18 de junio de 2015

La calcetinera

Calcetinera
El Zuazo entregó la redacción corregida que nos había mandado el día anterior. Sobrevolaba en torno a nosotros desde lo alto de su corpulenta estampa de aizkolari, repartiendo advertencias y consejos a diestro y siniestro.

-Ayer por la tarde le vi a usted jugando a damas con unas calcetineras del colegio de al lado.

Sobre los pupitres, dejaba caer con desdén aquellas hojas plagadas de observaciones indescifrables escritas de su puño y letra con bolígrafo rojo.

-Usted ha escrito "la blanca nieve". La nieve, siempre es blanca. Y si no es blanca, no es nieve, sino otra cosa.

Al llegar a mí, su voz estentórea me sermoneó:

-Y a usted, señor Salinas, le he confiscado su escrito calenturiento. Tiene el exceso de imaginación de un gacetillero progre. Pero no se me vaya a quejar, que le he puesto un siete y medio. Eso sí, la próxima vez que me ponga una efe de izquierdas le suspendo.

La nota que me puso no compensó la rabia que me dio por el hecho de haberme requisado la redacción. Me parecía injusto, y no me sentía igual de indignado desde que, tres años antes, el Demetrio se quedara con nuestros trabajos de marquetería que decoraban el aula. Pero cualquiera le replicaba a ese calvorota con manos de pelotari, que presumía ante nosotros, madrileñitos de barrio obrero, de ser votante acérrimo del Partido Nacionalista Vasco.

No obstante, aquel escrito siempre permaneció en mi cabeza, y sin parar de darle vueltas lo mantuve en mi recuerdo a través de los años, como si se tratara de una especie de tradición oral que traía conmigo mismo. La redacción se titulaba “La calcetinera”, y en sus líneas me trasladaba al futuro, muchos años después de que hubiera terminado aquel último curso en que iba a estar junto a mis compañeros de clase.

Recuerdo que la historia empezaba con Adrián, uno de los compañeros de clase. Lo imaginé igual de flaco, sin que el paso del tiempo hubiera logrado añadirle un solo gramo de más. Pero no sé por qué, ya no era un canijo, sino mucho más espigado, y tenía el porte desgarbado de una estrella del rock and roll de los sesenta, con sus patillas a lo Curro Jiménez y una especie de botas camperas acabadas en punta, con las que probablemente le sería imposible atinar a la pelota de tenis con la que solía jugar al fútbol en los recreos.

Se había casado y hasta tenía una niña –quién lo iba a imaginar-, muy mona que, en mi imaginación, poco o nada se parecía a él. Algo no encajaba en aquella estrella del rock, pues -con ninguna resignación- empujaba un carrito de ruedas minúsculas, mientras su esposa lo iba llenando con artículos de toda índole. Aburrido y extraviado, avanzaba entre los estantes de productos que trazaban las calles de una especie de centro comercial, un engendro arquitectónico enorme a medio camino entre un economato y Galerías Preciados.

Adrián manejaba aquel vehículo desmotorizado como si estuviera ebrio, dando tumbos y chocando de vez en cuando contra los otros carritos del economato:

-Señora, fíjese un poco, que va por el carril contrario –balbuceaba.

Entre tumbo y tumbo, su mujer, que no paraba de meter productos dentro del carrito, le conminaba a que fuese con más cuidado, porque iba desperdigando la carga. Cuando por fin el carrito estuvo lleno a rebosar, su parienta y él enfilaron el camino de salida. Tenían que pasar por una especie de peaje de carretera, en el que unas señoritas, sentadas junto a sus respectivas máquinas registradoras, comprobaban el precio de los artículos y preparaban la cuenta a los clientes.

-Son ciento cincuenta y siete con veinte.

No eran pesetas lo que reclamaba la rubia oxigenada de la cajera, sino otro tipo de moneda más moderna, en la que no aparecía el rey Juan Carlos en ninguno de los billetes de curso legal. Adrián sacó del bolsillo trasero del pantalón una cartera de piel de cocodrilo, y le entregó a la chica un billete de quinientos.

