15 de diciembre de 2013

Yo que vosotros

En ocasiones uno anda perdido, desbrujulado, como sin saber a dónde ir, ni por dónde te vienen los tiros o las flechas. En estos tiempos, de tan farragoso e interesado fuego cruzado, es normal que el despiste y la duda ahonden en vuestra desconfianza. Algunos caeréis en la tentación de no abrir los oídos por la comodidad de no escuchar. Quizá el desánimo os venza, y mientras cerráis los ojos os perdáis la inequívoca verdad que os vengo a presentar. Pero yo que vosotros me lo pensaría mejor, y no haría caso a tantos dimes y diretes, de los que tan sólo pretenden desprestigiar nuestra encomiable labor por puro interés propio. Porque hacedme el favor de pensar al menos un ápice: ¿alguna vez no hemos sido fieles a nuestros principios?

Si bien nos acusarán de que no cumplimos todas nuestras promesas electorales, reflexionad un momento: ¿acaso el capitán de una nao no endereza el rumbo ante el temporal inminente que se le avecina? Más claro agua... De semejante manera, así hemos acomodado, siempre que fue necesario, nuestra forma de gobernar ante las coyunturales vicisitudes con las que nos hemos topado. Porque precisamente, el buen gobierno consiste en transmutar los comportamientos, cual camaleón adopta la piel para adaptarse al entorno que le rodea. Sólo así se alcanzan las altas metas que todos ansiamos. Únicamente os pido que tengáis un poco de paciencia...

Imaginad ahora a una pobre niña en el interior de un cine, minúscula e inerme ante la descomunal pantalla iluminada, con el cucuruchito de palomitas que le ha comprado su papá... Lo más importante no es lo que contiene el cucurucho, sino el cucurucho en sí mismo como contenedor, que a fin de cuentas, es el que mantiene recogidas las palomitas. Gracias a ese humilde envase, me refiero al cono forjado en sólido papel, la niña se puede comer las palomitas a capricho, según el propio ritmo y capacidad de su pequeña boquita de pitiminí. Nuestro partido, es como ese recipiente de aparente poca importancia, pero que todo lo recoge para que nada se pierda en el camino. Y si algún trozo de maíz reventado rueda por el suelo, es por la escasa pericia de la niña, que tan poco sabe de la vida...

En esta humilde metáfora, vosotros quedáis representados por la dulce niña, tan poco ducha en el arte de zampar palomitas, dada la inexperiencia de sus pocos años. El papá de la niña representa al Estado. Y las palomitas de maíz son los derechos fundamentales, recogidos en la Carta Magna, los cuales nos toca distribuir con equidad a nosotros los políticos para que a nadie le falten. Que a saber, enumero los más importantes: educación, sanidad, vivienda, y buenos alimentos. Y más que nada, dinero y trabajo. Porque la ociosidad es la madre de todos los vicios...

Sin dilación alguna, paso a presentaros algunas de nuestras propuestas electorales. Tan solo destacaré los aspectos que considero más importantes. El resto quedan pendientes para la próxima ocasión, que tiempo hay de explicitarlos...

Comencemos por la educación. ¿Que os hacen falta útiles escolares para vuestros niños?: ¡tomad, una tableta electrónica! ¡Basta ya de mochilas cargadas de libros! Unos ciudadanos bien formados, son unos ciudadanos libres. O eso dicen. ¡Libertad de enseñanza, escuela laica o religiosa, o escuela en casa según el gusto de cada cual! ¡Pondremos a vuestra disposición los autobuses escolares que hagan falta! Recordad que cada niña tiene su ritmo a la hora de comer palomitas. Y cada papá también debe poder elegir a qué cine y qué película va a ver con su hija.

Somos el único partido que defiende la salud universal en todos los sentidos. ¡Y sin discriminación horaria! ¡Porque sabemos que la salud es de las cosas que más importan en esta vida! Desde ahora, nos comprometemos a que la Seguridad Social, también incluya la cobertura médica de nuestras mascotas. ¡Pronto tendremos hospitales homeopáticos para perros...!

Permitidme un inciso que quizá no venga al hilo... ¡Cuidad vuestro voto, seguid mi recomendación, y no se lo entreguéis a aquellos que quieren acabar con vuestras pensiones, a esos que vienen a recortar el estado del bienestar y de las cosas! ¿Acaso no los veis venir, envueltos en aparente piel de cordero, cuando en realidad resultan ser lobos fieros de dientes afilados? Permaneced tranquilos; por vuestra seguridad, les estaremos vigilando. ¡Nosotros somos como el buen pastor, y bajo nuestra protección, nada habéis de temer! ¡Mientras algunos sólo piensan en asegurarse su propio futuro, nosotros vamos a preocuparnos por vivir el presente! ¡Porque la vida son dos días contados, pese al que le duela...!

Y lo de menos son esos cotilleos de portera con que salen algunos: que si nos gastamos en esto o en aquello, que si ahora compramos unos trajes, o que si organizamos unas cenas... No se trata de despilfarro, como lo llaman los que nos critican, en un modo de actuar que no es más que pura demagogia... ¡Son gastos de representación, y no son más que peccata minuta! Como representantes del pueblo, estamos en la obligación de cuidar la imagen, que no es más que la vuestra representada en nosotros mismos... ¡Algunos confunden el protocolo con la malversación, porque piensa el ladrón que todos son de su condición...!

Los mismos que nos calumnian, nos acusan de colocar a los más cercanos en los puestos de confianza. ¿Acaso no os sentís más tranquilos rodeados de familiares, metafóricamente hablando, porque sabéis que ellos nunca os van a fallar? Y si queréis carreteras, pues fíjate tú que resulta que a nosotros lo que más nos gusta en este mundo es construir carreteras. ¡Os vamos a construir las mejores autopistas del mundo, porque vosotros os lo merecéis...!

También venimos resueltos a terminar con los duros fríos de invierno, sí... ¡A terminar de una vez con los sufridos fríos de invierno...! Estamos dispuestos a subvencionar la calefacción, todo gratis, y para reducir el coste energético, edificaremos cuantas centrales nucleares sean necesarias. ¡Sembraremos las colinas con molinos de viento, y repoblaremos las mesetas con paneles solares! Porque sobre todo nos preocupa el medio ambiente, y vamos a invertir en I+D+i, ya que el mundo está sediento de una energía nuclear no contaminante. Economía sostenible, sí, pero con todas las medidas de seguridad...

Como último propósito, insisto que por el momento, ¡vamos a apoyar a los emprendedores de una vez por todas, sí, vamos a apoyar a los emprendedores...! ¡Que lo sepa todo el mundo!: somos el único partido dispuesto a rebajar los impuestos, empezando por las multas de tráfico, para que todos aquellos profesionales que lo necesiten, puedan aparcar en doble fila durante su jornada laboral...

Algunos de vosotros os estaréis preguntando: ¿y para nosotros, los que formaremos el gobierno, qué? Pues os voy a ser franco: para nosotros nada, la pura verdad sea dicha. Tan solo os pedimos el regalo de vuestro voto. Porque nos basta con la satisfacción del trabajo bien hecho, y la recompensa personal de saber que hemos cumplido con nuestra obligación... Por eso es bien importante que caminemos juntos en las elecciones que ahora vienen, codo con codo, hombro con hombro. Con total sinceridad: si con vuestro voto, confiáis en nuestro bien hacer, os prometemos que seréis recompensados con creces. Como aquel que dice: si diereis 10, recibiréis 100. En verdad, que me siento tranquilo, porque conozco la ilusión que depositáis en mis palabras...

Por todo ello, y por muchas razones más que no da tiempo a enumerar ahora, insisto en pediros la colaboración generosa del voto vuestro para el nuestro partido. Por favor, no os vayáis a confundir de papeleta: fijarse bien, que hay un partido con el logo parecido pero no somos nosotros.

Y por último, no quiero ser pesado, pero os vuelvo a aclarar que nosotros no necesitamos nada material. Con el voto ya nos apañamos, y luego ya, si eso, hacemos cuentas...

Atentamente, se despide vuestro futuro presidente. Si me votáis, claro. Que no es por mí, que si queréis votar a otro partido, a mí me da igual. Aunque yo, que vosotros...

1 de diciembre de 2013

Cuento chino

Hace ya mucho tiempo y en un lejano lugar, un hombre decidió cambiar radicalmente de vida. Bueno, en realidad, puede que el sujeto de esta historia fuese de aquí al lado, y que todo lo que le aconteció ocurriese ayer mismo. El tiempo y el lugar son lo de menos. Lo importante es lo que le acaeció a aquel hombre...

Pues sucedió que el tipo era así como medio corriente. Quizá no tan corriente; o puede que un poco sí. Más bien ustedes dirán. Y aunque se llamaba Paco, tampoco eso importa demasiado. Se ganaba sus habichuelas trabajando como cada hijo de vecino, en un banco de reconocida fama aunque de dudoso prestigio. Nuestro fulano se andaba con pocos remilgos respecto a la reputación de su empresa, porque bastante se le hacía a él con tener que trabajar de sol a sol, y de lunes a viernes. El pobre Paco se veía como un auténtico esclavo del banco, y ni todo el oro del mundo podía compensar la pérdida de su valioso tiempo.

Cuando no estaba trabajando, Paco procuraba disfrutar al máximo en todo tipo de actividades, en las que dilapidaba sus escasos momentos de ocio. Debía ser una manía suya de bancario, el empeño de obtener siempre la máxima rentabilidad al poco tiempo libre del que disponía. Entre semana apenas podía disfrutar de un par horas de gimnasio. Pero cuando llegaban los fines de semana, su actividad era frenética, inmerso en un sube y baja de ocupaciones de ida y vuelta: ahora me voy por allí, ahora vengo por allá; más tarde viajo por donde ahí, al cabo regreso por este lugar de acá. Intentaba rellenar todas las horas para no tener que pensar en sí mismo, y si en algún momento no encontraba un plan, se sentía como un pez fuera del agua al que le faltase el oxígeno. Era como un tiburón que necesitara nadar para poder respirar.

En los terrenos del amor y la amistad, también Paco iba de flor en flor, pues era incapaz de comprometerse con nadie. Para él las relaciones duraderas eran tan esclavas como el trabajo en el banco, ya que no le dejaban tiempo para sus asuntos. Estaba demasiado obsesionado con beberse hasta la última gota de sus días, como si se fuera a morir al día siguiente.

El día en que su vida tomó un rumbo distinto, Paco andaba en mitad de uno de sus intensos viajes, encaramado a una de las cumbres del Himalaya. Desde aquella atalaya descomunal, en las orillas del Tíbet, la inmensidad del paisaje le devolvió la imagen de su propia pequeñez. Se sintió vacío por dentro, y cayó en la cuenta de que, pese a su trajín vital, no terminaba de sentirse pleno. Allí mismo y en aquel momento decidió romper con toda su existencia anterior, incluso exponiéndose a perder su formidable empleo. Buscó un monasterio cercano que reuniera las mínimas comodidades, y se encerró en él a reflexionar, bajo la hospitalidad de unos monjes tibetanos.

El santón que regentaba aquel monasterio era un tipo huesudo, calvo y con grandes ojeras, como de no haber dormido en toda su vida. El hombre era algo más achinado y pálido que el resto de sus compañeros. Con ayuda de un diccionario de bolsillo, Paco le preguntó qué debía hacer para alcanzar la felicidad. Mediante señas y grandes dosis de paciencia, el monje le respondió que dejase la mente en blanco, y que buscase su propia respuesta en la meditación.

Durante meses, Paco dejó fluir el tiempo como nunca lo había hecho hasta entonces, enfrascándose en la meditación. Hasta que de pronto un día vio, con total y desgarradora clarividencia, que se estaba aburriendo. Se despidió de los monjes y tomó un avión de vuelta a casa.

