28 de enero de 2015

Uno diez

Billetes antiguos
-Un billete.

-Uno diez.

-Un billete.

-Uno diez.

-¿Me da uno?

-Uno diez.

-Un billete.

-Uno diez.

-Tres billetes.

-Tres treinta.

-Uno para Sebastopol.

-Uno diez.

-Uno para Mérida.

-Uno diez.

-Un billete.

-Uno diez.

-¿Tiene chicles de menta?

-No, rica, esto no es una tienda de chuches.

-Un billete.

-Uno diez.

-¿Me da una entrada?

-¿Eh?

-¿Que si me da un billete?

-Uno diez. ¡Vaya; si es la una y diez!

-Un billete.

-Lo siento, ya está cerrado.

19 de enero de 2015

El muchacho de la habitación catorce

Botellas de plástico vacíasAunque la señora Higgins estaba curada de espanto, el caos con que se topó en aquella habitación ya era demasiado incluso para ella. Y eso que habitualmente le adornaba un aplomo a prueba de toda clase de calamidades, una tranquilidad imperturbable que sacaba de quicio a su impulsiva compañera de trabajo.

-¡Menudos puercos son estos italianos! -dijo, temerosa de entrar en la habitación.

A Giorgina, la compañera, le molestó aquel comentario.

-¿Ma che merda dici? ¡Estos no son italianos, son españoles!

Le resultaba divertida, a la señora Higgins, esa gestualidad tan característica de Giorgina. Conseguía enrabietarla con facilidad, y entonces su compañera terminaba largando, en su propio idioma, vocablos ininteligibles para ella. Le recordaba a los personajes de alguna película que había visto por televisión. Bastaba pincharla un poco, para que saltase como un resorte.

-¿Y qué más da? ¿Españoles, italianos...? La misma cosa.

-¿Ma mi prendi in giro? ¿Cómo que la misma cosa?

-Pues sinceramente, Giorgina, disculpa si te ofendo, pero yo no consigo distinguiros.

Vai a cagare!

Giorgina cogió con brío el cubo en que transportaba los archiperres de fregar y zanjó la conversación, sin que la señora Higgins, que apenas sabía de italiano poco más que bella y spaguetti, comprendiera el recadito final que su compañera le había dedicado. Giorgina se marchó, subiendo por la estrecha escalera, a limpiar las habitaciones de los estudiantes del piso de arriba.

-¡Oh, Dios! ¿Pero cómo puede alguien vivir así? -dijo para sí la señora Higgins.

Parecía que una cohorte de ladrones hubiera andado husmeando entre aquellas cuatro paredes. Nada parecía estar en su sitio, y todo estaba por todas partes. Con resignación, entró como pudo en la habitación, empujando con la misma puerta de entrada el revoltijo de ropa, zapatillas, bolsas vacías y restos de comida desperdigados por el suelo. Desde luego que ella no estaba dispuesta a ordenar aquel desvarío, más propio de un adolescente que de unos estudiantes veinteañeros. Se preguntaba a menudo, en casos así, si en vez de venir al país a aprender tanto inglés, más convendría a aquellos salvajes profundizar un poco en la corrección y modales británicos. Claro que, entonces no tenía en cuenta las desaforadas orgías que, envueltas en alcohol y otras drogas, se propinaban los jóvenes de su país -y no tan jóvenes- en tierras hispanas y por medio mundo...

Pero la señora Higgins estaba obligada, por su cargo de limpiadora, a eliminar la porquería y adecentar los baños. Así que sorteó como pudo el archipiélago de objetos diversos desparramados sobre la moqueta, hasta dar con una pequeña parcela de territorio libre. En aquel reducto de orden y civilización, desplegó todo el poder absorbente de su aspiradora, para recoger los restos de unas presuntas galletas de chocolate que parecían empeñarse en formar un todo con la moqueta. Luego trapeó un churrete de aspecto viscoso, aferrado, con determinación de babosa, a la puerta del armario. Por último, entró al baño.

Tiró de la cadena dos veces antes de aventurarse a limpiar el inodoro, y chorreó con agua casi hirviendo las paredes de la ducha. Por la boca generosa del sumidero se fueron sus últimos arrestos de serenidad:

-¿Cómo se puede ser tan asqueroso? ¿Por qué no se quedarán en su país, con lo a gusto que se debe estar allí tomando el sol?