La rubia empezó a calcular el cambio igual que una colegiala, haciendo sumas y restas con un lapicero en una libretilla. Mientras tanto, a Adrián se le extravió la vista hacia los pezones que despuntaban en su blusa ajustada. Fue como si de repente saliera del estado de letargo en que iba inmerso, y más aún cuando leyó el cartelito que, con su nombre, la chica llevaba prendido en la blusa:

-¡Hostia, la Ivana! –exclamó para sí.

-¿Qué dices? –preguntó su mujer.

La cajera devolvió a Adrián el cambio, y su mujer le conminó a que continuase empujando el carrito.

-¡Espera!: lleva tú la compra al coche; me he olvidado de coger unas cervezas.

La esposa se sintió desamparada cuando vio que el marido eludía la obligación de empujar el carro con una excusa tan pueril. Echando sapos y culebras por la boca, no lo cupo más remedio que conducirlo ella misma hasta el interior del parking en que habían estacionado su vehículo. Sola descargó la compra y, contrariada, esperó en el interior del coche a ver si su maridito se decidía a regresar.

Adrián ya iba tardando más de la cuenta. Andaba perdido, dentro del economato, intentando localizar el estante de las bebidas alcohólicas. Por fin dio con él, y terminó escogiendo una botella especial de cerveza negra embotellada en Morata de Tajuña. Luego cogió otra vez la senda que llevaba hasta aquella cajera rubia de pechos prometedores. Esperó impaciente detrás de la fila hasta que le llegó el turno de pagar. Cuando tuvo a la chica a tiro le sonrió con su pose de estrella del rock, y volvió a comprobar que, en efecto, en el cartelito que llevaba prendido ponía el nombre de “Ivana”.

-Dos con veinte–dijo la rubia.

-Toma muñeca; quédate con el cambio –costestó, entregándole otro billete de quinientos, y arqueando el entrecejo con el gesto de tipo duro que había aprendido en una extraña carrera de universidad.

En el parking, la impaciencia de la esposa debía ir en aumento, pero de momento Adrián no fue en su busca. Se remangó la pernera de su pantalón de pitillo, y de una de las botas sacó un teléfono sin cables, minúsculo y con teclas en lugar de dial. Marcó con la mano izquierda, mientras que con la que le quedaba libre se ajustó el paquete de la entrepierna.

-Juan Carlos, tío, no te lo vas a creer: he visto a la Ivana.

-¡Coño, Adri, cuánto tiempo! ¿De qué Ivana me hablas? –respondió al otro lado de la línea una voz rajada, y no menos honda que la del Zuazo.

-¡Tío, coño, la Ivana, la calcetinera del colegio Central! ¿No te acuerdas?

-¡Pero tronco, Adri! ¿Ya has vuelto a beber?

-Te lo juro, tío. Acabo de encontrarme con la Ivana, aquí, en una galería comercial de la Ciudad de los Ángeles, que he venido a comprar con mi mujer. ¡Coño, mi mujer! Tío, tengo que dejarte, que me está esperando. Luego te llamo. Adiós.

Después de aquella conversación telefónica, días después se sucedió otra más larga y distendida, pero ésta en torno a la barra de un bar.

-¿Pero cómo va a ser la Ivana, Adri? –puso en duda Juan Carlos.

-Tío: era igual de rubia, y tenía un par de tetas... Con ese nombre, no puede ser otra.

-Igual era una rumana, o vete a saber. O una rusa.

-¡Que no, tronco; que en el cartelito que llevaba sobre una de las tetas, no sé si la de la izquierda o la de la derecha, ponía también su apellido, y era español! No lo recuerdo: Pérez, García, Jiménez… ¡Coño, al final va a ser prima mía!

-Tío, tú alucinas. Si al menos pudiéramos dar con el Chemita, para que diera fe de que es realmente ella…

-Creo que lo podría localizar –aseguró Adrián.

-Él fue quien la conoció mejor, que lo pilló el Zuazo: “Nene, ayer lo vi a usted con una calcetinera”.

Tras aquella reunión improvisada en el bar, Juan Carlos se animó a mover de nuevo los hilos entre los antiguos compañeros de clase. Pretendía organizar un reencuentro, otro intento más por quedar, pero ahora, con la noticia de la aparición de la Ivana, había una razón de peso para que nadie faltase a la cita. El plan era quedar directamente en el economato, comprobar que la Ivana no era producto de ninguna alucinación de Adrián, e incluso proponerle a la chica, si alguien tenía los huevos suficientes, que después del trabajo se fuera a tomar unas cañas con nosotros.

