22 de febrero de 2015

Oh Natasha, Natasha

Chica de pelo cobrizo
La luz tenue del móvil me concedía la dimensión desdibujada y desnuda de tu espalda. Yo estaba en vela y tú dormías a pierna suelta, mientras postergabas, otra noche más, mis ansias ancestrales de adentrarme en ti. Oh Natasha, Natasha...

Tú, montaña glacial, te deslizabas a la deriva sobre la cama hasta colisionar con mis pies calientes. Cuando entibiaba los tuyos, te desprendías de los abrazos, dabas media vuelta, y te sumergías en los sueños insaciables de un tronío que nunca encontraste en la austeridad de mi alcoba. Quizá hayas regresado a Rusia, y desde tu frío país recuerdes con nostalgia mi acolchado edredón sin plumas...

Desplumaste mi valiosa colección de certezas del mismo modo que mi cuenta de ahorros. Siempre tuve la sensación de que nuestro amor hacía aguas por algún agujero; que se evaporaba igual que las botellas de vodka del mueble bar con las que jugabas a recomponer tu ánimo voluble. He de confesarte que te prefería ebria, pues entonces, a pesar de la falta de lucidez, no escatimabas simpatía. Me embelesaba tu sonrisa despreocupada, aunque fuera un tanto estúpida. Oh Natasha, Natasha...

Ni siquiera me dejaste un adiós. En cuanto advertí que tu ausencia era definitiva, arranqué la pila al reloj que cuelga en la pared, en un intento vano de detener el tiempo. Sin embargo, cada segundo cuenta desde que te marchaste. No cambio de sábanas pese a las 534 horas transcurridas. No tiene sentido, lo sé, porque entre los pliegues sudados no queda un átomo de la fragancia de tu cuerpo. Pero no puedo dejar de husmear por todas partes igual que un perro en celo, con la esperanza de dar con tu rastro volatilizado.

Insisto en buscarte a través de las telarañas de cada rincón. ¿Recuerdas el helecho que adornaba la sala de estar? He decidido retirarle todo suministro de agua. Sus hojas, antes verdes, han transmutado a unos tonos cobrizos que me recuerdan al tinte de tu cabello alborotado. También he extraviado a propósito el mando del televisor: sin fútbol ni telenovela, me condeno a mí mismo a pensar a todas horas en ti...

Recuerdo cuando encontré aquel mensaje tuyo, perdido entre la bandeja del correo basura: "Hola, me llamo Natasha, y vivo en una pequeña ciudad rusa. Tengo 24 años, y soy muy cariñosa y romántica". Esas primeras palabras tuyas, escritas en inglés, supusieron para mí la confirmación de que, por fin, el amor se dignaba a merodear por la linde de mi existencia monótona. No me lo pensé dos veces y, a pesar de mi desencuentro con la lengua de Shakespeare, contesté con diligencia a tu solicitud de amistad. En tu siguiente mensaje, la palabra love apareció veinticuatro veces. ¡Qué bien parecías conocer mis debilidades, en definitiva a mí, que toda la vida fui un romántico empedernido...!

El resto, ya lo conoces. Oh Natasha, Natasha... Te confieso ahora que no me agradaban las visitas furtivas -a deshora y casi siempre en mi ausencia- de tu primo Vladimir. Sentía celos cuando lo recibías con aquellos empalagosos abrazos, y más que nada detestaba el exceso de familiaridad que se tomaba conmigo y sus ademanes algo toscos. Pero a fin de cuentas, era la única familia que tenías aquí, y por eso transigí. Lo único que hice mal fue sacrificarme por ti...

Si algo te molestó de mí, al menos podías haber intentado verbalizarlo. Entiendo que el idioma fue un obstáculo para los dos: ni yo hablaba el ruso, ni tú el español, y cuatro palabras mal pronunciadas en inglés nos sirvieron de poco. Por mi parte, sabes que nunca necesité ni te pedí explicaciones, ni justificantes, ni recibos o facturas de ninguna clase. Me fueron indiferentes los pormenores que condimentaban la verdad de nuestra historia. Pero ahora, en este preciso momento, me gustaría otra vez, escuchar de tus labios, la única frase que alcanzaste a pronunciar en mi idioma, durante aquella primera semana de pasión desmesurada en que llegaste a mí: "Te quiero, amor". Aunque sólo fueran palabras de mentira. Oh Natasha, Natasha...