Pese a todas las inmundicias con que le tocaba bregar diariamente en su sufrida vida de limpiadora, la señora Higgins, apenas parapetada tras unos guantes de látex de color rosa y una bata azul, se sentía segura e invulnerable. Pues sabía que el poder de desinfección de su detergente era sólo comparable al del arsenal de armas químicas secretas y prohibidas de la Royal Air Force. Mientras desparramaba el líquido denso y azul por el inodoro y las paredes de la ducha, vislumbró imperturbable el aniquilamiento, a nivel microscópico, de las fuerzas bacterianas españolas, el enemigo invisible al que estaba cortando cualquier posibilidad de retirada.

A través de la misma senda del archipiélago de objetos, pero en sentido inverso, tomó el rumbo hacia la puerta de entrada. Sólo después de echar dos vueltas de llave a la cerradura, lanzó un suspiro hondo y largo, como si quisiera tomar resuello para el próximo combate. Así fue de habitación en habitación, de batalla en batalla, de porquería en porquería, sometiendo, bajo la autoridad de su aspiradora y detergente, a cualquier atisbo de inmundicia. Gracias a esas armas letales, que manejaba con destreza como nadie, se reconocía invencible.

Pero tras la puerta de la habitación catorce el panorama que descubrió fue bien distinto. El remanso de paz y orden que encontró allí dentro desarboló por completo todas sus certidumbres. Su armamento pesado de limpiadora carecía de sentido en el interior de aquella habitación sin mácula y aparentemente ordenada. Era como si en ese cuarto habitase un ser de otro planeta, de un mundo distinto al de los otros estudiantes.

Exploró con sigilo el territorio, incluso temerosa por su integridad, como si en algún momento un alienígena mutante, de aspecto desagradable y gelatinoso, se le fuera a enroscar al cuello para liquidarla sin remisión ni remordimientos. La señora Higgins estaba de más en aquel territorio impoluto. El baño también estaba en orden. No obstante, repitió el protocolo de turno al que estaba obligada: pasó la aspiradora por la moqueta, enjuagó el baño, trapeó la puerta del armario, la silla, el cabecero de la cama... Para su gusto, el interior del armario andaba algo revuelto, con la ropa sin clasificar, las camisetas mal dobladas, los zapatos en la balda superior, en vez de abajo, reposando sobre el suelo... Estaba claro, por el pequeño montón de calzoncillos alborotados, que era la habitación de un varón. Y que éste no debía tener demasiado pedigrí, por algún agujero que intuyó en uno de los calcetines.

Lo único que a la señora Higgins le pareció fuera de lugar en esa habitación ordenada, fue una botella de plástico, huérfana sobre el escritorio. Sopesó si arrojarla a la basura. Pero su optimismo natural le hizo ver la botella medio llena, y eso que en realidad no contenía más de tres dedos de agua. Pensó, que si la habían dejado encima del escritorio, sería por algo. Recogió sus chismes de limpiadura y salió del cuarto, para continuar con la tarea en la residencia de estudiantes.

Cuando habló con Giorgina acerca de la pulcritud y orden del chico de la habitación catorce, ésta le salió con un argumento simple y categórico:

-Seguro que es italiano.

La señora Higgins fue consciente de que, ante los comentarios de su compañera, nunca podía evitar una sonrisa, pues con su descaro natural, siempre la pillaba desprevenida. Descartó el argumento poco objetivo sobre la nacionalidad del joven, y le entró curiosidad sobre quién sería aquel tipo cuya personalidad no parecía encajar con la de sus otros compatriotas españoles.

Siempre que volvió a entrar en la habitación catorce la encontró igual de ordenada. Lo único extraño allí eran las botellas de plástico, que poco a poco, y cada vez más, se fueron acumulando sobre la mesa: después de la primera, encontró otra más, luego fueron tres en total, y según fue discurriendo el verano, en que los estudiantes estuvieron hospedados en la residencia, el número de botellas medio vacías se fue incrementando, a un ritmo aproximado de una botella cada dos días.

Desde luego que era extraño el comportamiento del tipo de la habitación catorce, ese gusto por acumular botellas de plástico, como si fuera un mendigo de la calle almacenando porquerías...

Un día, por fin, se cruzó con el muchacho, justo cuando él salía de la habitación. Aparentemente era un tipo normal, con gafas, y más bien bajo. La señora Higgins le felicitó por el orden en que mantenía el cuarto. El joven, que a fin de cuentas era extranjero, no debió comprender lo que le decía, porque le respondió con una sonrisa tan amable como estúpida.

