28 de octubre de 2013

Demolición

Dos años y medio sin encontrar trabajo menoscaban las certezas de cualquiera. La subvención del desempleo se te esfumó un par de meses atrás, y los cuatrocientos euros de la ayuda familiar apenas alcanzan para nada...

Lo mismito que tus chavales se meriendan los bocadillos de chorizo cada tarde, así os váis comiendo los ahorros. Porque los niños siguen yendo al colegio, gracias a Dios, y les tienes que comprar los libros, los rotuladores y los cuadernos. Sin olvidarte del chándal para la gimnasia, que hacen deporte cada dos días, lunes y miércoles, y la liga de futbito que juegan todos los fines de semana. Que te preguntas si no será que el patio es de lija, como bromeaba Gila, porque no veas cómo pule el mayor las zapatillas, y los pantalones, se queja la madre, que cada vez que se cae al suelo los trae hechos unos puros jirones. Si no fuera porque tu mujer es apañaa... Demonio de cole, de gimnasia y de chiquillos...

Menos mal que te ha ido saliendo alguna ñapa;  entre chapuza y chapuza, y con tu mujer limpiando portales, vais tirando... Uno, que no le hace ascos a nada...  Y ahora, que te han llamado para este trabajo de demolición. A fin de cuentas, tantos años de gruista tenían que servir para algo... Aunque no te sientes del todo conforme, porque eso de tirar las casas de otros no está bien, por más que te digan que son viviendas ilegales, chabolas de toda la vida, vamos, pero viviendas a fin de cuentas...

Pero es que si hubieras rechazado el trabajo igual no te llaman para otro, ¡qué mierda de vida...! Y ahí estás tú de nuevo, tempranito, como otras tantas mañanas de entonces, haciendo lo que mejor sabes hacer, que es manejar una grúa. Te encaramas a la cabina. La verdad es que nunca has manejado un trasto de estos tan antiguos con bola de demolición, lo comentaste en la entrevista telefónica, pero el tipo que te llamó parecía poco remilgado. ¡Con tal de encontrar a alguien dispuesto...! A fin de cuentas, tu experiencia te avala.

Arrancas la máquina, practicas un poco con la enorme bola de acero, el péndulo mortal se balancea como un botafumeiro dispuesto a espolvorear cemento y polvo de ladrillo. Mientras oscila la descomunal esfera, la persigues con la mirada. Cierto vértigo te invade ante su movimiento hipnótico, y por un momento la sangre parece abandonar tu cerebro. Será porque no has podido pegar ojo en toda la noche, "no está bien derribar casas ajenas", repetía tu mente en brumas, una y otra vez, "no está bien..." Hasta el carajillo mañanero del bar, en vez de asentarte el ánimo, parece que se te hubiera atragantado...

"¡Deje de jugar con la bolita!", te regaña el encargado, y te ordena que te encamines hacia el poblado. La máquina avanza con paso lento pero decidido, como un tanque acercándose hasta el lugar en el que se ha de entablar una cruenta batalla. El traqueteo temible de las orugas perturba la paz de una mañana cualquiera, igual que la misma frase repetida trastorna tu paz interior: "no está bien derribar casas de otros, no está bien...". Por si no te bastase con lo tuyo, parece que hay cierto revuelo a tu alrededor, los vecinos están cabreados, todos te increpan... Menos mal que unos antidisturbios arropan con celo al gigante de hierro que te pasea...

Ahí las tienes frente a ti: el grupo de chabolas que van a convertirse en el pan de tus hijos. ¡Hasta antena parabólica tienen los cabrones...! Acaban de desalojar a las familias, que como pueden se apresuran a sacar sus enseres personales. ¡Vaya tele de plasma llevan esos, no está nada mal...! Aquella niña debe tener la edad de tu pequeño; ¿no debería estar a estas horas en la escuela? Estás nervioso y te sudan las manos. ¿Acaso se preocupan ellos de tu hipoteca? ¡Qué pena te da esa abuela que camina en bata y zapatillas, con el frío que hace esta mañana...!

