18 de noviembre de 2015

Los tesoros de Khaled

Edificio destruido en Alepo en febrero de 2014. EFE ALI MUSTAFA
Edificio destruido en Alepo en febrero de 2014.
EFE, Ali Mustafa
Algunos se han pasado media vida echando tierra sobre un pasado de escombro y sangre. Los recuerdos más infaustos, siempre empeñados en ver la luz del día, no les han dejado en paz, como terrones arrancados, a los campos de la memoria, por la tozudez de un arado de vertedera.

Cuentan que Alepo antaño fue la ciudad más próspera y poblada de Siria. Un día llegó una de esas guerras que le dan la vuelta a la ternura y a las certidumbres. En el preciso momento en que el vendaval de la infamia pasó, cuando el polvo se recolocó en su sitio, los que no pudieron escapar a ninguna parte comenzaron a hacerse viejos...

Son esos mismos viejos los que muchos años después, por distraer la memoria de los horrores vividos, hablan sin parar de la historia de Khaled. Y de los innumerables tesoros que, según dicen, dejó escondidos por alguna parte. Algunos jóvenes de Alepo opinan que Khaled y sus riquezas no son más que eso: un cuento de viejos. Otros, sin embargo, más crédulos e imaginativos, y los codiciosos, no ponen en cuestión la autenticidad de la leyenda.

Los viejos dicen que Khaled se ganaba la vida dando sepultura a los muertos, ya desde antes que el estruendo de las bombas viniera a alterar la tranquilidad de los cementerios. Incluso para un enterrador como él, la guerra debió suponer un entretenimiento poco amable. Harto de tanto trabajo, y temeroso de que tarde o temprano le tocase enterrar a los suyos, decidió echar tierra de por medio -que no encima-, e irse con la familia para otra parte. En definitiva, escapar, como tantos otros que huyeron de Siria por entonces.

Khaled contó a su esposa, Fátima, su determinación: "Hay que salir de aquí o las bombas terminarán enterrándonos a todos. O yo me volveré loco". Su mujer estuvo de acuerdo con el plan.

Entre los dos decidieron lo más imprescindible para un viaje con destino incierto. Para costear los gastos de la travesía, malvendieron sus pertenencias de familia modesta, aquello que aún tenía algo de valor en un mercadeo de tiempos de guerra. Comprendieron que los objetos que sólo alcanzasen el precio de lo sentimental iban a tener que quedarse a merced del pillaje y los bombardeos. No iba a ser fácil desprenderse de tanta nostalgia, la que no cupiera en las minúsculas tarjetas de un par de teléfonos móviles.

Pero Khaled tuvo la genial idea de enterrar en una tumba todo lo que no pudieran llevarse consigo. Aunque ni misiles ni bombas respetaban el descanso eterno de los difuntos, aquella solución era mejor que nada. Mientras Fátima esperaba en casa con los niños, Khaled acudió al cementerio. Nadie sospechó que lo que el enterrador acarreaba, bajo una lona apelmazada y mugrienta, eran los recuerdos de toda una vida.

Cuando la muerte nos alcanza ya poco importan los recuerdos, y menos que nada lo que poseímos en vida. Khaled, más que ningún otro, debería haber considerado tales evidencias. Pues a un sepulturero habría que suponerle cierta inteligencia acerca de los asuntos de la parca. Quizá sea que los de su oficio ven pasar los muertos como quien, en la pantalla de un cine, mira películas en las que los protagonistas siempre son otros. Khaled se sintió protagonista cuando, de vuelta sobre sus pasos, adivinó los escombros de su hogar bajo el rastro de humo que dejó un misil inteligente. O tal vez estúpido...

La huida ya no tenía sentido, pues cuando lo mejor de sus recuerdos se fue para siempre ya no hubo escapatoria posible. Khaled decidió permanecer en Alepo, y esperar a que alguna bala perdida acabase también con él. Continuó con el oficio de sepulturero: a fin de cuentas, desde siempre se había ganado la vida con la muerte. Pensó que, ahora que ya estaba todo perdido para él, quizá podría ayudar a los demás. Se ofreció entonces para enterrar los recuerdos de todos aquellos que quisieran confiar en él.

