30 de agosto de 2015

La mamma

Luces de los coches al atardecer en una ciudad
El papá, sentado en un banco del parque, mataba las horas de soledad echando migas de pan a las palomas. Hacía tiempo que su esposa se había ido de casa. El niño de ambos, embutido dentro de un carrito de bebé enorme que, sin embargo, le quedaba ya demasiado pequeño, hojeaba una cartilla de parvulario con las primeras letras.

-Mammma -pronunció el niño, señalando una M estilizada y esbelta.

-¡Santa Lucia! -clamó el papá-. Por fin aprendiste a hablar. Pues la mamma no está, Marco. Va a hacer casi trece años que marchó a un recado, y desde entonces no ha regresado a casa.

-Quizá le haya pasado algo, papá.

El papá quedó sorprendido por la claridad repentina con la que hablaba su hijo.

-¡Ay, qué bien habla il mio bambino! -le dijo, pellizcándole los mofletes-. Pues podría ser que le haya pasado algo, Marco, porque ya tarda en venir. Creo que va siendo hora de que salgamos en su busca.

Al día siguiente, el papá lo tenía todo preparado para la partida. En el arcén de la carretera, frente a la puerta de casa, echaba un último vistazo para comprobar que todo estuviera listo: los bocadillos y la ropa, dentro del macuto, colgado a la espalda; la presión correcta en los neumáticos de la bicicleta; el carrito de su bebé bien amarrado a ésta...

-Bueno, esto ya está. Andiamo en busca della mamma.

La casa pronto quedó atrás. El pedaleo se hizo monótono, imperecedero, sobre los adoquines trémulos de la calzada.

El papá detuvo el ritmo cansado para tomar resuello, haciéndose a un lado de la carretera para no interrumpir un tráfico inexistente. Una verja entreverada de óxido y verde resguardaba un caserón de aspecto olvidado, vencido. Al otro lado de la verja, en unos terrenos que se jactaban de ser jardín -una simple explanada de tierra, circundada por unos pocos pinos-, un hombre daba minúsculos paseos. Con las manos a la espalda, oscilaba entre dos puntos próximos, mientras farfullaba para sí asuntos ininteligibles. En la cabeza, llevaba puestas unas gafas de natación, y un sombrero de paja que le protegía del sol. El papá se acercó a la verja e interpeló al hombre.

Scusa, scusa!

El hombre no lo escuchó. Así que el papá tuvo que alzar más la voz.

Scusa, scusa!

-¿Es a mí? -dijo por fin el señor, interrumpiendo su paseo.

-Scusa. ¿No habrá visto pasar a una donna por aquí?

-¿Una donna por aquí? -se sorprendió-. No recuerdo.

El hombre prosiguió con su itinerario recurrente.

-Hará como trece años -insistió el papá.

-¡Una donna por aquí...! -exclamó el paseante para el cuello de su camisa, sin dejar de dar vueltas- ¡Qué locuras dicen algunos...!

El papá no desistió, y gritó aún más fuerte:

-¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha! ¡Intente hacer memoria!

El señor respondió malhumorado:

-¡Ya le digo que no recuerdo a ninguna donna. Por aquí no pasó. De haber pasado alguna, la recordaría!

-¡Bueno, escusate; no quería molestarle. Ciao!

Desanimado, el papá se disponía a montar de nuevo en la bicicleta, cuando el hombre le llamó.

-¡Oiga, oiga! ¡Espere!

-¿Sí?

El hombre se acercó hasta la verja.

-Acabo de recordar. Hace tiempo pasó una donna por aquí. Dijo que iba para la Argentina.

-¿Para la Argentina? -le extrañó al papá.

-Eso dijo.

-Marco, ya has escuchado a este señor. Parece que la mamma marchó para la Argentina.

Marco, que iba leyendo un atlas de geografía enorme, bajó el libro antes de afirmar:

-Pero eso, queda muy lejos, ¿no?

-Más o menos. Para llegar, tendremos que tomar un trasatlántico y cruzar il mare.

Luego, el papá tuvo que gritar de nuevo para despedirse del hombre, que ya se había retirado para continuar con su eterno discurrir entre dos puntos.

-¡Bueno, señor, grazie mille por la información. Si alguna donna pregunta por nosotros, dígale que fuimos para la Argentina, a buscarla. Arrivederci!

El paseante, absorto en su rutina, hizo un gesto de indiferencia con el brazo, sin mirar a su interlocutor. Mientras tanto, el papá y Marco reemprendieron la marcha.

Pedaleando, no poco, llegaron a puerto, en donde el papá compró un par de billetes de tercera clase en un enorme buque que cruzaba el Atlántico.