Esta vez la convocatoria fue un éxito y, como cuando don Pedro Bote nos sacaba de excursión por los palacios de Madrid, allí estábamos casi todos, aunque en un lugar que tenía mucho menos de oropel: el nada glamuroso estacionamiento del economato en el que supuestamente trabajaba la Ivana. Nuestras barrigas, canas o calvas eran un indicio del paso del tiempo: muchos no nos habíamos vuelto a ver desde hacía más de 30 años. Éramos una panda de cuarentones babeando por volver a ver al mito erótico de nuestra primera adolescencia. Incluso alguno había llegado ese mismo día a Madrid desde Asturias o Mallorca.

-Yo me voy a tener que ir en seguida –se disculpó Guerra nadas más vernos.

-¡Joder, Guerra, tío! ¿ya te vas a pirar? –le reclamó Carlos Roca.

-Es que me he escapado de la comunión de mis gemelos.

-¿Tú también tienes mellizos? –preguntó Alfonso-. Las mías las he dejado con su madre.

-¡Bueno, tronquis! ¿Vamos adentro en busca de la Ivana, o nos quedamos aquí largando sobre nuestros hijos y parientas, y luego nos hacemos unas pajas? –dijo Ángel Luis.

El vigilante de seguridad se alarmó en cuanto vio aparecer por la entrada a aquel tropel de maduritos que voceaban como adolescentes desbocados en un viaje de fin de curso por Torremolinos.

-¿Y quién le va a proponer que se venga a tomar unas cañas? –preguntó alguien.

-Que se lo diga Ángel Luis, que para eso es el delegado.

-Sois todos una mariconazos; siempre me colgáis a mí todos los marrones.

-Tranquilos, que ya se lo digo yo, que para eso os he traído hasta aquí –se ofreció Adrián, con un ligero aire de sobrado.

-¿Y si no quiere venir?

-La podríamos seguir hasta su casa –dijo Pedro Montalvo.

-Joder, tío, al final nos van a meter a todos juntos en el talego, por acosadores.

-¡Menudo fiestón, organizaríamos entonces!

La comitiva estudiantil tomó provisiones hasta completar varios carritos de cerveza. A mí me costó mi empeño convencer al personal para hacerle hueco a una sola caja de mirindas.

-¡Salinas, coño, no seas maricón!

-¡Borrachos! –me defendí.

Mientras empujábamos los carritos rumbo a la zona de peaje, Roca y Muñoz aprovecharon para charlar acerca de no sé qué rollo del karma, pero se dejaron de vainas trascendentales en cuanto se divisó a lo lejos el rubio platino de la Ivana. Entonces Adrián nos puso aún más ansiosos con sus comentarios entusiastas:

-Está igual. ¡Vais a ver qué tetas tiene! Con los años, hasta le han crecido.

-Entonces, ¿no está igual? –dije algo puntilloso.

-¡Sí, coño!: igual que yo la recuerdo, pero con más tetas aún.

-Como la madre, que estaba todavía más buena –rememoró Angel Luis.

Adrián pidió ir delante pues, según él, la chica debía recordarle del otro día. Nadie se opuso a que encabezara la comitiva, que condujo en procesión hasta nuestra Virgen rubia oxigenada -o no tan virgen- con la animosidad de un pastor evangélico llegado desde Oklahoma.

-¡Hola nena!, ¿te acuerdas de mí? El del billete de quinientos.

Temiéndose lo peor, la cajera observó al reverendo Adrián y su conjunto de feligreses que lo acompañaban detrás.

-He venido con unos amigos, para secuestrarte y hacerte la reina de nuestra fiesta. Si haces memoria, quizá a alguno recuerdes: colegio Fátima, barrio Usera, año 1984. ¡Compañeros!

Uno por uno, fuimos desfilando por delante de la Ivana. Por fuerza la chica debió sentirse intimidada, pues mientras pasábamos por su lado ninguno perdió de vista la curva prominente que dibujaban sus pechos.

