20 de agosto de 2014

Anastasia cambia de opinión

Pies descalzos de mujer caminando, tras sus zapatos de tacón abandonados sobre el suelo
Incluso en las inmediaciones del río, encima del puente, aquella mañana hacía un calor molesto. A pesar de ello, Anastasia andaba ebria de felicidad. Sin saber por qué, ella, que acostumbraba a estar medio amargada, ese día se sentía contenta. Quizá el bochorno acrecentaba en su interior cierto desequilibrio hormonal a su favor. Sin dudarlo, de manera improvisada, se encaramó a la baranda del puente para arrojarse al vacío y abandonarse al fluir revuelto de las aguas. Quería aprovechar aquel momento de felicidad para finiquitar, con buen sabor de boca, su deambular vacilante por este mundo...

Ya en lo alto de la baranda recapacitó un instante: "para un día en que estoy contenta, ¿me lo voy a perder?". Cambió de opinión. De un brinco saltó en sentido contrario al vacío, o lo que es lo mismo, eligió el rumbo hacia la vida. Fue como nacer de nuevo, pero con tan mala fortuna, que aterrizó sobre una caca de perro. "¡Vaya! -pensó-. Está claro que hoy va a ser mi día de suerte. Debería jugar a la lotería".

Atravesó el puente dejando un sutil rastro de caca con el dibujo impreso de la suela de su zapato de tacón. Ni se inmutó por ello. Un poco más adelante, restregó el zapato en el escalón del portal de entrada a un edificio. El portero de la finca la observó merodeando en los confines de su territorio. El hombre, que por deformación profesional no era ajeno a la curiosidad, salió con pereza del cuchitril en que dormitaba, para ver qué andaba haciendo aquella joven. Cuando alcanzó a descubrir el numerito que Anastasia le acaba de formar, ésta ya se había marchado. "¡Me cagüen tu puta madre, cacho zorra -exclamó en vano-, ojalá te mueras, o te pille un autobús, o te tires de un puente!".

Anastasia pasó por un kiosco en que un ciego expendía cupones.

-Deme el tres, para el sorteo de mañana. Mejor el cinco. O no, el cuatro; o el uno, o el dos, o venga, sí, el tres. O me da usted cualquier número, con tal de que no sea par. Elíjalo usted, a ver si me trae suerte...

El pobre ciego anduvo moviendo las órbitas de sus ojos inútiles al ritmo en que Anastasia cambiaba de números. Al final, le entregó el 9, que era el cupón que menos había vendido aquella mañana.

La muchacha pensó que debía dejar el boleto a buen recaudo. Luego recapacitó que nadie se lo iba a robar. Sopesó albergarlo entre sus poco pronunciados pechos, como hubiera hecho una señora mayor, de busto generoso. Se preguntó si acaso las señoras mayores soñaban con ladrones traviesos jugueteando entre sus tetas... Sintió algo de repulsión imaginando la escena, por lo que guardó finalmente el boleto en el bolsillo oculto de su falda.

Taconeó deprisa sobre la acera porque venía el autobús, pero tras alcanzar la parada lo dejó marchar. Prefirió continuar a pie rumbo a casa. En seguida se sintió cansada, hastiada de la vida, agotada por la calor... A paso cansino alcanzó la siguiente parada, en que tomó el primer bus que le vino a mano, sin mirar el número ni para dónde iba. Dentro, persiguió el hilillo refrescante del aire acondicionado, hasta ir a sentarse junto a una anciana.

-Estos autobuses nuevos, huelen medio raros -comentó la vieja.

Anastasia no dijo nada, y miró de reojo la suela de su zapato. Se sintió algo molesta por el comentario de la vieja, así que decidió apearse en la siguiente parada, justo a la altura de un local cuyo rótulo decía Bar La cañita. "Con esta calor, me apetece una cerveza", se dijo.

Entró en el bar y pidió una caña.

-Bueno no, mejor me va a poner una Coca Cola. Bien fría, por favor, que con esta calor...

El camarero, que ya había empezado a tirar la caña, miró a Anastasia con el aire de resignación del profesional acostumbrado a lidiar con clientes volubles.

Anastasia saboreó con gusto la Coca Cola: un trago profundo, y luego un sorbo más pequeño. Entonces recordó que aquella bebida le producía gases. Pidió la cuenta, y, tras pagar, dejando a medias la Coca Cola, abandonó el bar.

Ya en la calle, una nueva bofetada de calor le vino a recordar los pequeños sinsabores de la vida. Se le antojó un helado de chocolate, más que nada por refrescarse un poco. "Pero el helado engorda tanto...", suspiró. Por esta vez, estaba decidida a hacer una excepción, aunque a fin de cuentas, no había ningún kiosko de helados a la vista...

