22 de marzo de 2015

Rumbo a la isla de Cotocora

Barco velero cerca de la costa
En Benidorm, el clima es tan agradable, como saturados de monotonía son los días. Por si fuera poco, el empleo es estacional. Dos tercios del año no sueles tener problema para buscarte la vida: a Paco y a mí nunca nos faltó un empleo como camareros en algún restaurante cercano a la playa. Yo, además, solía trabajar de limpiadora, o haciendo camas en algún hotel del tres al cuarto. Pero en la temporada de invierno, casi siempre andábamos, como aquel que dice, pateando latas, acumulando deudas por la falta de trabajo, y archiaburridos de no hacer nada, sin oficio ni beneficio. Paco, al menos, se daba su escapadita nocturna para distraerse, por los garitos del paseo marítimo. Entonces yo, que no tengo nada de animal noctámbulo, me quedaba encerrada en casa contemplando el paso de los minutos, hasta que el sueño me vencía y me iba a dormir.

Pero la oficina del paro apareció de imprevisto con una oferta sorprendente, cual último tren en una estación remota y oscura de provincias. Me ofrecieron el "Curso de patrón de embarcaciones de recreo", y no me lo pensé dos veces.

Al principio no supe qué estaba realmente haciendo allí. Era la única mujer en el aula, pero pensé que con aquella acreditación podría encontrar un trabajo mejor. Tras las concienzudas prácticas, que al principio me supusieron más de un mareo, obtuve el título por méritos propios. El caso es que me picó el gusanillo con el asunto de la navegación, como si fuera un oficio hecho a mi medida. Logré colarme en otro curso más especializado, el de "Patrón de yate". Mientras tanto, la entrega de Paco era infinita, ya que se encargaba de trabajar para mantenernos a los dos. Por último, me inscribí también en el curso de "Capitán de yate", éste a costa de nuestra maltrecha economía, tras el que, al menos en los papeles, quedaba acreditada para cruzar mares y océanos.

Tanto esfuerzo y despliegue de recursos para terminar, si acaso, tripulando una de esas sosas embarcaciones con las que distraen a los viejitos y demás turistas por los alrededores de la costa. Pero Paco me salió con una sorprendente propuesta: "Vendamos la casa, compremos un pequeño yate, y huyamos lejos de aquí".

Tras vender el apartamento a unos jubilados ingleses, con el dinero no fue difícil encontrar un yate de vela modesto que estuviese en condiciones óptimas de navegación: compramos el Indomable, un pequeño velero de media eslora. Dada mi escueta experiencia en surcar los mares, la nula de Paco, y la inexistente tripulación en un barco más bien pequeño, a cualquiera le hubiera parecido demasiado arriesgada aquella aventura que nos traíamos entre manos. Pero mi pareja y yo nunca temimos a nada ni a nadie, y una vez decididos a levar anclas, ningún conocido logró convencernos de lo contrario.

Recuerdo la mañana despejada en que zarpamos, en la recién estrenada primavera. A nuestras espaldas, el perfil atiborrado de rascacielos de Benidorm se achicaba, al mismo ritmo en que se esfumaban las deudas y demás preocupaciones. Nos esperaba un minúsculo punto de tierra firme, escogido en un mapa, casi al azar, en mitad del océano Pacífico: la isla de Cotocora. Los acreedores, si es que pretendían recuperar su dinero, que acudieran en pos de nosotros...

La primera noche brindamos con cava bajo un cielo salpicado de estrellas. El viento de poniente alborotaba nuestros cabellos y acrecentaba una sensación de libertad embriagadora. Los efluvios del alcohol y la celebración desmesurada, a punto estuvieron de enviar al fondo del Mediterráneo, cual pecios fenicios, todos nuestros sueños a las primeras de cambio. Afortunadamente, logré esquivar a tiempo el buque mercante que venía directo hacia nosotros. Fue entonces cuando me di cuenta de toda la responsabilidad que, como capitán de la embarcación, recaía sobre mis espaldas. Y por supuesto que, aunque la tarea iba a ser mucho más compleja que la de doblar sábanas en un hotel, estaba dispuesta a poner todo el empeño, y grandes dosis de paciencia, en instruir a Paco en el manejo del velamen. Esa constituiría casi su única obligación formal en la larga travesía que acabábamos de comenzar. 

