20 de diciembre de 2012

El día del fin del mundo

Koki Anann saludando
Aquella era una mañana fría, típica del mes de diciembre en la ciudad de Nueva York. En calidad de ex-Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan había sido invitado como observador a aquella reunión de alto nivel en la que se acababa de poner en juego el futuro de la humanidad. La reunión había sido un absoluto fracaso. La III Guerra Mundial sería la más breve de la Historia, pero también la más mortífera y definitiva...

Kofi Annan se levantó de la mesa decepcionado, una vez más. Recogió sus papeles y llamó por teléfono a un taxi para que le viniese a recoger. Deseaba pasar tranquilo sus últimas horas de vida, así que tenía que darse prisa si quería llegar sin contratiempos a casa. La ciudadanía sería avisada del fracaso de las negociaciones en breve, con lo que la ciudad pronto se convertiría en un caos.

Desde hacía mucho tiempo, Kofi tenía alquilada una casa de dos plantas en las afueras de Nueva York. La residencia estaba en una urbanización tranquila y discreta. Estaban ya cerca de su casa, cuando el taxi tuvo un pequeño encontronazo en una rotonda con otro coche. El taxista, furioso, se bajó del auto y empezó a discutir con el dueño del otro vehículo. Kofi se apeó también del taxi e intentó poner un poco de paz entre los dos conductores. Pero aquellos tipos no le hicieron ni caso, y la discusión se fue calentando por momentos. Ése era el sino de su vida, siempre intermediando entre partes enfrentadas sin éxito. Desilusionado y a la vez resignado, Kofi pensó que lo mejor sería marcharse de allí.

-Deberían dejar de discutir e irse a casa -sugirió a los dos tipos-. El mundo tiene las horas contadas; les recomiendo que acudan al encuentro de sus familias.

Los hombres miraron con indiferencia a Kofi, y empezaron a pelearse a puñetazo limpio.

El anciano, aparentemente impasible, decidió coger el metro para terminar de llegar a la urbanización, que ya quedaba apenas a dos paradas de distancia. Cuando entró en el vagón, un joven se levantó para cederle su asiento. Aquel pequeño gesto de generosidad reconfortó un poco a Kofi, que para entonces llevaba la moral más que por los suelos.

-No se moleste -dijo al joven-, me bajo enseguida.

Aún no había terminado la frase, cuando una señora se escabulló, como una alimaña hambrienta, entre el joven y Kofi, y se sentó en el asiento vacío. El señor Annan se sintió algo culpable porque aquel joven ahora tendría que viajar de pie.

Kofi llegó a su parada de metro; se apeó del vagón, ascendió a la calle por las escaleras mecánicas, y a paso relajado alcanzó la entrada de la urbanización. El vigilante, un chicano que había emigrado a los Estados Unidos hacía más de una década, lo saludó con la disposición de siempre:

-Buenos días, señor Annan. ¡Qué pronto está usted de vuelta!

-Le recomiendo que recoja sus cosas y se vaya a casa, Ramón -le dijo paternalmente Kofi-. Esté atento a las noticias, la situación se ha puesto muy fea...

Lo que no sabía Kofi era del resentimiento que tenía Ramón hacia algunos de los vecinos de la urbanización. Aunque apreciaba al señor Annan, tan amable y educado, aquel guardia siempre había sentido que muchos vecinos lo trataban con desprecio y despóticamente. Pensaba que se sentían superiores sólo por vivir en una urbanización tan exclusiva. Momentos más tarde de cruzarse con Koki, el vigilante, armado de su pistola, se corría a costa de estos vecinos desagradecidos su propia orgía de sangre y desenfreno, en lo que eran sus últimos minutos de vida.

Por fin Kofi llegó a la puerta de casa. Por el camino había venido pensando en qué iba a emplear el poco tiempo que le quedaba. Lo tenía claro: whisky, un habano, baño relajante, y música clásica. Sobre todo quería desconectar y no pensar en nada...

Comenzó por ponerse cómodo. Se vistió con su chándal de la selección de fútbol de Ghana, y se calzó sus zapatillas favoritas. Fue al salón y encendió el televisor. Casi todos los canales daban en directo la misma noticia: el fracaso de las negociaciones de paz, y el comienzo de una guerra nuclear inminente a escala global. De hecho, los primeros misiles intercontinentales se habían lanzado ya.

Kofi cambió de canal, haciendo zapping con el mando. En el canal tienda, como si nada sucediese, anunciaban repetidamente un quitapelusas. En otro de los canales no debía quedar ya ninguno de los trabajadores, y un loco se había colado en la emisión y enseñaba su miembro viril en directo. En un tercer canal, un telepredicador rezaba un padrenuestro bajo un estado de euforia que le hacía parecer fuera de sí...

