15 de mayo de 2013

Mi gran secreto

Casi no me atrevo a contarlo, desde siempre he sentido un gran pudor para mis cosas más íntimas. Pero ya no quiero ni puedo soportar la gran comezón que me genera el guardar este silencio. A fin de cuentas, después de tanto pensarlo, de darle vueltas al mismo tema, durante noches y noches de insomnio, he llegado a la conclusión de que puedo confiar en vosotros. Siempre os he considerado mis amigos, así que nada debo temer. Es por eso que por fin me he decidido a confiaros mi gran secreto: desde siempre, he querido ser padre.

Al principio, cuando era un adolescente, el asunto de la paternidad me traía sin cuidado. Los niños me resultaban del todo molestos. Cuando iba a alguna boda, por ejemplo, los pequeños mocosos siempre terminaban correteando entre las mesas, haciendo guerras con bolitas de miga de pan, poniéndolo todo perdido. Sus padres les dejaban hacer a su antojo, despreocupados de si molestaban o no, hasta que alguno de ellos se ponía a vomitar, normal si corres después de comer. Había que ver la cara de resignación de los camareros, "no se preocupe, señora, que ya lo recojo yo".

O cuando bajaba al parque a echarme unas canastas al baloncesto. Hacía deporte mientras olvidaba mis penas, quizá las malas notas o puede que un desamor; otros preferían beber en solitario, pobres almas atormentadas, probablemente hayan acabado alcoholizados. Mientras andaba en medio de mis estadísticas baloncestísticas, 2 de 15 en tiros de 3, siempre aparecía algún chavalín:

-¿Señor, puedo jugar, me dejas tirar una canasta? Yo juego muy bien.

"¡Pero qué te has creído pequeño mocoso! -pensaba yo- si no levantas ni un palmo del suelo y tienes menos fuerza que una mosca". Lo que más me jodía era que me llamasen señor.

O cuando aquella niñita me preguntó:

-¿Quieres saltar a la comba?

¿Acaso tengo yo aspecto de saltar a la comba? Mientras tanto su madre, sentada en un banco, leyendo una revista sin sustancia, le gritaba desde lejos con desgana:

-Cristina, deja al señor, ¿no ves que te va a dar un pelotazo?

Y siempre era así: por una cuestión u otra, los niños me parecían molestos e indeseables.

Pero transcurrieron apenas un par de años y empecé a ver las cosas desde otro punto de vista. Porque todos cambiamos en esta vida, está en nuestra esencia como personas.

Fue a raíz de una discusión que tuve con una de mis amigas. Yo andaba tonteando con ella, nada sin importancia, a aquella relación no se le veía ningún futuro. Un día me contó que a ella le gustaría tener 5 ó más hijos. Cuando le comenté que eso de tener niños no iba conmigo, que ya había demasiados en el mundo, incluso muchos eran hasta huérfanos, me echó en cara que yo era un egoísta:

-Y además, ¿quién va a cuidar de ti cuando seas viejo?

En ese momento rompimos la relación; con algunas mujeres no se puede ser sincero.

Pero el caso es que desde entonces no dejé de hacerme las mismas preguntas: cuando llegue a viejo y pronto muera, ¿qué legado voy a dejar a la humanidad, quién me llorará, qué rastro quedará de mí? ¿Sólo se recordarán mi estadísticas del baloncesto, 2 de 15 en tiros de 3?

Tras aquellas conjeturas nació un nuevo yo, y la paternidad se convirtió en la mayor obsesión de mi vida. Quería reproducirme, dejar mi impronta, mi propia huella. De alguna forma pensaba en perpetuarme, y la paternidad se había convertido en un asunto de trascendencia a mi propia vida. Ahora sólo hacía falta encontrar una voluntaria, alguna mujer que quisiera recibir mi semilla. Alguien dispuesta a ser la madre de mis hijos, y, de paso, por qué no reconocerlo, que pudiera satisfacer todas mis necesidades, las trascendentes y las más terrenales.

Sin considerar aquella amiga de entonces, la tarea de encontrar una mujer no fue fácil. No me movía bien en esos territorios. Expresado en términos baloncestísticos, podría decirse que mis estadísticas se aproximaban a 0 de 10 en tiros libres. Es decir, un auténtico desastre.