Para cuando regresó, había perdido su trabajo en el banco. Como andaba sin blanca, debido a los gastos por tanto trasiego, no le cupo más remedio que buscarse un empleo de urgencia, para ir tirando, hasta que hallase algo mejor. Lo único que encontró, así a bote pronto, fue un puesto de pinche, en la cocina de un restaurante chino situado en un centro comercial. Si el trabajo en el banco le había robado todo su tiempo, el del restaurante, además, le dejaba rendido. Y encima por mucho menos de la mitad de sueldo. Los fines de semana siempre tenía que trabajar. Acababa tan cansado, y a horas tan intempestivas, que cuando llegaba a casa lo único que le apetecía era echarse en la cama, para descansar y soñar con tiempos mejores.

En el restaurante no hacía otra cosa más que limpiar cacharros, meterlos en el lavavajillas, barrer y fregar los suelos, y emplatar comida para los glotones clientes. El lugar, atestado de gente a todas horas, era uno de esos bufés libres en los que, por un precio moderado, uno puede comer hasta reventar. Casi todo pura fritanga y ensaladas para aderezar. Mientras retiraba la porquería de los platos, Paco observaba el ajetreo ansioso de la marabunta de comensales, que devoraba los platos rebosantes, como si aquella fuera la última comida de sus vidas.

El dueño del restaurante era el señor Liao, un chino de avanzada edad. A Paco no dejaba de chocarle que se le hacía igualito al superior de los monjes tibetanos, sólo que éste tenía pelo. El señor Liao supervisaba que todo estuviese dispuesto a su manera, y quizá por hacer honor a su nombre, andaba tan liado, que no faltaba a su puesto ninguno de los siete días de la semana. Aquel jefe tenía su peculiar sentido del humor y, cuando sentía a alguien quejarse por el excesivo trabajo, sonreía y respondía lo mismo: "Más tlabajo, más dinelo".

Una tarde en que el restaurante andaba algo tranquilo, Paco aprovechó para acercarse al señor Liao. Le habló de su viaje por tierras del Tíbet, y del tremendo parecido que le encontraba con el superior de los monjes tibetanos que allá conoció. "Pudiela sel mi helmano, aunque él no sel tibetano", respondió el jefe. Hubiera sido demasiada casualidad, aunque por lo visto un hermano del señor Liao había emigrado a la región tibetana, hacía ya muchos años, y desde entonces nadie había vuelto a saber de él. Durante la conversación fue surgiendo cierta complicidad entre el empleado y su jefe. Entonces Paco comentó algo sobre su vida, los asuntos que lo angustiaban, y la desazón que desde siempre le provocaba la falta de tiempo. Incluso se atrevió a preguntarle al señor Liao si era feliz, trabajando a todas horas.

-Un sabio consejo yo dal a ti -respondió el chino- ¿Tu vel lestaulante siemple lleno? La gente quelel comel mucho de todo. Pelo lo impoltante no es comel mucho, sino comel bueno. Alguna gente no sabel distiguil jamón malo de uno pata negla, y pol eso yo ganal dinelo. Así debelías tú hacel con tu tiempo: no buscal hacel muchas cosas, sino encontral las pocas cosas buenas que hacel pala sel feliz.

El jefe miró de soslayo a su empleado y, sin perder de vista a los comensales, apostilló con una sonrisa de hombre vivo:

-Ya tu vel: no tenel que viajal hasta Tíbet pala encontlal sabidulía...

Y después de estas palabras, el señor Liao le ordenó a Paco que se diese prisa, que había que reponer unas bandejas de croquetas...

17 de noviembre de 2013

Media naranja

Hay nombres que marcan un destino. Eso pensaba Modesta del suyo propio. Y también que quizá, de haberse llamado de otra manera, como por ejemplo Susana o Ernestina, los acontecimientos le hubieran sucedido de forma bien distinta.

Por lo que fuera, sus padres quisieron honrar la memoria de su abuela paterna, y la condenaron a llevar ese nombre suyo de por vida. Bien es cierto que pudo habérselo cambiado al cumplir la mayoría de edad. Pero a fin de cuentas, Modesta sentía que su nombre le venía como anillo al dedo; no era capaz de imaginarse con otro apelativo. Además, intuía que su sino no lo iba a cambiar así, sin más, de manera tan fácil, rebautizándose en la edad adulta y a costa de traicionar la bendita gloria de su abuela, a la que no había conocido nunca, pero por la que sentía un gran vínculo emocional gracias al nombre que compartían.

Modesta, que merodeaba ya por la senda de los 35 años, aún no había encontrado al amor de su vida. Ni tan siquiera había tenido un amago de novio, ni jamás paladeado las dulces delicias del beso de un hombre. Los años y la vida misma se le escapaban cual arena fina entre las manos, y le echaba gran parte de la culpa de su poca ventura a ese nombre suyo, tan inusual y tan insulso, como de otra época, tan impropio para unos tiempos ávidos de pomposidad y exageración...

El nombre de Modesta sobre aquella mujer, encajaba como el título en una obra de teatro en que se interpretara su propia vida. Pues Modesta se veía a sí misma como una chica sincera y sin dobleces, sencilla, silenciosa, y puede que algo aburrida. En donde quiera que estuviese, pasaba tan desapercibida que pocos hombres se fijaban en ella. Y eso que tampoco era fea. No tenía mucho don de gentes, siempre tan tímida; sólo se mostraba tal como era con su única amiga íntima.

Su amiga se llamaba Agripina, y también andaba desparejada. Con aquel nombre, pudiera parecer que su caso era aún más grave. Nada que ver, pues Agripina era bien echada para adelante, y nada exigente con los hombres. Lo que le sucedía a ésta era que, tras unos cuantos fracasos amorosos, andaba algo desesperada por encontrar a algún galán con el que adornar su alcoba, para compartir un poco de placer y sentimiento. Al contrario que Modesta, Agripina sí había aprovechado los años de juventud, pero su cuerpo ya no estaba para excesos nocturnos de garrafón y discoteca. Ésa era la razón por la que últimamente andaba todo el tiempo encerrada en su cuarto, obsesionada con las redes sociales y los contactos a través de Internet. Pasaba las horas muertas frente al ordenador, buceando en portales diversos a la captura de un amor. De repente había cambiado, en su tiempo libre ya no salía apenas de casa; la única forma de comunicarse con ella era a través del móvil o por correo electrónico.

Modesta estaba algo preocupada con la nueva fijación de su amiga. Por acompañarla, atendió a su petición de darse de alta en un portal web sobre búsquedas de pareja, de esos que facilitan citas a ciegas con chicos compatibles. De paso, y aunque Modesta no se imaginaba acudiendo a una de esas citas, pensó que no pasaba nada por probar.

Modesta abrió una cuenta con su nombre verdadero, mientras que Agripina, más experimentada en esos territorios, utilizó el seudónimo de Sultana. Tras rellenar sus respectivos perfiles, en los que se les preguntó por asuntos tales como la edad, el color del cabello, aficiones, o lo que no soportaban en un hombre, la fortuna de ambas fue desigual. Sultana pronto se las prometió felices, pues el algoritmo de búsquedas le devolvió 47 aspirantes compatibles. Sin embargo, Modesta no encontró ningún candidato adaptado a su forma de ser: la máquina escupió cero candidatos semejantes a su personalidad. Por curiosidad, elevó el rango de edad de los pretendientes, y entonces el ordenador mostró la ficha de un tipo 17 años mayor que ella. "Demasiado viejo", pensó. De nuevo reflexionó que, con aquel nombre suyo, estaba predestinada a no encontrar nunca su media naranja...

Mientras Sultana acudía a ciegas y sin descanso a una y otra cita, incluso a veces, por ahorrar tiempo, quedando hasta con dos chicos a la vez, Modesta se vio relegada a permanecer sola en casa. Parecía que su amiga le había contagiado el vicio de pasar las horas muertas frente a la pantalla del ordenador, porque ahora era ella la que malgastaba el tiempo escribiendo su nombre y aficiones en los buscadores de Internet. La red de redes era un océano tan inmenso, que con un poco de paciencia siempre podía encontrar a alguien con alguna afición similar, aunque fuera de la otra punta del planeta.

Por ejemplo, Modesta sentía pasión por los poemas de Vicente Alexandre, el teatro y la música medieval. Para ella fue una auténtica revelación descubrir que no era la única rara avis en este mundo. Conoció un chico peruano que parecía su alma gemela, por sus gustos y aficiones. Pero Perú le quedaba demasiado lejos, y ni tenía los medios ni la valentía suficiente como para atreverse a cruzar el charco en busca de aventuras...

Después de tanta cita a ciegas, Agripina encontró por fin un hombre de su agrado. Bajo la mirada algo escrupulosa de su amiga, el tipo no parecía un ejemplar muy aseado, aunque sí demasiado soez. Pero qué se le hacía a Modesta -pensaba Agripina-, quien nunca parecía conformarse con nada, y que buscaba un príncipe de un color tan azul que no existía...

Ahora que volvía a tener novio, de alguna forma Agripina se sintió culpable del desamparo de Modesta. Por eso se empeñó en ayudarla a encontrar su media naranja, si es que andaba por alguna parte. Dadas las rarezas y la timidez de su amiga, sabía que la encomienda no iba a ser tarea sencilla. Hasta que después de mucho indagar, un día descubrió el anuncio de un hombre que le hizo albergar alguna esperanza de compatibilidad con su querida amiga.

El reclamo sin foto de aquel hombre parecía sincero, y tan a la desesperada como el mensaje de un náufrago en una botella: "Me llamo Modesto, y soy tal y como te imaginas por mi nombre: ni alto ni bajo, ni muy gordo ni muy flaco. Me gustan los poemas de Vicente Alexandre, el teatro, y una buena conversación literaria en un café. Y sobre todo, me agradan los paseos tranquilos por el parque. Busco chicas de entre 33 y 40, para posible relación formal o de amistad. Abstenerse cualquier otro tipo de relaciones raras. Me encontrarás este sábado, 5 de noviembre, a las 6 de la tarde en la plaza que está frente a la estación de tren. Llevaré un rosa roja en la mano; podré distinguirte si llevas tú una igual. Por favor, no faltes a la cita, porque sin ti me quedan ya pocas esperanzas. Te estaré esperando hasta las 7".

La coincidencia del nombre y de los gustos tenían que ser algo más que una mera casualidad. Así que Agripina mostró el anuncio a su tímida amiga, y le insistió en que no debía dejar pasar aquella oportunidad. Pese a sus temores y reticencias iniciales, Modesta debía andar en horas tan bajas que se rindió a la voluntad de Agripina; por una vez decidió tomar el tren que le brindaba.

Eran las seis menos cuarto y allá que se presentó Modesta con su flor. Se situó bajo el enorme reloj de la plaza, pero de momento allí no había ningún hombre con ninguna rosa. Cuando el reloj sobre su cabeza anunció las seis, apareció otra mujer portando una rosa similar en sus manos. A cierta distancia, ambas mujeres se miraron disimuladamente. Modesta quiso creer que debía ser una casualidad. Al cabo aparecieron otras dos chicas con sendas rosas rojas, y luego otras tres, y otras dos más. Modesta dio por hecho que aquellas chicas acudían a su misma cita, y sin saber muy bien qué hacer, se decidió por esperar a ver qué sucedía. Cuando el reloj cantó las siete en punto, ningún hombre se había presentado allí, y si lo hizo, quizá quedó espantado al ver tantas rosas rojas...

El sentido del ridículo y el desamparo de aquellas 9 mujeres debieron ser brutales, pero el desconsuelo común les hizo acercarse las unas a las otras, en busca de cierto alivio recíproco más que por curiosidad. Tras un breve acto de presentación en mitad de la plaza, reconocieron, mutuamente y sin complejos, que habían acudido a la misma cita con aquel individuo de rostro anónimo que jamás se presentó.

