22 de diciembre de 2014

Buscando fortuna

Avión de papel
Algunas de las historias que habitaban este blog partieron a otros lugares en busca de fortuna. Quizá pasado mañana regresen al que hasta hoy fue su hogar, o tal vez se encuentren más cómodas en algún paraje remoto y decidan no regresar jamás. Sólo el futuro será capaz de poner luz a este breve dilema sin importancia...

16 de diciembre de 2014

Arrullos para un final de vacaciones

(Continuación de La amante de Picasso. Comenzó en El veraneo)

Nevera
Elvira andaba maquinando alguna argucia con la que convencer al conductor para que llevase el autobús a toda velocidad. También era mala pata que hubieran pinchado una rueda, con lo que se habían demorado media hora larga, en solventar la avería. Cierta angustia la afligía, porque veía que no llegaban a tiempo a su destino. Temía que su niño el mayor, el Andresito, que venía en otro bus desde el pueblo de la tía Charo, se quedase igual que un huérfano, desamparado esperando solo en la estación. Pero el chófer, indiferente a sus lamentos de madre abnegada, ya le había dicho una y mil veces que no le estaba permitido ir más deprisa, que atentaba contra las normas de tráfico y no quería tener disgustos con la Guardia Civil.

Lo que más le sacaba de los nervios era ver al marido todo repanchigado en su butaca, como si le importase un comino la suerte de su hijo. Incluso el muy cachazudo, apoltronado con el asiento inclinado hacia atrás, había intentado dormirse y todo. La tenía frita, pero ella ya se encargaba de desperezarlo hincándole el codo de vez en cuando, y apretándole las tuercas para que hablara seriamente con el conductor. Timoteo había intentado esquivar sus argumentos, insistiéndole que el niño no era tan pequeño, ni tan tonto como para no saber qué hacer si se le tocaba esperar. "¡Pero cómo que no es tan pequeño, si sólo tiene seis años!", había protestado ella. "Seis años para siete", había puntualizado él. A Elvira, más que nada, la derrotaba la pachorra congénita de su marido.

No llegó a adivinar Elvira que, el bus en que regresaba su chico el mayor, estaba tan desmigado y achacoso que si arribó ese día a puerto fue de puro milagro. Se podía haber ahorrado todo el sofoco y el mal genio con que aderezó al marido durante el viaje, pero para cuando el bus llegó a su destino ya no había remedio para restañar las heridas conyugales. Timoteo no se atrevió a echar más leña al fuego, y simplemente calló por fuera. En su interior hervía a fuego lento, a pesar de lo calmoso que era. Como dos pasmarotes, no les cupo más remedio que aguardar la llegada del Andresito, postergados, igual que enseres inútiles, contra uno de los muros descascarillados de la estación, entre un gentío de viajeros de ida y vuelta.

Más de cuarenta minutos les tocó esperar. El pequeño Andrés parecía un pollito cuando descendió del autobús, destilando sudor entre el vello fino de su carita de ángel. Cual bayeta, Elvira restregó su mano ensopada por el rostro del niño, en un intento, tan maternal como inútil, por absorber el sudor. Luego lo apretujó contra sus labios, y lo besuqueó sin miramientos. El papá aprovechó un resquicio para acariciarle el cabello. Entonces Elvira, adueñándose del Andresito por completo, envío al marido en busca de la maleta del niño.

El marido debía ser medio tonto, pues no servía ni para recoger una maleta. Elvira escudriñó el maletero del autobús, y determinó que algún amante de lo ajeno había birlado el equipaje del pequeño Andrés. "¡Con que ya es mayor y puede apañárselas solo!", clamó a los cuatro vientos. Preguntó al chaval si la tía Charo había guardado la maleta en el portaequipajes. Entonces el pequeño señaló el único bulto que descansaba ya en el maletero: la maleta triste y acartonada que viajó con él de veraneo, tornaba ahora remozada con dibujos coloristas y felices. Elvira aludió a la salud mental de su tía, meneando la cabeza con aire de resignación. El marido, con una sonrisilla contenida que acentuaba su aspecto bobalicón de macho castrado, inclinó la cerviz para recoger el equipaje del niño.

