27 de septiembre de 2012

Ayudadme a salvar a Willy

Perro sentado en carrito de escaleraSiempre me gustaron los animales y, desde que era una canijo, quise tener un perro. Así que cuando mis padres me echaron de casa por fin pude hacerme con uno. No un chucho cualquiera, sino uno de raza. Le puse de nombre Willy, porque mi actor favorito es Willy Toledo. Admiro a la gente que habla sin pelos en la lengua, que le importa un cojón lo que vayan a opinar de él los demás.

Por entonces yo trabajaba de peón en las obras, y ganaba mucha pasta. A mi Willy no le iba a faltar nada, así que le compraba comida buena. Nada de esas latas de comidas para perro, que vete tú a saber qué mierda les echan. Le compraba latas de albóndigas, pero de las de personas. Total, sólo cuestan un euro. A veces nos dábamos un homenaje y nos comíamos, a medias, unas lonchas de jamón ibérico.

Tener un perro es como tener un hijo. Es una responsabilidad muy grande, y le tienes que poner todas las vacunas del mundo, que también valen un dineral. Cuando lo llevé al veterinario me dijo que le tenía que dar pienso, y no comida de humanos. Me recomendó uno que él vendía -qué casualidad-, y que si mi Willy no se lo quería comer que tuviese paciencia con él, porque tardaría en acostumbrarse. Le compré pues un saco de bolitas. Después de tres días mi Willy no se las quería comer, porque seguro que eran pura mierda. Los perros tienen un olfato superior al de los humanos, y nadie les tiene que decir qué se deben comer y qué no, porque ellos ya saben lo que les va mejor. Así que fui al veterinario y le dije que las bolitas se las iba a meter una a una por el culo, y que me devolviese el dinero del pienso. Como Willy había pasado tanto tiempo sin comer -casi me lo mata de inanición el cabrón-, le compré 8 latas de albóndigas. De las de persona. ¡Y vaya si se las comió el pobre, que hasta le dio un cólico, y luego las vomitó! Pero después se comió el vomitado: los perros no desaprovechan nada...

Mi Willy es muy posesivo, no se te ocurra quitarle algo que crea que es suyo. Me gusta soltarle en el parque, que corra libre. Un día va un niño y no se le ocurre otra cosa que cogerle el palo que llevaba en la boca. Willy casi le arranca el brazo, y cómo se puso la madre. Le dije a la señora que era culpa del niño, por cogerle el palo a mi Willy. No deberían dejar sueltos a los niños en los parques, sobre todo si hay perros.

Mi perro es un poco dominante con los demás perros. Un día se encaró a un pitbull, uno de esos perros musculosos, de presa, que parece que van al gimnasio. Mi Willy no se achantó. Yo creo que el que tiene uno de esos perros es, o un tío que va buscando bronca, o un mariconazo acomplejado que no sabe defenderse solo. O a veces las dos cosas: un niñato bujarrón que va provocando a la gente. Le dije al dueño del pitbull que, si su perro tocaba al mío, yo le arrancaba la cabeza al suyo. Si es que dicen que las personas terminamos pareciéndonos a nuestros perros: igual que mi Willy, tampoco yo soy de los que se achantan. Al final el dueño del pitbull nos demostró que era un cobarde, idéntico en todo a su perro hormonado.

Con la edad, Willy empezó a coger un poco de peso, andaba mal y respiraba peor. Así que le compré salmón ahumado, para ver si adelgazaba un poco. El salmón le gustaba mucho a mi Willy, aunque era un poco caro. Tuve que buscar algo más barato cuando me echaron del trabajo, por insultar a un capataz. Leí en una revista, de las que tienen en la peluquería a la que voy a cortarme el pelo, que el pollo es poco graso. Así que fui a comprarle pollo a mi Willy. Me hubiera gustado darle pollos vivos, porque los perros son depredadores, lo llevan en la sangre, les gusta cazar. De hecho, a Willy le gusta perseguir a las palomas del parque, que, aunque esté gordo, las palomas es de las pocas cosas que lo motivan a correr. Hasta un día pilló a una que andaba como drogada. La destrozó. Pero luego no se la comió. En Madrid es difícil encontrar pollos vivos. Fui a la pollería y compré un pollo entero. Muerto, claro. Le dije al pollero que me lo diera grande, que era para mi perro. Willy se atragantó con un hueso, casi se me asfixia. ¡Por ganar dinero, qué hijo de puta el pollero! ¡Mira que no avisarme de que los huesos del pollo se astillan...! Al día siguiente acudí a la pollería: si entre el carnicero y el vigilante del súper no me sujetan, lo atravieso allí mismo, con su propio cuchillo de trocear los pollos.