Después de las presentaciones, las 9 féminas decidieron continuar la velada en un café literario próximo a la estación, en el que recitaron tranquilamente poemas de Vicente Alexandre. Allí trazaron planes de amistad con el fin de verse otros días. Modesta se reconoció a sí misma en aquellas nuevas amigas, que curiosamente tenían nombres tan poco envidiables como el de ella. Y a pesar de no haber encontrado aún a su media naranja, por fin se sintió a gusto consigo misma, con su nombre y sus circunstancias...

2 de noviembre de 2013

La última cena

No sabía Luis Torres que, ahora que le tocaba evocar cada uno de sus platos favoritos, la nostalgia le iba a invadir de manera tan grave. Algo tendría que ver el hecho de que hasta la fecha, todos los días de todos los años, se había visto obligado a engullir la nada apetecible y repugnante misma bazofia.

En ese penal dejado de la mano de Dios y de los hombres, el suministro de comida corría a cargo de una empresa de servicios. La misma contrata, por cierto, que abastecía los útiles de limpieza, y que proporcionaba hasta el papel higiénico. Con semejante abanico de prestaciones tan dispares, cabía la posibilidad de que los cocineros osaran revolver la comida con las mismas escobillas de enjuagar los retretes. El caso es que mientras unos hacían su negocio, a los reos les tocaba alimentarse con pura mierda, siempre sin hoja de reclamación. El mismo aspecto desagradable tenía un puré de zanahorias, que una menestra de verduras o un pudin de berenjenas: para Luis Torres, el preso número 5/535, cualquiera de aquellos platos era un puro comistrajo, y desde que entró en prisión, hacía ya más de 12 años, la alimentación constituía una auténtica tortura.

Por eso para aquel día tan señalado, Luis Torres tenía claro que solicitaría un menú a la carta. Ya que le dejaban elegir, no iba a dejar pasar la ocasión. Sabía que tampoco podía excederse en sus peticiones, porque el alcaide del penal era un tipo poco dado a conceder licencia alguna. Al jefe de los carceleros le gustaba humillar a los reos vistiéndolos de color rosa, u obligándolos a pasear en calzoncillos de igual color en los pegajosos días de verano. Era un tipo duro de bigotes acabados en punta al que no le temblaba nunca la voz, y no dudaba en mandarte a una celda de aislamiento ante el menor desacato, incluso arbitrariamente si ese día había discutido con su mujer, que si acaso era la única que se atrevía a toserle un poco.

Bajo esta premisa, la de no tocar las cosquillas al alcaide, anduvo Luis Torres dándole vueltas al asunto del menú que para aquella ocasión tan especial le permitían escoger. Le vinieron a la mente las criadillas de cordero o las jugosas tortillas de patatas que le preparaba su madre, pero sabía que ningún cocinero iba a poder igualar el arte culinario de la abnegada mujer que le trajo al mundo, y menos si era reclutado entre la vecindad del estado de Texas. Y por descontado que, encontrar criadillas en ese lugar remoto, no era más que una pura quimera...

Descartados los manjares de su madre, Luis Torres evocó los pajaritos fritos que asaba con su padre cuando juntos salían a cazar en los aledaños del pueblo. Ese recuerdo le resultaba agridulce, pues durante su confinamiento en aquel presidio, los pajarillos del patio eran los únicos que le habían ofrecido alguna ilusión de libertad. Luis Torres se dio cuenta de que le embargaba cierta melancolía, pensando una y otra vez en su familia, y así no había forma de dedicarse a la elección del menú.

Intentó centrarse, pero esta vez los recuerdos se le fueron a las costillas de res a la brasa que solía saborear los domingos en casa de sus suegros. El padre de su mujer tenía buena maña para los asuntos de barbacoa. Aquellos fueron quizá los momentos más felices de su vida, antes de que pillara a su infiel esposa en el lecho con otro hombre... En un ataque de ira los liquidó a los dos, con el revólver que precisamente su suegro le había regalado. Poco tardó en ir a parar con sus huesos a la cárcel. Reviviendo su deshonra, Luis Torres rememoró las sabias palabras de su madre: "Nunca te cases con la hija de un juez". Pero él desoyó el consejo, qué iba a hacer, enamorado como estaba de aquella texana pecosa, y cruzó el océano dejando atrás el pueblo, la familia y las tortillas de su madre...

Llegó la víspera de su última voluntad, y para entonces Luis Torres aún no había escogido el menú de despedida. Tan sólo le espetó al alcaide: "Traiga de cenar lo que quiera, pero por favor: que no sea la misma mierda de todos los días". En un alarde de imaginación más que previsible, el carcelero alcanzó a pedir un par de hamburguesas en un establecimiento cercano. Con eso se conformó Luis Torres, y a decir verdad, cuando llegó su momento de gloria, se las zampó con glotonería y gran satisfacción. Echó un eructo como el de cualquier hombre libre, y sólo entoces, con un aplomo que ponía los pelos de punta, se supo dispuesto para el momento postrero de la inyección letal...

28 de octubre de 2013

Demolición

Dos años y medio sin encontrar trabajo menoscaban las certezas de cualquiera. La subvención del desempleo se te esfumó un par de meses atrás, y los cuatrocientos euros de la ayuda familiar apenas alcanzan para nada...

Lo mismito que tus chavales se meriendan los bocadillos de chorizo cada tarde, así os váis comiendo los ahorros. Porque los niños siguen yendo al colegio, gracias a Dios, y les tienes que comprar los libros, los rotuladores y los cuadernos. Sin olvidarte del chándal para la gimnasia, que hacen deporte cada dos días, lunes y miércoles, y la liga de futbito que juegan todos los fines de semana. Que te preguntas si no será que el patio es de lija, como bromeaba Gila, porque no veas cómo pule el mayor las zapatillas, y los pantalones, se queja la madre, que cada vez que se cae al suelo los trae hechos unos puros jirones. Si no fuera porque tu mujer es apañaa... Demonio de cole, de gimnasia y de chiquillos...

Menos mal que te ha ido saliendo alguna ñapa;  entre chapuza y chapuza, y con tu mujer limpiando portales, vais tirando... Uno, que no le hace ascos a nada...  Y ahora, que te han llamado para este trabajo de demolición. A fin de cuentas, tantos años de gruista tenían que servir para algo... Aunque no te sientes del todo conforme, porque eso de tirar las casas de otros no está bien, por más que te digan que son viviendas ilegales, chabolas de toda la vida, vamos, pero viviendas a fin de cuentas...

Pero es que si hubieras rechazado el trabajo igual no te llaman para otro, ¡qué mierda de vida...! Y ahí estás tú de nuevo, tempranito, como otras tantas mañanas de entonces, haciendo lo que mejor sabes hacer, que es manejar una grúa. Te encaramas a la cabina. La verdad es que nunca has manejado un trasto de estos tan antiguos con bola de demolición, lo comentaste en la entrevista telefónica, pero el tipo que te llamó parecía poco remilgado. ¡Con tal de encontrar a alguien dispuesto...! A fin de cuentas, tu experiencia te avala.

Arrancas la máquina, practicas un poco con la enorme bola de acero, el péndulo mortal se balancea como un botafumeiro dispuesto a espolvorear cemento y polvo de ladrillo. Mientras oscila la descomunal esfera, la persigues con la mirada. Cierto vértigo te invade ante su movimiento hipnótico, y por un momento la sangre parece abandonar tu cerebro. Será porque no has podido pegar ojo en toda la noche, "no está bien derribar casas ajenas", repetía tu mente en brumas, una y otra vez, "no está bien..." Hasta el carajillo mañanero del bar, en vez de asentarte el ánimo, parece que se te hubiera atragantado...

"¡Deje de jugar con la bolita!", te regaña el encargado, y te ordena que te encamines hacia el poblado. La máquina avanza con paso lento pero decidido, como un tanque acercándose hasta el lugar en el que se ha de entablar una cruenta batalla. El traqueteo temible de las orugas perturba la paz de una mañana cualquiera, igual que la misma frase repetida trastorna tu paz interior: "no está bien derribar casas de otros, no está bien...". Por si no te bastase con lo tuyo, parece que hay cierto revuelo a tu alrededor, los vecinos están cabreados, todos te increpan... Menos mal que unos antidisturbios arropan con celo al gigante de hierro que te pasea...

Ahí las tienes frente a ti: el grupo de chabolas que van a convertirse en el pan de tus hijos. ¡Hasta antena parabólica tienen los cabrones...! Acaban de desalojar a las familias, que como pueden se apresuran a sacar sus enseres personales. ¡Vaya tele de plasma llevan esos, no está nada mal...! Aquella niña debe tener la edad de tu pequeño; ¿no debería estar a estas horas en la escuela? Estás nervioso y te sudan las manos. ¿Acaso se preocupan ellos de tu hipoteca? ¡Qué pena te da esa abuela que camina en bata y zapatillas, con el frío que hace esta mañana...!

Ése de ahí debe ser el juez, viene para abrir acta. Conversa con la abogada de esa asociación de vecinos, los que tanto dan por culo con sus gritos, tiran hasta piedras. Por un momento ruegas a Dios que ojalá llegue un indulto, que se aplace la demolición para otro día. La abogada se retira, su cuerpo revela el ánimo de su derrota. Al final no ha habido suerte, ni para ti ni para nadie... ¿Acaso no has de pagar los petit suit de tus chiquillos? Cuando te dan la orden de avanzar, la gigantesca bola de acero se te anuda en la garganta. Tu máquina ruge con un sobrecogedor chirrido que recuerda a grito de guerra: "¡Demolicióoooooon...!"

22 de octubre de 2013

Llego tarde

Aquella mañana a Gumersindo se le pegaron las sábanas más de la cuenta. Pasó mala noche, durmiendo a sobresaltos. Estaba preocupado, sentía ansiedad por el informe trimestral de gastos que tenía que defender ante la inquisidora de su jefa. Cuando sonó el despertador no quiso apechugar con la dura realidad, apagó el aparato y se volteó para descansar un par de minutos más. Pero esos minutos se convirtieron en más de media hora larga, y cuando fue consciente de que se había dormido, no le cupo más remedio que espabilar y alistarse a la carrera. Se duchó a toda prisa, y desayunó apenas un vaso de leche a la par que se vestía. Justo antes de salir por la puerta de casa miró su reloj de bolsillo, esa antigua reliquia, herencia del abuelo con cadeneta incluida, que funcionaba con cierto retraso. Movió la naricilla y mostró los incisivos como si fuera un conejo, en un tic nervioso inevitable que le acompañaba desde siempre. Y como cada día se repitió aquello de “llego tarde, llego tarde”.

Por si no le bastase con las consecuencias de su propia pereza, cuando descendió a los infiernos de un andén atestado de gente, comunicaron por megafonía que el metro estaba averiado. ¿Alternativas?: coger un taxi hasta el trabajo, o ir a pie hasta la siguiente parada, para luego tomar otra línea de metro. Optó por la segunda opción, ya que supuso que el taxi le iba a costar el ojo de una cara en aquella hora punta.

Sintió que le faltaba el aire cuando ascendió a toda prisa por la escalera mecánica, desandando el camino en busca de la boca del metro. En la taquilla pensó en pedir un justificante para el trabajo, pero el gentío que había en la cola le desanimó. Total, para qué le iba a servir aquel papelito, ante una jefa que no tendría la menor piedad por su retraso.

Ya en la calle, se detuvo un instante para tomar una bocanada profunda de aire fresco, y por un momento sintió algo de alivio. Entonces una muchacha de ojos azules y cabello rubio, que parecía bastante joven, le sacó de su ensimismamiento:

- ¿Perdone, sabe dónde queda la siguiente parada de metro?

-¿Ehmm...? Sí, acompáñame si quieres, yo voy para allá.

Pese a su amabilidad, Gumersindo sintió la compañía como un lastre, pues su intención era la de caminar a toda prisa en busca de la siguiente estación.

-Perdona que vayamos tan corriendo -se disculpó Gumersindo-, es que llego tarde a la oficina. ¡Siempre llego tarde! -dijo como para sí mismo-. ¡Pero hoy más que nunca…!

