15 de diciembre de 2013

Yo que vosotros

En ocasiones uno anda perdido, desbrujulado, como sin saber a dónde ir, ni por dónde te vienen los tiros o las flechas. En estos tiempos, de tan farragoso e interesado fuego cruzado, es normal que el despiste y la duda ahonden en vuestra desconfianza. Algunos caeréis en la tentación de no abrir los oídos por la comodidad de no escuchar. Quizá el desánimo os venza, y mientras cerráis los ojos os perdáis la inequívoca verdad que os vengo a presentar. Pero yo que vosotros me lo pensaría mejor, y no haría caso a tantos dimes y diretes, de los que tan sólo pretenden desprestigiar nuestra encomiable labor por puro interés propio. Porque hacedme el favor de pensar al menos un ápice: ¿alguna vez no hemos sido fieles a nuestros principios?

Si bien nos acusarán de que no cumplimos todas nuestras promesas electorales, reflexionad un momento: ¿acaso el capitán de una nao no endereza el rumbo ante el temporal inminente que se le avecina? Más claro agua... De semejante manera, así hemos acomodado, siempre que fue necesario, nuestra forma de gobernar ante las coyunturales vicisitudes con las que nos hemos topado. Porque precisamente, el buen gobierno consiste en transmutar los comportamientos, cual camaleón adopta la piel para adaptarse al entorno que le rodea. Sólo así se alcanzan las altas metas que todos ansiamos. Únicamente os pido que tengáis un poco de paciencia...

Imaginad ahora a una pobre niña en el interior de un cine, minúscula e inerme ante la descomunal pantalla iluminada, con el cucuruchito de palomitas que le ha comprado su papá... Lo más importante no es lo que contiene el cucurucho, sino el cucurucho en sí mismo como contenedor, que a fin de cuentas, es el que mantiene recogidas las palomitas. Gracias a ese humilde envase, me refiero al cono forjado en sólido papel, la niña se puede comer las palomitas a capricho, según el propio ritmo y capacidad de su pequeña boquita de pitiminí. Nuestro partido, es como ese recipiente de aparente poca importancia, pero que todo lo recoge para que nada se pierda en el camino. Y si algún trozo de maíz reventado rueda por el suelo, es por la escasa pericia de la niña, que tan poco sabe de la vida...

En esta humilde metáfora, vosotros quedáis representados por la dulce niña, tan poco ducha en el arte de zampar palomitas, dada la inexperiencia de sus pocos años. El papá de la niña representa al Estado. Y las palomitas de maíz son los derechos fundamentales, recogidos en la Carta Magna, los cuales nos toca distribuir con equidad a nosotros los políticos para que a nadie le falten. Que a saber, enumero los más importantes: educación, sanidad, vivienda, y buenos alimentos. Y más que nada, dinero y trabajo. Porque la ociosidad es la madre de todos los vicios...

Sin dilación alguna, paso a presentaros algunas de nuestras propuestas electorales. Tan solo destacaré los aspectos que considero más importantes. El resto quedan pendientes para la próxima ocasión, que tiempo hay de explicitarlos...

Comencemos por la educación. ¿Que os hacen falta útiles escolares para vuestros niños?: ¡tomad, una tableta electrónica! ¡Basta ya de mochilas cargadas de libros! Unos ciudadanos bien formados, son unos ciudadanos libres. O eso dicen. ¡Libertad de enseñanza, escuela laica o religiosa, o escuela en casa según el gusto de cada cual! ¡Pondremos a vuestra disposición los autobuses escolares que hagan falta! Recordad que cada niña tiene su ritmo a la hora de comer palomitas. Y cada papá también debe poder elegir a qué cine y qué película va a ver con su hija.

Somos el único partido que defiende la salud universal en todos los sentidos. ¡Y sin discriminación horaria! ¡Porque sabemos que la salud es de las cosas que más importan en esta vida! Desde ahora, nos comprometemos a que la Seguridad Social, también incluya la cobertura médica de nuestras mascotas. ¡Pronto tendremos hospitales homeopáticos para perros...!