El transcurrir del tiempo, la nostalgia, la esperanza y la ambición, recubren de oro a las historias más insignificantes e íntimas. Es por eso que en la ciudad de Alepo los muertos no descansan en paz. Los saqueadores de tumbas remueven cráneos y fémures en busca de los tesoros de Khaled. Nada de valor encuentran. Pues en los cementerios, y en algún hoyo improvisado por doquier, los que para siempre se marcharon sólo dejaron recuerdos...
A la memoria de Ali Mustafa, periodista muerto el 9 de marzo de 2014 en Alepo. Me topé casualmente con su fotografía buscando alguna, en Internet, para ilustrar el relato".

4 de noviembre de 2015

Winnie Wine perdió la cabeza

Winnie The Pooh en la Puerta del sol
Foto por curiouscatlady.com
-Hermano, ¿no sabrás de alguna chambita por ahí?

-¿Una pibita?

-¡Un curro!

-¿Te piensas que soy agencia de colocación, o qué?

Por probar, Víctor no pierde nada. Recapacita luego, y piensa que es de pendejo esperar que un don nadie como César te vaya a solucionar la papeleta. El compadre ni se acuerda de cómo es eso de trabajar, desde que se cayó del andamio y lo declararon pensionista. Al menos es el único que lo convida a tomar de vez en cuando.

-Espera. Conozco un tipo que... Él podría encontrarte algo. Si estás dispuesto casi a cualquier cosa...

-Lo que sea estará bien -se conforma Víctor-. Con tal de que el tipo ése afloje la plata...

El patrón tiene su oficina ambulante en cualquier lado: en la fila de un concierto rock, en la manifestación contra el aborto, en el parque de El Retiro un domingo... El negocio está donde está la gente, así de simple. César y Víctor le buscan por las inmediaciones del estadio Bernabéu. Es día de partido.

-Ése de ahí, el de la coleta. Tú espera aquí, voy a hablar con él.

César va al encuentro de un tipo flaco, de unos cincuenta años, que fuma un cigarrillo junto a un carro rebosante de patatas fritas. Desde una distancia prudencial, Víctor adivina, en la chaqueta arrugada y sin abotonar, toda una pose de ejecutivo a ras de acera. El hombre se cambia el cigarrillo a la mano izquierda, y con la diestra estrecha la de César, con un movimiento seco y decidido. Ambos conversan. Víctor ve cómo el amigo señala en su dirección, y luego le hace un gesto para que se acerque.

-Víctor, gusto de conocerle.

El patrón esboza apenas una mueca entre el poblado bigote. Su mostacho de domador de circo es incapaz de distraer las miradas más allá del rostro picado de viruela. Con un ojo, el hombre vigila por si se acercan los municipales, no vayan a requisarle la mercancía. Con el otro, no pierde de vista al par de empleados que tiene repartidos entre el tumulto, con un carrito de patatas como el de él. No presta demasiada atención a las explicaciones que Víctor le ofrece: ni se las ha pedido, ni las necesita. Le ataja:

-Si te interesa, mañana mismo empiezas.

Así de fácil: Víctor ya tiene su chambita. Pero el flaco no le ha dicho qué tendrá que hacer. Le explicará al día siguiente.

Lo ha citado en pleno centro de Madrid: en la Puerta del Sol. Víctor llega puntual. Poco antes, no sabía qué ropa ponerse: ni demasiado formal, ni lo contrario. El patrón no tarda en aparecer.

-Acompáñame.

El flaco camina mirando a todos lados, con paso despreocupado, como si la plaza fuera suya. Conduce a Víctor hasta un aparcamiento subterráneo. Del bolsillo de pantalón saca un llavero plateado; pende de su mano y se zarandea según caminan. El brillo del metal relumbra en la luz misérrima del parking. Llegan hasta una furgoneta estacionada en la plaza 23C. El patrón abre las puertas traseras; en el interior del vehículo descansan las carretillas que utiliza en sus otros negocios.