Más tarde, Giorgina amedrentó a la señora Higgins con la conjetura de que los tipos de apariencia normal, pero que tenían comportamientos demasiado extraños, solían ser unos psicópatas.

-El otro día, mismamente, pasaron por televisión la noticia de un asesino belga que enterraba a prostitutas en el jardín de su casa. Por lo visto, después de que le realizaran sus servicios, las degollaba. Ningún vecino había sospechado de aquel hombre tan amable. El asesino almacenaba, debajo de la cama de su dormitorio, los zapatos de esas pobres chicas, que guardaba como si fueran objetos de colección. Casualmente, otra prostituta reconoció uno de aquellos zapatos, que por lo visto debió pertenecer a una de sus compañeras, desaparecida desde hacía un par de meses. Eso fue lo que le hizo sospechar, y lo que le libró de ser degollada también. Huyó corriendo y dio aviso a la policía, que atrapó al asesino y descubrió todo el pastel que tenía enterrado en el jardín. Sinceramente, yo desconfiaría de ese chico de la habitación catorce. Y por lo que me cuentas, no creo que sea italiano.

Esta vez las elucubraciones exageradas de Giorgina consiguieron plantar una sombra de duda y temor en la mente maleable de la señora Higgins. Si el muchacho era un psicópata asesino, tal vez sí fuera realmente italiano. Todo encajaba, pues había visto, también por la tele, cómo se las gastaban esos mafiosos italianos de las películas.

Después de darle muchas vueltas al tema, la señora Higgins decidió que evitaría entrar en la habitación catorce, por si acaso el joven era un tarado. No fuera a ser que, mismamente, el muchacho pensase que iba a tirar sus botellas. A fin de cuentas, allí no había mucho que limpiar. Ya tenía suficiente tarea con adecentar las habitaciones de los otros estudiantes, desordenados sí, pero a todas luces normales.

Llegó el día en que los estudiantes españoles recogieron sus bártulos y regresaron a su país. Como de costumbre, el único cuarto que encontró la señora Higgins en perfecto estado de orden fue el número catorce. Aunque le sorprendió encontrar la pila de botellas vacías en la papelera.

-Seguro que era italiano, porque te lo ha dejado todo recogidito -le dijo Giorgina.

Durante su estancia en Inglaterra, aquel joven español había tenido la manía de guardar las botellas, que le daban en el comedor estudiantil, para reponerlas luego con agua del grifo. Su carácter cicatero y acumulador le impidió caer en la cuenta de que un par de botellas hubieran bastado para sus rácanos propósitos. Cuando llegó el momento de partir hacia su país sólo se llevó dos consigo, pues pensó que si acudía al aeropuerto con tantas botellas vacías le iban a tomar por un loco. Y la verdad, es que no andaba muy desencaminado, o de ser un loco, o de parecerlo. Al menos ante los ojos de la señora Higgins.

13 de enero de 2015

La cheslón

Anciano oriental sentado, por Tina Manley
Foto por Tina Manley
Hay gente para todo y por todos lados. Vaya, que se le quitan a una las ganas de ir a ninguna parte. El otro día, mismamente, sin ir más lejos. Ponen en la tele lo de las rebajas; que la verdad sea dicha, ahora que viene la cuesta de enero, no está nada mal si te ahorras algún eurillo por donde sea. Pues lo que decía: "Sofá cheslón a precio de taburete", qué eslogan más convincente. Y no es que me hiciera falta el susodicho sofá, pero es que una llega cansada del trabajo, sin ganas de nada, y le apetece no pensar y sólo piensa en despanzurrarse sobre el tresillo en toda la dimensión larga de una misma. Que el que tengo le tengo aprecio, pero entre lo apolillado que empieza a estar, y lo gorda que me estoy poniendo, pues eso: que allá que me fui para trincar mi nuevo sillón.

