13 de enero de 2014

El perro guachinango

El barrio había cambiado demasiado, o al menos eso era lo que sentía Eleuterio. Ya eran pocos los que quedaban con el recuerdo de la tienda de ultramarinos del señor Gregorio. O con el de la bodega del señor Julián y de la señora María, aquella en la que los mayores se tomaban un chato de vino, mientras los bodegueros despachaban, en garrafas de cristal, vino a granel que trasegaban directamente desde unas enormes tinajas de barro. Hacía tiempo que, tras la jubilación de sus dueños, algunas tiendas habían echado el cierre para siempre. Ahora las que permanecían abiertas, en su mayoría regentadas por chinos que trabajaban sin descanso, componían un paisaje de pequeños comercios de abastos o de todo a cien, incluso alguno de ropa y calzado barato de muy poca calidad.

De los establecimientos de antaño sólo resistía al paso de la memoria la mercería. Parecía eterna, como una plaza irreducible en el tiempo que se negase a claudicar ante el olvido. La regentaba el señor Andrés, un viejito inmortal que entre abalorios, corchetes, botones y ovillos de lana, siempre andaba terciando entre las acaloradas disputas de croché de sus clientas. El señor Andrés era como uno de esos gatos mansos y castrados que se regocija mientras se deja acariciar por su dueña; quizá el embeleso de su corte de señoras era la razón de su resistencia a finiquitar el negocio...

Los ultramarinos del señor Gregorio, tras varios negocios de todo tipo, se habían reconvertido en un locutorio, por lo que en los últimos años Eleuterio compraba las viandas en el supermercado que estaba emplazado en la calle de la cuesta. Aquel era un negocio franquiciado e impersonal pero con un logo bien diseñado en la fachada, en el que sólo trabajaban mujeres cuya categoría debía ser la de "chica para todo". Aquellas muchachas incansables lo mismo hacían de cajeras que reponían la mercancía, o que barrían los restos desparramados de algún estropicio cometido por algún cliente despreocupado. También les tocaba bregar con los pequeños hurtos de ladrones incómodos y de poca monta, o con los tercos ancianos que parecían no querer enterarse de que éste, o aquel producto, estaba sólo en oferta si al menos te llevabas dos artículos.

Pero a pesar de la nostalgia y la desazón de algunos, el tiempo y la vida no permanecían detenidos, como aguas estancadas, sino que fluían como un río imparable, pues el barrio seguía poblado por seres humanos. No sólo los negocios habían cambiado en aquel barrio humilde de gente trabajadora. El panorama racial presentaba un aspecto multicolor. Atraídos por la aparente prosperidad de los últimos años habían acudido inmigrantes de todas partes, credo y nacionalidad. Para bien y para mal, el barrio era una mezcla de olores, colores, sabores y sonidos. Cada cual en su terreno, pero todos en el mismo lugar. Sólo los más jóvenes entre los jóvenes nadaban como peces en la mixtura de los nuevos tiempos; a fin de cuentas el barrio siempre había sido así, tal y como lo habían conocido desde que habían venido al mundo. Por eso mezclaban sin pudor su identidad con la de otros pueblos, así como su amistad y sus pocas ganas de estudiar...

Eleuterio era una de esas personas mayores para las que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se enfrentaba a sus incertidumbres y miedos con ninguna resignación. Andaba inseguro con tanto cambio, lo cual era normal, ya que habitaba un territorio que parecía no reconocer. Siempre había sido un tipo apocado, y más lo era ahora que pasaba de los setenta. Durante sus paseos matutinos por el parque experimentaba cierta intranquilidad, y le entraba enorme desasosiego cuando alguien le preguntaba, en la calle, por tal o cuál dirección. Sobre todo si el que le interpelaba tenía un rostro desconocido de tez morena u ojos rasgados, como si le viniera a robar o le quisiera hacer daño. Y no es que Eleuterio fuese racista ni nada parecido; simplemente le sucedía que era poco aventurero, y que padecía de un miedo irrefrenable ante lo desconocido...

