23 de febrero de 2014

Pies de barro

ACTO I

-Perdonen que les moleste. Quisiera reclamar su atención, sobre este chico que acabo de conocer en el metro. Ya ven en qué condiciones se encuentra, creo que entre todos le deberíamos ayudar.

Media entrada en el vagón, a casi nadie le toca viajar de pie. Comienza el teatro de la vida, en el que la luz de los focos ilumina a espectadores y comediantes por igual. En el escenario a ras de suelo, dos hombres. La complexión del que habla, corresponde a la un tipo de unos cuarenta años: no es ni gordo ni delgado, ni demasiado maduro pero ya no tiene cuerpo de joven. Su abrigo abierto -en el escenario hace calor-, es de un marrón claro y apagado, cuyo tono contrasta con el rojo más encendido del jersey. Por el cuello redondo del jersey, asoman los picos de una camisa que se adivina bien planchada. El pantalón de pana, va a juego con el abrigo: también es de un marrón tenue. Del cuello le cuelga una bufanda gris con líneas rojas que dibujan cuadros. Su aspecto recuerda a la de un chico bien de provincias en día festivo.

-Como pueden ver, el muchacho es ciego y, además, el pobre está enfermo, tiene el SIDA.

El chico enfermo es delgado en extremo, y su ropa está tan impecable como la del que le echa una mano a sostenerse en pie. Sus pantalones color mostaza, y el jersey grueso de lana, contradicen su apariencia de hombre consumido. Su rostro famélico, parece que tuviera la piel cosida directamente a la calavera; las cárcavas hundidas de su cráneo, albergan unos ojos inútiles. Sobrecoge a la audiencia, y si no fuera porque el otro muchacho le sujeta por el brazo, amenaza con desarmarse de un momento a otro. Es la representación de la muerte misma, pero embalada en un traje de domingo.

ACTO II

-Permítanme si me atrevo a solicitarles su desinteresada colaboración, a ver si entre todos podemos conseguir unas monedas para ayudarle. En algún momento de nuestras vidas, cualquiera de nosotros nos podríamos encontrar en estas circunstancias tan terribles. Seguro que entonces, nos gustaría que alguien generoso como ustedes nos echase una mano. Perdón y muchas gracias. ¿Una ayuda para este pobre chico? ¿Una ayuda?

La pareja se pasea titubeante por el vagón, con pasos despaciosos. El que representa el papel de lazarillo, sostiene con ternura el brazo de su acompañante, para que no se desmorone mientras camina. La mano huesuda del ciego sondea la oscuridad luminosa del vagón, en busca de la generosidad del pasaje.

Los espectadores se conmueven. Los más cicateros, observan la función de reojo, miran para otro lado, mientras sus conciencias les sermonean sin piedad: "¡quizá un día mendigarás el amparo de tu prójimo!". Sin embargo, otros acuden a la llamada de auxilio, especialmente las señoras y los de mayor edad. Se convierten ahora en actores secundarios de este drama, mientras escarban en sus monederos entre un gorgoteo de calderilla.

-Gracias. Gracias, señora, muchas gracias, que Dios se lo pague. Gracias. ¿Alguien más desea colaborar?

Pareciera que el cazo amorfo de unos dedos retorcidos no sirviese para guardar siquiera una moneda. Pero ahí está el ángel de la guardia, que guía la mano desorientada del ciego. Como si utilizase una caña de pescar, el lazarillo atrapa las moneditas que, con total delicadeza, ayuda a depositar en los bolsillos del hombre escuálido.

ACTO III

-Muchas gracias a todos; que Dios se lo pague, y que pasen una buena tarde.

La recaudación acaba: no está mal la taquilla, muchos han colaborado. No obstante, al espectáculo le queda el número final, reservado para el público más atento y entendido. Casi nadie se fija en un detalle nimio: dos dedos de barro, sobre dos pares de buenos zapatos, desmienten a un vestuario inmaculado. Rebelan la verdadera identidad de la pareja de actores geniales: buscavidas de descampado, navegantes entre la ciénaga de un mar de chabolas, jeringuillas y droga. Estos gigantes de epopeya no se tambalean cuando representan su papel, y eso que tienen los pies de barro...

