31 de diciembre de 2015

Camina todo lo despacio que puedas

Una adolescente, un hombre maduro, y una anciana
Protagonistas de la película
Una pastelería en Tokio
Basta el murmullo del envoltorio de un caramelito -quejido de ánima mientras la retuerce otra ánima-, para descubrirte en medio de una escena dantesca. En la sala de cine, la última película de Naomi Kawase me acariciaba con susurros de brisa, silencios y rayos tibios de sol. Entonces irrumpió ese alma en pena, demonio transmutado en envoltorio de caramelo.

En Una pastelería en Tokio, ayer contemplé el transcurso de toda una vida condensada en algo menos de dos horas: la vida de ella que recién comienza el camino, indómita, risueña y fuerte, plena de esperanzas. La vida de él, quien ya ha sido zarandeado, doblegado por los acontecimientos, y que en medio de la travesía camina escéptico, arrastrando sin más los zapatos. La vida de ella, quien empezó su viaje hace mucho tiempo, tanto que ahora le queda poco por recorrer, pero a cambio recibe toda la sabiduría de la experiencia, del saber hacer. Que no es otra que la del caminar despacio y lento pero a un ritmo propio, deleitándose con el paisaje igual que la rama de un árbol cuando se abandona al arrullo del sol y los vientos...

La distancia es tan breve... Cuando Naomi Kawase cayó en la cuenta de ello se echó a llorar y no hubo forma de consolarla. Quizá esta vez nos quiso decir que la mejor opción es la de caminar todo lo despacio que nos sea posible...

29 de diciembre de 2015

Café solo y bien cargado

Taza de café
Foto por Ignacio Palomo Duarte
Si es que alguna vez las tomé, he perdido las notas al respecto de esta historia. Hago un esfuerzo por arrastrarla a la luz de mi memoria. Recuerdo que ella era jueza. Como temía que cualquier otro momento del día estaría abierto a demasiada aventura, habían concertado la cita a primera hora de la mañana. Una de esas citas a ciegas para amantes con vocación de desesperados. También creo recordar la obsesión de ella por el orden y la puntualidad. Tanto, que se le había convertido en un vicio incurable y pernicioso. Él, sin embargo, no es que padeciera del síndrome contrario, sino que su personalidad era inclasificable: todo le daba igual. Lo mismo dejaba todo recogido que por medio, o llegaba pronto o tarde, según se levantaba cada día. A veces era flexible, y en ocasiones intolerante. Era bipolar en cuanto a su modo de proceder.

Él acudió a la cita doblegado por los rescoldos de la resaca. Estuvo a punto de olvidarse, y si terminó asistiendo fue casi por casualidad. Iba tan perturbado, en el metro, de regreso a casa tras una noche de empapar en alcohol su vida mediocre, que se apeó en la estación equivocada. Entonces el recordatorio de la cita se le alumbró en la cabeza, como una bombilla intermitente y gastada. Dudó entre tomar el siguiente tren, que le conduciría a casa, o acudir al encuentro. La estación en que se había bajado le venía bien para el transbordo. Quizá fue ésa la única razón que lo llevó finalmente a decantarse por presentarse ante aquella mujer desconocida.

Cuando llegó, ella estaba a punto de marcharse. Se maldecía a sí misma, por haberse prestado al juego en que la habían metido sus sentimientos de soledad. Lo vio aparecer como quien ve un espantajo en una alucinación. El tipo llevaba los ribetes de la camisa salpicados de vómito. "¿Eres Arcadia?", le preguntó. "Sí, yo soy", le respondió, incapaz de eludir un comienzo de conversación que a todas luces no conduciría a buen puerto. Luego él hizo un amago de reírse de ese nombre suyo, tan raro, que la adornaba desde siempre, pero ni fuerzas le quedaban para ello. "Si no me tomo un café me moriré aquí mismo y tendrás que llamar a un juez para que levante mi cadáver". A ella le sobrecogió que hubiera mencionado una de las actividades que más detestaba en su profesión. Se disculpó e hizo un amago de marcharse, pero él la sujetó por el brazo: "Ya que he venido hasta aquí, quédate al menos hasta que me tome ese café. ¿Dónde cojones se ha metido el camarero? ¡Jefe, haga el favor de traerme un café, solo y bien cargado! ¿Qué vas a tomar tú?"

Ella no quiso pedir nada. Escudriñó las finas manecillas de su minúsculo reloj de pulsera, antes de dictar sentencia: "Está bien. Un café, pero luego me marcho". De nuevo el sentimiento de soledad debió gobernarla, y la amarró a la silla y le impidió huir. Él no era ningún experto en el arte de enredar a las mujeres, pero supo cómo alargar ese café toda una vida. Ella le perdonó todas sus manías. Salvo la de llegar tarde a todas partes, cuando le daba por abandonarse al azar de su voluntad...

28 de diciembre de 2015

Inocentes terroristas

Bebés en la sala de maternidad
Foto sacada de manilamommy.com
Al cruzarse con aquel bebé blando y sonrosado que no cesaba de llorar, Herodes se imaginó a toda una legión de recién nacidos perturbando la tranquilidad de sus sueños. Entonces pergeñó un argumento con el que persuadir hasta al más sensiblero de su corte: "Entre los tiernos infantes de aspecto inocente que acaban de venir a este mundo, podría haberse infiltrado algún terrorista potencial. Pasémosles a todos a cuchillo y evitaremos inconvenientes en un futuro".

Como todos en la corte tenían algo que perder, nadie se opuso a la razón que dio el rey Herodes. La matanza de inocentes comenzó a la mañana siguiente. El regusto de sangre que dejó, aún perdura en el ánimo de muchos hombres...

23 de diciembre de 2015

18 de diciembre de 2015

Arriba, parias de la tierra

Camarada Miguel
Foto tomada por Jose,
músico psicólogo de izquierda
y conserje en ratos libres
No soy monedita de oro, pa' caerles bien a todos" Comandante Hugo Chávez
En España todavía no se han alcanzado las condiciones propicias para convencer a las masas de la necesidad de una revolución definitiva. Estimo compañeros que, tras una nueva legislatura del Partido Popular, podríamos alcanzar fácilmente los objetivos que desde tiempos inmemoriales hemos venido persiguiendo. Calculo que bastarían sólo otros 4 años de Rajoy y su partido de saqueadores para tener al pueblo, digo a la ciudadanía, de nuestra parte.

Rajoy y los suyos son los auténticos revolucionarios, puesto que son el abono que estercola los campos en que germinarán las semillas revolucionarias. Cualquier otra posibilidad de gobierno que pudiera resultar de las urnas el próximo domingo, sin duda postergaría el sueño de la tan esperada dictadura del proletariado. La cuestión de fondo es: ¿probaturas a estas alturas, que con seguridad no conducirían a nada -entre nuestros camaradas podrían haberse infiltrado quintacolumnistas ávidos de poder y dinero-, o revolución asegurada no más allá de pasado mañana?

Por ello a todas luces veo que lo que más nos conviene ahora es que el Partido Popular nos desgobierne otros cuatro años. Ruego a todos los compañeros, o más bien os exijo en cumplimiento de vuestro inexcusable deber para con la Historia, que os sacrifiquéis en aras de la causa revolucionaria y el próximo domingo votéis todos por Mariano Rajoy.

¡Salud y revolución, camaradas!

18 de noviembre de 2015

Los tesoros de Khaled

Edificio destruido en Alepo en febrero de 2014. EFE ALI MUSTAFA
Edificio destruido en Alepo en febrero de 2014.
EFE, Ali Mustafa
Algunos se han pasado media vida echando tierra sobre un pasado de escombro y sangre. Los recuerdos más infaustos, siempre empeñados en ver la luz del día, no les han dejado en paz, como terrones arrancados, a los campos de la memoria, por la tozudez de un arado de vertedera.

Cuentan que Alepo antaño fue la ciudad más próspera y poblada de Siria. Un día llegó una de esas guerras que le dan la vuelta a la ternura y a las certidumbres. En el preciso momento en que el vendaval de la infamia pasó, cuando el polvo se recolocó en su sitio, los que no pudieron escapar a ninguna parte comenzaron a hacerse viejos...

Son esos mismos viejos los que muchos años después, por distraer la memoria de los horrores vividos, hablan sin parar de la historia de Khaled. Y de los innumerables tesoros que, según dicen, dejó escondidos por alguna parte. Algunos jóvenes de Alepo opinan que Khaled y sus riquezas no son más que eso: un cuento de viejos. Otros, sin embargo, más crédulos e imaginativos, y los codiciosos, no ponen en cuestión la autenticidad de la leyenda.

Los viejos dicen que Khaled se ganaba la vida dando sepultura a los muertos, ya desde antes que el estruendo de las bombas viniera a alterar la tranquilidad de los cementerios. Incluso para un enterrador como él, la guerra debió suponer un entretenimiento poco amable. Harto de tanto trabajo, y temeroso de que tarde o temprano le tocase enterrar a los suyos, decidió echar tierra de por medio -que no encima-, e irse con la familia para otra parte. En definitiva, escapar, como tantos otros que huyeron de Siria por entonces.

Khaled contó a su esposa, Fátima, su determinación: "Hay que salir de aquí o las bombas terminarán enterrándonos a todos. O yo me volveré loco". Su mujer estuvo de acuerdo con el plan.

Entre los dos decidieron lo más imprescindible para un viaje con destino incierto. Para costear los gastos de la travesía, malvendieron sus pertenencias de familia modesta, aquello que aún tenía algo de valor en un mercadeo de tiempos de guerra. Comprendieron que los objetos que sólo alcanzasen el precio de lo sentimental iban a tener que quedarse a merced del pillaje y los bombardeos. No iba a ser fácil desprenderse de tanta nostalgia, la que no cupiera en las minúsculas tarjetas de un par de teléfonos móviles.

Pero Khaled tuvo la genial idea de enterrar en una tumba todo lo que no pudieran llevarse consigo. Aunque ni misiles ni bombas respetaban el descanso eterno de los difuntos, aquella solución era mejor que nada. Mientras Fátima esperaba en casa con los niños, Khaled acudió al cementerio. Nadie sospechó que lo que el enterrador acarreaba, bajo una lona apelmazada y mugrienta, eran los recuerdos de toda una vida.

Cuando la muerte nos alcanza ya poco importan los recuerdos, y menos que nada lo que poseímos en vida. Khaled, más que ningún otro, debería haber considerado tales evidencias. Pues a un sepulturero habría que suponerle cierta inteligencia acerca de los asuntos de la parca. Quizá sea que los de su oficio ven pasar los muertos como quien, en la pantalla de un cine, mira películas en las que los protagonistas siempre son otros. Khaled se sintió protagonista cuando, de vuelta sobre sus pasos, adivinó los escombros de su hogar bajo el rastro de humo que dejó un misil inteligente. O tal vez estúpido...

La huida ya no tenía sentido, pues cuando lo mejor de sus recuerdos se fue para siempre ya no hubo escapatoria posible. Khaled decidió permanecer en Alepo, y esperar a que alguna bala perdida acabase también con él. Continuó con el oficio de sepulturero: a fin de cuentas, desde siempre se había ganado la vida con la muerte. Pensó que, ahora que ya estaba todo perdido para él, quizá podría ayudar a los demás. Se ofreció entonces para enterrar los recuerdos de todos aquellos que quisieran confiar en él.