-¿Has inflado globitos de estos alguna vez?

El hombre entrega a Víctor una caja de globos. Para hacerle una demostración, toma uno y le da aire con un inflador, hasta formar una salchicha. La maneja y retuerce entre sus dedos huesudos, y le saca gemidos contenidos, como los de una mujer que se muere de gusto. Transforma la salchicha en espada blandengue y orgánica.

-Algunos hacen florecitas y perritos. Te conviene aprender. Toma, ponte esto.

El patrón agarra una caja de cartón, de la que asoma una enorme cabeza de oso de color naranja.

-Deja el cabezón para el final -ordena el jefe.

Víctor se enfunda el uniforme de trabajo comenzando por los pies. El hombre le ayuda con la cremallera que va por detrás, y Víctor presiente entonces que ya es suyo, que lo tiene atrapado. Finalmente se coloca el cabezón.

-Vamos arriba -manda el patrón.

El reflejo sobre el cromado de los coches estacionados devuelve a Víctor su nueva identidad: se ha convertido en un gran peluche de feria.

Regresan a la Puerta del Sol. En un rincón de la plaza, el jefe concreta los términos del negocio:

-Papás y abuelitos con niños son tu objetivo. Un globito, un euro. Una foto, un euro. Si una mamá te toca el trasero, otro euro -bromea el flaco sin sonreír-. Hay quien no da nada, hay quien da más. Independientemente de eso, tú, al final del día, me entregas 70 euros. El resto de lo que saques, para ti. Si no alcanzas lo convenido, contraes una deuda conmigo. No acumules deudas si quieres conservar este empleo.

Víctor plantea algunas dudas sobre la rentabilidad del trato; la desconfianza es un vicio o manía contraído tras unos estudios de contable que le están sirviendo de poco. El flaco le apacigua y le asegura que habrá días en que podrá sacar hasta el doble.

-Y si no te interesa, hay otros tipos esperando.

El patrón se despide hasta la noche, en que vendrá a ajustar cuentas. Con su mirada de oso de peluche, Víctor lo persigue a través de la plaza. Nunca diría que un tipo así tuviera amigos, pero lo ve detenerse y charlar con Michelangelo, la tortuga ninja. Hasta Mickey Mouse y Bob Esponja acuden a saludarle, antes de que se pierda por la calle Montera.

El día es desangelado, pero al menos el disfraz de felpa es confortable y disimula el sentido del ridículo. Víctor no quiere imaginarse cómo deber ser estar ahí metido durante el verano.

-¡Mira, abuelo; Winnie the Pooh! -exclama un niño.

El abuelo no tiene ni puta idea de qué le habla el nieto. Tampoco Víctor sabe muy bien de qué carajo lo han disfrazado. "¿Qué más da eso, si Winnie o Wine, con tal de caerle simpático a los niños?", se infunde ánimo a sí mismo. El abuelo le da al nieto unas moneditas -pura calderilla de cobre-, y lo empuja hacia las feroces fauces del oso. El crío avanza tímido; el oso se abalanza tambaleante, y lo devora en un abrazo esponjoso.

-Toma, un globito, que te da el osito -improvisa Winnie.

El crío recoge el regalo a cambio de nada. Cuando el abuelo le recuerda que los osos no viven del aire, le entrega las monedas a Winnie.

Mientras acecha a abuelitos y papás, a Winnie le sobrevuelan los recuerdos. Le viene a la mente el cambio de guardia del regimiento de caballería en la plaza de armas de su añorada Lima. Ahora es él quien desfila por la Puerta del Sol, con su uniforme de gala, color butano, y su espadita neumática.