Eleuterio nunca se había casado, y tal vez era su soledad la que acrecentaba su paranoia frente a lo extraño. Desde que se jubiló, y como no tenía con quién discutir, mataba el tiempo, por las tardes, tomando una copichuela en el bar que estaba frente a su casa: "El bar Brasil". Por muchas cosas que hubiesen cambiado, en el barrio siempre quedaban unos cuantos bares como último refugio al que poder acudir en caso de naufragio vital. Pese a su nombre prometedor, el bar Brasil era un tugurio lúgubre, sucio y triste, al que apenas arribaban, cual expedicionarios desorientados, Eleuterio y otros cuantos parroquianos habituales, la mayoría tan entrados en años como él. En la penumbra de un rincón del bar Brasil, se atisbaba un desgastado futbolín al que parecía que hubiesen medio abandonado. Lo único alegre de aquel lugar era el soniquete embaucador de la máquina tragaperras. Al dueño, el señor Nemesio, se le podía encontrar a todas horas mirando con desgana la tele, y casi siempre en la misma postura: el codo derecho anclado a la barra, mientras la mano sostenía la cabeza por el mentón de la barbilla, o más bien la recogía, porque parecía que quisiera desparramársele. De vez en cuando el señor Nemesio cambiaba el apoyo derecho por el izquierdo. Sólo dejaba su estado de letargo cuando tenía que servir alguna consumición. De paso, aprovechaba para fregotear con parsimonia algún que otro cacharro. Después deslizaba una bayeta milenaria sobre la barra, que a su paso dejaba una estela de espuma revuelta como la de un barco sobre el mar...

Pero cuando en la tele programaban algún partido de fútbol interesante, el bar Brasil bullía de entusiasmo. Pues otra de las novedades de los últimos tiempos era que los grandes partidos sólo se podían ver en los canales de pago. Así que la desdicha de cines y teatros, que quedaban semivacíos cuando pasaban fútbol por la tele, coincidía con los días más soleados y venturosos del bar Brasil. El señor Nemesio, para encandilar a la clientela, se había abonado a uno de estos canales de pago. Y aunque muchos de los que allí se retrataban para ver los partidos perjuraban que, a través de la mugre de las mesas, se podía dibujar con el dedo, en las tardes de gran fútbol el antro reverdecía de un público bullanguero y de toda nacionalidad y color. Pues el bar Brasil lucía un enorme televisor de plasma colocado en todo lo alto, y disponía de un amplio espacio para ver la pantalla desde todas partes. Cuando había fútbol el pobre Nemesio se veía desbordado con la tarea de emplatar y servir tanta aceituna, y por eso su esposa se presentaba a su rescate, para echarle una mano...

Independientemente del país de origen o creencias de cada cual, los clientes del bar Brasil sentían aversión o devoción por éste o aquél equipo de fútbol. Por lo que fuera, el deporte balompédico parecía haberse convertido en el lenguaje universal de cualquier barrio. Todo el mundo, en todas partes, llevaba un entrenador dentro. Durante los descansos de los partidos se formaban en el bar Brasil animosas tertulias, en las que los habituales le tomaban el pelo a los ocasionales, y viceversa.

Sólo gracias al fútbol Eleuterio tuvo la oportunidad de conocer un poco mejor a su vecino Alexander, quien bajaba también al bar Brasil a ver los partidos de fútbol. Alexander era un peruano de entre 30 y 40 años que vivía con su familia, desde hacía dos años, en el último piso del mismo bloque en que residía Eleuterio. Antes de coincidir en el bar, ambos vecinos apenas se habían intercambiado más que un par de holas y adioses al cruzarse en la escalera. Pero después de sus encuentros en el bar Brasil, y pese a la diferencia de edad, se cayeron en gracia, y comenzaron a tratar de una manera más que cordial. Pues resultó que los dos eran aficionados del Atlético de Madrid.

Pese a que los hechos habían conducido a una convivencia inevitable, a Eleuterio los miedos y recelos lo siguieron acompañando. Alexander y su señora habían intentado invitarlo a comer, pero el viejo siempre había declinado con sinceridad algo tosca:

-Gracias, muy amables, pero no me gustan esas comidas raras que ustedes hacen.