El transcurrir del tiempo, la nostalgia, la esperanza y la ambición, recubren de oro a las historias más insignificantes e íntimas. Es por eso que en la ciudad de Alepo los muertos no descansan en paz. Los saqueadores de tumbas remueven cráneos y fémures en busca de los tesoros de Khaled. Nada de valor encuentran. Pues en los cementerios, y en algún hoyo improvisado por doquier, los que para siempre se marcharon sólo dejaron recuerdos...
A la memoria de Ali Mustafa, periodista muerto el 9 de marzo de 2014 en Alepo. Me topé casualmente con su fotografía buscando alguna, en Internet, para ilustrar el relato".

4 de noviembre de 2015

Winnie Wine perdió la cabeza

Winnie The Pooh en la Puerta del sol
Foto por curiouscatlady.com
-Hermano, ¿no sabrás de alguna chambita por ahí?

-¿Una pibita?

-¡Un curro!

-¿Te piensas que soy agencia de colocación, o qué?

Por probar, Víctor no pierde nada. Recapacita luego, y piensa que es de pendejo esperar que un don nadie como César te vaya a solucionar la papeleta. El compadre ni se acuerda de cómo es eso de trabajar, desde que se cayó del andamio y lo declararon pensionista. Al menos es el único que lo convida a tomar de vez en cuando.

-Espera. Conozco un tipo que... Él podría encontrarte algo. Si estás dispuesto casi a cualquier cosa...

-Lo que sea estará bien -se conforma Víctor-. Con tal de que el tipo ése afloje la plata...

El patrón tiene su oficina ambulante en cualquier lado: en la fila de un concierto rock, en la manifestación contra el aborto, en el parque de El Retiro un domingo... El negocio está donde está la gente, así de simple. César y Víctor le buscan por las inmediaciones del estadio Bernabéu. Es día de partido.

-Ése de ahí, el de la coleta. Tú espera aquí, voy a hablar con él.

César va al encuentro de un tipo flaco, de unos cincuenta años, que fuma un cigarrillo junto a un carro rebosante de patatas fritas. Desde una distancia prudencial, Víctor adivina, en la chaqueta arrugada y sin abotonar, toda una pose de ejecutivo a ras de acera. El hombre se cambia el cigarrillo a la mano izquierda, y con la diestra estrecha la de César, con un movimiento seco y decidido. Ambos conversan. Víctor ve cómo el amigo señala en su dirección, y luego le hace un gesto para que se acerque.

-Víctor, gusto de conocerle.

El patrón esboza apenas una mueca entre el poblado bigote. Su mostacho de domador de circo es incapaz de distraer las miradas más allá del rostro picado de viruela. Con un ojo, el hombre vigila por si se acercan los municipales, no vayan a requisarle la mercancía. Con el otro, no pierde de vista al par de empleados que tiene repartidos entre el tumulto, con un carrito de patatas como el de él. No presta demasiada atención a las explicaciones que Víctor le ofrece: ni se las ha pedido, ni las necesita. Le ataja:

-Si te interesa, mañana mismo empiezas.

Así de fácil: Víctor ya tiene su chambita. Pero el flaco no le ha dicho qué tendrá que hacer. Le explicará al día siguiente.

Lo ha citado en pleno centro de Madrid: en la Puerta del Sol. Víctor llega puntual. Poco antes, no sabía qué ropa ponerse: ni demasiado formal, ni lo contrario. El patrón no tarda en aparecer.

-Acompáñame.

El flaco camina mirando a todos lados, con paso despreocupado, como si la plaza fuera suya. Conduce a Víctor hasta un aparcamiento subterráneo. Del bolsillo de pantalón saca un llavero plateado; pende de su mano y se zarandea según caminan. El brillo del metal relumbra en la luz misérrima del parking. Llegan hasta una furgoneta estacionada en la plaza 23C. El patrón abre las puertas traseras; en el interior del vehículo descansan las carretillas que utiliza en sus otros negocios.

-¿Has inflado globitos de estos alguna vez?

El hombre entrega a Víctor una caja de globos. Para hacerle una demostración, toma uno y le da aire con un inflador, hasta formar una salchicha. La maneja y retuerce entre sus dedos huesudos, y le saca gemidos contenidos, como los de una mujer que se muere de gusto. Transforma la salchicha en espada blandengue y orgánica.

-Algunos hacen florecitas y perritos. Te conviene aprender. Toma, ponte esto.

El patrón agarra una caja de cartón, de la que asoma una enorme cabeza de oso de color naranja.

-Deja el cabezón para el final -ordena el jefe.

Víctor se enfunda el uniforme de trabajo comenzando por los pies. El hombre le ayuda con la cremallera que va por detrás, y Víctor presiente entonces que ya es suyo, que lo tiene atrapado. Finalmente se coloca el cabezón.

-Vamos arriba -manda el patrón.

El reflejo sobre el cromado de los coches estacionados devuelve a Víctor su nueva identidad: se ha convertido en un gran peluche de feria.

Regresan a la Puerta del Sol. En un rincón de la plaza, el jefe concreta los términos del negocio:

-Papás y abuelitos con niños son tu objetivo. Un globito, un euro. Una foto, un euro. Si una mamá te toca el trasero, otro euro -bromea el flaco sin sonreír-. Hay quien no da nada, hay quien da más. Independientemente de eso, tú, al final del día, me entregas 70 euros. El resto de lo que saques, para ti. Si no alcanzas lo convenido, contraes una deuda conmigo. No acumules deudas si quieres conservar este empleo.

Víctor plantea algunas dudas sobre la rentabilidad del trato; la desconfianza es un vicio o manía contraído tras unos estudios de contable que le están sirviendo de poco. El flaco le apacigua y le asegura que habrá días en que podrá sacar hasta el doble.

-Y si no te interesa, hay otros tipos esperando.

El patrón se despide hasta la noche, en que vendrá a ajustar cuentas. Con su mirada de oso de peluche, Víctor lo persigue a través de la plaza. Nunca diría que un tipo así tuviera amigos, pero lo ve detenerse y charlar con Michelangelo, la tortuga ninja. Hasta Mickey Mouse y Bob Esponja acuden a saludarle, antes de que se pierda por la calle Montera.

El día es desangelado, pero al menos el disfraz de felpa es confortable y disimula el sentido del ridículo. Víctor no quiere imaginarse cómo deber ser estar ahí metido durante el verano.

-¡Mira, abuelo; Winnie the Pooh! -exclama un niño.

El abuelo no tiene ni puta idea de qué le habla el nieto. Tampoco Víctor sabe muy bien de qué carajo lo han disfrazado. "¿Qué más da eso, si Winnie o Wine, con tal de caerle simpático a los niños?", se infunde ánimo a sí mismo. El abuelo le da al nieto unas moneditas -pura calderilla de cobre-, y lo empuja hacia las feroces fauces del oso. El crío avanza tímido; el oso se abalanza tambaleante, y lo devora en un abrazo esponjoso.

-Toma, un globito, que te da el osito -improvisa Winnie.

El crío recoge el regalo a cambio de nada. Cuando el abuelo le recuerda que los osos no viven del aire, le entrega las monedas a Winnie.

Mientras acecha a abuelitos y papás, a Winnie le sobrevuelan los recuerdos. Le viene a la mente el cambio de guardia del regimiento de caballería en la plaza de armas de su añorada Lima. Ahora es él quien desfila por la Puerta del Sol, con su uniforme de gala, color butano, y su espadita neumática.

Sólo cuando le entran ganas de orinar, Winnie se percata de que está en un serio aprieto. Prueba a alcanzarse la cremallera que lleva cosida a la espalda: la manopla y su nula flexibilidad hacen de la tarea un imposible. Decide aguantase las ganas.

Pasan los niños, los abuelos, los papás. También los turistas, unos manteros a la carrera, los agentes que los persiguen, un grupo de mariachis fuera de órbita, un predicador del fin del mundo, las señoras cargadas de regalos que acabarán con el mundo, unos forasteros a los que se les reconoce por el acento, dos putas que hacen un alto para tomar café, unos que vienen, otros que van, gente camino del metro, gente dejándose llevar, otra vez el predicador, un tipo raro, pero que muy muy raro, otro que va dando la nota, los minutos, algunas horas... A Winnie le duelen las zarpas de tanta vaina. Y por si fuera poco, la vejiga está a punto de estallarle.

Decide merodear en busca de un bar corriente y moliente. Los parroquianos habituales, que lo ven entrar, inventan alguna chufla a su costa. A un lado, sobre la barra, Winnie aparca el cabezón, y Víctor reaparece igual que sale un conejo de la chistera de un mago. Después de pedir un botellín, el camarero le hace el favor de bajarle la bragueta gigante de la espalda. La parroquia se cachondea otra vez. Tras desaguar en el baño, el camarero vuelve a cerrarle la cremallera. Mientras se toma el botellín, Víctor hace el recuento de monedas: no va mal la recaudación, da para comer y para algo más. Se pide un pincho de tortilla. Y otra cerveza. Alguien de la parroquia compadrea con él:

-¡Una foto, Winie Wine, y te invito a un chato vino!

-Ok, pero uno no más, y me marcho.

Pero Víctor se queda, y después del vino se apunta a otra cerveza. Ya se sabe: un botellín conduce a otro, y luego a otro, y a otro más... Cuando se pone a repartir globitos, la parroquia lo adopta como mascota.

Sale del bar, ya es de noche; los niños deben estar durmiendo en sus camitas. La oscuridad y el alcohol lo desorientan, y no sabe si es Víctor, o Winnie, o Wine. El amigo de los niños, con su panza de osos, de puro borracho se tambalea por la acera. A duras penas acierta con el camino de vuelta hacia la Puerta del Sol. Se sienta, a esperar al patrón, en el murete que circunda una de las fuentes de la plaza. Recuenta las monedas que aún le quedan. "Si estuviera acá mi compadre César, lo invitaba", recita a algún viandante que lo quiera escuchar. El aire fresco de la noche le cachetea el rostro, y le advierte que no lleva puesto el cabezón de oso almibarado. "Por alguna parte andará", balbucea despreocupado. Está orinándose de nuevo. Como un astronauta extraviado, decide aliviarse dentro del uniforme de trabajo.

El patrón aparece por fin. Como tiene mucha mili, percibe a la legua el lamentable estado de su empleado.

-¡Me cagüen Dios!

"Pura lisura hablan los españoles", masculla Víctor, y le muestra al jefe lo que no se ha bebido de recaudación. Las pocas monedas brincan desde su mano enguantada, se desperdigan por el suelo.

-¡Me cagüen en mi puta madre! -clama el patrón.

"Ni a la vieja respetas, conchatumadre". El patrón no se da por aludido, porque Víctor está tan borracho que ni se le entiende. En su lengua trabada, continúa dándole pelos y señales, "ahí está toda la plata, te lo juro flaco, que la he contado yo mismo ahorita, todo correcto, porque soy egresado en Contabilidad por la Pontificia Universidad Católica del Perú, con diplomita, flaco, que total, para lo que me ha servido eso acá, ¿tú me entiendes, flaco?". El flaco no ha entendido un carajo:

-¿Dónde cojones has puesto la cabeza, imbécil?

Eso querría saber el pobre contable, al que no le vienen saliendo las cuentas desde el mismo momento en que subió al avión que le arrancó de su país. ¿Dónde tienes ahorita la cabeza, Winnie Wine?