16 de febrero de 2015

Extraordinaria junta de vecinos

Carneros peleando
Foto por www.launsteinimagery.com
Cuando pidió la palabra, todos los vecinos sabían de antemano lo que iba a decir el señor Paco:

-A ver si me arreglan de una vez la gotera, porque mi inquilina no para de darme la lata con el tema.

-Todos los años sale usté con lo mismo, señor Paco -protestó Raquel, la del tercero izquierda-. ¿Pero no dimos parte de eso ya al seguro, hará como tres años?

-Sí, parte se dio, pero ahí sigue el tema estancado, que si es asunto mío, que si de la comunidad... Y mi inquilina está que trina.

La rima casual de la última frase levantó un leve revuelo de sonrisas -alguna un tanto maliciosa-, entre los vecinos más avispados.

-¡Coño, pues no le veo yo la gracia! ¡Que ya está bien, todos los años tengo que venir con la misma copla!

-Sí, sí, y su inquilina está que trina -repitió Manolo, el dueño de la ferretería.

El administrador hacía un amago para apaciguar los ánimos caldeados del señor Paco, cuando la señora Elvira se le adelantó alzando al vuelo un lamento de indignación:

-Y digo yo, que a ver quién es la guarra que me llena de pelos el patio, porque me lo tiene hecho una inmundicia.

Raquel acudió presta con un argumento reivindicativo:

-Oiga, no falte usté, señora Elvira, porque lo mismo puede haber sido un hombre que una mujer, el que le tira la porquería al patio.

-Oye guapa, que yo no le he faltado a nadie, que los pelos son bien de largos, como los de una mujer, y la que se pica, es que ajos come...

Esta vez fue el mismo señor Paco el que vino a relativizar el asunto de los pelos:

-Tiene razón la chica, que ahora también hay hombres que llevan la pelambrera larga como mujeres.

-Pues no lo dirá por usté, señor Paco, que de tonto, no tiene un pelo -se burló el de la ferretería.

-¡Menos cachondeíto, ¿eh, Manolo?, menos cachondeíto! Ande, haga usted el favor de poner un poco de orden, señor administrador; ¿cuál era su nombre?

-Ramón. Tiene razón don Paco; por favor, a ver si guardamos...

-Pero si es que nos tienen aquí dando vueltas, que si los pelos, que si las goteras, y al final nos vamos a perder el fútbol, que hoy es día de Champions. ¿Es que aquí a nadie le gusta el fútbol? Que digo yo, Ramón, que por qué tiene que poner siempre la junta de vecinos los días que echan fútbol por la tele.

El administrador no supo qué argumentar en su defensa: a fin de cuentas, a él el fútbol le traía sin cuidado. Intentó proseguir con el orden del día:

-Bueno, a ver si nos centramos, que el tema de esta junta extraordinaria era la limpieza de la escalera.

-Que anda cómo la traen algunas, las guarras, hecha una porqueriza -protestó la señora Elvira-. Menos mal que a cada cerda le llegará un día su San Martín...

-Por favor, no insistamos en ese tema, no vayamos a perder los nervios, entre dimes y diretes que no conducen a ninguna parte. A ver, la cuestión a decidir es la siguiente: ¿se sigue limpiando la escalera por tramos y turnos entre los vecinos, como hasta ahora, o se contrata una chica de la limpieza?

-Oiga, que también podría ser un chico de la limpieza. Vamos, digo yo, ¿no?

-Sí, claro, Raquel; era sólo una manera de hablar -se excusó el administrador.

-Pues yo opino -se empeñó en porfiar la señora Elvira- que pa lo guarras que son algunas en esta comunidad, más vale de contratar a alguien que venga a limpiarnos. ¡Que una no es criada de nadie! ¡To el día recogiendo manojos de pelos...!

Manolo, resopló antes de opinar:

-Yo digo que votemos de una vez, que al final, ya estoy viendo que me voy a perder el partido.

-¡Claro, como para entrar a su ferretería no hay que pasar por la escalera, le da todo igual! -terció Raquel.

-Oye, guapa, que aunque yo no la use, mi inquilina sí.