El señor Annan apagó la televisión y fue al baño. Puso el tapón a la bañera, abrió el grifo y comprobó con el dedo índice que el agua salía tibia. Echó sales de baño en el agua y se dirigió hacia el salón. Mientras tanto, en medio del Atlántico y del Pacífico, miles de cabezas nucleares cruzaban sus trayectorias de un lado al otro del planeta. Kofi escuchó las primeras balaceras repiqueteando a lo lejos, y no queriendo oírlas eligió ese momento para encender su viejo equipo de alta fidelidad. Sus manos huesudas rebuscaron con destreza entre los discos favoritos. Bajo la aguja del tocadiscos, aquel fiel compañero que nunca lo había decepcionado, colocó la novena sinfonía de Beethoven. Pensó que era la banda sonora idónea para una ocasión tan especial...

Abrió el mueble bar y se puso un whisky doble. Encendió uno de los puros que le regaló Fidel en una de sus visitas a Cuba, y le dio una calada profunda que saboreó con gran placer. La bañera estaba a medio llenar y empezó a desnudarse. No le quedaban puestos más que los calzoncillos cuando llamaron a la puerta.

-¿Quién coño puede ser ahora? -protestó para sí mismo.

Perjuró que no iba a abrir aquella puerta, pero el timbre sonaba con insistencia. Se le pasó por la cabeza acudir a abrir en calzoncillos, pero pensó que uno debía mantener la dignidad hasta en aquellos momentos en que no parecía importar nada. Así que se puso el albornoz y abrió la puerta.

-¡Papá! -gritó con fingida efusividad su hija.

-¡Abuelo! -sonrió sincero el travieso de su nieto.

Kofi no podía creerlo. ¡Nunca venían a verlo, y precisamente ahora tenían que visitarlo!

-Como siempre te quejas que te tenemos abandonado -se excusó su hija-, he pensado que quizá te gustaría pasar con tu nieto estas últimas horas tan fatales.

Con su cara de pillo, el nieto sonrió de nuevo al abuelo. Luego lo sorteó con habilidad, a través del albornoz y entre las piernas, rumbo al aparato estereofónico que emitía aquella música tan exquisita.

-¡Deja eso! -gritó el pobre abuelo-, ¡lo vas a romper!

-Adiós papá -se despidió mientras tanto su hija-, cuida bien de tu nieto, que lo paséis bien.

De nada sirvieron las protestas del señor Annan: su hija ya no podía oírle, pues corriendo se había marchado en el coche camino de quién sabe dónde y con quién.

La ciudad, sin gobierno, se estaba convirtiendo en un tremendo desorden, en el que los criminales y violadores campaban a sus anchas. Los misiles balísticos de corto alcance estaban impactando ya sobre algunas ciudades no muy distantes. Antes de cerrar la puerta de casa, mientras sujetaba con mano firme a su nieto, que forcejeaba por zafarse, Kofi se quedó embobado mirando al horizonte. A lo lejos, ascendiendo hacia el cielo, pudo divisar una especie de columna de humo en forma de hongo.

-¡Coño, el agua de la bañera!

Kofi salió de su ensimismamiento y corrió hacia el baño. El nieto se vio de nuevo libre y también se apresuró al interior del salón. El agua de la bañera rebosaba; su entrada precipitada en el baño fue tan poco triunfal, que el señor Kofi resbaló y fue a parar al suelo, cayendo de costado.

Varios misiles de largo alcance estaban ya próximos a la ciudad de Nueva York. El nieto estaba dando botes sobre uno de los gastados sofás, hasta que uno de los piececitos de aquel angelito negro se hundió en el ahora recién agujereado asiento. Por primera vez en tantos años el equipo de alta fidelidad se había vuelto infiel, y la aguja repetía una y otra vez, sobre el disco rayado de Beethoven, un breve tramo de la famosa sinfonía, apenas dos surcos del disco.

En el baño, Kofi se incorporó del suelo a duras penas, tullido y dolorido de un hombro y una pierna. Casi volvió a resbalar antes de cerrar el grifo de la bañera. Acudió al salón a ver qué estaba haciendo su nieto. El chavalín inquieto fue sorprendido infraganti, mientras apuraba las últimas gotas del caro whisky del abuelo.

El señor Annan no pudo más. Aquel hombre tranquilo que nunca parecía inmutarse, ese diplomático que tanto había trabajado por la paz del mundo, que había mediado entre tipos duros y gobernantes psicópatas, perdió la paciencia. Arrastrando su pierna dolorida se abalanzó sobre el nieto. Abrió su amplia y huesuda mano en toda su extensión, y la dirigió sobre la cara del niño con todas las fuerzas que le quedaban, a aquel anciano de porte erguido. En el preciso momento en que la mano marcaba la cara del niño, un misil inteligente impactó en las inmediaciones de la urbanización de Kofi. El guantazo y la fuerza del abuelo debieron parecerle al niño de una magnitud descomunales. Todo vibró en leguas a la redonda. Tras el ruido sordo del enorme impacto sobrevino un absoluto silencio, como de paz. El día del fin del mundo era ya agua pasada...

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