25 de marzo de 2014

El hikikomori que iba para juez

Mi niño es una jartá de listo. Ahí está, to el día encerrado en su habitación, estudiando. Yo, antes le decía:

-Anda Francisco, sal un poco a la calle, que te dé algo el aire. ¡Pero hijo, vas como un zumbi, ponte algo más alegre, que siempre vistes de negro, y con lo descolorío que tu estás, parece que te acabasen de amortajar! Claro, ¿cómo vas a coger ninguna color, si te pasas to el día en casa metío?

Y es que mi Kiko no es de salir mucho. En eso no le ha salío al padre, que se pasa to el día en el bar. Pero eso sí, tan poco hablador como mi marido.

El Kiko, si acaso, antes daba su vueltecita para comprar los mangas, esos tebeos tan guarros que a él tanto le gustan. Que yo no sé cómo los entiende, porque está escrito to en chino.

-Francisco, pero ¿cómo te pueden gustar esos tebeos con esas imágenes tan sucias?

-Calla mama -me replicaba-, que tú no entiendes.

Pero desde que sacaron eso del Internet, ahora ya ni va a comprar tebeos, ni a ninguna parte. No sale de casa para nada. Hace años que hasta se borró del instituto. Lo otros chicos se reían de él, qué mala es la envidia. Porque mi Kiko es muy inteligente, y en este país cuando alguien destaca, ya se sabe.

-Mama -me dijo entonces-, que no voy a ir más al instituto.

Y desde aquel momento se examina de por libre. Todo el día pasa estudiando encerrado en su habitación, tantas horas que ya ni le vemos. Ni para comer abandona sus libros.

-¡Francisco, a comer!

-Mama, no seas pesada. Tengo que estudiar. Déjame en la puerta la comida, que ya luego la cojo.

Yo le preparo lo que más le gusta: su pollo al ajillo, que lo repela hasta dejar los huesos mondos, o sus berenjenas rebozadas. ¡Anda que no me come bien el Kiko, de eso no me puedo quejar!

Porque se tiene que alimentar bien, ya que se emplea a fondo con los libros. Se está sacando dos carreras por la universidad a distancia: la de abogado y la del Internet. Y ahora está preparándose una oposición. Las tres cosas a la vez, es muy inteligente mi niño.

Que lo de las oposiciones no es moco de pavo, y bien pocos las aprueban: uno entre un millón. Luego puedes salir para ministro o para juez famoso, como esos que salen en la televisión. Y te queda una buena paga cuando te jubilas, no creas... Ya me imagino a mi nene vestido de juez, con su toga y to. Como le gusta tanto ir vestido de negro, seguro que le quedará bien.

Es por eso por lo que no sale nunca de su cuchitril, ni de casa, todo el día hincando los codos para ser alguien. Veintitrés años lleva ahí metido, y son 38 los que cumple el mes que viene. Ni para ir al baño deja de estudiar, que yo le recojo la bacinilla en la que hace sus cosas. Y ni se ducha ni na, que cuando pasas por la puerta de su habitación sale una peste que ni te cuento.

-Francisco -le digo-, a ver si te duchas un día.

-¡Déjame mama, no me distraigas, que estoy estudiando; así no voy a aprobar nunca!

Y lo malo es que su padre no le da importancia.

-Déjale al niño, que se organice como quiera, que ya es mayor. Él sabrá lo que tiene que hacer.

Y luego se va al bar. Mi marido se cree que todo se soluciona con irse al bar. Pero a mí el niño me tiene preocupaa, e hinchaa a pastillas... Que hace ya más de 20 años que abandonó el instituto, y desde entonces no sale, como aquel que dice, de su madriguera.

Yo he hecho traer un psicólogo, y dice que lo que le pasa al niño se llama fobia social. Pero como el Francisco no quiere ver a nadie...

Así que sólo le pido a Dios que le salga una novia o algo por el Internet, y a ver si se espabila de una vez y camina a conocer el mundo. Pero me da a mí que éste ya se queda para vestir santos, y que yo no me veo con un nietecillo. O por lo menos, quiera Dios, que apruebe las oposiciones. Que digo yo, que con todo lo que lleva estudiado, seguro que sale un buen juez...


7 de marzo de 2014

Ir por lana

Aquellas borreguitas eran de veras presumidas. Emperifolladas en sus atuendos blancos, parecían flotar por la pradera henchidas de felicidad, como nubes blanditas de pura lana virgen. Pero cuando llegó el verano terminó su dicha, pues el pastor les pasó la tijera a ras de piel, dejándolas tan pelonas como perros chihuahuas. Nunca se habían sentido tan ridículas como aquella vez.

