22 de diciembre de 2014

Buscando fortuna

Avión de papel
Algunas de las historias que habitaban este blog partieron a otros lugares en busca de fortuna. Quizá pasado mañana regresen al que hasta hoy fue su hogar, o tal vez se encuentren más cómodas en algún paraje remoto y decidan no regresar jamás. Sólo el futuro será capaz de poner luz a este breve dilema sin importancia...

16 de diciembre de 2014

Arrullos para un final de vacaciones

(Continuación de La amante de Picasso. Comenzó en El veraneo)

Nevera
Elvira andaba maquinando alguna argucia con la que convencer al conductor para que llevase el autobús a toda velocidad. También era mala pata que hubieran pinchado una rueda, con lo que se habían demorado media hora larga, en solventar la avería. Cierta angustia la afligía, porque veía que no llegaban a tiempo a su destino. Temía que su niño el mayor, el Andresito, que venía en otro bus desde el pueblo de la tía Charo, se quedase igual que un huérfano, desamparado esperando solo en la estación. Pero el chófer, indiferente a sus lamentos de madre abnegada, ya le había dicho una y mil veces que no le estaba permitido ir más deprisa, que atentaba contra las normas de tráfico y no quería tener disgustos con la Guardia Civil.

Lo que más le sacaba de los nervios era ver al marido todo repanchigado en su butaca, como si le importase un comino la suerte de su hijo. Incluso el muy cachazudo, apoltronado con el asiento inclinado hacia atrás, había intentado dormirse y todo. La tenía frita, pero ella ya se encargaba de desperezarlo hincándole el codo de vez en cuando, y apretándole las tuercas para que hablara seriamente con el conductor. Timoteo había intentado esquivar sus argumentos, insistiéndole que el niño no era tan pequeño, ni tan tonto como para no saber qué hacer si se le tocaba esperar. "¡Pero cómo que no es tan pequeño, si sólo tiene seis años!", había protestado ella. "Seis años para siete", había puntualizado él. A Elvira, más que nada, la derrotaba la pachorra congénita de su marido.

No llegó a adivinar Elvira que, el bus en que regresaba su chico el mayor, estaba tan desmigado y achacoso que si arribó ese día a puerto fue de puro milagro. Se podía haber ahorrado todo el sofoco y el mal genio con que aderezó al marido durante el viaje, pero para cuando el bus llegó a su destino ya no había remedio para restañar las heridas conyugales. Timoteo no se atrevió a echar más leña al fuego, y simplemente calló por fuera. En su interior hervía a fuego lento, a pesar de lo calmoso que era. Como dos pasmarotes, no les cupo más remedio que aguardar la llegada del Andresito, postergados, igual que enseres inútiles, contra uno de los muros descascarillados de la estación, entre un gentío de viajeros de ida y vuelta.

Más de cuarenta minutos les tocó esperar. El pequeño Andrés parecía un pollito cuando descendió del autobús, destilando sudor entre el vello fino de su carita de ángel. Cual bayeta, Elvira restregó su mano ensopada por el rostro del niño, en un intento, tan maternal como inútil, por absorber el sudor. Luego lo apretujó contra sus labios, y lo besuqueó sin miramientos. El papá aprovechó un resquicio para acariciarle el cabello. Entonces Elvira, adueñándose del Andresito por completo, envío al marido en busca de la maleta del niño.

El marido debía ser medio tonto, pues no servía ni para recoger una maleta. Elvira escudriñó el maletero del autobús, y determinó que algún amante de lo ajeno había birlado el equipaje del pequeño Andrés. "¡Con que ya es mayor y puede apañárselas solo!", clamó a los cuatro vientos. Preguntó al chaval si la tía Charo había guardado la maleta en el portaequipajes. Entonces el pequeño señaló el único bulto que descansaba ya en el maletero: la maleta triste y acartonada que viajó con él de veraneo, tornaba ahora remozada con dibujos coloristas y felices. Elvira aludió a la salud mental de su tía, meneando la cabeza con aire de resignación. El marido, con una sonrisilla contenida que acentuaba su aspecto bobalicón de macho castrado, inclinó la cerviz para recoger el equipaje del niño.

Los tres llegaron a casa extenuados por tanto viaje y calor. Aunque Elvira recibió, por fin, el solaz que le otorgaban unos territorios en los que se reconocía como única dueña y señora, la despensa y el frigorífico le salieron con el cuento de que andaban tan desnudos como les habían traído a este mundo. Siendo domingo y a las horas que eran, montar una expedición a la caza de una tienda abierta, en donde encontrar algo de comer, constituía una empresa vana. Así que Elvira se aventuró a casa de su vecina, a ver si al menos le podía prestar un par de huevos y unas cuantas patatas. Esquivó como pudo el ímpetu chismoso de la vecina, que lo quería saber todo sobre sus vacaciones en la playa: "Todo bien, el apartamento chiquito pero limpio, la mar salada, el cielo sin una nube, sólo me mojé los pies, y en los baños una cola que pa qué. Mi Timoteo me invitó a helado y sardinas. Al Andresito ya lo recogimos, que vino del pueblo, de visitar a mi tía Charo, ya te conté; a los dos pequeños los iremos esta tarde a buscar. Anda, déjame por favor unos huevos y patatas para que podamos comer siquiera una tortilla, que tengo la casa pelá". De paso la vecina le agradeció las gachas que Elvira le había preparado antes de las vacaciones, "riquísimas", y le devolvió el plato vacío y limpio.

La tortilla de tres huevos y cuatro patatas se esfumó en un visto y no visto. Como supo a tan poco, Elvira anticipó una de las sorpresas que traía para sus hijos, sacando de la maleta una tableta de turrón que guardaba para cuando todos estuvieran reunidos. Le entregó un pedazo al Andresito, no sin antes hacerle prometer que no le contase nada a sus hermanos. El niño aceptó el trato que su madre le imponía. Mientras daba cuentas de su porción de turrón, le relató a los papás cómo la tía Charo le daba de merendar, todas las tardes, pan con chocolate. Al hilo de esa declaración, Elvira aprovechó para interrogar al chiquillo acerca de su estancia en el pueblo y las particularidades de la tía.

Timoteo se disculpó entonces, para ir a echarse un rato la siesta. Pero su mujer le reclamó que primero quitase la mesa y fregase los cuatro platos sucios de la comida. Desde la cocina, entremezclado con el sonido del agua del grifo y el entrechocar de la loza, pudo escuchar con claridad el hilo de voz de Andresito. Timoteo afinó el oído cuando sintió al chiquillo decir que la tía Charo tenía un amigo, allá en París, que se llamaba Picasso, y que le había regalado una escultura que a él le daba mucho miedo, porque representaba como a un demonio, pero que a la tía le gustaba porque ese señor era su novio y se lo perdonaba todo. El papá se sintió tan intrigado con la historia de aquellos amoríos desconocidos en que andaba envuelta la tía, que tras terminar de fregar se olvidó de su siesta, y volvió a sentarse en torno a la mesa para continuar escuchando la novela.

Al ver la expectación que generaba con su crónica, Andresito se creció. Relató cómo todas las tardes acompañaba a la tía a casa de unas señoras muy, muy viejas, que eran unas amigas suyas pero un poco raras. Todas iban de negro menos la tía, que era la única que no se vestía de bruja, sino que todos sus vestidos eran de colores muy alegres, ya que era la jefa de todas las demás. El niño también contó que aquella viejas se reunían en una habitación oscura con todas las persianas bajadas, y que allí olía como cuando llenan de flores la iglesia. Andresito dijo que las señoras se entretenían en echar cartas sobre una mesa redonda, y fantaseó -porque le pareció que quedaba bien para la historia que contaba- con que en medio de la mesa había una bola cristal, en la que las viejas decían ver cosas extrañas que él no entendía muy bien. La tía Charo, sobre todo, casi nunca estaba de acuerdo con lo que las otras decían ver, y por eso las demás se burlaban de ella todo el tiempo.

Timoteo preguntó al niño si había llegado a conocer al novio de la tía Charo. Andresito respondió que no, pero que había visto una foto suya que tenía la tía colgada en la pared, en una habitación azul, y que aquel hombre era calvo como una sandía.

Elvira, algo preocupada porque la tía hubiera llenado de pájaros la mente inmadura de su pequeño Andrés, consideró que ya estaba bien de tanto cuento sobre brujas y amoríos. Tenía más que suficiente con que la tía hubiera pintarrajeado una de sus pocas maletas, con un desatinado paisaje de monigotes indignos de un equipaje formal. Así que aprovechó para cambiar de tercio y poner a todos en marcha, camino del hospicio de las Hermanitas de San Cipriano. Ya iba siendo hora de que fuesen a recoger a sus dos pertenencias más valiosas: sus dos hijitos más pequeños. Rebuscó en la cómoda el recibí que le entregaron las monjas, a cambio del depósito de los niños, y para allá se fueron los tres.

Con la cara larga de funeral que usaba por costumbre, la madre Filomena recibió a Elvira y compañía. Les informó que los niños andaban correteando allá en el pinar. Así que, o se daban un paseíto e iban a buscarlos, o esperaban a que regresaran de sus juegos. Timoteo hubiera preferido esperar. Pero como a su mujer siempre le inquietaba en gran manera lo de hacer nada, preguntando, preguntando por el pinar, allí se presentaron los tres.

Por lo que fuera, no encontraron ningún chiquillo; sólo cuatro o cinco pinos solitarios, y una nube de polvo que parecía el rescoldo de una cruenta y reciente batalla. A Elvira le molestó que su marido le reclamase que habían hecho la caminata en balde, como si ella no se percatara de lo evidente. Tomaron el camino inverso por donde habían venido. Nada más traspasar el portón del orfanato, se dieron de bruces con un enjambre caótico y bullicioso, de personitas que, por fuerza, debían estar implicadas en el asunto de la atmósfera revuelta y densa que encontraron en el pinar.

El enjambre calló repentinamente, cuando uno de aquellos zánganos alborotados gritó "¡mamá!". La palabra prohibida provocó un silencio incómodo, que encogió, por motivos bien distintos, tanto el corazón de los adultos allí presentes, como el de los chiquillos huérfanos. El que gritaba era Juanito, que, indiferente al maremoto de emociones que desataba, atravesó el patio a la carrera para ir a abrazar a su mamá. Anita, la hermana menor, fue más cautelosa con los sentimientos de sus amiguitas, y antes de partir hacia donde estaba su familia se disculpó por tener que interrumpir el juego de turno.

No tardó la madre Dolores en intentar recomponer el ambiente de funeral que estaba provocando la partida de los dos niños. Por enésima vez en aquel verano, volvió a interpretar el papel del rey Luis XIII que Alejandro Dumas perfiló en su obra "Los tres mosqueteros". Con la colaboración de la hermana Martina, arremolinó a sus pequeños espadachines y damiselas en torno suyo, y por medio de palabras confidenciales, les invitó a unirse a  una tarea encomiable que sólo ellos y ellas podían llevar a cabo. Para que Juanito y Anita tuvieran una despedida como Dios manda, y nos les olvidasen jamás, entre todos debían interpretar la canción secreta de los tres mosqueteros.

A lo lejos, aún se percibía nítido el coro de voces angelicales, cuando, rumbo a casa, Elvira y su familia franquearon los límites de la calle del orfanato. Durante el camino, Juanito no paró de referir anécdotas sobre batallas y emboscadas, en las que él siempre era el caballero D'Artagnan, y, con su espada, daba cuenta de los malos. Por su parte, Anita anduvo más mimosa que de costumbre. Lloriqueó porque quería quedarse un ratito más a jugar con sus amigas del hospicio. Le preguntó a su mamá si podrían venir, todas ellas, a dormir alguna noche en casa. Elvira le aseguró que no había ningún impedimento para ello, que un día papá iría a buscarlas y les harían un huequito para que todas, las treinta y ocho, durmiesen en su habitación. Juanito también pidió permiso para traer a sus amiguitos. Su mamá le dijo que contase con ello, que en casa cabían todos, y que también podían quedarse a dormir las monjas, si no tenían otra cosa que hacer. Quizá por su facilidad para dibujar, la fantasía de Andresito no estaba reñida con su sentido de las proporciones. Tras escuchar aquellas peticiones de alojamiento desmesurado de sus dos hermanos más pequeños, manifestó con rotundidad a su padre: "No van a caber todos".

