30 de septiembre de 2014

El Estado Soberano de Guadalajara

Quiso la Historia que, un día, los habitantes de la provincia de Guadalajara decidieran no sentirse castellanomanchegos. "¡Castellanos sí, pero ¿manchegos, de qué, si nosotros nunca elaboramos esos quesos tan enjundiosos? ¡Bizcochos borrachos es lo nuestro!". Así que con éstas anduvieron y, por votación popular, decidieron decirle adiós al Reino de España y declarar el Estado Soberano de Guadalajara.

El primer ministro del nuevo Estado se acomodó, para vivir a cuerpo de rey, en el palacio del Infantado. Sintió el hombre que no le llovieran las comisiones, pues no fue necesario construir aeropuerto alguno en la recién estrenada capital: en menos que dura un cantar, el tren de cercanías te acercaba hasta el corazón de la antigua metrópoli...

La nueva nación quedó dividida en 4 provincias, correspondientes a las comarcas que, históricamente, habían existido en la región desde tiempos inmemoriales. Que a saber, fueron las siguientes: La Serranía, La Campiña, La Alcarria, y el Señorío de Molina.

Vivía en una especie de casa-madriguera, al noreste de la comarca alcarreña, un hombre de tan poca estatura como un enano, de pies hirsutos, orejas puntiagudas, y cierto mal carácter. Poseía el pequeño individuo, en unos terrenos jarosos, unas colmenas en las que moraban unas abejas muy trabajadoras, que libaban una miel deliciosa que era de una color como la del oro; y también era de su propiedad un anillo, que por desconfianza no se lo dejaba a nadie ver, que era de un metal muy preciado cuya color era similar a la de la miel. Este hombre menudo barruntó: "¿Que voy yo a compartir mi miel con los pobladores de las otras comarcas? ¡No, majo!". Así que fue en busca de sus vecinos, que asimismo eran tan bajitos como él, y les comió el tarro para que la comarca de La Alcarria celebrase un plebiscito, con el fin de declararse nación independiente. Como los argumentos fueron idénticos a los que dieron lugar al Estado Soberano de Guadalajara, al primer ministro no le cupo más remedio que conceder el plebiscito. Y el pueblo alcarreño tiró por su camino, con su miel deliciosa y de una color similar a la del oro...

Pero en viendo las otras comarcas que La Alcarria era una nación próspera e independiente, si culo veo culo quiero, con lo que pronto cada comarca se declaró soberana. "Tanto mejor", pensó el primer ministro. Con sus influencias y moviendo unos cuantos hilos por aquí y por allá, "que si mi primo Pepe es serrano de pura cepa, que si el Andresito nació prematuramente en mi viaje de novios por La Campiña", consiguió colocar a sus hijos y familiares en los diversos ministerios de las otrora naciones hermanas.

Mas no quedó ahí la cosa. En los confines del Señorío de Molina, un pastor que pastoreaba unas ovejas que no eran suyas sino de un amo que era el dueño de las ovejas, no estando conforme con su servidumbre dél, convenció a los borregos para que todos juntos constituyeran un país con su propia bandera, estatutos y coche oficial, y conseguir con esta argucia tan premeditada y tan ingeniosa terminar siendo él el amo y señor destas ovejas que originalmente no eran suyas. Otro que trabajaba en una cuadra vecina cuidando de unos burros, en viendo la estrategia del pastor sintió envidia dél, y le habló a los burros en su mesmo idioma y en los mesmos términos que el otro les hablase y persuadiera a los borregos, y así encaminó a los jumentos por la senda que a él más le convenía...

En las otras comarcas, los asuntos y las ansias de auto gobernación se sucedieron de una forma semejante que ya no se pudo contener. El obispo de la población mitral de Sigüenza, hombre ambicioso y confabulador como ninguno, provocó un cisma irrevocable con la Santa Iglesia católica y apostólica de Roma, autoproclamándose papa y fundando, in saecula saeculorum, una Iglesia propia que contó con la adhesión y el beneplácito de sus incondicionales feligreses. Un nuevo estado pontifical quedó constituido entre las tierras medias que abarcaban Sigüenza y sus pedanías, a la manera en que ya existía el Estado Vaticano, allá por Roma.