El espectador más observador sonríe con disimulo, si tener muy claro si está ante un drama o una comedia. Aunque siente la necesidad de irrumpir en un sonoro aplauso, por respeto, se une al silencio introspectivo de los demás pasajeros. Es consciente de su gracia, ya que por el módico precio de un billete de metro, más la voluntad, ha contemplado una puesta en escena sin igual.

El tren alcanza la estación y detiene su marcha. Se abren las puertas del vagón, mutis de los dos actores. La enorme función, eterna representación de la vida misma, ha terminado por hoy, para todos ustedes. Se cierran las puertas.

20 de febrero de 2014

La cena de los hombres pensantes

-Vira un poco a la derecha, no vayamos a dar contra aquellas rocas, que me parece ver enfrente.

El criado corrigió el rumbo del bote, tal y como indicaba Kallistos, su señor. Sobre la vela, el viento soplaba ligero, pero a favor; la mar era mansa. No tardaron en alcanzar la orilla. El sirviente se echó al agua, y tiró del bote hacia la playa. Sólo cuando lo tuvo afianzado en la arena, desembarcó el amo, con su ayuda. Después, le pasó un pequeño fardo con provisiones.

-Ya te puedes marchar -dijo el amo-. Acuérdate bien: mañana, me vienes a recoger a la misma hora. Fíjate en la posición del sol. Ni antes ni después. No quiero ser el primero en marcharme de aquí, pero tampoco el último.

El criado asintió con la cabeza. Subió de nuevo al bote, y regresó por donde había venido.

Durante toda la tarde, otros barcos de vela fueron llegando, a la misma playa. Una y otra vez, la operación de desembarco se fue desarrollando de manera similar: un sirviente descargaba a su amo en la costa, le entregaba un paquete o quizá algún pequeño animal, y terminaba volteando el rumbo del bote para perderse en el mar.

Aquella isla griega, por lo regular, estaba deshabitada. El lugar perfecto para un encuentro tranquilo. Por eso lo habían escogido esos hombres que arribaron a lo largo de la tarde. Nobles, o gente de posición acomodada, que se veían a sí mismos como los más sabios de entre los pensadores de Grecia. Habían llegado desde todos los rincones del archipiélago cercano, con la intención de reforzar sus lazos y afianzar el reconocimiento mutuo, como cabezas pensantes. Y de paso, con el encuentro aprovechaban para cenar.

-¿Qué tal estás, Alexandros?

-Bien, bien. Mucho tiempo sin verte, querido Damianos.

-¿Qué significa "mucho", considerando el eterno discurrir de las horas? El tiempo es relativo.

-Y se asemeja bastante al oro. Cuando lo posees en abundancia, lo malgastas, y, si escasea, sufres por su falta.

-A menos que seas un tacaño, y sólo pienses en acumular. En tal caso, nunca te va a faltar...

-El tiempo no se puede guardar en una bolsa...

-Bien dices, Alexandros.

El sol casi se había puesto ya. La temperatura era agradable; el rumor de olas y la brisa abrían el apetito de los presentes.

-Desmosthenes, ¿qué nos trajiste para cenar?

-Siento deciros que llegué de vacío. Me dije: "Podré confiar en la generosidad de mis amigos".

-Tu sabiduría sólo es comparable al arrojo de tu frescura.

-Bien me conoces. ¿Y a qué nos vas a convidar vos, amigo Kallistos?

-Pues no sé; por ahí me empaquetó algo mi criado; déjame mirar...

Kallistos desempacó el hato que, para cenar, su sirviente le había preparado.

-¡Pescado! ¡Unos lenguados! Estarán deliciosos.

-Perfectos para la cena, por la ligereza de su bocado. Habrá que cocinarlos pronto, no se malogren con el calor.

-¿Y los otros, trajeron algo?

-Tranquilo amigo, que comida no nos ha de faltar: los más acudieron con algún conejo de campo, pollo o gallina. Incluso alguien trajo un cordero lechal.

-Mmm... cordero lechal, qué tierno. Pobre animalillo; desde aquí oigo sus balidos tristes...

-Lastimeros son, como si conociese su inminente final... Pero no hemos de entristecernos por su muerte, pues nos dará alimento y regocijo. Es el sino de la vida...

-¿Y quién preparará tanta comida? ¿Sabes tú cocinar, Demosthenes?

-¿Quién yo? ¿Me tomas por un criado?