Cuando llegaron a casa, Elvira ordenó al marido que llenase la bañera de agua. Primero se dio ella un remojón rapidito; luego apremió a Timoteo para que, en el mismo agua, procediese de igual manera. El siguiente en la lista fue el Andresito, que avió Elvira en un santiamén. Para el final dejó a los dos pequeños. En los recovecos de sus diminutos cuerpos, formando una pátina de color entre ocre y ceniciento, el polvo del pinar había hecho costra con el sudor. Sólo gracias a su acreditación de madre, consiguió desprender aquella terca suciedad, y no sin ciertas dificultades. Para ello remojó a los chiquillos con una esponja, antes de restregarlos a conciencia con el estropajo. Después de secarlos, ponerles sus ropitas y peinarlos, le quedaron de Primera Comunión.

Ya iba acercándose la hora de cenar. Como la despensa seguía igual de vacía, Elvira envió al marido a ver si daba con algún bar abierto y le podían servir unos cuantos bocadillos. Los tres niños cogieron al vuelo la onda del recado, y suplicaron al papá que les trajese también una Pepsi Cola. La mamá liquidó las expectativas refrescantes de sus tres retoños, replicándoles que para pepsicolas estaban, después de todo el gasto que habían supuesto las vacaciones.

Mientras el papá acudía solícito a pescar la cena, Andresito, por entretenerse, fue en busca de la maleta de colores que había traído del pueblo. Aparte de unas cuantas mudas de ropa usada, en el interior guardaba todo un surtido de lápices de colores, pinturas, y cuadernos de dibujo. "¡Ya te dejó en herencia la tía Charo su vicio de pintar!", exclamó su madre. Por un momento Elvira temió que se fuera a poner perdido de pintura, sobre todo ahora que estaba recién bañado. Pero el niño la desarboló con el ritual cuidadoso con que desempacaba aquellos chismes de artista, así que simplemente le puso una condición: "Cuida que tus hermanos no toquen tus pinturas, no se vayan a manchar". En el fondo, Elvira quería evitar que Anita y Juanito malograsen aquellos materiales que veía tratar a su Andresito con tanto primor.

Cuando Timoteo regresó con los bocadillos, el pequeño Andrés ya había retratado, en uno de sus cuadernos, a media familia. Con sorna, Elvira le preguntó al marido si había ido hasta la otra punta de la ciudad a por los bocadillos. Él puso la excusa de que se había encontrado en el bar con un vecino; ella, por el aliento afrutado, adivinó que se había tomado un chato de vino. Se sentaron todos en torno a la mesa para cenar. Como por arte de magia, Timoteo hizo aparecer un litro de cerveza y otro de gaseosa, y los niños aplaudieron emocionados. Elvira también se unió a la fiesta, rellenado con gaseosa, hasta poco más de la mitad, los vasos de todos. Claro que, el de ella y el de su marido, los terminó de completar con cerveza.

Toda la familia ayudó a recoger la mesa después de cenar. Elvira sacó los regalos que había traído, nada menos, que desde la playa. Explicó a los niños que el mar era como una piscina infinita y salada. Confesó que lo que más le había gustado de aquel lugar, que habían visitado papá y mamá, era el turrón y las sardinas a la brasa. Hizo aparecer, intentando emular la puesta en escena del marido, la media tableta que quedaba de turrón. Antes de hacerla añicos, guiñó un ojo al Andresito; después repartió los pedazos entre todos los presentes. A continuación, Elvira sacó un pañuelo anudado en forma de hatillo. La paciencia que le faltaba a ella le sobró a su marido para deshacer el nudo de aquel envoltorio. El pañuelo se abrió como una flor que dejase caer con levedad sus cuatro pétalos. En su interior escondía una colección preciosa de conchas y estrellitas de mar, que los tres niños se disputaron bajo la intermediación apaciguadora de la madre.

El número final de Elvira estaba reservado para una gran caracola en la que, según dijo a los niños, se podía escuchar el mar. Por riguroso orden de menor a mayor, los tres niños arrimaron su orejita, uno por uno, a esa cavidad portátil que un día olvidó una ola en una playa de Villajoyosa. Cada hermano dio su interpretación particular sobre aquel murmullo marino, aunque el más expresivo fue Juanito, que manifestó que el mar sonaba igual que el aliento de un fantasma.

Cuando poco más tarde el cansancio empujó a los niños hacia sus camitas, el eco de aquel rumor de olas fantasmagórico se encargó de arrullarlos para que se quedaran dormidos. Antes de irse a dormir también, Timoteo apuró la botella de cerveza y echó un eructo sin ningún complejo de culpa. Luego, mientras el sueño le vencía, a su lado en la cama Elvira hacía balance de unas vacaciones efímeras, arrullada por el runrún del frigorífico deshabitado que gimoteaba desde la cocina...

12 de diciembre de 2014

La amante de Picasso

(Continuación de Una semana de aúpa. Comenzó en El veraneo)

Picasso: Mujer desnuda en un sillón rojo
Igual que palomas alborotadas, un corrillo de mujeres curiosas revoloteaba en torno al pequeño forastero. El bus de la una menos cuarto, tan destartalado como el chófer que lo conducía, había traído al niño hasta aquel pueblo áspero y apartado. Al conductor no le cupo más remedio que dejar al chiquillo a merced de esa jauría de faldas hambrienta de novedades, pues el supuesto familiar que debía venir a recogerlo no se había presentado. Antes de proseguir con la ruta, el buen hombre esperó unos minutos con el motor encendido de su tartana rodante, cuyo tubo de escape trastocó la atmósfera inmaculada del pueblo en una nube asfixiante y espesa. Mientras tanto, apuró la colilla de un cigarro habano con el que, durante un viaje tortuoso e inacabable, había venido perfumando al pasaje de turno. Pero las obligaciones eran lo primero, por lo que apeló al cumplimiento del deber, se desentendió del niño, y se perdió con su bus humeante entre los parajes más polvorientos e inéditos de Castilla la Vieja.

Poco pudo sonsacarle al chiquillo aquel mujerío inquieto. La sensación de abandono acrecentaba la timidez del niño, que respondía con monosílabos a las preguntas inquisitoriales con que le mareaban unas y otras. Sólo sacaron en claro que se llamaba Andrés, y que había venido para visitar a una tía suya o de su madre (el grado de parentesco les quedó turbio), pero no recordaba el nombre de ésta. Las mujeres, por ver si el niño refrescaba la memoria y encontraban una pista que les acercase a ese pariente desconocido, empezaron a recitar de carrerilla todo el santoral católico de vírgenes y mártires, con la misma parsimonia con que, al caer la tarde, entonaban las novenas en la iglesia en compañía del padre Benito.

Cautivas por el apremio de sus quehaceres domésticos, y al hilo del recordatorio palpable del párroco del pueblo, el corrillo de dueñas de su casa allí congregado decidió -en asamblea popular improvisada y por unanimidad-, que lo más indicado era cargar el mochuelo al sacerdote. Para que él mismo dispusiese, con toda la solvencia que le otorgaba el cargo, lo que mejor conviniera en pro del bien del muchacho.

En éstas estaba la cofradía de comadres cuando entre ellas se abrió paso otra mujer, bien entrada en años, y cuyo vestido, de colores vivos y alegres, contrastaba con los tonos ocres y negros de las primeras. Era la tía Charo, que acudía al rescate de su sobrino-nieto cuando ya el bus, procedente de la capital de la provincia, hacía más de quince minutos que se había marchado. En el pueblo todo el mundo sabía que la Charo acostumbraba a vivir sin horarios ni ataduras. Las mujeres se reprocharon el poco tino que tuvieron, por no anticipar el evidente parentesco entre su vecina más particular y aquel chiquillo de aspecto desamparado.

Aunque no lo había visto jamás en la vida, la tía Charo reconoció al infante como pariente suyo sin ningún género de dudas. Las orejas de soplillo lo delataban como hijo legítimo del marido de su sobrina Elvira. "Andresito, eres el vivo retrato del Timoteo", le dijo la tía antes de merendárselo a besos. Además, al chiquillo lo acompañaba, aparte de una maleta famélica que parecía de cartón, un aire de distraído que le recordaba a ella misma.

La tía Charo agradeció a sus vecinas las atenciones prestadas a "este renacuajo esmirriado de patillas enclenques que ha venido a visitarme" -así les dijo literalmente-. No les dio más explicaciones ni pidió disculpas por la tardanza. Cargó con la maleta del niño y, como el sol de agosto pegaba con fuerza en todo lo alto, lo condujo hasta su casa por la acera donde aún persistía una pizca de sombra rebelde.

Por fuera aquella casa era como otras tantas de las de familia acomodada, con sus grandes sillares de piedra, el portón con aldaba, las ventanas amplias, y unos balcones egregios con barandilla de forja. Por dentro, seguramente la casa difería de cualquier otra del pueblo. Nada más cruzar el portón de entrada, un revoltijo de esculturas, pinturas y otros objetos dispares, disputaban el espacio y las paredes de un hogar con claroscuros por todas partes. La tía Charo había decidido pintar las paredes de cada habitación de un color distinto, porque, según le explicó al pequeño Andresito, "las emociones de uno también son bien distintas y se muestran de un color diferente cada día".

Ya de primeras, a la tía no le gustó nada el nombre de Andrés. Le disgustaba, sobre todo, el diminutivo "Andresito", que la mamá del niño utilizaba. Le parecía tan vulgar, que acortó un ápice aquel nombre dejándolo en André, que desde luego era mucho más francés y sofisticado. Durante el periodo de entre guerras de la primera mitad del siglo XX, la tía Charo había pasado parte de su juventud en París, intentando aprender el oficio de artista. Desde entonces la perseguía la nostalgia de sus años de soñadora, e incluso presumía, ante las cuatro o cinco amigas sinceras que tenía en el pueblo, de haber sido amante de Pablo Picasso. Sus amigas apenas sabían, más que por ella, quién era aquel señor del que hablaba a todas horas, y se escandalizaban, sobre todo, porque pregonara sin pudor, a los cuatro vientos, su vocación de amante ocasional.

Tras tantos años sin tener contacto con ninguno de sus familiares, la tía Charo había llegado a pensar que la habían olvidado para siempre. Desde que murió su única hermana -la abuela del niño-, ya nada había sido lo que fue. Las dos hermanas nunca perdieron el contacto ni dejaron de telefonearse en la distancia. Y eso a pesar del resquemor de su hermana mayor porque el papá de ambas gastó parte de la fortuna familiar en mandarla a estudiar a París. De niña, la tía Charo dibujaba claro y bonito, por lo que el papá tuvo ilusión por que su hija fuera artista. Al buen padre alguien le recomendó que, por entonces, donde mejor se aprendía el oficio de pintor era en París. Allá envío a su Charito con una maleta llena de lápices de colores, tres enaguas, cuatro vestidos y poco más. Dos años después, durante un veraneo, regresó al pueblo con un montón de dibujos y pinturas bajo el brazo. Cuando el papá contempló el desatino de garabatos desdibujados repletos de colores muertos, le entró tal sofocón que, del disgusto, partió para la tumba en un visto y no visto. Desde entonces la tía Charo no salió del pueblo, y no volvió a recuperar la vocación de artista hasta cuando, años más tarde, también su madre murió, y ya no hubo temor de alborotar los sentimientos de nadie.