Ése de ahí debe ser el juez, viene para abrir acta. Conversa con la abogada de esa asociación de vecinos, los que tanto dan por culo con sus gritos, tiran hasta piedras. Por un momento ruegas a Dios que ojalá llegue un indulto, que se aplace la demolición para otro día. La abogada se retira, su cuerpo revela el ánimo de su derrota. Al final no ha habido suerte, ni para ti ni para nadie... ¿Acaso no has de pagar los petit suit de tus chiquillos? Cuando te dan la orden de avanzar, la gigantesca bola de acero se te anuda en la garganta. Tu máquina ruge con un sobrecogedor chirrido que recuerda a grito de guerra: "¡Demolicióoooooon...!"

22 de octubre de 2013

Llego tarde

Aquella mañana a Gumersindo se le pegaron las sábanas más de la cuenta. Pasó mala noche, durmiendo a sobresaltos. Estaba preocupado, sentía ansiedad por el informe trimestral de gastos que tenía que defender ante la inquisidora de su jefa. Cuando sonó el despertador no quiso apechugar con la dura realidad, apagó el aparato y se volteó para descansar un par de minutos más. Pero esos minutos se convirtieron en más de media hora larga, y cuando fue consciente de que se había dormido, no le cupo más remedio que espabilar y alistarse a la carrera. Se duchó a toda prisa, y desayunó apenas un vaso de leche a la par que se vestía. Justo antes de salir por la puerta de casa miró su reloj de bolsillo, esa antigua reliquia, herencia del abuelo con cadeneta incluida, que funcionaba con cierto retraso. Movió la naricilla y mostró los incisivos como si fuera un conejo, en un tic nervioso inevitable que le acompañaba desde siempre. Y como cada día se repitió aquello de “llego tarde, llego tarde”.

Por si no le bastase con las consecuencias de su propia pereza, cuando descendió a los infiernos de un andén atestado de gente, comunicaron por megafonía que el metro estaba averiado. ¿Alternativas?: coger un taxi hasta el trabajo, o ir a pie hasta la siguiente parada, para luego tomar otra línea de metro. Optó por la segunda opción, ya que supuso que el taxi le iba a costar el ojo de una cara en aquella hora punta.

Sintió que le faltaba el aire cuando ascendió a toda prisa por la escalera mecánica, desandando el camino en busca de la boca del metro. En la taquilla pensó en pedir un justificante para el trabajo, pero el gentío que había en la cola le desanimó. Total, para qué le iba a servir aquel papelito, ante una jefa que no tendría la menor piedad por su retraso.

Ya en la calle, se detuvo un instante para tomar una bocanada profunda de aire fresco, y por un momento sintió algo de alivio. Entonces una muchacha de ojos azules y cabello rubio, que parecía bastante joven, le sacó de su ensimismamiento:

- ¿Perdone, sabe dónde queda la siguiente parada de metro?

-¿Ehmm...? Sí, acompáñame si quieres, yo voy para allá.

Pese a su amabilidad, Gumersindo sintió la compañía como un lastre, pues su intención era la de caminar a toda prisa en busca de la siguiente estación.

-Perdona que vayamos tan corriendo -se disculpó Gumersindo-, es que llego tarde a la oficina. ¡Siempre llego tarde! -dijo como para sí mismo-. ¡Pero hoy más que nunca…!

-No te preocupes, yo también voy fatal de tiempo. Y encima es mi primer día de trabajo.

Casualidades de la vida: la chica tenía que viajar hasta la misma parada de tren que Gumersindo. Así que compartieron viaje y hasta un poco de intimidad, enlatados como sardinas en un vagón repleto de gente. Por el camino Gumersindo tuvo la oportunidad de conocer algo de la vida de la muchacha.

- Vine hace unos meses buscando trabajo, pensado que esta ciudad estaría llena de oportunidades. Porque yo soy de Huelva, y allí no hay apenas curro de lo que he estudiado. ¡Y ya ves!: justo cuando pensaba marcharme porque no encontraba nada, van y me llaman para el trabajo que empiezo hoy. Al final va a resultar que este lugar es tan maravilloso como me imaginé…

A Gumersindo, la chica le pareció demasiado risueña.