Desde la baranda de cubierta los recuerdos del papá se dejaron ir, acompañando a la estela que dibujaba el barco sobre el mar. Mientras, el viento alborotaba su cabello, como cuando antaño lo acariciaba su mujer. A su lado, Marco leía a todas horas el mamotreto de geografía.

-Papá, ¿queda mucho para llegar a la Argentina?

-Ya falta poco, Marco -respondió desganado el papá, dado lo recurrente de aquella pregunta.

-¿Cuánto?

-Menos que nada.

-Per favore, déjame salir del carrito para ver il mare.

Il mare...! -exclamó el papá, atrapando con la punta de los dedos el salitre húmedo que flotaba en el aire-. Te he dicho una y mil veces que es pericoloso; te podrías caer por la borda...

-Es que me aburro, aquí, siempre dentro del carrito.

-Anda, bambino mío, sigue leyendo, que los libros te contarán fabulosas historias sobre il mare. ¡Y deja de dar la lata!

Días más tarde, cuando por fin se adentraban en la ensenada próxima al puerto de destino, el barco mugió excitado, igual que un toro en celo deseoso de ver a su novia. La visión monumental de una estatua enorme de mujer entusiasmó al papá, tanto como si realmente fuera su esposa quien acudía a recibirlos.

-¡Mira Marco, asómate! ¡Ya estamos llegando!

Acomodado en su carrito de bebé, Marco dejó a un lado el altas de geografía y estiró el cuello para ver mejor.

-¡Qué bello es Buenos Aires...! -dijo un embelesado papá.

-Papá: yo creo que eso de ahí es Nueva York.

-Ma che cosa stai dicendo?

-No sé... En algún lugar leí que esa estatua está en Nueva York.

Marco abrió su atlas de geografía y hojeó unas cuantas páginas.

-Mira -señaló en el libro una foto de la estatua de la Libertad, junto a un texto que decía "Nueva York".

-Bueno, ¿qué más da, Buenos Aires o Nueva York? -dijo contrariado el papá-. Por algún lado tendremos que empezar a buscar a la mamma. ¡Andiamo, andiamo!; nos espera un largo camino por delante...

No tardó el papá en sentir en carne propia la hostilidad de los caminos asfaltados de Nueva York. Sobre todo cuando se pedalea al ritmo lento de una bicicleta. Y que más perturbadores son si, además, a la bicicleta uno lleva enganchado el carrito de su bebé.

Por el arcén de uno de esos caminos, un mendigo empujaba un carrito de supermercado, en el que iban sus únicas pertenencias. Cuando se cruzaron con él, el papá no quiso dejar pasar la oportunidad de preguntar. Tuvo que gritar, desde el otro lado de una hilera infranqueable y sin fin de vehículos,  para que el mendigo pudiera oírle:

-¡Scusa! ¿No habrá visto pasar por aquí a una donna? ¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha!

-¡To be, or not to be, that is the question! -respondió el mendigo en tono melancólico, sin detener el paso.

Aquel hombre parecía drogado, como abducido por la tarea anodina a la que parecía condenado, la de acarrear sus pocas propiedades.

-¿Cosa dice? -preguntó el papá a Marco.

-No sé, papá, non ho capito. Creo que hablaba en inglés.

-¡Mamma mia! En este lugar parece que nadie comprende una palabra de italiano. Marco, vas a tener razón, y esto no es Bueno Aires, ni siquiera la Argentina.

Desde el carrito de bebé, Marco hizo un gesto displicente, dando muestras claras de que él ya lo sabía. Su padre se quedó pensativo, mirando al limbo por un instante, más allá de la hilera de coches que se perdía hasta donde alcanzaba la vista. Luego, de repente, pareció abandonar su ensimismamiento.

-Es igual, ya nos las apañaremos. Al menos, nadie podrá decirte que no estás conociendo mundo...

-¡Pero papá! -protestó Marco-. ¡Si no salgo de este carrito para nada...!

-Calla, calla, que ahí fuera la vita é molto pericoloso. Tú lee tus libros, que ésa es la mejor manera de conocer el mundo.

Resignado y sin rechistar, Marco cogió el atlas de geografía y comenzó a leer.

-¡Así es la vita! -suspiró hondo el papá-. Sigamos buscando a la mamma.

La caravana breve de la bicicleta y el carrito de bebé se puso otra vez en marcha. El sendero de vehículos motorizados la fue comprimiendo, hasta convertirla, allá a lo lejos, en un punto discreto. Al final fue engullida por el horizonte prometedor y gris...