-Alguien tendrá que matar al cordero, pollos, y conejos... Y prepararlos, y destripar los lenguados, y avivar el fuego...

-Planteemos un debate. Quizá Alexandros, o algún otro, tengan una respuesta acertada.

Demosthenes se erigió en portavoz de la asamblea de sabios.

-Señores, hemos de encontrar una solución al problema de la cena.

-Reflexionemos.

-Pongamos un poco de luz.

-Veamos la cuestión desde otra óptica.

-Desde otro punto de vista.

-Con otros miramientos.

-Razonemos.

-Tracemos un plan.

-Busquemos alguna hipótesis.

-Si toda la polis discurriera, con  nuestra entrega y voluntariedad, no viviríamos en un mundo de brutos...

-Quizá, algún día...

-Eso es una utopía...

-Por favor, no nos vayamos por las ramas; concentrémonos en la verdadera raíz del asunto...

-Pensemos...

Llegó el alba, y todos los hombres pensantes tuvieron la certeza de que, aquella noche recién pasada, se habían quedado sin cenar. Tampoco desayunaron. Entonces, agotados de tanto discurrir, prefirieron retirarse a descansar, hasta la hora de comer. Más tarde decidieron, por unanimidad, que no tenían mucha hambre, y que lo mejor sería echarse una siesta...

Por la tarde, a la hora precisa en que Kallistos le había indicado, el criado llegó a la playa, para recogerle. Miró extrañado al amo cuando, antes de subir al bote, le devolvió el fardo con los lenguados, que olían ya mal porque empezaban a pudrirse.

-No cenamos, pues tuvimos muchos asuntos que tratar.

El criado deshizo el bulto y arrojó los pescados malolientes al mar. El viento, con cierto brío, sopló sobre la vela. La pequeña nao se fue alejando de la costa, y se convirtió en un pequeño punto, que terminó por extinguirse en el horizonte que dibujaban las aguas...

14 de febrero de 2014

Cuento para las niñas que quieren ser mujeres antes de tiempo

Belinda Pichincha estaba linda, como una flor, en su decimoquinto cumpleaños. Con motivo de su onomástica, sus timoratos padres, Bibiana y don José, le habían comprado un vestido largo y floreado. Para festejarla, la llevaron a un centro comercial rebosante de reflejos y olor a palomitas. Allí merendaron, en amor y compaña, unas sabrosas hamburguesas con kétchup y mostaza. Miranda, amiga de Belinda, también estaba convidada.

Después de la rica merendola, Belinda quiso acudir a una fiesta con su amiga del alma. Pidió por ello permiso a sus papás.

-No, Belinda -dijo resuelta su mamá-; tienes que estudiar, lavar tu ropita, recoger la habitación... Además, eres muy pequeña aún.

-¡No soy pequeña, cumplo hoy 15 años! -protestó la joven.

-Haz caso a tu madre, Belinda -dijo el papá, envuelto en ternura.

-¡Estoy harta! ¡Que se calle esa furcia! ¡Sabes que no es mi madre...!

La mamá de la bella Belinda no era propiamente tal, sino su madrastra. Pues el papá -abogado de profesión-, tras enviudar, no tuvo más remedio que buscarse una segunda mujer. Su amada hija no tragaba a la mamá postiza, qué desgracia. No pocas veces salía por la boca de la niña la repetida cantinela: "¡Tú no eres mi madre!".

-Belinda, eres injusta -arguyó el papá-; ¿acaso Bibiana te escatima los mejores filetes del supermercado?

-¡Dejarla venirse a la discoteca! -terció Miranda, amiga verdadera-. ¡Yo controlo, conmigo no le va a pasar na...!

Miranda tenía ya los 16 años cumplidos, mínima edad penal. El papá condescendió con su niña hermosa, pero antes hizo firmar a Miranda un documento. En aquel breve legajo, improvisado en una servilleta grasienta, Miranda se responsabilizaba de cualquier desperfecto que pudiera ocasionar la noche en lo más íntimo de Belinda. Sólo si Miranda firmaba el papelito, quedaba el abogado más tranquilo.

-¿No vas a leer las cláusulas y condiciones; Miranda? -preguntó don José.

-No es necesario, me fío. Me aburre tanto leer...