Con el tiempo empecé a apreciar mi vida de solitario. Siempre he sido de los que prefieren estar solos a mal acompañados. Los años transcurrían despacio pero inexorables, y por hache o por be no lograba saciar mi sed de perdurar. En resumidas cuentas: se me pasaba el arroz. Estaba algo desesperado, hasta que un día vi un anuncio en el periódico que me devolvió ipso facto las esperanzas.

En el anuncio buscaban jóvenes sanos, de hasta 30 años de edad, que quisieran donar su semen para unos programas de reproducción asistida. Por entonces rondaba el límite de edad, pues ya había cumplido los 29. Tras leer el anuncio, me presenté en la clínica al día siguiente. Obviaré los detalles más íntimos de unas cuantas pruebas que debí superar por los pelos, porque aunque siempre he jugado al baloncesto, ya sabéis que soy más bien bajito. Por lo que me he documentado, los clientes de esas clínicas de fertilidad prefieren niños altos, rubios y con los ojos azules. Y a ser posible que sean inteligentes, aunque esto último más bien depende luego de lo tontos que sean los padres adoptivos. Mis espermatozoides debieron ser de primera clase, al menos espabilados, porque a pesar de mi poca estatura me consideraron donante apto.

Acudí a la clínica durante varios días, en los que tuve que llenar unos cuantos tubos de ensayo. El trabajo era agotador, y al final me dieron veinte mil pesetas. Después de aquello no se podía donar más, porque la clínica no quería que todos los fecundados in vitro fueran hijos míos. Así que con las veinte mil pesetas tomé un tren para Barcelona, y volví a donar en otra clínica. Repetí la misma operación en varias clínicas, realizando una auténtica turné por diversas ciudades: Málaga, Sevilla, Bilbao, Valencia, La Coruña... entre otras. Así anduve hasta cumplir los 30 años.

Después de aquello me sentí pleno: lo que tanto había deseado se había hecho realidad. En esta vida, no hay más que porfiar para que los sueños se cumplan. En la perseverancia reside el secreto de la felicidad. Sólo restaba esperar a que mis espermatozoides fecundasen otros tantos óvulos, y fueran implantados en madres sanas pero con parejas estériles.

Desde aquellas donaciones han pasado ya algo más de 12 años. Mis primeros hijos deben tener algún año menos. Gracias a la criogenización confío en seguir engendrando niños por unos cuantos años más, ya que distintas dosis de mi esperma fueron congeladas.

Ahora me emociono cuando veo a los chiquillos corretear por el parque, o alrededor de las mesas en las bodas, entablando peleas con miga de pan. Me parece descubrir en ellos la torpeza de su padre, especialmente cuando veo a esas niñas saltar sin gracia alguna a la comba. O cuando algunos pequeños mocosos intentan jugar al baloncesto, en canastas demasiado altas para ellos: 2 de 15 en tiros de 3. Cada uno de esos chiquillos podría ser mi propio hijo o hija, y parte de lo que he sido y siempre seré. Porque ellos serán lo único que quedará de mí cuando yo me haya ido para siempre...

7 de mayo de 2013

El gran Nino

Cada cual se gana la vida como puede. Eso lo tenía más que claro Nino Torres, el trapecista del Circo Pringlend, un espectáculo ambulante con artistas de medio pelo, circo venido a menos si es que alguna vez fue lo más.

Nino ensayaba lo justo, apenas un par de horas diarias, siempre el mismo número repetido una y otra vez, las mismas acrobacias que conocía de memoria. Atrás en el recuerdo quedaban los duros entrenos con su difunto padre, apretándole las clavijas para que lograse aquel cuádruple salto mortal sin red que tanto pavor le infundía, una barrera infranqueable para él. Como mucho, alguna vez había logrado el triple salto, pero siempre con el respaldo de la red, en un entrenamiento, nunca en el espectáculo enfrentándose al público.

A Nino lo que realmente le interesaba era la filosofía. Paradojas de la vida: sus acrobacias favoritas eran las mentales. Antes y después de cada espectáculo se encerraba en su carromato y podía leer durante horas, a Kierkegaard y a otra panda de autores similares a los que, sinceramente, ni él lograba descifrar por completo.