- Ni de lejos es tan maravilloso como piensas. Tú misma tendrás la oportunidad de comprobarlo, ya lo verás…

Por fin llegaron a la estación de destino. Gracias a la conversación con aquella chica, Gumersindo había conseguido relajarse un poco. Pero cuando sacó el reloj de su bolsillo para mirar de nuevo la hora, descubrió con horror lo tarde que era. De inmediato se despidió con la excusa de las prisas:

- Perdona, llego tarde, es demasiado tarde, me marcho a la carrera, encantado de conocerte. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

- No te lo he dicho. Alicia, me llamo Alicia.

- ¡Alicia…! Yo Gúmer, de Gumersindo. ¡Adiós Alicia! ¡Espero que tengas suerte en tu primer día de trabajo, y que te vaya bien en esta ciudad…!

Entonces Gúmer, justo antes de marcharse a toda velocidad, torció la nariz y mostró los dientes como correspondía a su tic nervioso. A Alicia aquella mueca le hizo gracia, porque le recordó a un conejo.

Cuando Gumersindo llegó a la oficina aún pensaba un poco en Alicia, tan guapa, tan despreocupada y carialegre. ¿Por qué no encontraría él una novia como ella? Enseguida su jefa, Beatriz, le sacó de sus edulcorados pensamientos:

- ¡Gúmer!, ¿por fin estás aquí? ¿Sabes que llegas tarde? ¡Tarde, como siempre, pero más tarde que siempre! ¿Qué excusa me vas a poner hoy? ¡No sé por qué no te he despedido ya…!

- El metro... -respondió el empleado con levedad-. Se averió.

- ¡No me interesa saberlo! ¡Debíamos haber empezado ya!, ¿has traído el informe de gastos?

La jefa cerró de un portazo la sala de reuniones y zanjó de un plumazo la conversación.

Beatriz era una cincuentona que aún conservaba rastros y restos de su hermoseada juventud, pero que no era capaz de asumir que ya no era una jovencita. Quizá por eso vivía algo amargada, y le amargaba la vida a todos los súbditos que tenía alrededor. Empleaba en su cuerpo flácido cuanto potingue inventaba el mercado con promesas de eterna juventud, y también había visitado al cirujano plástico en un par de ocasiones. Vestía faldas extra mini, o pantalones tan ajustados que le hacían parecer una furcia. Marcaba su territorio al caminar con sus tacones de aguja, sin que la moqueta menoscabara un ápice el repiqueteo de su paso firme. Allí todo el mundo la llamaba “la Reina de Corazones”, siempre a escondidas, por supuesto. Porque abalanzaba de manera lasciva su escote amplio hacia cualquier hombre de la oficina, como queriéndolos engullir con sus tetas. Sobre todo cuando decidía despedir a alguno de aquellos oficinistas desgraciados, lo cual sucedía bastante a menudo, tan poco le duraban los empleados. De hecho, Gumersindo era de los que más antigüedad tenían, con tan sólo 2 años y medio en aquella oficina, y uno de los pocos que habían sobrevivido a todas las purgas. Quizá, en el fondo, Beatriz se había encaprichado de su tic nervioso de conejo.

Y sobre todo, cual bruja de Blancanieves, “la Reina de Corazones” no soportaba la presencia de ninguna mujer bonita que le pudiera hacer el menor atisbo de sombra. Por eso allí no había más que oficinistas de sexo masculino, sin contar a un par de secretarias medio feuchas. Y a doña Clara, la recepcionista, que tampoco era lo que se dice una preciosidad, ya que rondaba la edad de la jubilación y estaba bastante estropeada.

Como era inevitable siempre que Beatriz estaba presente, aquella reunión matinal de primera hora fue tensa y se alargó un poco más allá de la hora del café. Pero poco más o menos, Gumersindo logró sortear el vendaval que casi se le vino encima, y logró defender con éxito su informe de gastos. Beatriz abrió la puerta de la sala y taconeando tomó rumbo a su despacho. Entonces Gúmer se atrevió a echar una miradita a su reloj.

- ¡Dios, qué tarde es! Ya hace tiempo que pasó la hora de desayunar, no van a quedar bollos en la cafetería... ¡Siempre tarde! ¿Alguien se viene?