9 de octubre de 2015

Llovizna

Perrito con suéter rojo atado a una farola esperando a su amo
Foto por Paz's New York Minute
Las calles de Carabanchel Bajo están empedradas con cacas de perro. Todo lo contrario que las amplias aceras del barrio de Salamanca. No sé si será debido a que en este último habiten menos perros por metro cuadrado. O tal vez, porque los vecinos sean gente civilizada, o porque entre las tareas de las chachas -que seguramente alguna resida en Carabanchel-, esté también la de recoger los excrementos de los perros de sus señores. No recuerdo haber visto nunca por Carabanchel una de esas motocacas que anuncia a bombo y platillo el Ayuntamiento, de esas que van succionando, con una potente aspiradora, las inmundicias que dejan los canes sobre la aceras.

Las cacas de perro me hacen sentir mal. Cuando traspaso el portal de mi edificio, y salgo a la calle, el mundo me parece una mierda. Quizá por eso me gusta perderme por los barrios bien de Madrid. Creo que hasta huele y se respira mejor. En mi barrio, el olor predominante es el de los regueros de pis, que serpentean por la acera y entre los coches aparcados. Pues los perritos orinan de día, y los borrachos de noche. Podría decirse que la sección de meadas abre las 24 horas.

Salí a pasear por el barrio de Salamanca. Anochecía ya cuando decidí sentarme en un banco, frente a un supermercado. Estaba algo cansado. Hacía un tiempo destemplado y húmedo, habitual en otoño. En la puerta del supermercado, un africano imploraba unas monedas, encogido de frío. Llegó una señora de mediana edad con un perrito. Era una de esas típicas señoras de barrio bien, con un abrigo de fieltro y un gorro de lluvia. El perro iba a juego, con una especie de poncho a cuadros escoceses. Pero sin gorrito. La señora ató el perro al protector de un árbol.

-Pórtate bien -le dijo al animal.

El perro no respondió nada: sólo asumió aquella orden con resignación. Se podía leer en su mirada que no estaba de acuerdo con la decisión de su ama. La mujer, antes de entrar en el supermercado, le pidió al negro, que a su vez pedía en la puerta, que echase un ojo al perro.

Empezó a lloviznar. Me levanté del banco para refugiarme en un portal. El moreno se estaba mojando. También el perrito. Del portal en que me resguardaba, salió una chica. Vestía un cortavientos impermeable de corredor, y unas mallas de lycra, de esas que marcan y permiten adivinar las nalgas al completo. Esas mallas me ponen a cien. La muchacha estiró la mano para comprobar que la lluvia no era fruto de su imaginación. Se puso la capucha. Miró hacia el lado en que pedía el africano menesteroso. Luego al frente, donde estaba el perrito. Nada más verlo, se encaminó hacia él:

-¡Ay, pobrecito, te estás mojando!

Ese tipo de chicas nunca reparan en tipos como yo. Tampoco en los negros que se apostan a las puertas de los supermercados. Aquella era mi oportunidad. Me acerqué a ella y, con gesto de indignación, le solté:

-¡Cómo pueden abandonar así a un pobre animal!

-Sí, pobrecito... Se está mojando.

-¿Le liberamos?

A la chica pareció sorprenderle mi ocurrencia. Mientras tanto, el perrito gimoteaba con la mirada fija hacia el interior del supermercado. El moreno, tenso y sin saber qué hacer, ni cómo cumplir la misión que la dueña le había encomendado, nos miraba a nosotros dos. Desamarré al perro.

-¿Qué nombre le ponemos? -pregunté a la chica, en tono divertido.

-No sé...

-¡Di uno, el primero que se te ocurra!

-¿Chuchi?

-¡Chuchi, ahora eres libre! -dije al perro, dándole una fuerte cachetada en el lomo.

El perro se escabulló entre dos coches y se echó a la carretera, como una puta. A causa de la llovizna, un todoterreno, que venía a todo meter, no pudo reaccionar a tiempo. Se escuchó el frenazo inútil, seguido de un lamento hondo y corto. La chica se llevó las manos al rostro. Su grito fue agudo y algo más largo que el del perro. En ese momento, por la puerta del supermercado, reapareció la dueña de Chuchi, zarandeando en su mano derecha, puede que la izquierda, un bote de Troskis, o como se llamen. Vamos, de comida para perros.

-¡Goofy, mira lo que te he comprado! ¿Goofy?

La señora buscó en vano al chucho. Después miró al negro que, sin saber qué decir, la miró a ella y luego a nosotros. Tal vez, el hombre pensó que se iba a quedar sin propina.

-Vaya, no se llama Chuchi -comenté a la chica-. Llamaba, quiero decir.

Dados los acontecimientos, tuve que precipitar el asunto que me traía entre manos:

-¿Te parece bien que intercambiemos nuestros números de teléfono, por si nos apetece quedar un día?

-¡Asesino! -me gritó.

Una pena que no me quisiera dar su número. Cuando la dueña del perro reparó en mí, decidí abrirme. Esa gente de barrio bien acostumbra a tratar con abogados, y no precisamente de oficio. Hubiera sido imposible hacerle comprender, que la llovizna había tenido toda la culpa del desenlace fatal que tuvo Chuchi. Goofy, quiero decir.

Salí corriendo, buscando una boca de metro. Quizá, para cuando hubiera regresado al barrio, la llovizna habría sido capaz de borrar de la memoria de las aceras todas esas cacas de perro. Y los regueros de pis...

7 de octubre de 2015

Enloquecidos fans

Fans enloquecidos corriendo detrás de los Beatles
Gracias a Yolanda, por regalarme esta instantánea"
Paseaba por las calles de Madrid sin otro oficio más que el de dejarme llevar por la voluntad de mis pasos, con la indolencia o despreocupación que le otorga a una el hecho de estar desempleada. Cansada, busqué un banco sobre el que sentarme y atrapar los últimos rayos de sol de ese día.

Frente a mí, las vallas que encierran las vías del metro: las de ida y las de vuelta, metáfora de un viaje que en ese momento no parecía reservado para mí. Vislumbré mi vida en vía muerta. Los ecos del tráfico a mi alrededor se volvieron mudos, cada vez más según me fui adentrando, cual náufrago hacia la deriva, en un océano de pensamientos propios y murmullos ajenos. Era un punto cualquiera, en medio de la ciudad...

Arribó un convoy de metro por uno de los andenes. Al cabo, la puerta de acceso a la estación vomitó una multitud, que en paso desbocado vino hacia mí. Ya temía por mi integridad física, como si de repente de punto insignificante me hubiera transmutado en estrella del rock, cuando aquel tropel de enloquecidos fans pasó de largo. ¿Acaso no me habían visto? Respiré aliviada por ser punto otra vez. Situada detrás de mí, una parada era el único objetivo de todo ese gentío que, tras la jornada laboral, pretendía coger el bus, alcanzar el refugio del hogar lo antes posible.

Sentada en el mismo banco, contemplé la escena de la multitud repetidas veces, como si mirase las olas arremetiendo contra las rocas, pero ahora a salvo desde la orilla del océano. Cuando se escondió el último rayo de sol de aquel decrépito atardecer, decidí regresar a casa...

22 de septiembre de 2015

A mi musa

Erato musa de la poesía. Sir Edward John Poynter (1870)
Erato, musa de la poesía.
Pintura por Sir Edward John Poynter (1870)
¡Venga! Vamos a intentar soltarnos el pelo, porque si no, no hay forma ni manera de llegar a un punto en el que tú y yo nos crucemos de nuevo. Pues he de reconocerte que no encuentro la forma y manera. De veras que no la encuentro, y ya me rindo. Por eso a ver si, aunque sea a base de rodeos y aproximaciones, más o menos azarosas, te alcanzo de una vez.

Recuerdo hace bien poco, cuando las cosas entre tú y yo eran bien sencillas. Tan simples eran como esbozar una idea en mi imaginación, y ya estabas tú ahí para resolverme la papeleta. Pero ahora, parece que no. Te niegas, desconozco el porqué, a echarme una mano. Antojadiza tú, desde luego... Imagino que andarás ahí tonteando con algún poeta cursi de esos de "suaves brisas" y "verdes primaveras". Tampoco es que quiera atarte, desde luego, o tenerte toda para mí. Pero no soporto lo tornadizo de tu voluntad. Si hay algo que me vence son las esperanzas vanas. No sé... Para eso, mejor que lo dejen a uno en paz, que si no luego se siente igual que un globo desinflado.

Así que vete haciendo a la idea de que, por mi parte, no quiero tratos contigo ni maltratos de ti. Vete olvidando de mi dedicación voluntariosa, de las auto correcciones y de mi pasión roja carmesí. Pues desde ahora, para ti, sólo pergeñaré ripios y adjetivos redundantes de tono floreado. Más no merece tu tonto juego para conmigo. A fin de cuentas, si te implorase un poquito de constancia, te iba a dar igual.

¡Y yo que pensé que estábamos hechos el uno para el otro...! Pues no: parece ser que en la vida, me equivoqué una vez más. ¿O no es así, mi caprichosa musa?

14 de septiembre de 2015

Catalán de pura cepa

Bandera de Azerbaiyán
Bandera de Acerbaiyán
Ya va para un año que me hice catalán. Lo decidí una tarde, mientras merendaba una crema catalana. ¡Me sentí tan catalán en aquel momento...! Así es que, a la mañana siguiente, cuando me levanté de la cama ya era un catalán más. Me duché y, como cada día, me fui a desayunar al bar de Paco. "Ponme un café con leche y dos porritas". Me pareció que Paco me trataba distinto: claro, como ahora era catalán... Un catalán en tierra extraña.

Sólo una vez en mi vida he estado en mi patria. Hace bien poco, en la Costa Brava, de veraneo. ¡Qué bonito es todo aquello! El cielo tan azul, igual que el mar, tan azul también. En Madrid, donde he vivido siempre, el cielo es de un gris azulado y triste, y no hay mar ni nada parecido. Además, en Cataluña tenemos unas chavalitas de toma pan y moja, que se pasean en bikini por la playa. Le eché un piropo castizo a una que estaba como un queso de rica. Un tipo, que debió escucharme, me preguntó si yo era madrileño. "¡Madrileño y catalán, a mucha honra!", le respondí con cierta chulería. Después de mirarme con extrañeza, empezó a contarme no sé qué historias. No le entendía bien, supongo que me hablaba en catalán. Se me estaba haciendo tarde y le dije "adéu", que es un sinónimo de adiós, pero más habitual en Cataluña. Llegué al chiringuito de playa justo antes de que cerraran la cocina. Pedí algo típico de allí: una paella catalana. Mientras llegaba o no llegaba la paella, me pusieron unas aceitunas catalanas, también algo típico que te suelen poner en los bares y restaurantes de allí, mientras esperas. Después de comer -qué rica estaba la paella-, me fui a mi apartamento, para dormir la siesta. A muchos catalanes nos gusta echar una cabezadita después de comer. Te quedas como un catalán nuevo.

Un día hice una excursión a Figueras. Un pueblo precioso. Catalán también. Allí visité el museo del pintor ese que estaba medio loco, el de los bigotes afilados, no recuerdo ahora su nombre. Nació en aquella localidad, por lo que era catalán de nacimiento. El edificio del museo era una especie de castillo de color rojo, coronado con huevos gigantes, como de dinosaurio. El beige de unos panes catalanes, adheridos a la fachada, contrastaba sobre el rojo de la pared. En perfecta formación, alineados en filas y columnas, aquellos pegotes de miga me recordaban a un ejército catalán visto desde lo alto.