Parecía que André había llegado justo a tiempo para distraerla de su soledad. Durante la tarde del primer día, la tía le hizo un dibujo de una vasija con motivos acaracolados, en la que el niño se reconoció de inmediato. Le disgustó que ella hubiera exagerado aún más sus orejas, dispuestas a modo de asas en aquel recipiente. La tía Charo le explicó al niño que sus orejas le caracterizaban, y que sobre todo debía sentirse orgulloso por lo que era parte de su esencia. André no comprendió nada, pero se conformó con el argumento cuando le dejó unas cuantas pinturas y una hoja de papel. Trazó, con muy buen tino, una versión de la vasija que su tía-abuela había dibujado para él. La tía Charo se reconoció, a su vez, en las grandes ojeras con arrugas que André esbozó en mitad del cuenco. Al mismo tiempo reverdeció los recuerdos de su infancia, al sentir en su propia piel las emociones de un papá complaciente que entonces la observaba a ella dibujar.

La mañana siguiente, y la otras, Charo y André no dejaron de hacerse compañía mientras dibujaban y pintaban. Con impaciencia de charlatán, la tía enseñaba al niño técnicas pictóricas que tenía casi olvidadas, y éste las absorbía con sed de esponja. Sobre todo se divertían pintando con las manos. André no llegaba a comprender cómo una señora, de apariencia tan respetable, no tenía remilgos para embadurnarse con pintura por todas partes. Se acordaba de su mamá, quien ante el menor atisbo de que pudiera mancharse acostumbraba a soltarle una regañina amenazadora.

Por las tardes, después de comer, Charo solía echarse la siesta. Aquella semana apenas consiguió dar una que otra cabezada. Estuvo aburriendo al chiquillo con batallitas deslumbrantes sobre su estancia en París. Aun cuando el niño quedaba rendido por el sueño, ella proseguía con sus historias como si nada, explicándole al detalle, y sin el menor pudor, su amistad desenfrenada con todo un elenco de artistas que ya enfilaban, por aquel entonces, el paso a la posteridad. Sin ir más lejos le contó, por ejemplo, que la escultura de la habitación azul se la había regalado Picasso, cuando aún tenía pelo. A André le inquietaba mucho esa escultura, a medio camino entre un hombre y un animal, por lo que no se atrevía a entrar a solas en aquella habitación celeste.

Cuando la tía consideraba que ya habían tenido suficiente siesta, descorría un poco las cortinas. La intensa luz de agosto se colaba por cada rendija de las persianas, haciendo que el verde manzana de las paredes del dormitorio se manifestara en todo su esplendor. En la despensa Charo escondía un tesoro propio de onzas de chocolate, que fue desvalijando para dar de merendar al niño. Después de merendar se lo llevaba a casa de sus amigas, con la intención de jugar a las cartas y, de paso, presumir del chiquillo.

No es que la tía Charo fuera muy aficionada a los naipes, pero en el pueblo no había otra cosa en qué entretenerse. Hacía años que había desistido de convencer a sus amigas para que jugasen a la baraja francesa. No había manera de hacerlas abandonar unas férreas costumbres, que iban del tute al julepe, y del julepe a la brisca. Mientras se jugaban cuatro cuartos -por eso de mantener la emoción-, las amigas se burlaban de ella por unas historias que consideraban exageradas, siempre acerca del mismo asunto: su vida bohemia en París. Aquella semana, sin embargo, el único tema de conversación de la tía Charo fue André y sus dibujos. Las amigas seguían pensando que Charo exageraba en todo, ahora sobre las cualidades pictóricas de André. El chiquillo observaba a aquellas mujeres, casi ancianas, conversar sobre él y sobre sus dibujos. Le tenían entretenido, en una mesa, con unas cuartillas que le habían suministrado, pensando que andaría pintando cuatro monigotes. Pero cuando la tía Charo les enseñó los dibujos, la última tarde en que el muchacho anduvo allí de veraneo, aquellas viejitas lenguaraces se quedaron boquiabiertas. André había capturado el alma de cada una de ellas, plasmando el aire crepuscular de las timbas de naipes que había presenciado.

El día en que el niño regresó con sus papás, la tía Charo no acudió a la partida de cartas. Durmió la siesta de largo, hasta que el sofoco veraniego disminuyó con la caída de la tarde. Entonces abrió todas las ventanas, para que la luz tibia y anaranjada del atardecer se adueñase de cada estancia de la casa. Con esmero, empezó a enmarcar los dibujos de André, que pensaba colgar en la habitación azul, haciendo compañía a esa escultura que, según ella, le había regalado su amigo Pablo.

Por la mañana, la tía Charo había llevado al niño hasta el paradero del autobús. El día anterior, resucitaron entre los dos aquella maleta triste de aspecto acartonado que André trajo consigo. La inundaron de colores y motivos felices, antes de que la tía depositara en ella un ajuar completo de pinceles, pinturas y cuadernos de dibujar. Cuando por fin el bus partió, la tía Charo sólo encontró cierto consuelo, imaginando que, en realidad, era ella quien se marchaba, hacia un París cuyo recuerdo permanecía inalterable en su memoria...

(Continúa en Arrullos para un final de vacaciones)

24 de noviembre de 2014

Una semana de aúpa

(Continuación de Pues tampoco era para tanto. Comenzó en El veraneo)

La madre Martina se deslizaba, por el claustro del hospicio viejo, con una vaporosidad de ángel que desmentía por completo a la enormidad de su cuerpo. Con pasos callados acechaba las pillerías de los infantes más terribles, entretenidos en atrapar lagartijas que se les escabullían por entre sus minúsculos dedos de ajolote. Pero la madre Martina no les reprendía a las primeras de cambio, sino que, en silencio, aguardaba oculta tras la espesura de algún limonero del patio, hasta que conseguía reunir pruebas irrefutables e inequívocas de la fechoría que estaba teniendo lugar delante de sus propios ojos. Para no espantar a los polluelos, y por no contradecir lo solemne de su autoridad, intentaba contener a duras penas una risilla nerviosa y congénita, que al final siempre terminaba advirtiéndolos de su presencia, y delatando una dulzura que amortiguaba el susto que se llevaban. Luego les conminaba a que pusieran en libertad al pobre reptil cautivo, en pro de un amor universal hacia el prójimo y todas las criaturas. Pues como cualquier niño, las lagartijas también eran hijas legítimas de Dios.

Ya desde el principio, Juanito y Ana supieron reconocer la magnanimidad de la madre Martina. Comprendieron, en seguida también, que con la madre Filomena había que andarse con más cuidado. Les venía a despertar a primera hora de la mañana, zarandeando con efusión el badajo de una enorme campana de bronce, la que colgaba de la pared del pasillo que daba a los dormitorios de los niños. Apenas distaban un par de metros, las puertas descascarilladas que daban acceso a las dos grandes estancias comunales: a un lado de la campana la de los varones, y al otro la de las féminas.

Si a algún perezoso se le pegaban las sábanas, la madre Filomena lo sacaba de su dulce sueño sin contemplaciones, agitando la litera con un empeño semejante al que había empleado, momentos antes, para menear la campana. Por si fuera poco, la resonancia de su vozarrón de monja veterana terminaba de desperezar a las bellas o bellos durmientes. Los apremiaba para que acudieran al aseo, a quitarse las legañas y a lavarse sus caritas somnolientas. Tenía la madre Filomena cierta obsesión con que todo estuviera pulcro y ordenado, y, más que nada, ponía todo su empeño en que, después del aseo, las orejas hubieran quedado bien limpias. Antes de desayunar, y después de que hubieran adecentado sus camastros, dispuestos en dos alturas, hacía colocar a su pequeño ejército de mocosos delante de las literas. Pasaba revista con la parsimonia de un sargento resignado a los sinsabores de su cargo, sometiendo de un tirón las sábanas rebeldes en que atisbase la menor montaña de arrugas. Escudriñaba el interior de algún oído escogido al azar, perdiendo el dominio de sí misma si, por casualidad, descubría algo de cerumen en aquella orejita que la escuchaba clamar a los infiernos en un lenguaje no apto para menores.

La primera noche que pasó en el hospicio, a Ana se le escaparon unas cuantas lágrimas, porque no le permitieron dormir en la misma habitación que su hermano Juanito. Desconfió de los argumentos que, para animarla, su madre le dio antes de recluirla allí por vacaciones, quien le había garantizado que en aquel hotelito lo iba a pasar fenomenal. Días más tarde también lloraría de pena, la última noche que pasó en el hospicio. Con una lucidez impropia para sus cuatro años de edad, supo que no volvería a compartir más revelaciones ni confidencias secretas con aquellas amigas huérfanas que acababa de conocer. A Juanito, que era un año mayor que ella, le ocurrió algo parecido. A mitad de semana juró a sus compañeros que jamás se separaría de ellos. Aunque la promesa se desvaneció en el recuerdo en cuanto vio aparecer por la puerta a su querida madre, en el momento en que por fin vino a rescatarlos, a él y a su hermana.

Los desayunos en aquel lugar eran a base de una leche tibia y aguada, y pan untado con mermelada de manzana. Después las monjas soltaban a la chiquillería para que campase, a su libre albedrío, por el patio grande. Los niños jugaban al fútbol, intentando patear un balón de trapo que perseguían, todos a una, como abejas enojadas. De vez en cuando la pelota traspasaba la línea imaginaria que unía dos piedras, alguno de los niños gritaba "gooool", y aquel enjambre humano dejaba a un lado la pelota para formar una piña en torno al que había alzado la voz. Juanito cautivó a los demás niños por su destreza con el balón, por lo que pronto lo ascendieron a capitán de uno de los equipos.

Las niñas evitaban el juego embrutecido de sus compañeros. Se ponían a salvo de empellones y pelotazos eligiendo diversiones más pausadas y tranquilas. Unas, saltaban a la comba con una vieja cuerda de tender la ropa que les habían regalado las monjas. Otras, se afanaban en dibujar garabatos en el suelo empedrado con trozos de tiza; maldecían a los muchachos cuando traspasaban, en pos del balón, los confines de sus dibujos, que quedaban emborronados tras el paso en tropel de los otros.

A media mañana, acudía la madre Filomena en busca de algún voluntario que la acompañase a pedir limosna por las casas de familias bien. El primer día que presenciaron aquella escena, Juanito y Ana no consiguieron adivinar por qué todos sus compañeros alzaban animosos la mano. La madre oteaba el panorama de bracitos que cimbreaban como espigas mecidas por el viento. Al final siempre elegía como acompañante a un niño de aspecto raquítico y ojos lastimeros llamado Raúl. Las hermanas le cambiaban la bata de rayas blancas y azules que llevaba puesta por otra con remiendos, y le hacían repasar, delante de los otros muchachos, una frase que debía pronunciar ante una señal convenida por la madre: "Madre, ¿hoy tendremos algo que llevarnos a la boca?". Raúl interpretaba tan bien una función que conocía de memoria, que conseguía dulcificar la aspereza de la madre Filomena. Ésta le premiaba por anticipado con un pirulí. Los demás chiquillos sentían tal envidia por el caramelo de colores, que más de uno ensayaba la frase en sus pensamientos, fantaseando con ser el elegido del día siguiente para el papel de niño menesteroso.

Durante el verano la recaudación se resentía, pues las familias más pudientes de la ciudad andaban de vacaciones. Tocaba entonces apretarse algo más el cinturón. Aunque la Divina Providencia nunca escatimaba para los niños un poco de sopa de fideos, algunas presas de pollo, y unas cuantas manzanas. En la parte trasera del hospicio, donde comenzaba un bosquete de manzanos, habían construido las hermanas un gallinero. Cultivaban también un huerto que les proporcionaba hortalizas de temporada. En invierno las sopas de col provocaban unos gases terribles, que por la noche hacían más denso e irrespirable el aire de los dormitorios de los niños, e incluso el de las celdas de las monjitas.

Para Ana y Juanito, así como para los demás niños, el momento más aburrido e insoportable del día era la siesta. La hora y media de reposo obligado les parecía un tiempo perdido inútilmente. Se les hacía tediosa y larga, como si no tuviera fin. A la única que parecía vencerla el sueño era a la madre Filomena, que quedaba al cuidado de los varones durante el descanso. Los muchachos más osados se desmadraban en cuanto empezaban a escuchar sus ronquidos entrecortados, a sabiendas de que, cuando emitía aquel ruido de camión, era incapaz de sentir sus travesuras. En la estancia adyacente, la madre Martina percibía divertida el desmadre de al lado, e intentaba aguantar la risa para no alborotar a las niñas que, bajo su cargo, al menos mantenían una aparente calma.