Se relacionaba poco con los otros artistas, si acaso algo con Rudolf, el payaso, que tenía un humor ácido y sarcástico de adulto amargado. Le hacían gracia las salidas de madre del payaso. Con el resto apenas trataba más que lo justo, en las comidas, durante el espectáculo y poco más. Le aburrían las conversaciones triviales de sus colegas. Por supuesto que a él sus compañeros no le comprendían, siempre abordando complejos asuntos sobre la razón de ser y el pensamiento humanos. De tan sesudo que era le habían puesto el sobrenombre de "el Sesitos". Y de tanto discurrir sobre la existencia humana, Nino iba perdiéndose en su propia existencia de solitario...

Pero quién podía vivir y comer de la filosofía... Por eso no le quedaba más remedio que seguir siendo acróbata con desgana. A fin de cuentas, el puesto y el oficio lo había heredado de sus padres, estaba predestinado, provenía de una ilustre familia de artistas circenses, la familia Torres. Incluso dos de sus tíos abuelos, The Towers Brothers,  llegaron a debutar en las pistas de los circos americanos más famosos de su época.

Pero aquellos fueron otros tiempos de gloria y esplendor. Ahora los componentes del Circo Pringlend malvivían de pueblito en pueblito: el circo ya apenas interesaba a casi nadie. Había alguno meses en que ni cobraban, y a todos los artistas les debían ciertos atrasos que daban ya por perdidos.

Pese a las adversidades, la vida de Nino trasncurría plácida y tranquila. Pues un filósofo que se precie de serlo -pensaba él mismo-, no necesita más que un techo, un poco de comida y sus libros. Y con eso el simple de Nino se conformaba.

Para el dueño del circo, el señor Román, las cosas no eran tan triviales. El hombre vivía preocupado porque las cuentas no le salían, y se devanaba los sesos, una y otra vez, persiguiendo alguna idea que rescatase a su empresa del inminente estado de calamidad.

-¡Hemos de reducir gastos, cobráis demasiado para lo poco que yo gano! -repetía el patrón a los artistas. Y no es que estos cobrasen demasiado: es que las arcas no daban para más.

El señor Román vivía obsesionado con el Circo del Sol, y pensaba que por ahí debía pasar la solución: montar un espectáculo lleno de colores y de números nunca vistos. "Innovar, investigación y desarrollo, emprendimiento", se repetía a sí mismo. Parecía que una troupe de políticos le hubiera lavado el cerebro. Hasta un día contrató a un director de arte italoargentino, que hizo confeccionar unos trajes de gallos con colores chillones, y unos escenarios acordes con aquellas aves de corral. Rita, la contorsionista, hizo un número de gallina clueca que empollaba un huevo, y Nino nunca se sintió tan ridículo en el trapecio como aquella vez al verse vestido de pollo. El payaso Rudolf tuvo chascarrillos feroces para medio año. Cuando representaron el espectáculo en Peñaranda de Bracamonte, provincia de Salamanca, la gente se quedó ni fú ni fa: ni quedaron impresionados, ni mostraron desagrado. Ni fueron muchos los asistentes de aquella tarde, ni acudieron menos que otras veces a presenciar el espectáculo. Al día siguiente, el creativo italoargentino fue despedido y sus gallos de colores se fueron detrás de él.

-¡Tenéis que renovar vuestra puesta en escena! -insistía el señor Román-. ¡Y tú, Nino, a ver si te reinventas, que llevas 13 años con el mismo numerito!

La verdad es que Nino apenas se inmutó con la crítica, y siguió con sus piruetas repetidas y con sus libros de filosofía. Hasta que un día llegaron al circo las hermanas Chuang: Li, Ying y Xiaoyan, 3 saltimbanquis chinas que el señor Román puso a prueba.

Las 3 eran ex-gimnastas fracasadas que jamás ganaron una medalla y nunca fueron a una olimpiada, pero que al menos ahora podían malvivir con lo que aprendieron en una infancia perdida y remota. Eran menudas y hábiles y, aunque aparentaban ya sus años, seguían conservando sus cuerpos de niñas. Su espectáculo pleno de piruetas sorprendentes a ras de suelo era dinámico y alegre, y trajo el aire nuevo que el Circo Pringlend ya iba necesitando. Las tres juntas cobraban el mismo sueldo que uno solo de los otros artistas del circo, y eso ya era decir menos que poco. Después de cada voltereta siempre sonreían, como si el moño que les recogía el pelo les apretase demasiado. Con la llegada de las hermanas Chuang, Nino y los demás supieron que debían espabilar si querían conservar su puesto de trabajo.