Los tres llegaron a casa extenuados por tanto viaje y calor. Aunque Elvira recibió, por fin, el solaz que le otorgaban unos territorios en los que se reconocía como única dueña y señora, la despensa y el frigorífico le salieron con el cuento de que andaban tan desnudos como les habían traído a este mundo. Siendo domingo y a las horas que eran, montar una expedición a la caza de una tienda abierta, en donde encontrar algo de comer, constituía una empresa vana. Así que Elvira se aventuró a casa de su vecina, a ver si al menos le podía prestar un par de huevos y unas cuantas patatas. Esquivó como pudo el ímpetu chismoso de la vecina, que lo quería saber todo sobre sus vacaciones en la playa: "Todo bien, el apartamento chiquito pero limpio, la mar salada, el cielo sin una nube, sólo me mojé los pies, y en los baños una cola que pa qué. Mi Timoteo me invitó a helado y sardinas. Al Andresito ya lo recogimos, que vino del pueblo, de visitar a mi tía Charo, ya te conté; a los dos pequeños los iremos esta tarde a buscar. Anda, déjame por favor unos huevos y patatas para que podamos comer siquiera una tortilla, que tengo la casa pelá". De paso la vecina le agradeció las gachas que Elvira le había preparado antes de las vacaciones, "riquísimas", y le devolvió el plato vacío y limpio.

La tortilla de tres huevos y cuatro patatas se esfumó en un visto y no visto. Como supo a tan poco, Elvira anticipó una de las sorpresas que traía para sus hijos, sacando de la maleta una tableta de turrón que guardaba para cuando todos estuvieran reunidos. Le entregó un pedazo al Andresito, no sin antes hacerle prometer que no le contase nada a sus hermanos. El niño aceptó el trato que su madre le imponía. Mientras daba cuentas de su porción de turrón, le relató a los papás cómo la tía Charo le daba de merendar, todas las tardes, pan con chocolate. Al hilo de esa declaración, Elvira aprovechó para interrogar al chiquillo acerca de su estancia en el pueblo y las particularidades de la tía.

Timoteo se disculpó entonces, para ir a echarse un rato la siesta. Pero su mujer le reclamó que primero quitase la mesa y fregase los cuatro platos sucios de la comida. Desde la cocina, entremezclado con el sonido del agua del grifo y el entrechocar de la loza, pudo escuchar con claridad el hilo de voz de Andresito. Timoteo afinó el oído cuando sintió al chiquillo decir que la tía Charo tenía un amigo, allá en París, que se llamaba Picasso, y que le había regalado una escultura que a él le daba mucho miedo, porque representaba como a un demonio, pero que a la tía le gustaba porque ese señor era su novio y se lo perdonaba todo. El papá se sintió tan intrigado con la historia de aquellos amoríos desconocidos en que andaba envuelta la tía, que tras terminar de fregar se olvidó de su siesta, y volvió a sentarse en torno a la mesa para continuar escuchando la novela.

Al ver la expectación que generaba con su crónica, Andresito se creció. Relató cómo todas las tardes acompañaba a la tía a casa de unas señoras muy, muy viejas, que eran unas amigas suyas pero un poco raras. Todas iban de negro menos la tía, que era la única que no se vestía de bruja, sino que todos sus vestidos eran de colores muy alegres, ya que era la jefa de todas las demás. El niño también contó que aquella viejas se reunían en una habitación oscura con todas las persianas bajadas, y que allí olía como cuando llenan de flores la iglesia. Andresito dijo que las señoras se entretenían en echar cartas sobre una mesa redonda, y fantaseó -porque le pareció que quedaba bien para la historia que contaba- con que en medio de la mesa había una bola cristal, en la que las viejas decían ver cosas extrañas que él no entendía muy bien. La tía Charo, sobre todo, casi nunca estaba de acuerdo con lo que las otras decían ver, y por eso las demás se burlaban de ella todo el tiempo.

Timoteo preguntó al niño si había llegado a conocer al novio de la tía Charo. Andresito respondió que no, pero que había visto una foto suya que tenía la tía colgada en la pared, en una habitación azul, y que aquel hombre era calvo como una sandía.