Permitidme un inciso que quizá no venga al hilo... ¡Cuidad vuestro voto, seguid mi recomendación, y no se lo entreguéis a aquellos que quieren acabar con vuestras pensiones, a esos que vienen a recortar el estado del bienestar y de las cosas! ¿Acaso no los veis venir, envueltos en aparente piel de cordero, cuando en realidad resultan ser lobos fieros de dientes afilados? Permaneced tranquilos; por vuestra seguridad, les estaremos vigilando. ¡Nosotros somos como el buen pastor, y bajo nuestra protección, nada habéis de temer! ¡Mientras algunos sólo piensan en asegurarse su propio futuro, nosotros vamos a preocuparnos por vivir el presente! ¡Porque la vida son dos días contados, pese al que le duela...!

Y lo de menos son esos cotilleos de portera con que salen algunos: que si nos gastamos en esto o en aquello, que si ahora compramos unos trajes, o que si organizamos unas cenas... No se trata de despilfarro, como lo llaman los que nos critican, en un modo de actuar que no es más que pura demagogia... ¡Son gastos de representación, y no son más que peccata minuta! Como representantes del pueblo, estamos en la obligación de cuidar la imagen, que no es más que la vuestra representada en nosotros mismos... ¡Algunos confunden el protocolo con la malversación, porque piensa el ladrón que todos son de su condición...!

Los mismos que nos calumnian, nos acusan de colocar a los más cercanos en los puestos de confianza. ¿Acaso no os sentís más tranquilos rodeados de familiares, metafóricamente hablando, porque sabéis que ellos nunca os van a fallar? Y si queréis carreteras, pues fíjate tú que resulta que a nosotros lo que más nos gusta en este mundo es construir carreteras. ¡Os vamos a construir las mejores autopistas del mundo, porque vosotros os lo merecéis...!

También venimos resueltos a terminar con los duros fríos de invierno, sí... ¡A terminar de una vez con los sufridos fríos de invierno...! Estamos dispuestos a subvencionar la calefacción, todo gratis, y para reducir el coste energético, edificaremos cuantas centrales nucleares sean necesarias. ¡Sembraremos las colinas con molinos de viento, y repoblaremos las mesetas con paneles solares! Porque sobre todo nos preocupa el medio ambiente, y vamos a invertir en I+D+i, ya que el mundo está sediento de una energía nuclear no contaminante. Economía sostenible, sí, pero con todas las medidas de seguridad...

Como último propósito, insisto que por el momento, ¡vamos a apoyar a los emprendedores de una vez por todas, sí, vamos a apoyar a los emprendedores...! ¡Que lo sepa todo el mundo!: somos el único partido dispuesto a rebajar los impuestos, empezando por las multas de tráfico, para que todos aquellos profesionales que lo necesiten, puedan aparcar en doble fila durante su jornada laboral...

Algunos de vosotros os estaréis preguntando: ¿y para nosotros, los que formaremos el gobierno, qué? Pues os voy a ser franco: para nosotros nada, la pura verdad sea dicha. Tan solo os pedimos el regalo de vuestro voto. Porque nos basta con la satisfacción del trabajo bien hecho, y la recompensa personal de saber que hemos cumplido con nuestra obligación... Por eso es bien importante que caminemos juntos en las elecciones que ahora vienen, codo con codo, hombro con hombro. Con total sinceridad: si con vuestro voto, confiáis en nuestro bien hacer, os prometemos que seréis recompensados con creces. Como aquel que dice: si diereis 10, recibiréis 100. En verdad, que me siento tranquilo, porque conozco la ilusión que depositáis en mis palabras...

Por todo ello, y por muchas razones más que no da tiempo a enumerar ahora, insisto en pediros la colaboración generosa del voto vuestro para el nuestro partido. Por favor, no os vayáis a confundir de papeleta: fijarse bien, que hay un partido con el logo parecido pero no somos nosotros.