Así que Nino tuvo que desempolvar las pesas, las flexiones, y hacer más gasto en magnesio y talco. Recordó los anhelos de su padre, "el temido cuádruple salto mortal sin red", eso no podía fallar. Pero pronto pensó que con un triple salto debía bastar ante el señor Román. Y puso empeño en la tarea.

La cosa no marchó como esperaba. Tras muchos esfuerzos, el triple salto le salía sólo dos veces de cada tres. Le sudaban las manos de puro nervios, y montañas de magnesio no bastaban para absorber tanto fluido corporal. Li Chuang le sonreía desde lo bajo del trapecio, y entonces Nino se ponía aún más nervioso. Tanto tiempo dedicaba a entrenar, que hasta Kierkegaard y los suyos debieron echarle de menos. Pero al fin logró, después de 3 semanas concentrado en su nueva misión, que el triple salto mortal le saliera con cierta soltura.

-Parece que el Sesitos se ha puesto las pilas -comentó Rómulo el enano.

Pese a todos los esfuerzos de Nino, el señor Román no pareció muy impresionado con sus avances. En su fuero interno había tomado ya sus decisiones. Las chinas le caían simpáticas, y además le salían más rentables, pues si una enfermaba quedaban las otras dos. Y comían bien poco. Quizá la suerte de Nino estaba más que echada: ahora sí que tendría tiempo para filosofar.

Una tarde de feria en un pueblo vulgar, sin torre ni castillo, Nino presentó su nuevo número. Los carteles que empapelaban el pueblo habían anunciado en letras grandes y rojas a las 3 saltimbanquis chinas. Y justo más abajo, algo más chiquito, el cartel decía: "¡El gran Nino y su tripe salto mortal sin red!". Cuando en mitad de la pista, el maestro de ceremonias pronunció idéntica frase y redoblaron los tambores, el cuerpo de Nino se estremeció: estaba aterrado. Se le hizo un nudo en la garganta, y no pudo tragar saliva. De nuevo empolvó de magnesio sus manos, cogió el trapecio y comenzó a balancearse como un péndulo humano: uno, dos, tres... En el cuarto impulso saltó al vacío...

El redoble de tambores mantuvo cierto suspense, mientras más abajo la gente hacía pompas con el chicle, y los niños roían palomitas como pequeños ratones, en una especie de acto sacrílego para un momento tan solemne. Nino giró vertiginosamente en el aire, y dio una voltereta, dos, tres... Extendió las manos en busca del trapecio salvador. Sin saber por qué, perdió durante una milésima de segundo la concentración, y se le vino a la mente Nietzsche y su superhombre...

Nino sintió el suelo a sus espaldas. Pero fue apenas por un instante. Enseguida ascendió más ligero que una pluma, como nunca lo hiciera, cada vez más y más arriba, y se sorprendió a sí mismo dando un cuádruple salto mortal, sin apenas esfuerzo. Tantos años temiendo a aquella acrobacia, y ahora pensó que tampoco era para tanto. Siguió subiendo, dando piruetas pero de puro aburrimiento. Abajo se había formado un gran revuelo, las madres gritaban y tapaban los ojos a sus niños, que traviesos intentaban zafarse de la mano materna para mirar el espectáculo a toda costa. El señor Román parecía preocupado, como siempre, y Rita la contorsionista estaba furiosa y negaba con la cabeza. Nino dio otra voltereta, y otra, y otras más, y se sintió bien consigo mismo, pues ahora, sin el menor esfuerzo, era capaz de dar cuantos saltos mortales quisiera. De repente hasta comprendió los razonamientos más tortuosos de algún filósofo que tenía atravesado. Pero lo que no lograba entender aquel volatinero era por qué las hermanas Chuang, que ahora le parecieron más menudas y avejentadas, habían dejado de sonreír. Pobre filósofo, que tan poco sabía de la vida y de la muerte...

Y entonces a Nino no se le ocurrió, por respuesta, más que intentar un quíntuple salto mortal...

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