-No te preocupes, yo también voy fatal de tiempo. Y encima es mi primer día de trabajo.

Casualidades de la vida: la chica tenía que viajar hasta la misma parada de tren que Gumersindo. Así que compartieron viaje y hasta un poco de intimidad, enlatados como sardinas en un vagón repleto de gente. Por el camino Gumersindo tuvo la oportunidad de conocer algo de la vida de la muchacha.

- Vine hace unos meses buscando trabajo, pensado que esta ciudad estaría llena de oportunidades. Porque yo soy de Huelva, y allí no hay apenas curro de lo que he estudiado. ¡Y ya ves!: justo cuando pensaba marcharme porque no encontraba nada, van y me llaman para el trabajo que empiezo hoy. Al final va a resultar que este lugar es tan maravilloso como me imaginé…

A Gumersindo, la chica le pareció demasiado risueña.

- Ni de lejos es tan maravilloso como piensas. Tú misma tendrás la oportunidad de comprobarlo, ya lo verás…

Por fin llegaron a la estación de destino. Gracias a la conversación con aquella chica, Gumersindo había conseguido relajarse un poco. Pero cuando sacó el reloj de su bolsillo para mirar de nuevo la hora, descubrió con horror lo tarde que era. De inmediato se despidió con la excusa de las prisas:

- Perdona, llego tarde, es demasiado tarde, me marcho a la carrera, encantado de conocerte. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

- No te lo he dicho. Alicia, me llamo Alicia.

- ¡Alicia…! Yo Gúmer, de Gumersindo. ¡Adiós Alicia! ¡Espero que tengas suerte en tu primer día de trabajo, y que te vaya bien en esta ciudad…!

Entonces Gúmer, justo antes de marcharse a toda velocidad, torció la nariz y mostró los dientes como correspondía a su tic nervioso. A Alicia aquella mueca le hizo gracia, porque le recordó a un conejo.

Cuando Gumersindo llegó a la oficina aún pensaba un poco en Alicia, tan guapa, tan despreocupada y carialegre. ¿Por qué no encontraría él una novia como ella? Enseguida su jefa, Beatriz, le sacó de sus edulcorados pensamientos:

- ¡Gúmer!, ¿por fin estás aquí? ¿Sabes que llegas tarde? ¡Tarde, como siempre, pero más tarde que siempre! ¿Qué excusa me vas a poner hoy? ¡No sé por qué no te he despedido ya…!

- El metro... -respondió el empleado con levedad-. Se averió.

- ¡No me interesa saberlo! ¡Debíamos haber empezado ya!, ¿has traído el informe de gastos?

La jefa cerró de un portazo la sala de reuniones y zanjó de un plumazo la conversación.

Beatriz era una cincuentona que aún conservaba rastros y restos de su hermoseada juventud, pero que no era capaz de asumir que ya no era una jovencita. Quizá por eso vivía algo amargada, y le amargaba la vida a todos los súbditos que tenía alrededor. Empleaba en su cuerpo flácido cuanto potingue inventaba el mercado con promesas de eterna juventud, y también había visitado al cirujano plástico en un par de ocasiones. Vestía faldas extra mini, o pantalones tan ajustados que le hacían parecer una furcia. Marcaba su territorio al caminar con sus tacones de aguja, sin que la moqueta menoscabara un ápice el repiqueteo de su paso firme. Allí todo el mundo la llamaba “la Reina de Corazones”, siempre a escondidas, por supuesto. Porque abalanzaba de manera lasciva su escote amplio hacia cualquier hombre de la oficina, como queriéndolos engullir con sus tetas. Sobre todo cuando decidía despedir a alguno de aquellos oficinistas desgraciados, lo cual sucedía bastante a menudo, tan poco le duraban los empleados. De hecho, Gumersindo era de los que más antigüedad tenían, con tan sólo 2 años y medio en aquella oficina, y uno de los pocos que habían sobrevivido a todas las purgas. Quizá, en el fondo, Beatriz se había encaprichado de su tic nervioso de conejo.

Y sobre todo, cual bruja de Blancanieves, “la Reina de Corazones” no soportaba la presencia de ninguna mujer bonita que le pudiera hacer el menor atisbo de sombra. Por eso allí no había más que oficinistas de sexo masculino, sin contar a un par de secretarias medio feuchas. Y a doña Clara, la recepcionista, que tampoco era lo que se dice una preciosidad, ya que rondaba la edad de la jubilación y estaba bastante estropeada.

Como era inevitable siempre que Beatriz estaba presente, aquella reunión matinal de primera hora fue tensa y se alargó un poco más allá de la hora del café. Pero poco más o menos, Gumersindo logró sortear el vendaval que casi se le vino encima, y logró defender con éxito su informe de gastos. Beatriz abrió la puerta de la sala y taconeando tomó rumbo a su despacho. Entonces Gúmer se atrevió a echar una miradita a su reloj.

- ¡Dios, qué tarde es! Ya hace tiempo que pasó la hora de desayunar, no van a quedar bollos en la cafetería... ¡Siempre tarde! ¿Alguien se viene?

Para su sorpresa, al alzar la vista vio que a tan solo unos pasos, sentada ante una pantalla de ordenador, como trabajando, estaba la joven del metro, aquella rubia jovial llamada Alicia.

- ¡Alicia! -le habló Gúmer- ¿Qué haces aquí?

- ¡Vaya, qué sorpresa! -respondió Alicia- ¿Ésta es tu oficina? Justo he empezado hoy a trabajar aquí. Me han puesto en esta mesa, a ordenar alfabéticamente unas direcciones.

- Yo trabajo aquí. No te he visto llegar, estaba en una reunión. Por cierto, ¿has desayunado ya?

La Reina de Corazones salió de su despacho, vio a Gumersindo hablando con una rubia desconocida, y se acercó de inmediato para donde estaban.

- ¿Y tú? -preguntó Beatriz sin presentarse- ¿Cuándo has llegado? No te conozco. ¿Quién eres?

- Yo… -dudó la joven muchacha- Yo soy Alicia, he empezado a trabajar aquí esta mañana.

- Y tú, Gúmer, ¿qué? ¿Ya tienes una nueva amiguita? ¿No estarías pensando en irte con ella a desayunar? Porque te recuerdo que esta mañana has llegado tarde a trabajar. Y me temo que la joven Alicia también, no te vi a primera hora. Buena tarjeta de presentación para un primer día…

La Reina dio media vuelta, y pisando con más fuerza que garbo volvió a desaparecer en su despacho.

- ¿Siempre es así? -preguntó inocentemente Alicia-

- Psss, -susurró un atemorizado Gúmer-, te puede oír.

El resto de la mañana transitó sin sobresaltos dignos de mención, cada oficinista entretenido en su afán. Eso sí,  de vez en cuando, la jefa salía para regañar a alguien o exigir tal o cual tarea. Alicia, pese a la regañina inicial, estaba encantada y a gusto en su nuevo mundo. Después de años de estudio aquél era su primer trabajo, y hasta el detalle más insignificante le llenaba de admiración. Por ejemplo, le fascinaba el sacapuntas de manivela, el juego de rotuladores de punta fina, o los pósit de colores. Intentaba regular a su altura la silla de oficina con ruedas, aunque prefería que le colgasen un poco los pies, porque se divertía haciéndola girar levemente cuando nadie la veía. Y casi no podía creerse que tuviera un ordenador para ella sola. Puede que la tarea de organizar alfabéticamente aquellas direcciones postales fuese tediosa, pero cuando se aburría mucho, hacía una pequeña pausa y se entretenía en configurar el equipo a su antojo. De momento, había puesto un fondo de escritorio lleno de corazones, bastante ñoño pero al menos de un color que le gustaba.

También le maravilló la cocina, que era pequeña pero suficiente para tomar algo, con cafetera, un microondas para calentar la comida, y hasta con un pequeño frigorífico. Lástima que tuvo que comer sola, apenas un pequeño sándwich, porque la mayoría salió a algún restaurante, y el pobre de Gúmer parecía secuestrado por su tarea.

La tarde transcurrió en un ambiente de atmósfera algo densa, como si la espesura del sopor de la siesta se hubiera prolongado. Calma chicha. A Alicia le habían comentado que su jornada terminaba a las 7 de la tarde, pero el caso es que ya habían pasado 5 minutos de la hora y nadie se movía de su sitio. La verdad es que aún tenía tarea: le quedaban bastantes direcciones por ordenar, y creyó que sería mejor continuar al día siguiente. Ya estaba pensando en recoger, cuando la voz de la Reina de Corazones surgió como un lejano eco desde las profundidades de su despacho:

- ¿Dónde están los archivos con las direcciones?

Alguien gritó desde afuera: “¡los tiene la nueva!”.

La jefa salió de inmediato de su guarida, se encaminó con paso firme hacia el pequeño rincón en que estaba Alicia, y agachándose frente a ella situó sus descomunales tetas de gelatina sobre la mesa, como si éstas fueran las amígdalas irritadas de las fauces de un dragón enfurecido.

- ¿Y bien? ¿Ya terminaste? -espetó a la que ante ella parecía una virginal niña-

- Me queda… sólo la mitad -argumentó Alicia- Bueno, un poco menos.

- ¿Pero tú eres tonta o qué? -arremetió Beatriz- ¿Me vas a decir, que te ha llevado todo el día ordenar alfabéticamente los registros de las bases de datos? ¿Es que no sabes que con un sólo clic en el apellido se ordenan automáticamente? ¡Anda quita!

La Reina apartó a un lado a Alicia, abrió una de las bases de datos, hizo clic en el campo "apellido", y como por arte de magia, ante los ojos de una acorralada Alicia, todos los datos se ordenaron en un tris. La pobre joven rubia de ojos azules no supo dónde esconderse.

- ¿Pero qué coño os enseñan en la universidad? -vociferó la soberana- ¿Y es que nadie en la oficina ha podido enseñarle a esta niña cómo se ordenaban los registros? ¿Es que sois imbéciles? ¡En otra época, os hubieran cortado la cabeza...!

Pero lo peor de todo fue cuando Beatriz minimizó la base de datos en el ordenador: allí, delante de sus narices, en el fondo de la pantalla luminosa, un mar de corazones rosas parecían querer desafiarla, a ella, a la única y auténtica Reina de Corazones. Fue como si los ojos se le quisieran salir de las órbitas.

- ¡Y tú, inepta, no hace falta que vengas mañana! -gritó a Alicia- ¡Recoge tus cosas! ¡Estás despedida!

La Reina de Corazones se volteó con brío y se fue de nuevo para su despacho. Alicia, que se sentía inerme, tuvo ganas de llorar, pero no se atrevió. Apagó el ordenador, puso en orden los rotuladores y los pósit de colores, cogió el abrigo y se encaminó a la puerta de salida.

- ¡Espera! -la llamó Gúmer- Te acompaño; vamos por el mismo camino.

Por el trayecto, durante el viaje en metro, Gumersindo intentó animar a Alicia.

- Te lo advertí; este lugar no es tan maravilloso como tú pensabas.

Alicia rompió a llorar, y entonces Gumersindo, bastante inexperto, pensó que no iba bien encaminado si lo que pretendía era infundirle un poco de ánimo.

- Ya, pero era mi última oportunidad; mañana mismo me marcho para Huelva.

- A eso me refería. ¡Vuelve para tu ciudad! Seguro que allí vas a estar mil veces mejor que aquí.

- Sí; allí me espera mi familia, y sobre todo mi madre, que no hace más que decirme que qué hago aquí sola y perdida. Y además, hace unas tortillas de papas riquísimas. ¡Y no hace tanto frío como aquí! Prefiero trabajar allí, aunque sea de camarera, a aguantar a esa jefa loca vestida de puta. ¡No sé cómo puedes aguantarla!

Gúmer no supo cómo esquivar aquella pregunta.

