26 de julio de 2013

La alcancía

Por la cuesta de la iglesia baja Sebastián, "el Sebas", al que no pocos, en aquel pueblo del sur, llaman el tonto de "Tóntiles". Algo lleva entre sus manos, un objeto redondo. Parece que fuera un reloj despertador.

-¿Qué traes ahí, Sebas? -le pregunta curioso Ginés, el boticario.

-Mía, tú, monea, paaso, mía -responde Sebastián en su lengua de trapo.

Sebas voltea el cachivache, lo agita, suena un “clonk-clonk”, y finalmente, del interior, por alguna parte, cae una moneda.

-¡Cucha, Sebas! Si es una alcancía con forma de despertador.

-Mía, tú, monea, meto abujero.

En la parte superior del falso despertador hay una ranura, por la que Sebastián vuelve a introducir la monedita que acababa de sacar.

La alcancía tiene un cristal redondo en su parte frontal, lo que le confiere un parecido aún mayor con un reloj despertador. Tras el cristal, en vez de agujas marcando horas hay un payaso malabarista, y detrás del payaso, un fondo pintado con aspecto de decorado de circo.

La moneda que introduce Sebastián activa cierto resorte, que pone en movimiento al payaso, y que a la par hace sonar una música, apenas perceptible, de feria. Sebas imita imaginariamente los malabares del payaso mecánico con su habitual repertorio de muecas y sonidos.

-Ja, ja, ja  -se descoyunta el boticario-, déjame ver el artilugio.

-¡No! -responde tajante el muchacho-, tú, ame monea, meto abujero, yo bailo paaso.

-Ja, ja, ja. No eres tú tonto, ¿eh?

Ginés rebusca en uno de sus bolsillos, y saca un par de moneditas de escaso valor, dos perras chicas, que entrega al muchacho. En la parte posterior del juguete, también como en un reloj, hay un mecanismo de cuerda, al que Sebastián da un par de vueltas con determinación. Introduce en la ranura una de las monedas que le ha dado Ginés, se activa el mecanismo, y cuando suena la musiquilla, deja la hucha en el suelo. Junto con el payaso, se vuelve a menear al ritmo de la música del peculiar juguete. El boticario se troncha de risa.

La señora Blasa, que regresa de comprar el pan, se encuentra con Sebastián y el señor boticario cuando llega a la altura de la puerta de su casa. Al ver a Sebas contorneándose le interpela por su nombre, con un berrido más propio de una cabra.

-¡Seeeeeeeeebas! ¿Qué es ese reloj que traes ahí? ¡Déjame ver!

El improvisado malabarista detiene su puesta en escena, y rápidamente recoge la hucha del suelo.

-¡No! Tú, ame pan, yo bailo.

-No es un reloj, señora Blasa; es una alcancía con un payaso que baila.

-¡A veeeeeer! -berrea la Blasa- ¡Déjame  veeeeer!

-¡No! Tú, ame pan, yo bailo -insiste Sebas mientras se aferra a su juguetito.

-¡Mira el Tóntiles, que parecía tonto!; anda, toma un pellizco.

La señora Blasa le regala a Sebas un currusco de pan. Éste vuelve a dar un par de vueltas a la manija del artefacto, mete la otra moneda que le diera el boticario, y se menea una vez más.

-¡Veeeeeeeeelo, Ginés, qué graciooooso!

La Blasa jalea con sus berridos al pobre bobo, acompañando la leve música del cacharro a ritmo de palmas desacompasadas. Ginés se mea de la risa.

En medio de la jarana se aparece don Luis con un forastero. Vienen desde la casa de don Luis, rumbo al casino del pueblo, a jugarse los cuartos en una improvisada timba de cartas. Don Luis se muestra explicativo con su acompañante.

-Mire, ese que baila es Sebastián, le dicen "Tóntiles", y es el tonto del pueblo. Así se quedó desde que nació, dicen que le faltó oxígeno en el cerebro en el momento del parto. Pobretico. Pero al menos gracias a él tenemos nuestro tontito, porque todo pueblo que se precie ha de tener su tonto, y nosotros lo tenemos. Y nuestro castillo.