Nos esperaba un largo viaje, si no el mayor de nuestras vidas. Al principio Paco trató de entretenerse con los artes de pesca que había comprado antes de partir. No tardó en aburrirse, pues no conseguía  apresar más que apenas algún pececillo, y muy de vez en cuando. Pronto le tuve todo el día echado a la bartola, tumbado al sol y tostándose como un torrezno. En cambio yo, por el momento, no me atrevía a abandonar el puente de mando así como así, pues andaba pendiente del rumbo y otros asuntos de la navegación. Me estresó sobremanera el paso del estrecho de Gibraltar, debido al intenso tráfico marino de grandes buques de todo tipo.

Antes de afrontar la gran travesía a través del Atlántico, hicimos un alto en la isla de San Borondón, allá por las islas Canarias. Más que nada por aprovisionarnos y volver a poner a punto el Indomable. Por una simple revisión de nada, un mecánico demasiado espabilado quiso cobrarnos de más. Pero para listos nosotros, así que en cuanto se descuidó escapamos a todo trapo sin pagar.

Rumbo a las Antillas francesas, el leve empuje primaveral de los vientos alisios determinó que la travesía se nos hiciese eterna. El horizonte siempre ofrecía idéntico panorama de cielo y mar. Para entonces, el cuerpo de Paco andaba como un cacahuete tostado. Empezamos a estar cansados el uno del otro, a discutir por naderías, pues no estábamos acostumbrados a pasar tantas horas juntos. De vez en cuando, alguna borrasca fugaz venía a poner un acorde disonante en el azul monótono del paisaje. Era como si sólo las tormentas consiguieran amainar los vientos de nuestras discordias.

Por fin arribamos a la isla de Guadalupe. Acordamos que cada cual, por su cuenta, se entretuviese en lo que más le apeteciera. Paco desaparecía después de la cena, y no regresaba al Indomable hasta bien entrado el amanecer, apestando a humo de tabaco y sudor. Yo prefería descansar sin más, o bien iba de compras, o me adentraba por los parajes de exuberante vegetación que me regalaba la isla. Después de una semana de solaz y regocijo emprendimos de nuevo la marcha.

Atravesamos el mar Caribe con aires renovados. Sobre todo los de Paco, que andaba todo el día envuelto en una nube de humo denso y viciado. Llegó a admitirme que, en tierra firme, había comprado suficiente marihuana como para abastecerse durante dos vueltas al mundo. Le pedí que se deshiciera de la droga, pues debíamos cruzar el canal de Panamá y desconocíamos la legislación del país al respecto. Cuestionando mi determinación para la aventura, decidió no hacerme caso, y otra vez discutimos.

El paso por el canal de Panamá fue especialmente enrevesado, pues Paco insistía, una y otra vez, en que le dejase llevar el timón. Aparte de su íntima relación con la marihuana le había dado por beber, y se puso muy pesado. Por fin me dejó en paz cuando alcanzamos el océano Pacífico. Entonces se volvió bastante huraño, y retomó sus aparejos de pesca, con los que pasaba enredado casi todo el día. Una tarde capturó un pez medio raro, que tenía unos ojos saltones que te miraban como desde todas partes. Él mismo lo limpió y cocinó. Cenamos sin cruzar ni media palabra. He de reconocer que el pescado resultó exquisito; al menos aquella cena supuso un paréntesis entre los productos congelados y las latas de fabada y sardinas de todos los días...

Comenzaba a tener la sensación de que nuestra relación se estaba yendo a pique, cuando lo que realmente estuvo a punto de zozobrar fue el Indomable. Una impetuosa tormenta nos dio una mala tarde. Entendí sin ambages, con una clarividencia que no dejaba ningún resquicio de duda, que la mar no es un jueguecito de niños disfrazados de piratas. Tanto temí por que nuestra nave alcanzase buen puerto, que incluso recé las oraciones que había relegado al trastero de los recuerdos de mi infancia. Paco anduvo lo suficiente diestro como para recoger trapo cuando fue necesario, y finalmente salimos airosos de lo que pudo constituir una tragedia silenciosa. Después de la tormenta, amenazó con regresar la misma calma tensa de todos los días. De no ser por el acontecimiento inesperado que, al día siguiente, vino a alterar el ritmo cansino de nuestra convivencia.

