12 de febrero de 2013

Una casa sin ventana

Niños antes fachada con ventanas
Fotografía por Henri Cartier-Bresson
Por fin ayer nos dieron el piso. Nos citaron a las 10 de la mañana, en la plazuela que está justo enfrente del edificio de viviendas. Casi llegamos tarde, y tuve miedo de que fuéramos a perder la casa. Juanito se había atrincherado en el baño y no quería salir, mientras María jugueteaba con las galletas y no terminaba nunca de desayunar. La culpa es de mi madre, que es demasiado contemplativa con las niñerías de mis dos mocosos. Al final tuvimos que partir a toda carrera, con los niños a medio bañar y mal desayunados.

Llegamos justo a tiempo. La alcaldesa empezaba su dicurso, y ahí estuvo largando como un loro por más de media hora. Para ser sincero, no le presté demasiada atención, pues ya tenía yo suficiente con sujetar a los niños. Con tanta perorata estaban archiaburridos y no paraban de pelearse entre ellos. Encima mi padre y mi madre les reían las gracias. Temí que nos amonestaran y que nos fuéramos a quedar sin la casa.

Por fin la alcaldesa terminó su discurso y todos aplaudieron. Entonces un señor gordito y con lentes de pasta, creo que un concejal, empezó a recitar los nombres de los "adjudicatarios del primer plan integral de la vivienda para los más desfavorecidos", sí, creo que eso fue lo que dijo. La verdad es que yo y mis hijos si algo somos es desfavorecidos. Porque yo soy padre soltero, y nada menos que con dos hijos pequeños de 3 y 4 años, que no es moco de pavo el tenerles que cuidar y alimentar. Eso le dije al tipo de asuntos sociales, el que me hizo los papeles para solicitar la vivienda. Claro, que le conté que era viudo, porque lo de ser padre soltero está muy mal visto...

El caso es que hace unos años anduve en amores con una contorsionista de un circo ambulante. Había conseguido un trabajillo limpiando las jaulas de los leones y las porquerías de los elefantes que, por cierto, hacen unas mierdas monumentales. La contorsionista se llamaba Rita Lomas, y pronto la dejé embarazada. Al principio todo nos fue bien. Primero nació María, que me recuerda en todo a su madre, sobre todo cuando trata de escabullirse porque no se quiere tomar el desayuno. Yo estaba loco de amor por mi contorsionista, que era bien apasionada. Pero la cosa se torció cuando nació Juanito, porque nada más verlo me di cuenta de que era clavadito a Rómulo, uno de los enanos que actuaba en el número de Blancanieves. Imagínense qué coraje me dio, casi ahogo al infame de Rómulo en el agua sucia donde chapoteaban los elefantes. Me encerraron en el calabozo, y cuando me soltaron, el circo y todos sus miembros habían desaparecido sin dejar rastro. Sólo quedaron las mierdas de los elefantes. Rita había dejado los niños al cuidado de mi madre, y no dijo para dónde se marcharon.

Por supuesto que nada de esto le conté al funcionario de servicios sociales. Es un buen tipo pero demasiado joven y confiado. De lo contrario no hubiera sido tan fácil conseguir la casa. Aunque hasta el último instante de la entrega de llaves temí que no nos la dieran. El concejal gordito de las gafas no pronunció mi nombre hasta casi el final de su larga lista. Ahí acudimos a saludar a la alcaldesa toda la familia, los niños, mis padres y yo. Mi madre, loca de alegría, le dio un sonoro beso que hizo ventosa en su cara flácida, y Juanito lloró al verla; los niños son desconfiados y tienen como un sexto sentido que les protege de los peligros. La alcaldesa desprendía un olor agradable, una mezcla entre gominolas y el aceite de engrasar la bicicleta. Me entregó las escrituras de la residencia, así llamó a la casa, y un juego de llaves.

Pero la alegría se tornó pronto en cierta desilusión. Aunque la casita es pequeña, 23 metros cuadrados, está bien aprovechada, con su cuartito, una cocina-comedor y un pasillo. El baño es comunitario y está afuera. Lo que me desanimó era que no tenía ninguna ventana. ¿Cómo iba a poder ventilar la casa, tender la colada, o incluso vigilar a los niños cuando alcancen a jugar en la calle? El concejal rechoncho entró a saludarnos, qué tal su nueva casa, muy bien, muchas gracias, pero mire usted, que no tiene ventana, a ver si nos la puede cambiar por otra. Y me dijo que ya no se podía hacer nada, pero que iban a pintar un trampantojo muy bonito en la fachada, y el edificio parecería un paisaje con montañas, nubes y arbolitos. ¿Y para qué quiere uno un paisaje si no se puede asomar por la ventana a mirarlo?, me dieron ganas de gritarle. Pero me contuve, no fuera a perder el que ya era nuestro hogar.