Y por último, no quiero ser pesado, pero os vuelvo a aclarar que nosotros no necesitamos nada material. Con el voto ya nos apañamos, y luego ya, si eso, hacemos cuentas...

Atentamente, se despide vuestro futuro presidente. Si me votáis, claro. Que no es por mí, que si queréis votar a otro partido, a mí me da igual. Aunque yo, que vosotros...

1 de diciembre de 2013

Cuento chino

Hace ya mucho tiempo y en un lejano lugar, un hombre decidió cambiar radicalmente de vida. Bueno, en realidad, puede que el sujeto de esta historia fuese de aquí al lado, y que todo lo que le aconteció ocurriese ayer mismo. El tiempo y el lugar son lo de menos. Lo importante es lo que le acaeció a aquel hombre...

Pues sucedió que el tipo era así como medio corriente. Quizá no tan corriente; o puede que un poco sí. Más bien ustedes dirán. Y aunque se llamaba Paco, tampoco eso importa demasiado. Se ganaba sus habichuelas trabajando como cada hijo de vecino, en un banco de reconocida fama aunque de dudoso prestigio. Nuestro fulano se andaba con pocos remilgos respecto a la reputación de su empresa, porque bastante se le hacía a él con tener que trabajar de sol a sol, y de lunes a viernes. El pobre Paco se veía como un auténtico esclavo del banco, y ni todo el oro del mundo podía compensar la pérdida de su valioso tiempo.

Cuando no estaba trabajando, Paco procuraba disfrutar al máximo en todo tipo de actividades, en las que dilapidaba sus escasos momentos de ocio. Debía ser una manía suya de bancario, el empeño de obtener siempre la máxima rentabilidad al poco tiempo libre del que disponía. Entre semana apenas podía disfrutar de un par horas de gimnasio. Pero cuando llegaban los fines de semana, su actividad era frenética, inmerso en un sube y baja de ocupaciones de ida y vuelta: ahora me voy por allí, ahora vengo por allá; más tarde viajo por donde ahí, al cabo regreso por este lugar de acá. Intentaba rellenar todas las horas para no tener que pensar en sí mismo, y si en algún momento no encontraba un plan, se sentía como un pez fuera del agua al que le faltase el oxígeno. Era como un tiburón que necesitara nadar para poder respirar.

En los terrenos del amor y la amistad, también Paco iba de flor en flor, pues era incapaz de comprometerse con nadie. Para él las relaciones duraderas eran tan esclavas como el trabajo en el banco, ya que no le dejaban tiempo para sus asuntos. Estaba demasiado obsesionado con beberse hasta la última gota de sus días, como si se fuera a morir al día siguiente.

El día en que su vida tomó un rumbo distinto, Paco andaba en mitad de uno de sus intensos viajes, encaramado a una de las cumbres del Himalaya. Desde aquella atalaya descomunal, en las orillas del Tíbet, la inmensidad del paisaje le devolvió la imagen de su propia pequeñez. Se sintió vacío por dentro, y cayó en la cuenta de que, pese a su trajín vital, no terminaba de sentirse pleno. Allí mismo y en aquel momento decidió romper con toda su existencia anterior, incluso exponiéndose a perder su formidable empleo. Buscó un monasterio cercano que reuniera las mínimas comodidades, y se encerró en él a reflexionar, bajo la hospitalidad de unos monjes tibetanos.

El santón que regentaba aquel monasterio era un tipo huesudo, calvo y con grandes ojeras, como de no haber dormido en toda su vida. El hombre era algo más achinado y pálido que el resto de sus compañeros. Con ayuda de un diccionario de bolsillo, Paco le preguntó qué debía hacer para alcanzar la felicidad. Mediante señas y grandes dosis de paciencia, el monje le respondió que dejase la mente en blanco, y que buscase su propia respuesta en la meditación.

