6 de junio de 2013

Poff

Noé estaba batiendo una mayonesa, mientras veía las noticias en el pequeño televisor de la cocina. El desaliento le invadió como siempre, pues el aparato no hacía otra cosa más que mostrar nuevas revueltas sociales tras un repetido descalabro de la economía. "¡Coño!", gritó. Por si no le bastara con tener que soportar tanta noticia desgarrada, la mayonesa se le cortó. Se lamentó de su torpeza, siempre le sucedía lo mismo, y de pura rabia apagó el televisor. "¡Para lo que hay que ver...!", se dijo a sí mismo...

Hasta dos huevos más gastó intentando remontar una mayonesa que por tercera vez se le cortó. Estaba claro que aquella noche sus queridos astros no estaban de su parte. Contrariado, cogió un yogourt de la nevera y subió a la azotea a mirar las estrellas con su potente telescopio. Allí permaneció, enmarañado en sus pensamientos, hasta bien entrada la noche, cuando el sueño le venció.

A la mañana siguiente, Noé se despertó con la firme resolución de dejarlo todo atrás y marcharse de una vez para siempre. Pensaba que ni el país ni el mundo entero tenían solución, y con la que estaba por caer, ya iba siendo hora de marcharse con la música a otra parte. Tenía un proyecto bien calculado, pero necesitaba financiación para llevarlo a cabo.

A primera hora se presentó en la oficina de su banco de toda la vida. Sabía que el asunto del préstamo era un tema complicado, y más en esos tiempos tan aciagos en los que la economía andaba medio k.o., víctima y verdugo de un mismo drama. Pero Noé albergaba cierta esperanza respecto al asunto del préstamo, ya que estaba dispuesto a avalarlo con la jugosa herencia que le dejó su padre: el chalet de la playa, las 5 plazas de garaje, y sobre todo la casa con dos plantas y azotea. La casa estaba situada en uno los barrios residenciales más exclusivos del extrarradio bien de la ciudad. En la azotea de esa casa, era donde Noé había instalado un pequeño pero completo observatorio astronómico.

Al verle entrar en la oficina bancaria, el mismísimo director salió a recibirle en persona, pues era uno de los clientes considerados Platinum. Le dio un fuerte apretón de manos, y con la misma mano sobre su espalda, como si manipulara una marioneta de guante, condujo a Noé hacia el interior de su despacho. Cuando le ofreció asiento, Noé fue directo al grano, sin preámbulos: necesitaba 1000 millones, y para ello estaba dispuesto a avalar el préstamo con todas sus propiedades. ¿Cuánto podían valer éstas, 200, 300 millones?

El director de la sucursal pensó que quizá Noé se había vuelto loco, pero no le cupo ninguna duda de ello cuando le contó su proyecto: quería el dinero para construir una nave espacial con la que marcharse a otro planeta.

Aunque ya de por sí al director del banco aquella idea le pareció una auténtica majadería, aún se atrevió a preguntar: "¿Y si no regresa, cómo piensa devolver el préstamo?". Noé no había analizado el problema desde el punto de vista del banco, y no supo qué contestar. En ese momento supo que debería buscar la financiación por otro lado. El director del banco le dio una palmadita en la espalda, y con una sonrisa, que más bien era una carcajada contenida, le acompañó hacia la puerta.

Noé no dejó de darle vueltas al tema de la financiación. Mientras tanto, la revueltas sociales, el desempleo, y la desilusión general iban en aumento. Pensó que su única salida era convecer a otros tipos para que inviertiesen en su empresa. Pepe, un conocido suyo, era el dueño de casi todo el garaje en donde Noé tenía las 5 plazas que le dejó su padre. Resultó que Pepe era una especie de Robin Hood, ya que vivía de alquilar sus plazas de garaje a los ricos, y luego ese dinero lo gastaba en sus ideas y en invitar a unas cervecitas a sus correligionarios. Fue éste quien puso en contacto a Noé con los miembros de su grupo. Y así un día Noé se vio exponiendo su proyecto en mitad de la asamblea de un colectivo de anarquistas.

Noé había divisado con su telescopio un planeta de color azul, que no aparecía en ningún mapa astronómico, y que tenía toda la pinta de ser muy parecido a la Tierra. La idea de Noé era construir una nave capaz de llegar a ese planeta, y escapar del futuro poco halagüeño que pronosticaba él mismo a la Tierra. En principio el proyecto de Noé entusiasmó mucho a los anarquistas. "Llegaremos hasta Utopía, ese pequeño planeta, y allí comenzaremos una sociedad nueva igualitaria", comentó uno de los anarquistas.