-¿Entonces qué, nena? –pronunció Adrián, cuando terminó de pasar por caja el último de nosotros-. ¿Te vienes con nosotros de fiesta? Podemos invitarte a unas cuantas cervezas.

-O a unas mirindas.

-Disculpe un momento, señor –dijo la Ivana, abandonando intimidada su puesto junto a la caja registradora.

Mientras se alejaba por el pasillo, contemplamos boquiabiertos el contoneo sensual de sus caderas. Era pura provocación: vestía una falda azul corta y ajustada, que le hacía las piernas muy, muy largas. Los calcetines blancos le alcanzaban poco más allá de los tobillos.

-¿No veis, tíos? –comentó Adrián-. Os lo dije: ahí está nuestra calcetinera.

La mayoría estábamos bajo los efectos casi narcóticos de una especie de auto sugestión colectiva, pero cuando Herranz habló, la ilusión fue estallando como pompas de jabón en el aire: “blop, blop, blop”.

-¡Tronquis! ¿Pero cómo va a ser esa tía nuestra Ivana, si tendrá poco más de veinte años?

Sin querer despertar del ensueño, Adrián nos miró a todos buscando que alguien le diese la razón.

-¿A que es ella, Chema?

Chema negó con la cabeza.

-A ver, Adri, calcula –le dijo Herranz, mirándole a los ojos como un reeducador de perros desmadrados-. ¿Cuántos años tendría por aquel entonces? ¿Catorce? Catorce, más treinta y uno que ha pasado...

Adrián descartó de inmediato el desafío mental que le suponía hacer la suma.

-No sé, tíos. Igual se ha operado y se ha estirado la cara. O es su hija. Además, se llama Ivana. ¿Pero no la veis idéntica?

En realidad, después de tanto tiempo casi nadie recordaba exactamente su rostro. Era cierto que nuestra Ivana era rubia platino, que vestía calcetines caídos en sus piernas largas, y que ya por entonces sus tetas incipientes descollaban bajo la blusa de su uniforme de colegiala. Pero aquella cajera no aparentaba tener los cuarenta y tantos años que, según las cuentas, debería tener.

Entre tanto el vigilante de seguridad se había ido acercando con paso decidido hacia nosotros. Escoltaba a la rubia platino, que le seguía parapetada detrás de él.

-Disculpen, señores; me ha dicho la señorita que la están molestando. Lo siento, pero tienen que abandonar el recinto.

Tímidamente, la cajera volvió a ocupar su puesto junto a la caja registradora. Cogió su lápiz y libreta, e hizo unas cuantas sumas.

-Trescientos cuarenta con quince.

Adrián sacó su último billete de quinientos y, sin dejar de mirar a la cajera, pagó la cuenta.

-Su cambio –dijo la chica, esquivando la mirada de vicioso de él.

-Pues yo te veo igual que hace 30 años, Ivana, igual, igual –insistió Adrián.

-Por favor, si ya ha pagado, retírese, a menos que prefiera que le haga un jueguecito sexual que yo me sé –amenazó el vigilante, acariciando su porra.

-Eh, eh, tranquilo, machote, que soy abogado –salió al quite Juan Carlos-. Ya me encargo yo de llevarme a mi amigo.

Poco después, en el parking del economato se respiraba cierto aire de decepción. Adrián seguía en estado sonámbulo, y al resto parecía que nos acababa de despertar de la siesta un vendedor de enciclopedias. Aquello amenazaba en convertirse en un funeral, pero Ángel Luis abrió una cerveza con la hebilla de su cinturón de motero y, rememorando el desempeño de su papel de delegado de clase, nos largó una arenga como la de las películas americanas:

-A ver troncos, pensad un poco: tenemos birras y mirindas. Y gracias a Adri, y sobre todo a la Ivana -sea o no la auténtica-, por fin hoy hemos conseguido quedar de una puta vez después de tantos años. Así que, aprovechemos el tiempo, que 30 años no son nada. ¡Continuemos la fiesta! ¡Un brindis por vosotros, compañeros…! ¡Y por la Ivana!

De un largo trago se pimpló la cerveza, y luego emitió un eructo que retumbó por todo el aparcamiento.