Sólo cuando Miranda estampó en la servilleta el garabato de su firma, accedieron los papás de Belinda a dejarla marchar. Aunque añadieron aún ciertas objeciones:

-Llévate una rebeca, no vayas a coger frío...! -aconsejó don José.

-¡Y has de estar en casa, a las 12 a más tardar! -advirtió Bibiana-. De no ser así, te podrías convertir en... en... en una calabaza.

-Venga, Miranda, date prisa -acometió Belinda a su amiga-; todavía me tengo que cambiar este vestido de mierda.

Por último, don José apostilló:

-¡Miranda, confiamos en ti!: Cuida de nuestra hija. Piensa que has firmado un documento.

Para cuando las dos amigas llegaron a la verbena discotequera, el baile había comenzado ya. Belinda estaba espléndida, destacaba como un rayo de sol entre las demás. Todos los chicos se morían por hacérselo con ella.

-Míralos, Miranda, cómo babean por mí. ¡Qué perracos...!

La confianza depositada en la joven Miranda, le suponía un incordio total. Azorada por la responsabilidad, y más preocupada por espantar los moscones que por el baile, andaba pendiente de la integridad moral y espiritual de su amiga, con lo que era incapaz de disfrutar de la fiesta.

-¡Belinda, coño, deja ya de beber!

-¡No seas brasa, que me recuerdas a mis viejos! A las 12 hay que abrirse, aprovechemos el tiempo...

Belinda bebía cual cosaco soviético en la toma de Berlín, y fumaba, sin medida ni consideración para sus tiernos pulmones, cigarrillos adulterados de mil colores.

El chunta-chunta nacía de los platos giratorios de un pinchadiscos de guateque, cuando por la puerta del antro de infierno apareció el Jhoni, príncipe de la quincalla. En el centro de la pista, Belinda agitaba su cuerpo, con la provocación lasciva de un talle por entero conformado, pero de apenas 15 primaveras. El Jhoni calzaba unas botas de piel vuelta que se había fabricado él mismo. La gomina, de dos por uno, confería un brillo irisado a los rizos caracoleros de su pelo. Las ansias se le dispararon, nada más apreciar el contorno sensual de la exuberante Belinda. Tras liberar un par de botones de su camisa, empezó a marcarse un bailoteo, para cortejarla. Aquel pavo real sin plumas no tardó en captar la atención de la quinceañera. Ésta, llevada tanto por su inexperiencia, como por el paroxismo de las drogas blandas -y no tan blandas-, cayó sin remedio en las redes seductoras de aquel don Juan.

-Me molas mazo -susurró Belinda, con un grito acallado por la música.

-Si quieres nos lo hacemos ahora mismo -no perdió tiempo el chaval-. Tengo aparcado mi coche ahí afuera. Lo he tapizado yo mismo con pelo de rata; lo vas a flipar.

-Veo que también adornas tus orejas con los mismos pelos, a menos que sean las luces de flash quien andan aturullando mis sentidos...

-No te confundes, nena, es el mismo pelo con que he forrado mis botas. Ya ves, es que soy un hombre de mil oficios...

Belinda anunció a Miranda que se marchaba, sin más preámbulos, con aquel adonis engatusador que tanto la había cautivado.

-Me he enamoriscado de este príncipe. Dile a mis viejos que ya iré mañana por casa, si eso.

-Está bien, tú sabrás lo que haces -desistió Miranda-. Pero recuerda que deberías estar de vuelta antes de las 12. Si no, te convertirás en... en... en una cucurbitácea.

-¿En una cucu qué?

La cuita de Miranda no era pequeña. No tanto por lo que le pudiera suceder a Belinda, sino porque era consciente de haber estampado su firma en aquella servilleta. Temía que la integridad de su amiga del alma hubiera quedado realmente bajo su responsabilidad. No obstante, eludió la tarea de correveidile que le había encomendado y, en vez de avisar a sus papás, prefirió marcharse a dormir sin más. Y, como aquel que dice, mañana sería otro día...

Y llegó el mañana. A eso de las 8 sonó el teléfono en casa de Miranda.

-¡Miranda! -le gritó su madre- ¡Miranda! ¡Miranda, coño, que te levantes! ¡El papá de Belinda está al teléfono, que te pongas!

- Uaaaaa... grongrón... -gruñó la joven- ¿Qué hora es? ¡Joder, son casi las 8 de la mañana! ¿Es que nunca me van a dejar dormir en paz en esta puta casa?

