15 de abril de 2013

Las cuatro estaciones del señor Augusto

Al señor Augusto no le gustaba en absoluto el frío. Era un miembro fiel de la cofradía del parte meteorológico, nunca faltaba a su cita diaria con el hombre del tiempo. Ante el menor indicio de bajada de temperaturas encendía a tope la calefacción. En los meses más fríos nunca salía a la calle sin su gorro de pelo de conejo ni sin su bufanda roja.

Por eso aquel año sintió un pálpito esperanzador cuando los ciruelos del parque florecieron antes de tiempo. Era un buen presagio, y signo de que la primavera se había adelantado. Si el señor Augusto  hubiera tenido la más mínima curiosidad por la vida de las aves, se habría dado cuenta de que también las golondrinas habían regresado antes de tiempo en aquella primavera incipiente. Y de que las cotorras argentinas, tan escandalosas como siempre, ya estaban poniendo patas arriba y remozando sus nidos, como quien revuelve buscando alguna ropa ligera en el interior del armario y se va haciendo a la idea de guardar la de invierno.

El señor Augusto era desconfiado por naturaleza, y a pesar de los buenos augurios esperaba alguna que otra helada tardía. Por eso aún no quitó la manta de la cama, y como sentía calor, prefirió dormir en calzoncillos. Avanzaron los días y aumentaron las temperaturas. No le cupo ninguna duda de que el invierno ya no regresaría cuando en la frutería encontró sandías de secano en pleno mes de marzo. El hombre del tiempo no dio ninguna explicación, pero los hechos consumados pusieron de manifiesto que una especie de primavera-verano había llegado. El señor Augusto se plegó ante los acontecimientos, y entonces decidió guardar en la cómoda la manta, la bufanda roja y el gorro de pelo de conejo.

Lo que más le gustaba a aquel anciano era la ligereza de ropas y alegría de carnes que llegaba con el buen tiempo. En primavera siempre aparecían los primeros escotes, y las faldas comenzaban a acortarse. Entonces al señor Agusto le gustaba pasear por el parque y disfrutar de la fauna y de la naturaleza. Las parejas de enamorados se sentaban bajo la dulce sombra de los árboles, y el señor Augusto se entrenaba en el arte del acecho, observando con disimulo a los jóvenes mientras retozaban gozosos en la hierba. De paso aquel anciano se deleitaba también un poco, y recordaba nostálgico y con cierta envidia sus desaprovechados años de juventud.

Mas aquel año hacía tanto calor que la hierba del parque no tardó en agostarse. Los parques estaban desiertos desde bien temprano y hasta que empezaba la noche, ya que todo el mundo se refugiaba de las altas temperaturas en sus casas. Con los parques despoblados, el pobre señor Augusto se quedó sin su espectáculo favorito, y no tuvo más remedio que resignarse: sin fauna salvaje a quien acechar, no tenía sentido permanecer en el parque pasando calor. Aunque le costaba reconocer que aquella canícula prematura le sofocaba, al final terminó quedándose en casa como todo el mundo.

En los hogares el panorama no era ni mucho menos de alivio, y aun con las persianas bajadas el bochorno era igual de insoportable. El friolero de Augusto aborrecía los aires acondicionados, a los que siempre había atribuido sus imaginados síntomas de artrosis. Pero durante aquella primavera de secarral, hasta echó de menos no tener instalado en casa alguno de aquellos aparatos otrora indeseables.

Cuando llegó julio se escucharon las primeras voces de alarma, pues los pantanos estaban bajo mínimos. El Ayuntamiento tuvo que racionar el consumo de agua, que por orden y mando del alcalde sólo venía a eso de las 8 de la noche. Entonces sólo llegaba un hilillo de agua, que apenas daba para llenar unas pocas botellas en toda la noche. A mediados de agosto el agua comenzó a expeler un extraño olor a azufre, y tuvieron que venir camiones cisterna para abastecer de agua potable a la población.