-Yo me tengo que ir ya –se excusó Guerra-. La comunión de mis gemelos…

-Pero tronqui, ¿no te vas a tomar unas birras con nosotros?

-Bueno, venga, vale. Pero sólo un par.

A Guerra lo debieron de excomulgar, porque ese par de cervezas se le alargaron más de lo que tenía previsto. Allí mismo, por los alrededores del centro comercial, bebimos y charlamos hasta bien entrada la noche, pues anécdotas teníamos para rato. Luego cada cual debió dar en casa las explicaciones que necesitase dar, durmió la mona, y hasta soñó con una calcetinera adolescente sin que nadie le acusara de degenerado. Yo, floté toda la noche en el aire, pero no por el ensueño de haber vuelto a ver a la dulce Ivana, sino por los gases que me provocó la empalagosa Mirinda.

***

Así recuerdo, más o menos, la redacción que el Zuazo me requisó. He de confesar que, al reescribirla, la he corregido un poco, acortando detalles innecesarios. Porque algo de estilo he aprendido en estos años. Por supuesto que ahora jamás entrego un original sin guardar una copia primero. Pues, aunque esta vez no me ha cabido más remedio, si algo odio más que nada es tener que escribir el mismo texto dos veces…

14 de junio de 2015

La herencia

Junto al lecho de muerte.
Por Edvard Munch
Pese a todos los pronósticos, en el lecho de muerte estaba rodeado por sus cinco hijos. Se habían congregado en torno al viejo moribundo empujados por el único nexo que les unía: la avaricia, ante la repartición de la posible herencia que, en alguna parte, presuponían que debía tener escondida. No existían otras razones ni sentimentalismos más allá del mero interés. A fin de cuentas, el padre se había comportado en vida como un auténtico hijo de la gran puta; no había manera más breve y acertada para definirlo, ni ropajes que le entallaron tan bien.

Si acaso, Andrés, el mayor de los hermanos, era el único que no se parecía en nada al padre. Más bien, era su madre quien le había contagiado la enfermedad incurable y hereditaria de la resignación. Por el contrario, sus hermanos, Lucía, Juana, Amparo y Pepe, eran versiones de la misma ruindad del padre, aderezada por un resentimiento común hacia la vida cicatera a la que fueron condenados durante la infancia.

Salvo Andrés, ninguno tuvo un mínimo gesto de agradecimiento hacia la madre, ni supo valorar la enormidad de coraje con que se empeñó en sacarlos adelante. La abandonada esposa tuvo que hacer auténticos ejercicios de funámbulo para administrar una casa con las cuatro perras que el marido le dejaba caer, con cuenta gotas, cada principio de mes. Siempre estuvo igual de sola que una viuda, pues el marido nada más aparecía por casa cuando el sueño le vencía y no encontraba otro lecho de mujer más a mano. Era tan ausente, que no acudía ni a las horas de comer, porque sabía que poco había que rascar en las alacenas desangeladas de su propia casa. Prefería el crápula merodear por la cantina del señor Julián, para regalarse la buena vida que escatimaba a la familia legítima. El lustre de su piel, tersa y sonrosada, contrastaba con el aspecto pálido y desmejorado de su mujer y chiquillos.

Mientras engalanaba a sus niños y esposa con ropajes de pordiosero, él siempre iba de punta en blanco. Tenía el hombre cierta obsesión por el buen vestir, y reñía a la mujer y la advertía con severidad para que mantuviese su par de trajes impecables y a salvo de las travesuras de los niños. Llegaba a las manos con la parienta si descubría cualquier desperfecto o arruga en los trajes, pues aseguraba que esas eran sus herramientas de trabajo. Aunque alguna idea tenía, la mujer nunca supo con certeza cómo se ganaba la vida. Pero sí sabía que era mejor no hacer demasiadas preguntas.

Años después de aquella infancia desperdiciada, cuando a la vieja le llegó el momento de expirar, sólo Andrés se dignó a visitarla en el hospital, para que no muriera sola. Incluso se hizo cargo de todos los gastos del sepelio. Las cosas eran bien distintas ahora que el padre tocaba a su fin. Los hermanos de Andrés esperaban que, al menos en el lecho de muerte, el viejo se enterneciera y les confesase dónde tenía guardado el dinero que nunca empleó en ellos. Si es que había dineros escondidos...

