28 de julio de 2015

El milagroso caso de San Argimiro

Bendición de un taxi
Eran las 12 en punto de la mañana, la hora convenida. Desde lo alto de un elevador, los sepultureros procedieron a echar abajo la sencilla losa de mármol que sellaba el nicho de Argimiro. Su viuda, Eulalia, observaba con atención la maniobra, sin conseguir emocionarse más de la cuenta. Más que la pena, le embargaba, si acaso, un poco la nostalgia, ahora que se acababan de cumplir los 10 años desde que el marido se le había marchado para el otro barrio. El plazo del alquiler del nicho acababa de vencer, y como no podía gastar ni un duro de más en la renovación, los huesos del esposo irían a parar al osario común del cementerio.

El ataúd estaba tan acartonado, que su estructura amenazaba con desmoronarse, como si se tratara de un edificio apuntalado y moribundo. De hecho, el operario fúnebre se quedó con una de las asas de bronce en la mano, cuando tiró para sí del féretro. Entre él y su compañero zarandearon la caja demacrada -que pesaba como un muerto-, hasta que, gracias a los movimientos de vaivén, lograron sacarla del nicho y depositarla sobre el elevador. Apretaron un botón y el elevador los condujo hacia el suelo, suavemente, acompañando a los restos mortales de Argimiro.

-Con su permiso, vamos a proceder -anunció a la viuda el operario de mayor rango. Eulalia asintió con la cabeza. Justo en ese momento pensó que se podía haber quedado en casa para ahorrarse el mal trago, el de tener que ver lo poco que debía quedar ya de su amado esposo. Pero era tarde para cambiar de opinión.

Los dos hombres levantaron la tapa del ataúd. A la par, sobresaltados, dieron un respingo: nunca antes habían presenciado un cadáver en semejante estado de conservación.

-Está igualito que cuando se fue -suspiró la viuda, sin sospechar todas las complicaciones que aquello iba a suponer.

Y tan igualito que estaba... Hasta cada pelo del bigotito tenía en su sitio, que parecía que se lo acabase de engominar. A ver cómo ahora los operarios ensacaban los huesos, si el muerto estaba tan entero y lozano como si lo hubieran enterrado aquella misma mañana.

El empleado fúnebre de mayor edad y rango pensó que, para un asunto como aquél, el de un cuerpo incorrupto que parecía dormir la siesta del sueño eterno, mejor sería llamar al sacerdote de guardia, al encargado de cubrir los oficios litúrgicos.

-Anda -le ordenó a su compañero-, ve, y dile al padre Postigo que venga para acá.

Nada más ver al muerto, el padre Postigo sentenció que, aunque en apariencia y a todas luces se trataba de un caso de Cadaverum Incorruptione, seguramente el fenómeno debía tener alguna explicación nada sobrenatural. Gana ninguna tenía de que un muerto nada mondo y lirondo viniera del más allá, para perturbar su vida monótona y tranquila de capellán de cementerio. Se reclinó junto al cadáver para hacer una comprobación más.

-¡Vaya; sólo faltaba esto! Acérquese, acérquese y huela -exhortó a la viuda.

Eulalia respiró el olor inequívoco de la naftalina que en su día, antes de enterrarlo, guardó en los bolsillos del difunto, para que no se le apolillara el traje de domingo con que lo amortajaron. Pero no tuvo ánimo para contradecir al padre cuando, con aire nada ceremonioso, dictaminó:

-El olor de la santidad... Señora, menudo fastidio: mucho me temo que su marido fue un santo.

"Pues si mi marido fue un santo bien calladito que se lo tuvo", pensó Eulalia para sus adentros... Trabajador sí que había sido, todo el día metido en el taxi, recorriendo la ciudad, de arriba a abajo, de abajo para arriba. Pero desde luego que, poca virtud mostró con ella, a la que solía tratar con desdén, sobre todo al principio de su vida matrimonial. Se ponía impertinente a la hora de las comidas: que si esto estaba salado, que si aquello no sabía a nada... Todos los días se quejaba de lo mismo: "No sabes cocinar, deberías aprender de mi madre: ella sí que me hacía buenos potajes, como a mí me gustan. ¡Más cuchara y menos fritangas!" ¿Y ahora le querían salir con el cuento de que su Argimiro había sido un santo? ¡Qué barbaridad! ¡Si era tan terrenal, que cuando no andaba distraído conduciendo el taxi, no hacía más que pensar en comer...!

Desde el día en que sacaron al marido del nicho, no pararon de molestar a Eulalia, para que diera testimonio, con pelos y señales, de la vida y obras de Argimiro. Tal y como temía el padre Postigo, algún botarate ocioso de la jerarquía eclesiástica no dejó a nadie en paz, cuando le dio por abrir un proceso de beatificación. El animoso prelado, como si no tuviera otra cosa que hacer, desvelaba a Eulalia llamándola por teléfono a la hora de la siesta.

-Ya se lo he dicho una y mil veces, señor obispo: todo el día se lo pasaba mi Argimiro en el taxi, que ni los fines de semana sacaba el culo del asiento. ¡Menuda vida que me dio...! Que no paraba por casa nada más que para comer.