-¿Pero qué tiene que ver eso ahora, señor Paco? No estaba hablando con usté...

Para el recién llegado al bloque, Antonio, aquella era su primera junta de vecinos. Todas las miradas recalaron en él, cuando el administrador animó a pronunciarse a quienes aún no habían intervenido.

-Yo, no sé... Lo que decidáis vosotros, que lleváis más tiempo viviendo aquí...

-Ya te irás animando, chaval -le dijo el señor Paco-. Como eres joven, claro; pero ya me dirás cuando tengas una gotera, como es mi caso... ¿Me darán hoy una solución definitiva con lo de la gotera, no?

El administrador insistió al señor Paco en que lo más oportuno era finiquitar el tema de la limpieza, y luego, si eso, ya verían lo de la gotera.

Aún faltaba por dar su opinión la señora Margarita, la apacible anciana del primero derecha que, con una sonrisa en sus labios tan inalterable como algo estúpida, hasta entonces se había limitado a escuchar las conversaciones cruzadas de los demás.

-A mí me parece bien.

-¿Pero bien qué, Margarita? -le apretó las clavijas la señora Elvira.

-Pues eso, hija, que no me importa limpiar mi trozo de escalera cuando me toque. Aunque una, ya no está para muchos trotes.

-Por eso, Margarita, ¿para qué se va a usté a deslomar, pudiendo contratar a alguien que nos limpie?

-Sí claro, me parece bien lo que digáis.

-Tampoco es para tanto limpiar un tramo de escalera -opinó Raquel-. Vamos, digo yo...

-Claro, rica, como tú vives en un tercero... -le buscó de nuevo las cosquillas la señora Elvira-. Se nota que en tu trozo de escalera no pisa nadie más que tú.

Intentando apagar el nuevo conato de incendio, el administrador urgió a que dirimiesen el asunto, de una vez por todas, con una votación. Antonio y la señora Margarita se abstuvieron, y el señor Paco y la señora Elvira se pronunciaron a favor de contratar los servicios de limpieza. Raquel y el de la ferretería optaron por que las cosas permaneciesen como estaban. El empate técnico se deshizo cuando la señora Elvira salió con el cuento de que su vecina del bajo B le había otorgado los poderes para que votase en su nombre, pero que se había dejado el papel firmado en casa.

-Si no ha traído el papelito, entonces no vale -dijo el de la ferretería.

Hastiado de los vecinos, el administrador dio por buena la palabra de la señora Elvira, supeditada a que le trajese otro día el justificante firmado por la vecina.

-Pues yo no piso para nada la escalera, así que no pienso pagar ningún concepto extra de limpieza, a menos que vengan a limpiarme también la ferretería. Señoras y señores, no sé que van a hacer ustedes, pero yo me marcho a ver el fútbol.

Cuando el ferretero abandonó el salón, el resto de vecinos se puso en pie, dando espontáneamente por concluida la reunión. Todos, excepto el señor Paco.

-¿Y yo: qué le cuento ahora a mi inquilina ? ¿Qué va a pasar con mi gotera?

El administrador intentó conformarlo, con la vaga promesa de que en la próxima junta de vecinos el primer punto del orden del día sería el asunto de la gotera. A sus espaldas, mientras tanto, la asamblea de vecinos ya se había disuelto por sí sola, con semejante apremio al de un azucarillo en un café hirviendo...

4 de febrero de 2015

El luchador enmascarado

El luchador enmascarado
El calor agradable de la mañana se tornaba irritante dentro de la máscara del luchador. El hombre enmascarado había llegado a pie, barriendo la acera con su capa y acarreando, como único equipaje, un bolsón de deporte. Ya sólo tenía por delante una escalera de cuatro pisos. A pesar de estar acostumbrado a los golpes del combate y de la vida, enfrentó con falta de resignación el tramo final de peldaños. Después de la molienda de la última pelea, sólo deseaba una cama para poder descansar y restañar sus heridas. Al menos, las paredes descascarilladas de la escalera presagiaban que la habitación estaría a la altura de su economía breve.

Llamó al timbre varias veces, hasta que por fin el dueño de la casa se dignó a abrir la puerta. El tipo lo recibió descalzo, en pantalones cortos y camiseta de tirantes. Sus pelos alborotados eran los de alguien a quien hubieran recién arrebatado de la siesta.