Me recreo evocando las vacaciones, porque me he bañado en el mar, y tomado mucho el sol tumbado a la bartola; dos de las cosas que más me gusta hacer en la vida, como buen catalán. Estoy tan moreno que parezco un catalán mulato. Aquí, en Madrid, sol no falta. Pero o te bañas en una piscina pública, o te remojas en la ducha: no hay otra opción. Habría que estar medio loco para meterse en el río Manzanares, con lo de porquería que lleva. Me he dado cuenta de que, sobre todo por el mar, es una gran ventaja ser catalán. Pero sólo si vives en Cataluña, claro. O si vives en Valencia, o en Málaga. En Madrid, ya es otra cosa: no te puedes bañar, mecido por las olas, por mucho que te sientas catalán hasta el tuétano.

El año que viene, en mis vacaciones, imagino que volveré a mi país. Pero no al mismo lugar. Odio hacer las mismas cosas, tener los mismos amigos, ver los mismos paisajes. Incluso un día me aburrí de ser siempre lo mismo: español. Imagino que, por eso, desde entonces soy catalán. Claro que, no sé cuánto me durará este capricho que ahora me ha dado por sentir. Quizá un día me aburra y decida ser, por ejemplo, azerbaiyano. Pero de momento, soy catalán, y así me siento: me gusta ser lo que soy y, aunque no hablo catalán ni vivo en Cataluña, me veo a mí mismo como un catalán de pura cepa. Hasta he colgado la estelada en mi balcón, con sus barras y estrella. Todos los que al pasar la ven, me insultan y gritan, "¡eh tú, asómate al balcón, catalán!". A veces me desvelan de mi siesta catalana. Eso me disgusta, y pienso que quizá debería cambiar la bandera por otra azerbaiyana. Pero no conozco mucho de Azerbaiyán: en realidad, casi nada. Sólo sé que queda muy lejos de donde yo vivo. Me pregunto si, en aquel país, el clima será agradable durante el verano. Y si tendrá alguna playa, de cielo azul, bañada por un mar tibio...

30 de agosto de 2015

La mamma

Luces de los coches al atardecer en una ciudad
El papá, sentado en un banco del parque, mataba las horas de soledad echando migas de pan a las palomas. Hacía tiempo que su esposa se había ido de casa. El niño de ambos, embutido dentro de un carrito de bebé enorme que, sin embargo, le quedaba ya demasiado pequeño, hojeaba una cartilla de parvulario con las primeras letras.

-Mammma -pronunció el niño, señalando una M estilizada y esbelta.

-¡Santa Lucia! -clamó el papá-. Por fin aprendiste a hablar. Pues la mamma no está, Marco. Va a hacer casi trece años que marchó a un recado, y desde entonces no ha regresado a casa.

-Quizá le haya pasado algo, papá.

El papá quedó sorprendido por la claridad repentina con la que hablaba su hijo.

-¡Ay, qué bien habla il mio bambino! -le dijo, pellizcándole los mofletes-. Pues podría ser que le haya pasado algo, Marco, porque ya tarda en venir. Creo que va siendo hora de que salgamos en su busca.

Al día siguiente, el papá lo tenía todo preparado para la partida. En el arcén de la carretera, frente a la puerta de casa, echaba un último vistazo para comprobar que todo estuviera listo: los bocadillos y la ropa, dentro del macuto, colgado a la espalda; la presión correcta en los neumáticos de la bicicleta; el carrito de su bebé bien amarrado a ésta...

-Bueno, esto ya está. Andiamo en busca della mamma.

La casa pronto quedó atrás. El pedaleo se hizo monótono, imperecedero, sobre los adoquines trémulos de la calzada.

El papá detuvo el ritmo cansado para tomar resuello, haciéndose a un lado de la carretera para no interrumpir un tráfico inexistente. Una verja entreverada de óxido y verde resguardaba un caserón de aspecto olvidado, vencido. Al otro lado de la verja, en unos terrenos que se jactaban de ser jardín -una simple explanada de tierra, circundada por unos pocos pinos-, un hombre daba minúsculos paseos. Con las manos a la espalda, oscilaba entre dos puntos próximos, mientras farfullaba para sí asuntos ininteligibles. En la cabeza, llevaba puestas unas gafas de natación, y un sombrero de paja que le protegía del sol. El papá se acercó a la verja e interpeló al hombre.

Scusa, scusa!

El hombre no lo escuchó. Así que el papá tuvo que alzar más la voz.

Scusa, scusa!

-¿Es a mí? -dijo por fin el señor, interrumpiendo su paseo.

-Scusa. ¿No habrá visto pasar a una donna por aquí?

-¿Una donna por aquí? -se sorprendió-. No recuerdo.

El hombre prosiguió con su itinerario recurrente.

-Hará como trece años -insistió el papá.

-¡Una donna por aquí...! -exclamó el paseante para el cuello de su camisa, sin dejar de dar vueltas- ¡Qué locuras dicen algunos...!

El papá no desistió, y gritó aún más fuerte:

-¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha! ¡Intente hacer memoria!

El señor respondió malhumorado:

-¡Ya le digo que no recuerdo a ninguna donna. Por aquí no pasó. De haber pasado alguna, la recordaría!

-¡Bueno, escusate; no quería molestarle. Ciao!

Desanimado, el papá se disponía a montar de nuevo en la bicicleta, cuando el hombre le llamó.

-¡Oiga, oiga! ¡Espere!

-¿Sí?

El hombre se acercó hasta la verja.

-Acabo de recordar. Hace tiempo pasó una donna por aquí. Dijo que iba para la Argentina.

-¿Para la Argentina? -le extrañó al papá.

-Eso dijo.

-Marco, ya has escuchado a este señor. Parece que la mamma marchó para la Argentina.

Marco, que iba leyendo un atlas de geografía enorme, bajó el libro antes de afirmar:

-Pero eso, queda muy lejos, ¿no?

-Más o menos. Para llegar, tendremos que tomar un trasatlántico y cruzar il mare.

Luego, el papá tuvo que gritar de nuevo para despedirse del hombre, que ya se había retirado para continuar con su eterno discurrir entre dos puntos.

-¡Bueno, señor, grazie mille por la información. Si alguna donna pregunta por nosotros, dígale que fuimos para la Argentina, a buscarla. Arrivederci!

El paseante, absorto en su rutina, hizo un gesto de indiferencia con el brazo, sin mirar a su interlocutor. Mientras tanto, el papá y Marco reemprendieron la marcha.

Pedaleando, no poco, llegaron a puerto, en donde el papá compró un par de billetes de tercera clase en un enorme buque que cruzaba el Atlántico.

Desde la baranda de cubierta los recuerdos del papá se dejaron ir, acompañando a la estela que dibujaba el barco sobre el mar. Mientras, el viento alborotaba su cabello, como cuando antaño lo acariciaba su mujer. A su lado, Marco leía a todas horas el mamotreto de geografía.

-Papá, ¿queda mucho para llegar a la Argentina?

-Ya falta poco, Marco -respondió desganado el papá, dado lo recurrente de aquella pregunta.

-¿Cuánto?

-Menos que nada.

-Per favore, déjame salir del carrito para ver il mare.

Il mare...! -exclamó el papá, atrapando con la punta de los dedos el salitre húmedo que flotaba en el aire-. Te he dicho una y mil veces que es pericoloso; te podrías caer por la borda...

-Es que me aburro, aquí, siempre dentro del carrito.

-Anda, bambino mío, sigue leyendo, que los libros te contarán fabulosas historias sobre il mare. ¡Y deja de dar la lata!

Días más tarde, cuando por fin se adentraban en la ensenada próxima al puerto de destino, el barco mugió excitado, igual que un toro en celo deseoso de ver a su novia. La visión monumental de una estatua enorme de mujer entusiasmó al papá, tanto como si realmente fuera su esposa quien acudía a recibirlos.

-¡Mira Marco, asómate! ¡Ya estamos llegando!

Acomodado en su carrito de bebé, Marco dejó a un lado el altas de geografía y estiró el cuello para ver mejor.

-¡Qué bello es Buenos Aires...! -dijo un embelesado papá.

-Papá: yo creo que eso de ahí es Nueva York.

-Ma che cosa stai dicendo?

-No sé... En algún lugar leí que esa estatua está en Nueva York.

Marco abrió su atlas de geografía y hojeó unas cuantas páginas.

-Mira -señaló en el libro una foto de la estatua de la Libertad, junto a un texto que decía "Nueva York".

-Bueno, ¿qué más da, Buenos Aires o Nueva York? -dijo contrariado el papá-. Por algún lado tendremos que empezar a buscar a la mamma. ¡Andiamo, andiamo!; nos espera un largo camino por delante...

No tardó el papá en sentir en carne propia la hostilidad de los caminos asfaltados de Nueva York. Sobre todo cuando se pedalea al ritmo lento de una bicicleta. Y que más perturbadores son si, además, a la bicicleta uno lleva enganchado el carrito de su bebé.

Por el arcén de uno de esos caminos, un mendigo empujaba un carrito de supermercado, en el que iban sus únicas pertenencias. Cuando se cruzaron con él, el papá no quiso dejar pasar la oportunidad de preguntar. Tuvo que gritar, desde el otro lado de una hilera infranqueable y sin fin de vehículos,  para que el mendigo pudiera oírle:

-¡Scusa! ¿No habrá visto pasar por aquí a una donna? ¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha!

-¡To be, or not to be, that is the question! -respondió el mendigo en tono melancólico, sin detener el paso.

Aquel hombre parecía drogado, como abducido por la tarea anodina a la que parecía condenado, la de acarrear sus pocas propiedades.

-¿Cosa dice? -preguntó el papá a Marco.

-No sé, papá, non ho capito. Creo que hablaba en inglés.

-¡Mamma mia! En este lugar parece que nadie comprende una palabra de italiano. Marco, vas a tener razón, y esto no es Bueno Aires, ni siquiera la Argentina.

Desde el carrito de bebé, Marco hizo un gesto displicente, dando muestras claras de que él ya lo sabía. Su padre se quedó pensativo, mirando al limbo por un instante, más allá de la hilera de coches que se perdía hasta donde alcanzaba la vista. Luego, de repente, pareció abandonar su ensimismamiento.

-Es igual, ya nos las apañaremos. Al menos, nadie podrá decirte que no estás conociendo mundo...

-¡Pero papá! -protestó Marco-. ¡Si no salgo de este carrito para nada...!

-Calla, calla, que ahí fuera la vita é molto pericoloso. Tú lee tus libros, que ésa es la mejor manera de conocer el mundo.

Resignado y sin rechistar, Marco cogió el atlas de geografía y comenzó a leer.

-¡Así es la vita! -suspiró hondo el papá-. Sigamos buscando a la mamma.

La caravana breve de la bicicleta y el carrito de bebé se puso otra vez en marcha. El sendero de vehículos motorizados la fue comprimiendo, hasta convertirla, allá a lo lejos, en un punto discreto. Al final fue engullida por el horizonte prometedor y gris...

