Y yo, hasta la fecha, no me había enterado de nada... Normal, si paso todo el tiempo encerrado en mi habitación, escribiendo sobre mis asuntos, y despreocupado del mundo que me rodea... Por lo visto, todo apuntaba a que un meticuloso asesino en serie andaba suelto. Parecía obsesionado por liquidar a escritores, mujeres y hombres, que cosía a puñaladas con lo que a todas luces debía ser un estilete. Luego, sobre el cadáver dejaba una nota, escrita a pluma con la propia sangre fresca del escritor que acaba de asesinar. De momento, la policía mantenía en secreto el contenido de aquellas notas. Me pareció increíble que en un país tan chismoso, y tan dado a toda clase de corruptelas, ningún medio hubiera logrado aún filtrar el argumento de aquellos escritos macabros.

Para alivio mío, los casos presentaban una coincidencia añadida: todos y cada uno de los muertos eran escritores de novela negra. Por fortuna, el género negro ni los asuntos policíacos me interesan en lo más mínimo. Jamás he escrito nada acerca de investigaciones policiales, asuntos detectivescos, o crímenes pasionales más o menos enmarañados. El suspense me angustia, y detesto sobremanera el relato pormenorizado de una muerte violeta. Y, sin embargo, disfruto diseccionando el alma contradictoria de mis personajes. Prefiero la tragicomedia sobre los avatares más simples y cotidianos de la vida. Soy de los que opinan que las buenas historias te las encuentras con sólo cruzar la esquina de tu casa, y sobre todo esperando la cola del supermercado.

Hice un alto en la escritura que ahora me traigo, para bajar a comprar el pan. Intercambié una conversación breve con la panadera, como hago casi siempre. Le pregunté por el tema de los asesinatos, más por seguir alimentando mi curiosidad que por hablar de algo. Pero la dependienta no había escuchado nada. Otra que vive en su pequeño mundo, que no va más allá de entre el horno eléctrico y el mostrador de su panadería. La pobre mujer no hace más que trabajar. Pensé que tal vez debería escribir algún cuento sobre ella, acerca de cómo debe ver la vida desde detrás del mostrador de su panadería. No sé si será consciente de su privilegiada atalaya, puesto que es la elegida para repartirnos a cada cual nuestro pan de cada día. Envidio su suerte, la de poder contemplar el paisaje de rostros diversos que acudimos a reclamar el justo chusco que llevarnos a la boca...

Regresé de la panadería. No sentí la necesidad de trabar la puerta de entrada con el pestillo. Pero aunque ya no me acompañaba la inquietud, el asunto de los crímenes me mantenía intrigado. Retomé este escrito, que a medias había dejado. Empecé a especular sobre la naturaleza del asesino, y la causa que lo llevaba a cometer aquellos crímenes tan peculiares. Tal vez era también escritor, y tan desconocido como yo mismo. Un escritor frustrado y envidioso, de novela negra.  De ser así, ¿por qué aquella obsesión suya por matar a otros colegas? ¿Qué debía escribir en aquellas notas? ¿Acaso el magistral último párrafo en que detallaba el desenlace final de la vida de sus víctimas?

Daba vueltas en mi cabeza a éstas y otras conjeturas cuando de nuevo otro timbre me sobresaltó, esta vez el de la puerta de casa. Detesto perder la concentración cuando estoy escribiendo. Pero en fin, qué iba a hacer... Algo contrariado, acudí a abrir...

El tipo que me abrió la puerta parecía bastante vulgar, con esa camiseta dada de sí y un pantalón de chándal desgastado. Vamos, que no le acompañaban ni el estilo ni la prestancia impostada con que se retratan los escritores para las contraportadas de los libros. Le ofrecí los buenos días; me respondió con un hola parco y pleno de desconfianza. Fui directamente al grano: "¿No le interesará una pluma estilográfica, señor?". Ya la rechazaba cerrándome la puerta cuando le solté: "¿Pero no es usted escritor?". Contemplé una vez más un ademán de sorpresa dibujado en un rostro. Rechazó de nuevo mi oferta, con la excusa de que escribía en el ordenador. Intenté sembrarle una duda: "¿Acaso existe un buen escritor que no guarde como un tesoro al menos una pluma estilográfica?". Con pertinaz desdén insistió en que no le interesaba comprar nada, que él sólo escribía relatos cortos sin importancia. Engatusarlo me estaba resultando de lo más complicado: comenzaba a perder la paciencia. Así que de una vez empujé la puerta contra él, y cuando lo tuve acorralado contra el suelo, le puse la estilográfica a la altura del plexo solar. Lo amenacé: "Mira, imbécil, ¿no eres tú uno de esos escritores apasionados de los crímenes y las historias policíacas?". Atemorizado, me perjuró que él sólo escribía cuentos que nada tenían que ver con el género negro. Le ordené que, despacio, se pusiera en pie, cerrase la puerta de casa, y me mostrase alguna de sus historias. Casualmente, descubrí en la pantalla de su ordenador la última que estaba escribiendo. Le obligué a leérmela en alto. Escuché de nuevo la voz quebrada y torpe de otro escritor, más propia de un niño aprendiendo las primeras letras. Pobre desgraciado: su escrito era tan negro como certera su intuición. Le anuncié cómo lo íbamos a concluir: "Con esta pluma, tú y yo vamos a escribir ese último párrafo magistral que ya adivinabas". Sólo entonces me decidí a hundirle la estilográfica en su pecho blando, una y otra vez, con rabia, hasta que por fin dejó de rebelarse contra mi incomparable oferta. Luego, recargué la estilográfica con su propia sangre, y transcribí en mi bloc de notas, palabra por palabra, coma por coma, punto por punto, el párrafo último con los pormenores de su postrera historia. Arranqué la hoja de la espiral del bloc. Dejé la nota encima de su cuerpo yacente y aún cálido, sobre una isla minúscula de su camiseta, a resguardo del charco de sangre. Por mi parte, no quedé del todo satisfecho, pues prefiero los finales menos recargados. Así que tomé la estilográfica y me marché decepcionado, en busca de algún otro escritor que pudiera proporcionarme ese final, simple y redondo, que desde hace tiempo vengo buscando con minuciosa obsesión...

25 de septiembre de 2016

Un escarbador optimista

Rebuscador de basura sobre un camión, en Filipinas
Fotografía por Adam Cohn.
Me gusta rebuscar en el alma de la gente, como en un contenedor de basura. Los intereses propios se asemejan a las mondas de naranja y las raspas de pescado. A veces puedes encontrar algo valioso entre tanto desperdicio. Es por eso que me digo que soy optimista, porque, a pesar del hedor y las moscas, nunca dejo de escarbar. Y la verdad es que siempre termino dando con algo que alimenta mi espíritu. Por el momento, voy saliendo adelante, con esta forma de buscarme la vida...

El valor de ser tú mismo

Adolf Hitler durante una entrevista de trabajo
Adolf Hitler durante una entrevista de trabajo.
Infinidad de expertos enarbolan sus recetarios para enfrentarse a una entrevista de trabajo sin cuestionarse su eficacia, como si la mera repetición de las fórmulas de siempre las convirtiera en axiomas. Pero el hecho innegable es que, cuando participamos en un proceso de selección, lo más importante reside en nuestro elemento diferencial respecto al resto de candidatos. Es decir, el valor de nosotros mismos. En mi opinión, las viejas fórmulas repetitivas quedaron caducas hace tiempo.

Pero sigue siendo incuestionable que jamás se ha de mentir en una entrevista de trabajo. Las empresas, sobre todo, detestan la mentira, porque enrarece la atmósfera de confianza, que es uno de los pilares fundamentales en que se basa cualquier relación laboral. Por el contrario, la sinceridad está muy bien valorada. Sé tú mismo en todo momento: recuerda que la autenticidad es tu elemento diferencial.

Solemos cometer el primer error ya durante la confección del currículum. Ponemos, por ejemplo, una foto idealizada de cuando éramos jóvenes y pasables, que no nos representa en absoluto en la actualidad. A las primeras de cambio, en cuanto el entrevistador compara esa foto con el original, echamos por tierra todas sus expectativas.