Después de la siesta tocaba merendar, casi siempre un trozo de pan con un chorizo que parecía elaborado con retales de plástico. Los únicos sorprendidos por el pan con chocolate de todos los jueves fueron Ana y Juanito, aunque lo saborearon con idéntico deleite al de los demás niños.

Cuando terminaban de merendar, las hermanas Martina y Dolores sacaban a los chiquillos a pasear por los alrededores del orfanato. Subían hasta un descampado en el que algunos pinos, tan huérfanos como los niños, apenas hacían sombra en medio de un paisaje polvoriento y salpicado de escombros.

La madre Dolores era menuda y cantarina. Nada más llegar al pinar entonaba con los niños un Ave María que ella había musicalizado. Se consideraba a sí misma como una adelantada respecto a las demás sores, pues leía por las noches, a escondidas en su habitación, novelas de aventuras y otras más románticas y atrevidas sobre amoríos almibarados. Sentía especial predilección por "Los tres mosqueteros", de Alejandro Dumas, cuyas peripecias tomaba prestadas para distraer a los chiquillos. Los embaucaba con el despliegue, a toda vela, de unos relatos sobre espadachines que, con gran entusiasmo, ella misma recomponía y ponía en escena, siempre con la ayuda cómplice de la hermana Martina. Con cuatro ramas que tomaba prestadas a los dóciles pinos, las hermana Dolores adiestraba a los pequeños varones en el arte de la esgrima de los tres mosqueteros. Pecó de soberbia la tarde en que se erigió a sí misma como rey Luis XIII. Luego blandió su espada de palo sobre la cabeza reclinada de Juanito, y con palabras de solemnidad le proclamó mosquetero D'Artagnan. Le permitió después elegir a sus tres compañeros de armas: Athos, Porthos y Aramis. Entonces se armó un tinglado monumental entre los chiquillos, provocado por los celos y desavenencias. Aquello devino en una auténtica guerra de guerrillas, que contradijo el espíritu de los tres mosqueteros. El lema fue: "Todos contra todos, y ninguno para uno".

Mientras aquellas batallas campales se sucedían cada tarde, con la aquiescencia de la hermana Dolores, la hermana Martina se transmutaba en el Cardenal Richelieu. Aleccionaba a las niñas en artimañas que consideraba más propias de su sexo, como la conjura, la afectación, el envenenamiento, u otras malas artes que tan bien ejecutara Milady de Winter en la novela de Alejandro Dumas.

Los pequeños volvían a recogerse con la caída del sol, arrastrando con ellos hasta el hospicio, para desesperación de la madre Filomena, el polvo del descampado. Nada podía hacer ella más que enviarlos de inmediato a las duchas, pues, como madre superiora que era, veía con buenos ojos que aquellos pobres huérfanos disfrutasen de una infancia sin regateos de ninguna clase. Al menos hasta donde ellas, las Hermanitas de San Cipriano, se lo pudieran permitir.

Una vez aseados, los niños tomaban un vaso de leche antes de irse a dormir. Ya en sus literas, enfundados en unos camisones que a más de uno y una les venían demasiado grandes, rezaban unas oraciones tristísimas, en las que pedían por unos padres y madres que, allá desde el cielo, siempre les podían ver, en cualquier parte que estuvieran, e incluso si se escondían debajo de las sábanas. Aquella semana de aúpa que pasó volando, en que anduvieron de vacaciones en el hospicio, Juanito y Ana se preguntaron cada noche, acurrucados en sus camitas y antes de que el sueño les venciera, si su mamá y su papá también les estarían viendo a ellos desde la playa de Villajoyosa...

(Continúa en La amante de Picasso)

11 de noviembre de 2014

Pues tampoco era para tanto

(Continuación de El veraneo)

Resultaba paradójico que, con tal cantidad de agua ahí enfrente, hubiera que esperar cola para ir a mear. De haber sabido nadar, Elvira se hubiera aventurado entre las olas para aliviarse. Pero sin atreverse a dar apenas unos cuantos pasos más allá de la orilla, delante de tanta gente, y sin siquiera una pequeña mata detrás de la que poder ocultarse de las miradas ajenas, no tenía más opción que la de esperar a que le llegase el turno de entrada en aquellos baños públicos malolientes. Otra contradicción más en una playa de cielos límpidos y azules, como si en el cuartucho de poco más de un metro cuadrado se concentrara el pestilente olor de todos los pescados mustios y moribundos de la mar inmensa.

Tenía al marido archiaburrido de tanto esperarla, pues la cola que conducía al baño de los hombres, como si respondiera a un mecanismo perfectamente engrasado, siempre avanzaba con más ligereza. Se entretenía el hombre mientras tanto, pues otra cosa no tenía que hacer, en contemplar las curvas suaves de los cuerpos bronceados de las bañistas jóvenes que hacían cola junto a su mujer. Ya la tenía a Elvira frita, por aquellas miradas indiscretas y descaradas que ni siquiera en su presencia trataba de disimular. Nada más salir del baño, echando pestes por el hedor de dentro, su mujer le metía un buen rapapolvos y le amenazaba con que la próxima vez, si es que la empresa en que trabajaba él les regalaba otro veraneo, le dejaba en casa al cuidado de los niños y se venía ella sola con alguna de sus amigas. Timoteo no alegaba nada en su defensa, y tratando, esta vez sí, de disimular, en cuanto ella se descuidaba volvía a las andadas, aunque un promontorio emergente, allá por la entrepierna de su bañador floreado, terminaba por delatarlo ante su observadora esposa.

Lo que más apreciaba Elvira era la brisa acariciadora, y el sonido repetido y como un susurro de las olas. Echaba una toalla al suelo intentando evitar a toda costa el tacto con la arena pegajosa de la playa, que se obstinaba en colarse por cualquier parte de su cuerpo. Los diminutos granos de sílice parecían también reproducirse por el suelo de la pensión en que se hospedaban, igual que cuando sus niños lo ponían todo perdido con migajas de pan. Se le hacía la boca agua con el olor de los espetos de sardinas, que probarían sólo una vez en todas las vacaciones. Y más que nada, contemplaba con cierta envidia a los papás que hacían castillos de arena con sus chiquillos, mientras las mamás engordaban a los bebés con biberones bien cargados de una leche densa. Entonces irremediablemente se acordaba de sus niños: de los dos pequeños, al cuidado de las Hermanitas de San Cipriano, y del mayor que estaba en el pueblo, en qué andanzas le estaría metiendo la tía Charo. Para que la melancolía no la embargara y le fuera más llevadera, le pedía a su Timoteo que la convidara a una horchata. La invitaba al atardecer, mientras paseaban asidos del brazo por el paseo marítimo de Villajoyosa. El marido a su vez se compraba un cucurucho de chocolate, que no era capaz de degustar con tranquilidad pues ella sobrevolaba y picoteaba su helado con la voracidad de una gaviota hambrienta y descarada.

La pensión estaba tan cerca del mar que, hasta en los sueños más profundos, incluso cuando Timoteo roncaba a pierna suelta, Elvira podía escuchar el rumor de olas. La ventana daba a un patio interior, en el que las vecinas tendían los calzoncillos, mancillados por la sal, de sus maridos marineros. Elvira las sentía vociferar en un valenciano cantarín, y tenía la impresión de que cifraban sus mensajes para que ella no pudiera entender lo que se decían.

El amanecer les pasaba de largo sosegados en la cama, y cuando despertaban tomaban en la pensión el desayuno al que tenían derecho: café con leche, y un mantecado o trozo de turrón. Luego Elvira enviaba al marido como avanzadilla hacia la playa, para que encontrase un lugar propicio en que colocar la toalla. Mientras tanto, ella bajaba al mercado en busca de un poco de pan y fiambre con los que preparar unos bocadillos. Cuando llegaba a la playa, el panorama ya era un hormiguero de personas que, igual que un ejército alborotado, parecían acaparar todo el territorio con sus sombrillas, toallas y tumbonas. A su Timoteo le gustaba remojarse a todas horas, igual que una morsa. Ella prefería los largos paseos por la orilla, de una punta a otra de una playa que se sabía de memoria, recogiendo conchas marinas y alguna estrellita de mar que pensaba regalar a sus chiquillos. Encontró una gran caracola que guardó como un tesoro para los niños, pues le hacía ilusión que pudieran escuchar el bisbiseo de viento y olas que nacía del interior de aquel caparazón deshabitado.

A mitad de las vacaciones Timoteo pareció aburrirse, y propuso a su mujer que se diesen una vuelta en una barcaza que mostraba a los turistas secretos de piratas y corsarios. Pero Elvira no estaba dispuesta a sufrir más vaivenes que los inesperados de la vida, y se negó en rotundo a subir sobre artilugio alguno que no se asentara sobre tierra firme. Además, respondió al marido que ya tenía bastante pirata con él. Timoteo dio un suspiro hondo, como suplicando a los cielos. Luego Elvira argumentó que, si la cuestión era entretenerse, era más partidaria de mover el bigote zampando uno de esos espetos de sardinas cuyos efluvios no dejaban de torturarla desde el primer día en que pisó la playa. Timoteo se rascó el bolsillo, sin pensar en la fugacidad de la vida y del dinero hasta que de los pescaditos no quedaron nada más que las raspas.

Con el transcurso de los días, las vacaciones también se fueron quedando en mera raspa. Las olas iban y venían, venían y más tarde se iban, con idéntica monotonía con la que Elvira recorría la playa acompañada de la brisa marina. Algunas veces a ella se le perdía la mirada en un punto fijo en el horizonte, por ejemplo en un barquito que, de tan lejos que estaba, parecía que no se moviera. Entonces un único pensamiento le venía a la cabeza: "con lo que yo tengo que hacer en casa...". Se contentaba diciendo que tampoco era para tanto el mar, y descontaba las horas y los pocos días que le faltaban ya para regresar al encuentro de sus tres niños...

(Continúa en Una semana de aúpa)

23 de octubre de 2014

El veraneo

Los hijos son una de las pertenencias más queridas de cualquier padre medio responsable, si no la que más. Los gatos pueden cuidarse solos; los niños no. Aquel verano, qué bien les hubiera venido a Timoteo y Elvira que sus hijos se hubieran conformado, durante una semana no más, con una tinaja de agua y un perol repleto de patatas hervidas que, eso sí, la misma Elvira les hubiera preparado con todo su amor de madre certificada. Pero los hijos son muy, pero que muy exigentes, y no se resignan a que les vengan con cualquier comida mal recalentada.

Como cada año, se celebró la rifa de las vacaciones con las que Cojoplástica S.L. obsequiaba a unos pocos agraciados de entre sus empleados. El sorteo se celebró en el comedor de la empresa. La mano inocente de una señorita -a la que se le habían vendado a conciencia los ojos para que no existiese el menor atisbo de trampa- extrajo del interior de una saca de fieltro negro unos cuantos papelitos con los números afortunados. En cuanto Timoteo comprobó que uno de aquellos guarismos coincidía con el número escrito en su carnet de empresa, supo de inmediato que aquello iba a suponer, más que una ventaja, un verdadero problema familiar. Porque a fin de cuentas sus hijos no eran gatos.

El premio consistía en una semana de veraneo para dos personas en una fantástica pensión sin estrellas sita en la localidad de Villajoyosa, provincia de Alicante. Por razones que sólo la junta directiva debía conocer, la estancia no consideraba el número de familiares que el empleado pudiera tener a su cargo. El viaje era para dos, y cada cual se las debería recomponer para escoger como acompañante a su querida esposa, el primogénito, la niña mimada, o la misma suegra si eso era lo que se le antojaba.