Y lo decía sin haber probado nunca el arroz chaufa o la papa a la huancaína, como si sus vecinos fueran caníbales. Aquellos jóvenes amables hacían como que no se daban por aludidos, mientras el viejo insistía en sus reticencias y aprovechaba para endosarles la misma charla de siempre: que si nada como la comida española, que si el barrio ya no era lo que era, que si en los ultramarinos del señor Gregorio vendían un queso manchego auténtico, que eso sí que era queso manchego, y no el de ahora, el del supermercado... En fin, la misma cantilena repetida. Alexander replicaba a Eleuterio con su ironía limeña:

-Ya le voy yo a traer queso manchego cuando vaya a Perú, señor Luterio, ya le voy yo a traer...

Y ante aquella burla el viejo refunfuñaba...

Una mañana, Eleuterio entró en el bar echando pestes y culebras por la boca. Venía irritado porque había pisado en la calle una mierda.

-¡Todo el barrio está lleno de cacas de perro! ¡La gente es una puerca!

-¿Qué le pasó, señor Luterio, por qué está tan enojado? -curioseó Alexander, que no había percibido bien los balbuceos de su vecino. Alexander estaba aquella mañana en el bar Brasil por casualidad, convidándose con un paisano y amigo que había ido a visitarle.

-Naaaada. -respondió enrabietado Eleuterio-. Que el barrio está hecho un asco y lleno de gentuza.

-No será pa' tanto, también hay gente buena. Mire, le presento a mi pata del alma, un compatriota y buen amigo mío.

-Zacarías, gusto de conocerlo.

-Eleuterio. Para lo que quiera, vivo ahí en frente. Pero este amigo suyo no se entera, y me dice Luterio. Eeeeeleeeeuuuuteeeerio, con la E de España por delante. Su amigo de usté es un bruto, y todavía no ha aprendido a decir bien mi nombre; la única cosa buena que tiene es que es del Atleti.

-Bueno, vecino, no me ofenda. -se defendió Alexander, con una sonrisa-. Es que tiene usted un nombrecito... ¿Y qué le pasó?

-¡Pues que pisé una caca de perro! -respondió el viejo indignado.

-¡Ooooh! ¿Síii? Ahora entiendo su enojo. Pues mire que a usted le vendría bien tener un perrito. Así no viviría solo, y tendría alguien con quien pasear.

Para sorpresa de Alexander, que sólo pretendía pinchar un poco al viejo, éste le salió con el comentario de que alguna vez había pensado lo mismo.

-Pero yo no quiero uno de esos perros chiquitujos que no tienen ni medio puntapié -arguyó Eleuterio-. Uno bien grande me gustaría a mí tener, para que nadie se me acerque.

-No sea tan insociable vecino -le alentó Alexander-. La gente no va a morderle a usted.

-¡Eso mismo! ¡Un perro grande que muerda!

-Es usted terrible, señor Luterio.

-Pues mi perra acaba de tener cachorros -intervino Zacarías-. ¿No querrá uno?

-¡Pero no, Zacarías!, ¿cómo vas a entregar un perro de esos a este viejito?

-¿Y qué hay con el chucho ese? -preguntó intrigado Eleuterio.

-Pues como que es de una de esas razas mexicanas como medio peligrosas -dijo Alexander.

Zacarías estaba interesado en desprenderse a toda costa de los cachorros, así que insistió en su oferta.

-Un perro guachinango. ¿Quiere que se lo traiga mañana?

-¡Pero no, hermano!, ¿cómo se lo vas a traer? Esos perros se vuelven medio locos... Mi papá tuvo uno, allá en Lima, y lo tuvo que sacrificar.

-¿Y por cuánto me lo vende, majo? -preguntó Eleuterio.

-Pues casi como que se lo medio regalo. Lo que me quiera usted dar. Yo se lo traigo, lo ve, y si le gusta luego ya llegamos a un acuerdo. Va a ver cómo ese perro sí le protege bien.

Eleuterio no quiso escuchar las razones disuasorias de su vecino Alexander. Al final el asunto quedó en que Zacarías le traería el perrito al día siguiente. Cuando Alexander le comentó toda la historia del can a su mujer, ésta le replicó que para qué le vino con esas vainas al viejito, y por qué no le calló la boca a su amigo Zacarías.

-Ese pendejo de tu amigo es bien enredador -le echó en cara la mujer.

Alexander quedó algo contrariado con Zacarías, quien con tal de deshacerse de los perritos no había querido atender a su advertencia, de que cuando el animal creciera sería demasiado perro para un señor tan mayor.