19 de agosto de 2015

La cumbiamba

Pareja bailando salsa
Foto por Steve Smith
A pesar de ser un castellano recio, adusto, serio -de Castilla la Vieja, por más señas-, me desperté en mitad de la noche obsesionado con bailar la cumbiamba. Sobresaltado, de un respingo me arrojé de la cama al suelo. Acudí a la cocina sudoroso, inquieto como un yonki con síndrome de abstinencia. De un tirón me bebí tres vasos de agua, mas apenas aliviaron la sequedad de mi paladar terrizo. Desconocía por qué me había dado por ahí, ni tenía la más remota idea de en qué consistía la cumbiamba. Pero estaba empeñado en bailarla a toda costa.

Caí en la cuenta: quizá mis vecinos latinos, los del piso de abajo, podrían explicarme cómo se bailaba. Sin pasar por la ducha, me puse el pantalón de todos los días, una camisa simple, y una corbata sobria que mis dedos, torpes y aún dormidos, anudaron con dificultad. También escogí mi chaqueta más desenfadada, ésa que me otorga un aire de escritor lacónico y esquivo.

Bajé las escaleras. Sin atender a lo intempestivo de la hora, llamé a la puerta. Nadie acudió a abrirme. Insistí. Al tercer timbrazo, escuché el pegajoso caminar de unos pies descalzos. Justo cuando la puerta se abría me percaté del excesivo desenfado de mis chanclas.

-¿Usted me podría enseñar a bailar la cumbiamba? -pregunté de primeras.

Una mujer somnolienta me observó como a un aparecido en mitad de la noche. Abrazaba su batín para que no se le despendolara, y dejase al descubierto sus secretos más íntimos; pero por lo vaporoso del tejido se podían adivinar sus caderas anchas y todo lo demás.

-Claro que sí, vecino. Pase dentro, que ya le daré yo su cumbiambita.

Me agarró por la corbata, y me condujo hasta un dormitorio oscuro. Encendió una lamparilla de mesa de luz miserable, que en poco alteró la penumbra de la habitación.

-¿No tiene usted calor con tanta vestimenta, mi amor?

Lo cierto era que sí: ardía por dentro. Y tenía mucha sed.

-Ande, deje que le quite ese chaquetón apolillado: me recuerda usted a mi difunto abuelito.

Dejé hacer a sus manos expertas. Tras la chaqueta, y sin pedir permiso, me despojó también de la camisa, de los pantalones…

-Para bailar la cumbiamba, ¿es necesario que me desprenda de toda la ropa? -dije azorado.

Claaaaro, mijito! Usted no se preocupe tanto, y déjese llevar. La corbatita se la dejo puesta, por si no se porta bien y tengo que jalarle.

Cuando nada me quedó encima -excepto la corbata-, me arrojó de un empujón inesperado sobre su cama deshecha, y me ordenó que me tumbara. Se desprendió del batín, se echó a horcajadas sobre mí, y comenzó a menearse con espasmos concupiscentes.

-¿Es así como se baila la la cumbiamba? -pregunté extrañado.

-¡Qué desconfiado es usted, mi amor! ¡Relájese un poquitico!

-Pero es que… ¿así, sin música ni nada?

-¡Ay, qué fastidioso es usted!

Contrariada, mi vecina descabalgó de su montura -yo-. Sin abandonar el catre, atrapó a tientas un teléfono móvil que andaba perdido sobre la mesita de noche. Toqueteó un par de botones y comenzó a sonar una musiquilla de ritmo monótono y letra vulgar.

-Ahí tiene su cancioncita, mi amor, su cumbiamba. Ande; ahorita vamos a bailarla rico.

Volvió a cabalgarme, a cimbrearse sobre mí, ahora al ritmo machacón de la cumbiamba. Intenté acoplarme a su compás y al de la música.

-Así, mi amor, lo está haciendo muyyyy bien.

Para ser sincero, no se me estaba dando del todo mal la cumbiamba. Y eso que la bailaba por primera vez.

-¡Ay, papito, dele rico, dele rico, ay…!

Mi vecina se estremecía cada vez más; tanto, que me dio la sensación de que evolucionaba demasiado deprisa, que perdía el paso, en absoluta asincronía con el ritmo de la música.

-¿No estamos yendo demasiado acelerados? -le advertí.

Pareció molestarse con la sugerencia; se detuvo y me agarró con vehemencia por la corbata:

-¡No me sea pendejo! ¿Quién es aquí la profesora, usted o yo? ¡Cállese de una vez, y no me salga con más vainitas!

No me cupo más remedio que obedecer y dejarme llevar. Pero yo seguía teniendo la impresión de que no íbamos acompasados con el ritmo de la música. Nos meneábamos demasiado deprisa. Y cada vez más, y más, y más aprisa... Tanto, que sin darme cuenta empecé a sumergirme en la voluptuosidad vertiginosa y adictiva de la cumbiamba; el miembro de mi entrepierna, incauto y desprotegido, se precipitó en el interior de un abismo desconocido hasta entonces para mí.

-¡Así, mi amor, ahorita sí que lo está haciendo bien!

-Sí, vecina; siento un calor interesante.

Aquello me gustaba, me desenvolvía bien. Comenzaba a sentirme más seguro y despreocupado cuando el marido de mi vecina regresó a casa: nos sorprendió en pleno baile. Desde la puerta del dormitorio nos miró con cara de incrédulo, imagino que por lo inusual de la hora de mi visita. Más allá de la corbata, sentí un gran pudor al verme desnudo ante él . Le aclaré lo que había venido a buscar en su casa:

-Disculpe: su mujer estaba haciéndome el favor de enseñarme a bailar la cumbiamba… Yo se lo pedí.

El hombre se quedó pensativo un instante. Luego, curioso, preguntó a su esposa.

-¿Qué tal lo hace?

-Pues ni punto de comparación contigo, mi amor. Apenas al final se le paró un poquitico la cosa, y así no hay manera ni modo.

El marido se acercó hasta la cama, y me conminó:

-¡Quite, quite, apártese a un lado! ¡Baje de la cama, y siéntese en esa silla y fíjese bien! Que yo le voy a enseñar cómo se baila la cumbiamba...

En un visto y no visto, el vecino se despojó de sus ropas.

-Preste atención. Para empezar, la cumbiamba se baila con el varón en la posición, digámoslo así, "de encima"; y usted estaba colocado en la del revés, justo en la "de debajo".

-Pero su mujer me dijo... -me excusé.

-Pues como usted no sabía -se defendió la vecina-, yo me coloqué encima, por el hecho de así manejarlo mejor.

Mis vecinos empezaron a bailar al son de la cumbiamba. Aunque en mi modesta opinión, iban desacompasados con el ritmo de la música.

-¿Ve, ve cómo se hace? -me decía él, sin parar de bailar.

-Sí, ya intuyo -la luz era tenue-. Parece fácil.

Los dos se entregaron tanto al baile, que se olvidaron de mi presencia. Ni me dejaban probar. Tras unos minutos de pura observación, comencé a sentirme cansado, aburrido de tan sólo mirar, siempre los mismos movimientos espasmódicos y repetidos. Di la lección por aprendida y me disculpé.

-Bueno, yo ya me voy.

-¡Ay, que me vengo, ay! -dijo mi vecina.

-¿Ya se viene, mi amor? -preguntó el vecino sin dejar de menearse.

-No, el que me marcho soy yo -aclaré-. Me alcanzó otra vez el sueño. Además, ya creo que todo me ha quedado bien claro.

-¡Ah, se va usted! Pues hasta luego. Pero antes de irse, me va a permitir un consejito de hermano. Uno no más: si quiere bailar la cumbiamba, búsquese una mujer con quién hacerlo. Pues pa qué se lo voy a negar: cuando lo encontré en esta habitación, desnudo sobre mi cama, bailando con mi esposa, me llevé una opinión equivocada de usted. Así que cada cual con su mujercita, que es lo mejor para no dar lugar a confusiones. Además, con la propia, uno se compenetra mejor. ¿Usted me entiende? Ya ve qué bien nos manejamos entre mi esposa y yo...

Recogí del suelo mis ropas y fui vistiéndome, mientras los otros dos proseguían con el baile. Algo desanimado, bajé a la calle. Por alargar el recorrido hasta casa, cogí un búho repleto de noctámbulos alegres, que me brindó una vuelta por la ciudad dormida y una prórroga de melancolía...

Tumbado otra vez sobre la cama de mi dormitario, sin dejar de darle vueltas a lo vivido, sopesé la posibilidad de ensayar el baile con la almohada. La descarté de inmediato, pues sabía que mi vecino tenía razón: debía buscarme una mujer para practicar. Así, pensando en las caderas amplias de su esposa, me quedé dormido...

Cuando desperté, me pregunté si todo el asunto del baile había sido sólo un sueño. Pero lo cierto es que, desde aquella noche, no dejo de pensar en mi vecina. Mi obsesión por la cumbiamba ha devenido en una especie de afección tan pertinaz como febril, de la que intuyo no va a ser nada fácil restablecerme...

28 de julio de 2015

El milagroso caso de San Argimiro

Bendición de un taxi
Eran las 12 en punto de la mañana, la hora convenida. Desde lo alto de un elevador, los sepultureros procedieron a echar abajo la sencilla losa de mármol que sellaba el nicho de Argimiro. Su viuda, Eulalia, observaba con atención la maniobra, sin conseguir emocionarse más de la cuenta. Más que la pena, le embargaba, si acaso, un poco la nostalgia, ahora que se acababan de cumplir los 10 años desde que el marido se le había marchado para el otro barrio. El plazo del alquiler del nicho acababa de vencer, y como no podía gastar ni un duro de más en la renovación, los huesos del esposo irían a parar al osario común del cementerio.

El ataúd estaba tan acartonado, que su estructura amenazaba con desmoronarse, como si se tratara de un edificio apuntalado y moribundo. De hecho, el operario fúnebre se quedó con una de las asas de bronce en la mano, cuando tiró para sí del féretro. Entre él y su compañero zarandearon la caja demacrada -que pesaba como un muerto-, hasta que, gracias a los movimientos de vaivén, lograron sacarla del nicho y depositarla sobre el elevador. Apretaron un botón y el elevador los condujo hacia el suelo, suavemente, acompañando a los restos mortales de Argimiro.

-Con su permiso, vamos a proceder -anunció a la viuda el operario de mayor rango. Eulalia asintió con la cabeza. Justo en ese momento pensó que se podía haber quedado en casa para ahorrarse el mal trago, el de tener que ver lo poco que debía quedar ya de su amado esposo. Pero era tarde para cambiar de opinión.

Los dos hombres levantaron la tapa del ataúd. A la par, sobresaltados, dieron un respingo: nunca antes habían presenciado un cadáver en semejante estado de conservación.

-Está igualito que cuando se fue -suspiró la viuda, sin sospechar todas las complicaciones que aquello iba a suponer.

Y tan igualito que estaba... Hasta cada pelo del bigotito tenía en su sitio, que parecía que se lo acabase de engominar. A ver cómo ahora los operarios ensacaban los huesos, si el muerto estaba tan entero y lozano como si lo hubieran enterrado aquella misma mañana.

El empleado fúnebre de mayor edad y rango pensó que, para un asunto como aquél, el de un cuerpo incorrupto que parecía dormir la siesta del sueño eterno, mejor sería llamar al sacerdote de guardia, al encargado de cubrir los oficios litúrgicos.

-Anda -le ordenó a su compañero-, ve, y dile al padre Postigo que venga para acá.