En el currículum tendemos también a engordar nuestros conocimientos y experiencia. Todo lo contrario: por favor, abrevia. Piensa un poco y ponte en el lugar de la persona que evalúa toda esa montaña de currículums que se amontonan sobre su mesa. Lo más probable es que esté archiaburrida de leer a tanto candidato presuntuoso, pavoneándose de lo listo que es. Si tu currículum le hace pasar un buen rato te lo recompensará. ¿Has visto alguna vez uno de esos vídeos, breves y entretenidos, con que presentan a los concursantes de los realitys de televisión? ¿A que los concursantes nunca dicen que saben Word, ni Excell 2.0, ni nada parecido? Más bien declaman frases como "Soy un buen amigo de mis amigos" o "Al principio soy un poco borde pero cuando me abro soy una persona de puta madre".  O ésta otra, tal vez la mejor de todas, de "Lo siento si te jode, pero yo siempre digo lo que pienso, porque soy muy sincero". Aprovecha el par de páginas de tu currículum para transmitir la mejor imagen que tengas de ti. Ya hablarás de tu perfil técnico en la entrevista. Más que dar tanto detalle acerca de lo que sabes hacer, cuenta mejor una breve historia sobre ti. Te recomiendo que sea divertida: alguna anécdota que te pasó cuando estuviste en la cárcel, o sobre el lugar en que hiciste el amor por primera vez. Los asuntos turbios, el sexo lúbrico y las comedias románticas siempre funcionan. Te voy a dar un consejo: crea cierto suspense en la trama, sin llegar a dar todos los detalles de la historia. Por ejemplo, si alguna vez atracaste un furgón policial, nunca desveles en el currículum dónde escondiste el dinero. Así, el entrevistador, ansioso por conocer todos los detalles, te llamará para una entrevista.

Otro de los errores típicos que solemos perpetrar es querer aparentar lo que no somos. Nos disfrazamos para la entrevista con un bonito traje o vestido, ése que sólo nos ponemos en la fiesta de Nochevieja, para engatusar a algún pretendiente borracho. Nos tuneamos igual que hace un poligonero con su coche, porque queremos causar sensación y ocultar nuestra mediocridad. O lo que es lo mismo, transmitir la imagen de lo que no somos. Salvo que seamos la típica persona que va emperifollada a todas partes, en cuanto a la ropa, uno debe relajarse. Si acostumbras a estar en chándal todo el día, o en pijama o en chancletas, relájate. No se va a colapsar el mundo por que vayas vestido de sport o a tu aire. Si no usas perfume a diario, tampoco trates de impregnar el ambiente con fragancias montaraces que nada tienen que ver con tu esencia. De lo contario, darás pie a que te tomen por una buscona, o, en el peor de los casos, por el comercial de una funeraria. No trates de enmascarar tu propio olor corporal. Recuerda: sé tú mismo. Aun en cuestión de olores las empresas valoran, ante todo, la sincerad. Por supuesto que tampoco va a pasar nada si te tomas una ducha antes de ir a la entrevista: a fin de cuentas, casi todos nos bañamos alguna vez por semana.

Si no estás acostumbrado a hablar de usted, tutea al entrevistador. De lo contrario, resultarás poco natural. Siéntate relajado ante él, como si estuvieras en el sofá de tu casa, y cuéntale un chascarrillo de los tuyos, para romper el hielo. También puedes hablar del tiempo, o de la última cagada que hizo el presidente el Gobierno. Háblale de política: es buena para compadrear, pues en ese terreno todo el mundo tiene alguna opinión. Es importante que dirijas tú la conversación, en vez de esperar como un pánfilo las preguntas del entrevistador. Las empresas adoran a la gente con iniciativa.

Cuando estés seguro de haber distendido el ambiente, ve directamente al grano: pregunta cuánto vas a cobrar. A fin de cuentas, trabajas por dinero. Las empresas lo saben, por lo que no debes avergonzarte. Para ellas también es fundamental el aspecto económico; de hecho, intentarán pagarte lo menos posible. Es importante que lleguéis a un acuerdo cuanto antes. De lo contrario habréis desperdiciado el tiempo, tú y el entrevistador. Quizá seas una de esas personas ociosas a las que malgastar el tiempo le trae sin cuidado, pero piensa que las empresas detestan perderlo. El tiempo es oro para ellas. No olvides preguntar también si te darán algún otro tipo de bonificaciones, como cheques comedor, abono trasporte, cesta de Navidad... y de concretar tus días de vacaciones. Créeme: aborda cuanto antes todos esos temas. El entrevistador te lo agradecerá, y será un punto a tu favor. Si no estás conforme con lo que te quieren pagar te regresas por donde has venido y santas pascuas.

Si estás de acuerdo con la cifra, podría ser un buen momento para hacer alguna observación acerca de la bonita corbata del entrevistador, o de su horrible peinado, o de ése forúnculo mal disimulado de su nariz, que tanto te perturba. Tal vez el entrevistador te recuerde a alguien: pregúntale si es pariente suyo, esa clase de observaciones resultan muy entrañables -a menos que sea clavado al asesino de la baraja, claro-. Imagina que te está entrevistando una mujer de pechos prominentes, es un suponer. Podrías preguntarle si son naturales. Eso siempre funciona. Sean auténticos o implantados, la mujer se sentirá halagada con tu comentario. Si son de silicona, piensa en todo el dinero y la molestia que se habrá tomado para aumentar la talla del sujetador, como para que luego nadie se lo tenga en cuenta. Le caerás bien, porque sus encantos no te han pasado desapercibidos. Además, comprobará que no se te escapa ni una. Las empresas prefieren a la gente espabilada y observadora. Si eres mujer, o no, y sientes envidia de sus pechos, reconvierte tu sinsabor en algo positivo. Pregúntale dónde se los ha implantado, y cuánto le ha costado la intervención. Pídele que te permita tocárselos, que deseas tener unos iguales, coméntale que le quedan estupendos. Y si le quedan fatal díselo también, pues te tomará por una amiga verdadera. Está comprobado que la mayor parte de la gente encuentra trabajo por recomendación de amigos o conocidos.

Tampoco omitas comentarios del tipo "Me da a mí que eres un poco machista" o "Con esa falda pareces un putón verbenero". Las palabras sinceras, dichas desde el respeto, jamás pecan de indiscreción. Si el entrevistador es el propio jefe, o jefa, estarás de suerte, pues quedará encantado con tu sinceridad. Los jefes no soportan a los empleados pelotas y aduladores, que les dan la razón en toda circunstancia. Con tu franqueza te lo habrás metido en el bolsillo, porque le habrás dejado claro que eres una persona sin dobleces, en quien puede confiar.

A esas alturas de la entrevista ya habrás conseguido un clima favorecedor. Ha llegado el momento de saber en qué consiste el trabajo. Éste es el tema en que estarás más expuesto. Puede que el entrevistador te interrogue sobre si te ves capacitado para hacer esto o aquello. Recuerda: nunca mientas. No hay nada peor que decir un sí cuando luego no vas a saber hacer la tarea. Entonces tu nuevo empleo tal vez te dure una sola mañana. Más patética será una respuesta del tipo "Yo creo que sí sabré hacerlo". Pero por favor, si la inseguridad te está desmintiendo... Si no sabes hacer algo, simplemente di: "No tengo ni puta idea". Revalorizarte de inmediato es cosa simple, comparándote con Hitler: "Pero me siento preparado, como Hitler, que era un mediocre y mira a dónde llegó. Porque era un líder". Aunque tú odies a Hitler, o a Stalin, las empresas aman a los líderes. Tal vez no tengas madera de líder. Pero no estás mintiendo, porque tú no has dicho en ningún momento que seas un gurú espiritual, ni un filonazi. Simplemente, por asociación inconsciente, el entrevistador verá en ti a esa persona segura y positiva que anda buscando. Además, quién sabe si con el tiempo podrás llegar a ser uno de esos hombres hechos a sí mismos que, partiendo desde abajo, acaban manejando los hilos de su empresa... O del mismísimo planeta.

Ya es hora de que vayas preparando la despedida. Piensa en algo que realmente tengas que hacer: poner la lavadora, rellenar la quiniela, ir a comer a casa de tu suegra. Cualquier asunto que tengas pendiente te servirá de excusa para hacer mutis por el foro. Pero antes debes acordar, con el entrevistador, el día y hora a la que te va a llamar para comunicarte si estás seleccionado, o no, para el puesto de trabajo. Adviértele bien clarito que tienes cosas que hacer, y no tienes la menor intención de estar todo el tiempo pendiente del teléfono. A las empresas les gusta la gente ocupada y con ambiciones. Si por el contrario eres una de esas personas relajadas, considera que si te quedas a merced de los antojos del entrevistador podría llamarte, por ejemplo, a la hora de la siesta. Y no hay nada peor que responder al teléfono medio dormido, pues, además de que te sale una voz así como de ultratumba, uno no se entera de nada.