Pese a que la viuda no pareció rebelar demasiadas anécdotas dignas de un hombre santo, no faltó quien acudiera al Papa Santo de Roma con cuentos misericordiosos e historias inverosímiles. El gremio de taxistas pareció muy entusiasmado, con el hecho de tener un santo dentro de la profesión. Algunos colegas que conocieron a Argimiro en vida dieron testimonios increíbles. Como aquél de cuando trasladó en su taxi a un hombre que había sufrido un infarto, y que consiguió salvarse por la presteza con que lo condujo al hospital: unos u otros lo vieron recoger al enfermo y dejarlo en el hospital en el mismo y preciso instante, en idéntico segundo, como si Argimiro y su taxi tuvieran la gracia de la bilocación.

Cuando el Papa nombró a Argimiro beato, muchos taxistas empezaron a tratar con indiferencia a San Cristóbal, el patrón al que desde siempre se habían encomendado cuando iban al volante. Pero a la viuda, más allá de que terminaron invitándola a Roma -con todos los gastos pagados-, la causa de la beatificación le trajo sin cuidado. En sus cábalas, sospechaba la razón verdadera del fenómeno de la incorruptibilidad del cuerpo de su Argimiro.

Tan harta la tuvo el marido en su primera época de matrimonio, con el tema de que no sabía cocinar, que un día decidió alimentarlo a base de comida enlatada. Compraba los potajes que más le gustaban, como fabada asturiana, lentejas, callos y cocido madrileño. El esposo percibió el cambio en el paladar, aunque nunca sospechó los tejemanejes culinarios que desde entonces se trajo su Eulalia.

-¡Éstas sí que son unas alubias como Dios manda! -le decía a la esposa, cuchara en mano.

Argimiro dejó a Eulalia en paz. Es más, presumía ante los compañeros de oficio de lo bien que cocinaba su mujercita. Incluso una vez casi llegó a las manos con uno de ellos, que se atrevió a cuestionar la calidad de unas albóndigas:

-¡Parecen comida enlatada para perros...!

Si no lo sujetan los otros colegas, lo remata allí mismo, en la parada de taxis. Claro que, aquella anécdota violenta quedó en el olvido, y nadie se la vino a recordar al Papa, años después. Tampoco nadie contó lo tramposo que era Argimiro, siempre intentando saltarse el turno de espera, en la parada. Ni dijeron nada de aquella habilidad suya tan particular, la que lo conducía a extraviarse por la ciudad como si nada, para así cobrar de más a los turistas más confiados.

Mientras el taxista se daba a los elogios de su mujercita, y como andaba a todas horas con el trasero pegado al asiento del taxi, Eulalia disponía de demasiado tiempo para ella. Vamos, que se aburría. Pero pese a toda la santidad que le estaba por caer encima, ella nunca fue muy de entretenerse pasando las cuentas del rosario. Más bien prefería, para matar sus horas de soledad, otros divertimentos más mundanos. Como por ejemplo, hacer una escapadita para jugarse los cuartos en el bingo. Ya viuda, más de una vez se encomendó a su Argimiro para que intercediera por ella ante Dios y todos los Ángeles Custodios, a ver si así conseguía completar un cartón y cantar el bingo especial. Pero nadie pareció atender sus plegarias... Rara vez cantó alguna línea. Otra razón más por la que Eulalia dudaba de las presuntas facultades milagrosas del esposo. Ni la suerte, ni favores de santos la ampararon casi nunca...

Desanimada, la viuda solía regresar del bingo a casa sola, añorando los tiempos en que el sentido de su vida se reducía a tenerle preparada la comida al marido, antes de que regresase del trabajo. Por aquel entonces, le bastaba con abrir un par de latas de alubias para complacerlo. Por disimular, las calentaba a fuego lento en el interior de una cazuelita de barro. Y ahí estaba su Argimiro para darle un achuchón reconfortante:

-Esto está de muerte, cariño.

Desde luego que aquellos pucheros precocinados debían estar de muerte... Porque Eulalia sospechaba que tanto producto enlatado algo tuvo que ver con el óbito repentino del esposo. Como si los conservantes acumulados a través de los años hubieran provocado el colapso que le sobrevino. Argimiro no se apagó poco a poco, como una vela, sino como una bombilla: se fue para el otro barrio de sopetón. Su organismo quedó petrificado, en el mismo estado y posición en el que se detuvo por primera y postrera vez. Eulalia intuía que, por fuerza, los conservantes alimenticios debían ser también los responsables de la incorruptibilidad del cuerpo del marido. Hasta ella, que acostumbraba a catar sólo una pequeña porción de aquellas latas, conservaba un cutis terso y juvenil. Cosa insólita en una mujer de su edad, que nunca se cuidaba.

No obstante, Eulalia prefirió no comentar a nadie sus conjeturas acerca de los conservantes alimentarios. Porque para qué iba ella a desengañar a toda aquella gente, tan entusiasmada con las presuntas virtudes de su esposo. Los del gremio de taxistas, incluso habían colocado, en mitad de las cocheras, un altarcito en honor del beato Argimiro. Y habían sido tan amables el último año, que hasta le habían enviado a casa una cesta bien surtida por Navidad. Además, ahora que faltaba tan poco, para el día en que por fin iban a elevar al esposo al último peldaño de los altares, Eulalia no iba a desaprovechar la posibilidad de viajar gratis de nuevo a Roma. Ciudad no menos eterna que el cuerpo incorrupto de su Argimiro, cuyo único milagro verdadero era, si acaso, el de sacarla a pasear más estando muerto, que cuando estuvo en vida...

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