Al otro lado de la línea esperaba la voz áspera de don José.

-Buenos días, Miranda; ¿está contigo Belinda?

-¿Eh? No, aquí no está. ¿No ha llegado a casa aún?

-Anoche no regresó.

-Se le habrá escapado el autobús.

-Más te vale -dijo en tono amenazador el señor Pichincha-. Dejé a mi dulce niña bajo tu custodia; recuerda que firmaste un documento. Como no aparezca, te va a caer un puro... que pa' qué te cuento.

"¡Clank!". Y colgó enojado.

Belinda no regresó jamás a casa de sus padres. Se la comió la noche...

Poco tardó Miranda en comparecer ante un juez, en uno de esos juicios rápidos que te cambian el destino con la ligereza de un embarazo improvisado.

-Se le acusa de haber extraviado -dijo el señor juez- a la menor Belinda Pichinca, cuya salvaguardia y protección le fue confiada, a usted, Miranda Benítez, de 16 años años de edad, por estos señores aquí presentes que dicen ser sus papás.

-Ellos no son mis padres -protestó Miranda.

-El papá y la mamá de Belinda, se entiende -aclaró el juez.

-Ella no es su mamá verdadera -se defendió Miranda.

-¡Protesto! -esgrimió el señor Pichincha, con la solvencia del abogado que era-. Eso no viene al caso.

-Protesta admitida. No interrumpa, señá Miranda, que ya es usté mocita -ordenó el señor juez-. ¿Algo que objetar, abogado de la defensa?

-¿Eh, qué es lo que ha pasao? -preguntó adormilado el del turno de oficio que le había caído en suerte a Miranda-. Por mí, todo bien.

Veintiún meses y un día, en un centro especial de reeducación para jóvenes descarriadas, fue la condena que le cayó a Miranda. Pero como el juez era un tipo magnánimo y conciliador, y a petición del señor Pichincha, le impuso a la adolescente una medida extraordinaria y alternativa:

-Como la señá Miranda no tiene antecedentes, la pena le queda conmutada por otra de carácter social. La susodicha Miranda deberá realizar, en casa de los Pinchincha, las funciones de hija que otrora desempeñara la desaparecida Belinda. Eso sin menoscabar la pena que, seguramente, haya causado a estos señores la ausencia de su hija natural.

-No se azore, señor juez. Tampoco ha sido para tanto -dijo la madrastra de Belinda.

-¿Y por qué tengo que hacer yo de hija adoptiva? -protestó Miranda.

-Porque lo pone en la letra pequeña del documento que usté firmó. Y así será hasta que ústé alcance la mayoría de edad, o hasta que a la joven Belinda le dé por aparecer por casa de sus padres, si es que tiene a bien aparecerse. He dicho; desalojen la sala, que ya va siendo hora de almorzar.

Y haciendo tilín, con una campanilla que tenía a la sazón, el juez dio el juicio por terminado.

-¿Y podré comer todas las hamburguesas que yo quiera? -preguntó Miranda a sus nuevos padres.

-Sí, hija -respondió la mamá postiza-. Pero antes tendrás que estudiar, lavar tu ropita, y dejar recogidita tu habitacioncita.

- ¡Jo...! ¿Pero qué puta mierda de familia sois? ¡Eres peor que mi verdadera vieja...!

Moraleja de este cuento, niñas: por más que os creáis toda una mujer que todo lo sabe, nunca os fíes de un abogado. Y jamás de los jamases firméis un papel sin antes leer la letra pequeña. Aunque sea una simple nota escrita en una servilleta grasienta.

De Belinda Pichincha sólo se supo que huyó con el quincallero de sus amores. Dicen que los cinco chiquillos que tuvieron por prole no conocieron más abuelos que unas ratas atrevidas. La familia tomó alojamiento en los confines de una chatarrería, bajo un techo de uralita con agujeros de mil estrellas. Y juntos, todos fueron felices comiendo pan con chorizo. Y sardinas enlatadas con kétchup y mostaza...

9 de febrero de 2014

Del ruido al silencio


(Gracias a Hirokazu Koreeda, por encaminarme al silencio en cada una de sus películas).