19 de agosto de 2015

La cumbiamba

Pareja bailando salsa
Foto por Steve Smith
A pesar de ser un castellano recio, adusto, serio -de Castilla la Vieja, por más señas-, me desperté en mitad de la noche obsesionado con bailar la cumbiamba. Sobresaltado, de un respingo me arrojé de la cama al suelo. Acudí a la cocina sudoroso, inquieto como un yonki con síndrome de abstinencia. De un tirón me bebí tres vasos de agua, mas apenas aliviaron la sequedad de mi paladar terrizo. Desconocía por qué me había dado por ahí, ni tenía la más remota idea de en qué consistía la cumbiamba. Pero estaba empeñado en bailarla a toda costa.

Caí en la cuenta: quizá mis vecinos latinos, los del piso de abajo, podrían explicarme cómo se bailaba. Sin pasar por la ducha, me puse el pantalón de todos los días, una camisa simple, y una corbata sobria que mis dedos, torpes y aún dormidos, anudaron con dificultad. También escogí mi chaqueta más desenfadada, ésa que me otorga un aire de escritor lacónico y esquivo.

Bajé las escaleras. Sin atender a lo intempestivo de la hora, llamé a la puerta. Nadie acudió a abrirme. Insistí. Al tercer timbrazo, escuché el pegajoso caminar de unos pies descalzos. Justo cuando la puerta se abría me percaté del excesivo desenfado de mis chanclas.

-¿Usted me podría enseñar a bailar la cumbiamba? -pregunté de primeras.

Una mujer somnolienta me observó como a un aparecido en mitad de la noche. Abrazaba su batín para que no se le despendolara, y dejase al descubierto sus secretos más íntimos; pero por lo vaporoso del tejido se podían adivinar sus caderas anchas y todo lo demás.

-Claro que sí, vecino. Pase dentro, que ya le daré yo su cumbiambita.

Me agarró por la corbata, y me condujo hasta un dormitorio oscuro. Encendió una lamparilla de mesa de luz miserable, que en poco alteró la penumbra de la habitación.

-¿No tiene usted calor con tanta vestimenta, mi amor?

Lo cierto era que sí: ardía por dentro. Y tenía mucha sed.

-Ande, deje que le quite ese chaquetón apolillado: me recuerda usted a mi difunto abuelito.

Dejé hacer a sus manos expertas. Tras la chaqueta, y sin pedir permiso, me despojó también de la camisa, de los pantalones…

-Para bailar la cumbiamba, ¿es necesario que me desprenda de toda la ropa? -dije azorado.

Claaaaro, mijito! Usted no se preocupe tanto, y déjese llevar. La corbatita se la dejo puesta, por si no se porta bien y tengo que jalarle.

Cuando nada me quedó encima -excepto la corbata-, me arrojó de un empujón inesperado sobre su cama deshecha, y me ordenó que me tumbara. Se desprendió del batín, se echó a horcajadas sobre mí, y comenzó a menearse con espasmos concupiscentes.

-¿Es así como se baila la la cumbiamba? -pregunté extrañado.

-¡Qué desconfiado es usted, mi amor! ¡Relájese un poquitico!

-Pero es que… ¿así, sin música ni nada?

-¡Ay, qué fastidioso es usted!

Contrariada, mi vecina descabalgó de su montura -yo-. Sin abandonar el catre, atrapó a tientas un teléfono móvil que andaba perdido sobre la mesita de noche. Toqueteó un par de botones y comenzó a sonar una musiquilla de ritmo monótono y letra vulgar.

-Ahí tiene su cancioncita, mi amor, su cumbiamba. Ande; ahorita vamos a bailarla rico.

Volvió a cabalgarme, a cimbrearse sobre mí, ahora al ritmo machacón de la cumbiamba. Intenté acoplarme a su compás y al de la música.

-Así, mi amor, lo está haciendo muyyyy bien.

Para ser sincero, no se me estaba dando del todo mal la cumbiamba. Y eso que la bailaba por primera vez.

-¡Ay, papito, dele rico, dele rico, ay…!

Mi vecina se estremecía cada vez más; tanto, que me dio la sensación de que evolucionaba demasiado deprisa, que perdía el paso, en absoluta asincronía con el ritmo de la música.

-¿No estamos yendo demasiado acelerados? -le advertí.

Pareció molestarse con la sugerencia; se detuvo y me agarró con vehemencia por la corbata:

-¡No me sea pendejo! ¿Quién es aquí la profesora, usted o yo? ¡Cállese de una vez, y no me salga con más vainitas!