En resumen: debemos ser creativos y cuestionar los métodos arcaicos de enfrentarse a una entrevista de trabajo. Aunque la sinceridad sigue siendo un valor vigente e importante. Por eso, jamás de los jamases mientas, y procura ser tú mismo en todo momento.

Ten por seguro que si sigues mis recomendaciones conseguirás diferenciarte del resto de candidatos. Espero que estas claves que he querido compartir contigo te sirvan para encontrar trabajo. Uno de esos trabajos para gente como tú...

9 de septiembre de 2016

Borboteos otoñales

Hombre maduro caminando en pos de una mujer joven
Fotografía por Astrid Westvang
A Domingo, a quien los años se le estaban yendo de largo sin percatarse de cuán rápido habían volado, le dominaba el ímpetu otoñal de los que intuyen el declinar de su lozanía, una fuerza reverdecida que lo conducía, por los senderos del amor, con la misma imprudencia de un recién destetado de la infancia, y, aunque aquella fogosidad suya era del todo desaconsejable, para sus venas atascadas por el colesterol, tan desvalido e inerme se encontraba, frente al borboteo que le provocaba el ver pasar a tanta linda mujer de cerca pero sin poder catarla, que un día creyó atisbar la solución a la enfermedad crónica de su desamparo, y el remedio consistió en acudir a una agencia de emparejamientos especializada en casos de difícil solución como el de él; pero a las primeras de cambio se contrarió, porque la señorita que allí lo estuvo atendiendo, eso sí, con muy amables formas, le presentó a una candidata que no le pareció ni medio bien, pues, con todos los respetos, no es que tuviera nada Domingo en contra de las frutas maduras, pero aquella dama que en bandeja le sirvieron empezaba a estar ya un tanto pasada, aunque, eso sí, no más que él, y, ante esta queja tan desproporcionada, la que amablemente lo estaba atendiendo le dijo que, "a ver, qué espera, si la pretendienta que le pongo a tino pertenece a su mismo rango de edad y condición social, ni más ni menos", pero Domingo no quedó conforme y expuso sus argumentos, y resueltamente y sin ambages preguntó si no tendrían alguna otra candidata de mejor ver, en definitiva, y por no dar más rodeos, "una más joven, así como usted", le dijo a la señorita, y como quien no quiere la cosa aún tuvo el atrevimiento de preguntarle si estaba casada, a lo que la señorita de la agencia respondió, con la impavidez propia de su puesto y experiencia, que no era casada pero que tenía un novio joven, fornido y celoso, pero total que, además, y en resumidas cuentas, tanta curiosidad no venía al caso pues ella no formaba parte del muestrario de la agencia, y como entonces Domingo se empeñó en que le devolvieran el dinero que había adelantado por las gestiones casamenteras, la señorita le dijo que el dinero no se lo podía devolver, pero que le dejase un momento de introspección para pensar en algún apaño, y el remedio le cayó en las mientes como una revelación llovida de los cielos, de súbito, y éste consistió en que podría intentar buscarle candidatas más jóvenes si así lo deseaba, pero la dificultad de la misión exigiría una triple tarifa, y como adivinó a Domingo desconfiado y dudando si le convenía abonar el importe otra vez por adelantado, la señorita lo tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que ya pagaría la cuenta cuando echase un ojo a las fotos de la candidatas, y sólo si es que alguna de las que iba a buscarle llegaba a ser de su agrado, así que Domingo quedó tranquilo y pasó luego toda una semana de inquietud a la espera, borboteándole como siempre la impaciencia por las arterias, mientras le llegaba el momento de conocer a aquellas jovencitas que le habían prometido, a ver si al menos una lo restituía de los sinsabores de su deambular estéril por los territorios inhóspitos del amor, hasta que por fin llegó el día en que le presentaron no a una candidata, sino a cien, con lo que Domingo no tuvo más que escoger, y ahí anduvo un buen rato entretenido, hasta que eligió, por foto, a una joven delgadita pero pechugona, como a él le gustaban, y cuando la telefonearon allí mismo y en el preciso instante la chica accedió a acudir a la agencia a no más tardar, tan solícita que Domingo no se lo podía creer, y cruzó los dedos por que se pareciera a la de la foto al menos en una cuarta parte, y cuando la vio entrar por la puerta no sólo se parecía como una gota de agua a otra, sino que la percibió como más acabada, con más accesorios y complementos, y puso Domingo una cara de estúpido como la de los enamorados, y le entraron unos pálpitos y borboteos tales que no colapsaron sus disminuidas arterias por puro milagro, de momento aguantaron, y cuando le preguntó el nombre a la chica ésta le respondió que se llamaba Tatiana, exactamente y ni más ni menos como había leído en su ficha, y cuando le propuso ir a comer un menú del día a un bar económico que él conocía, Casa Paco, Tatiana dijo que sí sin dudar, y aunque durante la comida la chica le pareció algo sosa, por lo monosilábico de su conversación, que incluso estuvo todo el rato entontecida con la pantalla de su móvil, como sin escucharlo, a Domingo no obstante le cayó simpática y aseada, y pensó que por fuerza también él debía haberle gustado a ella, porque cuando le propuso ir a su casa para tomar un copazo, y lo que surgiera, Tatiana accedió encantada sin oponer resistencia, y lo que terminó surgiendo después del güisqui seco, que tomó él, y del cubata que se ventiló ella, fue un amor carnal y desenfrenado muy parecido al que había venido soñando Domingo desde aquellos tiempos del destete, pero el romance fue una lástima por lo vertiginoso, ya que Tatiana, nada más consumar el amor, puso la excusa de que se tenía que marchar, y por más que Domingo le insistió que se quedase a echar la siesta la joven no quiso, declinó seguir compartiendo su tálamo íntimo, piel con piel, sueño con sueño, por lo que pensó Domingo que tal vez le había fallado en algo, mas Tatiana se despidió cariñosamente con un hasta más ver, y cuando la llamó al día siguiente, nada más amanecer, ella le dijo que lo sentía mucho en el alma pero que se lo había pensado mejor y que no estaba preparada para tanto amor desaforado, ni, en definitiva, enamorada de él, y ni siquiera con ganas de quedar como simples amigos para ir a los toros o a ver una película de cine francés, con lo que el pobre Domingo vio que su primer amor le duró menos que poco, y le costó sobreponerse al fracaso y ahí anduvo el hombre más de un mes, o más bien desanduvo el tiempo, dándole vueltas y revueltas a su desamparo, mientras lo aplastaba el peso de cada segundo, hasta que cayó en la cuenta de que para aliviar su desdicha bastaba con pasarse por la agencia de emparejamientos, a ver si la señorita que allí atendía le ofrecía alguna otra solución, y la señorita lo primero de todo le dio el pésame, y de ipso facto le ofreció a otras candidatas, todas jóvenes como a él le gustaban, las otras noventa y nueve que habían quedado en espera, descartadas por Domingo cuando terminó escogiendo a Tatiana; pero claro, por descontado que para elegir a una de estas noventa y nueve había que pagar otra vez la triple tarifa, así que no le cupo más remedio a Domingo que rascarse de nuevo el bolsillo, pero no sólo una vez, sino tantas que temió que con tanto gasto acabaría echando mano del plan de pensiones que tenía en depósito para cuando le llegara la edad de jubilación, y eso porque cada una de las noventa y nueve señoritas fueron pasando de largo, por su lecho, sin que floreciera la suerte de agradar por completo a ninguna de ellas, todas tan jóvenes, sí, y tan bellas, pero que no supieron o no quisieron corresponderle más allá de una sola noche desfogada, y que tampoco le proporcionaron el amor eterno que tanto anhelaba, aunque al menos cuando la lista de candidatas se agotó reapareció Tatiana, pues por lo visto accedía a verlo de nuevo y a concederle una segunda oportunidad. Tras pagar en la agencia matrimonial la correspondiente tarifa tripe, allá quedó Domingo con ella, en Casa Paco, esperanzado como siempre y con el amor borboteándole por esas venas enquistadas de colesterol...

20 de agosto de 2016

Zarandeado

lanzadora de martillo
Foto por Don Voaklander
Por entonces mi padre me advirtió que aquella chica no me convenía. "Ese trabajo que tiene es flor de un día", fueron sus palabras. Las recuerdo como si las hubiese pronunciado ayer mismo.