Para entonces los plátanos de paseo ya se había desprendido de su hojas. El señor Augusto imaginó que la sabiduría de las plantas presagiaba por fin la llegada del otoño. Los plátanos eran más sabios de lo que presumía aquel anciano, y si dejaban caer sus hojas era porque ya no podían mantenerlas, como quien desteta a sus pequeñas crías porque ya no puede amamantarlas. No obstante, con este fenómeno el señor Augusto albergó cierta ilusión, y se sorprendió a sí mismo cuando se descubrió pensando que quizá un poco de frío no le haría mal.

Y de igual modo transcurrió el otoño, sin pena ni gloria, tal y como habían pasado las estaciones anteriores, sin que se atisbara en el cielo el mínimo rastro de nube alguna. El mercurio seguía cociéndose a fuego lento en el interior de cada termómetro, como si aquellos tubitos graduados fueran minúsculas marmitas en las que el líquido metal borbotease, como lo hace el magma candente de las barras de acero en los altos hornos.

Llegaron los presuntos meses de invierno. De tanto calor, hubo que evacuar hacia latitudes más frescas a los osos polares del zoo, ya que no quedaban más cubitos de hielo con que refrescarlos. También los torpes pingüinos volvieron a su tierra, y sin embargo las jirafas nunca se sintieron tan a gusto, como si estuvieran en su propia casa. El señor Augusto vio la noticia en televisión, y con sus ojos escrutadores contempló cómo encajonaban a aquellos animales para el viaje de retorno. Después apagó el televisor y fue a orinar, antes de acostarse. El reguero de pis le trajo recuerdos de otros ríos más caudalosos, de cuando el agua fluía con soltura por los grifos y cañerías de su casa. Ahora había días en los que nada salía de los grifos sedientos, pues incluso por las noches el Ayuntamiento cortaba el suministro de agua sin previo aviso. Aquella noche al menos pudo remojar su dentadura postiza en un vaso de agua, aunque tuvo que esperar un buen rato hasta que el vaso se llenó. Sumergió su dentadura en el fétido líquido y se acostó.

Ya en la cama, no dejó de pensar en el asunto de los pingüinos, y en el largo viaje que habían emprendido junto a los osos polares. Otra vez el calor pegajoso de la noche no le dejaba dormir. Meditó que la cosa no podía seguir así, y que quizá también él debía emprender el camino de los osos polares. ¿Pero a dónde podría ir él, que ni siquiera había visto nunca el mar? En toda la noche no pudo quitarse de la cabeza aquella idea, la de viajar a latitudes más septentrionales.

A la mañana siguiente, bien temprano, buscó su antigua maleta de cuero. Hacía mucho tiempo que no la utilizaba, tanto que no recordaba de qué color era. Armó un gran revuelo trasteando en el armario, casi tanto como el que liaron las cotorras argentinas cuando llegó la primavera. Buscó y rebuscó en lo más hondo del armario, entre cajas y utensilios inservibles que había abandonado allí hacía montones de años. Cuando encontró la maleta guardó en ella unas cuantas prendas de abrigo, sin olvidarse de su bufanda roja, ni por supuesto de su gorro de piel de conejo. Metió también unos cuantos pares de calcetines gordos de lana, pues creía recordar que no soportaba los pies helados en los meses más fríos. Cuando tomó rumbo al aeropuerto le sobrevino un sentimiento de nostalgia anticipada.

Una vez en el aeropuerto, compró el primer pasaje disponible con rumbo a Helsinky, sin que le preocupase lo más mínimo, pues no era consciente en ese momento, el hecho de que él no hablaba ni una palabra de finlandés. Y sólo cuando se hubo acomodado en su sillón, ya dentro del avión, percibió cuánto habían cambiado las cosas aquel año. Él, que siempre había odiado el invierno, volaba ahora a un país desconocido en busca de un poco de frío. Porque las estaciones ya no eran tal y como él las había conocido, y se habían convertido en un verano eterno e insoportable...