Sólo cuando le entran ganas de orinar, Winnie se percata de que está en un serio aprieto. Prueba a alcanzarse la cremallera que lleva cosida a la espalda: la manopla y su nula flexibilidad hacen de la tarea un imposible. Decide aguantase las ganas.

Pasan los niños, los abuelos, los papás. También los turistas, unos manteros a la carrera, los agentes que los persiguen, un grupo de mariachis fuera de órbita, un predicador del fin del mundo, las señoras cargadas de regalos que acabarán con el mundo, unos forasteros a los que se les reconoce por el acento, dos putas que hacen un alto para tomar café, unos que vienen, otros que van, gente camino del metro, gente dejándose llevar, otra vez el predicador, un tipo raro, pero que muy muy raro, otro que va dando la nota, los minutos, algunas horas... A Winnie le duelen las zarpas de tanta vaina. Y por si fuera poco, la vejiga está a punto de estallarle.

Decide merodear en busca de un bar corriente y moliente. Los parroquianos habituales, que lo ven entrar, inventan alguna chufla a su costa. A un lado, sobre la barra, Winnie aparca el cabezón, y Víctor reaparece igual que sale un conejo de la chistera de un mago. Después de pedir un botellín, el camarero le hace el favor de bajarle la bragueta gigante de la espalda. La parroquia se cachondea otra vez. Tras desaguar en el baño, el camarero vuelve a cerrarle la cremallera. Mientras se toma el botellín, Víctor hace el recuento de monedas: no va mal la recaudación, da para comer y para algo más. Se pide un pincho de tortilla. Y otra cerveza. Alguien de la parroquia compadrea con él:

-¡Una foto, Winie Wine, y te invito a un chato vino!

-Ok, pero uno no más, y me marcho.

Pero Víctor se queda, y después del vino se apunta a otra cerveza. Ya se sabe: un botellín conduce a otro, y luego a otro, y a otro más... Cuando se pone a repartir globitos, la parroquia lo adopta como mascota.

Sale del bar, ya es de noche; los niños deben estar durmiendo en sus camitas. La oscuridad y el alcohol lo desorientan, y no sabe si es Víctor, o Winnie, o Wine. El amigo de los niños, con su panza de osos, de puro borracho se tambalea por la acera. A duras penas acierta con el camino de vuelta hacia la Puerta del Sol. Se sienta, a esperar al patrón, en el murete que circunda una de las fuentes de la plaza. Recuenta las monedas que aún le quedan. "Si estuviera acá mi compadre César, lo invitaba", recita a algún viandante que lo quiera escuchar. El aire fresco de la noche le cachetea el rostro, y le advierte que no lleva puesto el cabezón de oso almibarado. "Por alguna parte andará", balbucea despreocupado. Está orinándose de nuevo. Como un astronauta extraviado, decide aliviarse dentro del uniforme de trabajo.

El patrón aparece por fin. Como tiene mucha mili, percibe a la legua el lamentable estado de su empleado.

-¡Me cagüen Dios!

"Pura lisura hablan los españoles", masculla Víctor, y le muestra al jefe lo que no se ha bebido de recaudación. Las pocas monedas brincan desde su mano enguantada, se desperdigan por el suelo.

-¡Me cagüen en mi puta madre! -clama el patrón.

"Ni a la vieja respetas, conchatumadre". El patrón no se da por aludido, porque Víctor está tan borracho que ni se le entiende. En su lengua trabada, continúa dándole pelos y señales, "ahí está toda la plata, te lo juro flaco, que la he contado yo mismo ahorita, todo correcto, porque soy egresado en Contabilidad por la Pontificia Universidad Católica del Perú, con diplomita, flaco, que total, para lo que me ha servido eso acá, ¿tú me entiendes, flaco?". El flaco no ha entendido un carajo:

-¿Dónde cojones has puesto la cabeza, imbécil?

Eso querría saber el pobre contable, al que no le vienen saliendo las cuentas desde el mismo momento en que subió al avión que le arrancó de su país. ¿Dónde tienes ahorita la cabeza, Winnie Wine?

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