Mi padre se había ganado la vida vendiendo enciclopedias. La llegada de los ordenadores personales, y poco más tarde de Internet, le supuso la jubilación anticipada. Con la Wikipedia circulando libremente por la red de redes, es normal que nadie quisiera comprar ya 10 voluminosos tomos que, de paso, le iban a ocupar un montón de espacio en cualquier estantería. Supongo que, tras su forzosa jubilación, mi padre vio claro que hay que buscarse un trabajo que sirva para toda la vida. Y la misma fórmula empezó a aplicarla a cualquier asunto práctico. Por eso intentó persuadirme, para que me buscase otra novia que tuviese una mejor ocupación. Como si el hecho de encontrar una novia fuera una tarea sencilla.

Aunque a veces las novias te llegan así, como si nada... Yo, estuve casado una vez. Pero enviudé bien pronto y, desde entonces, la soledad fue mi compañera más fiel y habitual.

Clarita y yo habíamos sido novios desde muy jóvenes. De hecho, yo era el único novio que ella había tenido. También ella fue mi primera novia, la única hasta el día de nuestra boda. Yo tenía 20 años, y ella acababa de alcanzar la mayoría de edad. Se puede decir que fuimos felices mientras permaneció a mi lado: apenas dos años de matrimonio, antes de que una simple gripe me la arrebatara. Clarita era enfermiza y de constitución delgada. Desde pequeña, sufría episodios de anemia casi crónicos. Cuando aquel catarro se le complicó, me temí lo peor. Mis temores no tardaron en confirmarse. Clarita me dejó solo en este mundo. Aunque no tan solo pues, aunque nuestro matrimonio fue breve, nos dio tiempo a concebir un niño, al que llamamos Chicho.

Durante el primer año de viudez no se me pasó por la cabeza encontrarle una mamá sustituta a Chicho. Me las apañaba solo más o menos bien, gracias a la ayuda de mis suegros. Y a la de mi padre, por supuesto. Como jubilado, mi padre disponía de todo el tiempo del mundo para dedicar a su nieto. En realidad, sólo podía echar mano de él durante las mañanas, ya que por las tardes el hombre andaba demasiado entretenido. Había cogido el vicio de no perderse un baile, además del gusto por otras aficiones y quehaceres típicos de jubilados. "Chico, deberías ir también a bailar, como hago yo ", me dijo. "De paso, igual te echas una nueva novia. A mí, candidatas no me faltan. El menor día os sorprendo, y aparezco con una abuelita para mi nieto".

La verdad es que mi padre tenía parte de razón: Chicho necesitaba, más que una abuelita, una mamá. Pero yo nunca he sido muy de bailar. Más bien, todo lo contrario: me siento ridículo convulsionando mi cuerpo al ritmo de la música. Si alguna afición me ha acompañado siempre ha sido la de hacer deporte. Correr, nadar, montar en bicicleta... Por eso entonces sopesé si apuntarme a un club de atletismo. Pensé que, tal vez ahí, podría conocer a alguna buena mamá para mi Chicho, atlética y saludable, que nos durase un poco más que Clarita.

Dicho y hecho. En mis ratos libres, después del trabajo, me dediqué al mediofondo. Aún era joven y estaba a tiempo de practicar el atletismo de competición. Aunque sinceramente, a diferencia de los otros atletas, yo, el deporte, me lo tomaba como un mero pasatiempo. Rodaba por la pista más atento a las evoluciones de las compañeras que al cronómetro. Me gustaba charlar con ellas, contemplar sus cuerpos bien conformados, ensalzar sus marcas para cortejarlas. Sería por eso por lo que por fin, un día, conseguí mi mejor marca personal: logré una cita, para después del entrenamiento, con una de aquellas atletas. Se llamaba Carmenchu, y era lanzadora de martillo.

A diferencia de Clarita, Carmenchu era de constitución fuerte y saludable. Precisamente eso fue lo que más me sedujo de ella: la seguridad que me ofrecía su espalda ancha, sus manos amplias y nervudas, el ardor de sentirme estrujado entre sus muslos prietos. Tenía un cuerpo formidable... Tanto, que había logrado muy buenas marcas en su especialidad. Incluso estaba preparándose para las olimpiadas, con la ayuda de una beca que le había concedido el Estado, para que se dedicara a la tarea en cuerpo y alma. De eso vivía, ésa era su ocupación. Pero para mi padre, como dije al principio, aquel trabajo de mi nueva novia tenía fecha de caducidad, como el suyo con las enciclopedias. Pues la vida deportiva de una lanzadora de martillo es tan fugaz como la de una amapola arrancada de su mata...

Pero yo, que siempre fui algo díscolo, desoí las advertencias de mi padre... Sólo deseaba ser arrastrado por el ímpetu amoroso de Carmenchu, sentirme zarandeado como uno de sus martillos... Para mi desgracia, nuestra pasión apenas duró unos cuantos meses, mientras estuve lo suficientemente callado como para ocultarle mi paternidad. Qué podía hacer, para esconder mi secreto, si soy más de hablar que de guardar silencio... El día en que le confesé que era viudo y padre de un niño, me arrojó lejos de sí con fuerza destemplada. Para aquella lanzadora de martillo, capaz de alzarme con uno sólo de sus brazos, el conocimiento de la existencia de Chicho debió suponer demasiado peso...

Por un tiempo me vi condenado a seguir dando vueltas en torno a Carmenchu, corriendo sobre el tartán de la pista de atletismo, mientras ella levantaba pesas y arrojaba su martillo. No pudiendo soportar más aquella situación, y por no verla, me alejé de una vez de la pista y del medio fondo. Decidí dedicarme a las carreras a campo a través. Aunque se ampliaron mis horizontes, me costó poner empeño en enamorarme otra vez, pues las escuálidas corredoras de fondo me recordaban demasiado a la debilidad de Clarita. Mi padre volvió a insistirme, que me dejase de carreras de fondo y me concentrase en aprender a bailar. Según él, en el baile se mueven más músculos que en el deporte, y se alcanzan más posibilidades de encontrar una novia con un oficio de largo recorrido...

Los años fueron pasando. Como atleta, y sin pretenderlo, mejoré mis marcas personales. Sin embargo, aunque me esforcé en cierta medida, no logré encontrar una novia que aceptara ser también la mamá de Chicho. Más difícil veo hallarla ahora, cuando Chicho es todo un adolescente que pasa el día jugando al baloncesto y cazando pokémons. Mi padre -no sé cómo aún le acompañan las fuerzas- sigue arrastrándose por las pistas de baile, conquistando corazones de jubiladas al filo del más allá. Sus pronósticos eran ciertos: los atletas, como los yogures, tenemos fecha de caducidad. Yo mismo he tenido que dejar de correr, pues tanto deporte terminó desmigándome las rodillas.

Mi única relación última con el deporte se reduce a mirarlo por televisión. Pero para ser sincero, no me resigno a ver a los atletas pasar desde el sofá. Ahora que están echando por la tele las olimpiadas, me cuesta afrontar la melancolía. Pues al contemplar a las lanzadoras de martillo, me es imposible evitar el recuerdo, breve y nostálgico, de los zarandeos impetuosos de Carmenchu...

Dedicado a Lydia Valentín,
mujer tan hermosa como formidable,
y mi musa en este relato.

14 de julio de 2016

Nada más que materia

Balón varado
Foto por Fraufrida
Desconfié de los que me entregaron una respuesta,
tanto como de los que la negaron con suficiencia.
*****

Y la materia, que tan solo era eso, materia y nada más que materia, se reorganizó de tal modo que, por arte de birlibirloque, terminó por conformar un partido de fútbol. Once contra once entidades agrupadas en dos conjuntos, empeñadas en que un esférico de cuero -simple materia también-, alcanzase los confines del territorio contrario. Cada entidad se regocijaba si su conjunto lograba su estúpido fin, dado lo excepcional del acontecimiento.

Las entidades acudían al encuentro del esférico, predestinadas por una voluntad tan incognoscible como tenaz. Allí no había espíritu extracorpóreo ni más psique que la mera energía cinética, empujando a la materia, sin remedio, hacia adelante. Cayeron lágrimas ajenas arrastradas por la energía potencial, cuando, poco a poco, y una a una, fueron desmoronándose las entidades sobre el terreno de juego, descoyuntadas tras los variopintos choques frontales de sus materias. La materia de sus cuerpos, inútiles ahora, no tardó en recombinarse con la anodina materia del territorio de juego, regada por una lluvia de lágrimas.