El que no andaba muy entusiasmado con sus posibles compañeros de viaje era el propio Noé, pero no le cabía más remedio que colectivizarse si quería dar alguna oportunidad a su plan. La asamblea sopesó los pros y contras del proyecto. Era mucho dinero, habría que trabajar duro, poner toda la maquinaria propagandística en movimiento. Quizá Pepe era el compañero con más posibilidades económicas, algo tendría que decir. Tomó la palabra, y lanzó al grupo un par de cuestiones: "¿Y por qué embarcarse en un proyecto tan arriesgado como improbable? ¿No sería más factible luchar por la revolución, y alcanzar esa sociedad utópica, con la que todos soñaban, en la propia Tierra?" Los anarquistas debatieron el grave asunto durante horas, en una atmósfera cargada y densa por el humo de los cigarrillos. Al final la asamblea votó, y todos estuvieron de acuerdo con Pepe. E intentaron convencer a Noé para que se uniera a la causa.

Noé salió espantado de la asamblea y con dolor de cabeza. Además, no soportaba el olor a tabaco. Tenía serias dudas de que su proyecto pudiera salir alguna vez adelante, pero no le cupo ninguna de que, de llevarse a cabo, en la nave espacial no estaría permitido furmar.

El tema de la financiación estaba resultando la mar de complicado. Noé se vio reconvertido en un vendedor de ilusiones. Alquiló unas vallas publicitarias en las que colocó un mensaje esperanzador: "¿No encuentra trabajo? ¿Teme perder sus ahorros de toda la vida? Véngase con nosotros a otro planeta. ¡Hágase cooperativista!"

La gente debía estar tan desesperada como él, porque en la primera reunión de posibles cooperativistas debieron cerrar las puertas del local que Noé había alquilado, pues ya no cabía nadie más. Noé expuso su proyecto ante una multitud que temía bajar el escalón de la clase media: obreros, profesionales cualificados, y jubilados. La propuesta era construir una nave espacial y compartir los gastos entre los socios cooperativistas que quisieran viajar con Noé. Cuando llegó el turno de preguntas, un señor con bigotillo, electricista de profesión, planteó la siguiente duda: "Y digo yo, ¿no sería mejor viajar a Alemania que está más cerca y costará más barato?". El murmullo de la multitud pareció estar en conexión con la duda más que razonable del electricista. Noé, el eterno aspirante a cosmonauta, volvió a quedarse compuesto y sin novia.

El problema de la gente es que no tenía fe. Era lo que pensaba Noé, mientras miraba con el telescopio su ansiado planeta de color azul. Entonces se percató de que en el mismo problema estaba la solución a sus dificultades de financiación: debía buscar gente que tuviera una fe desmedida.

Empezó por visitar iglesias y mezquitas, pero vio que en aquellos centros de culto nada tenía que hacer, pues las creencias eran muy rígidas y regladas. Pero le fue muy bien cuando acudió con su historia a algunos centros que prometían el bienestar personal y la salud espiritual. Allí la gente andaba imbuida en un sincretismo religioso, y lo mismo creía en Buda, que en la energía de una piedra, que en el mismísimo Jehová. Bastó con ponerle un poco de palabrería y misticismo al asunto para convencer al personal. Hasta puso un nombre al planeta, que a partir de ahora se llamaría Alga, por contracción de las letras griegas alfa y omega. Y fundó el grupo "Amigos de Alga".

Enseguida Noé se vio rodeado de sus nuevos acólitos, muy entusiasmados con el viaje al planeta Alga. Poco a poco se fueron recaudando donaciones de procedencia diversa, y fue emocionante el momento en que se empezó a construir la nave espacial. Mientras tanto, Noé se encargaba de todos los asuntos propios del viaje, que para eso él iba a ser el comandante de la nave: de los suministros de agua y comida, y de contratar a la tripulación. También escogió a toda una cuadrilla de técnicos, entre ellos a un arquitecto y a una aparejadora -quizá habría que edificar nuevas ciudades en el planeta Alga- y al personal sanitario. Y sobre todo trató de elaborar la lista de "los elegidos", ya que eran numerosos los candidatos que deseaban hacer aquel viaje.

Noé también dispuso las especies animales que debían viajar. Sobre todo eligió a cerdos, gallinas, ovejas, cabras y alguna vaca. La mayoría de los "Amigos de Alga" eran vegetarianos y prefería otros animales como perros y gatos, así que tuvo que adornar un poco el porqué había escogido esos animales y no a otros: que si la vaca era el animal sagrado de la India, que si el cerdo traía suerte, y otras patochadas similares. Llenó un almacén secreto, del que sólo él tenía la llave, de jamones ibéricos, pues no pensaba privarse de ese capricho mientras durase el viaje al otro planeta. Determinó que al menos viajase un animal de cada sexo, y siguiendo el mismo criterio elaboró la susodicha lista de pasajeros: tantos hombres, tantas mujeres.