Llego al centro comercial. Aquello está imposible de aparcar, un jueves, el jueves negro parece de todo el gentío que hay para allá y para acá. La gente, cómo es, parece que no tuviera otra cosa que hacer después de comer, ni la digestión respetan ya. Ahora vas y buscas tú un aparcamiento donde dejar el coche, mi pelotilla, que es uno de esos que se pueden conducir sin el carnet de conducir, me refiero a que sólo te hace falta una licencia de ciclomotores que eso es pan comido sacárselo. A tomar por culo -con perdón- de la puerta de los grandes almacenes lo tengo que aparcar. Todavía no han abierto, porque cierran para comer; ya podrían aprender de los chinos, que esos lo único que se van a comer es el mundo pero de lo trabajadores y dispuestos que son. Lo que venía contando: en la puerta del almacén toda esa marabunta esperando a que abran, y yo, en medio, como rodeada por borregos. ¡Por Dios!, ¿es que la gente ya no se echa la siesta? A esperar; mientras tanto algún listo que se intenta colar, se arma la marimorena y lo que no está escrito. Por fin aparece el encargado de descerrar el cerrojo, y todo el mundo alborotado, parece la maratón de París cuando está a punto de tirar el pistoletazo el Obama ése que sale en los telediarios. Abren la puerta, ya era hora; delante de mí se cae una señora, la multitud no deja de empujar, parecen unos muertos de hambre, ¡qué poca educación y vergüenza...! Pero una no se va a quedar ahí mirando, ¡que espabile la del suelo o que se quede en su casa!; así que la gente le pasa por encima -qué brutos que son la mayoría-, algunos también se caen cuando tropiezan con la pobre mujer, vaya pelotón de personas desperdigadas por los suelos, que hasta parecen los sanfermines cuando entran los toros en la plaza. Menos mal que consigo encaramarme por encima de la montonera, porque yo estoy ágil y soy ligera de piernas, gracias a Dios, que aunque esté rellenita tengo las piernas delgadas; será porque siempre tengo que correr para coger el autobús cuando voy al trabajo, que allí no me llevo mi pelotilla porque luego las envidiosas de las compañeras comentan que si esto o que si lo otro; ¡a ellas qué cojones les importa el vehículo motorizado que me haya comprado yo o me deje de comprar...!

Diviso la cheslón al fondo del pasillo; también hay que ser un cafre para ponerla al final del todo, ¡coño, ponerlo lo primero, que no tenga una que dejarse los hígados atravesando pasillos y estantes y más estantes! Eso debe de ser lo que dicen en la tele de la tiranía de los mercados, creo yo, que todo lo ponen fácil de coger cuando es caro, y difícil cuando es una ganga de barato. Más bien debería ser lo contrario, vamos, digo yo, pero los directores generales de los grandes almacenes tienen la sesera en las posaderas, por no decir en el culo...

Me parece sentir por un oído que una señora le pregunta al marido por la cheslón; eso es que me ha visto las intenciones y le ha dado gana de quitármela; la gente, por joder, lo que sea. Pero yo no soy de las que se dejan avasallar, así que disimuladamente vuelco un armario de dos puertas para que le quede atravesado a esos señores y así les pueda sacar cierta ventaja, que una es rápida atravesando los pasillos, pero no es el Mujamé Alí o como se llame ese que corre que se las pela.

Ahí está el sofá, el único que hay: justo el que quería, en el color que quería, tapizado como yo quería. Igualito igualito al que sacaban por televisión, si no es el mismo, que creo yo que sí; tiene el mismo precio, aunque parece más grande, qué hermoso es. Ya dicen las famosas que la tele engorda, aunque en el caso de la cheslón más bien sería lo contrario; las famosas, que son unas famélicas y todo dicen que les engorda... Las medidas... no me da tiempo a medir el sofá, porque veo que andan merodeando cerca algunas personas con intenciones más que dudosas, y no es cuestión de descuidarse, no vaya algún listo a dejarme sin la tajada que he venido a buscar. En fin, que me digo: "Yo me lo llevo, y si luego no me encaja en la casa, lo devuelvo y santas Pascuas". Entonces me doy cuenta de que no he cogido un carrito de esos bajos con ruedecitas para llevarlo hasta el coche, y ahora cualquiera se pone a buscar uno, con el revuelo de gente que hay pululando por todos lados. Que si le pido a alguien que me vigile la cheslón igual es él el que se la lleva y me deja a dos velas, no se puede una fiar de nada ni de nadie, por ejemplo ni de mí misma. Que hace poco me pidió un señor en el hiper que le cuidase el perrito, que entraba a comprar y que salía en un momento, y no le iba a decir que no al hombre, el pobre era ciego, pero como se debió de entretener en lo que fuera y tardaba, ahí me iba a estar yo perdiendo el tiempo hasta que saliera el ciego de los cojones, con lo que tengo que hacer, así que al final, cuando vino el negro que casi siempre anda en la puerta pidiendo y haciendo favores, que habría salido a no sé a qué, lo mismo a cagar, le pedí que se encargase él del perro, y como me dijo que no, que le daba miedo, actitud que no entiendo en esa gente que vienen de vivir en la selva, si allí tienen hasta leones, pero igual el señor no era del África tropical, sino de París, como el Obama, que allí también hay muchos negros que los he visto yo por la tele, que queman coches cuando se aburren. Total: que até el perro a una farola y me fui para mi casa sin darle explicaciones al ciego ni a nadie; para qué andaré siempre haciendo favores a todo el mundo, si es que me dejo liar por nada...