Los que rezaban a Alá también quisieron regirse según sus propias creencias, con lo que se crearon califatos y tierras de moros. Pasaban unos judíos errantes por un sotobosque que, como les gustó aquello, decidieron quedarse a vivir por esos lares con sus familias y sus ovejas. Arrancaron los matojos, echaron de la rivera de un río a unos gitanos aleluyas que habían acampado allí por la gloria del Señor, y construyeron una sinagoga y un lanzacohetes para que nadie se atreviera a molestarlos. Los del Opus Dei fueron más partidarios de adherirse al Estado Vaticano y, por sus frutos, recordaban a unas bayas semejantes a las tunas pero sin espinas, y de un olor a santidad como si proviniesen de una colonia algo exótica y remota. Incluso hubo descreídos que nada querían saber de religión, u otros que sí creían, pero más bien en el reciclado perpetuo de la carne y del espíritu, los cuales se vestían con prendas holgadas de color butano con las que se sentían más cómodos, y así les salían mejor unos cantos que entonaban en honor de un antepasado regordete al que le decían el Buda...

Algunos hubo, y fueron muchos, que formaron territorios independientes entre gentes que hablaban una lengua irreconocible que sonaba como del revés. Era tan complejo su lenguaje y tan difícil de aprender y de escribir, que en ocasiones no eran capaces de entenderse entre ellos mesmos, y eso que hablaban su mesma lengua...

Las familias se proclamaron naciones, e incluso hasta entre hermanos de sangre hubo disputas y desavenencias, y muchos dividieron las haciendas y las habitaciones de la casa en la que moraban antes juntos, para que cada cual viviese según le pareciera y a su antojo.

Las personas de derechas, por lo común más liberales en asuntos de dineros, vieron de buen grado la posibilidad de administrarse según su libre albedrío; excepto algunos más controladores y recelosos de todo, que gustaban de menoscabar con aranceles y tributos municipales para su beneficio a todo el que pasaba por sus territorios. Estos últimos porfiaban en mantener los mesmos territorios indivisos, pues era lo que más amaban, junto a su bandera y lo que llevaban ya recaudado, y hoy temían mucho perder una identidad que habían ganado anteayer...

Las gentes de izquierda cambiaban de opinión según se levantaban cada día: cuando se sentían internacionalistas arremetían contra las repúblicas aledañas, y bajo bandera roja edificaban un muro infranqueable de hormigón y acero, tras el cual constituían la gran federación de las repúblicas populares unificadas. A la mañana siguiente, lo mesmo les convenía sentirse libres, y entonces deconstruían los muros y se emancipaban de nuevo en pequeñas repúblicas independientes, en cuyas banderas, fabricadas con retales de combinaciones cromáticas imposibles, siempre pintaban una estrella roja...

Otros, que no tenían filiación política, intentaban ir a su bola; o también existía el caso de los que, por ejemplo, en siendo partidarios del Real Madrid, organizaban una peña con el nombre de Juanito y, luego dello, se declaraban nación vikinga.

Algunos que se miraron a un espejo, y en viendo sus pieles bronceadas y morenas, buscaron juntarse con otros de su mesma condición, y lo mesmo los que observaron reflejado en el cristal su rostro tan pálido como polvo de arroz. Hubo quien sin embargo no hizo distinción de nacionalidad por su color, y prefirió aparearse con quien más le vino en gana o tuvo a tiro de piedra, fuera o no de su propio sexo o del tinte de su piel...

Dos parceros se declararon colombianos, pero uno déllos se percató de que su compadre era paisa en siendo él rolo, así que le dijo pues hasta aquí no más. Lo mesmo le sucedió a un limeño y a un arequipeño, a pesar de los grandes padecimientos y lo mucho que habían tenido que viajar hasta llegar a conocerse, pues su país natal quedaba allá por las Indias, como a más de cuatro mil tiros de ballesta. Una familia de ojos rasgados que residía en un todo a cien se declaró bilbilitana.