El metro alcanzó la estación entre un bramido de chispas y metal. Los pensamientos de Aldo se esfumaron en el momento en que algún pasajero rezagado le empujó dentro del vagón. El traqueteo monótono del tren arrulló su mente adormilada, mientras observaba decenas de rostros anónimos observándole a él. Sobre su cabeza se dibujó otra nube de pensamientos, más difusa aún, que se evaporó de repente cuando el tren llegó a la estación de destino. Entonces las puertas del vagón le vomitaron otra vez al andén, entre la misma multitud de rostros desconocidos...

Caminó un trecho por la calle alborotada. Igual que si fueran zombis hiperactivos y bulliciosos, recién salidos de sus tumbas, individuos de todas las razas poblaban la noche naciente: reían, cantaban, gemían, gritaban... Se afanaban en atrapar unos instantes de vida, después de una fatigosa semana laboral.

A la entrada del garito, el hercúleo portero examinó a Aldo de arriba a abajo, sin hacer ningún comentario sobre su aspecto desganado. Las puertas del local le recibieron con los brazos abiertos, engulléndole hacia el interior con su mecanismo de vaivén. Los cuerpos de la gente, e incluso las paredes mismas, temblaban como membranas permeables al ritmo de la música. Los latidos del corazón de Aldo entraron en comunión con la cadencia brusca del ritmo que marcaban los bajos. Resbaló entre organismos sudados, abriéndose camino a través de una multitud alcoholizada. Los senos de una hembra le hirieron dulcemente, y la buscó con una mirada furtiva que no obtuvo recompensa. Después de batallar por abrirse hueco entre animales danzantes, alcanzó la isla por la que debían merodear sus amigos.

María hacía oscilar su cuerpo de mimbre, mimetizada entre el manglar humano de una pista de baile minúscula. De la garganta de Aldo asomó un saludo en formato de S.O.S. Aquel grito se ahogó nada más nacer, pues cualquier sonido servía de alimento a esa sinfonía desmesurada que, derramando sus tentáculos en forma de onda, se adueñaba de todo. En cualquier caso, María recogió el mensaje de socorro, y con un gesto, que sólo Aldo captó, respondió con un escueto "recibido, corto y cambio".

Por algún rincón, sobre un montón de ropa, Aldo abandonó su abrigo. En las orillas de la ínsula, como si fueran cocodrilos hambrientos, hombres y mujeres acechaban a sus presas mientras portaban vasos de licor en la mano. Algunos debían ser los amigos de Aldo, imposible advertirlo porque apenas nadie se inmutó con su presencia. Acudió a la barra en busca de un poco de alcohol, para entrar mejor en comunión con aquella manada sedienta de carne humana. Pidió un cubalibre y, como él nunca bailaba, se aferró al vaso igual que un náufrago se agarra a un madero para salir airoso ante el zarandeo de las olas. Apuró varias copas mientras se bebía los minutos...

Entre trago y trago, a salvo desde la orilla, oteó el caldo humeante de la pista de baile. Quedó hipnotizado por la danza sensual de una muchacha de caderas amplias y tetas punzantes. Sus muslos prometedores, que brotaban hacia abajo desde una falda muy mini, oscilaban dulcemente, como plumeros de carrizo mecidos por el viento de la música. El bamboleo suave contrastaba con la desmesura de la fiesta, y arrullaba Aldo con susurros tiernos. Su cerebro, dúctil como la cera, no ofrecía resistencia alguna ante el calor del deseo.

María seguía cimbreando su talle delgado, sin variar en lo más mínimo su monótono oscilar, indiferente a las danzas, casi obscenas, de un africano negro que orbitaba en torno a ella. El hombre, dueño de unas espaldas descomunales que parecían abarcarlo todo, no se inmutó ante el desinterés de ella. Cambió su trayectoria de satélite errante, y desplegó de nuevo su porte de pavo real, ahora en torno a la chica de muslos sugerentes. Un torrente súbito de testosterona brotó por cada poro de la piel oscura de aquel semental, que pareció insuflar aire caliente en el pecho de la muchacha. La cadencia suave de las piernas de ella se tornó en compás agitado, en perfecta armonía con el latir pélvico del macho colosal. Aldo se estremeció entonces, como si un cubito de hielo resbalase por su espalda. El macho hizo una señal que sólo la hembra percibió, y acudió tras él en busca de una aventura compartida. Juntos desaparecieron, entre el bosque de danzantes y cuerpos húmedos que conducía hacia la puerta. Aldo, que sintió una puñalada con sabor a traición, apuró el vaso medio lleno que tenía en la mano, y el líquido le supo tan áspero, como amarga era su pesadumbre.