Nada más ver al muerto, el padre Postigo sentenció que, aunque en apariencia y a todas luces se trataba de un caso de Cadaverum Incorruptione, seguramente el fenómeno debía tener alguna explicación nada sobrenatural. Gana ninguna tenía de que un muerto nada mondo y lirondo viniera del más allá, para perturbar su vida monótona y tranquila de capellán de cementerio. Se reclinó junto al cadáver para hacer una comprobación más.

-¡Vaya; sólo faltaba esto! Acérquese, acérquese y huela -exhortó a la viuda.

Eulalia respiró el olor inequívoco de la naftalina que en su día, antes de enterrarlo, guardó en los bolsillos del difunto, para que no se le apolillara el traje de domingo con que lo amortajaron. Pero no tuvo ánimo para contradecir al padre cuando, con aire nada ceremonioso, dictaminó:

-El olor de la santidad... Señora, menudo fastidio: mucho me temo que su marido fue un santo.

"Pues si mi marido fue un santo bien calladito que se lo tuvo", pensó Eulalia para sus adentros... Trabajador sí que había sido, todo el día metido en el taxi, recorriendo la ciudad, de arriba a abajo, de abajo para arriba. Pero desde luego que, poca virtud mostró con ella, a la que solía tratar con desdén, sobre todo al principio de su vida matrimonial. Se ponía impertinente a la hora de las comidas: que si esto estaba salado, que si aquello no sabía a nada... Todos los días se quejaba de lo mismo: "No sabes cocinar, deberías aprender de mi madre: ella sí que me hacía buenos potajes, como a mí me gustan. ¡Más cuchara y menos fritangas!" ¿Y ahora le querían salir con el cuento de que su Argimiro había sido un santo? ¡Qué barbaridad! ¡Si era tan terrenal, que cuando no andaba distraído conduciendo el taxi, no hacía más que pensar en comer...!

Desde el día en que sacaron al marido del nicho, no pararon de molestar a Eulalia, para que diera testimonio, con pelos y señales, de la vida y obras de Argimiro. Tal y como temía el padre Postigo, algún botarate ocioso de la jerarquía eclesiástica no dejó a nadie en paz, cuando le dio por abrir un proceso de beatificación. El animoso prelado, como si no tuviera otra cosa que hacer, desvelaba a Eulalia llamándola por teléfono a la hora de la siesta.

-Ya se lo he dicho una y mil veces, señor obispo: todo el día se lo pasaba mi Argimiro en el taxi, que ni los fines de semana sacaba el culo del asiento. ¡Menuda vida que me dio...! Que no paraba por casa nada más que para comer.

Pese a que la viuda no pareció rebelar demasiadas anécdotas dignas de un hombre santo, no faltó quien acudiera al Papa Santo de Roma con cuentos misericordiosos e historias inverosímiles. El gremio de taxistas pareció muy entusiasmado, con el hecho de tener un santo dentro de la profesión. Algunos colegas que conocieron a Argimiro en vida dieron testimonios increíbles. Como aquél de cuando trasladó en su taxi a un hombre que había sufrido un infarto, y que consiguió salvarse por la presteza con que lo condujo al hospital: unos u otros lo vieron recoger al enfermo y dejarlo en el hospital en el mismo y preciso instante, en idéntico segundo, como si Argimiro y su taxi tuvieran la gracia de la bilocación.

Cuando el Papa nombró a Argimiro beato, muchos taxistas empezaron a tratar con indiferencia a San Cristóbal, el patrón al que desde siempre se habían encomendado cuando iban al volante. Pero a la viuda, más allá de que terminaron invitándola a Roma -con todos los gastos pagados-, la causa de la beatificación le trajo sin cuidado. En sus cábalas, sospechaba la razón verdadera del fenómeno de la incorruptibilidad del cuerpo de su Argimiro.

Tan harta la tuvo el marido en su primera época de matrimonio, con el tema de que no sabía cocinar, que un día decidió alimentarlo a base de comida enlatada. Compraba los potajes que más le gustaban, como fabada asturiana, lentejas, callos y cocido madrileño. El esposo percibió el cambio en el paladar, aunque nunca sospechó los tejemanejes culinarios que desde entonces se trajo su Eulalia.

-¡Éstas sí que son unas alubias como Dios manda! -le decía a la esposa, cuchara en mano.

Argimiro dejó a Eulalia en paz. Es más, presumía ante los compañeros de oficio de lo bien que cocinaba su mujercita. Incluso una vez casi llegó a las manos con uno de ellos, que se atrevió a cuestionar la calidad de unas albóndigas:

-¡Parecen comida enlatada para perros...!

Si no lo sujetan los otros colegas, lo remata allí mismo, en la parada de taxis. Claro que, aquella anécdota violenta quedó en el olvido, y nadie se la vino a recordar al Papa, años después. Tampoco nadie contó lo tramposo que era Argimiro, siempre intentando saltarse el turno de espera, en la parada. Ni dijeron nada de aquella habilidad suya tan particular, la que lo conducía a extraviarse por la ciudad como si nada, para así cobrar de más a los turistas más confiados.

Mientras el taxista se daba a los elogios de su mujercita, y como andaba a todas horas con el trasero pegado al asiento del taxi, Eulalia disponía de demasiado tiempo para ella. Vamos, que se aburría. Pero pese a toda la santidad que le estaba por caer encima, ella nunca fue muy de entretenerse pasando las cuentas del rosario. Más bien prefería, para matar sus horas de soledad, otros divertimentos más mundanos. Como por ejemplo, hacer una escapadita para jugarse los cuartos en el bingo. Ya viuda, más de una vez se encomendó a su Argimiro para que intercediera por ella ante Dios y todos los Ángeles Custodios, a ver si así conseguía completar un cartón y cantar el bingo especial. Pero nadie pareció atender sus plegarias... Rara vez cantó alguna línea. Otra razón más por la que Eulalia dudaba de las presuntas facultades milagrosas del esposo. Ni la suerte, ni favores de santos la ampararon casi nunca...

Desanimada, la viuda solía regresar del bingo a casa sola, añorando los tiempos en que el sentido de su vida se reducía a tenerle preparada la comida al marido, antes de que regresase del trabajo. Por aquel entonces, le bastaba con abrir un par de latas de alubias para complacerlo. Por disimular, las calentaba a fuego lento en el interior de una cazuelita de barro. Y ahí estaba su Argimiro para darle un achuchón reconfortante:

-Esto está de muerte, cariño.

Desde luego que aquellos pucheros precocinados debían estar de muerte... Porque Eulalia sospechaba que tanto producto enlatado algo tuvo que ver con el óbito repentino del esposo. Como si los conservantes acumulados a través de los años hubieran provocado el colapso que le sobrevino. Argimiro no se apagó poco a poco, como una vela, sino como una bombilla: se fue para el otro barrio de sopetón. Su organismo quedó petrificado, en el mismo estado y posición en el que se detuvo por primera y postrera vez. Eulalia intuía que, por fuerza, los conservantes alimenticios debían ser también los responsables de la incorruptibilidad del cuerpo del marido. Hasta ella, que acostumbraba a catar sólo una pequeña porción de aquellas latas, conservaba un cutis terso y juvenil. Cosa insólita en una mujer de su edad, que nunca se cuidaba.

No obstante, Eulalia prefirió no comentar a nadie sus conjeturas acerca de los conservantes alimentarios. Porque para qué iba ella a desengañar a toda aquella gente, tan entusiasmada con las presuntas virtudes de su esposo. Los del gremio de taxistas, incluso habían colocado, en mitad de las cocheras, un altarcito en honor del beato Argimiro. Y habían sido tan amables el último año, que hasta le habían enviado a casa una cesta bien surtida por Navidad. Además, ahora que faltaba tan poco, para el día en que por fin iban a elevar al esposo al último peldaño de los altares, Eulalia no iba a desaprovechar la posibilidad de viajar gratis de nuevo a Roma. Ciudad no menos eterna que el cuerpo incorrupto de su Argimiro, cuyo único milagro verdadero era, si acaso, el de sacarla a pasear más estando muerto, que cuando estuvo en vida...

18 de junio de 2015

La calcetinera

Calcetinera
El Zuazo entregó la redacción corregida que nos había mandado el día anterior. Sobrevolaba en torno a nosotros desde lo alto de su corpulenta estampa de aizkolari, repartiendo advertencias y consejos a diestro y siniestro.

-Ayer por la tarde le vi a usted jugando a damas con unas calcetineras del colegio de al lado.

Sobre los pupitres, dejaba caer con desdén aquellas hojas plagadas de observaciones indescifrables escritas de su puño y letra con bolígrafo rojo.

-Usted ha escrito "la blanca nieve". La nieve, siempre es blanca. Y si no es blanca, no es nieve, sino otra cosa.

Al llegar a mí, su voz estentórea me sermoneó:

-Y a usted, señor Salinas, le he confiscado su escrito calenturiento. Tiene el exceso de imaginación de un gacetillero progre. Pero no se me vaya a quejar, que le he puesto un siete y medio. Eso sí, la próxima vez que me ponga una efe de izquierdas le suspendo.

La nota que me puso no compensó la rabia que me dio por el hecho de haberme requisado la redacción. Me parecía injusto, y no me sentía igual de indignado desde que, tres años antes, el Demetrio se quedara con nuestros trabajos de marquetería que decoraban el aula. Pero cualquiera le replicaba a ese calvorota con manos de pelotari, que presumía ante nosotros, madrileñitos de barrio obrero, de ser votante acérrimo del Partido Nacionalista Vasco.

No obstante, aquel escrito siempre permaneció en mi cabeza, y sin parar de darle vueltas lo mantuve en mi recuerdo a través de los años, como si se tratara de una especie de tradición oral que traía conmigo mismo. La redacción se titulaba “La calcetinera”, y en sus líneas me trasladaba al futuro, muchos años después de que hubiera terminado aquel último curso en que iba a estar junto a mis compañeros de clase.

Recuerdo que la historia empezaba con Adrián, uno de los compañeros de clase. Lo imaginé igual de flaco, sin que el paso del tiempo hubiera logrado añadirle un solo gramo de más. Pero no sé por qué, ya no era un canijo, sino mucho más espigado, y tenía el porte desgarbado de una estrella del rock and roll de los sesenta, con sus patillas a lo Curro Jiménez y una especie de botas camperas acabadas en punta, con las que probablemente le sería imposible atinar a la pelota de tenis con la que solía jugar al fútbol en los recreos.

Se había casado y hasta tenía una niña –quién lo iba a imaginar-, muy mona que, en mi imaginación, poco o nada se parecía a él. Algo no encajaba en aquella estrella del rock, pues -con ninguna resignación- empujaba un carrito de ruedas minúsculas, mientras su esposa lo iba llenando con artículos de toda índole. Aburrido y extraviado, avanzaba entre los estantes de productos que trazaban las calles de una especie de centro comercial, un engendro arquitectónico enorme a medio camino entre un economato y Galerías Preciados.

Adrián manejaba aquel vehículo desmotorizado como si estuviera ebrio, dando tumbos y chocando de vez en cuando contra los otros carritos del economato:

-Señora, fíjese un poco, que va por el carril contrario –balbuceaba.

Entre tumbo y tumbo, su mujer, que no paraba de meter productos dentro del carrito, le conminaba a que fuese con más cuidado, porque iba desperdigando la carga. Cuando por fin el carrito estuvo lleno a rebosar, su parienta y él enfilaron el camino de salida. Tenían que pasar por una especie de peaje de carretera, en el que unas señoritas, sentadas junto a sus respectivas máquinas registradoras, comprobaban el precio de los artículos y preparaban la cuenta a los clientes.