Ocurrió el caso de un inversor de alto riesgo que había comprado el abono transporte a principios de mes y que, en teniendo que ir a trabajar a Madrid, dijo que él, por eso de aprovechar el abono, en sí mesmo era una colonia española, del mesmo modo que Gibraltar era británica desde el tratado de Utrecth. Otro más conservador, y al que por lo visto se le había sorprendido con unos dineros en una cuenta de ahorros que al parecer nadie sabía de dónde habían salido, alegó que provenían de una herencia que, según él, le había dejado al morir su pobre padre que era banquero, y, en sintiéndose ofendido por la desconfianza, emitió un comunicado de prensa que dio sólo cuando a él le vino en gana y regañando mucho a la gente que allí se había congregado para escuchar sus argumentos, en el que dijo que era ciudadano libre de Lichtenstein, más que nada por aquello de mantener los dineros a buen recaudo y porque allí le daban más interés por ellos. Algo parecido proclamó uno que se metió en una cueva, a modo de ermitaño, de la que ya nunca quiso salir, y que dijo que lo dejaran vivir en paz...

En el séptimo día se regocijó Dios de haber creado al hombre y a la mujer según su semejanza, y de que se gobernasen a su propia manera con la total libertad que Él les había conferido. Mas la Santa Inquisición no estuvo tan de acuerdo déllo...

Y así es como se fueron conformando y desconformando los estados y cabildos y ayuntamientos y naciones y agrupaciones de individuos, con otros o consigo mesmos, en lo que otrora fuera el brevísimo en el tiempo Estado Soberano de Guadalajara. Los encargados de pintar y despintar las fronteras, y los que escribieron y reescribieron la Historia, seguro que algo debieron sacar con todo el tinglao que sobrevino después de la independencia de aquella provincia. Que, dicho sea de paso, el transcurrir inexorable del tiempo se encargó de borrarla de los mapas, y de la memoria de los hombres y mujeres venideros...

18 de septiembre de 2014

Para el tiempo que me queda

El cielo era un dilatado atardecer, y de un rojo anaranjado tan intenso, que te transportaba a un estado de melancolía permanente...

Le habían prometido que, si resultaba elegido, alcanzaría la gloria de Mao Zedong, que lo recordarían por generaciones y por todas partes. Sin dudarlo, se alistó al programa espacial, entrenó duro, puso todo su empeño en doblegar a sus rivales. Si salía vencedor, emprendería un viaje sin retorno...

De una vez por todas, había que ganar la carrera espacial a los americanos, para que supieran quiénes eran los auténticos amos del mundo. Por primera vez en la Historia, un ser humano iba a poner los pies en territorio marciano. El Congreso del Partido escogió por fin a uno de los aspirantes, y ése había sido él: Li Chang.

La propaganda anunció a los cuatro vientos que la misión había sido un éxito rotundo. Allí estaba él ahora para dar fe de ello, contemplando un cielo rojo con estrellas, similar a la bandera que, nada más llegar, plantó sobre el terreno de polvo y rocas.

El precio por alcanzar la gloria iba a ser demasiado alto: jamás volvería a pisar la Tierra. La tecnología aún no disponía de medios técnicos suficientes como para que pudiera realizar el viaje de vuelta. ¿Y quién mejor que él para no echar de menos a nadie, si desde niño había forjado su carácter huraño entre las frías paredes de un orfanato de Sichuan?

Sólo él iba a ser capaz de soportar tanta soledad... Debería resistir apenas unos cuantos años, el tiempo que se prolongase la vida útil de las placas solares. Comida tenía en cantidad más que razonable, y el agua, indispensable para su cuerpo, se regeneraba en un circuito bien testado...

Tampoco es que tuviera tiempo de aburrirse, pues le habían preparado una apretada agenda. Mientras llegaba el trance final de las placas solares, debía recoger muestras, realizar experimentos, tomar fotografías... Y por supuesto, remitir sus informes a la base de seguimiento, allá en la Tierra.

Pero un buen día marciano, harto de tanta rutina, se plantó. Caviló que, en cualquier momento, las placas solares iban a fallar. Para el tiempo incierto que le quedaba prefería dedicarse a contemplar el cielo, casi bermellón, que tanto le cautivaba.

Cortó las comunicaciones con la base Tierra, no sin antes simular una avería en el equipo de transmisiones. Más que nada, inventó el estropicio por aquello de mantener la reputación, el honor, el mito de su nombre. Aunque para entonces, se reconocía dueño de su propia gloria y de todo un planeta. Pues nadie más que él tenía el privilegio de contemplar esos atardeceres tan hermosos como interminables...