- En secreto la llamamos la “Reina de Corazones”, porque los hombres no le duran más de una o dos semanas. Parece una pantera que quisiera devorarnos a todos. El apodo se lo puso un compañero al que despidió hace tiempo. A mí al menos me tiene cierta estima; en ocasiones me llama “mi conejito”. No sé cómo tomármelo, me da un poco de repelús.

Poco a poco, Alicia fue animándose gracias a las anécdotas de Gúmer. Le caía bien aquel tipo que a veces le recordaba a un conejo. Cuando llegaron a la estación de metro en que bajaban ambos, Alicia le propuso ir a tomar algo juntos, para despedirse.

- ¿A tomar algo? -dudó Gumersindo-

Sacó del bolsillo el reloj del abuelo y le echó un vistazo.

- Es que llego tarde. Van a ser las 8. Llego tarde. Siempre ceno a eso de las 8.

Una vez más torció su nariz y mostró levemente los incisivos. A Alicia se le iluminó la cara al sonreír.

- Bueno, venga, pero sólo un ratito -claudicó Gúmer-. Quizá yo también debería dejar ese trabajo, o puede que una día hasta me despidan. Entonces, lo mejor que podría hacer es marcharme a otro lugar. Por ejemplo, a Huelva.

Y juntos, el conejo y Alicia, se fueron a tomar una copa. O puede que hasta acabasen tomando más de dos...

16 de septiembre de 2013

El Mini rojo

Estimados miembros de la ONG a la que me dirijo en este preciso instante y por este medio:

Mi nombre es Piluca, y me pongo en contacto con ustedes pues busco alguna organización a la que hacer un donativo en especie. Siempre a condición de que la donación me desgrave el IVA, ya que en estos momentos los impuestos me están suponiendo un gran inconveniente para mis gastos.

El asunto es el que sigue. Hace unos meses, justo en el día de mi cumpleaños, estaba departiendo tranquilamente con Mariasonsoles, mi compañera del departamento de marketing en la agencia. Para celebrar mi onomástica, disfrutábamos intensisísimamente de una reunión de trabajo, mientras tomábamos un refresco en el puerto deportivo de Vigo. Mariasonsoles tomó un gin tonic con unas gotas de angostura; en fin, lo de siempre. Yo pedí una Coca Cola. Light, por supuesto.

Me sucedió algo que casi no me lo pude creer. Hay momentos en la vida en los que parece que las cosas no ocurren porque sí, sino por algo. Ya empezaba a estar aburrida del automóvil que ahora tengo y, casualidades de la vida, si me lo dicen no me lo creo, en la etiqueta de la botella de Coca Cola anunciaban el sorteo de un coche. ¡Precisamente el coche que desde hacía algún tiempo tenía antojo de comprarme!: un Mini Cooper de color rojo, precioso, deportivo y coqueto. Vamos, una monada con ruedas.

Para entrar en el sorteo, tan solo había que enviar por SMS el código que estaba oculto detrás de la etiqueta. Hasta entonces nunca había creído en esas tómbolas que se hacen por mensajitos, me parecen pura engañifa. Y además, nunca me tocan. Pero es que el Mini Cooper es tan chic…

Mientras me tomaba la Coca Cola, ahí estuve dándole vueltas y vueltas al tema, mando el mensaje o no lo mando. La verdad es que no estaba prestando atención alguna a lo que me contaba mi compañera, no sé qué de una campaña que causó furor en el Festival de Cannes. “¡Ey Piluca!, ¿estás ahí?” -me reclamó Mariasonsoles-. “Jo, tía, perdona, es que no sé si enviar el mensajito del Mini Cooper que sortean con la Coca Cola”. Mariasonsoles me animó, es tan comprensiva, nos compenetramos tan bien... “A fin de cuentas no pierdes casi nada por enviarlo; sólo vale un euro” -me dijo-. Más IVA, claro…

Al final me dio la neura, y en un arrebato instintivo de los míos envié el SMS con el código. ¡Y lo más increíble es que el código salió premiado de inmediato, y me tocó uno de los Mini Cooper de color rojo! ¡Vaya regalito de cumpleaños!

Pero no terminan aquí las casualidades. Como cada año, fui a casa de mis padres para celebrar con la familia mi cumpleaños, que mi madre hace unas meriendas que te mueres. Papá me regala una cajita: no sé lo que es, ¿unos pendientes? La agito, qué será, qué será, abro la caja, ¿y qué hay dentro? ¡Dios mío, las llaves de un precioso Mini Cooper de color rojo que me está esperando abajo, en el garaje! ¡Dos Minis en un solo día, no me lo podía creer! Como una loca corro al ascensor, bajo al garaje, cojo el Mini que me acaba de regalar papá, y con la emoción voy y lo estrello contra una columna del aparcamiento. Bueno, tampoco lo descompuse demasiado, pero lo suficiente como para que ya no se pudiese descambiar.

Al cabo de dos semanas Mariasonsoles me acompañó, a la sede de Coca Cola, a recoger el otro coche. ¡Qué bochorno pasé, me tomaron unas fotos para un anuncio con los otros premiados! No deberían dejar conducir un Mini Cooper a gente tan vulgar, hace que una pierda todo su glamur.

Para colmo de males, desde que envié el SMS no paran de llegarme mensajes promocionales de concursos y politonos barriobajeros. Lo más fuerte es que no se pueden bloquear, aunque mi amigo Juancho dice que sí puede; ¡no le dejo yo a ése mi iPhone ni loca! Pero lo peor de todo es que ahora voy y me entero de que Hacienda me reclama el 50% por ciento del premio, para una vez que me toca... ¡A ver cuándo nos bajan los impuestos de una vez, que a los que tenemos más de dos duros no nos dejan ni respirar...!

Como ustedes comprenderán, dos coches iguales me suponen demasiado gasto. Pensé en vender uno de ellos, el que golpeé con la columna, claro. Pero haciendo cálculos, me dijo papá que con la devaluación por el golpe, y con lo que tengo que pagar a Hacienda, me trae más cuenta donarlo a una ONG, porque desgrava en la declaración.

Lo que he decidido es que tal vez podría donarles a ustedes el coche magullado. Que la verdad sea dicha, casi ni se nota deterioro alguno; bueno, un poco sí, pero no tanto. No les costará demasiado dejarlo como nuevo, y quizá podrían repercutir la reparación como un gasto más dentro de sus actividades. No les puedo presentar factura alguna del coche, porque mi padre necesita, para balancear las cuentas de su empresa, la del coche que me regaló. Ya hemos intercambiado el número de bastidor entre los dos coches, por si acaso luego nos ponen alguna pega los del seguro, si tenemos alguna avería. Los de la Coca Cola sólo nos entregaron la documentación del coche, sin facturas ni recibos.

Por eso les mando copia calca oculta de este email, y quedo a la espera de que me hagan una oferta por el coche, a ver cuánto me puedo desgravar en Hacienda. Vean que es una buena oportunidad para ustedes, y que si se lo piensan demasiado hay otras ONG que quizá puedan estar interesadas en el Mini Cooper rojo. Que si no lo venden les va a encantar tenerlo, es una preciosidad, y seguro que con el logo de su entidad queda muy bonito. Además, lo pueden aparcar en cualquier sitio, porque no es muy grande.

Atentamente:

Piluca, directora de marketing.

4 de agosto de 2013

La maratón

Eran las dos y pico de la tarde, y el pleno del Ayuntamiento de Villamembrilla aún no había finalizado. Ya iba siendo hora de irse a comer, todos los ediles estaban muertos de hambre, pero el cansino del concejal de cultura y deportes seguía explicando con esmerado detalle el plan que había trazado junto con la alcaldesa.

Corrían tiempos de vacas flacas para Villamembrilla. Con casi un 80% de paro las cosas no estaban como para echar cohetes, y los pocos que aún conservaban un empleo era a costa de las exiguas arcas munipales: la alcaldesa, y Matías el pregonero, que también hacía de barrendero y lo que surgiera. Los concejales al menos recibían alguna que otra esporádica gratificación por los servicios prestados. Hacía ya años que el pueblo no tenía ni guardia municipal, ni cartero, ni cura, ni maestros. Los pocos niños iban al colegio en el pueblo del al lado, y el servicio postal y el espiritual corrían a cargo, respectivamente, de un cartero y de un sacerdote ambulantes, que en su deambular cotidiano, entre unos pueblos y otros, gastaban coche y gasolina entre tanto trasiego por los parajes aledaños a Villamembrilla. Aparte de los que vivían o rascaban algo del dinero público, tenían trabajo Juan el panadero, doña Paca, la de la tienda de abarrotes -que por vender, vendía hasta ataudes, si era menester-, y Manolo el del bar. En el resto del pueblo, se podría decir que se había alcanzado el pleno desempleo.

Algo de trabajo en el campo sí que había, pero era muy estacional, y por si fuera poco, últimamente el pedrisco había hecho estragos en la cosecha de fruta. Tal era el estado de necesidad, que muchos vecinos habían dejado de pagar los tributos municipales, preferían pagarse al menos un cafelito y una cervecilla en el bar, que de qué iba a vivir si no el pobre Manolo y su familia. Como además el gobierno había recortado las subvenciones, que para colmo no acaban de llegar, el Ayuntamiento se veía sin un céntimo. Los empleados y colaboradores públicos estaban con el agua hasta el cuello, que todos tenían que pagar, como cada quisque, la hipoteca de la casa, el coche, y la merienda de sus niños.

Sonsoles Expósito, la alcaldesa más joven y prometedora del partido en toda la comarca, andaba entrampada en un chalet de dos plantas, vestigio reciente de los tiempos en que el dinero corría por el consistorio con más alegría. Entre planta y planta perdía el sueño, porque si en las arcas municipales no entraba "cash", o lo que es lo mismo, dinero contante y sonante, igual en breve no tendría cómo hacer frente a los vencimientos de su deuda personal, y los bancos no estaban para discursos ni plebiscitos. Vamos, que no se andaban con contemplaciones ni rodeos.

Por eso la alcaldesa rumió una idea, desenlace natural de horas y horas de mal dormir. La idea no era otra que la de organizar algún evento insólito que pusiese el foco mediático en aquel pueblo humilde de menos de 1000 habitantes, a ver si así podía entrar algo de dinero en la talega consistorial. Y a esa idea no dejó de darle vueltas, día y día, y noche tras noche.

Lo del calendario con todos los ediles en pelota picada, para recaudar fondos, lo veía como un recurso muy manido y desgastado, y que además ya no llamaba la atención de nadie. Además, no se quería ver a sí misma como la chica provocativa del mes de diciembre, alimentando el morbo de los más garrulos con sus lánguidas lorzas entre carámbanos y tortas de aceite.

Para Sonsoles lo mejor hubiera sido construir un cementerio nuclear, eso sí que era un remanso de paz, un negocio tranquilo, y proporcionaba dinero y puestos de trabajo. Pero con las malas carreteras del lugar cómo iba a llegar a Villamembrilla camión alguno cargado de residuos. ¡Ay, las carreteras...! Si Villamembrilla hubiera estado al borde de una autopista, al menos tendría su puticlub, con sus clientes dispuestos a aflojar la pasta, aunque eso a Sonsoles le parecía indecoroso. Menos impúdico, más lucrativo y disimulado hubiese sido un pequeño villorrio del juego, con sus casinos, sus carteles de neón, sus chicas desenfadadas vestidas de conejitas, y sus apartahoteles. O mira tú ese pueblo todo pintado de azul, qué buena idea, ahora todas las televiones hablaban de él, y muchos turistas iban a visitarlo y dejaban allí su dinerito. Aunque claro, casi nadie conocía a aquel lugar de casas celestes por su nombre, sino como el "Pueblo Pitufo"...

Hasta que por fin una mañana, Celestino, el concejal de cultura y deportes, dio en el clavo: "¿Por qué no hacer un gran evento deportivo con amplia repercusión, incluso a nivel mundial?". Lo del "nivel mundial" debió rebotar como un gran eco en el cerebro de la alcaldesa, porque desde el primer momento se puso manos a la obra, codo con codo junto a Celestino.