3 de abril de 2013

Angelitos negros

Antonio Machín tocando sus maracas

No recuerdo de dónde salieron, ni cuándo por primera vez vi aquellos dos pequeños objetos. Los recuerdo desde que era bien pequeño, y siempre tuve la sensación de que llegaron a casa antes de que yo viniera al mundo. Uno era rechoncho y tenía forma de calabaza. El otro se asemejaba bastante a una de esas berenjenas en vinagre, de forma ovalada en un extremo, y con un palo a modo de mango en el otro lado. Los objetos a los que me refiero eran 2 maracas de plástico y lisas, y de un color marrón bastante feo. Ni que decir tiene que yo prefería la maraca con forma de berenjena. Sobre todo por su sonido, más alto y agudo, y porque como tenía el rabito largo se agarraba bastante bien. De hecho, en el reparto que hice con mi hermano, me adjudiqué la que parecía una berenjena. Aunque mi hermano nunca le prestó demasiada atención a ninguna de las dos maracas.

Siempre me pregunté qué contenían aquellas sonajas en sus interior, cuáles eran las partículas que, por fricción sobre el plástico, producían ese ruido de serpiente de cascabel. Puede que fueran pequeños granos de arena, o de arroz. Ese niño, que era yo, sentía una gran tentación por desvelar aquel secreto. Pero al contrario de lo que hubiera hecho mi hermano, siempre dispuesto a practicar el método ciéntífico de desarmar las cosas, yo nunca destripé las dos maracas para ver qué había dentro. La idea sí se me pasó por la cabeza montones de veces, pero ya era consciente, a tan temprana edad, que aquel intento sería el fin de aquellos instrumentos. El empeño sería tan vano como el de ese tipo que mata un canario cantor para ver qué organismo produce su hermoso trino: muerto el canario, se acabó el canto. Quizá entonces comprendí que en la vida no se puede tener todo lo que uno desea. El soniquete divertido que me ofrecían aquellos dos artilugios compensó mi curiosidad por saber...

De alguna forma me incomodaba que las dos maracas fueran tan distintas. Se me antojaba que sus sonidos deberían ser iguales, porque no había forma de seguir un ritmo acompasado. Además, la maraca-berenjena se acomodaba en mi mano como un guante, pero no ocurría otro tanto con la que a su manera imitaba a una calabaza.

Todos los veranos nos íbamos de vacaciones al pueblo de mi madre, Sorihuela del Guadalimar, en la provincia de Jaén. Olivos, mucha calor, y olivos y más olivos. No sé ni cómo ni por qué, pero las dos maracas aparecieron entre los juguetes que habíamos llevado con nosotros al pueblo. Imagino que mi madre, harta de tanta sonaja desacompasada, decidió un día desterrarlas allí. La pobre no imaginaba las tardes de siesta que le esperaban con aquella decisión tan desafortunada para ella. Por el contrario, para mí fue una grata sorpresa encontrar las maracas entre la pila de juguetes.

A los adultos les encanta la siesta. Pero para un niño, resulta uno de los momentos más tediosos del día. En cantidad de ocasiones, los niños y los adultos tienen intereses encontrados. Cuando mi madre quería dormir, mis hermanos y yo sólo pensábamos en jugar. Esperábamos a que mi madre quedase vencida por el sopor estival. Entonces nos escabullíamos del dormitorio, para acudir sigilosos al salón en que teníamos los juguetes. Como jugábamos en silencio, mi madre, o no nos descubría o nos dejaba hacer. A veces reñíamos y mi madre acudía enojada blandiendo en la mano una zapatilla. Nos amenazaba con darnos una ciribicundia, que era uno de los castigos mitológicos de mi madre, y no teníamos más remedio que volver al dormitorio con las orejas gachas. Cuando se quedaba tranquila, vuelta a empezar: encendíamos la tele y la veíamos con el volumen muy bajito para no despertarla.

Por entonces, mucho antes de la llegada de las telenovelas, después de comer, la televisión sólo daba programas soporíferos. Al menos desde el punto de vista de un niño. En aquellas sobremesas de siesta, sesudos tertulianos de izquierda debatían sobre el sexo de los ángeles, o hacían interpretaciones más o menos peregrinas sobre cualquier asunto de arte. Mis hermanos caían pronto vencidos por el sueño, pero yo atendía impertérrito a aquellos debates de tan honda intelectualidad. Por la tade, en la plaza del pueblo, le espetaba a los otros chiquillos asuntos tales como que la otredad era el viaje ficticio con el que se consolaban los que no podían ser lo que soñaban. Ahora tengo la certeza de que no me entendían, y sospecho que por eso siempre me rebatían con el argumento de que los madrileños éramos muy "fisnos". "Fisnos" lo decían con una i "larguíiiiiisima". Era su forma de imitarme. En su misma retahíla, aquellos chavalillos andaluces pronunciaban muy silvantes las eses de "fisnos", con similar esfuerzo al de un trapecista que de un salto mortal busca el más difícil todavía...