Para su sorpresa, al alzar la vista vio que a tan solo unos pasos, sentada ante una pantalla de ordenador, como trabajando, estaba la joven del metro, aquella rubia jovial llamada Alicia.

- ¡Alicia! -le habló Gúmer- ¿Qué haces aquí?

- ¡Vaya, qué sorpresa! -respondió Alicia- ¿Ésta es tu oficina? Justo he empezado hoy a trabajar aquí. Me han puesto en esta mesa, a ordenar alfabéticamente unas direcciones.

- Yo trabajo aquí. No te he visto llegar, estaba en una reunión. Por cierto, ¿has desayunado ya?

La Reina de Corazones salió de su despacho, vio a Gumersindo hablando con una rubia desconocida, y se acercó de inmediato para donde estaban.

- ¿Y tú? -preguntó Beatriz sin presentarse- ¿Cuándo has llegado? No te conozco. ¿Quién eres?

- Yo… -dudó la joven muchacha- Yo soy Alicia, he empezado a trabajar aquí esta mañana.

- Y tú, Gúmer, ¿qué? ¿Ya tienes una nueva amiguita? ¿No estarías pensando en irte con ella a desayunar? Porque te recuerdo que esta mañana has llegado tarde a trabajar. Y me temo que la joven Alicia también, no te vi a primera hora. Buena tarjeta de presentación para un primer día…

La Reina dio media vuelta, y pisando con más fuerza que garbo volvió a desaparecer en su despacho.

- ¿Siempre es así? -preguntó inocentemente Alicia-

- Psss, -susurró un atemorizado Gúmer-, te puede oír.

El resto de la mañana transitó sin sobresaltos dignos de mención, cada oficinista entretenido en su afán. Eso sí,  de vez en cuando, la jefa salía para regañar a alguien o exigir tal o cual tarea. Alicia, pese a la regañina inicial, estaba encantada y a gusto en su nuevo mundo. Después de años de estudio aquél era su primer trabajo, y hasta el detalle más insignificante le llenaba de admiración. Por ejemplo, le fascinaba el sacapuntas de manivela, el juego de rotuladores de punta fina, o los pósit de colores. Intentaba regular a su altura la silla de oficina con ruedas, aunque prefería que le colgasen un poco los pies, porque se divertía haciéndola girar levemente cuando nadie la veía. Y casi no podía creerse que tuviera un ordenador para ella sola. Puede que la tarea de organizar alfabéticamente aquellas direcciones postales fuese tediosa, pero cuando se aburría mucho, hacía una pequeña pausa y se entretenía en configurar el equipo a su antojo. De momento, había puesto un fondo de escritorio lleno de corazones, bastante ñoño pero al menos de un color que le gustaba.

También le maravilló la cocina, que era pequeña pero suficiente para tomar algo, con cafetera, un microondas para calentar la comida, y hasta con un pequeño frigorífico. Lástima que tuvo que comer sola, apenas un pequeño sándwich, porque la mayoría salió a algún restaurante, y el pobre de Gúmer parecía secuestrado por su tarea.

La tarde transcurrió en un ambiente de atmósfera algo densa, como si la espesura del sopor de la siesta se hubiera prolongado. Calma chicha. A Alicia le habían comentado que su jornada terminaba a las 7 de la tarde, pero el caso es que ya habían pasado 5 minutos de la hora y nadie se movía de su sitio. La verdad es que aún tenía tarea: le quedaban bastantes direcciones por ordenar, y creyó que sería mejor continuar al día siguiente. Ya estaba pensando en recoger, cuando la voz de la Reina de Corazones surgió como un lejano eco desde las profundidades de su despacho:

- ¿Dónde están los archivos con las direcciones?

Alguien gritó desde afuera: “¡los tiene la nueva!”.

La jefa salió de inmediato de su guarida, se encaminó con paso firme hacia el pequeño rincón en que estaba Alicia, y agachándose frente a ella situó sus descomunales tetas de gelatina sobre la mesa, como si éstas fueran las amígdalas irritadas de las fauces de un dragón enfurecido.

- ¿Y bien? ¿Ya terminaste? -espetó a la que ante ella parecía una virginal niña-

- Me queda… sólo la mitad -argumentó Alicia- Bueno, un poco menos.