No me cupo más remedio que obedecer y dejarme llevar. Pero yo seguía teniendo la impresión de que no íbamos acompasados con el ritmo de la música. Nos meneábamos demasiado deprisa. Y cada vez más, y más, y más aprisa... Tanto, que sin darme cuenta empecé a sumergirme en la voluptuosidad vertiginosa y adictiva de la cumbiamba; el miembro de mi entrepierna, incauto y desprotegido, se precipitó en el interior de un abismo desconocido hasta entonces para mí.

-¡Así, mi amor, ahorita sí que lo está haciendo bien!

-Sí, vecina; siento un calor interesante.

Aquello me gustaba, me desenvolvía bien. Comenzaba a sentirme más seguro y despreocupado cuando el marido de mi vecina regresó a casa: nos sorprendió en pleno baile. Desde la puerta del dormitorio nos miró con cara de incrédulo, imagino que por lo inusual de la hora de mi visita. Más allá de la corbata, sentí un gran pudor al verme desnudo ante él . Le aclaré lo que había venido a buscar en su casa:

-Disculpe: su mujer estaba haciéndome el favor de enseñarme a bailar la cumbiamba… Yo se lo pedí.

El hombre se quedó pensativo un instante. Luego, curioso, preguntó a su esposa.

-¿Qué tal lo hace?

-Pues ni punto de comparación contigo, mi amor. Apenas al final se le paró un poquitico la cosa, y así no hay manera ni modo.

El marido se acercó hasta la cama, y me conminó:

-¡Quite, quite, apártese a un lado! ¡Baje de la cama, y siéntese en esa silla y fíjese bien! Que yo le voy a enseñar cómo se baila la cumbiamba...

En un visto y no visto, el vecino se despojó de sus ropas.

-Preste atención. Para empezar, la cumbiamba se baila con el varón en la posición, digámoslo así, "de encima"; y usted estaba colocado en la del revés, justo en la "de debajo".

-Pero su mujer me dijo... -me excusé.

-Pues como usted no sabía -se defendió la vecina-, yo me coloqué encima, por el hecho de así manejarlo mejor.

Mis vecinos empezaron a bailar al son de la cumbiamba. Aunque en mi modesta opinión, iban desacompasados con el ritmo de la música.

-¿Ve, ve cómo se hace? -me decía él, sin parar de bailar.

-Sí, ya intuyo -la luz era tenue-. Parece fácil.

Los dos se entregaron tanto al baile, que se olvidaron de mi presencia. Ni me dejaban probar. Tras unos minutos de pura observación, comencé a sentirme cansado, aburrido de tan sólo mirar, siempre los mismos movimientos espasmódicos y repetidos. Di la lección por aprendida y me disculpé.

-Bueno, yo ya me voy.

-¡Ay, que me vengo, ay! -dijo mi vecina.

-¿Ya se viene, mi amor? -preguntó el vecino sin dejar de menearse.

-No, el que me marcho soy yo -aclaré-. Me alcanzó otra vez el sueño. Además, ya creo que todo me ha quedado bien claro.

-¡Ah, se va usted! Pues hasta luego. Pero antes de irse, me va a permitir un consejito de hermano. Uno no más: si quiere bailar la cumbiamba, búsquese una mujer con quién hacerlo. Pues pa qué se lo voy a negar: cuando lo encontré en esta habitación, desnudo sobre mi cama, bailando con mi esposa, me llevé una opinión equivocada de usted. Así que cada cual con su mujercita, que es lo mejor para no dar lugar a confusiones. Además, con la propia, uno se compenetra mejor. ¿Usted me entiende? Ya ve qué bien nos manejamos entre mi esposa y yo...

Recogí del suelo mis ropas y fui vistiéndome, mientras los otros dos proseguían con el baile. Algo desanimado, bajé a la calle. Por alargar el recorrido hasta casa, cogí un búho repleto de noctámbulos alegres, que me brindó una vuelta por la ciudad dormida y una prórroga de melancolía...

Tumbado otra vez sobre la cama de mi dormitario, sin dejar de darle vueltas a lo vivido, sopesé la posibilidad de ensayar el baile con la almohada. La descarté de inmediato, pues sabía que mi vecino tenía razón: debía buscarme una mujer para practicar. Así, pensando en las caderas amplias de su esposa, me quedé dormido...

Cuando desperté, me pregunté si todo el asunto del baile había sido sólo un sueño. Pero lo cierto es que, desde aquella noche, no dejo de pensar en mi vecina. Mi obsesión por la cumbiamba ha devenido en una especie de afección tan pertinaz como febril, de la que intuyo no va a ser nada fácil restablecerme...

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