Pues como iba diciendo: puesto que no podía dejar la cheslón al cuidado de nadie para ir a buscar el carrito, no me cupo más remedio que arrastrarla por los pasillos, tirar de ella como si fuera uno de esos perros jasquis que van con el trineo por los prados siberianos, digno de ver y de creer lo que pesaba el condenado tresillo. Cuando pasé por su lado, la del marido todavía estaba intentando deszafarse del armario de dos puertas -creo que le cayó el mueble encima al marido, por protegerla a ella-. Que digo yo que quién tuviera un marido así, qué suerte tienen algunas, con lo feas y ridículas que son; no como una, que tampoco es que sea yo un primor, pero ni tan fea; pero ya salí escaldada con el único jumento con el que tuve la desgracia de liarme una vez, el Tomás, menudo error, que lo metí en casa y todo, y luego resultó que era un parásito que no sabía ni hacerse un huevo frito, el inútil, y ya una no ha nacido para servir a nadie y menos a un mequetrefe, que no estamos en los tiempos de Mariantoñeta. Resumiendo: que los hombres le temen a una cuando les canta las cuarenta, por lo que creo que no me llevo más a uno al huerto ni que le invite a la cheslón. Pero mejor no andar tonteando con zánganos, que son unos vagos y luego los tienes ahí todo el día en casa quitándote el sofá para ver el fútbol con los amigotes; no, para eso me quedo tan ricamente yo sola, como estoy, y toda la cheslón enteritita para mí.

Cuando llegué a la cola para pagar andaba todo el mundo arremolinado cerca de unas señoritas que andaban con unas bandejas repartiendo canapés y otras cosas de picar. ¡Madre mía, parecía que la gente no hubiera comido en toda su vida, ni respetaban a las pobres muchachas! Me dio rabia no poder acercarme, porque si descuidaba la cheslón lo mismo algún espabilado aprovechaba para quitármela, que los hay muy vivos... Así que me tuve que conformar con mirar cómo se lo zampaban todo, hasta que me tocó el turno de pagar. Eso sí, tan a gustito, mientras tanto, sentada en mi cheslón.

Voy a pagar, le pregunto a la cajera que dónde le dejo la cheslón para que me la envíen a casa, y me replica que ellos no se encargan de realizar los portes. Indignada, siento tal cólera por dentro que le digo que entonces me la envuelva en papel de regalo. Me vuelve a contradecir, que sólo envuelven los artículos pequeños y de poca monta; no me lo puedo creer, entonces nos discriminan a los que compramos a lo grande. Le exijo que llame al encargado inmediatamente, se forma una cola que para qué te cuento, y algún idiota insultándome como si yo tuviera la culpa de lo ruines que son los de los almacenes. Viene el encargado, con un aire de mariposilla que quitaría el sentío a más de uno que yo me sé, y me replica, en los mismos términos que la cajera, que si no me quiero llevar la cheslón que no me la lleve, pero que por favor me decida. Otra vez la tiranía de los mercados, no hay nada que hacer; me tendré que llevar yo la cheslón encajada en mi pelotilla, no sé si me va a caber.

A la entrada del almacén, unos señores se me ofrecen para hacerme el porte hasta casa en sus furgonetas. Les pregunto, por preguntar, que cuánto me cobrarían. Qué barbaridad, ni que fuera una la reina de Saba, y eso que son piratas, que no pagan los impuestos ni declaran el IVA, que son mafias que vienen desde Rusia o por ahí a quitarnos el trabajo, lo he visto por la tele. Le intento regatear a uno de los transportistas, menuda soy, y le pido que me haga un buen descuentillo, pero ni con esas, no hay trato, que si no, me va a costar el porte más que la cheslón.