El lobo, que acostumbraba a rondar por aquellos parajes, observó desde lejos la desazón en los ojos caídos de las desdichadas ovejas. Cuando llegó la noche aprovechó un descuido del pastor -que no lo podía ver ni en pintura-, para acercarse con sigilo al redil en el que éstas sollozaban. Bien clarito, y en su propio idioma, les arengó lo que ellas mismas no se atrevían a decir: "Be, be, beeeeee".

El lobo tenía razón, decía la pura verdad, y lo que más indignaba a las ovejas era que el pastor las sobase a diario para robarles la leche, con la excusa de hacer unos quesos deliciosos que, desde luego, ellas nunca cataban.

A la mañana siguiente, la pradera apareció totalmente verde y despejada: las borreguitas se habían marchado en pos del lobo, que les prometió lana de todos los colores con la que podrían confeccionarse unos nuevos atavíos. Y seguramente, dando por hecho que sabían tejer, les debieron quedar unos vestidos muy bonitos...

5 de marzo de 2014

El señor conductor no se ríe

En mi país hace frío. Supongo que el clima infunde cierto estado de ánimo en las personas. Cuando por fin tuvimos libertad -ya se sabe, la Perestroika y todo eso-, le dije a mi mujer: "Escapémonos de aquí. Vayamos a un país cálido, no sé, a Grecia o Italia". Y nos vinimos para España.

Al principio, la vida en un país capitalista no resulta nada fácil. Puede que los escaparates estén repletos de todos los productos con los que siempre habías soñado. Pero si no tienes dinero, te tienes que conformar con mirar. A mi esposa le gustaba mucho pasear por los grandes centros comerciales. Cuando no tienes otra cosa que hacer, ni con qué gastar, no están mal para perder el tiempo. A veces, si nos quedaba alguna moneda en el bolsillo, comprábamos baratijas sin importancia. Algunos chismes te sorprenden, antes ni sabía que existían. Recuerdo que a mi señora se le antojó un aparato para sacarle espuma a la leche, para hacer café como el de las cafeterías italianas. No era caro, pero no nos alcanzaba para comprarlo. Siempre nos contentábamos con pasear entre las estanterías, pero al contrario que en nuestro país, teníamos esperanza. Luego ves que van pasando los años y la vida continúa sin ser nada fácil en todas partes...

Mi señora encontró trabajo limpiando casas. Pocas horas al comienzo en varios sitios, mucho tiempo viajando de aquí para allá. Luego consiguió un contrato por más horas, mejoró nuestro nivel de vida. Alquilamos un piso en Torrejón. No era gran cosa, pero mucho mejor del que nos asignó el Gobierno allá en mi país. Igual que allí, yo encontré trabajo como camionero. Me conozco mi país de memoria, y sé cómo es la gente. El frío influye en el carácter de las personas, eso está claro, creo que ya lo he dicho. En el sur siempre son más amables, pero no son serias. Mi mujer y yo somos del norte, somos gente en quien se pueda confiar. No entiendo por qué las personas del sur sonríen por nada. No sólo en mi país, en España ocurre igual.

En mi empresa pronto confiaron en mí. Primero me asignaron rutas cortas y un camión pequeño. Transportaba sobre todo pescado fresco, que recogía en el aeropuerto, y repartía luego por ciudades próximas a Madrid. El trabajo no me gustaba porque olías fatal, y mi mujer me obligaba a ducharme todos los días antes de acostarme. Pero en seguida me dieron más responsabilidad, un camión con una enorme cabeza tractora enganchada a un tráiler de gran tonelaje. Y rutas más largas.

Cuando conduces un camión tan grande te sientes fuerte. Desde ahí arriba, encaramado en la cabina del camión, la perspectiva del mundo cambia, y ves a los demás vehículos como criaturas miserables, como si fuesen esos perros minúsculos que no tienen ni media patada. Me gusta esa sensación de poder, sentirme inmenso, como si tuviese a todo el mundo bajo mis pies. Si alguien te protesta por alguna maniobra, basta con ignorarle, como hacen los perros grandes y fuertes con los más pequeños. Y si insisten en su porfía, haces sonar el claxon para hacerles entender quién manda en la carretera.