Que a todas luces tendría que haberlos, ya que el padre, que siempre echó en cara a los hijos el trabajo que le costaba el mantenerlos, nunca fue amigo de despilfarrar. Y mucho menos lo era de confiar en los bancos, para que le guardasen unos ahorros que, según él, con tanto esfuerzo había ganado. Para custodiar sus dineros ya se bastaba él mismo, metiéndolos en una caja que, según decía, escondía en un lugar secreto. Había asegurado a la familia que sólo confesaría el escondite cuando le llegase el turno de espicharla. Ahora que había llegado ese momento, los cuatro hijos menores confiaban en que el viejo cumpliera con su promesa. Sólo Andrés desconfiaba de quien jamás cumplió una palabra dada. Pero de todas formas allí estaba, junto a sus cuatro hermanos, en torno al camastro en que su padre agotaba los minutos últimos de un miserable existir...

Con palabras zalameras, Lucía y Juana intentaban sonsacar a su padre el escondite de la presunta caja en que guardaba los ahorros de toda una vida. Cualquier tentativa resultaba baldía, y ni siquiera Amparo, más estratega que sus dos hermanas, lograba arrancarle una sola palabra de los labios. Pepe, contrariado porque el viejo no soltaba prenda, despotricaba en alto sin la menor decencia ni inteligencia alguna.

-¡Coño, Pepe, que te va a sentir; así nunca nos dirá dónde esconde el dinero! -le echó en cara Amparo.

Ya temían los cuatro hermanos menores que el papá enfilase el camino hacia el infierno sin revelarles su secreto, cuando en el último aliento de vida el moribundo pronunció con esfuerzo el nombre del hijo mayor. Entonces, Andrés se acercó a la cama y arrimó la oreja a los labios susurrantes de su padre. Éste balbuceó unas cuantas palabras, dibujó en los labios una mueca burlona, y finalmente expiró.

-¡Miradle, con qué cara de hijoeputa se ha marchado para el otro barrio! -fue lo único que acertó a decir Pepe.

-¿Pero qué te ha dicho, Andrés, qué te ha dicho? ¿Te contó dónde escondió la caja? -preguntó ansiosa Lucía.

Conociendo la avaricia de los hermanos, Andrés sabía que la revelación final de su padre le iba a suponer más de un quebradero de cabeza. Porque entre otras cosas, le había venido a decir que no había caja ni tesoro escondido. Era consciente de que Pepe, Juana, Lucía y Amparo jamás le iban a creer.

-Me contó algo personal, que prefiero callarme. Y respecto al dinero, dijo que se lo gastó todo.

-¿Pero exactamente, qué cojones te dijo el viejo? -le interrogó con vehemencia el hermano.

-¡Sí!, ¿cuáles fueron sus palabras exactas? -dijo Juana.

-Creedme: lo único importante es que no nos ha dejado ningún dinero.

Después de incinerar los restos mortales del padre, tras un escueto acto fúnebre al que no asistió nadie más que ellos, los cinco hermanos vaciaron las cenizas en la primera alcantarilla que encontraron a su paso. Lucía, Juana y Amparo se disputaron la urna funeraria vacía. Pepe, harto del revuelo de gallinero que en un momento armaron las tres, por un objeto tan estúpido, lo hizo añicos estrellándolo contra el adoquinado sucio de la acera.

Luego, con la exhaustiva profesionalidad de un pelotón alemán de la Gestapo hambriento de méritos, los cuatro hermanos pequeños revolvieron todo lo que había que revolver en casa del padre. Hasta desmantelaron las baldosas del suelo y los azulejos de las paredes, y redujeron los muebles a astillas, sin que la dichosa caja de caudales apareciese por ningún lado. De buena gana Andrés se hubiera desentendido del asunto a las primeras de cambio, pero era consciente de que no tenía escapatoria. Para su desgracia, las últimas palabras del viejo fueron para él, por lo que ahora sus hermanos le acosaban para que revelase de una vez el secreto que, según pensaban, reservaba para él.