Continuó caminando, y percibió una gota de sudor deslizándose por su rostro sofocado. Sacó del bolsillo el cupón que le había comprado al ciego, y empezó a abanicase. Pero aquel minúsculo papel no le brindaba brisa alguna, así que, más airada que aireada, hizo un gurruño y arrojó el papelito al suelo, sin más contemplaciones. Suspiró aliviada al toparse con una fuente de agua fresquita. Deseaba tanto remojarse las sienes, el rostro, los brazos, un poco el cabello... Pero el caño estaba seco. Entonces se imaginó como al principio de la mañana, encaramada sobre la baranda del puente del río, dispuesta a saltar. Sintió un poco de lástima de sí misma, y maldijo su poca visión para aprovechar las oportunidades que le ofrecía la vida: al menos, si se hubiera lanzado a la corriente, ahora estaría a remojo y no con tanta calor...

Para colmo de males advirtió que sus pies eran prisioneros de sus propios zapatos de tacón, y que se cocían a fuego lento como en el interior de dos pequeñas marmitas. Decidió descalzarse, abandonar los tacones sobre la calzada. Sintió un gran alivio. Ya con los pies desnudos y libres, se reconoció feliz. Continuó zigzagueando por los senderos ondulantes de su interior, con la ligera intención de retomar el camino a casa, pero sin ningún rumbo fijo...

11 de agosto de 2014

Historia sobre un príncipe y una princesa

Cuando una princesa te pide que la rescates, no puedes eludir tu cometido. Sobre todo si eres un príncipe soltero de sangre azul, y tus padres no dejan de aburrirte todo el día con el tema de que te busques una novia...

El asunto empezó en el baile que el rey de Londres organizó con motivo del aniversario de su entronización. Mi padre, rey de Babia, no es muy dado a ese tipo de festejos. Así que no me cupo más remedio que ir a mí en su representación, como primogénito y principal heredero del reino.

Desempolvé el traje azul y la capa de mi difunto abuelo, aunque a mi padre no le hizo demasiada gracia que los tomase prestados. Para ser sinceros, estamos pasando una mala racha, y no tenía nada más decente con que vestirme. Mi hermana remendó mis medias, y los botines, tras lustrarlos con un poco de grasa de caballo, quedaron como nuevos. Mi madre me preparó un pequeño hato con unas cuantas viandas, las necesarias para un par de jornadas, que hice sin dificultad a lomos de mi fiel caballo Plinio.

En la cena no faltó de nada: faisán, cordero, lechón con patatas, y todo tipo de frutas. Me hubiera gustado guardarle unos dátiles a mi madre, con lo que le gustan, pero no hubiera sido bien visto que todo un príncipe se escondiese comida en los bolsillos. Una pena, porque todo lo que sobra en estos fastos se acaba tirando... Por mi parte, ya que estaba allí, aproveché para probar un poco de todo. El vino con miel estaba delicioso.

Después de la cena comenzó el baile. Percibí que el traje de mi abuelo me quedaba pequeño, como si hubiera encogido, y tuve que desabrocharme un par de botones para sentirme algo más cómodo. La hija del rey de Londres, aunque algo delgada para mi gusto, no estaba del todo mal, y noté que alguna mirada furtiva me echaba de vez en cuando. No quería dejar pasar la oportunidad de bailar con ella, pero rodeada como estaba, de todos los moscones de las otras casas reales, era casi imposible acercarse a la princesa.

Mientras tanto, seguí bebiendo vino con miel. Aunque parecía que no, porque entraba como si nada, a lo tonto, a lo tonto, pegaba bien. Cuando el panorama de moscones estuvo más despejado, me acerqué a la princesa y le pregunté si quería bailar. Noté que mi lengua se trababa.

Modestia aparte, el baile se me da bien, porque es lo que más me apasiona en esta vida. Mientras la llevaba en volandas, su madre no nos quitaba el ojo de encima, y su doncella nos seguía de cerca por la pista como si fuera un satélite dando vueltas alrededor de nosotros. Pese a la estrecha vigilancia por parte de su familia, la princesa parecía divertirse. Sin mover apenas los labios, empezó a susurrarme al oído:

-Desde que apareció en este salón, no he podido evitar seguirlo con la mirada. Me tiene completamente subyugada. Además, baila usted tan bien...

Preferí no contestar, estaba algo mareado con tanto giro. Sólo le ofrecí una mueca por sonrisa. Continuamos dando vueltas.