Elvira no era de las que dejaban pasar la menor oportunidad. El lema de su vida, por así decirlo, era el de "la ocasión la pintan calva". Por si fuera poco, nunca había visto el mar. Tan solo había escuchado las olas como ruido de fondo en alguna de esas radionovelas que tanto le gustaba escuchar, y si conocía el sabor salado de los profundos océanos era gracias a la sal marina con que sazonaba sus potajes. En cuantito el marido llegó con la noticia del premio para dos, rebuscó entre toda su red social para ver quién andaba dispuesto a lidiar con sus niños. "Eso, o te quedas tú aquí solo con los tres, y me voy yo con la yaya", advirtió al marido, señalando el relicario en que guardaba el mechón de pelo de su madre muerta.

Los montes de piedad y las Hermanitas de San Cipriano siempre fueron un recurso hecho a la justa medida de lo más menesterosos. Con el dinero que obtuvo por el empeño de su querido transistor, Elvira se compró un bañador de cuerpo entero, compuesto en una sola pieza. Su marido, si es que quería tomar el sol y meterse en el agua, se las podría apañar con los calzoncillos floreados que ella misma fabricó un día con los retales sobrantes de una vieja cortina. Por si acaso algún ladrón se colaba dentro de su hogar durante el veraneo, guardó la papeleta de empeño en el interior de la cómoda, envuelta entre un par de calcetines de invierno. Luego colocó unas cuantas mudas y algunas ropitas de los niños en una maleta, y se marchó con sus tres criaturas en busca de las monjas.

Desde la tercera planta del hospicio, con sus caritas redondas apretujadas contra el vidrio de un ventanal, algunos inquilinos con plaza garantizada contemplaron curiosos a una mujer que, acompañada de tres mocosos, hablaba con la madre superiora en el patio. Conocían de memoria aquella escena. La superiora, con gesto angelical en su sonrosado rostro, dijo a Elvira que sólo podían hacerse cargo de los dos hermanitos más pequeños: la niña preciosa y el niño bonito. Si al cabo de una o dos semanas su mamá no volvía a por ellos, no resultaría difícil encontrarles una familia adoptiva. Sin embargo, el mayor no se podía quedar allí, pues las familias pudientes no mostraban el más mínimo interés por los chicos más creciditos. "Algo es algo", suspiró Elvira. Agradecida ante todo por la caridad sin interés que allí se le ofrecía, depositó con las hermanas a sus dos hijos más pequeños. Cuando llegó a casa, no  tardó en poner a resguardo, junto a la papeleta de empeño, el recibí que la hermana superiora le diera. Aunque sinceramente, no creía que ningún ladrón quisiera quedarse con sus criaturitas.

Ya sólo tenía que encontrar una solución para su chico el mayor, el Andresito. Urdió un sencillo plan. Le llevó a una vecina un plato de gachas que, según le contó, había preparado para ella. A cambio le pidió que le hiciera el favor de prestarle el teléfono para realizar una conferencia, allá con el pueblo. Sentía la necesidad perentoria de hablar con la tía Charo, la única hermana viva de su madre difunta, y de quien no tenía noticias desde hacía mucho, mucho tiempo.

La tía Charo quedó encantada con la llamada de su sobrina. Mientras la vecina no perdía ni ripio de lo que en su casa se decía, Elvira contó a su tía cuánto la quería, y cuánto se había acordado de ella en todos estos años en que no había tenido noticias suyas. Le confirmó que, en efecto, terminó casándose con aquel "pánfilo orejón del Timoteo" -según descripción textual de la tía-, y que sus niños, ya tenían tres, habían heredado, los pobrecillos, las orejas de soplillo del papá. La vecina empezó a apremiar respecto al coste de la conferencia, así que Elvira fue al grano. Salió con el cuento de que era demasiado gasto ir a verla, al pueblo, con toda la prole, pero que si quería le enviaba al mayor de los hermanos para que así pudiera conocerlo, que hasta por algunos gestos le recordaba mucho a ella. La tía quedó encantada con la posibilidad de la visita del sobrino-nieto, y, por si fuera poco, estaba dispuesta a cubrir todos los gastos del viaje. De este modo el asunto del veraneo quedó arreglado, y allá con su tía logró Elvira facturar al Andresito.

El gentío de la estación de autobuses recordaba a una ciudad evacuada en tiempos de guerra. El pequeño Andrés subió a un viejo bus de provincias, mientras su papá apremiaba a su mamá porque el otro autobús, el que les conduciría hasta Villajoyosa, estaba ya situado en la dársena correspondiente. "Pórtate bien, Andresito. Ya verás que la tía es un poco peculiar. Pero en el pueblo te lo vas a pasar muy, muy bien. Mejor que papá y mamá. Verás lo rápido que se te pasa el tiempo, sólo será una semana". Elvira dio un beso de despedida a su chico el mayor. Por respeto al chiquillo más que nada, retuvo a duras penas, en sus húmedos ojos, unas lagrimillas rebeldes. La emoción la embargaba, pues aquella era la primera vez que iba a disfrutar de un veraneo como Dios manda. Tras unas pocas horas de viaje en autobús, escucharía al fin el sonido verdadero de las olas del mar. Y aunque no sabía nadar, a salvo desde la arena podría contemplar, todo el rato que ella quisiera, aquel charco inmenso de agua salada...

(Continúa en Pues tampoco era para tanto)

9 de octubre de 2014

Los cazadores furtivos

-Mira al cielo, Tomás: por fin llegaron los gansos. Ya pronto comenzamos la temporada de caza.

El graznido delataba a una bandada de aves que, en agitado vuelo, dibujaban una enorme uve. Tan grande era la letra, que hasta el cegato del Tomás era capaz de leerla:

-Uuuuveeee.

El Nicasio desmontó el cañón de su escopeta, le pasó el rascador para quitarle los restos de pólvora del año anterior, y le puso aceite. Comprobó que el mecanismo del gatillo estaba en orden. Luego volvió a ensamblar el arma y la dejó tal como estaba, pero más guapa.

Aún no había amanecido cuando el Tomás vino a buscarlo. Era necesario madrugar si querían coger el mejor puesto. Se habían disfrazado para no llamar la atención, con sus botas de piel vuelta, los pantalones y camisas caquis, los jerséis verde oscuro con cuello de pico, y unos chalecos marrones con bolsillos por todas partes. Incluso habían coronado sus cabezas con sendos sombreros verdes de fieltro rematados con una plumita de ánade real.

-Aguanta tú la alambrera, que primero paso yo.

El Nicasio fue el primero en aventurarse más allá de la linde prohibida del coto. El Tomás lo siguió detrás, tanteando el terreno para pisar en firme. Avanzaron con sigilo, intentando no hacer demasiado ruido para no incomodar a la fauna, sólo iluminados por un retazo de luna. Llegaron a una pequeña loma desde la que se podía intuir la laguna.

-Éste es el lugar, Tomás. Aquí, escondidos entre los matorrales, no nos verán.

El Tomás siempre andaba temeroso, no fuera otro cazador a confundirlos con un jabalí y decidiese abrir fuego contra ellos. Su amigo intentaba tranquilizarlo, aquellos accidentes casi nunca tenían lugar.

Merecía la pena contemplar el amanecer, sentir la fresca caricia de la brisa en el rostro, respirar el olor de la tierra húmeda... Aunque los dos hombres se aburrían de tanto esperar.

-Mira lo que traje, Nicasio.

-¿Qué es eso?

-Un reclamo para patos.

-De nada nos va a servir.

-Ya, pero tuve antojo de traerlo.

Les alcanzó el alba, y con la luz tenue del sol, aparecieron los patos y los cazadores.

-Mira esos dos cazadores, Tomás. Vienen vestidos casi igual que nosotros.

-¿Dónde están?

-Ahí mismo, apostados a pocos metros de la laguna. Date prisa, apunta, que se nos van a adelantar.

-¿Para dónde apunto? El sol del amanecer me deslumbra.

-No alces tanto la voz, que los vas a espantar. Tranquilo, yo te encamino la escopeta. Tú tira al bulto, que raro será que no los alcances con algún perdigón.

Los otros dos cazadores ya enfilaban a los patos con sus escopetas cuando el Tomás y el Nicasio dispararon: "Pim, pam, pum".

-¡Corre Tomás, corre, antes de que venga la Guardia Civil, no nos vayan a coger!

-¿Tú crees que les dimos?

-¡Vaya que si los dimos! ¿No los escuchaste gritar "no disparen"?

-Con los nervios...

-Además de cegato, medio sordo...

Los dos hombres no pararon de correr hasta traspasar el vallado que delimitaba el coto de caza. Sólo entonces se sintieron a salvo.

-Oye Nicasio: ¿tú crees que está bien esto que hacemos?

-¡Calla hombre! ¿Y lo bien que nos lo pasamos?

Contra el muro de mampostería del bar, el Nicasio y el Tomás dejaron descansar las escopetas. Junto a la barra, como dos hombres, desayunaban un carajillo bien cargado de anís. Afuera, allá por el camino que conduce al coto de la laguna, ululaba la sirena de una ambulancia. Desde el cielo, llegaban los graznidos de los gansos viajeros...

30 de septiembre de 2014

El Estado Soberano de Guadalajara

Quiso la Historia que, un día, los habitantes de la provincia de Guadalajara decidieran no sentirse castellanomanchegos. "¡Castellanos sí, pero ¿manchegos, de qué, si nosotros nunca elaboramos esos quesos tan enjundiosos? ¡Bizcochos borrachos es lo nuestro!". Así que con éstas anduvieron y, por votación popular, decidieron decirle adiós al Reino de España y declarar el Estado Soberano de Guadalajara.

El primer ministro del nuevo Estado se acomodó, para vivir a cuerpo de rey, en el palacio del Infantado. Sintió el hombre que no le llovieran las comisiones, pues no fue necesario construir aeropuerto alguno en la recién estrenada capital: en menos que dura un cantar, el tren de cercanías te acercaba hasta el corazón de la antigua metrópoli...

La nueva nación quedó dividida en 4 provincias, correspondientes a las comarcas que, históricamente, habían existido en la región desde tiempos inmemoriales. Que a saber, fueron las siguientes: La Serranía, La Campiña, La Alcarria, y el Señorío de Molina.

Vivía en una especie de casa-madriguera, al noreste de la comarca alcarreña, un hombre de tan poca estatura como un enano, de pies hirsutos, orejas puntiagudas, y cierto mal carácter. Poseía el pequeño individuo, en unos terrenos jarosos, unas colmenas en las que moraban unas abejas muy trabajadoras, que libaban una miel deliciosa que era de una color como la del oro; y también era de su propiedad un anillo, que por desconfianza no se lo dejaba a nadie ver, que era de un metal muy preciado cuya color era similar a la de la miel. Este hombre menudo barruntó: "¿Que voy yo a compartir mi miel con los pobladores de las otras comarcas? ¡No, majo!". Así que fue en busca de sus vecinos, que asimismo eran tan bajitos como él, y les comió el tarro para que la comarca de La Alcarria celebrase un plebiscito, con el fin de declararse nación independiente. Como los argumentos fueron idénticos a los que dieron lugar al Estado Soberano de Guadalajara, al primer ministro no le cupo más remedio que conceder el plebiscito. Y el pueblo alcarreño tiró por su camino, con su miel deliciosa y de una color similar a la del oro...

Pero en viendo las otras comarcas que La Alcarria era una nación próspera e independiente, si culo veo culo quiero, con lo que pronto cada comarca se declaró soberana. "Tanto mejor", pensó el primer ministro. Con sus influencias y moviendo unos cuantos hilos por aquí y por allá, "que si mi primo Pepe es serrano de pura cepa, que si el Andresito nació prematuramente en mi viaje de novios por La Campiña", consiguió colocar a sus hijos y familiares en los diversos ministerios de las otrora naciones hermanas.