-¿Es aquí donde alquilan una habitación compartida?

-¿Quién se lo dijo?

-El anuncio -respondió el enmascarado, mostrando un pedazo de papel desmigado-. No me fue fácil arrancarlo, estaba bien aferrado a una farola.

-Perdone que no anotase un número. No tengo teléfono: sin amigos, no veo la necesidad de comprarme uno.

-No se preocupe: prefiero el cara a cara y las distancias cortas.

El dueño de la casa exploró de un plumazo, de arriba abajo y sin disimulo, al orondo luchador.

-¿Es usted de fiar?

-Ni más ni menos que su carnicero de confianza.

-¿Y por qué esconde el rostro detrás de esa máscara?

-Soy luchador profesional.

-Lo que imaginaba. No me gustan los tipos que arman pelea.

-A mí tampoco, pero hay que ganarse la vida...

-Ya...

-¿Entonces qué, me enseña la habitación?

El casero, a paso de hombre cansino, condujo al inquilino potencial para que pudiera observar la habitación.

-El cuarto es sencillo -dijo, revelándole el interior.

Con movimientos de cabeza de ida y vuelta, el hombre enmascarado escudriñó aquel territorio sombrío, hasta que su voz contundente liquidó el silencio:

-Escueto.

-Deberá turnarse la cama con la otra inquilina. Ella se marcha a trabajar a las 9 de la mañana, y no regresa hasta eso de las 10 de la noche. ¿Le encaja el horario?

-Perfecto, porque los combates son siempre de noche.

-Son 275 euros al mes. A pensión completa.

-Ok.

El luchador se sentó en la cama. Chirriaron los muelles mientras tanteaba la blandura del colchón.

-¿Así que aquí duerme una mujer?

-¿En qué lo ha notado?

-Me lo acaba de decir usted. Además, esa tabla de planchar...

-Alguna le diría que ése ha sido un comentario un tanto machista.

-Es que soy un luchador, y eso es cosa de hombres.

-Ya... Ese oficio lo deben pagar bien, ¿gana mucho?

-Siempre pierdo.

Como si estuviera en su propia casa, el enmascarado aprehendió la almohada con sus manazas, se la llevó a la cara, y respiró profundo.

-Mmm... este olor me recuerda a una novia que tuve.

Nada comentó el casero.

Los dos hombres cerraron el trato. El luchador dejó su bolsón junto a la cama. Después el propietario de la casa lo condujo hasta la cocina, y quebró un par de huevos para hacerle una tortilla. Mientras batía los huevos, le picó la curiosidad:

-¿No será usted mexicano?

-No; yo soy de aquí, de allá...

-Lo imaginé, porque tiene un acento como de todas partes y de ninguna.

-Pero con esta máscara de luchador todos piensan que soy de México.

-¿Y siempre la lleva puesta?

-Hasta cuando duermo.

-¿Por?

-No me gustaría que nadie notara mi tristeza.

El casero paró de batir los huevos, y entonces el silencio casi resultó incómodo.

-¿Y cuál es el motivo de su tristeza?

-Una mexicana, que me rompió el corazón. Ella me regaló esta máscara, y por puro coraje, por olvidarla y distraer al odio, me hice luchador.

El dueño de la casa continuó batiendo los huevos.

-¿Le va bien ahora, de mañana, una tortilla de jamón?

-Sí hombre. Pero échele un poco más de jamón.

Cuando la tortilla estuvo lista, el casero preparó la mesa en el comedor. El entrechocar de las piezas de la exigua vajilla se entremezcló con el ruido de fondo del televisor. Antes de sentarse a mirar la tele, el dueño de la casa invitó al huésped a que tomase asiento para almorzar. El luchador, indiferente al televisor, fue dando buena cuenta de la tortilla con una apetito voraz. La despedazaba, implacable, con el tenedor en trozos pequeños, que acompañaba con pan y sorbos generosos de vino. El casero contempló inexpresivo el último bocado de aquel hombre hambriento, sin denotar sorpresa ni admiración ante esa facilidad con que el luchador parecía engullirlo todo, en un santiamén, a través de la boca de su máscara.

-¿Estaba rica? -indagó el casero.