La siguiente odisea es llegar hasta el coche, con lo que pesa aquel trasto que acabo de comprar. Otra vez a rastras, como puta por rastrojo, tirando de aquello en mitad del aparcamiento, por donde circulan los coches -por la vereda de los peatones el mueble no cabe-. Los de los coches me pitan, los hijoeputas, en vez de bajarse un momento alguno y echarme una mano, ni que fuera yo la mujer forzuda. "Aquí no la ayudan a una ni aunque fuera viuda y con siete hijos", estoy pensando, cuando va en ese preciso momento un señor, que parece muy amable aunque es como extranjero, por el acento, y me dice que si me lleva el sofá. Agradecida le indico dónde está el coche, y resulta que el cretino me quiere cobrar, y por anticipado. Si lo que yo digo, que los hombres ya no son como los de antiguamente, cuando la Mariantoñeta cortaba cabezas, que para eso ella gobernaba y tomaba venganza en nombre de todas las mujeres. Ahora andan todos medio depilados y no le hacen un favor a una si no es a cambio de dinero. ¡Menudos putos son, si es que se está perdiendo la hombría y la gallardía...! Le mando al rumano o de donde fuera a paseo, a su país, y encima va y me llama racista, como si ya una no tuviera derecho a la libertad de expresión, ¡mongolo...!

Por fin llego hasta el coche: ya a primera vista me doy cuenta de que la cheslón no va a caber en mi pelotilla, ni encaramándola encima, ¡anda que no tengo yo ojo de buen cubero! Hala, otra vez el camino de vuelta para que me la descambien. El encargado mariquita, muy educadamente, me responde que no me devuelven el dinero. "Pero si la acabo de comprar, delante de sus narices" le digo, pero nada; siempre los mercados y los grandes almacenes poniendo las reglas a su favor. Me hacen un vale por el mismo dinero, y qué voy yo a encontrar a esas horas que merezca la pena, si todo el mundo ha arramplado ya con todo. Así que no me queda más remedio que coger un soldado chino de esos que son como de escayola por dentro, pero por fuera parecen chapados de mejor material, y dan el pego de que son antiguos. Todo el ejército de soldados chinos, a tamaño real, colocaditos en fila india, como de mi estatura, parejitos de pie con sus lanzas, parece que me están mirando como niños huérfanos, "cógeme a mí, cógeme a mí". Al final escojo al único soldado que está sentado, debe de ser el general, uno que me recuerda a una de esas figuritas que están cagando que ponen los catalanes dentro del belén, qué ordinarios. Como el general está en posición de sentado, calculo que me va a caber sin problemas en el pelotilla. Lo atrapo como los maridos recién casados llevan a cuestas a sus esposas hacia la cama, pero al revés, yo a él. Otra vez en la caja me ponen pegas para envolvérmelo en papel de regalo, porque dicen que excede el tamaño reglamentario; bueno, es igual, me lo llevo puesto. El rumano del aparcamiento se me queda mirando como si fuera a reírse de mí, "¿tú, qué estás mirando?", le digo. Por fin abro el pelotilla y lo meto en el asiento de al lado del conductor, cabe perfecto.

Por la autopista me para la guardia civil; vaya, tengo la negra. "Buenas, señora, buenas, señor guardia". Me pregunta que qué llevo ahí en el asiento,  y le respondo todo sarcástica: "¿Pues no lo ve usted mismo, señor agente? Al abuelo Fumanchú, que lo llevo al hospital para que le tomen la tensión". Parece que no le hace gracia al policía, "¿y no sabe que no se puede circular con este tipo de vehículos por la autopista?". ¡Qué voy a saber yo, si para conducir esto no hace falta el carnet! Y total, si es sólo un tramo de nada lo que tengo que recorrer. Al final el muy cretino me pone una multa y me dice que por favor le eche por encima el cinturón de seguridad al general.

Cuando llego por fin a casa tengo la desgracia de cruzarme con la vecina. Me suelta la gracia de si por fin me he echado un nuevo novio; mejor me callo, por no responderle que para buscarme un marido borracho como el suyo tiempo me sobra.

Desde entonces ahí le tengo, metido todo el día en casa al Fumanchú, cómodamente sentado en el sofá mugroso igual que hacía el Tomás; me recuerda en todo a él porque no fríe ni el huevo, sólo que éste no me disputa el mando de la tele, y yo no pongo el fútbol para nada. Que por cierto, con lo trabajadores que son, no creo yo que los maridos chinos tengan tiempo de pasarse el día embobados mirando el fútbol.

9 de enero de 2015

El mejor amigo

Perro encendiendo el radiador
Karina estaba más que harta de unos padres que no la dejaban ni respirar. Les había amenazado más de una vez con que un día se marcharía de casa y no le verían más el pelo. Ellos siempre le salían con la misma cantinela: "¿A dónde crees tú que vas a ir por la vida, si ni siquiera eres capaz de cumplir con tu única obligación, que es la de aprobar? ¡Mientras vivas con nosotros, tendrás que respetar las reglas de esta casa!"