El esférico de cuero quedó varado, sin ocupación... Un día, ahíto de hastío, expiró. El aire se le fue en un suspiro, pura materia gaseosa escapando del interior de la sólida materia que lo aprisionaba. El universo, como si nada le importara y nada hubiera acontecido, prosiguió con su inextricable devenir...

30 de junio de 2016

Tonino o el minino

Gorila contemplando un gatito
¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas 
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? 
Poesía... eres tú.

Gustavo Adolfo Bécker


*****

Los años iban pasando igual que pasaban de largo los hombres por mi calle. Yo los acechaba desde el balcón de mi piso en Lavapiés, mal disimulada entre la floresta de geranios, fucsias y plantas varias que me regaló mi madre. A través de la baranda, mi ánimo se desparramaba como una gitanilla desenraizada, colgando en picado hacia el hormigón hidráulico que conforma las aceras. Por primavera las flores acudían a mi balcón, sólo para regodearse de la yerma condición de mi vida sentimental.

Hasta que un día, hastiada de mis propias manías de solitaria y de la ausencia de caricias, decidí adoptar un gato. Me acerqué hasta una protectora de animales en la que, sin hacer demasiadas preguntas, me entregaron a uno de sus inquilinos recién llegados. Sólo tuve que firmar un documento en el que me comprometía a cuidar por siempre del animal. Cuando aquellas pupilas azules se clavaron en mí, fue amor a primera vista lo que sentí. Y desde entonces, hasta ahora...

-¿Cómo te voy a llamar? -le pregunté al gato-. ¡Melquiades! ¡Eso es!

Siempre me había parecido que Melquiades era un nombre apropiado para un gato. Tal vez un poco largo, pero soy de esas personas que caminan por la vida sin prisa, y los atajos me traen sin cuidado.

Como cualquier minino, Melquiades era un tanto rebelde. Sobre todo al principio... Traté de corregirle algunas de sus manías, como aquel vicio tan feo de arañar el parqué. Aunque yo le reprendía blandito, él solía bufarme: no aceptaba que me entrometiera en su manera de ser. En otras ocasiones le daba por maullar como un enloquecido, atormentado por el rastro provocativo de las gatas en celo del vecindario. Yo entendía bien su necesidad de encontrar pareja... Pero aquellos maullidos se me hacían insoportables, especialmente cuando, en su frenético desamparo, me desvelaba por las noches. Para colmo se hacía pipí por cada rincón de la casa, y le daba por frotarse los genitales con cualquier objeto y contra mí.

Así que, siguiendo la recomendación de mi madre, decidí cortar por lo sano. Acompañé a Melquiades al veterinario por primera vez, para que le quitara de raíz esas ansias sentimentales que tanto enturbiaban nuestra convivencia. Fue una intervención rápida y sencilla. Después, el veterinario me recomendó un pienso especial para gatos esterilizados.

Melquiades se calmó, y yo con él. Se abandonaba por horas a mis caricias, y se dejaba apachurrar como un peluche manso y tierno. Nuestra relación reverdeció con el ímpetu de las flores en primavera. Por contra, las gitanillas y fucsias debieron sentir celos del gato, pues como ya apenas me apetecía salir al balcón, sin mis cuidados, quedaron a su suerte...

Mi madre seguía haciéndonos alguna visita de vez en cuando. No acababa de llevarse bien con Melquiades. Le reprochaba cierto desaliño respecto a mi aspecto, y el hecho de que yo hubiera descuidado a los geranios hiedra, cuyos tallos caían ahora por la baranda del balcón sin gracia alguna. En lo uno y en lo otro mi madre tenía razón. Nos habíamos despreocupado tanto por nuestra apariencia, que Melquiades y yo empezábamos a acumular unos cuantos kilos de más.

El veterinario volvió a insistirme en el pienso especial para gatos esterilizados. Por mi parte, acudí a la biblioteca municipal a la caza de una quimera, la de hallar, en un libro, alguna dieta milagrosa que no implicase grandes sacrificios. Hojeaba un tomo de considerable dimensión, cuando percibí una mirada acechándome, mal disimuladamente, tras la hilera de libros que reposaban en un estante. Sorprendí, por segunda vez en mi vida, a un juego de pupilas azules clavadas en mí. Y otra vez me enamoré de ellas a primera vista. Esta vez, el propietario de la la mirada cautivadora era un hombretón maduro y algo rellenito, de aspecto intelectual y reposado.

-¿Qué andas buscando? -me preguntó con voz susurrada y hueca.

-Nada en concreto -me dio vergüenza confesarle que buscaba información para adelgazar.

-¡Ah, algo sobre nutrición! -me sorprendió él, al advertir el tomo que traía en la mano-. Yo ya he pasado por miles de dietas sin éxito. Ya me ves.

Salimos a la calle, para no empañar el silencio de la biblioteca. Me dijo que se llamaba Tonino. Poco tardamos en intercambiar nuestros números de móvil. El tema de la dieta fue la excusa perfecta para concertar una cena, aquella misma semana, en un restaurante vegetariano.

Los minutos se nos hicieron tan frugales como la propia comida que allí nos sirvieron. Tras abandonar el restaurante, Tonino se lamentó, por no poderme ofrecer su casa para seguir conversando: aún vivía con sus padres. Tuve el atrevimiento de decirle que viniera a la mía:

-Mi madre me visita cuando le viene en gana, pero jamás a estas horas de la noche.

Nada más entrar en casa, advertí a Tonino que se quitara los zapatos, no me fuera a ensuciar el parqué. Melquiades nos recibió con curiosidad.

-Miaaau.

-¡Vaya! ¿Tienes un gato?

Alcé al gato entre mis manos para hacer las presentaciones:

-Éste es Tonino. Tonino, te presento a Melquiades.

-Vaya, tengo alergia al pelo de gato.

Nerviosa, y sin más preámbulos, conduje a Tonino hasta el dormitorio. Cerré la puerta para que no pasara dentro Melquiades.

Desprendí a mi amante del envoltorio de su camisa, ansiosa por descubrir un regalo que ya empezaba a dar por extraviado. Aquel torso desnudo era peludo y suave; el regalo entero, tras desenvolverlo por completo, se me presentó como un peluche enorme de tómbola. Me sentí afortunada, pues por fin, aquella noche, me había tocado el primer premio en la verbena.

Desde detrás de la puerta Melquiades no dejó de maullar, mientras consumábamos un amor de principiantes, entre estornudos de Tonino. Yo maullé y maullé desde la cima de mi gran peluche de feria. Cuando terminamos de gozar lo encontré exhausto y falto de aire, con los ojos húmedos e hinchados, exorbitantes como los de un muñeco.

-¿Qué te pasa Tonino? Estás llorando.

-Es la alergia. Ya te dije; me estoy poniendo malísimo.

Tonino fue al baño a refrescarse la cara; Melquiades aprovechó la puerta abierta para entrar en el dormitorio. Clavó fijamente sus pupilas azules en mí, como si fuera a reprocharme algo. Pero sólo dijo "miaaau". Lo alcé sobre la cama y fui en busca de mi hombretón. Estaba orinando.

-¿Qué tal estás?

-Vamos a tener que ir a urgencias, a que me enchufen algo, porque me estoy poniendo fatal.

-Ten más cuidado al hacer pis.

-¿Qué?

-No, nada.

Tonino tenía mala puntería y me estaba poniendo el baño perdido. Muy mala puntería. Y ni siquiera había subido la tapa del inodoro.

Nos vestimos precipitadamente y cogimos un taxi hacia el hospital. Esbozamos a la enfermera de urgencias la situación general de los acontecimientos últimos. En seguida atendieron a mi peluche, y le pusieron un inyectable en vena. Mientras el Urbason le hacía efecto, apoyado en mi costado, pasé mis dedos regordetes entre su cabello, como acostumbro a hacer con Melquiades. Tonino me miró tan lastimeramente... Sus dos pupilas azules clavadas en mí, como queriendo huir de las cárcavas desaforadas de sus ojos. Le devolví una mirada tierna, aunque sin poder quitarme de la cabeza la imagen del charco de orín que acababa de dejarme en el cuarto de baño. Yo sabía cómo cortar por lo sano y terminar con esa manía. Pero Tonino no era un gato. Sólo un enorme peluche de feria de ojos desorbitados...