Mas no quedó ahí la cosa. En los confines del Señorío de Molina, un pastor que pastoreaba unas ovejas que no eran suyas sino de un amo que era el dueño de las ovejas, no estando conforme con su servidumbre dél, convenció a los borregos para que todos juntos constituyeran un país con su propia bandera, estatutos y coche oficial, y conseguir con esta argucia tan premeditada y tan ingeniosa terminar siendo él el amo y señor destas ovejas que originalmente no eran suyas. Otro que trabajaba en una cuadra vecina cuidando de unos burros, en viendo la estrategia del pastor sintió envidia dél, y le habló a los burros en su mesmo idioma y en los mesmos términos que el otro les hablase y persuadiera a los borregos, y así encaminó a los jumentos por la senda que a él más le convenía...

En las otras comarcas, los asuntos y las ansias de auto gobernación se sucedieron de una forma semejante que ya no se pudo contener. El obispo de la población mitral de Sigüenza, hombre ambicioso y confabulador como ninguno, provocó un cisma irrevocable con la Santa Iglesia católica y apostólica de Roma, autoproclamándose papa y fundando, in saecula saeculorum, una Iglesia propia que contó con la adhesión y el beneplácito de sus incondicionales feligreses. Un nuevo estado pontifical quedó constituido entre las tierras medias que abarcaban Sigüenza y sus pedanías, a la manera en que ya existía el Estado Vaticano, allá por Roma.

Los que rezaban a Alá también quisieron regirse según sus propias creencias, con lo que se crearon califatos y tierras de moros. Pasaban unos judíos errantes por un sotobosque que, como les gustó aquello, decidieron quedarse a vivir por esos lares con sus familias y sus ovejas. Arrancaron los matojos, echaron de la rivera de un río a unos gitanos aleluyas que habían acampado allí por la gloria del Señor, y construyeron una sinagoga y un lanzacohetes para que nadie se atreviera a molestarlos. Los del Opus Dei fueron más partidarios de adherirse al Estado Vaticano y, por sus frutos, recordaban a unas bayas semejantes a las tunas pero sin espinas, y de un olor a santidad como si proviniesen de una colonia algo exótica y remota. Incluso hubo descreídos que nada querían saber de religión, u otros que sí creían, pero más bien en el reciclado perpetuo de la carne y del espíritu, los cuales se vestían con prendas holgadas de color butano con las que se sentían más cómodos, y así les salían mejor unos cantos que entonaban en honor de un antepasado regordete al que le decían el Buda...

Algunos hubo, y fueron muchos, que formaron territorios independientes entre gentes que hablaban una lengua irreconocible que sonaba como del revés. Era tan complejo su lenguaje y tan difícil de aprender y de escribir, que en ocasiones no eran capaces de entenderse entre ellos mesmos, y eso que hablaban su mesma lengua...

Las familias se proclamaron naciones, e incluso hasta entre hermanos de sangre hubo disputas y desavenencias, y muchos dividieron las haciendas y las habitaciones de la casa en la que moraban antes juntos, para que cada cual viviese según le pareciera y a su antojo.

Las personas de derechas, por lo común más liberales en asuntos de dineros, vieron de buen grado la posibilidad de administrarse según su libre albedrío; excepto algunos más controladores y recelosos de todo, que gustaban de menoscabar con aranceles y tributos municipales para su beneficio a todo el que pasaba por sus territorios. Estos últimos porfiaban en mantener los mesmos territorios indivisos, pues era lo que más amaban, junto a su bandera y lo que llevaban ya recaudado, y hoy temían mucho perder una identidad que habían ganado anteayer...

Las gentes de izquierda cambiaban de opinión según se levantaban cada día: cuando se sentían internacionalistas arremetían contra las repúblicas aledañas, y bajo bandera roja edificaban un muro infranqueable de hormigón y acero, tras el cual constituían la gran federación de las repúblicas populares unificadas. A la mañana siguiente, lo mesmo les convenía sentirse libres, y entonces deconstruían los muros y se emancipaban de nuevo en pequeñas repúblicas independientes, en cuyas banderas, fabricadas con retales de combinaciones cromáticas imposibles, siempre pintaban una estrella roja...

Otros, que no tenían filiación política, intentaban ir a su bola; o también existía el caso de los que, por ejemplo, en siendo partidarios del Real Madrid, organizaban una peña con el nombre de Juanito y, luego dello, se declaraban nación vikinga.

Algunos que se miraron a un espejo, y en viendo sus pieles bronceadas y morenas, buscaron juntarse con otros de su mesma condición, y lo mesmo los que observaron reflejado en el cristal su rostro tan pálido como polvo de arroz. Hubo quien sin embargo no hizo distinción de nacionalidad por su color, y prefirió aparearse con quien más le vino en gana o tuvo a tiro de piedra, fuera o no de su propio sexo o del tinte de su piel...

Dos parceros se declararon colombianos, pero uno déllos se percató de que su compadre era paisa en siendo él rolo, así que le dijo pues hasta aquí no más. Lo mesmo le sucedió a un limeño y a un arequipeño, a pesar de los grandes padecimientos y lo mucho que habían tenido que viajar hasta llegar a conocerse, pues su país natal quedaba allá por las Indias, como a más de cuatro mil tiros de ballesta. Una familia de ojos rasgados que residía en un todo a cien se declaró bilbilitana.

Ocurrió el caso de un inversor de alto riesgo que había comprado el abono transporte a principios de mes y que, en teniendo que ir a trabajar a Madrid, dijo que él, por eso de aprovechar el abono, en sí mesmo era una colonia española, del mesmo modo que Gibraltar era británica desde el tratado de Utrecth. Otro más conservador, y al que por lo visto se le había sorprendido con unos dineros en una cuenta de ahorros que al parecer nadie sabía de dónde habían salido, alegó que provenían de una herencia que, según él, le había dejado al morir su pobre padre que era banquero, y, en sintiéndose ofendido por la desconfianza, emitió un comunicado de prensa que dio sólo cuando a él le vino en gana y regañando mucho a la gente que allí se había congregado para escuchar sus argumentos, en el que dijo que era ciudadano libre de Lichtenstein, más que nada por aquello de mantener los dineros a buen recaudo y porque allí le daban más interés por ellos. Algo parecido proclamó uno que se metió en una cueva, a modo de ermitaño, de la que ya nunca quiso salir, y que dijo que lo dejaran vivir en paz...

En el séptimo día se regocijó Dios de haber creado al hombre y a la mujer según su semejanza, y de que se gobernasen a su propia manera con la total libertad que Él les había conferido. Mas la Santa Inquisición no estuvo tan de acuerdo déllo...

Y así es como se fueron conformando y desconformando los estados y cabildos y ayuntamientos y naciones y agrupaciones de individuos, con otros o consigo mesmos, en lo que otrora fuera el brevísimo en el tiempo Estado Soberano de Guadalajara. Los encargados de pintar y despintar las fronteras, y los que escribieron y reescribieron la Historia, seguro que algo debieron sacar con todo el tinglao que sobrevino después de la independencia de aquella provincia. Que, dicho sea de paso, el transcurrir inexorable del tiempo se encargó de borrarla de los mapas, y de la memoria de los hombres y mujeres venideros...

18 de septiembre de 2014

Para el tiempo que me queda

El cielo era un dilatado atardecer, y de un rojo anaranjado tan intenso, que te transportaba a un estado de melancolía permanente...

Le habían prometido que, si resultaba elegido, alcanzaría la gloria de Mao Zedong, que lo recordarían por generaciones y por todas partes. Sin dudarlo, se alistó al programa espacial, entrenó duro, puso todo su empeño en doblegar a sus rivales. Si salía vencedor, emprendería un viaje sin retorno...

De una vez por todas, había que ganar la carrera espacial a los americanos, para que supieran quiénes eran los auténticos amos del mundo. Por primera vez en la Historia, un ser humano iba a poner los pies en territorio marciano. El Congreso del Partido escogió por fin a uno de los aspirantes, y ése había sido él: Li Chang.

La propaganda anunció a los cuatro vientos que la misión había sido un éxito rotundo. Allí estaba él ahora para dar fe de ello, contemplando un cielo rojo con estrellas, similar a la bandera que, nada más llegar, plantó sobre el terreno de polvo y rocas.

El precio por alcanzar la gloria iba a ser demasiado alto: jamás volvería a pisar la Tierra. La tecnología aún no disponía de medios técnicos suficientes como para que pudiera realizar el viaje de vuelta. ¿Y quién mejor que él para no echar de menos a nadie, si desde niño había forjado su carácter huraño entre las frías paredes de un orfanato de Sichuan?

Sólo él iba a ser capaz de soportar tanta soledad... Debería resistir apenas unos cuantos años, el tiempo que se prolongase la vida útil de las placas solares. Comida tenía en cantidad más que razonable, y el agua, indispensable para su cuerpo, se regeneraba en un circuito bien testado...

Tampoco es que tuviera tiempo de aburrirse, pues le habían preparado una apretada agenda. Mientras llegaba el trance final de las placas solares, debía recoger muestras, realizar experimentos, tomar fotografías... Y por supuesto, remitir sus informes a la base de seguimiento, allá en la Tierra.

Pero un buen día marciano, harto de tanta rutina, se plantó. Caviló que, en cualquier momento, las placas solares iban a fallar. Para el tiempo incierto que le quedaba prefería dedicarse a contemplar el cielo, casi bermellón, que tanto le cautivaba.

Cortó las comunicaciones con la base Tierra, no sin antes simular una avería en el equipo de transmisiones. Más que nada, inventó el estropicio por aquello de mantener la reputación, el honor, el mito de su nombre. Aunque para entonces, se reconocía dueño de su propia gloria y de todo un planeta. Pues nadie más que él tenía el privilegio de contemplar esos atardeceres tan hermosos como interminables...

12 de septiembre de 2014

6 de septiembre de 2014

El vendedor de paraguas

Aquella tarde Mamadou decidió quedarse en casa, a pesar de la temperatura agradable de una primavera que invitaba a pasear. Era sábado, en la televisión pasaban al Manchester United, y no quería perderse por nada del mundo a su equipo favorito. Además, pensó que se merecía un buen descanso...

La jornada no había empezado nada bien, porque cuando llegó a la puerta del hiper otro hombre había usurpado su puesto. Ni él ni aquel tipo hablaban bien castellano. Hizo un amago de encararle, igual que una avutarda cuando hincha la gola, y con cuatro o cinco palabras mal chapurreadas en castellano, tuvo que explicarle que, a base de constancia, se había ganado aquella plaza en propiedad, pues acudía allí todos los días desde hacía más de dos años. Mamadou no era muy convincente ni demasiado expresivo. Aun así, y a pesar de su ser flaco y desgarbado, los más de metro noventa de su talla y la piel oscura debieron intimidar al otro hombre, que terminó marchándose a regañadientes mientras maldecía en una lengua indescifrable.

Las mañanas de los sábados eran las de mayor recaudación, porque todo el mundo se encaminaba al hipermercado en busca de provisiones con las que ir tirando el resto de la semana. Los viejitos, que iban a comprar con indiferencia de que fuese o no sábado, eran los más resueltos en cuanto a lo de dar propinas, aunque con un altruismo bastante cicatero, pues apenas soltaban las moneditas de menor valor. A cambio, Mamadou les acarreaba un trecho las bolsas, o les guardaba el perrito mientras realizaban la compra. O hacía como que les escuchaba, sonriendo sin entender media palabra, cuando los ancianos distraían su soledad contándole historias de otra época, en la que no había inmigrantes como él apostados en las puertas de los hipermercados. Que por aquel entonces no eran tales, sino sencillas tiendas de ultramarinos en las que muchos no tenían con qué comprar...

Los jóvenes eran los que menos propinas daban, pero no obstante, cuando lo hacían, éstas solían ser de mayor cuantía. También había otros, ni tan viejos ni tan jóvenes, que entregaban a Mamadou paquetes de comida, o bolsas con ropa usada más o menos "ponible". Incluso una vez, una chica le regaló una camiseta que había diseñado especialmente para él. Pensó que la muchacha tenía alguna pretensión más allá de la solidaridad, pero cuando la invitó a pasar la noche juntos salió espantada. Mamadou no entendía nada sobre el carácter de las mujeres españolas, que en nada se parecía al de las de su tierra: en Senegal, al pan le llamaban pan, y al vino le decían vino.