A la mañana siguiente Zacarías apareció con el cachorro. Los 50 euros que le entregó Eleuterio le parecieron más que suficientes, por lo inesperado del trato. Alguno de los perritos hermanos simplemente lo había regalado.

-Usted dele al chucho en todo el hocicote si se porta mal -aconsejó Zacarías al viejo-. Tiene que demostrarle quién es el amo. ¿Y cómo le va a llamar?

-¡Futre! -respondió Eleuterio con entusiasmo-. Como aquel futbolista del Atleti...

La vitalidad del cachorro pronto empezó a superar las energías de Eleuterio. Pese a los consejos disuasorios de su vecino, no había previsto los inconvenientes de tener un perro. Nunca en su vida se había visto tan desbordado. Además, todo el día se lo pasaba recogiendo las inmundicias que Futre diseminaba por todas partes. Le corregía como a un nieto travieso que no le hiciera caso. Cuando el perrito tenía a bien apaciguarse un instante, Eleuterio se sentaba en el sofá para tomar un poco de resuello. Entonces se infundía ánimos a sí mismo, imaginado sus futuros paseos triunfales por el parque, junto al que llegaría a ser un robusto y temible can, que sólo respondería ante sus órdenes...

Y llegó por fin el día en el que el amo sacó de paseo por la calle a la mascota. Aunque en realidad, nadie podía asegurar que en aquella relación el señor Eleuterio era el amo, sino más bien parecía lo contrario, pues Futre lo llevaba a él en volandas. Las caminatas no resultaron de la majestuosidad y empaque que Eleuterio había imaginado. Aunque al menos, eso sí, el perro infundía respeto.

-¡Vaya perrazo! -decía algún vecino, entre admirado y asustado-. ¿De qué raza es?

-¡Guachinango! -masticaba la palabra Eleuterio, como buen castizo-. No se acerque mucho ni se le ocurra tocarlo, no le vaya a morder.

Y ahí se zanjaba la conversación, pues el viejito debía proseguir por donde Futre deseaba, mientras forcejeaba de la correa tratando de retenerlo.

Aquel perrazo cambió los hábitos y costumbres de Eleuterio. El pobre viejo ya no veía el momento de acercarse al bar, por no dejar a Futre solo en casa. Para una tarde que bajó al bar Brasil a ver la final de la Liga de Campeones, Futre le destrozó a mordiscos el sofá del salón.

-Ya se lo advertí -le recordó Alexander-, esos perros son de una raza indómita.

Por más empeño que puso Eleuterio en educar a su perro, no encontró la manera de hacer carrera con él. Al menos le sirvió de distracción, y dejó de prestar tanta atención a sus temores, y a la sensación de inseguridad. Cuando paseaba por el barrio ya tenía más que suficiente con ir pendiente de Futre, para que no se le escapara, no fuera a terminar mordiendo a alguien. El viejo incluso empezó a mirar para otro lado cuando veía cacas de perro desperdigadas sobre las aceras.

Una tarde, desde su casa, Alexander creyó escuchar gritos de socorro con el timbre de voz de su vecino Eleuterio. Cuando se asomó al patio interior, pudo comprobar que, efectivamente, los gritos procedían del piso del viejito. Por lo visto Eleuterio se había refugiado en el baño, escapando de los mordiscos de su perro Futre.

-¡Aguante ahí, señor Luterio! -intentó tranquilizarlo Alexander-. Ahorita vamos a tratar de ver cómo podemos rescatarlo, pero primero hemos de cuidar que su perro guachinango no nos muerda a nosotros.

Con no poco esfuerzo, una unidad especializada del Ayuntamiento consiguió reducir al can. Afortunadamente, todo el mundo salió ileso. Eso sí: Eleuterio terminó con el susto de su vida. Lo que menos había podido imaginar el pobre viejo, al que tanto temor le infundió desde siempre lo desconocido, era que, tratando de buscar el remedio para sentirse más seguro, iba a terminar metiendo al diablo en casa. Paradojas de la vida...

Eleuterio no quiso saber jamás de perros guachinangos ni de ninguna otra raza. Procuró seguir con su vida como si tal cosa: con sus miedos e inseguridades, pero también con sus paseos por el parque, y sus tertulias futboleras en el bar Brasil...

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