21 de abril de 2015

La anciana del supermercado

Supermercado
Barajaba los días de entre semana como si fueran naipes, para no coincidir en el supermercado con aquella viejita que tanto le sacaba de quicio. Como fuera que fuese, el azar se las recomponía siempre para atravesarla en su camino, tres de cada cuatro veces que acudía a por huevos o pan. No había manera de esquivar su presencia molesta, que saltaba a la vista por lo colorido de sus vestidos poblados de florecitas.

La mayor parte de las veces, cuando llegaba el momento de pagar, la anciana se las apañaba para adelantársele en la fila. Era un reguero humano e interminable el que iba dejando en pos de ella, una estela agitada de clientes tan desesperados como él. Todo el mundo maldecía y se preguntaba por qué allí sólo atendía una cajera que, indolente a los suspiros que emergían de la larga hilera de penitentes, aclaraba con parsimonia las dudas existenciales de la vieja acerca de los productos en oferta.

-¡Dios, no me lo puedo creer! -musitaban los más.

En ocasiones, la viejita lo sorprendía observándola estupefacto, y entonces le regalaba una sonrisa benévola que él recibía casi como una burla. Aunque fingida, no encontraba en su repertorio más respuesta que la de devolverle otra sonrisa, de bobo, hecho que le reconcomía y enojaba, consigo mismo, aún más.

Y como siempre sucedía igual, ya sabía él lo que le esperaba cada vez en el supermercado: el disfraz chillón de flores mimetizado en el panorama multicolor de los lineales, la cajera inmutable, los clientes clamando al cielo, la actitud pánfila de la vieja pidiendo un poco de comprensión... Todo sucedía según un recurrente pero inevitable guión de película repetida, en la que la protagonista era la anciana, y en la que a él sólo le correspondía una pequeña porción en un patético papel de actor secundario.

Una tarde cayó en la cuenta de que no había visto a la vieja en toda una semana: ni el primer día, ni el segundo, ni el tercero que bajó a comprar se topó con ella. Pensó que la anciana debía andar enferma, pero el caso es que ya jamás volvió a coincidir con ella. Desde entonces la fila y el tiempo corrieron tan ligeros, que el momento de la compra le pareció otro más de los hechos insustanciales de su vida. Inexplicablemente para él, en el supermercado ya nada era lo mismo sin el tumulto nervioso y encrespado que arremolinaba antes la vieja a su paso. No le cupo más remedio que reconocer que hasta la echaba de menos, a ella, a sus gestos amables... Y a todos esos vestidos suyos moteados de flores, tan inconfundibles y acordes con la espesura multicolor que conformaban las estanterías rebosantes de productos...

7 de abril de 2015

Inexorable destino

Cables cortados
Las cosas suceden porque tienen que suceder, y es inútil darle más vueltas al asunto. En ocasiones, nos gustaría trastocar la manija que marca el sendero del destino, pero cuando los acontecimientos se presentan tercos, cual carneros disputando los favores de una hembra en celo, no hay nada que hacer para disuadirlos de sus intenciones.

Pese a toda esa predeterminación de los hechos consumados, aquel oficial de primera, perteneciente al cuerpo técnico de reparaciones ferroviarias, se había obstinado en mudar los designios que le encaminaban a su despeñadero particular. Pensaba que, al menos, nada perdía si ponía algo de su parte en intentarlo.

Andaba el hombre husmeando en el interior de una arqueta de registro, situada en uno de los andenes de la estación central. Su cabeza parecía engullida por ese pequeño agujero cuadrangular, como cuando las avestruces esconden el pescuezo dentro del terreno para pasar desapercibidas y escabullirse así de las amenazas. Pero más bien se trataba de lo contrario, y si el mecánico perdía la cabeza dentro del agujero era con la osadía de enfrentar su suerte y voltear la partida de cartas a su favor.

Alrededor de la arqueta había dispuesto todo un arsenal de herramientas metálicas, con la diligencia rigurosa de una tripulación de quirófano antes de una operación a vida o muerte. Sin embargo, la imagen del conjunto de llaves inglesas y utensilios, de todos los calibres, recordaba más al puesto ambulante de un chamarilero que anduviera exponiendo su mercancía sobre el suelo gris y adoquinado. Justo a un paso, tras los confines del andén, las vías se perdían por dos horizontes, el de ida y el de vuelta, como una metáfora del propio destino al que en ese momento el oficial de primera encaraba.

Aquel doctor en ciencias mecánicas y engranajes grasientos, andaba metido en reorganizar el tráfico ferroviario. O más bien en desajustar la milimétrica y precisa maquinaria de reloj que regulaba el tránsito de trenes. En concreto pretendía detener a uno solo de los trenes. Y le bastaba con paralizarlo o enviarlo a una vía muerta durante un solo día. Tan solo un día le iba a hacer falta -según sus estimaciones- para disuadir a una mujer que olía a clavo y canela, y que le había sorbido el seso y, por ende, despojado de toda sensatez. Consideraba que no iba a necesitar más tiempo para convencerla de que no subiese a ese odioso tren que estaba resuelta a tomar. Debía darse prisa pues, si no espabilaba, el susodicho tren no iba a tardar demasiado en aparecer. Ella esperaba ya en el vestíbulo de la estación, escrutando enfurruñada el panel con los horarios de llegada de los convoyes.

El oficial de primera hundió aún más la cabeza en la oscura arqueta, hasta más allá del cuello. La cuestión ahora se centraba en desentrañar el enigma: el embrollo de todo un revoltijo de cables rojos que desafiaban su determinación y experiencia como mecánico ajustador. A esas alturas no se iba a dejar amedrentar por menos que nada... A fin de cuentas, para lograr echar el freno al tren que tanto le perturbaba, sólo había que acertar con el cable adecuado, el que fuera capaz de poner un poco de confusión en las vías.

No se lo pensó dos veces antes de mutilar con la cizalla el primer cable que le vino a mano. Un chispazo tremendo le hizo dar un respingo tal, que casi se desmocha del cogotazo que se pegó con los bordes del agujero. Ofuscado, comprobó que acababa de dejar a oscuras media estación. Se preguntó si su destino era tan inexorable como para que por gusto insistiese en buscarle las vueltas, retándolo con juegos de enredo entre la maraña de cables de una insulsa arqueta de registro. Regaló un resoplo pleno de tedio al aire tristísimo de la estación ferroviaria y, con absoluta parsimonia, se dispuso a seguir cortando los cables. A sajarlos todos, los que hicieran falta, para truncar los planes de una mujer no menos testaruda que él...

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