Por fin un día todo estuvo listo. Un pasajero medio chamán roció la nave con unas gotitas de agua bendita del río Jordán, mientras otra de las amigas de Alga entonó un himno espiritual dedicado a ahuyentar las malas energías. La nave partió un 3 de agosto, coincidiendo con la fecha en que emprendió su viaje rumbo a las Américas el almirante Cristóbal Colón. Algún alucinado comentó que todo era por algo, que nada sucedía porque sí, y pronosticó buenos augurios.

Durante el viaje, los años transcurrieron monótonos y sin emociones fuertes. Noé iba dando cuenta de los jamones de la sala secreta, y así conseguía reducir en parte la melancolía que le embargaba por haber dejado atrás el planeta Tierra. Para el resto de la tripulación, los productos estrella eran un poco de chóped y de mortadela, mientras los pasajeros se deleitaban con caprichos de tofu empanados con semillas de sésamo. Noé entabló buena relación con la doctora, y a veces la invitaba a unas lonchas de jamón. La doctora y el propio Noé estaban aburridos de escuchar los consejos curativos de los pasajeros más milagrosos, los mismos pasajeros que acudían a la doctora en busca de un gelocatil cuando no encontraban remedio ni consuelo a sus males en sus métodos más o menos mágicos.

El arquitecto no daba guerra alguna. Andaba todo el día encerrado en su camarote, dibujando esbozos y trazando planos. Imaginaba su legado para la posteridad, la que sería una nueva Brasilia a millones de kilómetros de distancia, soñando con obras faraónicas pero con edificios minimalistas, grandes avenidas, centros comerciales, e incluso túneles soterrados siguiendo los cauces de los ríos. Sin embargo, la aparejadora se aburría muchísimo durante el viaje, de momento no tenía nada que hacer. Se entretenía poniendo a Noé la cabeza como un bombo, hablándole de zunchos, zancas, cerchas, momentos flectores y otras vainas que al comandante de la nave le traían sin cuidado. Por otra lado, la técnica recibía de su propia medicina, cuando tenía que escuchar las cantilenas de los amigos de Alga sobre materiales constructivos mucho más ecológicos y sostenibles, como los ladrillos de adobe y otros que se hacían con mierda de vaca. Otro argumento cómplice más que reforzaba las tesis inventadas por Noé para llevar vacas.

En cada una de las salas de la nave había un monitor de plasma colgado en la pared, en los que el planeta Alga aparecía como una imagen prometedora. Parecía inamovible, como si se mantuviese siempre a la misma distancia, en aquel viaje sin retorno que no parecía tener fin. Según los propios cálculos de Noé aún quedaban un par de años de travesía. A veces la tripulación perdía la calma, y Noé tenía que contentarles con alguna promesa de riquezas que no sabía si podría cumplir algún día. Con los "Amigos de Alga" todo era más fácil, eran personas con esperanza y llenas de fe, y bastaba con venirles con algún cuentito.

Una noche sin día Noé estaba durmiendo en su camarote y vinieron a despertarle, pues algo raro estaba sucediéndole al planeta Alga. Acudió a la sala central y efectivamente, el planeta azul se había convertido en una especie de nube de color blanca, que se hacía más densa según pasaban los minutos. Tripulantes y pasajeros permanecían atentos a los monitores, y se escucharon algunos cánticos espirituales. La doctora lanzó la hipótesis de que quizá una  erupción volcánica de magnitud desconocida hubiese tenido lugar. "Mejor ahora que cuando estemos allí", dijo Noé.

De repente, sin que nadie lo esperase, el planeta pareció desintegrase en el aire, espolvoreándose tras una súbita explosión. A la explosión le sobrevino un juego de luces de colores, tan precioso como espectacular, que causó gran sensación en el pasaje. Los que antes entonaban himnos ceremoniosos empezaron a aplaudir. Noé miró atónito a la doctora, que observaba ojiplática uno de los monitores y sin pestañear. El arquitecto, que también estaba contemplando el espectáculo de fuegos artificiales, debió sentir que sus edificios imaginados se desmoronaban en ese momento como castillos de naipes. Después, los restos del planeta se deshicieron en una nube, que terminó deshilachándose y haciendo "poff", de igual forma que hicieron "poff" las ilusiones de Noé. Y por fin, nada en los monitores, aparte de alguna estrella solitaria como telón de fondo...

Otros relatos