Desde que nos conocimos, han transcurrido apenas un par de semanas. Estoy hecha un completo lío. No sé qué decisión tomar, ni a quién elegir: si al minino o al peluche, si a Melquiades o a Tonino. Me temo que no podré quedarme con los dos, y que voy a necesitar algo de tiempo para dilucidar la cuestión. Tal vez, mi madre... sí, hablaré con ella. Aunque no se lleva bien con Melquiades, quizá me haga el favor de acogerlo y acepte que le haga compañía. Al menos por una temporada... Hasta que pueda yo conocer a fondo el montón de fastidiosas manías que Tonino parece apuntar, y si seré capaz de acabar con todas ellas...

31 de mayo de 2016

Un lector impávido

Indigente leyendo
Fotografía por Michele Markel Connors
No contribuía a la Seguridad Social, como tampoco le hacía merma. Se arrimaba a un libro manoseado, su mejor amigo, y a la acera por la que merodeaba el sol en la mañana o la tarde. En verano prefería pasar las páginas bajo la sombra que le ofrecían un par de álamos temblones. Sólo envidiaba las conversaciones ajenas; por entretenerse en algo arrimaba la oreja para escuchar qué decía la gente. De vez en cuando la nostalgia lo acechaba; era de nuevo un libro, rescatado de algún contenedor de basura, su mejor compañero contra aquellos recuerdos inservibles.

Cuando la oportunidad vino, un día por accidente, a entrometerse en sus asuntos, sacó su escopeta para atraparla. Pero para entonces, por la falta de costumbre, andaba ya con el tino más que desafinado. No por eso perdió la compostura. Enfundó la ocasión, las ganas de subirse a ese apetecible tren del parloteo que pasaba por su vera. Se recostó en el rincón mugroso de una sucursal bancaria y pasó otra página de su vida, feliz e impávido, como venía haciendo cada minuto de una existencia relajada...

28 de abril de 2016

Un cerdo obstinadamente libre

Cerdo ibérico en dehesa
Fotografía por Chema Concellón
Esteban era un cerdo cien por cien ibérico. Sobre todo se le notaba en los andares, y en su capa retinta, que le hacía sentirse diferente. Campaba a sus anchas bajo el encinar de una dehesa extremeña, sin más preocupación que la de escarbar la tierra en busca de raíces, o la de comer hierbas y bellotas que encontraba en sus paseos ociosos.

Pese a todo Esteban se sentía desdichado. Su vida empezó a carecer de sentido el día en que fue consciente de que su fin estaba marcado en un calendario. Más bien pronto que tarde, el mayoral vendría a buscarlo. Acabarían convirtiéndolo en jamones, y en otros subproductos de una matanza en que sería el protagonista. La aflicción le superó de tal modo, que desde entonces se le quitaron las ganas de vivir.

Porque en el fondo de su ser Esteban era un rebelde. Un ser nacido para ser libre. Le traía sin cuidado el destino que otros hubieran trazado para él. Si había de morir, sería él quien fijase la fecha. Si había de servir de alimento sería sólo a los gusanos...

Una tarde crepuscular de primavera Esteban se arrojó por el despeñadero. En su caída breve, aún le dio tiempo a escuchar el gorjeo suave y chirriante del rabilargo. Tras el golpe nada. Pero un instante antes se supo dueño de sí mismo. Libre para toda la eternidad...

15 de abril de 2016

El espejismo

 Refugiados caminando por la vía del tren tras cruzar la frontera de Serbia a Hungría, con la esperanza de llegar al corredor que, a través de Austria, conduce a Europa occidental
Fotografía por swns.com
Por terreno yermo vagan espíritus anhelantes. Dilapidan lo poco que les queda ya de una vida feliz y despreocupada. Ni puertas a las que implorar caridad encuentran a su paso. Sólo canchales que trastabillan su marcha, y un secarral peremne que agosta toda oportunidad para las lágrimas. Hitos de indolente piedra les disuaden de su empeño, señalándoles el tortuoso sendero hacia los acantilados. Mas ellos se resisten a tirar por los derroteros del suicidio colectivo. Tozudos como la sangre que aún riega sus venas, persisten en la misma dirección. Es la ruta hacia el espejismo que dibujan sus anhelos: el pálpito ingenuo de que, al otro lado de las alambradas, habitan los hombres y mujeres buenos...

31 de marzo de 2016

Retazos de vida

Fotograma de la película Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda
Fotograma de Nuestra hermana pequeña,
de Hirokazu Koreeda
Licor de ciruelas casero, hecho por tu difunta abuela, como metáfora de trascendencia... La misma trascendencia que guarda la receta simple de una tostada con chanquetes, como las que tu padre te ponía cuando eras pequeño...

Si te abandonas al traqueteo en silencio, el tren te trasportará por tus vastos territorios horizontales. Alcanzar la vertical exige un ascenso más fatigoso, por senderos empinados. En la cima, la densa vegetación que te acompañaba te ofrecerá un claro desde el que otear el latente devaneo de tus semejantes...

El aguacero aparece de improviso para empapar tu ropa y embotar tus sentidos. Acrecienta la tibieza posterior de una bañera rebosante en que  gorgotea el silencio...

El sol primaveral se filtra y acaricia tu rostro, entre cerezos en flor que mece la brisa titubeante. El canturreo de las chicharras compone la banda sonora de la canícula veraniega; cuando en la hora de la siesta te murmura el ventilador no puedes evitar cerrar los párpados. En otoño los árboles te pintan un telón de fondo de ocres y verdes, y se van desnudando para poner a tus pies un manto tierno de hojas. Unos jóvenes se encenagan en el barrizal de inverno, sobre un campo de fútbol pelado de hierba. Corretean en pos de un balón, el mismo que persigues tú ahora en tu imaginación. El trote enérgico de los muchachos y el transcurso de las estaciones es el discurrir de tu propia vida...

Lo infinito se manifiesta ante ti en la contemplación del océano. Su monótono vaivén de olas te arrulla y eleva a una dimensión espiritual. Es el mismo espíritu de la brisa que en primavera se demoraba en las copas de los cerezos, y el que permanece en el tarro de cristal del licor de ciruelas que preparó tu abuela. Te invita a reservar un instante para la tradición milenaria de reverenciar a los que ya no están... Y mientras haces un alto en tus quehaceres, algunos de los que te acompañaban ayer mismo se van marchando...

El pediatra del que está enamorado la enfermera da la bienvenida a los que llegan; ella acompaña con cuidados paliativos a los que ya se van. Ambos se persiguen, pero su amor es imposible...

Cuatro jóvenes hermanas te muestran el sendero de la vida: una que recién comienza el paseo, otra que camina alegre y despreocupada, otra que va dando tumbos... y una cuarta, la enfermera, que avanza con aparente paso firme... La madre de las tres mayores viene de vuelta; la madre de la más pequeña vino a torcer el rumbo de todas ellas. Hay también una tía-abuela descreída ante cualquier intento de andar... Y una cocinera dichosa que ya termina de recorrer su senda; todo su afán fue el de amamantar a sus vecinos con caballa frita...

Con estos retazos de vida, Hirokazu Koreeda volvió a tejer una de las suyas, otra más de su filmografía: "Nuestra pequeña hermana". Y yo, también de nuevo, me convidé a embelesarme y a cuestionar mi rumbo creativo...

El océano está ahí delante... Parece que pudieras palpar el horizonte con tus propios dedos, y congelar el instante de tu momento efímero...

27 de marzo de 2016

Somnolencia primaveral

Cerezo en flor
Foto por Kevin Jaako
Estoy perdida en una insondable somnolencia amnésica. No puede ser que esté yo, aquí, en este momento sin nada que hacer, abandonada a dejar correr el tiempo sin más, cuando antes debí ser una persona súper ocupada. Desde que me dio el jamacuco ése en el cerebro –eso dijo el doctor, pero con palabras más complicadas- no recuerdo nada de mi vida anterior…

No hago otra cosa más que tomar el sol en el jardín... Y repasar, hojeando una revista, las fotos de mi pasado, a ver si me viene a la memoria un flashback, o algo que ponga un poco de luz a lo que realmente soy: yo, en la Polinesia, en una playa casi desierta; yo, de compras, por la Quinta Avenida de Nueva York; yo, en la recepción que ofreció el embajador. Yo en San Petersburgo, yo en compañía del Príncipe de Gales, yo empuñando unos esquís en un paisaje nevado… No reconozco ni mi cara… Me pregunto quién tomaría estas fotografías, en las que aparezco siempre sonriendo y rodeada de gente importante, familiares o amigos, o qué sé yo... En mis gafas de esquiadora se intuye el reflejo del fotógrafo, pero no se distingue bien su rostro. Tal vez sea algún amante o novio mío que decidí olvidar para siempre…

Debí tener una vida bastante ajetreada, desde luego… Y pasarlo bien… Pero de qué me sirve todo aquello cuando no recuerdo ni el colegio en que estudié, ni cómo me ganaba la vida, ni tampoco el nombre de la calle en donde vivía… Ni siquiera sé cómo me llamo… Tal vez haya una familia buscándome por algún lugar, a pesar de que el doctor se empeña en asegurarme que nadie me ha reclamado. No me fío de este doctor…

El pasado es lo de menos… Quizá, en un futuro próximo recuerde mi número de cuenta corriente, y entonces ya veremos… Pero ahora me conformo con la compañía efímera de un par de cerezos en flor. Me basta con dejarme acariciar, en este jardín, por el tibio sol de primavera…

16 de marzo de 2016

Europa: distopía canina

Concertina, alambrada
Foto por Ingrid Taylar

No sé yo lo que escribiría si merendase alucinógenos..."
Uno mismo.