-Son ciento cincuenta y siete con veinte.

No eran pesetas lo que reclamaba la rubia oxigenada de la cajera, sino otro tipo de moneda más moderna, en la que no aparecía el rey Juan Carlos en ninguno de los billetes de curso legal. Adrián sacó del bolsillo trasero del pantalón una cartera de piel de cocodrilo, y le entregó a la chica un billete de quinientos.

La rubia empezó a calcular el cambio igual que una colegiala, haciendo sumas y restas con un lapicero en una libretilla. Mientras tanto, a Adrián se le extravió la vista hacia los pezones que despuntaban en su blusa ajustada. Fue como si de repente saliera del estado de letargo en que iba inmerso, y más aún cuando leyó el cartelito que, con su nombre, la chica llevaba prendido en la blusa:

-¡Hostia, la Ivana! –exclamó para sí.

-¿Qué dices? –preguntó su mujer.

La cajera devolvió a Adrián el cambio, y su mujer le conminó a que continuase empujando el carrito.

-¡Espera!: lleva tú la compra al coche; me he olvidado de coger unas cervezas.

La esposa se sintió desamparada cuando vio que el marido eludía la obligación de empujar el carro con una excusa tan pueril. Echando sapos y culebras por la boca, no lo cupo más remedio que conducirlo ella misma hasta el interior del parking en que habían estacionado su vehículo. Sola descargó la compra y, contrariada, esperó en el interior del coche a ver si su maridito se decidía a regresar.

Adrián ya iba tardando más de la cuenta. Andaba perdido, dentro del economato, intentando localizar el estante de las bebidas alcohólicas. Por fin dio con él, y terminó escogiendo una botella especial de cerveza negra embotellada en Morata de Tajuña. Luego cogió otra vez la senda que llevaba hasta aquella cajera rubia de pechos prometedores. Esperó impaciente detrás de la fila hasta que le llegó el turno de pagar. Cuando tuvo a la chica a tiro le sonrió con su pose de estrella del rock, y volvió a comprobar que, en efecto, en el cartelito que llevaba prendido ponía el nombre de “Ivana”.

-Dos con veinte–dijo la rubia.

-Toma muñeca; quédate con el cambio –costestó, entregándole otro billete de quinientos, y arqueando el entrecejo con el gesto de tipo duro que había aprendido en una extraña carrera de universidad.

En el parking, la impaciencia de la esposa debía ir en aumento, pero de momento Adrián no fue en su busca. Se remangó la pernera de su pantalón de pitillo, y de una de las botas sacó un teléfono sin cables, minúsculo y con teclas en lugar de dial. Marcó con la mano izquierda, mientras que con la que le quedaba libre se ajustó el paquete de la entrepierna.

-Juan Carlos, tío, no te lo vas a creer: he visto a la Ivana.

-¡Coño, Adri, cuánto tiempo! ¿De qué Ivana me hablas? –respondió al otro lado de la línea una voz rajada, y no menos honda que la del Zuazo.

-¡Tío, coño, la Ivana, la calcetinera del colegio Central! ¿No te acuerdas?

-¡Pero tronco, Adri! ¿Ya has vuelto a beber?

-Te lo juro, tío. Acabo de encontrarme con la Ivana, aquí, en una galería comercial de la Ciudad de los Ángeles, que he venido a comprar con mi mujer. ¡Coño, mi mujer! Tío, tengo que dejarte, que me está esperando. Luego te llamo. Adiós.

Después de aquella conversación telefónica, días después se sucedió otra más larga y distendida, pero ésta en torno a la barra de un bar.

-¿Pero cómo va a ser la Ivana, Adri? –puso en duda Juan Carlos.

-Tío: era igual de rubia, y tenía un par de tetas... Con ese nombre, no puede ser otra.

-Igual era una rumana, o vete a saber. O una rusa.

-¡Que no, tronco; que en el cartelito que llevaba sobre una de las tetas, no sé si la de la izquierda o la de la derecha, ponía también su apellido, y era español! No lo recuerdo: Pérez, García, Jiménez… ¡Coño, al final va a ser prima mía!

-Tío, tú alucinas. Si al menos pudiéramos dar con el Chemita, para que diera fe de que es realmente ella…

-Creo que lo podría localizar –aseguró Adrián.

-Él fue quien la conoció mejor, que lo pilló el Zuazo: “Nene, ayer lo vi a usted con una calcetinera”.

Tras aquella reunión improvisada en el bar, Juan Carlos se animó a mover de nuevo los hilos entre los antiguos compañeros de clase. Pretendía organizar un reencuentro, otro intento más por quedar, pero ahora, con la noticia de la aparición de la Ivana, había una razón de peso para que nadie faltase a la cita. El plan era quedar directamente en el economato, comprobar que la Ivana no era producto de ninguna alucinación de Adrián, e incluso proponerle a la chica, si alguien tenía los huevos suficientes, que después del trabajo se fuera a tomar unas cañas con nosotros.

Esta vez la convocatoria fue un éxito y, como cuando don Pedro Bote nos sacaba de excursión por los palacios de Madrid, allí estábamos casi todos, aunque en un lugar que tenía mucho menos de oropel: el nada glamuroso estacionamiento del economato en el que supuestamente trabajaba la Ivana. Nuestras barrigas, canas o calvas eran un indicio del paso del tiempo: muchos no nos habíamos vuelto a ver desde hacía más de 30 años. Éramos una panda de cuarentones babeando por volver a ver al mito erótico de nuestra primera adolescencia. Incluso alguno había llegado ese mismo día a Madrid desde Asturias o Mallorca.

-Yo me voy a tener que ir en seguida –se disculpó Guerra nadas más vernos.

-¡Joder, Guerra, tío! ¿ya te vas a pirar? –le reclamó Carlos Roca.

-Es que me he escapado de la comunión de mis gemelos.

-¿Tú también tienes mellizos? –preguntó Alfonso-. Las mías las he dejado con su madre.

-¡Bueno, tronquis! ¿Vamos adentro en busca de la Ivana, o nos quedamos aquí largando sobre nuestros hijos y parientas, y luego nos hacemos unas pajas? –dijo Ángel Luis.

El vigilante de seguridad se alarmó en cuanto vio aparecer por la entrada a aquel tropel de maduritos que voceaban como adolescentes desbocados en un viaje de fin de curso por Torremolinos.

-¿Y quién le va a proponer que se venga a tomar unas cañas? –preguntó alguien.

-Que se lo diga Ángel Luis, que para eso es el delegado.

-Sois todos una mariconazos; siempre me colgáis a mí todos los marrones.

-Tranquilos, que ya se lo digo yo, que para eso os he traído hasta aquí –se ofreció Adrián, con un ligero aire de sobrado.

-¿Y si no quiere venir?

-La podríamos seguir hasta su casa –dijo Pedro Montalvo.

-Joder, tío, al final nos van a meter a todos juntos en el talego, por acosadores.

-¡Menudo fiestón, organizaríamos entonces!

La comitiva estudiantil tomó provisiones hasta completar varios carritos de cerveza. A mí me costó mi empeño convencer al personal para hacerle hueco a una sola caja de mirindas.

-¡Salinas, coño, no seas maricón!

-¡Borrachos! –me defendí.

Mientras empujábamos los carritos rumbo a la zona de peaje, Roca y Muñoz aprovecharon para charlar acerca de no sé qué rollo del karma, pero se dejaron de vainas trascendentales en cuanto se divisó a lo lejos el rubio platino de la Ivana. Entonces Adrián nos puso aún más ansiosos con sus comentarios entusiastas:

-Está igual. ¡Vais a ver qué tetas tiene! Con los años, hasta le han crecido.

-Entonces, ¿no está igual? –dije algo puntilloso.

-¡Sí, coño!: igual que yo la recuerdo, pero con más tetas aún.

-Como la madre, que estaba todavía más buena –rememoró Angel Luis.

Adrián pidió ir delante pues, según él, la chica debía recordarle del otro día. Nadie se opuso a que encabezara la comitiva, que condujo en procesión hasta nuestra Virgen rubia oxigenada -o no tan virgen- con la animosidad de un pastor evangélico llegado desde Oklahoma.

-¡Hola nena!, ¿te acuerdas de mí? El del billete de quinientos.

Temiéndose lo peor, la cajera observó al reverendo Adrián y su conjunto de feligreses que lo acompañaban detrás.

-He venido con unos amigos, para secuestrarte y hacerte la reina de nuestra fiesta. Si haces memoria, quizá a alguno recuerdes: colegio Fátima, barrio Usera, año 1984. ¡Compañeros!

Uno por uno, fuimos desfilando por delante de la Ivana. Por fuerza la chica debió sentirse intimidada, pues mientras pasábamos por su lado ninguno perdió de vista la curva prominente que dibujaban sus pechos.

-¿Entonces qué, nena? –pronunció Adrián, cuando terminó de pasar por caja el último de nosotros-. ¿Te vienes con nosotros de fiesta? Podemos invitarte a unas cuantas cervezas.

-O a unas mirindas.

-Disculpe un momento, señor –dijo la Ivana, abandonando intimidada su puesto junto a la caja registradora.

Mientras se alejaba por el pasillo, contemplamos boquiabiertos el contoneo sensual de sus caderas. Era pura provocación: vestía una falda azul corta y ajustada, que le hacía las piernas muy, muy largas. Los calcetines blancos le alcanzaban poco más allá de los tobillos.

-¿No veis, tíos? –comentó Adrián-. Os lo dije: ahí está nuestra calcetinera.

La mayoría estábamos bajo los efectos casi narcóticos de una especie de auto sugestión colectiva, pero cuando Herranz habló, la ilusión fue estallando como pompas de jabón en el aire: “blop, blop, blop”.

-¡Tronquis! ¿Pero cómo va a ser esa tía nuestra Ivana, si tendrá poco más de veinte años?

Sin querer despertar del ensueño, Adrián nos miró a todos buscando que alguien le diese la razón.

-¿A que es ella, Chema?

Chema negó con la cabeza.

-A ver, Adri, calcula –le dijo Herranz, mirándole a los ojos como un reeducador de perros desmadrados-. ¿Cuántos años tendría por aquel entonces? ¿Catorce? Catorce, más treinta y uno que ha pasado...

Adrián descartó de inmediato el desafío mental que le suponía hacer la suma.

-No sé, tíos. Igual se ha operado y se ha estirado la cara. O es su hija. Además, se llama Ivana. ¿Pero no la veis idéntica?

En realidad, después de tanto tiempo casi nadie recordaba exactamente su rostro. Era cierto que nuestra Ivana era rubia platino, que vestía calcetines caídos en sus piernas largas, y que ya por entonces sus tetas incipientes descollaban bajo la blusa de su uniforme de colegiala. Pero aquella cajera no aparentaba tener los cuarenta y tantos años que, según las cuentas, debería tener.

Entre tanto el vigilante de seguridad se había ido acercando con paso decidido hacia nosotros. Escoltaba a la rubia platino, que le seguía parapetada detrás de él.

-Disculpen, señores; me ha dicho la señorita que la están molestando. Lo siento, pero tienen que abandonar el recinto.

Tímidamente, la cajera volvió a ocupar su puesto junto a la caja registradora. Cogió su lápiz y libreta, e hizo unas cuantas sumas.

-Trescientos cuarenta con quince.