12 de septiembre de 2014

6 de septiembre de 2014

El vendedor de paraguas

Aquella tarde Mamadou decidió quedarse en casa, a pesar de la temperatura agradable de una primavera que invitaba a pasear. Era sábado, en la televisión pasaban al Manchester United, y no quería perderse por nada del mundo a su equipo favorito. Además, pensó que se merecía un buen descanso...

La jornada no había empezado nada bien, porque cuando llegó a la puerta del hiper otro hombre había usurpado su puesto. Ni él ni aquel tipo hablaban bien castellano. Hizo un amago de encararle, igual que una avutarda cuando hincha la gola, y con cuatro o cinco palabras mal chapurreadas en castellano, tuvo que explicarle que, a base de constancia, se había ganado aquella plaza en propiedad, pues acudía allí todos los días desde hacía más de dos años. Mamadou no era muy convincente ni demasiado expresivo. Aun así, y a pesar de su ser flaco y desgarbado, los más de metro noventa de su talla y la piel oscura debieron intimidar al otro hombre, que terminó marchándose a regañadientes mientras maldecía en una lengua indescifrable.

Las mañanas de los sábados eran las de mayor recaudación, porque todo el mundo se encaminaba al hipermercado en busca de provisiones con las que ir tirando el resto de la semana. Los viejitos, que iban a comprar con indiferencia de que fuese o no sábado, eran los más resueltos en cuanto a lo de dar propinas, aunque con un altruismo bastante cicatero, pues apenas soltaban las moneditas de menor valor. A cambio, Mamadou les acarreaba un trecho las bolsas, o les guardaba el perrito mientras realizaban la compra. O hacía como que les escuchaba, sonriendo sin entender media palabra, cuando los ancianos distraían su soledad contándole historias de otra época, en la que no había inmigrantes como él apostados en las puertas de los hipermercados. Que por aquel entonces no eran tales, sino sencillas tiendas de ultramarinos en las que muchos no tenían con qué comprar...

Los jóvenes eran los que menos propinas daban, pero no obstante, cuando lo hacían, éstas solían ser de mayor cuantía. También había otros, ni tan viejos ni tan jóvenes, que entregaban a Mamadou paquetes de comida, o bolsas con ropa usada más o menos "ponible". Incluso una vez, una chica le regaló una camiseta que había diseñado especialmente para él. Pensó que la muchacha tenía alguna pretensión más allá de la solidaridad, pero cuando la invitó a pasar la noche juntos salió espantada. Mamadou no entendía nada sobre el carácter de las mujeres españolas, que en nada se parecía al de las de su tierra: en Senegal, al pan le llamaban pan, y al vino le decían vino.

La recaudación mañanera no resultó ser de las más espléndidas, pero tampoco resultó ser de las peores. De buena gana, Mamadou se hubiera gastado parte del dinero en la casa de apuestas: jugar a favor del Manchester le parecía una ganancia segura. Pero no se lo podía permitir. Así que se conformaría con presenciar el ansiado partido en el televisor enorme que había comprado a medias con sus paisanos senegales, aquellos con los que compartía piso en el casco antiguo de Madrid. Lo único que no era predecible era la cantidad de goles que le iban a caer al Crystal Palace, el rival de turno de aquella tarde.

Cuando llegó a casa, Mamadou se descalzó para estar más cómodo. Desde la ventana, observó alguna nube en el cielo; confió en que aquellas nubes pasajeras no conseguirían estropearle la tarde. Encendió el televisor y, ya sin prisa alguna, se puso a comer cualquier cosa. Después desparramó las piernas, que tan alto como era, sobresalían por un lado del sofá: estaba solo en casa y tenía todo el espacio para él. Miró la hora en su teléfono móvil, y pensó que aún tenía tiempo de echar una cabezadita antes de que empezara el partido. Pronto el sopor de la siesta le venció.

Estaba en lo más profundo de su sueño cuando un eco que cantaba “goool” le espabiló. Una cantada inesperada del portero del Manchester, colocó al Crystal Palace por delante del marcador. Su equipo comenzaba perdiendo en casa, con lo que el partido se ponía aún más emocionante. Mamadou se frotó los ojos para asegurarse que el gol encajado no era un delirio fruto de una pesada digestión. Estiró los brazos para desperezarse, y dio un bostezo como el de un león aburrido.