- ¿Pero tú eres tonta o qué? -arremetió Beatriz- ¿Me vas a decir, que te ha llevado todo el día ordenar alfabéticamente los registros de las bases de datos? ¿Es que no sabes que con un sólo clic en el apellido se ordenan automáticamente? ¡Anda quita!

La Reina apartó a un lado a Alicia, abrió una de las bases de datos, hizo clic en el campo "apellido", y como por arte de magia, ante los ojos de una acorralada Alicia, todos los datos se ordenaron en un tris. La pobre joven rubia de ojos azules no supo dónde esconderse.

- ¿Pero qué coño os enseñan en la universidad? -vociferó la soberana- ¿Y es que nadie en la oficina ha podido enseñarle a esta niña cómo se ordenaban los registros? ¿Es que sois imbéciles? ¡En otra época, os hubieran cortado la cabeza...!

Pero lo peor de todo fue cuando Beatriz minimizó la base de datos en el ordenador: allí, delante de sus narices, en el fondo de la pantalla luminosa, un mar de corazones rosas parecían querer desafiarla, a ella, a la única y auténtica Reina de Corazones. Fue como si los ojos se le quisieran salir de las órbitas.

- ¡Y tú, inepta, no hace falta que vengas mañana! -gritó a Alicia- ¡Recoge tus cosas! ¡Estás despedida!

La Reina de Corazones se volteó con brío y se fue de nuevo para su despacho. Alicia, que se sentía inerme, tuvo ganas de llorar, pero no se atrevió. Apagó el ordenador, puso en orden los rotuladores y los pósit de colores, cogió el abrigo y se encaminó a la puerta de salida.

- ¡Espera! -la llamó Gúmer- Te acompaño; vamos por el mismo camino.

Por el trayecto, durante el viaje en metro, Gumersindo intentó animar a Alicia.

- Te lo advertí; este lugar no es tan maravilloso como tú pensabas.

Alicia rompió a llorar, y entonces Gumersindo, bastante inexperto, pensó que no iba bien encaminado si lo que pretendía era infundirle un poco de ánimo.

- Ya, pero era mi última oportunidad; mañana mismo me marcho para Huelva.

- A eso me refería. ¡Vuelve para tu ciudad! Seguro que allí vas a estar mil veces mejor que aquí.

- Sí; allí me espera mi familia, y sobre todo mi madre, que no hace más que decirme que qué hago aquí sola y perdida. Y además, hace unas tortillas de papas riquísimas. ¡Y no hace tanto frío como aquí! Prefiero trabajar allí, aunque sea de camarera, a aguantar a esa jefa loca vestida de puta. ¡No sé cómo puedes aguantarla!

Gúmer no supo cómo esquivar aquella pregunta.

- En secreto la llamamos la “Reina de Corazones”, porque los hombres no le duran más de una o dos semanas. Parece una pantera que quisiera devorarnos a todos. El apodo se lo puso un compañero al que despidió hace tiempo. A mí al menos me tiene cierta estima; en ocasiones me llama “mi conejito”. No sé cómo tomármelo, me da un poco de repelús.

Poco a poco, Alicia fue animándose gracias a las anécdotas de Gúmer. Le caía bien aquel tipo que a veces le recordaba a un conejo. Cuando llegaron a la estación de metro en que bajaban ambos, Alicia le propuso ir a tomar algo juntos, para despedirse.

- ¿A tomar algo? -dudó Gumersindo-

Sacó del bolsillo el reloj del abuelo y le echó un vistazo.

- Es que llego tarde. Van a ser las 8. Llego tarde. Siempre ceno a eso de las 8.

Una vez más torció su nariz y mostró levemente los incisivos. A Alicia se le iluminó la cara al sonreír.

- Bueno, venga, pero sólo un ratito -claudicó Gúmer-. Quizá yo también debería dejar ese trabajo, o puede que una día hasta me despidan. Entonces, lo mejor que podría hacer es marcharme a otro lugar. Por ejemplo, a Huelva.

Y juntos, el conejo y Alicia, se fueron a tomar una copa. O puede que hasta acabasen tomando más de dos...

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