Elvira, algo preocupada porque la tía hubiera llenado de pájaros la mente inmadura de su pequeño Andrés, consideró que ya estaba bien de tanto cuento sobre brujas y amoríos. Tenía más que suficiente con que la tía hubiera pintarrajeado una de sus pocas maletas, con un desatinado paisaje de monigotes indignos de un equipaje formal. Así que aprovechó para cambiar de tercio y poner a todos en marcha, camino del hospicio de las Hermanitas de San Cipriano. Ya iba siendo hora de que fuesen a recoger a sus dos pertenencias más valiosas: sus dos hijitos más pequeños. Rebuscó en la cómoda el recibí que le entregaron las monjas, a cambio del depósito de los niños, y para allá se fueron los tres.

Con la cara larga de funeral que usaba por costumbre, la madre Filomena recibió a Elvira y compañía. Les informó que los niños andaban correteando allá en el pinar. Así que, o se daban un paseíto e iban a buscarlos, o esperaban a que regresaran de sus juegos. Timoteo hubiera preferido esperar. Pero como a su mujer siempre le inquietaba en gran manera lo de hacer nada, preguntando, preguntando por el pinar, allí se presentaron los tres.

Por lo que fuera, no encontraron ningún chiquillo; sólo cuatro o cinco pinos solitarios, y una nube de polvo que parecía el rescoldo de una cruenta y reciente batalla. A Elvira le molestó que su marido le reclamase que habían hecho la caminata en balde, como si ella no se percatara de lo evidente. Tomaron el camino inverso por donde habían venido. Nada más traspasar el portón del orfanato, se dieron de bruces con un enjambre caótico y bullicioso, de personitas que, por fuerza, debían estar implicadas en el asunto de la atmósfera revuelta y densa que encontraron en el pinar.

El enjambre calló repentinamente, cuando uno de aquellos zánganos alborotados gritó "¡mamá!". La palabra prohibida provocó un silencio incómodo, que encogió, por motivos bien distintos, tanto el corazón de los adultos allí presentes, como el de los chiquillos huérfanos. El que gritaba era Juanito, que, indiferente al maremoto de emociones que desataba, atravesó el patio a la carrera para ir a abrazar a su mamá. Anita, la hermana menor, fue más cautelosa con los sentimientos de sus amiguitas, y antes de partir hacia donde estaba su familia se disculpó por tener que interrumpir el juego de turno.

No tardó la madre Dolores en intentar recomponer el ambiente de funeral que estaba provocando la partida de los dos niños. Por enésima vez en aquel verano, volvió a interpretar el papel del rey Luis XIII que Alejandro Dumas perfiló en su obra "Los tres mosqueteros". Con la colaboración de la hermana Martina, arremolinó a sus pequeños espadachines y damiselas en torno suyo, y por medio de palabras confidenciales, les invitó a unirse a  una tarea encomiable que sólo ellos y ellas podían llevar a cabo. Para que Juanito y Anita tuvieran una despedida como Dios manda, y nos les olvidasen jamás, entre todos debían interpretar la canción secreta de los tres mosqueteros.

A lo lejos, aún se percibía nítido el coro de voces angelicales, cuando, rumbo a casa, Elvira y su familia franquearon los límites de la calle del orfanato. Durante el camino, Juanito no paró de referir anécdotas sobre batallas y emboscadas, en las que él siempre era el caballero D'Artagnan, y, con su espada, daba cuenta de los malos. Por su parte, Anita anduvo más mimosa que de costumbre. Lloriqueó porque quería quedarse un ratito más a jugar con sus amigas del hospicio. Le preguntó a su mamá si podrían venir, todas ellas, a dormir alguna noche en casa. Elvira le aseguró que no había ningún impedimento para ello, que un día papá iría a buscarlas y les harían un huequito para que todas, las treinta y ocho, durmiesen en su habitación. Juanito también pidió permiso para traer a sus amiguitos. Su mamá le dijo que contase con ello, que en casa cabían todos, y que también podían quedarse a dormir las monjas, si no tenían otra cosa que hacer. Quizá por su facilidad para dibujar, la fantasía de Andresito no estaba reñida con su sentido de las proporciones. Tras escuchar aquellas peticiones de alojamiento desmesurado de sus dos hermanos más pequeños, manifestó con rotundidad a su padre: "No van a caber todos".