"Ojalá todo el mundo fuera como tú", le hablaba al perro. Milú era el único que no le cuestionaba su manera de ser, y que siempre estaba dispuesto a recibirla sin ningún reproche. Era un Bichon Frisé pequeño, blanco y esponjoso, como una nube de algodón. Lo abrazaba cuando estaba triste, y encontraba consuelo acariciándolo y rascándole su pancita. Milú se dejaba hacer, e incluso parecía que entendía sus palabras cuando, muy bajito, le confesaba sus penas.

Una noche Karina decidió que había llegado el momento de liar el petate y marcharse. Recogió todo lo que consideró como imprescindible para la fuga y, dentro de una mochila mediana, lo guardó con sigilo, para que sus padres no la sintieran. Mientras empacaba sus bártulos Milú la observaba, como siempre sin decir nada, pero como si supiera lo que realmente estaba tramando. A la mañana siguiente, cuando sus padres se habían ya marchado al trabajo, les dejó escrita una nota para que no perdieran el tiempo en buscarla. Luego abrazó y se despidió de Milú con lágrimas en los ojos: "Creo que con papá y mamá estarás mejor". Lo depositó sobre el suelo, y salió por la puerta.

En el fondo, Karina intuía que Milú estaba fuera de lugar en aquella casa ocupada en la que tenía intención de buscar refugio. Había otros perros allí, pero eran muy diferentes a Milú. El suyo era, por qué no decirlo, demasiado blanquito y algodonoso como para sentirse bien allí. Lo único que le inquietaba ahora era que no habría forma de ver a Milú sin rendir cuentas a sus padres de dónde estaba alojada y con quién.

Aunque había estado muchas veces de visita en la casa ocupada, siempre había acudido de día, porque sus padres se ponían furiosos si regresaba tarde a casa. No imaginó Karina que en la casa ocupada hiciera tanto frío por la noche. No logró dormir nada bien, y eso que los compañeros le dejaron un par de mantas y un saco de dormir. Sólo encontró algo de consuelo cuando, ya por la mañana, desayunó un vaso caliente de leche con Cola Cao. Aún debía andar medio tiritando en el momento en que Luca hizo acto de presencia, porque nada más verla le ofreció su modesto apartamento para lo que quisiera: "No todos pasamos la noche aquí, no es necesario. Cuando termine la asamblea de esta tarde, puedes venir conmigo. Ya verás que donde vivo no es gran cosa, pero al menos, no hace tanto frío".

En parte y hasta cierto punto, las palabras del compañero Luca fueron sinceras: con algunas baldosas arrancadas, las ventanas desportilladas, o el techo resquebrajado, el apartamento no parecía gran cosa. Por otro lado, allí hacía tanto frío o más que en la casa ocupada. Mientras seguía explorando el territorio, Karina sopesó si sería buena idea quitarse el abrigo. Luca la sorprendió curioseando entre su montaña de libros, amontonados por el suelo y por todas partes. "Siéntate, si quieres, en ese sofá. Puedes quitarte el abrigo. Espera, ahora verás". Entonces él apareció con un radiador portátil, y con maneras de feriante dijo: "El mejor amigo del hombre. Y desde este momento, también de la mujer".

El radiador encendido vino a poner un poco de calor en aquella especie de hogar mal iluminado. El aparato era blanco, pequeño y callado; apenas se sentía el leve borboteo que salía de sus entrañas, sólo de vez en cuando, en el momento en que el aceite interno comenzaba a hervir. Luca cogió uno de los libros del montón, La conquista del pan, y leyó un párrafo al azar:

"Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza humana es el resultado del trabajo intelectual y físico hecho en el pasado y el presente. Así que, ¿por qué alguien puede tener derecho a la propiedad de la más pequeña parte de este enorme todo, y decir esto es mío, no tuyo?"

Después él le pasó el libro a ella y le dijo que se lo quedara, que lo fuera leyendo poco a poco. Karina admiraba a ese tipo, al compañero Luca, tan resuelto e inteligente. Aunque a todas luces le debía sacar lo menos quince años, se sentía atraído por él. Luca desapareció, y reapareció al momento con un par de cervezas y un poco de fiambre. "Es lo único que puedo ofrecerte esta noche. No imaginé que aceptaras la oferta que te hice esta mañana. Al menos tan pronto". Karina le sonrió.