La recaudación mañanera no resultó ser de las más espléndidas, pero tampoco resultó ser de las peores. De buena gana, Mamadou se hubiera gastado parte del dinero en la casa de apuestas: jugar a favor del Manchester le parecía una ganancia segura. Pero no se lo podía permitir. Así que se conformaría con presenciar el ansiado partido en el televisor enorme que había comprado a medias con sus paisanos senegales, aquellos con los que compartía piso en el casco antiguo de Madrid. Lo único que no era predecible era la cantidad de goles que le iban a caer al Crystal Palace, el rival de turno de aquella tarde.

Cuando llegó a casa, Mamadou se descalzó para estar más cómodo. Desde la ventana, observó alguna nube en el cielo; confió en que aquellas nubes pasajeras no conseguirían estropearle la tarde. Encendió el televisor y, ya sin prisa alguna, se puso a comer cualquier cosa. Después desparramó las piernas, que tan alto como era, sobresalían por un lado del sofá: estaba solo en casa y tenía todo el espacio para él. Miró la hora en su teléfono móvil, y pensó que aún tenía tiempo de echar una cabezadita antes de que empezara el partido. Pronto el sopor de la siesta le venció.

Estaba en lo más profundo de su sueño cuando un eco que cantaba “goool” le espabiló. Una cantada inesperada del portero del Manchester, colocó al Crystal Palace por delante del marcador. Su equipo comenzaba perdiendo en casa, con lo que el partido se ponía aún más emocionante. Mamadou se frotó los ojos para asegurarse que el gol encajado no era un delirio fruto de una pesada digestión. Estiró los brazos para desperezarse, y dio un bostezo como el de un león aburrido.

El extremo izquierdo del Manchester avanzó por la banda. Metió un toque preciso y directo hacia el área contraria, que fue interceptada con la mano por uno de los defensas del Crystal Palace. Mamadou dio un respingo, parecía que el aguijón de un alacrán le hubiera picado en el trasero.

-¡Penalty! -exclamó.

El árbitro no pitó nada. Mamadou extendió sus dedos huesudos y, como si tocara un yembé, pegó un sonoro manotazo sobre la mesa. A pesar de ser un hombre tranquilo, el fútbol conseguía exasperarlo más de la cuenta.

El Cristal Palace se defendía igual que un gato panza arriba, y la primera parte se esfumó sin ninguna otra jugada digna de mención. Cuando los jugadores abandonaron el terreno de juego, sobre el césped brillaba un sol espléndido. Paradójicamente, sobre la ciudad de Madrid, en el país que casi siempre lucía sol, el cielo estaba cada vez más encapotado. Mamadou empezó a temerse lo peor, porque si comenzaba a llover terminaría perdiéndose el partido…

El primer trueno de la tormenta coincidió con el inicio de la segunda parte. Nada más sacar de centro, el Manchester desperdició una ocasión de gol más que clara. Como si las nubes se malhumoraran por la oportunidad perdida, otro trueno retumbó aún con más fuerza. Pronto se envalentonaron unas pocas gotas de tamaño grueso, y para desconsuelo de Mamamadou, el torrente de una lluvia intensa comenzó a lavar con oficio el asfalto y las aceras de Madrid.

Bastante contrariado, el joven senegalés se volvió a calzar las zapatillas. Recogió unos cuantos paraguas del interior de una caja de cartón grande, tantos como pudo retener entre las manos, y no apagó el televisor hasta el último momento, justo antes de salir a la calle al encuentro con la lluvia.

Ya afuera, Mamadou intentó resguardarse del chaparrón bajo uno de sus minúsculos y endebles paraguas. Era un empeño vano, pues el agua repiqueteaba con fuerza sobre el piso salpicándolo todo. Parecería que estuviera completamente chalado en mitad de la lluvia, mientras avanzaba en sentido contrario a la desbandada de gente, que huía de manera atropellada intentando escapar del torrencial de agua.

No tuvo que caminar demasiado, hasta llegar a una gran avenida con cierto tránsito humano. Decidió plantar allí su puesto ambulante, cobijado en parte bajo la techumbre de un balcón. De sus dedos alargados pendían los paraguas, como si Mamadou fuera un mostrador humano.

-Paragua, paragua, paragua…

Su voz tímida era apenas perceptible, diluida entre el sonido del aguacero y el del ruido que producían las ruedas de los vehículos sobre el asfalto mojado.

-Paragua, paragua…

La gente corría de uno a otro lado, algunos escapando sin rumbo, y otros buscando un lugar en el que guarecerse. Casi nadie parecía percatarse de la presencia de aquel vendedor ocasional de adminículos para la lluvia, era como si fuera invisible al otro lado de la cortina de agua.

-Paragua, paragua…

-¿Cuánto valen? –preguntó un hombre casi calado hasta los huesos.

-3 euros.

-¿Tienes cambio?

El tipo mostró un billete de 20 euros, pero Mamadou había olvidado las monedas en casa. Mientras seguía empapándose, el hombre buscó algo suelto en los bolsillos. Cuando por fin encontró alguna moneda, Mamadou hizo su primera venta.

-Paragua, paragua, paragua…

Mal negocio el de vender paraguas en un país en que casi siempre hace sol. Pero hay que probar fortuna cuando la lluvia primaveral coge desprevenidos a casi todos.

-Paragua, paragua…

Mamadou sentía que la humedad se había colado por toda la dimensión de sus huesos largos. Ya era tarde para lamentos, aunque hubiera preferido quedarse en casa y disfrutar del partido. Aquella tarde de sábado, todo el mundo parecía tan tacaño que, con tal de no gastar unos pocos euros, estaba dispuesto a empaparse bajo el diluvio primaveral...

20 de agosto de 2014

Anastasia cambia de opinión

Pies descalzos de mujer caminando, tras sus zapatos de tacón abandonados sobre el suelo
Incluso en las inmediaciones del río, encima del puente, aquella mañana hacía un calor molesto. A pesar de ello, Anastasia andaba ebria de felicidad. Sin saber por qué, ella, que acostumbraba a estar medio amargada, ese día se sentía contenta. Quizá el bochorno acrecentaba en su interior cierto desequilibrio hormonal a su favor. Sin dudarlo, de manera improvisada, se encaramó a la baranda del puente para arrojarse al vacío y abandonarse al fluir revuelto de las aguas. Quería aprovechar aquel momento de felicidad para finiquitar, con buen sabor de boca, su deambular vacilante por este mundo...

Ya en lo alto de la baranda recapacitó un instante: "para un día en que estoy contenta, ¿me lo voy a perder?". Cambió de opinión. De un brinco saltó en sentido contrario al vacío, o lo que es lo mismo, eligió el rumbo hacia la vida. Fue como nacer de nuevo, pero con tan mala fortuna, que aterrizó sobre una caca de perro. "¡Vaya! -pensó-. Está claro que hoy va a ser mi día de suerte. Debería jugar a la lotería".

Atravesó el puente dejando un sutil rastro de caca con el dibujo impreso de la suela de su zapato de tacón. Ni se inmutó por ello. Un poco más adelante, restregó el zapato en el escalón del portal de entrada a un edificio. El portero de la finca la observó merodeando en los confines de su territorio. El hombre, que por deformación profesional no era ajeno a la curiosidad, salió con pereza del cuchitril en que dormitaba, para ver qué andaba haciendo aquella joven. Cuando alcanzó a descubrir el numerito que Anastasia le acaba de formar, ésta ya se había marchado. "¡Me cagüen tu puta madre, cacho zorra -exclamó en vano-, ojalá te mueras, o te pille un autobús, o te tires de un puente!".

Anastasia pasó por un kiosco en que un ciego expendía cupones.

-Deme el tres, para el sorteo de mañana. Mejor el cinco. O no, el cuatro; o el uno, o el dos, o venga, sí, el tres. O me da usted cualquier número, con tal de que no sea par. Elíjalo usted, a ver si me trae suerte...

El pobre ciego anduvo moviendo las órbitas de sus ojos inútiles al ritmo en que Anastasia cambiaba de números. Al final, le entregó el 9, que era el cupón que menos había vendido aquella mañana.

La muchacha pensó que debía dejar el boleto a buen recaudo. Luego recapacitó que nadie se lo iba a robar. Sopesó albergarlo entre sus poco pronunciados pechos, como hubiera hecho una señora mayor, de busto generoso. Se preguntó si acaso las señoras mayores soñaban con ladrones traviesos jugueteando entre sus tetas... Sintió algo de repulsión imaginando la escena, por lo que guardó finalmente el boleto en el bolsillo oculto de su falda.

Taconeó deprisa sobre la acera porque venía el autobús, pero tras alcanzar la parada lo dejó marchar. Prefirió continuar a pie rumbo a casa. En seguida se sintió cansada, hastiada de la vida, agotada por la calor... A paso cansino alcanzó la siguiente parada, en que tomó el primer bus que le vino a mano, sin mirar el número ni para dónde iba. Dentro, persiguió el hilillo refrescante del aire acondicionado, hasta ir a sentarse junto a una anciana.

-Estos autobuses nuevos, huelen medio raros -comentó la vieja.

Anastasia no dijo nada, y miró de reojo la suela de su zapato. Se sintió algo molesta por el comentario de la vieja, así que decidió apearse en la siguiente parada, justo a la altura de un local cuyo rótulo decía Bar La cañita. "Con esta calor, me apetece una cerveza", se dijo.

Entró en el bar y pidió una caña.

-Bueno no, mejor me va a poner una Coca Cola. Bien fría, por favor, que con esta calor...

El camarero, que ya había empezado a tirar la caña, miró a Anastasia con el aire de resignación del profesional acostumbrado a lidiar con clientes volubles.

Anastasia saboreó con gusto la Coca Cola: un trago profundo, y luego un sorbo más pequeño. Entonces recordó que aquella bebida le producía gases. Pidió la cuenta, y, tras pagar, dejando a medias la Coca Cola, abandonó el bar.

Ya en la calle, una nueva bofetada de calor le vino a recordar los pequeños sinsabores de la vida. Se le antojó un helado de chocolate, más que nada por refrescarse un poco. "Pero el helado engorda tanto...", suspiró. Por esta vez, estaba decidida a hacer una excepción, aunque a fin de cuentas, no había ningún kiosko de helados a la vista...

Continuó caminando, y percibió una gota de sudor deslizándose por su rostro sofocado. Sacó del bolsillo el cupón que le había comprado al ciego, y empezó a abanicase. Pero aquel minúsculo papel no le brindaba brisa alguna, así que, más airada que aireada, hizo un gurruño y arrojó el papelito al suelo, sin más contemplaciones. Suspiró aliviada al toparse con una fuente de agua fresquita. Deseaba tanto remojarse las sienes, el rostro, los brazos, un poco el cabello... Pero el caño estaba seco. Entonces se imaginó como al principio de la mañana, encaramada sobre la baranda del puente del río, dispuesta a saltar. Sintió un poco de lástima de sí misma, y maldijo su poca visión para aprovechar las oportunidades que le ofrecía la vida: al menos, si se hubiera lanzado a la corriente, ahora estaría a remojo y no con tanta calor...

Para colmo de males advirtió que sus pies eran prisioneros de sus propios zapatos de tacón, y que se cocían a fuego lento como en el interior de dos pequeñas marmitas. Decidió descalzarse, abandonar los tacones sobre la calzada. Sintió un gran alivio. Ya con los pies desnudos y libres, se reconoció feliz. Continuó zigzagueando por los senderos ondulantes de su interior, con la ligera intención de retomar el camino a casa, pero sin ningún rumbo fijo...

11 de agosto de 2014

Historia sobre un príncipe y una princesa

Cuando una princesa te pide que la rescates, no puedes eludir tu cometido. Sobre todo si eres un príncipe soltero de sangre azul, y tus padres no dejan de aburrirte todo el día con el tema de que te busques una novia...