Cuando llegaron a casa, Elvira ordenó al marido que llenase la bañera de agua. Primero se dio ella un remojón rapidito; luego apremió a Timoteo para que, en el mismo agua, procediese de igual manera. El siguiente en la lista fue el Andresito, que avió Elvira en un santiamén. Para el final dejó a los dos pequeños. En los recovecos de sus diminutos cuerpos, formando una pátina de color entre ocre y ceniciento, el polvo del pinar había hecho costra con el sudor. Sólo gracias a su acreditación de madre, consiguió desprender aquella terca suciedad, y no sin ciertas dificultades. Para ello remojó a los chiquillos con una esponja, antes de restregarlos a conciencia con el estropajo. Después de secarlos, ponerles sus ropitas y peinarlos, le quedaron de Primera Comunión.

Ya iba acercándose la hora de cenar. Como la despensa seguía igual de vacía, Elvira envió al marido a ver si daba con algún bar abierto y le podían servir unos cuantos bocadillos. Los tres niños cogieron al vuelo la onda del recado, y suplicaron al papá que les trajese también una Pepsi Cola. La mamá liquidó las expectativas refrescantes de sus tres retoños, replicándoles que para pepsicolas estaban, después de todo el gasto que habían supuesto las vacaciones.

Mientras el papá acudía solícito a pescar la cena, Andresito, por entretenerse, fue en busca de la maleta de colores que había traído del pueblo. Aparte de unas cuantas mudas de ropa usada, en el interior guardaba todo un surtido de lápices de colores, pinturas, y cuadernos de dibujo. "¡Ya te dejó en herencia la tía Charo su vicio de pintar!", exclamó su madre. Por un momento Elvira temió que se fuera a poner perdido de pintura, sobre todo ahora que estaba recién bañado. Pero el niño la desarboló con el ritual cuidadoso con que desempacaba aquellos chismes de artista, así que simplemente le puso una condición: "Cuida que tus hermanos no toquen tus pinturas, no se vayan a manchar". En el fondo, Elvira quería evitar que Anita y Juanito malograsen aquellos materiales que veía tratar a su Andresito con tanto primor.

Cuando Timoteo regresó con los bocadillos, el pequeño Andrés ya había retratado, en uno de sus cuadernos, a media familia. Con sorna, Elvira le preguntó al marido si había ido hasta la otra punta de la ciudad a por los bocadillos. Él puso la excusa de que se había encontrado en el bar con un vecino; ella, por el aliento afrutado, adivinó que se había tomado un chato de vino. Se sentaron todos en torno a la mesa para cenar. Como por arte de magia, Timoteo hizo aparecer un litro de cerveza y otro de gaseosa, y los niños aplaudieron emocionados. Elvira también se unió a la fiesta, rellenado con gaseosa, hasta poco más de la mitad, los vasos de todos. Claro que, el de ella y el de su marido, los terminó de completar con cerveza.

Toda la familia ayudó a recoger la mesa después de cenar. Elvira sacó los regalos que había traído, nada menos, que desde la playa. Explicó a los niños que el mar era como una piscina infinita y salada. Confesó que lo que más le había gustado de aquel lugar, que habían visitado papá y mamá, era el turrón y las sardinas a la brasa. Hizo aparecer, intentando emular la puesta en escena del marido, la media tableta que quedaba de turrón. Antes de hacerla añicos, guiñó un ojo al Andresito; después repartió los pedazos entre todos los presentes. A continuación, Elvira sacó un pañuelo anudado en forma de hatillo. La paciencia que le faltaba a ella le sobró a su marido para deshacer el nudo de aquel envoltorio. El pañuelo se abrió como una flor que dejase caer con levedad sus cuatro pétalos. En su interior escondía una colección preciosa de conchas y estrellitas de mar, que los tres niños se disputaron bajo la intermediación apaciguadora de la madre.

El número final de Elvira estaba reservado para una gran caracola en la que, según dijo a los niños, se podía escuchar el mar. Por riguroso orden de menor a mayor, los tres niños arrimaron su orejita, uno por uno, a esa cavidad portátil que un día olvidó una ola en una playa de Villajoyosa. Cada hermano dio su interpretación particular sobre aquel murmullo marino, aunque el más expresivo fue Juanito, que manifestó que el mar sonaba igual que el aliento de un fantasma.