-Esta noche, al verle, he comprendido, que es usted el príncipe azul con el que tantas veces he soñado. He de confesarle que su olor es fuerte, sí -creo que se refería a las bolitas de alcanfor que conservaban el traje de mi abuelo-. Aunque ese olor no me desagrada en absoluto, de veras. Su porte seguro y a la vez delicado, la manera de vestir, la forma en la que baila... me conducen irremisiblemente hacia usted. Le pido un favor: sáqueme de este castillo, no puedo soportar más el cerco al que me someten mis padres. Lléveme con usted a Babia, conviértame en su esposa, cuide de mí, hágame feliz. Por favor, no me desilusione. Le estaré esperando después del baile en mis aposentos, tres toques cortos en la puerta, y uno largo. Le prometo que no le defraudaré, siempre le seré fiel, estaré atenta a sus necesidades. Cuando esté destemplado, le pondré paños calientes en la sien, velaré en sus desvelos...

-Disculpe...

De repente, me sentí indispuesto. La dejé sola en medio de la pista y de su discurso, y atravesé el amplio salón en que se celebraba el baile. Busqué algún sitio disimulado en el que poder vomitar sin ser advertido. En un recodo del castillo, una especie de ánfora me sirvió a la sazón para el apremio que en ese momento traía. Cuando me hube aliviado, ya más en calma, recapacité sobre todo lo que un instante me había sucedido, la dulce oportunidad que me ofrecía el destino. Aún aturdido por las circunstancias, decidí coger el testigo que se me brindaba: como aquel que dice, la ocasión la pintan calva...

Indagué por aquí y por allí, hasta dar con los aposentos de la princesa. Me escondí entre las sombras, y decidí esperar hasta que cesase el ritmo de la música. Quedé vencido por el sueño. No sé cuánto debí dormir, pero para cuando desperté, el castillo estaba en silencio. Me aproximé con sigilo hacia el dormitorio, golpeé sobre la puerta con la cadencia convenida:

-Princesa, princesa. ¡Princeeeeeeesa!

Aporreé la puerta con más fuerza, hasta que por fin ella abrió.

-¡Psss, no arme tanto escándalo!

-Como no abría...

-Es que no le esperaba... me dejó plantada en mitad del baile.

-Perdone, tuve que salir por un asunto urgente.

-Anda pase; no meta ruido, mi doncella nos podría descubrir.

Los aposentos de la princesa eran muy cucos, con una cama enorme envuelta en mosquitera rosa, cortinas de seda a juego, y una cómoda desbordada de potingues y otros ungüentos de los que gustan emplear las mujeres para acicalarse. La orfebrería parecía de oro puro, y los muebles, también a juego, rosa y oro, eran de estilo rococó original, algo recargados para mi gusto. Del vestidor pendían hileras sin fin de zapatos y ropajes con todo tipo de brocados y colores. Elucubré si la sobriedad de nuestro castillo menoscabaría más tarde el ánimo de la princesa, pues allí no podría disfrutar de tanto despliegue de posibilidades.

-¡Apúrese, princesa!, ¿qué anda haciendo?

-¡Espere!

La princesa andaba entretenida rebuscando alguna cosa en los armarios. Con la presteza de un asaltante de joyería, vació unos cuantos joyeros en una pequeña saca de tul. Yo estaba al borde de una taquicardia, y para colmo, un enorme espejo me dio un buen susto al devolverme mi propia imagen reflejada. Cuando hubo colmado la saca, salimos a toda prisa de la estancia. Nos deslizamos con pretendida cautela por los corredores del castillo, sus zapatos de tacón repiqueteando sobre el piso, hasta alcanzar la cuadra en que mi caballo esperaba.

-Princesa, le presento a Plinio, mi caballo. Por cierto, no nos hemos presentado, ¿cuál es su nombre?

-Lady Regina. ¿Y vos, cómo os llamáis?

-Manuel, pero me podéis llamar como todos lo hacen: Manolito. ¡Vamos, subid presto a mi caballo!

-¿Y vos, en qué caballo iréis?

-También en Plinio, delante de vos.

-¿Pero cómo? ¡No puede ser, Manolito! ¿Ambos en el mismo caballo?

-¡No hay tiempo que perder en esas minucias, Regina, arriba!

La alcé en volandas con todas mis fuerzas, mas no resultó fácil dejarla sobre el caballo. En el segundo intento, rasgó mi capa con uno de sus tacones: la capa del abuelo, ¿cómo se lo iba a explicar a mi padre...?

-¿Y tu escudero? -me interrogó exigente- ¿Por qué no está aquí para ayudarnos?

-¿Qué escudero?, ¡no tengo escudero! Me gusta ser independiente.