Durante meses, Paco dejó fluir el tiempo como nunca lo había hecho hasta entonces, enfrascándose en la meditación. Hasta que de pronto un día vio, con total y desgarradora clarividencia, que se estaba aburriendo. Se despidió de los monjes y tomó un avión de vuelta a casa.

Para cuando regresó, había perdido su trabajo en el banco. Como andaba sin blanca, debido a los gastos por tanto trasiego, no le cupo más remedio que buscarse un empleo de urgencia, para ir tirando, hasta que hallase algo mejor. Lo único que encontró, así a bote pronto, fue un puesto de pinche, en la cocina de un restaurante chino situado en un centro comercial. Si el trabajo en el banco le había robado todo su tiempo, el del restaurante, además, le dejaba rendido. Y encima por mucho menos de la mitad de sueldo. Los fines de semana siempre tenía que trabajar. Acababa tan cansado, y a horas tan intempestivas, que cuando llegaba a casa lo único que le apetecía era echarse en la cama, para descansar y soñar con tiempos mejores.

En el restaurante no hacía otra cosa más que limpiar cacharros, meterlos en el lavavajillas, barrer y fregar los suelos, y emplatar comida para los glotones clientes. El lugar, atestado de gente a todas horas, era uno de esos bufés libres en los que, por un precio moderado, uno puede comer hasta reventar. Casi todo pura fritanga y ensaladas para aderezar. Mientras retiraba la porquería de los platos, Paco observaba el ajetreo ansioso de la marabunta de comensales, que devoraba los platos rebosantes, como si aquella fuera la última comida de sus vidas.

El dueño del restaurante era el señor Liao, un chino de avanzada edad. A Paco no dejaba de chocarle que se le hacía igualito al superior de los monjes tibetanos, sólo que éste tenía pelo. El señor Liao supervisaba que todo estuviese dispuesto a su manera, y quizá por hacer honor a su nombre, andaba tan liado, que no faltaba a su puesto ninguno de los siete días de la semana. Aquel jefe tenía su peculiar sentido del humor y, cuando sentía a alguien quejarse por el excesivo trabajo, sonreía y respondía lo mismo: "Más tlabajo, más dinelo".

Una tarde en que el restaurante andaba algo tranquilo, Paco aprovechó para acercarse al señor Liao. Le habló de su viaje por tierras del Tíbet, y del tremendo parecido que le encontraba con el superior de los monjes tibetanos que allá conoció. "Pudiela sel mi helmano, aunque él no sel tibetano", respondió el jefe. Hubiera sido demasiada casualidad, aunque por lo visto un hermano del señor Liao había emigrado a la región tibetana, hacía ya muchos años, y desde entonces nadie había vuelto a saber de él. Durante la conversación fue surgiendo cierta complicidad entre el empleado y su jefe. Entonces Paco comentó algo sobre su vida, los asuntos que lo angustiaban, y la desazón que desde siempre le provocaba la falta de tiempo. Incluso se atrevió a preguntarle al señor Liao si era feliz, trabajando a todas horas.

-Un sabio consejo yo dal a ti -respondió el chino- ¿Tu vel lestaulante siemple lleno? La gente quelel comel mucho de todo. Pelo lo impoltante no es comel mucho, sino comel bueno. Alguna gente no sabel distiguil jamón malo de uno pata negla, y pol eso yo ganal dinelo. Así debelías tú hacel con tu tiempo: no buscal hacel muchas cosas, sino encontral las pocas cosas buenas que hacel pala sel feliz.

El jefe miró de soslayo a su empleado y, sin perder de vista a los comensales, apostilló con una sonrisa de hombre vivo:

-Ya tu vel: no tenel que viajal hasta Tíbet pala encontlal sabidulía...

Y después de estas palabras, el señor Liao le ordenó a Paco que se diese prisa, que había que reponer unas bandejas de croquetas...

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