Cuando poco más tarde el cansancio empujó a los niños hacia sus camitas, el eco de aquel rumor de olas fantasmagórico se encargó de arrullarlos para que se quedaran dormidos. Antes de irse a dormir también, Timoteo apuró la botella de cerveza y echó un eructo sin ningún complejo de culpa. Luego, mientras el sueño le vencía, a su lado en la cama Elvira hacía balance de unas vacaciones efímeras, arrullada por el runrún del frigorífico deshabitado que gimoteaba desde la cocina...

12 de diciembre de 2014

La amante de Picasso

(Continuación de Una semana de aúpa. Comenzó en El veraneo)

Picasso: Mujer desnuda en un sillón rojo
Igual que palomas alborotadas, un corrillo de mujeres curiosas revoloteaba en torno al pequeño forastero. El bus de la una menos cuarto, tan destartalado como el chófer que lo conducía, había traído al niño hasta aquel pueblo áspero y apartado. Al conductor no le cupo más remedio que dejar al chiquillo a merced de esa jauría de faldas hambrienta de novedades, pues el supuesto familiar que debía venir a recogerlo no se había presentado. Antes de proseguir con la ruta, el buen hombre esperó unos minutos con el motor encendido de su tartana rodante, cuyo tubo de escape trastocó la atmósfera inmaculada del pueblo en una nube asfixiante y espesa. Mientras tanto, apuró la colilla de un cigarro habano con el que, durante un viaje tortuoso e inacabable, había venido perfumando al pasaje de turno. Pero las obligaciones eran lo primero, por lo que apeló al cumplimiento del deber, se desentendió del niño, y se perdió con su bus humeante entre los parajes más polvorientos e inéditos de Castilla la Vieja.

Poco pudo sonsacarle al chiquillo aquel mujerío inquieto. La sensación de abandono acrecentaba la timidez del niño, que respondía con monosílabos a las preguntas inquisitoriales con que le mareaban unas y otras. Sólo sacaron en claro que se llamaba Andrés, y que había venido para visitar a una tía suya o de su madre (el grado de parentesco les quedó turbio), pero no recordaba el nombre de ésta. Las mujeres, por ver si el niño refrescaba la memoria y encontraban una pista que les acercase a ese pariente desconocido, empezaron a recitar de carrerilla todo el santoral católico de vírgenes y mártires, con la misma parsimonia con que, al caer la tarde, entonaban las novenas en la iglesia en compañía del padre Benito.

Cautivas por el apremio de sus quehaceres domésticos, y al hilo del recordatorio palpable del párroco del pueblo, el corrillo de dueñas de su casa allí congregado decidió -en asamblea popular improvisada y por unanimidad-, que lo más indicado era cargar el mochuelo al sacerdote. Para que él mismo dispusiese, con toda la solvencia que le otorgaba el cargo, lo que mejor conviniera en pro del bien del muchacho.

En éstas estaba la cofradía de comadres cuando entre ellas se abrió paso otra mujer, bien entrada en años, y cuyo vestido, de colores vivos y alegres, contrastaba con los tonos ocres y negros de las primeras. Era la tía Charo, que acudía al rescate de su sobrino-nieto cuando ya el bus, procedente de la capital de la provincia, hacía más de quince minutos que se había marchado. En el pueblo todo el mundo sabía que la Charo acostumbraba a vivir sin horarios ni ataduras. Las mujeres se reprocharon el poco tino que tuvieron, por no anticipar el evidente parentesco entre su vecina más particular y aquel chiquillo de aspecto desamparado.

Aunque no lo había visto jamás en la vida, la tía Charo reconoció al infante como pariente suyo sin ningún género de dudas. Las orejas de soplillo lo delataban como hijo legítimo del marido de su sobrina Elvira. "Andresito, eres el vivo retrato del Timoteo", le dijo la tía antes de merendárselo a besos. Además, al chiquillo lo acompañaba, aparte de una maleta famélica que parecía de cartón, un aire de distraído que le recordaba a ella misma.