Sonsoles no sabía nada de deportes, incluso detestaba el fútbol, y si acaso, era un poco aficionada a la gimnasia rítmica, cada cuatro años, cuando la pasaban por la tele durante las olimpiadas. Pero enseguida se compró un chandal de marca y unas zapatillas deportivas de color rosa. Se levantaba temprano, con la fresca, quedaba con Celestino, y juntos se iban a andar por la carretera vieja. Allí ya no circulaban los coches, y el concejal de deportes y la alcaldesa podían pasear tranquilos mientras apuntalaban su proyecto de "nivel mundial".

Pensaron en un campeonato de ajedrez, traer a algún cerebrito ruso o indio a Villamembrilla, pero eso a nadie en la comarca le iba a interesar, y menos a ninguna televisión. Después imaginaron una carrera ciclista, pero volvió a aparecer el problema de las carreteras, siempre las malditas carreteras, que estaban llenas de baches e impracticables. Un campeonato de fútbol sería lo más sonado, pero ¿qué club galáctico iba a querer venir a Villamembrilla, si ni siquiera tenían campo en el que jugar?

-¡Lo tengo! -dijo Celestino-. Una maratón popular.

-¡Esa si que me parece una buena solución! -afirmó Sonsoles-. Es ecológica, sostenible, y el espíritu del deporte es..., es..., el deporte es de lo más sano.

-Y además relativamente fácil de llevar a cabo. Tan sólo hay que buscar patrocinadores para establecer una gran bolsa de dinero con el que premiar al ganador. Si el premio es lo suficientemente jugoso, tendremos en Villamebrilla a las mejores estrellas mundiales. Y con las estrellas vendrán los periodiostas y la televisión.

Las palabras de Celestino convencieron fácilmente a Sonsoles. Pero ahora había que buscar a los patrocinadores. Vamos, conseguir el dinero. Y eso no iba a ser tarea sencilla...

Así que ese era el plan que venían arguyendo la alcaldesa y el concejal de cultura y deportes, cuando por fin, a eso de las tres menos cuarto, dieron por concluido el pleno municipal y cada cual se fue a comer a su casa.

Pronto el equipo de ediles se puso manos a la tarea. Pusieron un impuesto municipal extraordinario en concepto de "promoción turística", aunque poco sacaron por ahí, pues pobres como andaban, la mayoría de los vecinos no pagó. Alguno habló de recaudar fondos con un calendario en que salieran los concejales ligeros de ropa, pero la alcaldesa rechazó la propuesta de pleno.

Desde la sede central, el partido de la alcaldesa intentó escurrir el bulto, aunque sonó la flauta y algún fondo soltaron cuando Nacho Cuesta, corredor de fondo profesional y melladista olímpico, dijo que iría a la maratón. Villamembrilla era el pueblo de su padre, y de pequeño solía veranear allí con su familia.

Con Nacho Cuesta llegaron otros atletas amigos suyos, y lo más importante, los patrocinadores. Una marca de melones de la zona aportó algo de dinero, poca cosa si lo comparamos con lo que donó una reconocida marca de cerveza. A cambio, la marca de cerveza vestiría con sus logos la línea de salida, la de meta, y llenaría de banderitas con sus colores corporativos las calles de Villamembrilla. Hasta el torreón del castillo quedaría reconvertido, por arte de un disfraz gigante en tela de usar y tirar, en la gorda mascota de la marca cervecera.

Según fue agrandándose la bolsa del premio algún que otro periódico provincial se hizo eco del evento. Entonces, algunas empresas de tercera fila también se animaron con algún donativo, siempre a cambio de un huequito en la publicidad.

La bolsa del premio ya andaba más que bien como para atraer a algún atleta de reconocido prestigio, mas la aldaldesa, siempre ambiciosa, convenció al resto de ediles para que el Ayuntamiento pidiera un préstamo a la caja rural. Con el préstamo podrían incrementar un poco más la bolsa del premio, arreglar los baches más gordos de las calles, y hacer alguna que otra obra pública de acondicionamiento para recibir a tanto deportista como estaba por llegar. Y de paso, no estaría de más gratificar con un pequeño incentivo a los ediles, que tan desinteresadamente estaban haciendo tanto bien por el pueblo. Todos los cargos electos estuvieron de acuerdo con la alcaldesa y votaron a favor.

Al concejal de obras públicas se le ocurrió que deberían construir una serie de uninarios, pues tanto corredor necesitaría de algún lugar en el que poder hacer pis. Sonsoles decidió que debían edificar los urinarios en la matrecha pista de futbito que estaba a la entrada del pueblo. Así que desalojaron de la cancha a los cuatro chavales que allí solían jugar al balón, que por otra parte era los únicos deportistas declarados de Villamembrilla. Quizá para compensarles, algunos de los padres de los muchachos consiguieron algo de trabajo en la construcción de los urinarios, con lo que todos, más los padres que los muchachos, quedaron contentos. Además, en alguna proporción bajó la tasa de desempleo en el pueblo, y más hubiera podido bajar de no ser porque contrataron a dos albañiles del pueblo de al lado. Lo cual levantó no pocas suspicacias entre los vecinos de Villamembrilla, ya que aquellos albañiles eran familiares, más o menos cercanos, de éste o aquél concejal...

Por fin todo estuvo preparado para la "Primera Carrera Maratón Popular de Villamembrilla", que así decidió Celestino nombrar a la competición, por supuesto con la aprobación de la alcandesa: la bolsa del premio, los carteles de los anunciantes, los arreglos de los baches, los urinarios, los medios impresos, la radio, la televisión...

Los maratonianos atletas de fama mundial también estaban allí, y Nacho Cuesta, el favorito de los locales, al frente de ellos, y otros muchos aficionados desconocidos llegados a Villamembrilla desde todas partes. Cada uno de aquellos atletas pudo hacer pis en los recién estrenados urinarios con 58 plazas, aunque tuvieron que aguantarse las ganas hasta momentos antes de la carrera, justo cuando la alcaldesa acudió a inaugurarlos, emperifollada en su chandal de marca y sus zapatillas rosas.

La marca de cervezas había repartido sombreritos de colores y bebidas gratis, y casi todo el pueblo andaba medio borracho y con ganas de orinar. Menos mal que a la comisión municipal se le ocurrió lo de los 58 aseos públicos, porque el baño del bar de Manolo no daba a basto con tanto trasiego de visitantes. Además, el Ayuntamiento encargó a Manolo que preparase un bocadillo de jamón y un refresco para cada participante de la carrera, y el pobre y su mujer andaban agobiados con tanta tarea a la vez. A Juan el panadero se le encargó el pan, y a doña Paca, la de la tienda, el jamón y los vasos de plástico. Por su propio interés, ambos echaron un cable en el bar. Con las espectativas de ganancia para sus negocios, y pese al pico de trabajo, todos quedaron encantados con la genial idea de la alcaldesa.

Después de la inauguración de los urinarios, Sonsoles acudió a la línea de salida, y dio un breve discurso de autoalabanzas a su corporación municipal, y de agradecimientos, sobre todo a "Nacho Cuesta, nuestro querido atleta local", al que nombró hijo predilecto del pueblo. Pero tan borrachos como andaban, casi nadie del pueblo alcanzó a prestar atención al discurso de la alcaldesa. Resignada, Sonsoles cogió una pistola que tenía a la sazón y apuntando al aire dijo "preparados, listos, ya". Aunque la pistola marró el disparo, los que sí salieron disparados fueron los atletas, impacientes tras tanto discurso y espera.

Cuesta arriba, cuesta abajo, los deportistas dieron unas cuantas vueltas por las calles y los andurriales de Villamembrilla, mientras algunos vecinos se compadecían de aquellos seres esmirriados y escuálidos que corrían como posesos, con la calor que allí hacía, y con lo empinado de las cuestas. Algunos sentían tanta lástima que animaban a los atletas a que tomasen atajos por esta o aquella calle, y les tenían preparados baldes de agua, y hasta bocadillos de chóped o mortadela con aceitunas, pero los corredores eran un poco desagradecidos, pues sólo aceptaban el agua que se les ofrecía. Mientras tanto, unas motos seguían la carrera, y un helicóptero transmitía la señal desde el cielo, que se emitía en directo en un canal televisivo de deportes.

Llegó a la meta el primer maratoniano, un raquítico atleta etiope, al que el patrocinador de los melones le regaló su peso en melones. Y bien contento que se puso, pero no por los melones, como muchos ingenuos pensaron, sino porque sabía que toda la bolsa del premio era para él. Para los demás nada, salvo la satisfacción personal de haber participado en la primera, y en la que también sería última maratón de Villamembrilla.

Ni en el año siguiente, ni en los posteriores, se volvió a celebrar la maratón. La resaca de la primera carrera popular había dejado a Villamembrilla es un estado, aún si cabe, de mayor calamidad. El Ayuntamiento tenía cuentas pendientes con el bar de Manolo, con Juan el panadero y con la tienda de doña Paca. También se debían los jornales de los vecinos que trabajaron en la construcción de los urinarios, que aún estaban esperando a que les pagasen por aquel empleo. A Matías el pregonero se le debían ya 5 meses de sueldo, y hasta los alcaldesa veía que se iba a quedar sin cobrar si no llegaba pronto la subvención que debía el gobierno.

Pero sin duda alguna el asunto más acuciante era el préstamo que pidiera el Ayuntamiento a la caja rural, con lo que la corporación municipal se vio obligada a subir un poco más los impuestos. Los ediles quedaron exentos, por su servicio altruista a la comunidad. El aumento de los tributos municipales tampoco supuso una solución verdadera. A fin de cuentas, allí no estaban en disposición de pagar más que los 4 gatos que tenían algo de trabajo: el dueño del bar, el panadero, y la de la tienda de abarrotes. Y tampoco es que las cosas les fueran demasiado bien...

Al menos, tras el paso de la maratón, el pueblo alcancó cierta notoriedad en la comarca. Gracias a los 58 urinarios, que medio abandonados a la entrada del pueblo parecían como querer recibir a los forasteros, a Villamembrilla se le empezó a conocer en la zona con el afectuoso apelativo de "Aldea de los Meones". A la mayoría de los habitantes de Villamembrilla este apodo no le hacía gracia alguna. Muchos hubieran preferido, incluída la alcaldesa, haber pintado el pueblo de azul, y que ahora al menos el sobrenombre de Villamembrilla fuese algo más llevadero como el "Pueblo Pitufo II". Mejor hubiese sucedido así la historia, aunque el apelativo fuese menos original...

26 de julio de 2013

La alcancía

Por la cuesta de la iglesia baja Sebastián, "el Sebas", al que no pocos, en aquel pueblo del sur, llaman el tonto de "Tóntiles". Algo lleva entre sus manos, un objeto redondo. Parece que fuera un reloj despertador.

-¿Qué traes ahí, Sebas? -le pregunta curioso Ginés, el boticario.

-Mía, tú, monea, paaso, mía -responde Sebastián en su lengua de trapo.

Sebas voltea el cachivache, lo agita, suena un “clonk-clonk”, y finalmente, del interior, por alguna parte, cae una moneda.

-¡Cucha, Sebas! Si es una alcancía con forma de despertador.

-Mía, tú, monea, meto abujero.

En la parte superior del falso despertador hay una ranura, por la que Sebastián vuelve a introducir la monedita que acababa de sacar.

La alcancía tiene un cristal redondo en su parte frontal, lo que le confiere un parecido aún mayor con un reloj despertador. Tras el cristal, en vez de agujas marcando horas hay un payaso malabarista, y detrás del payaso, un fondo pintado con aspecto de decorado de circo.

La moneda que introduce Sebastián activa cierto resorte, que pone en movimiento al payaso, y que a la par hace sonar una música, apenas perceptible, de feria. Sebas imita imaginariamente los malabares del payaso mecánico con su habitual repertorio de muecas y sonidos.