-Sí, mucho; a los luchadores nos gusta mucho el jamón.

-Me refería a su novia mexicana.

-Creí que me preguntaba por la tortilla.

-Le puse dos huevos, no crea.

-También para pelear hay que ponerle un par de huevos al asunto.

-Ya... Pues a mí también me dejó una mujer, y desde entonces, no quiero complicaciones.

-Hombre, no hay que tirar nunca la toalla. Yo, cada noche, me enfrento a mis propios demonios, entre las cuatro cuerdas del ring.

-Yo prefiero ver el boxeo por televisión. Y las comedias románticas. ¿Le gustan a usted las comedias románticas?

-No sé de qué me habla.

-Sobre todo las francesas. Mi novia era tan francesa...

La mirada del casero se perdió más allá del tubo catódico del televisor.

-¿Como la tortilla sin jamón? -dijo el luchador.

-Me recordaba tanto a Audrey Tautou... ¿La conoce?

-Me suena su nombre. Tal vez me la hayan presentado alguna de estas noches, después del espectáculo. Pero para entonces, estoy tan exhausto, que no me entero de casi nada.

-Ande, váyase usted a dormir, que parece estar muy cansado.

-Sí que lo estoy. Esta noche me dieron una buena golpiza.

-Al menos, con la máscara, no se le notan los moratones.

-Pero duelen igual...

Ya sobre el catre, sin despojarse de su ropa de luchador, el enmascarado no lograba conciliar el sueño. Y eso que estaba agotado. El olor de la otra inquilina, ese rastro en la almohada, le era tan familiar, que no dejaba de torturarlo. Al no poder descansar, se empezó a agobiar con su propia angustia. Sin poder pegar ojo, la mañana se le esfumó, así como el resto de las horas, dando vueltas sobre vueltas a los recuerdos que intentaba dejar atrás cada día, cada noche, y terminó enredándose en la envoltura de su capa. Cuando por fin decidió levantarse, encendió la luz y recogió la bolsa de deporte.

-No he podido dormir nada -dijo al casero, que andaba de pie, comiéndose un yogur.

-¿Las chinches o los remordimientos?

-El olor de la otra inquilina, en ese catre sudado: me ha recordado tanto a mi mexicana...

-No sé cómo podrá ser. Cambio las sábanas todos los fines de mes.

-Me marcho a otro lugar. Dígame qué le debo, por lo de hoy.

-¡Vaya luchador, que se rinde a las primeras de cambio! -el casero relamió la cuchara, y dejó el vaso vacío de yogur sobre la mesa-. Ya que se empeña en marcharse, deme 130 euros.

-¡Me parece demasiado por un día! -respondió desafiante el enmascarado, con su voz profunda.

-Tengo que aprovechar las oportunidades que me ofrece la vida...

-¡Ande tome! No tengo ganas de más disputas que las que me esperan en el ring.

El casero recogió y se puso a contar el dinero que el luchador le daba.

-Paga bien, es una pena que abandone este barco tan pronto. Además, podríamos haber sido amigos, y entonces, igual me hubiera comprado un teléfono.

-Sí; al menos me hubiera gustado conocer a la otra inquilina.

-Créame: no se ha perdido nada. Yo creí que lo sabía todo acerca de ella, y ahora es una completa desconocida para mí.

El hombre enmascarado se encaminó hacia la puerta de salida. La curiosidad, que lo retorcía por dentro como la llave traicionera de un adversario, le hizo voltearse hacia el casero.

-Permítame sólo una pregunta más: la otra inquilina, ¿es francesa?

-Sí. Y se parece mucho a Audrey Tautou.

-Intuía que era francesa: la cama era demasiado blanda para mí.

-Y sin embargo, para mí era demasiado dura.

-Bueno, me marcho, ya no lo molesto más. Ojalá encuentre otro huésped que se acomode a ese jergón.

-Y usted, a ver si sale victorioso de una vez. Tal vez entonces consiga dejar atrás todos esos recuerdos que no le permiten descansar. Hasta más ver...

-Adiós.

Cuando el casero, pensativo, arqueó las cejas, ya el luchador enmascarado había cerrado la puerta tras de sí, sin dar un portazo, pero con un movimiento de mano rotundo...

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