Adrián sacó su último billete de quinientos y, sin dejar de mirar a la cajera, pagó la cuenta.

-Su cambio –dijo la chica, esquivando la mirada de vicioso de él.

-Pues yo te veo igual que hace 30 años, Ivana, igual, igual –insistió Adrián.

-Por favor, si ya ha pagado, retírese, a menos que prefiera que le haga un jueguecito sexual que yo me sé –amenazó el vigilante, acariciando su porra.

-Eh, eh, tranquilo, machote, que soy abogado –salió al quite Juan Carlos-. Ya me encargo yo de llevarme a mi amigo.

Poco después, en el parking del economato se respiraba cierto aire de decepción. Adrián seguía en estado sonámbulo, y al resto parecía que nos acababa de despertar de la siesta un vendedor de enciclopedias. Aquello amenazaba en convertirse en un funeral, pero Ángel Luis abrió una cerveza con la hebilla de su cinturón de motero y, rememorando el desempeño de su papel de delegado de clase, nos largó una arenga como la de las películas americanas:

-A ver troncos, pensad un poco: tenemos birras y mirindas. Y gracias a Adri, y sobre todo a la Ivana -sea o no la auténtica-, por fin hoy hemos conseguido quedar de una puta vez después de tantos años. Así que, aprovechemos el tiempo, que 30 años no son nada. ¡Continuemos la fiesta! ¡Un brindis por vosotros, compañeros…! ¡Y por la Ivana!

De un largo trago se pimpló la cerveza, y luego emitió un eructo que retumbó por todo el aparcamiento.

-Yo me tengo que ir ya –se excusó Guerra-. La comunión de mis gemelos…

-Pero tronqui, ¿no te vas a tomar unas birras con nosotros?

-Bueno, venga, vale. Pero sólo un par.

A Guerra lo debieron de excomulgar, porque ese par de cervezas se le alargaron más de lo que tenía previsto. Allí mismo, por los alrededores del centro comercial, bebimos y charlamos hasta bien entrada la noche, pues anécdotas teníamos para rato. Luego cada cual debió dar en casa las explicaciones que necesitase dar, durmió la mona, y hasta soñó con una calcetinera adolescente sin que nadie le acusara de degenerado. Yo, floté toda la noche en el aire, pero no por el ensueño de haber vuelto a ver a la dulce Ivana, sino por los gases que me provocó la empalagosa Mirinda.

***

Así recuerdo, más o menos, la redacción que el Zuazo me requisó. He de confesar que, al reescribirla, la he corregido un poco, acortando detalles innecesarios. Porque algo de estilo he aprendido en estos años. Por supuesto que ahora jamás entrego un original sin guardar una copia primero. Pues, aunque esta vez no me ha cabido más remedio, si algo odio más que nada es tener que escribir el mismo texto dos veces…

14 de junio de 2015

La herencia

Junto al lecho de muerte.
Por Edvard Munch
Pese a todos los pronósticos, en el lecho de muerte estaba rodeado por sus cinco hijos. Se habían congregado en torno al viejo moribundo empujados por el único nexo que les unía: la avaricia, ante la repartición de la posible herencia que, en alguna parte, presuponían que debía tener escondida. No existían otras razones ni sentimentalismos más allá del mero interés. A fin de cuentas, el padre se había comportado en vida como un auténtico hijo de la gran puta; no había manera más breve y acertada para definirlo, ni ropajes que le entallaron tan bien.

Si acaso, Andrés, el mayor de los hermanos, era el único que no se parecía en nada al padre. Más bien, era su madre quien le había contagiado la enfermedad incurable y hereditaria de la resignación. Por el contrario, sus hermanos, Lucía, Juana, Amparo y Pepe, eran versiones de la misma ruindad del padre, aderezada por un resentimiento común hacia la vida cicatera a la que fueron condenados durante la infancia.

Salvo Andrés, ninguno tuvo un mínimo gesto de agradecimiento hacia la madre, ni supo valorar la enormidad de coraje con que se empeñó en sacarlos adelante. La abandonada esposa tuvo que hacer auténticos ejercicios de funámbulo para administrar una casa con las cuatro perras que el marido le dejaba caer, con cuenta gotas, cada principio de mes. Siempre estuvo igual de sola que una viuda, pues el marido nada más aparecía por casa cuando el sueño le vencía y no encontraba otro lecho de mujer más a mano. Era tan ausente, que no acudía ni a las horas de comer, porque sabía que poco había que rascar en las alacenas desangeladas de su propia casa. Prefería el crápula merodear por la cantina del señor Julián, para regalarse la buena vida que escatimaba a la familia legítima. El lustre de su piel, tersa y sonrosada, contrastaba con el aspecto pálido y desmejorado de su mujer y chiquillos.

Mientras engalanaba a sus niños y esposa con ropajes de pordiosero, él siempre iba de punta en blanco. Tenía el hombre cierta obsesión por el buen vestir, y reñía a la mujer y la advertía con severidad para que mantuviese su par de trajes impecables y a salvo de las travesuras de los niños. Llegaba a las manos con la parienta si descubría cualquier desperfecto o arruga en los trajes, pues aseguraba que esas eran sus herramientas de trabajo. Aunque alguna idea tenía, la mujer nunca supo con certeza cómo se ganaba la vida. Pero sí sabía que era mejor no hacer demasiadas preguntas.

Años después de aquella infancia desperdiciada, cuando a la vieja le llegó el momento de expirar, sólo Andrés se dignó a visitarla en el hospital, para que no muriera sola. Incluso se hizo cargo de todos los gastos del sepelio. Las cosas eran bien distintas ahora que el padre tocaba a su fin. Los hermanos de Andrés esperaban que, al menos en el lecho de muerte, el viejo se enterneciera y les confesase dónde tenía guardado el dinero que nunca empleó en ellos. Si es que había dineros escondidos...

Que a todas luces tendría que haberlos, ya que el padre, que siempre echó en cara a los hijos el trabajo que le costaba el mantenerlos, nunca fue amigo de despilfarrar. Y mucho menos lo era de confiar en los bancos, para que le guardasen unos ahorros que, según él, con tanto esfuerzo había ganado. Para custodiar sus dineros ya se bastaba él mismo, metiéndolos en una caja que, según decía, escondía en un lugar secreto. Había asegurado a la familia que sólo confesaría el escondite cuando le llegase el turno de espicharla. Ahora que había llegado ese momento, los cuatro hijos menores confiaban en que el viejo cumpliera con su promesa. Sólo Andrés desconfiaba de quien jamás cumplió una palabra dada. Pero de todas formas allí estaba, junto a sus cuatro hermanos, en torno al camastro en que su padre agotaba los minutos últimos de un miserable existir...

Con palabras zalameras, Lucía y Juana intentaban sonsacar a su padre el escondite de la presunta caja en que guardaba los ahorros de toda una vida. Cualquier tentativa resultaba baldía, y ni siquiera Amparo, más estratega que sus dos hermanas, lograba arrancarle una sola palabra de los labios. Pepe, contrariado porque el viejo no soltaba prenda, despotricaba en alto sin la menor decencia ni inteligencia alguna.

-¡Coño, Pepe, que te va a sentir; así nunca nos dirá dónde esconde el dinero! -le echó en cara Amparo.

Ya temían los cuatro hermanos menores que el papá enfilase el camino hacia el infierno sin revelarles su secreto, cuando en el último aliento de vida el moribundo pronunció con esfuerzo el nombre del hijo mayor. Entonces, Andrés se acercó a la cama y arrimó la oreja a los labios susurrantes de su padre. Éste balbuceó unas cuantas palabras, dibujó en los labios una mueca burlona, y finalmente expiró.

-¡Miradle, con qué cara de hijoeputa se ha marchado para el otro barrio! -fue lo único que acertó a decir Pepe.

-¿Pero qué te ha dicho, Andrés, qué te ha dicho? ¿Te contó dónde escondió la caja? -preguntó ansiosa Lucía.

Conociendo la avaricia de los hermanos, Andrés sabía que la revelación final de su padre le iba a suponer más de un quebradero de cabeza. Porque entre otras cosas, le había venido a decir que no había caja ni tesoro escondido. Era consciente de que Pepe, Juana, Lucía y Amparo jamás le iban a creer.

-Me contó algo personal, que prefiero callarme. Y respecto al dinero, dijo que se lo gastó todo.

-¿Pero exactamente, qué cojones te dijo el viejo? -le interrogó con vehemencia el hermano.

-¡Sí!, ¿cuáles fueron sus palabras exactas? -dijo Juana.

-Creedme: lo único importante es que no nos ha dejado ningún dinero.

Después de incinerar los restos mortales del padre, tras un escueto acto fúnebre al que no asistió nadie más que ellos, los cinco hermanos vaciaron las cenizas en la primera alcantarilla que encontraron a su paso. Lucía, Juana y Amparo se disputaron la urna funeraria vacía. Pepe, harto del revuelo de gallinero que en un momento armaron las tres, por un objeto tan estúpido, lo hizo añicos estrellándolo contra el adoquinado sucio de la acera.

Luego, con la exhaustiva profesionalidad de un pelotón alemán de la Gestapo hambriento de méritos, los cuatro hermanos pequeños revolvieron todo lo que había que revolver en casa del padre. Hasta desmantelaron las baldosas del suelo y los azulejos de las paredes, y redujeron los muebles a astillas, sin que la dichosa caja de caudales apareciese por ningún lado. De buena gana Andrés se hubiera desentendido del asunto a las primeras de cambio, pero era consciente de que no tenía escapatoria. Para su desgracia, las últimas palabras del viejo fueron para él, por lo que ahora sus hermanos le acosaban para que revelase de una vez el secreto que, según pensaban, reservaba para él.

-¿Pero qué te dijo papá exactamente? ¿Qué es lo que te contó? ¡Anda, dinos! -le apretaban las hermanas, como en un interrogatorio.

-¿No veis que la caja no está en la casa? -se lamentaba Pepe-. Seguro que el viejo la escondió en otro lugar, y Andrés no quiere decirnos dónde está, para quedarse con todo el dinero...

Andrés se sintió tan acorralado que, rabioso, amenazó a sus hermanos con contarles todo, palabra por palabra.

-Está bien, sabréis todo lo que me dijo papá, pero ni aun así me vais a creer. Os va a joder oírlo...

-¡Habla de una puta vez! -insitió el hermano.

Andrés pensaba que el remedio iba a ser peor que la enfermedad, que mejor hubiera sido no dar tantos detalles ni explicaciones. Y aunque sabía que las palabras finales del viejo les iban a escocer, ante la insistencia de sus hermanos, no le cupo más remedio que repetírselas literalmente: "Nada de mí dejo en ti. Toda mi herencia, queda en la manera de ser de tus hermanos. Diles que no esperen otra cosa: el dinero lo gastaba en putas y amantes".

Pepe, Juana, Lucía y Amparo no quisieron entender nada, pues eran incapaces de comprender argumento distinto que no fuera el del lugar en donde el viejo había escondido el dinero. Tal y como pensaba Andrés, ninguno le creyó, y le echaron en cara que se estaba burlando de ellos. Terminaron retirándole la palabra, y envidiosos de que él hubiera sido el único testigo de las palabras finales del padre, le guardaron un rencor ciego de por vida.

Así fue como el legado del viejo pasó a cuatro de sus cinco hijos reconocidos. El virus de la ruindad se transmitió a la siguiente generación, como siempre lo ha hecho por los siglos de los siglos...

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