Tras la explicación, el forastero asiente. Don Luis, curioso como ninguno, le pide a Sebas que le enseñe lo que cree que es un reloj.

-Sebas. Enséñale ese chisme que tienes a este señor importante que ha venido desde Granada. Es un escritor.

-Mucho gusto -interfiere el boticario-, Ginés Barrantes; despacho en la farmacia del pueblo.

El forastero asiente con la cabeza, ante la amabilidad algo abrupta del boticario.

-Pero a ver, Sebas -insiste don Luis-. Déjale ver a este señor tu juguete. Luego, igual hasta te saca en uno de sus libros, ¿verdad que sí?

El escritor no responde, ni tan siquiera hace un gesto. Sebas extiende las manos, y sin desprenderse de su artilugio, se lo muestra a don Luis y a aquel extraño.

-Aunque a todas luces parece un reloj -interviene el boticario-, no hagan caso de las apariencias, don Luis. Es una alcancía, y si ustedes le echan una monedita, baila ese payaso que ven ahí detrás del cristal, y por el mismo precio baila hasta el Sebas. ¿Verdad Sebastián?

-Sí. Tú, ame monea, abujero, bailo.

Don Luis forcejea por desprender el objeto de las manos de Sebastián, que lo tiene amarrado con fuerza.

-¡Pero hombre, no seas desconfiado, Sebas! ¡Déjale ver al señor! Anda, toma, déjanos ver y te doy una perra gorda.

Sólo cuando don Luis saca una moneda Sebas suelta la hucha, y porque es don Luis. Éste escudriña el precioso objeto por encima de sus lentes, que sólo le sirven para ver de lejos. Parece un prestamista tasando una mercancía de empeño.

-¡Curioso chisme! ¿De dónde lo habrá sacado el demonio éste? ¿Ve usted? -se dirige al escritor-. Por aquí, hay una ranura, que si echo esta moneda…

La moneda cae, pero como nadie le ha dado cuerda al aparato, el payaso no se cimbrea. Sebas le arrebata a don Luis la alcancía, y la agita boca abajo. Primero caen las dos moneditas de Ginés, sigue sacudiendo la hucha, hasta extraer la perra gorda de don Luis. Da un par de vueltas a la manija que activa el mecanismo del payaso, y vuelve a introducir la moneda por la ranura.

-Mía, monea yo meto.

Cuando el payaso empieza a moverse, Sebas le vuelve a imitar. Todos los presentes le jalean. Todos excepto el forastero, que parece distraído y algo ajeno al espectáculo.

Al grupo se acercan dos chiquillos, que al sentir el jaleo, se incorporan curiosos al grupo.

-¡Tóntiles! -dice uno de los chiquillos cuando ya se ha detenido la música-. Déjanos ver ese reloj.

Sebas se irrita, protesta, no tolera que le llamen Tóntiles. Además, atrapa su hucha, no se fía del par de infantes terribles que siempre acaban haciéndole alguna jugarreta de las suyas.

-¡No! ¡Tú no! ¡Paaso mío!

-¡Dejáaaaaaaaalo al muchacho -grita la Blasa-. No le hagáis de rabiaaaar!

-¡Anda, déjanos ver -protesta el otro chiquillo-, si no te lo vamos a quitar!

Don Luis detalla a su invitado las picardías de aquella pareja de muchachos, siempre tomándole el pelo al pobre de Sebastián, "ya sabe, cosas de chiquillos, no tienen malicia, si es que el pobre es medio retrasado". El escritor escucha las historias de don Luis con resignada emoción. Los chavales insisten:

-¡Déjanos ver el reloj, déjanoslo ver!

-¡Dejáaaaaaaaalo! Además, no es un reloj, es una alcancía con su payaso que baila y to.