La tía Charo agradeció a sus vecinas las atenciones prestadas a "este renacuajo esmirriado de patillas enclenques que ha venido a visitarme" -así les dijo literalmente-. No les dio más explicaciones ni pidió disculpas por la tardanza. Cargó con la maleta del niño y, como el sol de agosto pegaba con fuerza en todo lo alto, lo condujo hasta su casa por la acera donde aún persistía una pizca de sombra rebelde.

Por fuera aquella casa era como otras tantas de las de familia acomodada, con sus grandes sillares de piedra, el portón con aldaba, las ventanas amplias, y unos balcones egregios con barandilla de forja. Por dentro, seguramente la casa difería de cualquier otra del pueblo. Nada más cruzar el portón de entrada, un revoltijo de esculturas, pinturas y otros objetos dispares, disputaban el espacio y las paredes de un hogar con claroscuros por todas partes. La tía Charo había decidido pintar las paredes de cada habitación de un color distinto, porque, según le explicó al pequeño Andresito, "las emociones de uno también son bien distintas y se muestran de un color diferente cada día".

Ya de primeras, a la tía no le gustó nada el nombre de Andrés. Le disgustaba, sobre todo, el diminutivo "Andresito", que la mamá del niño utilizaba. Le parecía tan vulgar, que acortó un ápice aquel nombre dejándolo en André, que desde luego era mucho más francés y sofisticado. Durante el periodo de entre guerras de la primera mitad del siglo XX, la tía Charo había pasado parte de su juventud en París, intentando aprender el oficio de artista. Desde entonces la perseguía la nostalgia de sus años de soñadora, e incluso presumía, ante las cuatro o cinco amigas sinceras que tenía en el pueblo, de haber sido amante de Pablo Picasso. Sus amigas apenas sabían, más que por ella, quién era aquel señor del que hablaba a todas horas, y se escandalizaban, sobre todo, porque pregonara sin pudor, a los cuatro vientos, su vocación de amante ocasional.

Tras tantos años sin tener contacto con ninguno de sus familiares, la tía Charo había llegado a pensar que la habían olvidado para siempre. Desde que murió su única hermana -la abuela del niño-, ya nada había sido lo que fue. Las dos hermanas nunca perdieron el contacto ni dejaron de telefonearse en la distancia. Y eso a pesar del resquemor de su hermana mayor porque el papá de ambas gastó parte de la fortuna familiar en mandarla a estudiar a París. De niña, la tía Charo dibujaba claro y bonito, por lo que el papá tuvo ilusión por que su hija fuera artista. Al buen padre alguien le recomendó que, por entonces, donde mejor se aprendía el oficio de pintor era en París. Allá envío a su Charito con una maleta llena de lápices de colores, tres enaguas, cuatro vestidos y poco más. Dos años después, durante un veraneo, regresó al pueblo con un montón de dibujos y pinturas bajo el brazo. Cuando el papá contempló el desatino de garabatos desdibujados repletos de colores muertos, le entró tal sofocón que, del disgusto, partió para la tumba en un visto y no visto. Desde entonces la tía Charo no salió del pueblo, y no volvió a recuperar la vocación de artista hasta cuando, años más tarde, también su madre murió, y ya no hubo temor de alborotar los sentimientos de nadie.

Parecía que André había llegado justo a tiempo para distraerla de su soledad. Durante la tarde del primer día, la tía le hizo un dibujo de una vasija con motivos acaracolados, en la que el niño se reconoció de inmediato. Le disgustó que ella hubiera exagerado aún más sus orejas, dispuestas a modo de asas en aquel recipiente. La tía Charo le explicó al niño que sus orejas le caracterizaban, y que sobre todo debía sentirse orgulloso por lo que era parte de su esencia. André no comprendió nada, pero se conformó con el argumento cuando le dejó unas cuantas pinturas y una hoja de papel. Trazó, con muy buen tino, una versión de la vasija que su tía-abuela había dibujado para él. La tía Charo se reconoció, a su vez, en las grandes ojeras con arrugas que André esbozó en mitad del cuenco. Al mismo tiempo reverdeció los recuerdos de su infancia, al sentir en su propia piel las emociones de un papá complaciente que entonces la observaba a ella dibujar.