***

Para entonces Europa se había convertido, ante todo, en una alambrada impenetrable, en una concertina amable que protegía a sus habitantes de la podredumbre y el hedor que se respiraban del otro lado de la frontera. En el interior de cada hombre y mujer, nación o aldea, se habían levantado también otras barreras, de desconfianza; la púa y el alambre eran dos de los argumentos más habituales.

Sólo corrían libres los razonamientos más chismosos y sin destilar. A golpe de clic de ratón, la propaganda y la opinión eran ejercidas por los propios ciudadanos, en redes sociales que tejía la corporación monopolística Doodle, y que subvencionaba y regulaba, obviamente, la Comisión Europea de Asuntos Sociales.

El entusiasmo de la cuidadanía había logrado grandes hitos, como el de la plena igualdad entre seres humanos y mascotas. Aunque estas últimas no disfrutaban aún del derecho al voto, por razones que no a todo el mundo parecían obvias, sí podían resultar electas y ocupar un escaño dentro del Parlamento Europeo. No pocos movimientos alzaban la voz, en las redes sociales, para que también cualquier animal domesticado pudiera tomar poltrona en la Eurocámara. Pero en las calles, perros y gatos se habían opuesto con fiereza a cualquier ampliación de derechos que favoreciera a otras especies animales. Dentro del privilegiado grupo de las mascotas, sólo las tortugas y los minipig discrepaban con perros y gatos. A las hormigas domésticas parecía que todo les diera igual, pues dentro de sus terrarios se organizaban a su libre albedrío, constituyendo auténticas sociedades paralelas y secretas.

El cargo presidencial era dictatorial y vitalicio, por lo que no daba lugar a ningún tipo de controversia. El presidente, que era ciego, siempre aparecía en las redes sociales, y por televisión, acompañado de su perro lazarillo. Grupos disidentes manifestaban que no era más que un títere en manos de su perro, y que era éste último el artífice real de las decisiones que se tomaban en Europa.

Las cárceles se habían hecho innecesarias, pues desde el hurto más nimio hasta el crimen más atroz recibían idéntica condena: el destierro perpetuo. Mendigos, animales callejeros y disidentes también eran expulsados fuera de las alambradas.

Los zoos también se habían suprimido. Los colegios reemplazaban las visitas a estos recintos por excursiones rumbo a la alambrada de espino, donde los escolares europeos podían observar a los niños del otro lado, quienes a su vez les observaban a ellos con sus ojos lánguidos. Allí malvivían aquellos niños, en el mejor de los casos con sus papás, en unos campamentos misérrismos asentados sobre lodo y bajo lluvia.

Los escolares aprendían lo que les esperaba si, por no acatar las normas, algún día eran conducidos al destierro. De hecho, aprovechando la excursión, los más traviesos eran arrojados al otro lado de la valla por los maestros, escarmiento que servía de ejemplo a los demás y acallaba las preguntas que pudieran surgir. Si aun así, algún alumno osaba alzar la mano para preguntar, bastaba con la respuesta de que aquellos niños de mirada triste eran sarracenos, igual que sus papás. En definitiva, gente traicionera y poco de fiar. Para levantar el ánimo de los escolares, se les permitía, si así nacía de sus tiernos corazoncitos, que echasen pan y cacahuetes a los sarracenos. A la vuelta se lo contaban a sus familias, y esa noche, todos dormían más tranquilos y confiados.

La educación era considerada, más un pasatiempo, que un derecho fundamental. Incluso en círculos reaccionarios de las redes sociales el estudio era señalado como un acto de rebeldía, y el camino seguro hacia la marginación y el destierro. Había quien prefería no escolarizar a sus hijos, y delegaba la tarea en la televisión.

El fútbol sí había logrado encaramarse al podio de los derechos fundamentales. Así se recogía en la Constitución Europea. Había relegado a la religión, que a casi nadie interesaba ya, como demostraba lo despoblado de las iglesias. Por contra, bullían de fieles enfervorecidos los estadios de fútbol, auténticas catedrales de los nuevos tiempos. Las viejas pasaban las cuentas del rosario durante las tandas de penaltis, mientras sus nietos caían mártires por un quítame allá esas pajas contra los devotos del equipo rival. Pese a todas las garantías constitucionales, el fútbol por televisión seguía siendo de pago. Se decía, por lo bajini, que al perro lazarillo del presidente el credo balompédico le traía sin cuidado.

Algo parecido sucedía con el otro derecho fundamental que Europa intentaba permitirse: la sanidad. Aunque en teoría estaba garantizada por la Constitución, en la práctica no alcanzaba para toda mascota o persona. El Parlamento Europeo improvisaba medidas creativas a cada rato, para generar una óptima sensación de bienestar entre los ciudadanos.

Por ejemplo, la propaganda fomentaba la drogadicción de ciertas sustancias, como la marihuana, el alcohol, la televisión y la lotería. Los consumidores debían asumir, bajo contrato, su renuncia a ser atendidos por la sanidad pública si llegaban a padecer cualquier enfermedad, física o mental, provocada por alguna de sus adicciones. Así, la ciudadanía era feliz, y las instituciones sanitarias daban, más o menos, abasto.

Pero ninguna de las ocurrentes soluciones de la Comisión Europea de Salud Pública sirvió de nada contra la nueva peste que vino a pasearse por el Viejo Continente. Fue una pandemia de efectos catastróficos, una enfermedad democrática y mortal, que vino a afectar por igual a perros y seres humanos. Para detener a la peste las alambradas resultaban ineficaces.

Los científicos especularon y lanzaron la hipótesis de que, tal vez, puede que, el cúmulo de excrementos caninos sobre las aceras de las ciudades hubiera sido el caldo de cultivo propiciatorio para que un virus inofensivo, que poco antes afectaba sólo a los perros, mutase en una enfermedad temible. Los síntomas, en humanos, empezaban con la aparición de cierta apatía y la ralentización del entendimiento. Los infectados se volvían indolentes y ensimismados, cada vez más. Hasta que de pronto, un día les entraba una picazón por dentro que les inducía a no poder dejar de rascarse sus partes pudendas. Al final, morían desollados por ellos mismos. Los perros sólo presentaban la sintomatología del ensimismamiento y el picor, y se sacudían las pulgas imaginarias con un fervor que los dejaba exhaustos hasta morir.

Los laboratorios no tardaron demasiado en encontrar una vacuna para la peste, pero la cantidad de antídoto sólo alcanzaba para salvar a la mitad de la población. El Parlamento Europeo decidió, por unanimidad y en reunión urgente, que los candidatos a ser vacunados fueran elegidos mediante sorteo, entrando en el mismo bombo humanos y perros. Las redes sociales hirvieron de comentarios, en pro y a favor de la decisión. Aunque la medida parecía razonable a casi todo el mundo, muchos ciudadanos recelaban de que el sorteo pudiera estar amañado.

El presidente ciego, molesto por la desconfianza ciudadana, echó mano de su calidad plenipotenciaria y revirtió la orden del Parlamento. No fue una decisión a ciegas, sino que dudó un instante: los perros o los humanos, los humanos o los perros. Al final, tomó el camino que más le convenía a los canes... Pues a fin de cuentas, era consciente de que a parte ninguna iría sin su perro lazarillo. Eligió dar la vida por el animal, y entregarse a la muerte como un héroe: ciegamente. En sintonía con su decisión, dio la orden de que el antídoto fuera suministrado solamente a los perros. Las redes sociales comentaron que, una vez más, el perro lazarillo había maniobrado para voltear la moneda a su favor.