Empezó a sentirse acorralado contra la pared, por una multitud creciente de criaturas acuosas que, igual que una masa viscosa, se esparcía por cualquier grieta del local. El ritmo desorbitado de la música le golpeó repetidamente la cabeza, una y otra vez, y otra más, y cada vez más. Sus amigos le ignoraban, María seguía oscilando, un tipo debió preguntarle algo, pero Aldo no pudo escucharle... El soniquete machacante zarandeaba su cabeza, zas, zas, zas, y una tensión contenida parecía a punto de estallar. Sin darse cuenta soltó el vaso vacío que, tras rebotar y hacerse añicos contra el suelo, se esfumó calladamente.  Le entraron unas ganas terribles de vomitar. Rescató su abrigo de entre el revoltijo de ropajes, y acercándose a María le gritó al oído un "ahora vengo" que no esperaba respuesta. Ya sin apenas energías, forcejeó en busca de cualquier agujero por dónde escapar, intentando no zozobrar entre una sopa espesa aderezada con tropezones humanos. Estaba al borde de un ataque de pánico y ansiedad cuando al fin pudo liberarse del ruido que le atrapaba...

En la calle, el aire fresco acarició sus mejillas y le recordó que aún seguía vivo. Algún viandante andaba pateando una lata de refresco, pero apenas percibió el sonido del metal endeble, amortiguado por los ecos de unos ritmos que aún rebotaban en su cerebro. Respiró profundo. Estaba un poco mareado, pero ya no sentía náuseas. No opuso resistencia alguna cuando, mecánicamente, sus pies le encaminaron de vuelta a casa. Pero se negó en rotundo a subir a un autobús nocturno atestado de gente; tampoco hubiera tomado el metro de haber permanecido abierto a aquellas horas. Decidió caminar, como un noctámbulo, en dirección a su barrio.

Sintió algo de lástima cuando una indigente le suplicó un cigarrillo, pues él no fumaba. Le regaló una sonrisa delicada, y entonces tuvo que acelerar la marcha para quitársela de encima. Vio que, recostado en una papelera, un chino bostezaba. Parecía tan cansado como aburrido, harto de vender, con poco éxito, bocadillos y otras formas breves de mal cenar. Aldo, que no tenía cuerpo ya para comer nada, se adentró sigiloso por un callejón oscuro y estrecho. No tuvo miedo, pero le desagradó el olor a orín que desprendían los regueros de pis. A su vez, le apeteció aliviarse, pero contuvo las ganas y continuó la marcha...

Subió una cuesta, descendió una calle. Detuvo sus pasos un momento, no tenía ninguna prisa. Desde el puente antiguo que cruza el río, se le antojó contemplar el perfil de la ciudad dormida. La notó como algo suya, reconociendo una respiración entrecortada, de pitidos de auto y ulular de sirenas de ambulancia, que le era familiar. En complicidad con la luna, acechó con envidia la silueta cercana de unos amantes quedos. Una farola parpadeaba un poco más allá, ofreciendo un juego inseguro de luces y sombras, que proporcionaba a los objetos límites imprecisos. Otra vez volvió a extasiarse con el contorno de la ciudad, ahora desdibujado en el reflejo del río. Respiró hondo. Exhaló el perfume algo recargado de los cerezos en flor, y quedó sorprendido por su propia fascinación ante un hecho tan certero como simple: el advenimiento de la primavera. Hasta entonces, nunca había presentido su llegada de una manera tan manifiesta...

Acarició, con las yemas de los dedos, la piedra de los sillares centenarios del puente. Era rugosa y fría, pero de tacto entretenido, como si cada poro escondiese una emoción distinta. La brisa caprichosa alborotó su cabello, después soliviantó un montón de papeles recostados en la calzada. Aldo pensó en proseguir su camino, pues la noche era fresca y húmeda, y aún le quedaba un buen trecho hasta llegar a casa. Pero el silencio se había apoderado de su ser, y no fue capaz de mover los pies del sitio. Se resguardó como pudo en el cuello del abrigo, y permaneció embelesado en el viaje sutil que le regalaban sus sentidos...

Otros relatos