Observé a estribor una modesta embarcación. Desde su interior, alguien nos hacía señas, oscilando los brazos con desesperación. Amedrentados por las noticias sobre piratas modernos que habíamos visto alguna vez en los telediarios, aproximamos el velero con cierta cautela y temor. Ya más de cerca, contemplamos a un hombre que, exhausto, parecía navegar a la deriva. Paco lo ayudó a subir a bordo. Enseguida le ofrecimos agua. Hablaba un lenguaje incomprensible para nosotros, pero dedujimos, por el mal estado de su embarcación, que le había pillado desprevenido la tormenta de la tarde anterior. No acertamos a adivinar si alguna de aquellas palabras impronunciables que salían por su boca correspondía a su nombre. Como nos habíamos topado con él un séptimo día de la semana, Paco quiso emular a Robinson Crusoe, y decidió llamarle Domingo.

En aquel hombre recio, de piel cobriza, cabellos lacios y ojos achinados, Paco pareció encontrar un nuevo entretenimiento con el que distraer sus horas. Trataba de enseñarle alguna mala palabra, mientras Domingo se esmeraba en pronunciar, por ejemplo, "hijo puta". Entonces Paco se moría de risa. A su vez, Domingo le correspondía con carcajadas, igual que un chiquillo que apenas alcanzase a vislumbrar la dimensión de sus travesuras.

Precisamente ahora, que ya faltaba tan poco para llegar a nuestro destino, era cuando Paco había encontrado a un buen amigo. Parecía que juntos quisieran exprimir al máximo el jugo refrescante de los últimos días de travesía. Domingo aleccionó a Paco en el arte de la pesca, y desde entonces nunca faltó un buen pescado sobre la mesa. Fumaban marihuana y andaban bebiendo a todas horas. Una noche me desvelaron en lo más profundo de mi sueño. Completamente borracho, Paco me apremió para que subiera a cubierta, con el fin de unirme a una fiesta que tenían montada con unas bellas sirenas que acababan de conocer. Le mandé a paseo, di media vuelta y continué durmiendo.

Probablemente los dos amigos presentían que sus días fraternales estaban contados. Una mañana llegó el momento de anunciarles que, a unas pocas millas, se dibujaba por fin el perfil de la isla Cotocora. La noche anterior se habían corrido una buena juerga, y como ahora descansaban, bajé al camarote para comunicarles la noticia. No sé si me decepcionó lo que presencié, o si agradecí que el suceso me despertara a la realidad. Los dos andaban enredados en una juerga de sexo lúbrico que me dejó sin palabras. Paco me vio observarle en silencio, y prosiguió con lo suyo como si nada. Aquel par de millas que distanciaban al Indomable de la costa fueron para mí las más duras del viaje. Comprendí en ese momento el afán con que Paco buscaba siempre esas escapadas nocturnas, ya fuera en Benidorm, Guadalupe o en cualquier lugar en que vivimos juntos.

Nunca llegué a descifrar las razones ocultas por las que Paco me propuso realizar aquel viaje. A fin de cuentas, fue él quien tuvo la idea de comprar un yate de vela. Tal vez era dueño de su propio destino, e intuía que sólo en Cotocora encontraría la felicidad. Dejé a los dos amantes en aquella isla remota y minúscula en mitad del Pacífico, de la que no conocí más que la zona próxima al amarre. Mandé reparar algunos pequeños desperfectos y repuse agua y otros víveres. Al día siguiente volví a izar las velas, iniciando un prolongado viaje de deriva interior por el archipiélago de islas cercanas. Ahora me gano la vida en compañía de mi fiel Indomable, paseando a pasajeros amantes que, desnudos sobre cubierta, se abandonan al paso de las horas bajo los tórridos rayos solares de los Mares del Sur...

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