-Ja, ja, ja  -se descoyunta el boticario-, déjame ver el artilugio.

-¡No! -responde tajante el muchacho-, tú, ame monea, meto abujero, yo bailo paaso.

-Ja, ja, ja. No eres tú tonto, ¿eh?

Ginés rebusca en uno de sus bolsillos, y saca un par de moneditas de escaso valor, dos perras chicas, que entrega al muchacho. En la parte posterior del juguete, también como en un reloj, hay un mecanismo de cuerda, al que Sebastián da un par de vueltas con determinación. Introduce en la ranura una de las monedas que le ha dado Ginés, se activa el mecanismo, y cuando suena la musiquilla, deja la hucha en el suelo. Junto con el payaso, se vuelve a menear al ritmo de la música del peculiar juguete. El boticario se troncha de risa.

La señora Blasa, que regresa de comprar el pan, se encuentra con Sebastián y el señor boticario cuando llega a la altura de la puerta de su casa. Al ver a Sebas contorneándose le interpela por su nombre, con un berrido más propio de una cabra.

-¡Seeeeeeeeebas! ¿Qué es ese reloj que traes ahí? ¡Déjame ver!

El improvisado malabarista detiene su puesta en escena, y rápidamente recoge la hucha del suelo.

-¡No! Tú, ame pan, yo bailo.

-No es un reloj, señora Blasa; es una alcancía con un payaso que baila.

-¡A veeeeeer! -berrea la Blasa- ¡Déjame  veeeeer!

-¡No! Tú, ame pan, yo bailo -insiste Sebas mientras se aferra a su juguetito.

-¡Mira el Tóntiles, que parecía tonto!; anda, toma un pellizco.

La señora Blasa le regala a Sebas un currusco de pan. Éste vuelve a dar un par de vueltas a la manija del artefacto, mete la otra moneda que le diera el boticario, y se menea una vez más.

-¡Veeeeeeeeelo, Ginés, qué graciooooso!

La Blasa jalea con sus berridos al pobre bobo, acompañando la leve música del cacharro a ritmo de palmas desacompasadas. Ginés se mea de la risa.

En medio de la jarana se aparece don Luis con un forastero. Vienen desde la casa de don Luis, rumbo al casino del pueblo, a jugarse los cuartos en una improvisada timba de cartas. Don Luis se muestra explicativo con su acompañante.

-Mire, ese que baila es Sebastián, le dicen "Tóntiles", y es el tonto del pueblo. Así se quedó desde que nació, dicen que le faltó oxígeno en el cerebro en el momento del parto. Pobretico. Pero al menos gracias a él tenemos nuestro tontito, porque todo pueblo que se precie ha de tener su tonto, y nosotros lo tenemos. Y nuestro castillo.

Tras la explicación, el forastero asiente. Don Luis, curioso como ninguno, le pide a Sebas que le enseñe lo que cree que es un reloj.

-Sebas. Enséñale ese chisme que tienes a este señor importante que ha venido desde Granada. Es un escritor.

-Mucho gusto -interfiere el boticario-, Ginés Barrantes; despacho en la farmacia del pueblo.

El forastero asiente con la cabeza, ante la amabilidad algo abrupta del boticario.

-Pero a ver, Sebas -insiste don Luis-. Déjale ver a este señor tu juguete. Luego, igual hasta te saca en uno de sus libros, ¿verdad que sí?

El escritor no responde, ni tan siquiera hace un gesto. Sebas extiende las manos, y sin desprenderse de su artilugio, se lo muestra a don Luis y a aquel extraño.

-Aunque a todas luces parece un reloj -interviene el boticario-, no hagan caso de las apariencias, don Luis. Es una alcancía, y si ustedes le echan una monedita, baila ese payaso que ven ahí detrás del cristal, y por el mismo precio baila hasta el Sebas. ¿Verdad Sebastián?

-Sí. Tú, ame monea, abujero, bailo.

Don Luis forcejea por desprender el objeto de las manos de Sebastián, que lo tiene amarrado con fuerza.

-¡Pero hombre, no seas desconfiado, Sebas! ¡Déjale ver al señor! Anda, toma, déjanos ver y te doy una perra gorda.

Sólo cuando don Luis saca una moneda Sebas suelta la hucha, y porque es don Luis. Éste escudriña el precioso objeto por encima de sus lentes, que sólo le sirven para ver de lejos. Parece un prestamista tasando una mercancía de empeño.

-¡Curioso chisme! ¿De dónde lo habrá sacado el demonio éste? ¿Ve usted? -se dirige al escritor-. Por aquí, hay una ranura, que si echo esta moneda…

La moneda cae, pero como nadie le ha dado cuerda al aparato, el payaso no se cimbrea. Sebas le arrebata a don Luis la alcancía, y la agita boca abajo. Primero caen las dos moneditas de Ginés, sigue sacudiendo la hucha, hasta extraer la perra gorda de don Luis. Da un par de vueltas a la manija que activa el mecanismo del payaso, y vuelve a introducir la moneda por la ranura.

-Mía, monea yo meto.

Cuando el payaso empieza a moverse, Sebas le vuelve a imitar. Todos los presentes le jalean. Todos excepto el forastero, que parece distraído y algo ajeno al espectáculo.

Al grupo se acercan dos chiquillos, que al sentir el jaleo, se incorporan curiosos al grupo.

-¡Tóntiles! -dice uno de los chiquillos cuando ya se ha detenido la música-. Déjanos ver ese reloj.

Sebas se irrita, protesta, no tolera que le llamen Tóntiles. Además, atrapa su hucha, no se fía del par de infantes terribles que siempre acaban haciéndole alguna jugarreta de las suyas.

-¡No! ¡Tú no! ¡Paaso mío!

-¡Dejáaaaaaaaalo al muchacho -grita la Blasa-. No le hagáis de rabiaaaar!

-¡Anda, déjanos ver -protesta el otro chiquillo-, si no te lo vamos a quitar!

Don Luis detalla a su invitado las picardías de aquella pareja de muchachos, siempre tomándole el pelo al pobre de Sebastián, "ya sabe, cosas de chiquillos, no tienen malicia, si es que el pobre es medio retrasado". El escritor escucha las historias de don Luis con resignada emoción. Los chavales insisten:

-¡Déjanos ver el reloj, déjanoslo ver!

-¡Dejáaaaaaaaalo! Además, no es un reloj, es una alcancía con su payaso que baila y to.

-¡Tóntiles es un payaso, Tóntiles es un payaso! ¡Déjanos ver la alcancía!

Sebastián esconde el juguete entre sus brazos, como una madre que agarrase a su bebé con fuerza porque teme que se lo roben.

Don Rafael, el cura del pueblo, es el que se acerca ahora. Baja, cómo no, por la cuesta de la iglesia, y se topa con el pequeño tumulto que rodea a Sebastián. Al verle llegar, los dos mozos traviesos dejan de acosar a Sebas, guardan silencio, y acomodan su compostura poniendo una carita como la de los santos de la iglesia.

-Buenos días a todos los presentes, ¿cómo es que se han congregado aquí? ¿Qué andas haciendo, Sebastián? ¿Ya me estás entreteniendo a la parroquia con alguna de tus monerías?

-Y además -dice Ginés-, le hace la competencia, don Rafael, pues también pasa el cepillo con su numerito.

-Vaya, vaya, con que pasando el cepillo...

-Perdonen -se disculpa don Luis-, ahí les dejamos; mi acompañante y yo tenemos un asunto pendiente e importante que tenemos que solventar.

-Yo también me tengo que marchar, debo preparar un pedido en la farmacia; buenos días señores.

También se esfuma la señora Blasa, que se marcha apresurada cuando de repente cae en la cuenta de que le van a cerrar la carnicería. Se queda el cura a solas con Sebas y los dos chiquillos.

-¿Y vosotros dos, no os estaríais burlando del pobre Sebastián?

-No es eso, don Rafael -se defienden a sí mismos los dos muchachos, con las orejas gachas y sin necesidad de abogado-, es que no nos deja ver una alcancía que tiene ahí.

-¡Vosotros dos, ahora mismo os venís conmigo a casa de doña Tomasa, que me tenéis que ayudar con unos archiperres para la procesión! Adiós Sebastián, no andes zascandileando mucho por ahí, y tira para tu casa. Da recuerdos de mi parte a tu pobre madre.

El cura se lleva consigo a los dos mozalbetes, como si fueran dos reos condenados.

Cuando Sebas se queda solo, repasa la recaudación: un currusco de pan que le diera la señora Blasa, las dos perras chicas del señor Ginés, y una perra gorda de don Luis. ¡Lástima que el forastero no le diera nada! Aunque no está nada mal, para ser el primer espectáculo en que utiliza la hucha que le ha regalado su tía. Con sus ojillos de bobo mira embobado al payaso tras de la luna de cristal esférica. Después, se marcha sin más, en sentido contrario al rumbo por el que había venido…

24 de julio de 2013

La cita

El vigilante de seguridad parecía obnubilado por el esplendor rosado de aquellas dos jóvenes. Eran las nietas de la señora Margarita, la anciana demente de la habitación veinticuatro, la que no hacía otra cosa más que repetir “me han robao, me han robao”.

Aquellas dos chicas se convirtieron en cómplices involuntarias cuando don Emilio, aprovechando el descuido del vigilante, escapó de la residencia. Intuía que la estación de tren debía andar muy cerca, desde su almohada presentía el palpitar de los rieles durante la siesta. No tardó demasiado en encontrarla. Subió en el primer tren de cercanías con destino a la ciudad, y entonces se sintió a salvo.

Como otras tantas veces, el cercanías se lo hacía todo más fácil. Aunque don Emilio temió que el revisor lo cogiera sin billete, tuvo suerte, y pudo completar el viaje sin sobresaltos. Además, el hilo musical le regaló una de sus sinfonías favoritas, y hasta pudo echar una cabezadita. Fue una fuga a todo confort.

Cuando se apeó del tren, no tuvo que andar más de 15 minutos para llegar al cementerio. Por el camino recogió flores silvestres, con las que confeccionó un ramo sencillo. Y tal y como se prometió a la muerte de su esposa, acudió sin falta a la cita, como cada año, en el día en que conmemoraba su aniversario de bodas…

6 de junio de 2013

Poff

Noé estaba batiendo una mayonesa, mientras veía las noticias en el pequeño televisor de la cocina. El desaliento le invadió como siempre, pues el aparato no hacía otra cosa más que mostrar nuevas revueltas sociales tras un repetido descalabro de la economía. "¡Coño!", gritó. Por si no le bastara con tener que soportar tanta noticia desgarrada, la mayonesa se le cortó. Se lamentó de su torpeza, siempre le sucedía lo mismo, y de pura rabia apagó el televisor. "¡Para lo que hay que ver...!", se dijo a sí mismo...

Hasta dos huevos más gastó intentando remontar una mayonesa que por tercera vez se le cortó. Estaba claro que aquella noche sus queridos astros no estaban de su parte. Contrariado, cogió un yogourt de la nevera y subió a la azotea a mirar las estrellas con su potente telescopio. Allí permaneció, enmarañado en sus pensamientos, hasta bien entrada la noche, cuando el sueño le venció.

A la mañana siguiente, Noé se despertó con la firme resolución de dejarlo todo atrás y marcharse de una vez para siempre. Pensaba que ni el país ni el mundo entero tenían solución, y con la que estaba por caer, ya iba siendo hora de marcharse con la música a otra parte. Tenía un proyecto bien calculado, pero necesitaba financiación para llevarlo a cabo.

A primera hora se presentó en la oficina de su banco de toda la vida. Sabía que el asunto del préstamo era un tema complicado, y más en esos tiempos tan aciagos en los que la economía andaba medio k.o., víctima y verdugo de un mismo drama. Pero Noé albergaba cierta esperanza respecto al asunto del préstamo, ya que estaba dispuesto a avalarlo con la jugosa herencia que le dejó su padre: el chalet de la playa, las 5 plazas de garaje, y sobre todo la casa con dos plantas y azotea. La casa estaba situada en uno los barrios residenciales más exclusivos del extrarradio bien de la ciudad. En la azotea de esa casa, era donde Noé había instalado un pequeño pero completo observatorio astronómico.