-¡Tóntiles es un payaso, Tóntiles es un payaso! ¡Déjanos ver la alcancía!

Sebastián esconde el juguete entre sus brazos, como una madre que agarrase a su bebé con fuerza porque teme que se lo roben.

Don Rafael, el cura del pueblo, es el que se acerca ahora. Baja, cómo no, por la cuesta de la iglesia, y se topa con el pequeño tumulto que rodea a Sebastián. Al verle llegar, los dos mozos traviesos dejan de acosar a Sebas, guardan silencio, y acomodan su compostura poniendo una carita como la de los santos de la iglesia.

-Buenos días a todos los presentes, ¿cómo es que se han congregado aquí? ¿Qué andas haciendo, Sebastián? ¿Ya me estás entreteniendo a la parroquia con alguna de tus monerías?

-Y además -dice Ginés-, le hace la competencia, don Rafael, pues también pasa el cepillo con su numerito.

-Vaya, vaya, con que pasando el cepillo...

-Perdonen -se disculpa don Luis-, ahí les dejamos; mi acompañante y yo tenemos un asunto pendiente e importante que tenemos que solventar.

-Yo también me tengo que marchar, debo preparar un pedido en la farmacia; buenos días señores.

También se esfuma la señora Blasa, que se marcha apresurada cuando de repente cae en la cuenta de que le van a cerrar la carnicería. Se queda el cura a solas con Sebas y los dos chiquillos.

-¿Y vosotros dos, no os estaríais burlando del pobre Sebastián?

-No es eso, don Rafael -se defienden a sí mismos los dos muchachos, con las orejas gachas y sin necesidad de abogado-, es que no nos deja ver una alcancía que tiene ahí.

-¡Vosotros dos, ahora mismo os venís conmigo a casa de doña Tomasa, que me tenéis que ayudar con unos archiperres para la procesión! Adiós Sebastián, no andes zascandileando mucho por ahí, y tira para tu casa. Da recuerdos de mi parte a tu pobre madre.

El cura se lleva consigo a los dos mozalbetes, como si fueran dos reos condenados.

Cuando Sebas se queda solo, repasa la recaudación: un currusco de pan que le diera la señora Blasa, las dos perras chicas del señor Ginés, y una perra gorda de don Luis. ¡Lástima que el forastero no le diera nada! Aunque no está nada mal, para ser el primer espectáculo en que utiliza la hucha que le ha regalado su tía. Con sus ojillos de bobo mira embobado al payaso tras de la luna de cristal esférica. Después, se marcha sin más, en sentido contrario al rumbo por el que había venido…

24 de julio de 2013

La cita

El vigilante de seguridad parecía obnubilado por el esplendor rosado de aquellas dos jóvenes. Eran las nietas de la señora Margarita, la anciana demente de la habitación veinticuatro, la que no hacía otra cosa más que repetir “me han robao, me han robao”.

Aquellas dos chicas se convirtieron en cómplices involuntarias cuando don Emilio, aprovechando el descuido del vigilante, escapó de la residencia. Intuía que la estación de tren debía andar muy cerca, desde su almohada presentía el palpitar de los rieles durante la siesta. No tardó demasiado en encontrarla. Subió en el primer tren de cercanías con destino a la ciudad, y entonces se sintió a salvo.

Como otras tantas veces, el cercanías se lo hacía todo más fácil. Aunque don Emilio temió que el revisor lo cogiera sin billete, tuvo suerte, y pudo completar el viaje sin sobresaltos. Además, el hilo musical le regaló una de sus sinfonías favoritas, y hasta pudo echar una cabezadita. Fue una fuga a todo confort.

Cuando se apeó del tren, no tuvo que andar más de 15 minutos para llegar al cementerio. Por el camino recogió flores silvestres, con las que confeccionó un ramo sencillo. Y tal y como se prometió a la muerte de su esposa, acudió sin falta a la cita, como cada año, en el día en que conmemoraba su aniversario de bodas…

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