He viajado por toda Europa, llevando frutas y hortalizas desde Andalucía. Siempre quise conocer mundo, hablo mal o bien varios idiomas, y este trabajo me parecía perfecto, como hecho a medida justo para mí: Nantes, París, Bruselas, Frankfurt... Claro que en ocasiones uno se siente solo, sobre todo cuando te quedas retenido porque las carreteras están cortadas debido al mal clima o por algún contratiempo. Combatía la sensación de soledad consolándome en algún club de alterne. Mi mujer no lo hubiera entendido. Por eso nunca le comenté nada...

En los países por los que he transitado es difícil encontrar burdeles de calidad. En ese sentido, España es una de las naciones más preparadas de la Unión Europea. Por eso siempre visitaba algún club antes de cruzar la frontera con Francia. Aunque en los clubs puedes encontrar chicas de mi país, me gustan más las latinas. Debe ser por el clima de sus países de origen, la temperatura siempre influye en el carácter de la gente. No entiendo la personalidad de las latinas, parecen estar contentas sin motivo. Pero las prefiero porque son más calientes. Además, mis paisanas me recuerdan demasiado a mi mujer.

La última vez acudí al "Copacabana Club", mi burdel favorito. Cuando tengo que conducir nunca bebo, soy una persona seria y responsable. Aquella noche estaba especialmente triste, echaba de menos a la familia allá en mi tierra. No recuerdo bien qué pasó, pero debí tomar dos copas de más. Sólo me acuerdo del ruido de las sirenas de la Guardia Civil, y de las luces del camión volcado, que iluminaban la carga de pepinos desperdigada en la carretera. Yo salí ileso, sólo un rasguño sin importancia y una molesta sensación de mareo.

Aquella misma noche tomé un autobús de regreso a Madrid. Llegué cuando la ciudad despertaba. Al presentarme en casa, sorprendí a mi mujer en la cama con otro hombre. No lo conocía. La muy puta no supo qué decirme, sólo preguntó que por qué había regresado tan pronto. Me marché decepcionado sin responder. Supongo que se sentía demasiado sola, pero la verdad es que lo que le ocurriese ya me era indiferente. No la he vuelto a ver desde entonces.

Mi empresa me despidió al día siguiente. Me parece injusto, soy una persona correcta, siempre he hecho bien mi trabajo. Como dicen por aquí, mataste un perro y ya te llaman mataperros. Las autoridades me pusieron una multa y me retiraron el carnet de conducir. Al menos no fui a la cárcel. Sin mujer, sin un techo, sin dinero, sin empleo... La vida es difícil en un país capitalista si no tienes un trabajo...

Cuando me restituyeron la licencia de conducir un amigo me consiguió algo para ir tirando: los fines de semana y algún festivo, debía conducir un autobús de pasajeros. Excursiones con pensionistas, colegios y cosas así. Un empleo de mierda, porque me gusta conducir solo, sin que nadie interrumpa mis pensamientos. Pero trabajo a fin de cuentas...

En el último viaje, disfrazados con sus pantalones cortos y sus pañoletas anudadas al cuello, esos boy scouts parecían pequeños pioneros de la revolución de mi país. Era patético ver a los adultos también vestidos como niños, con sus sombreros de la policía montada del Canadá, y las medias gruesas de lana en sus piernas velludas. Todos a la vez, chicos y grandes, comenzaron a cantar aquella estúpida canción:

"El señor conductor no se ríe, no se ríe..."

Si al menos hubiese sido una canción linda, como las de los pioneros de mi país, en la época comunista:

"Somos niños, ahora estamos
llenos de curiosidad, llenos de amor,
con los ojos os seguimos,
sabemos que nos mostraréis el camino..."

Pero el pasaje insistía en golpearme las sienes, niños y mayores, una y otra vez, con aquella tonada martilleante:

"...no se ríe el señor conductor, no se ríe, no se ríe. Para ser conductor de primera, acelera, acelera...".

Mi cabeza estaba a punto de estallar, y fue entonces cuando, en mitad de aquellas curvas peligrosas, puse el autobús a más de cien. Todos por fin dejaron de cantar, aunque cuando gritaron me desesperé aún más. Algunos niños pusieron el autobús perdido con sus vómitos, y aunque sabía que luego me tocaría limpiarlo todo, en aquel momento tampoco me importó demasiado. Sólo deseaba un poco de silencio...

No sé por qué me acusan ahora de poner en peligro la vida de 51 menores y 9 adultos; fueron ellos los que me provocaron con sus cánticos. Yo soy una personas seria y respetuosa con los demás, se puede confiar en mí. No entiendo por qué nadie parece querer entenderme. Supongo que es el clima, lo que nos hace ser tan diferentes...

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