El extremo izquierdo del Manchester avanzó por la banda. Metió un toque preciso y directo hacia el área contraria, que fue interceptada con la mano por uno de los defensas del Crystal Palace. Mamadou dio un respingo, parecía que el aguijón de un alacrán le hubiera picado en el trasero.

-¡Penalty! -exclamó.

El árbitro no pitó nada. Mamadou extendió sus dedos huesudos y, como si tocara un yembé, pegó un sonoro manotazo sobre la mesa. A pesar de ser un hombre tranquilo, el fútbol conseguía exasperarlo más de la cuenta.

El Cristal Palace se defendía igual que un gato panza arriba, y la primera parte se esfumó sin ninguna otra jugada digna de mención. Cuando los jugadores abandonaron el terreno de juego, sobre el césped brillaba un sol espléndido. Paradójicamente, sobre la ciudad de Madrid, en el país que casi siempre lucía sol, el cielo estaba cada vez más encapotado. Mamadou empezó a temerse lo peor, porque si comenzaba a llover terminaría perdiéndose el partido…

El primer trueno de la tormenta coincidió con el inicio de la segunda parte. Nada más sacar de centro, el Manchester desperdició una ocasión de gol más que clara. Como si las nubes se malhumoraran por la oportunidad perdida, otro trueno retumbó aún con más fuerza. Pronto se envalentonaron unas pocas gotas de tamaño grueso, y para desconsuelo de Mamamadou, el torrente de una lluvia intensa comenzó a lavar con oficio el asfalto y las aceras de Madrid.

Bastante contrariado, el joven senegalés se volvió a calzar las zapatillas. Recogió unos cuantos paraguas del interior de una caja de cartón grande, tantos como pudo retener entre las manos, y no apagó el televisor hasta el último momento, justo antes de salir a la calle al encuentro con la lluvia.

Ya afuera, Mamadou intentó resguardarse del chaparrón bajo uno de sus minúsculos y endebles paraguas. Era un empeño vano, pues el agua repiqueteaba con fuerza sobre el piso salpicándolo todo. Parecería que estuviera completamente chalado en mitad de la lluvia, mientras avanzaba en sentido contrario a la desbandada de gente, que huía de manera atropellada intentando escapar del torrencial de agua.

No tuvo que caminar demasiado, hasta llegar a una gran avenida con cierto tránsito humano. Decidió plantar allí su puesto ambulante, cobijado en parte bajo la techumbre de un balcón. De sus dedos alargados pendían los paraguas, como si Mamadou fuera un mostrador humano.

-Paragua, paragua, paragua…

Su voz tímida era apenas perceptible, diluida entre el sonido del aguacero y el del ruido que producían las ruedas de los vehículos sobre el asfalto mojado.

-Paragua, paragua…

La gente corría de uno a otro lado, algunos escapando sin rumbo, y otros buscando un lugar en el que guarecerse. Casi nadie parecía percatarse de la presencia de aquel vendedor ocasional de adminículos para la lluvia, era como si fuera invisible al otro lado de la cortina de agua.

-Paragua, paragua…

-¿Cuánto valen? –preguntó un hombre casi calado hasta los huesos.

-3 euros.

-¿Tienes cambio?

El tipo mostró un billete de 20 euros, pero Mamadou había olvidado las monedas en casa. Mientras seguía empapándose, el hombre buscó algo suelto en los bolsillos. Cuando por fin encontró alguna moneda, Mamadou hizo su primera venta.

-Paragua, paragua, paragua…

Mal negocio el de vender paraguas en un país en que casi siempre hace sol. Pero hay que probar fortuna cuando la lluvia primaveral coge desprevenidos a casi todos.

-Paragua, paragua…

Mamadou sentía que la humedad se había colado por toda la dimensión de sus huesos largos. Ya era tarde para lamentos, aunque hubiera preferido quedarse en casa y disfrutar del partido. Aquella tarde de sábado, todo el mundo parecía tan tacaño que, con tal de no gastar unos pocos euros, estaba dispuesto a empaparse bajo el diluvio primaveral...

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