26 de noviembre de 2012

Perpetuum mobile

Hombre en rueda de ratón


Anselmo iba de una lado para otro como una pelota de ping-pong, sin recorrer ningún camino en concreto pero siempre rebotando entre lugares parecidos. Aquella tarde le pareció reconocer en los gorriones del parque las mismas alas y los mismos colores moteados en los plumajes. Las ancianas que alimentaban las palomas también le parecieron eternas, como si hubiesen estado allí, en la misma baldosa del parque, a la misma hora, todos los días de sus tardes de otoño. Y los mismos niños jugaban a idénticos juegos, día tras día, año tras año, y parecía que nunca crecían. Con el mismo balón jugaban al fútbol, y lo estrellaban, una y otra vez, en similar portería dibujada en la pared con una tiza que nunca se gastaba, y las niñas siempre saltaban a la comba entonando sus monótonas canciones de vaivén.

Y no era que el tiempo se hubiera detenido, pues las agujas del reloj de la torre giraban como perpetuum mobile, las horas despaciosas, avanzando inapreciables, y los minutos a pequeños y bruscos saltitos de gorrión. No era eso, no, el tiempo sí avanzaba. Más era que el mundo fluía en torno a un bucle sin fin, siempre lo mismo, en una y otra dirección o sentido, repetidamente, ida y vuelta, vuelta e ida, y otra vez siempre lo mismo, y vuelta a empezar...

Pudiera ser que a las sucias palomas aquel asunto del continuo movimiento circular les trajese sin cuidado, siempre tan glotonas, tan felices con las migas de pan de aquellas viejitas tan atentas y simpáticas. Pero Anselmo sintió una gran angustia al percatarse de que su vida giraba y giraba en torno al mismo punto, los mismos asuntos con idénticos argumentos. Y se imaginó a sí mismo como a un ratón domesticado corriendo y corriendo en la rueda de su minúscula jaula de alambre. Ese pequeño ratón que camina en la rueda por entretenerse en algo, y que luego roe unas pipas de girasol, se rasca una oreja, mueve su nariz menuda nervioso, y torna a la rueda de nuevo con un trajín aún más nervioso, hasta que de una voltereta sale despedido para reflexionar un instante y luego otra vez a las pipas y luego a arrascarse la oreja y después el hocico y de nuevo a la rueda, y vuelta y vuelta y vuelta a empezar...

Anselmo comenzó a agobiarse aún más, y sintió como una presión en el pecho que no le dejaba respirar. La sensación de ahogo fue aún mayor cuando caviló que nadie a su alrededor parecía preocupado por vivir en ese estado de eterna repetición. Le entró una fuerte necesidad de huida, de escapar a cualquier parte con tal de evadirse del bucle sin fin que era su vida. Y en ese preciso momento vio con certeza que estaba sintiendo la misma angustia que le venía todas las tardes, cuando salía a pasear al parque, siempre a la misma hora. Se preguntó que por qué siempre le gustaba sentarse en el mismo banco, bajo el único magnolio de aquel jardín urbano. Y cayó en la cuenta de que esa era la misma pregunta que terminaba haciéndose todas la tardes, que por qué siempre en el mismo banco y las mismas conjeturas que parecían robarle el aire...

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