Tras forcejear unos instantes más, que se me hicieron eternos, por fin logré depositarla sobre la grupa de Plinio. Nos pusimos en marcha, el eco de los cascos resonó entre los muros del castillo. A galope tendido atravesamos lomas y sembrados, mientras nuestra silueta de enamorados fugitivos se recortaba en el trasfondo de la luna... Cuando llegamos a las inmediaciones del bosque, me apeé del caballo.

-Princesa, bajad; ahora hemos de continuar a pie.

-¿Queréis decir, que ahora tenemos que caminar?

-Así es. Plinio, no puede más, está agotado.

-¡Yo también estoy agotada, cansada por el baile! ¡Tengo frío, calzo zapatos de tacón...! ¡Además, es de noche, y no se ve nada!

-¡Vamos, yo os guiaré!

Alcé mis brazos para ayudar a la princesa a desmontar. La mala fortuna hizo que no pudiera sostenerla, y los dos nos dimos de bruces contra el suelo. Al menos, ella cayó sobre mí, lo que amortiguó en parte su caída.

-¡Por Dios, Manolito, sois bastante torpe!

Regina se recompuso el vestido, y se lamentó porque uno de sus tacones se había quebrado. Aunque tal vez así fuese mejor para caminar. Sujeté a Plinio por las bridas, y en mitad de la noche nos adentramos en el bosque. Al menos la luna alumbraba nuestros pasos.

-¡Estoy cansada! -refunfuñó Lady Regina- ¡He bailado tanto esta noche...!

-Es la cuarta vez que me lo recordáis.

-¡Y además, estoy muerta de frío! Debería tener un poco de consideración conmigo, Manolito; a fin de cuentas, soy una princesa.

Me quité la capa, y se la eché por encima. Me sentí culpable por no haberlo hecho antes, pero mi única preocupación entonces era no perder el camino.

-¡Esta capa está rota-se lamentó-, y deja pasar el frío!

La princesa no paró de quejarse en toda la noche. Cuando nos alcanzó el alba, descubrí que habíamos caminado en círculo, regresando al punto de partida: nos encontrábamos justo en el mismo lugar en que comenzaba el bosque.

-¡No se lo va a creer, Regina, pero creo que nos hemos extraviado!

-¿Cómo que nos hemos extraviado?

En buena hora le habría dicho "me aturdes, cariño, y así no soy capaz de concentrarme". Pero aún no se había establecido la suficiente confianza entre nosotros... Además, decidí asumir mi propia responsabilidad, pues el único culpable del despiste era yo.

-Lo siento Regina, no soy bueno en temas de orientación. Plinio ha descansado ya; quizá ahora podamos cabalgar un rato a lomos de su grupa.

La princesa guardó un momentáneo e incómodo silencio. Una mirada como perdida, y su ceño fruncido, denotaban que rabiaba por dentro. Por recobrar fuerzas, y para infundirle ánimos, pensé en ofrecerle algo de desayunar, un poco de queso rancio. Pero yo mismo descarté esa posibilidad. Por fin Regina dijo algo.

-Está bien. Antes de continuar, necesitaría tener un momento de intimidad.

-¿De intimidad?

Mi cara de asombro debió irritarla aún más.

-¡Sí, Manolito! ¡Las princesas también tenemos nuestras necesidades! ¿O es que usted no sabe nada del mundo? ¡Anda, dese la vuelta, y no mire!

Para ser sincero, no había pensado en la posibilidad de este tipo de asuntos. Me volteé, mientras la princesa se perdía detrás de unos arbustos. No sé cuánto tarda una princesa en aliviarse, pero debe necesitar su tiempo, con todos esos ropajes, miriñaques y complejos corsés. Y más, si tenemos en cuenta que en ese momento Lady Regina no contaba con la ayuda de su doncella. El caso es que esperé, y esperé, y la princesa no parecía terminar nunca.

-¿Princesa, acaba ya? ¿Regina?

Acudí alarmado detrás de los matojos, y allí no quedaba el menor rastro de la princesa. Quizá algún salteador del bosque la había secuestrado, incauto él. O puede que simplemente Regina hubiera decidido tomar las de Villadiego y regresar por su cuenta y riesgo con sus padres, coraje no le faltaba. En aquel momento, dada mi escasa fortuna y habilidades, fui consciente de que jamás podría satisfacer las necesidades reales de una princesa como Lady Regina. Para bien o para mal, se había librado de mí. O yo de ella...

Recogí la capa de mi abuelo, que la princesa había dejado hecha un gurruño sobre el suelo. Me encaramé a lomos de Plinio, y por segunda vez me adentré en el bosque. Esta vez no tardé mucho en encontrar la senda que me conduciría al reino de Babia. Y cabalgué, no sin cierta congoja: el estropicio de la capa de mi abuelo, era entonces mi única preocupación, más que nada por la regañina que con total seguridad me iba a dar mi padre...

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