Al verle entrar en la oficina bancaria, el mismísimo director salió a recibirle en persona, pues era uno de los clientes considerados Platinum. Le dio un fuerte apretón de manos, y con la misma mano sobre su espalda, como si manipulara una marioneta de guante, condujo a Noé hacia el interior de su despacho. Cuando le ofreció asiento, Noé fue directo al grano, sin preámbulos: necesitaba 1000 millones, y para ello estaba dispuesto a avalar el préstamo con todas sus propiedades. ¿Cuánto podían valer éstas, 200, 300 millones?

El director de la sucursal pensó que quizá Noé se había vuelto loco, pero no le cupo ninguna duda de ello cuando le contó su proyecto: quería el dinero para construir una nave espacial con la que marcharse a otro planeta.

Aunque ya de por sí al director del banco aquella idea le pareció una auténtica majadería, aún se atrevió a preguntar: "¿Y si no regresa, cómo piensa devolver el préstamo?". Noé no había analizado el problema desde el punto de vista del banco, y no supo qué contestar. En ese momento supo que debería buscar la financiación por otro lado. El director del banco le dio una palmadita en la espalda, y con una sonrisa, que más bien era una carcajada contenida, le acompañó hacia la puerta.

Noé no dejó de darle vueltas al tema de la financiación. Mientras tanto, la revueltas sociales, el desempleo, y la desilusión general iban en aumento. Pensó que su única salida era convecer a otros tipos para que inviertiesen en su empresa. Pepe, un conocido suyo, era el dueño de casi todo el garaje en donde Noé tenía las 5 plazas que le dejó su padre. Resultó que Pepe era una especie de Robin Hood, ya que vivía de alquilar sus plazas de garaje a los ricos, y luego ese dinero lo gastaba en sus ideas y en invitar a unas cervecitas a sus correligionarios. Fue éste quien puso en contacto a Noé con los miembros de su grupo. Y así un día Noé se vio exponiendo su proyecto en mitad de la asamblea de un colectivo de anarquistas.

Noé había divisado con su telescopio un planeta de color azul, que no aparecía en ningún mapa astronómico, y que tenía toda la pinta de ser muy parecido a la Tierra. La idea de Noé era construir una nave capaz de llegar a ese planeta, y escapar del futuro poco halagüeño que pronosticaba él mismo a la Tierra. En principio el proyecto de Noé entusiasmó mucho a los anarquistas. "Llegaremos hasta Utopía, ese pequeño planeta, y allí comenzaremos una sociedad nueva igualitaria", comentó uno de los anarquistas.

El que no andaba muy entusiasmado con sus posibles compañeros de viaje era el propio Noé, pero no le cabía más remedio que colectivizarse si quería dar alguna oportunidad a su plan. La asamblea sopesó los pros y contras del proyecto. Era mucho dinero, habría que trabajar duro, poner toda la maquinaria propagandística en movimiento. Quizá Pepe era el compañero con más posibilidades económicas, algo tendría que decir. Tomó la palabra, y lanzó al grupo un par de cuestiones: "¿Y por qué embarcarse en un proyecto tan arriesgado como improbable? ¿No sería más factible luchar por la revolución, y alcanzar esa sociedad utópica, con la que todos soñaban, en la propia Tierra?" Los anarquistas debatieron el grave asunto durante horas, en una atmósfera cargada y densa por el humo de los cigarrillos. Al final la asamblea votó, y todos estuvieron de acuerdo con Pepe. E intentaron convencer a Noé para que se uniera a la causa.

Noé salió espantado de la asamblea y con dolor de cabeza. Además, no soportaba el olor a tabaco. Tenía serias dudas de que su proyecto pudiera salir alguna vez adelante, pero no le cupo ninguna de que, de llevarse a cabo, en la nave espacial no estaría permitido furmar.

El tema de la financiación estaba resultando la mar de complicado. Noé se vio reconvertido en un vendedor de ilusiones. Alquiló unas vallas publicitarias en las que colocó un mensaje esperanzador: "¿No encuentra trabajo? ¿Teme perder sus ahorros de toda la vida? Véngase con nosotros a otro planeta. ¡Hágase cooperativista!"

La gente debía estar tan desesperada como él, porque en la primera reunión de posibles cooperativistas debieron cerrar las puertas del local que Noé había alquilado, pues ya no cabía nadie más. Noé expuso su proyecto ante una multitud que temía bajar el escalón de la clase media: obreros, profesionales cualificados, y jubilados. La propuesta era construir una nave espacial y compartir los gastos entre los socios cooperativistas que quisieran viajar con Noé. Cuando llegó el turno de preguntas, un señor con bigotillo, electricista de profesión, planteó la siguiente duda: "Y digo yo, ¿no sería mejor viajar a Alemania que está más cerca y costará más barato?". El murmullo de la multitud pareció estar en conexión con la duda más que razonable del electricista. Noé, el eterno aspirante a cosmonauta, volvió a quedarse compuesto y sin novia.

El problema de la gente es que no tenía fe. Era lo que pensaba Noé, mientras miraba con el telescopio su ansiado planeta de color azul. Entonces se percató de que en el mismo problema estaba la solución a sus dificultades de financiación: debía buscar gente que tuviera una fe desmedida.

Empezó por visitar iglesias y mezquitas, pero vio que en aquellos centros de culto nada tenía que hacer, pues las creencias eran muy rígidas y regladas. Pero le fue muy bien cuando acudió con su historia a algunos centros que prometían el bienestar personal y la salud espiritual. Allí la gente andaba imbuida en un sincretismo religioso, y lo mismo creía en Buda, que en la energía de una piedra, que en el mismísimo Jehová. Bastó con ponerle un poco de palabrería y misticismo al asunto para convencer al personal. Hasta puso un nombre al planeta, que a partir de ahora se llamaría Alga, por contracción de las letras griegas alfa y omega. Y fundó el grupo "Amigos de Alga".

Enseguida Noé se vio rodeado de sus nuevos acólitos, muy entusiasmados con el viaje al planeta Alga. Poco a poco se fueron recaudando donaciones de procedencia diversa, y fue emocionante el momento en que se empezó a construir la nave espacial. Mientras tanto, Noé se encargaba de todos los asuntos propios del viaje, que para eso él iba a ser el comandante de la nave: de los suministros de agua y comida, y de contratar a la tripulación. También escogió a toda una cuadrilla de técnicos, entre ellos a un arquitecto y a una aparejadora -quizá habría que edificar nuevas ciudades en el planeta Alga- y al personal sanitario. Y sobre todo trató de elaborar la lista de "los elegidos", ya que eran numerosos los candidatos que deseaban hacer aquel viaje.

Noé también dispuso las especies animales que debían viajar. Sobre todo eligió a cerdos, gallinas, ovejas, cabras y alguna vaca. La mayoría de los "Amigos de Alga" eran vegetarianos y prefería otros animales como perros y gatos, así que tuvo que adornar un poco el porqué había escogido esos animales y no a otros: que si la vaca era el animal sagrado de la India, que si el cerdo traía suerte, y otras patochadas similares. Llenó un almacén secreto, del que sólo él tenía la llave, de jamones ibéricos, pues no pensaba privarse de ese capricho mientras durase el viaje al otro planeta. Determinó que al menos viajase un animal de cada sexo, y siguiendo el mismo criterio elaboró la susodicha lista de pasajeros: tantos hombres, tantas mujeres.

Por fin un día todo estuvo listo. Un pasajero medio chamán roció la nave con unas gotitas de agua bendita del río Jordán, mientras otra de las amigas de Alga entonó un himno espiritual dedicado a ahuyentar las malas energías. La nave partió un 3 de agosto, coincidiendo con la fecha en que emprendió su viaje rumbo a las Américas el almirante Cristóbal Colón. Algún alucinado comentó que todo era por algo, que nada sucedía porque sí, y pronosticó buenos augurios.

Durante el viaje, los años transcurrieron monótonos y sin emociones fuertes. Noé iba dando cuenta de los jamones de la sala secreta, y así conseguía reducir en parte la melancolía que le embargaba por haber dejado atrás el planeta Tierra. Para el resto de la tripulación, los productos estrella eran un poco de chóped y de mortadela, mientras los pasajeros se deleitaban con caprichos de tofu empanados con semillas de sésamo. Noé entabló buena relación con la doctora, y a veces la invitaba a unas lonchas de jamón. La doctora y el propio Noé estaban aburridos de escuchar los consejos curativos de los pasajeros más milagrosos, los mismos pasajeros que acudían a la doctora en busca de un gelocatil cuando no encontraban remedio ni consuelo a sus males en sus métodos más o menos mágicos.

El arquitecto no daba guerra alguna. Andaba todo el día encerrado en su camarote, dibujando esbozos y trazando planos. Imaginaba su legado para la posteridad, la que sería una nueva Brasilia a millones de kilómetros de distancia, soñando con obras faraónicas pero con edificios minimalistas, grandes avenidas, centros comerciales, e incluso túneles soterrados siguiendo los cauces de los ríos. Sin embargo, la aparejadora se aburría muchísimo durante el viaje, de momento no tenía nada que hacer. Se entretenía poniendo a Noé la cabeza como un bombo, hablándole de zunchos, zancas, cerchas, momentos flectores y otras vainas que al comandante de la nave le traían sin cuidado. Por otra lado, la técnica recibía de su propia medicina, cuando tenía que escuchar las cantilenas de los amigos de Alga sobre materiales constructivos mucho más ecológicos y sostenibles, como los ladrillos de adobe y otros que se hacían con mierda de vaca. Otro argumento cómplice más que reforzaba las tesis inventadas por Noé para llevar vacas.

En cada una de las salas de la nave había un monitor de plasma colgado en la pared, en los que el planeta Alga aparecía como una imagen prometedora. Parecía inamovible, como si se mantuviese siempre a la misma distancia, en aquel viaje sin retorno que no parecía tener fin. Según los propios cálculos de Noé aún quedaban un par de años de travesía. A veces la tripulación perdía la calma, y Noé tenía que contentarles con alguna promesa de riquezas que no sabía si podría cumplir algún día. Con los "Amigos de Alga" todo era más fácil, eran personas con esperanza y llenas de fe, y bastaba con venirles con algún cuentito.

Una noche sin día Noé estaba durmiendo en su camarote y vinieron a despertarle, pues algo raro estaba sucediéndole al planeta Alga. Acudió a la sala central y efectivamente, el planeta azul se había convertido en una especie de nube de color blanca, que se hacía más densa según pasaban los minutos. Tripulantes y pasajeros permanecían atentos a los monitores, y se escucharon algunos cánticos espirituales. La doctora lanzó la hipótesis de que quizá una  erupción volcánica de magnitud desconocida hubiese tenido lugar. "Mejor ahora que cuando estemos allí", dijo Noé.

De repente, sin que nadie lo esperase, el planeta pareció desintegrase en el aire, espolvoreándose tras una súbita explosión. A la explosión le sobrevino un juego de luces de colores, tan precioso como espectacular, que causó gran sensación en el pasaje. Los que antes entonaban himnos ceremoniosos empezaron a aplaudir. Noé miró atónito a la doctora, que observaba ojiplática uno de los monitores y sin pestañear. El arquitecto, que también estaba contemplando el espectáculo de fuegos artificiales, debió sentir que sus edificios imaginados se desmoronaban en ese momento como castillos de naipes. Después, los restos del planeta se deshicieron en una nube, que terminó deshilachándose y haciendo "poff", de igual forma que hicieron "poff" las ilusiones de Noé. Y por fin, nada en los monitores, aparte de alguna estrella solitaria como telón de fondo...

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