Pensándolo bien, es para estar contentos, aunque no deja de atormentarme la mala pata, ¡mira que con todas las casas que había, tenía que tocarnos una sin ventana...!

5 de febrero de 2013

Sin novedad en el frente

Sin novedad, mi sargento. Al menos, ahora todo está en calma, y sólo se escucha el trino de algún pájaro que, canturreando a lo lejos, me recuerda a una de aquellas frías mañanas en las que solía bajar a pescar al río con mi padre...

Mi sargento, usted decidió no descartarme a pesar de mi corta vista. Mi querida madre insistió: "Alega lo de la vista, que así se libró tu padre". Pero usted, sargento Ramírez, como hijo de puta que fue, no debió conocer el cariño de una madre. "¡Aquí no se libra ni mi puta madre!", sí, ahora lo recuerdo, eso me escupió a la cara. Y ninguno nos libramos... Ni siquiera el gordo de Jorge, "el albondiguilla", ni Amadeo, "el flaco", que era asmático. Ni yo mismo, "el lupas", que apenas veo sin mis lentes... No, sargento, ahora todos estáis muertos, y para ser sincero, bien o mal, os lo merecíais tanto más, o tanto menos, que cualquiera de los combatientes enemigos...

Dicen que en otro tiempo no había soldados de reemplazo, que todos los que se alistaban eran voluntarios y profesionales, que recibían su buen salario. Ahora nuestra única paga son insultos, frío, y un rancho infame que no es digno ni del más pulgoso de los perros.

Antes de esta sinrazón gozaba de la vida, entregado a la lectura de cualquier libro en el parque. Mataba las horas devorando páginas y páginas, bajo el abrigo de un árbol cuando hacía algo de viento, o dorándome al sol tibio en los meses de primavera. Ahora mismo en que yazco exhausto en esta tierra de nadie, de alguna forma la situación se parece a la de aquellos momentos de relajación, pues el mismo sol de entonces acaricia mi rostro y me adormece. Cuando los fusiles de asalto y las almas se han callado, los cálidos rayos del sol me traen recuerdos certeros de aquella otra vida despreocupada...

Lo veo nítido hace apenas unos instantes, o quizá unas horas, sargento Ramírez, con sus ojos acuosos de bebedor y su panza bien alimentada, y con ese vozarrón desagradable de siempre: "¡A la carga, maricones, al que se dé la vuelta le pego un tiro!"...

Todos hemos saltado, con aparente brío, en busca de la trinchera enemiga, pegando cuatro escopetazos mal dados con nuestros fusiles de asalto. He debido quedar inconsciente por la onda expansiva de un impacto de mortero, o algo así. Porque acabo de despertarme como de un mal sueño, oyendo ráfagas de bala silbando a mi alrededor, y la voz ronca del sargento maldiciéndose de dolor a tan solo unos metros de mí.

Cuando mis ojos me han devuelto el entorno, en imagen borrosa, me he dado cuenta de que en el presunto impacto he perdido las gafas. No sabía para qué lado estaban nuestras trincheras, ni para cuál las del enemigo. El sargento Ramírez seguía chillando como un puerco herido, y ha empezado a gritarme: "¡Dispara, idiota, dispara!". No distinguía nuestros soldados de los del enemigo, sólo intuía sombras que parecían humanas, corriendo como agazapadas.

Mis manos temblorosas han vuelto a coger el fusil, y, aún postrado en el suelo, he comenzado por silenciar los gritos que venían en dirección del sargento. ¡Por fin comprendo que el sentido de la guerra es el de acabar con cualquier hombre sin nombre! A duras penas me he incorporado, y ya en pie, he descubierto que una pierna me sangraba. Ignorando el dolor y mis escrúpulos, he puesto rumbo hacia las sombras y he abierto fuego con mi fusil, otra vez, sin distinguir uniformes, colores ni rangos. Ahora ya no percibo esas sombras, las que poco antes danzaban a mi alrededor. Descanso entre la neblina de unos restos humeantes de metralla, que me evoca a la de aquel río al que acudía a pescar con mi padre. Los pajarillos silbando, desde las copas de los árboles, me regalan sus monótonos trinos, y unos tímidos, pero tibios rayos de sol, me adormecen, como en aquellos días en que me abandonaba a la lectura con absoluta despreocupación...

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