La mayor parte de los perros salvaron su vida; de los ciudadanos europeos apenas nadie sobrevivió para comentar, en las redes sociales, el éxito de la campaña de vacunación.

Dejadas a su suerte, las mascotas ni se plantearon la salvaguarda de las fronteras. Los sarracenos más enconados, en advirtiendo las alambradas desprotegidas, las traspasaron por millares de millares. Llevaban consigo una insaciable sed de venganza, y el ánimo de aniquilar a una civilización occidental que, poco antes, les había negado incluso el pan y la sal. Para su desilusión, su orgía de sangre y sexo quedó en nada, pues en Europa ya sólo quedaban cuatro perros y gatos a los que sodomizar.

A partir de entonces, por los tejados de París, los gatos vagabundearon desconcertados. Confundían el maullido de las gatas en celo con el sonsonete del almuecín que, desde el minarete de la gran mezquita de Notre Dame, llamaba a la oración. Más al sur, allá por al-Ándalus, prendida de algún mástil del estadio del Real Madrid, ondeó la bandera de la media luna...

11 de marzo de 2016

No consideraba si estaba harta

Turistas tirando foto a niña y llamas del Perú
Foto por Toni Fish
Medalid no consideraba si estaba harta de hacer el mismo trabajo a todas horas: simplemente lo hacía. En compañía de sus dos llamas, disfrazadas de feria, se pasaba el día plantada en la plaza de Armas, al acecho y caza de esos turistas que, a cambio de una fotografía junto a sus camélidos andinos, aflojaban un par de soles.

Parecía un monumento más de la plaza, a la vera de ese prócer de la patria de aspecto pachón, que había quedado postrado en su caballito de bronce para toda una eternidad. Sólo que Medalid no tenía otra movilidad más que sus piernas ligeras y un par de zapatillas de color rosa chillón, y que a ella las palomas le tenían algo más de respeto: casi daba pena verlo al general, de tan perdido de cagadas corrosivas como lo tenían puesto las palomas, con lo apuesto y seductor que fue en vida.

La estatua ecuestre había sido forjada con el bronce de unos cañones, botín de guerra de no sé cuál batalla en la que, según le explicaron a Medalid en la escuela, el liberador patrio salió victorioso, por la gloria de Dios Nuestro Señor, cuando ya todos lo daban por derrotado en su lucha contra los españoles. Al parecer, los ejércitos enemigos lo tenían bien rodeado, junto a catorce, o puede que algo más de mil quinientos de sus mejores hombres, todos maltrechos y mal pertrechados. Pero gracias a la incólume moral de la tropa, al voluntarioso y abnegado proceder, y a que en todo momento supieron mantener la frente alta, muy alta, consiguieron remontar y doblegar al enemigo, contra todo pronóstico, y alzarse con la victoria en una batalla que nadie, salvo ellos, confiaba en ganar...

Y qué se le daban a Medalid los pormenores de las gloriosas hazañas del general, o que si su propio tatarabuelo quedó manco, cojo o tuerto en aquellas escaramuzas remotas en el tiempo. El caso es que el almirante y su cabalgadura ocupaban el mejor sitio de la plaza, el que hubiera deseado para ella y sus dos llamas engalanadas Medalid: la estatua ecuestre estaba enclavada en todo el centro de la plaza de Armas. Eso era lo de menos; lo de más era que el general le disputaba las fotografías de los turistas, que parecían encantados porque el otro no les reclamaba las monedas que ella sí necesitaba, pues obligaban familia, casa, las dos llamas, un perro y gastos varios. Debía ser que el prócer se conformaba, post mortem, con que lo sacaran a pasear en fotografía por medio mundo, pues así su imagen y su memoria quedaban inmortalizadas en los álbumes recordatorios de los turistas. A Medalid, más que la recordaran por siempre y por allá, le preocupaban más el ahora y el acá.

La depreciación del euro y la crisis económica mundial no le habían caído simpáticas al negocio de Medalid. Tampoco es que ella estuviera demasiada atenta a si le salían las cuentas a la bolsa de Nueva York, Frankfurt o Tokio, pero eso le chismorreaba una vecina ociosa que tenía contratado Telecable. La doña pasaba las horas muertas embobada con el espejismo del televisor, y le había dicho literalmente: "Desde que llegó la crisis mundial, los turistas no aflojan la plata". Además, la vecina corroboraba su opinión con el testimonio de un pariente suyo que, tras plegar velas y malvender sus cuatro bártulos de emigrante, acababa de regresar de Italia. Fuera por lo que fuera, bien era cierto que a la que no le salían las cuentas últimamente era a Medalid. Y menos en los estos últimos meses, que coincidían con la temporada baja de turismo en Perú. Los pocos turistas que rondaban la plaza de Armas escatimaban hasta en sonreír.

Incluso el almirante y las palomas que lo tenían cagado parecían más melancólicos que de costumbre, la mañana en que vinieron a proponerle a Medalid un asunto prometedor. El político de tal o cual partido emergente andaba haciendo campaña en la población vecina. Los que le venían organizando el evento trataban de componer, como telón de fondo al atril de los discursos, un paisaje humano y animal con sabor andino, un escenario que exhalara los mismos aromas que el eslogan del candidato presidencialista: "Un auténtico peruano para los peruanos auténticos ". Y para ese menester, qué mejor que un par de llamitas vivas, blandas y lanudas.

-¿No tendrá también usted un vestido de cholita?

Sólo le faltaba eso a Medalid: que la tomasen por modelo y la quisieran disfrazar como su abuela. Pues aunque bien multicolor era su ropa de a diario, ella se consideraba una chica moderna.

Para empezar, le dijeron que le pagarían a la conclusión del evento. Pero Medalid no había nacido anteayer, y, aunque le tenía cierta simpatía al postulante a presidente, su ideario utópico no era tan laxo como para que se conformara con los amplios horizontes que el candidato pintaba en sus discursos. Accedieron a pagarle por adelantado la mitad, pero el transporte de los animales rumbo a la localidad vecina correría de su cuenta. Y aunque era consciente de que el traslado de las llamas iba a suponer un gran inconveniente para su economía, no puso peros ni se amedrentó, y aceptó el trato. Luego, se despidió del general hasta el día siguiente: "Por más que haya corrido a patadas de este país a sus antepasados, es usted, almirante, tan poco andino, que nadie le ha invitado a este festejo".

Medalid calculó que, si alquilaba un vehículo para transportar a las llamas, el negocio no le iba a ser rentable. Ni corta ni perezosa hizo parar al primer taxi en que estimó que los animales cabrían.

-Perdone, ¿podría llevarme a mí y a mis dos llamitas?

"¡Pero qué llamitas, si son llamazas!", pensó el chófer del taxi colectivo. Así, a las primeras de cambio, el hombre creyó que se trataba de una broma. Pero no tardó en recapacitar ni dos segundos, y calculó que el transporte de ganado le iba a resultar del todo ventajoso. Total: lo mismo da, animales que personas. Mientras quepan, cuanto más pasaje mejor para el negocio.

El chófer abrió el portón trasero del taxi. Medalid acomodó enseguida a las dóciles llamazas, que se plegaron con una flexibilidad tal que provocaría la envidia de un santón yogui. Hasta un perro que pasaba por allí quedó admirado con lo bien asentado que iba el pasaje, y de haber sido un viringo también le hubiera buscado Medalid un lugar dentro del vehículo.

El candidato presidencial habló lindas palabras, que lucieron no menos hermosas que las dos llamitas sobre el telón de fondo. Aún tuvo que porfiar Medalid después de que el evento hubo finalizado, pues allí nadie se retrataba para liquidarle la otra mitad que se le debía. Cuando por fin cobró la plata estipulada se sintió satisfecha, e imaginó las caras de alegría que pondrían en su casa. Luego tomó otro taxi de vuelta a su localidad de residencia.

A la mañana siguiente, Medalid ya estaba plantada de nuevo con las dos llamas en su sitio habitual de la plaza de Armas. Percibió en los ojos del general cierta envidia, y que le picaba la curiosidad por saber dónde habrían andado, ella y las llamas, el día anterior. "Siento no haberle llevado, almirante, pero su caballito no habría cabido en el colectivo; la plata no alcanza, ni para comprar un carro, ni para alquilar un camión". Luego, Medalid no consideró si estaba harta de hacer el mismo trabajo a todas horas: simplemente lo hizo. Aunque envidió, tan solo un poco, a las señoras ociosas que paseaban por la plaza con sus perritos, y a esos turistas que, despreocupados, se tomaban cientos de fotos junto al general...

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