La mañana siguiente, y la otras, Charo y André no dejaron de hacerse compañía mientras dibujaban y pintaban. Con impaciencia de charlatán, la tía enseñaba al niño técnicas pictóricas que tenía casi olvidadas, y éste las absorbía con sed de esponja. Sobre todo se divertían pintando con las manos. André no llegaba a comprender cómo una señora, de apariencia tan respetable, no tenía remilgos para embadurnarse con pintura por todas partes. Se acordaba de su mamá, quien ante el menor atisbo de que pudiera mancharse acostumbraba a soltarle una regañina amenazadora.

Por las tardes, después de comer, Charo solía echarse la siesta. Aquella semana apenas consiguió dar una que otra cabezada. Estuvo aburriendo al chiquillo con batallitas deslumbrantes sobre su estancia en París. Aun cuando el niño quedaba rendido por el sueño, ella proseguía con sus historias como si nada, explicándole al detalle, y sin el menor pudor, su amistad desenfrenada con todo un elenco de artistas que ya enfilaban, por aquel entonces, el paso a la posteridad. Sin ir más lejos le contó, por ejemplo, que la escultura de la habitación azul se la había regalado Picasso, cuando aún tenía pelo. A André le inquietaba mucho esa escultura, a medio camino entre un hombre y un animal, por lo que no se atrevía a entrar a solas en aquella habitación celeste.

Cuando la tía consideraba que ya habían tenido suficiente siesta, descorría un poco las cortinas. La intensa luz de agosto se colaba por cada rendija de las persianas, haciendo que el verde manzana de las paredes del dormitorio se manifestara en todo su esplendor. En la despensa Charo escondía un tesoro propio de onzas de chocolate, que fue desvalijando para dar de merendar al niño. Después de merendar se lo llevaba a casa de sus amigas, con la intención de jugar a las cartas y, de paso, presumir del chiquillo.

No es que la tía Charo fuera muy aficionada a los naipes, pero en el pueblo no había otra cosa en qué entretenerse. Hacía años que había desistido de convencer a sus amigas para que jugasen a la baraja francesa. No había manera de hacerlas abandonar unas férreas costumbres, que iban del tute al julepe, y del julepe a la brisca. Mientras se jugaban cuatro cuartos -por eso de mantener la emoción-, las amigas se burlaban de ella por unas historias que consideraban exageradas, siempre acerca del mismo asunto: su vida bohemia en París. Aquella semana, sin embargo, el único tema de conversación de la tía Charo fue André y sus dibujos. Las amigas seguían pensando que Charo exageraba en todo, ahora sobre las cualidades pictóricas de André. El chiquillo observaba a aquellas mujeres, casi ancianas, conversar sobre él y sobre sus dibujos. Le tenían entretenido, en una mesa, con unas cuartillas que le habían suministrado, pensando que andaría pintando cuatro monigotes. Pero cuando la tía Charo les enseñó los dibujos, la última tarde en que el muchacho anduvo allí de veraneo, aquellas viejitas lenguaraces se quedaron boquiabiertas. André había capturado el alma de cada una de ellas, plasmando el aire crepuscular de las timbas de naipes que había presenciado.

El día en que el niño regresó con sus papás, la tía Charo no acudió a la partida de cartas. Durmió la siesta de largo, hasta que el sofoco veraniego disminuyó con la caída de la tarde. Entonces abrió todas las ventanas, para que la luz tibia y anaranjada del atardecer se adueñase de cada estancia de la casa. Con esmero, empezó a enmarcar los dibujos de André, que pensaba colgar en la habitación azul, haciendo compañía a esa escultura que, según ella, le había regalado su amigo Pablo.

Por la mañana, la tía Charo había llevado al niño hasta el paradero del autobús. El día anterior, resucitaron entre los dos aquella maleta triste de aspecto acartonado que André trajo consigo. La inundaron de colores y motivos felices, antes de que la tía depositara en ella un ajuar completo de pinceles, pinturas y cuadernos de dibujar. Cuando por fin el bus partió, la tía Charo sólo encontró cierto consuelo, imaginando que, en realidad, era ella quien se marchaba, hacia un París cuyo recuerdo permanecía inalterable en su memoria...

(Continúa en Arrullos para un final de vacaciones)

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