30 de abril de 2014

Bruno ante el laberinto

Desde lo alto, observando la realidad a través de la ventanilla del avión, la ciudad de Pekín se mostraba con la complejidad de un circuito impreso. Bruno había dilapidado su nula fortuna, más lo que tomó prestado sin ánimo de devolución, en el billete que le condujo hacia aquella ciudad tan remota en las costumbres como en la distancia.

Cuando estuvo a ras de suelo, el entresijo de calles se le presentó como un laberinto indescifrable, en el que más de veinte millones de seres humanos se afanaban en sus quehaceres. Por enésima vez se dio de bruces con la realidad, y le entraron ciertas dudas sobre la viabilidad de su misión: no iba a ser nada fácil localizar al amor de su vida entre aquella marabunta. Se infundió ánimos a sí mismo, e imaginó que recorría en autobús el laberinto de calles y rostros, barrio por barrio, bloque por bloque, piso por piso, en busca de su chica. Quizá con suerte, el destino le conduciría hacia cualquiera de las casas, husmearía dentro de una habitación con una litera de tres camas, y sobre un aparador descompuesto, hallaría una foto envejecida con la imagen de unas niñas vestidas de gimnastas. Bruno había mirado esa fotografía cientos de veces, cuando entraba a escondidas en el carromato de las hermanas Chuang, las saltimbanquis del circo Pringlend, que precisamente ya no eran tan niñas. Sabía que uno de esos rostros achinados, el único sonriente, era el de Xiaoyan, la mujer que había venido a buscar. En su ensueño Bruno aún sostenía el retrato como antaño otras veces lo hiciera, mientras fijaba la mirada en el minúsculo lunar que Xiaoyan tenía junto a una de las comisuras de los labios...

Hacía un año que la mirada de Bruno se había detenido también en ese mismo lunar, para luego recorrer los labios finos de Xiaoyan, sus ojos rasgados, el óvalo perfecto que dibujaba su cabeza con el pelo recogido en un moño. Entonces ella le sorprendió observándola, y cuando él sonrió le devolvió una sonrisa cómplice. Días más tarde la mujer china le ofreció el primer beso, y le atrapó la razón para siempre con un abrazo firme. Ambos gozaron a escondidas bajo las sombras de la carpa del circo, o en el carromato de Xiaoyan cuando no estaban sus hermanas: ella siempre le entregaba con placer goloso su cuerpo maduro con dimensiones de niña. A Bruno le sorprendió que algo tan pequeño guardase tanta energía contenida, una pasión más intensa que las de las prostitutas, las únicas mujeres con las que antes Bruno había disfrutado de un sucedáneo algo parecido a lo que ahora sentía. Poco a poco el amor se fue entretejiendo entre ambos, trepando como una hiedra por sus cuerpos y mentes. Él temió que con aquella mujer acróbata terminaría perdiendo su identidad de trapecista libre de la vida. Porque también Bruno se sentía titiritero a su manera, pues siempre vivía en el alambre, de oficio en oficio, de circo en circo, de aventura en desventura. Lo mismo trabajaba en un andamio, que le contrataban en un chiringuito de feria, o en un circo para montar las carpas o limpiar las jaulas de los leones...

A las hermanas de Xiaoyan, Li y Ying, aquella relación furtiva no les cayó en gracia. Cuando descubrieron que su hermana andaba liada con un hombre sin diploma ni fortuna, decidieron levar anclas y volverse para China. El señor Román, el dueño del circo, sufrió un gran disgusto, pues las saltimbanquis eran las únicas artistas que tenían algo de estrella en su decadente espectáculo. Les ofreció doblarles su sueldo de miseria, pero Li y Ying empaquetaron con premura y determinación todos sus bártulos. Con amenazas de tradición milenaria, se llevaron a rastras a Xiaoyan, y finiquitaron la vida risueña de los dos amantes.

Los pensamientos de Bruno volvieron a la realidad, cuando una bicicleta casi le atropella. Algo le reclamó el conductor, pero sólo comprendió que estaba enojado. Bruno caminaba como ido, vagando en sus pensamientos, sin saber para dónde ir ni a quién preguntar. Desdobló un papelito que portaba en la mano, la única nota que Xiaoyan tuvo tiempo de escribirle en su apresurada marcha. No podía comprender ni uno solo de aquellos caracteres chinos, y por tanto nada de lo que su amada allí le decía. Volvió a plegar el papel, que atesoró con fuerza en su mano, y con renovadas esperanzas, se perdió en el laberinto palpitante y desmesurado de la ciudad de Pekín...

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