Una tarde extraordinaria los tertulianos se pusieron melosos, y debatieron sobre el bolero, la guaracha y otros sones cubanos. El moderador dijo: "veamos unas imágenes de archivo". Y como resucitado, ahí apareció el auténtico Antonio Machín, la gran estrella musical de la época juvenil de mis padres. Cantó "Angelitos negros". En cada mano llevaba una maraca, que meneaba como si no les prestase la más mínima atención, pero con un ritmo cadencioso y seguro de sí mismo. Desde ese momento quise ser maraquero, y sentí con absoluta clarividencia que mi otredad tenía algo que ver con uno de aquellos angelitos negros de Machín. Y eso a pesar de que mi tez es pálida como la leche...

Mientras tanto, los eruditos de la televisión comentaron que aquellos sones estaban más que superados gracias al Che y a la revolución cubana. Yo discrepé de aquella opinión y literalmente pensé: "helmano, ¿tú sabes?, que rico el ritmo éste". Apagué el televisor y fui a buscar las dos maracas, y me puse a imitar la cadencia monótona de las maracas de Machín. Pero aquello era más difícil de lo que yo imaginaba...

A cada rato ensayaba, pero no lograba seguir el compás. Perdía el ritmo, y yo lo achacaba a que las dos maracas eran diferentes, la berenjena y la calabaza. Las dos de Antonio Machín tenían forma de berenjena...

Un día, como si de un pequeño milagro sin importancia se tratase, encontré en la casa otra maraca con forma de berenjena. Debía de ser de mis primos, y era idéntica a la otra que yo tenía, salvo en el color, de un rojo pálido casi rosa, y con el mango negro. Tras aquella aparición no albergué ninguna duda: Dios había dispuesto que yo fuera maraquero. Y empecé a agitar las dos maracas-berejena con renovado empeño. Aunque seguía perdiendo el compás, seguí ensayando con tesón tarde tras tarde,  siesta tras siesta...

Mi madre debió estar en total desacuerdo con aquellos designios divinos, sobre todo cuando vislumbró a su hijo convertido en un maraquero sin ritmo ni compás. Y mira que intenté seducirla con aquello de "madrecita del alma querida, en mi pecho yo llevo una flor". Una tarde sin siesta fui en busca de mis dos maracas. La tarde anterior las había dejado, junto con otros juguetes, en un tambor de detergente. Pero el bote no se encontraba donde debía estar. Le pregunté a mi madre, y me dijo que le había regalado el tambor con todos los juguetes a unos niños pobres del pueblo.

Me sentí desolado. Uno no puede oponerse a unos hechos que se hacen en favor de los niños pobres. Se podría cuestionar el bombardeo de Berlín o de Nueva York, pero si es en pro del bien de los niños pobres no hay nada que discutir. Me resultaba indiferente que mi madre hubiera regalado mis juguetes, pero no entendía por qué les había entregado mis maracas a aquellos niños.

Al final perdí el interés por el canto y el ritmo, todo un futuro prometedor echado a perder. Siempre ando desacompasado, e imagino que por eso siempre evito el baile en las bodas y en otros eventos. Ahora ni tan siquiera sé por dónde anda mi otredad. En las tardes de calor me gusta dormir la siesta, y en numerosas ocasiones una pesada digestión no me deja descansar. Entonces sueño con aquellos niños pobres del pueblo de mi madre. Van desarrapados y tienen la cara tan sucia, que apenas se les distingue más que los dientes de su sonrisa socarrona. Con una destreza envidiable tocan mis maracas, mientras me cantan los angelitos negros de Antonio Machín...

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