-¿Pero qué te dijo papá exactamente? ¿Qué es lo que te contó? ¡Anda, dinos! -le apretaban las hermanas, como en un interrogatorio.

-¿No veis que la caja no está en la casa? -se lamentaba Pepe-. Seguro que el viejo la escondió en otro lugar, y Andrés no quiere decirnos dónde está, para quedarse con todo el dinero...

Andrés se sintió tan acorralado que, rabioso, amenazó a sus hermanos con contarles todo, palabra por palabra.

-Está bien, sabréis todo lo que me dijo papá, pero ni aun así me vais a creer. Os va a joder oírlo...

-¡Habla de una puta vez! -insitió el hermano.

Andrés pensaba que el remedio iba a ser peor que la enfermedad, que mejor hubiera sido no dar tantos detalles ni explicaciones. Y aunque sabía que las palabras finales del viejo les iban a escocer, ante la insistencia de sus hermanos, no le cupo más remedio que repetírselas literalmente: "Nada de mí dejo en ti. Toda mi herencia, queda en la manera de ser de tus hermanos. Diles que no esperen otra cosa: el dinero lo gastaba en putas y amantes".

Pepe, Juana, Lucía y Amparo no quisieron entender nada, pues eran incapaces de comprender argumento distinto que no fuera el del lugar en donde el viejo había escondido el dinero. Tal y como pensaba Andrés, ninguno le creyó, y le echaron en cara que se estaba burlando de ellos. Terminaron retirándole la palabra, y envidiosos de que él hubiera sido el único testigo de las palabras finales del padre, le guardaron un rencor ciego de por vida.

Así fue como el legado del viejo pasó a cuatro de sus cinco hijos reconocidos. El virus de la ruindad se transmitió a la siguiente generación, como siempre lo ha hecho por los siglos de los siglos...

1 de junio de 2015

El eclipse

Eclipse solar
Foto por NASA Goddard Space Flight Center
Cuando el sol se escondió así, tan de repente, sin pedir permiso a nadie, algunas personas y animales quedaron tan desconcertados que se paseaban cual si estuvieran dominados por el desasosiego y la prisa.

-Espabila hijo, que a esta paso no llegamos ni para cuando nos alcance el alba.

-No tenga cuidado, madre, que ya me sé yo mover entre tinieblas, aunque sea a tientas. Además, tras esta repentina caída del sol, incluso entreveo las formas mejor que nunca. Fíjese, porque la oscuridad no es total, es así como penumbra, y el exceso de luz de otra veces no daña mis ojos sensibles, e incluso acierto a distinguir las cosas mucho mejor.

-¡Mejor, mejor...! ¿Pero qué dices, hijo, si no se ve tres en un burro? ¡Sólo dices tonterías!

-Que no, madre. Mire, mire. Allí arriba pone: "Horchatería La valenciana: de chufas recién ordeñadas". Ayer, mismamente, yo no era capaz de leer ese cartel.

-Lo que no eras capaz era de leer, ni ese cartel ni ninguno. Lo que pasa es que ahora que no se ve, y no hay manera de contradecirte, te lo inventas todo.

-No madre, que yo sí se leer. Pero antes, el exceso de luz de todos los días me cegaba y no era capaz de diferenciar los contornos de las letras.

-¡Dale...! ¡Si ni de noche has sabido tú leer de nunca jamás!

-Me subestima, madre. ¿No recuerda cuando de noche le repasaba las cuentas?

-En cualquier caso eso serían números, no letras. Además, no recuerdo, ¿de cuándo me has repasado tú a mí las cuentas?

-Cuando era chico.

-Pos no me acuerdo.

-Pos acuérdese, haga memoria.

-Además, qué importa eso. Anda, dale, que no llegamos.

-Pero ¿para qué tanta prisa? Déjeme disfrutar del paisaje bajo esta penumbra deliciosa...

-¡Mira que llamarle penumbra a esta oscuridad total sobrevenida...!

-¿Quién anda ahí? -interrumpió un vecino.

-Somos nosotros: yo, el Euclides, y mi madre.

-¡Ah, el albino! Ya te intuí a ti, chico, que algo relumbras aunque no haya casi luz. Pero ¿dónde está tu madre, que no acierto a verla?