El asunto empezó en el baile que el rey de Londres organizó con motivo del aniversario de su entronización. Mi padre, rey de Babia, no es muy dado a ese tipo de festejos. Así que no me cupo más remedio que ir a mí en su representación, como primogénito y principal heredero del reino.

Desempolvé el traje azul y la capa de mi difunto abuelo, aunque a mi padre no le hizo demasiada gracia que los tomase prestados. Para ser sinceros, estamos pasando una mala racha, y no tenía nada más decente con que vestirme. Mi hermana remendó mis medias, y los botines, tras lustrarlos con un poco de grasa de caballo, quedaron como nuevos. Mi madre me preparó un pequeño hato con unas cuantas viandas, las necesarias para un par de jornadas, que hice sin dificultad a lomos de mi fiel caballo Plinio.

En la cena no faltó de nada: faisán, cordero, lechón con patatas, y todo tipo de frutas. Me hubiera gustado guardarle unos dátiles a mi madre, con lo que le gustan, pero no hubiera sido bien visto que todo un príncipe se escondiese comida en los bolsillos. Una pena, porque todo lo que sobra en estos fastos se acaba tirando... Por mi parte, ya que estaba allí, aproveché para probar un poco de todo. El vino con miel estaba delicioso.

Después de la cena comenzó el baile. Percibí que el traje de mi abuelo me quedaba pequeño, como si hubiera encogido, y tuve que desabrocharme un par de botones para sentirme algo más cómodo. La hija del rey de Londres, aunque algo delgada para mi gusto, no estaba del todo mal, y noté que alguna mirada furtiva me echaba de vez en cuando. No quería dejar pasar la oportunidad de bailar con ella, pero rodeada como estaba, de todos los moscones de las otras casas reales, era casi imposible acercarse a la princesa.

Mientras tanto, seguí bebiendo vino con miel. Aunque parecía que no, porque entraba como si nada, a lo tonto, a lo tonto, pegaba bien. Cuando el panorama de moscones estuvo más despejado, me acerqué a la princesa y le pregunté si quería bailar. Noté que mi lengua se trababa.

Modestia aparte, el baile se me da bien, porque es lo que más me apasiona en esta vida. Mientras la llevaba en volandas, su madre no nos quitaba el ojo de encima, y su doncella nos seguía de cerca por la pista como si fuera un satélite dando vueltas alrededor de nosotros. Pese a la estrecha vigilancia por parte de su familia, la princesa parecía divertirse. Sin mover apenas los labios, empezó a susurrarme al oído:

-Desde que apareció en este salón, no he podido evitar seguirlo con la mirada. Me tiene completamente subyugada. Además, baila usted tan bien...

Preferí no contestar, estaba algo mareado con tanto giro. Sólo le ofrecí una mueca por sonrisa. Continuamos dando vueltas.

-Esta noche, al verle, he comprendido, que es usted el príncipe azul con el que tantas veces he soñado. He de confesarle que su olor es fuerte, sí -creo que se refería a las bolitas de alcanfor que conservaban el traje de mi abuelo-. Aunque ese olor no me desagrada en absoluto, de veras. Su porte seguro y a la vez delicado, la manera de vestir, la forma en la que baila... me conducen irremisiblemente hacia usted. Le pido un favor: sáqueme de este castillo, no puedo soportar más el cerco al que me someten mis padres. Lléveme con usted a Babia, conviértame en su esposa, cuide de mí, hágame feliz. Por favor, no me desilusione. Le estaré esperando después del baile en mis aposentos, tres toques cortos en la puerta, y uno largo. Le prometo que no le defraudaré, siempre le seré fiel, estaré atenta a sus necesidades. Cuando esté destemplado, le pondré paños calientes en la sien, velaré en sus desvelos...

-Disculpe...

De repente, me sentí indispuesto. La dejé sola en medio de la pista y de su discurso, y atravesé el amplio salón en que se celebraba el baile. Busqué algún sitio disimulado en el que poder vomitar sin ser advertido. En un recodo del castillo, una especie de ánfora me sirvió a la sazón para el apremio que en ese momento traía. Cuando me hube aliviado, ya más en calma, recapacité sobre todo lo que un instante me había sucedido, la dulce oportunidad que me ofrecía el destino. Aún aturdido por las circunstancias, decidí coger el testigo que se me brindaba: como aquel que dice, la ocasión la pintan calva...

Indagué por aquí y por allí, hasta dar con los aposentos de la princesa. Me escondí entre las sombras, y decidí esperar hasta que cesase el ritmo de la música. Quedé vencido por el sueño. No sé cuánto debí dormir, pero para cuando desperté, el castillo estaba en silencio. Me aproximé con sigilo hacia el dormitorio, golpeé sobre la puerta con la cadencia convenida:

-Princesa, princesa. ¡Princeeeeeeesa!

Aporreé la puerta con más fuerza, hasta que por fin ella abrió.

-¡Psss, no arme tanto escándalo!

-Como no abría...

-Es que no le esperaba... me dejó plantada en mitad del baile.

-Perdone, tuve que salir por un asunto urgente.

-Anda pase; no meta ruido, mi doncella nos podría descubrir.

Los aposentos de la princesa eran muy cucos, con una cama enorme envuelta en mosquitera rosa, cortinas de seda a juego, y una cómoda desbordada de potingues y otros ungüentos de los que gustan emplear las mujeres para acicalarse. La orfebrería parecía de oro puro, y los muebles, también a juego, rosa y oro, eran de estilo rococó original, algo recargados para mi gusto. Del vestidor pendían hileras sin fin de zapatos y ropajes con todo tipo de brocados y colores. Elucubré si la sobriedad de nuestro castillo menoscabaría más tarde el ánimo de la princesa, pues allí no podría disfrutar de tanto despliegue de posibilidades.

-¡Apúrese, princesa!, ¿qué anda haciendo?

-¡Espere!

La princesa andaba entretenida rebuscando alguna cosa en los armarios. Con la presteza de un asaltante de joyería, vació unos cuantos joyeros en una pequeña saca de tul. Yo estaba al borde de una taquicardia, y para colmo, un enorme espejo me dio un buen susto al devolverme mi propia imagen reflejada. Cuando hubo colmado la saca, salimos a toda prisa de la estancia. Nos deslizamos con pretendida cautela por los corredores del castillo, sus zapatos de tacón repiqueteando sobre el piso, hasta alcanzar la cuadra en que mi caballo esperaba.

-Princesa, le presento a Plinio, mi caballo. Por cierto, no nos hemos presentado, ¿cuál es su nombre?

-Lady Regina. ¿Y vos, cómo os llamáis?

-Manuel, pero me podéis llamar como todos lo hacen: Manolito. ¡Vamos, subid presto a mi caballo!

-¿Y vos, en qué caballo iréis?

-También en Plinio, delante de vos.

-¿Pero cómo? ¡No puede ser, Manolito! ¿Ambos en el mismo caballo?

-¡No hay tiempo que perder en esas minucias, Regina, arriba!

La alcé en volandas con todas mis fuerzas, mas no resultó fácil dejarla sobre el caballo. En el segundo intento, rasgó mi capa con uno de sus tacones: la capa del abuelo, ¿cómo se lo iba a explicar a mi padre...?

-¿Y tu escudero? -me interrogó exigente- ¿Por qué no está aquí para ayudarnos?

-¿Qué escudero?, ¡no tengo escudero! Me gusta ser independiente.

Tras forcejear unos instantes más, que se me hicieron eternos, por fin logré depositarla sobre la grupa de Plinio. Nos pusimos en marcha, el eco de los cascos resonó entre los muros del castillo. A galope tendido atravesamos lomas y sembrados, mientras nuestra silueta de enamorados fugitivos se recortaba en el trasfondo de la luna... Cuando llegamos a las inmediaciones del bosque, me apeé del caballo.

-Princesa, bajad; ahora hemos de continuar a pie.

-¿Queréis decir, que ahora tenemos que caminar?

-Así es. Plinio, no puede más, está agotado.

-¡Yo también estoy agotada, cansada por el baile! ¡Tengo frío, calzo zapatos de tacón...! ¡Además, es de noche, y no se ve nada!

-¡Vamos, yo os guiaré!

Alcé mis brazos para ayudar a la princesa a desmontar. La mala fortuna hizo que no pudiera sostenerla, y los dos nos dimos de bruces contra el suelo. Al menos, ella cayó sobre mí, lo que amortiguó en parte su caída.

-¡Por Dios, Manolito, sois bastante torpe!

Regina se recompuso el vestido, y se lamentó porque uno de sus tacones se había quebrado. Aunque tal vez así fuese mejor para caminar. Sujeté a Plinio por las bridas, y en mitad de la noche nos adentramos en el bosque. Al menos la luna alumbraba nuestros pasos.

-¡Estoy cansada! -refunfuñó Lady Regina- ¡He bailado tanto esta noche...!

-Es la cuarta vez que me lo recordáis.

-¡Y además, estoy muerta de frío! Debería tener un poco de consideración conmigo, Manolito; a fin de cuentas, soy una princesa.

Me quité la capa, y se la eché por encima. Me sentí culpable por no haberlo hecho antes, pero mi única preocupación entonces era no perder el camino.

-¡Esta capa está rota-se lamentó-, y deja pasar el frío!

La princesa no paró de quejarse en toda la noche. Cuando nos alcanzó el alba, descubrí que habíamos caminado en círculo, regresando al punto de partida: nos encontrábamos justo en el mismo lugar en que comenzaba el bosque.

-¡No se lo va a creer, Regina, pero creo que nos hemos extraviado!

-¿Cómo que nos hemos extraviado?

En buena hora le habría dicho "me aturdes, cariño, y así no soy capaz de concentrarme". Pero aún no se había establecido la suficiente confianza entre nosotros... Además, decidí asumir mi propia responsabilidad, pues el único culpable del despiste era yo.

-Lo siento Regina, no soy bueno en temas de orientación. Plinio ha descansado ya; quizá ahora podamos cabalgar un rato a lomos de su grupa.

La princesa guardó un momentáneo e incómodo silencio. Una mirada como perdida, y su ceño fruncido, denotaban que rabiaba por dentro. Por recobrar fuerzas, y para infundirle ánimos, pensé en ofrecerle algo de desayunar, un poco de queso rancio. Pero yo mismo descarté esa posibilidad. Por fin Regina dijo algo.

-Está bien. Antes de continuar, necesitaría tener un momento de intimidad.

-¿De intimidad?

Mi cara de asombro debió irritarla aún más.

-¡Sí, Manolito! ¡Las princesas también tenemos nuestras necesidades! ¿O es que usted no sabe nada del mundo? ¡Anda, dese la vuelta, y no mire!

Para ser sincero, no había pensado en la posibilidad de este tipo de asuntos. Me volteé, mientras la princesa se perdía detrás de unos arbustos. No sé cuánto tarda una princesa en aliviarse, pero debe necesitar su tiempo, con todos esos ropajes, miriñaques y complejos corsés. Y más, si tenemos en cuenta que en ese momento Lady Regina no contaba con la ayuda de su doncella. El caso es que esperé, y esperé, y la princesa no parecía terminar nunca.

-¿Princesa, acaba ya? ¿Regina?

Acudí alarmado detrás de los matojos, y allí no quedaba el menor rastro de la princesa. Quizá algún salteador del bosque la había secuestrado, incauto él. O puede que simplemente Regina hubiera decidido tomar las de Villadiego y regresar por su cuenta y riesgo con sus padres, coraje no le faltaba. En aquel momento, dada mi escasa fortuna y habilidades, fui consciente de que jamás podría satisfacer las necesidades reales de una princesa como Lady Regina. Para bien o para mal, se había librado de mí. O yo de ella...

Recogí la capa de mi abuelo, que la princesa había dejado hecha un gurruño sobre el suelo. Me encaramé a lomos de Plinio, y por segunda vez me adentré en el bosque. Esta vez no tardé mucho en encontrar la senda que me conduciría al reino de Babia. Y cabalgué, no sin cierta congoja: el estropicio de la capa de mi abuelo, era entonces mi única preocupación, más que nada por la regañina que con total seguridad me iba a dar mi padre...

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