22 de septiembre de 2015

A mi musa

Erato musa de la poesía. Sir Edward John Poynter (1870)
Erato, musa de la poesía.
Pintura por Sir Edward John Poynter (1870)
¡Venga! Vamos a intentar soltarnos el pelo, porque si no, no hay forma ni manera de llegar a un punto en el que tú y yo nos crucemos de nuevo. Pues he de reconocerte que no encuentro la forma y manera. De veras que no la encuentro, y ya me rindo. Por eso a ver si, aunque sea a base de rodeos y aproximaciones, más o menos azarosas, te alcanzo de una vez.

Recuerdo hace bien poco, cuando las cosas entre tú y yo eran bien sencillas. Tan simples eran como esbozar una idea en mi imaginación, y ya estabas tú ahí para resolverme la papeleta. Pero ahora, parece que no. Te niegas, desconozco el porqué, a echarme una mano. Antojadiza tú, desde luego... Imagino que andarás ahí tonteando con algún poeta cursi de esos de "suaves brisas" y "verdes primaveras". Tampoco es que quiera atarte, desde luego, o tenerte toda para mí. Pero no soporto lo tornadizo de tu voluntad. Si hay algo que me vence son las esperanzas vanas. No sé... Para eso, mejor que lo dejen a uno en paz, que si no luego se siente igual que un globo desinflado.

Así que vete haciendo a la idea de que, por mi parte, no quiero tratos contigo ni maltratos de ti. Vete olvidando de mi dedicación voluntariosa, de las auto correcciones y de mi pasión roja carmesí. Pues desde ahora, para ti, sólo pergeñaré ripios y adjetivos redundantes de tono floreado. Más no merece tu tonto juego para conmigo. A fin de cuentas, si te implorase un poquito de constancia, te iba a dar igual.

¡Y yo que pensé que estábamos hechos el uno para el otro...! Pues no: parece ser que en la vida, me equivoqué una vez más. ¿O no es así, mi caprichosa musa?

14 de septiembre de 2015

Catalán de pura cepa

Bandera de Azerbaiyán
Bandera de Acerbaiyán
Ya va para un año que me hice catalán. Lo decidí una tarde, mientras merendaba una crema catalana. ¡Me sentí tan catalán en aquel momento...! Así es que, a la mañana siguiente, cuando me levanté de la cama ya era un catalán más. Me duché y, como cada día, me fui a desayunar al bar de Paco. "Ponme un café con leche y dos porritas". Me pareció que Paco me trataba distinto: claro, como ahora era catalán... Un catalán en tierra extraña.

Sólo una vez en mi vida he estado en mi patria. Hace bien poco, en la Costa Brava, de veraneo. ¡Qué bonito es todo aquello! El cielo tan azul, igual que el mar, tan azul también. En Madrid, donde he vivido siempre, el cielo es de un gris azulado y triste, y no hay mar ni nada parecido. Además, en Cataluña tenemos unas chavalitas de toma pan y moja, que se pasean en bikini por la playa. Le eché un piropo castizo a una que estaba como un queso de rica. Un tipo, que debió escucharme, me preguntó si yo era madrileño. "¡Madrileño y catalán, a mucha honra!", le respondí con cierta chulería. Después de mirarme con extrañeza, empezó a contarme no sé qué historias. No le entendía bien, supongo que me hablaba en catalán. Se me estaba haciendo tarde y le dije "adéu", que es un sinónimo de adiós, pero más habitual en Cataluña. Llegué al chiringuito de playa justo antes de que cerraran la cocina. Pedí algo típico de allí: una paella catalana. Mientras llegaba o no llegaba la paella, me pusieron unas aceitunas catalanas, también algo típico que te suelen poner en los bares y restaurantes de allí, mientras esperas. Después de comer -qué rica estaba la paella-, me fui a mi apartamento, para dormir la siesta. A muchos catalanes nos gusta echar una cabezadita después de comer. Te quedas como un catalán nuevo.

Un día hice una excursión a Figueras. Un pueblo precioso. Catalán también. Allí visité el museo del pintor ese que estaba medio loco, el de los bigotes afilados, no recuerdo ahora su nombre. Nació en aquella localidad, por lo que era catalán de nacimiento. El edificio del museo era una especie de castillo de color rojo, coronado con huevos gigantes, como de dinosaurio. El beige de unos panes catalanes, adheridos a la fachada, contrastaba sobre el rojo de la pared. En perfecta formación, alineados en filas y columnas, aquellos pegotes de miga me recordaban a un ejército catalán visto desde lo alto.

Me recreo evocando las vacaciones, porque me he bañado en el mar, y tomado mucho el sol tumbado a la bartola; dos de las cosas que más me gusta hacer en la vida, como buen catalán. Estoy tan moreno que parezco un catalán mulato. Aquí, en Madrid, sol no falta. Pero o te bañas en una piscina pública, o te remojas en la ducha: no hay otra opción. Habría que estar medio loco para meterse en el río Manzanares, con lo de porquería que lleva. Me he dado cuenta de que, sobre todo por el mar, es una gran ventaja ser catalán. Pero sólo si vives en Cataluña, claro. O si vives en Valencia, o en Málaga. En Madrid, ya es otra cosa: no te puedes bañar, mecido por las olas, por mucho que te sientas catalán hasta el tuétano.

El año que viene, en mis vacaciones, imagino que volveré a mi país. Pero no al mismo lugar. Odio hacer las mismas cosas, tener los mismos amigos, ver los mismos paisajes. Incluso un día me aburrí de ser siempre lo mismo: español. Imagino que, por eso, desde entonces soy catalán. Claro que, no sé cuánto me durará este capricho que ahora me ha dado por sentir. Quizá un día me aburra y decida ser, por ejemplo, azerbaiyano. Pero de momento, soy catalán, y así me siento: me gusta ser lo que soy y, aunque no hablo catalán ni vivo en Cataluña, me veo a mí mismo como un catalán de pura cepa. Hasta he colgado la estelada en mi balcón, con sus barras y estrella. Todos los que al pasar la ven, me insultan y gritan, "¡eh tú, asómate al balcón, catalán!". A veces me desvelan de mi siesta catalana. Eso me disgusta, y pienso que quizá debería cambiar la bandera por otra azerbaiyana. Pero no conozco mucho de Azerbaiyán: en realidad, casi nada. Sólo sé que queda muy lejos de donde yo vivo. Me pregunto si, en aquel país, el clima será agradable durante el verano. Y si tendrá alguna playa, de cielo azul, bañada por un mar tibio...

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