-Aquí ando junto a mi hijo, vecino, y ahí vamos camino de la mercería a cambiar la lana negra por otra más clara, que se aprecie mejor.

-Pues os va a dar igual: ni aunque os la cambien por blanca la distinguiréis, porque no se ve tres en un burro.

-Eso le venía diciendo yo al Euclides.

-Que sí que se ve, madre, o al menos yo diferencio ahora mejor las formas que cuando el sol está en toda su plenitud.

-Pues tú sabrás, chico -dijo el vecino-, pero yo no me atrevo a alejarme de la puerta de casa hasta que vuelva a enderezarse el sol, no vaya a desacertar luego yo la senda de regreso.

-Adiós vecino, que no queremos entretenernos más, por si nos cierran la tienda. Anda, Euclides, tira pa'lante.

-Nos vamos, vecino, y perdone, que mi madre anda con prisas; ni me deja extasiarme bajo esta deliciosa penumbra.

-Pa lo que vas a ver, chico...

-Pos eso le digo yo al Euclides, vecino, pero así me contesta, que ni a su madre respeta.

-¿Qué cosas dice que yo le digo que son falta de respeto?

-¡Anda, anda, tira pa'lante, y no me repliques delante del vecino!

Resguardado bajo la intimidad que le concedía la penumbra, el vecino dibujó una sonrisa amplia antes de despedir a Euclides y a su madre:

-Pues nada, vayan ustedes por la sombra y ándense con cuidado, que de noche todos los gatos son pardos.

-Adiós vecino -dijo Euclides.

Después, con paso firme y seguro, Euclides continuó guiando a su madre a través de los espacios sombríos.

-Ya has escuchado al vecino: ándate con cuidado, que todos los gatos son pardos.

-No tan pardos, madre, o mire ése que está ahí, entre los cubos de basura: es anaranjado con motas carmesí.

-¿Tú te crees que yo me chupo el dedo, o qué? Tira pa'lante, y deja de inventar cuentos.

-¡Miau, miau!

-¿No oyó al gato madre?

-¿Sí, y qué? Seguro que es pardo.

-Que no, madre, que es naranja con motas carmesí. ¿O carmesí con motas anaranjadas?

-¿No ves, como no ves?

-Sí que veo, pero no distinguí bien si el minino tenía más de anaranjado que de color carmesí.

-Anda, tira pa'lante, y palpa bien las paredes, no nos vayamos a extraviar, como les pasó a algunos la última vez que vino a suceder este fenómeno en el pueblo.

-¿La última vez? ¿Cuándo fue eso?

-Según contó tu abuelo, que le contó su abuelo, hará lo menos 200 años.

-Pos no recuerdo...

-¡Cómo vas a recordar, si de tan chico que eras no habías ni nacido...!

-¡Ah...! ¡200 años, madre...! ¿Se da usted cuenta de cuánto tiempo?

-Eso creo que dijo el abuelo de tu abuelo.

-Mucho voy a tener que esperar para poder reconocer otra vez las formas así tan nítidas, sin que el sol me deslumbre y salpique de ronchas mi piel.

-Por eso, date prisa, que para qué vamos a esperar tanto tiempo. Ya verás como al final nos cerrarán la mercería, ya verás...

-Que no me entiende, madre: ¡ande, déjeme un momentito para que pueda maravillarme bajo esta penumbra tan agradable...!

-Bueno, vale, pero sólo por esta vez. Espero que la próxima ocasión que sobrevenga la noche así, tan de repente, no me vayas a salir con lo mismo.

-Se lo prometo, madre, será sólo por esta vez.

Mientras su madre intentaba amarrar la impaciencia indómita que la azuzaba por dentro, Euclides contemplaba relajado el paisaje habitado por la penumbra.

-¡Bueno, ya está! ¡Tira pa'lante y camina deprisa, que ya nos hemos retrasado más de la cuenta...!

-¿Ya? ¡Pero madre...!

-¡Anda, deja de protestar y... tira pa'lante!, ¿eh?, ¡tira pa'lante...!

No bien llegaban Euclides y su madre a la mercería, cuando el sol empezó a desperezarse de su siesta efímera...

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