El radiador, algo de marihuana, y unas cuantas cervezas adicionales, se encargaron de preparar el escenario perfecto. Karina se dejó llevar de la mano de aquel hombre, maduro y experto, que conocía bien los atajos del sexo a primera vista. Encima del sofá mugriento, follaron toda la noche del derecho y del revés, boca arriba y boca abajo, sin que a ella le preocupara demasiado su propia inexperiencia ni la edad de él.

Cuando despertaron, Karina se sentía satisfecha. Luca le mordió la oreja, y luego le susurró al oído: "¿Por qué alguien puede tener derecho a decir esto es mío, no tuyo?". Antes de partir hacia la casa ocupada, volvieron a hacer el amor.

Una noche Luca invitó a otra de las compañeras al apartamento. El mismo ritual de todas las noches tuvo lugar: cena frugal, cervezas, marihuana... Karina descubrió que no era tan libertaria como ella se creía, cuando no quiso compartir a Luca, ni tampoco al sofá, con aquella chica de apetitos tan carnales. Confusa y llena de rabia, secuestró el radiador y lo llevó consigo hasta el otro lado de la cordillera de libros. Pasó la noche entre lágrimas y sin poder dormir, escuchando los gimoteos descarnados de los dos amantes vecinos. Sintió la terrible necesidad de abrazar a Milú, pero sólo encontró cierto calor y consuelo cuando arrimó su cuerpo, todo lo más que pudo, al radiador.

Comenzó a recoger sus pertenencias en cuanto el amanecer empezó a colarse por los resquicicios de las ventanas. Sacó de su mochila el libro que Luca le había regalado. Casi a ciegas, buscó la cita que él le había recitado una y mil veces: "¿...alguien puede tener derecho a decir esto es mío, no tuyo?". Con un rotulador rojo que apareció por algún lugar, firmó al final de las líneas, su nombre bien grande para que fuera legible: "Karina". Arrancó la página, y recortó el pedazo en que habitaban juntos ahora el párrafo y su firma. Después de echarse la mochila al hombro, dejó aquel papelito sobre el promontorio impreciso que formaban los dos amantes, acurrucados por el frío en el sofá. Con determinación adolescente, arrampló con el radiador, el mejor amigo que había tenido en aquel apartamento. En compañía de su nueva amistad, se vio huyendo otra vez a través de una puerta, sin certeza alguna de hacia dónde regresar...

8 de enero de 2015

La ternura que me provocan los grandes hombres

Estatua cagada de palomas
Me provoca cierta ternura la agonía final de los grandes próceres. La mirada perdida de Hitler, derrumbado, antes de reventarse la cabeza con un disparo, me conmueve. También el cuerpo oscilante de Mussolini, pendiendo de una cuerda, boca a bajo, hinchado por los golpes del mismo pueblo que antes le vitoreaba...

Me conmuevo con el aspecto de mendigo de Sadam Husseim, desgreñado, la barba descuidada, esa mirada de animalillo asustado frente al fusil que le obliga a abandonar su escondrijo. Resulta patético contemplarlo, antes de morir, con el collar de bisutería de la soga al cuello. Me desconcierta que algunos hombres que detentaron tanto poder, como Gadaffi, acaben implorando clemencia ante la turba que le apalea; y que otros en cambio, como los Ceaucescu, en su postrero momento, continúen dando órdenes a los guardias que los custodian; a esos guardias que les fusilarán por puro miedo, porque temen a esos ojos acerados que les exigen piedad.

En su trance final, me compunge el aspecto cadavérico de Franco, despojado el viejito de todo uniforme y dignidad, sobre una camilla, mientras un cirujano le tortura, en el intento vano de suturar unas vísceras sangrantes para la Historia. Me asfixia la sola idea de tener que respirar el tufo denso a reliquia y souvenir que desprende el cuerpo amojamado de Lenin.

Me resulta contradictorio que las estatuas ecuestres de Gengis Kan, Pizarro, o Hernán Cortés, no logren esquivar las cagadas de unas cuantas palomas enfermizas. Me provoca melancolía la contemplación de una placa conmemorativa sobre la que casi no puede leerse ya, medio borrado por el óxido y el paso del tiempo, el nombre de Iósif Stalin...

Y más que nada, me turba la evidencia de la vida efímera de unas larvas que, felices mientras estuvieron bien alimentadas, devoraron aquellos cuerpos de hombres todopoderosos y seguros de sí mismos. De aquellos nobles gusanos ya no queda nada, apenas un pedazo de nostalgia con aroma a putrefacción...

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