Después de eso decidí comprarle pechugas de pollo, ya deshuesadas, y pavo en lonchas. Pero a mi perro eso no le gustaba casi nada, se le veía triste. Siempre me pedía de lo que yo comía. Así que seguí dándole albóndigas, salchichón, tocino, y lo que más le gusta: yogur griego. El yogur griego le encanta, sobre todo si es azucarado. A mi perro, entre otras cosas, le encanta el dulce. Un tío en la tele, en un programa para marujas, dijo que no hay que darles dulces a los perros, porque se quedan ciegos. ¡Menuda gilipollez, la gente sólo dice tonterías! Es como si yo me fuera a quedar ciego sólo por comer caramelos.

Como Willy se estaba poniendo muy gordo, cuando vivíamos en el adosado hice poner un elevador en la escalera, para que pudiera subir a la planta de arriba. Ahora nos hemos tenido que trasladar a un cuarto piso, sin ascensor, y como Willy está tan gordo, es un coñazo sacarle a pasear, porque lo tengo que subir y bajar yo en brazos. No lo saco a la calle más que lo necesario, y, como no hace ejercicio, está cada vez más gordo. Como el perro respiraba mal, tuve que buscarme otro veterinario. Todos son iguales. Éste también me quiso vender pienso, porque decía que Willy estaba muy gordo, y además le hizo unos análisis y varias pruebas. Me cobró un dineral. La verdad es que pienso que la Seguridad Social también debería cubrir esto. Y encima me dice que tiene colapsadas las arterias y que lo mejor es que lo sacrifique. ¡Qué hijo de puta, querer matar así a un animal, sin más!

Como soy un inconformista, me informé por ahí, y encontré una clínica que dicen que curan a los perros, de lo de las arterias. Lo malo es que la clínica está en Estados Unidos. Como ahora estoy sin un puto duro -mierda de crisis-, no me puedo permitir llevarle. Pero se me ha ocurrido relatar mi historia para recoger dinero, a ver si alguien nos ayuda.

Por favor: si alguien puede ayudarnos, aunque sea con un euro o unos centimillos, que se ponga en contacto conmigo, a través de Internet. O con mi perro. Muchísimas gracias de antemano.

15 de septiembre de 2012

Sociedad de pachanga

NIños jugando al fútbol en una plaza
De pequeño soñaba con jugar tal vez en el Real Madrid. Y mirándolo jugar, con el énfasis que ponía, se podría decir que aquel sueño permanecía inalterable a sus 32 años. Ponía todo su empeño y habilidad, y hasta se podría decir que destacaba en aquellas pachanguitas futboleras. Porque Nicola era todo un jugón...

Los equipos se formaban justo antes de comenzar el partido. Casi siempre constituían auténticos grupos de interés que acaban siendo un reflejo de la sociedad tal cual era. A veces los miembros de cada equipo eran elegidos al azar. Pero cuando los jugadores se convertían en habituales, todos conocían las virtudes y carencias futboleras de cada cual, con lo que todo el mundo hacía lo posible por jugar con quien se sentía más agusto. Lo cual, por otra parte era un comportamiento de lo más natural. Como en toda sociedad, los más problemáticos, aquellos que armaban bronca o jugaban sucio, eran relegados enseguida, y nadie quería jugar con ellos. En ocasiones ocurría todo lo contrario, y sus malas artimañas acababan enmarañando a todos en un juego brusco.

Otro caso era el de los que peor jugaban: casi nadie les pasaba el balón, y mucho menos si eran chica. El caso de las féminas en un mundo de hombres era paradójico. Porque los chicos estaban encantados con jugar de vez en cuando con chicas. Pero aquellas sociedades de pachanga perseguían sobre todo un objetivo: ganar. Y a menos que la chica fuera lo bastante hábil no recibía ni un pase de sus compañeros. Con lo cual las chicas no volvían más para desgracia de los muchachos.

Nadie quería ponerse de portero, así que echaban a suerte a quién le tocaba, y luego se iban turnando. Siempre había algún listo que se escaqueaba con algún cuento. Resultaba patético cuando la portería se quedaba vacía porque al que le tocaba en turno se hacía el disimulado. Entonces en la portería desamparada metían un gol desde lejos y a todo el equipo se le quedaba cara de tonto por culpa del que sólo cogía turno para pasarse de listo.

Y la mayoría querían jugar de delanteros. En los partidos se marcaban muchos goles, porque las defensas, como si de un partido de niños se tratara, siempre estaban despobladas. Nicola, por supuesto que jugaba siempre de delantero, y bajaba poco a defender. Acariciaba el balón, engatusaba al defensor de turno enseñándole la pelota, para luego escamoteársela ante sus ojos. Podría decirse que Nicola era un trilero del área. Y como a todo trilero, para él el juego iba bien si él metía muchos goles. Y si a su equipo le metían el doble la culpa era de sus compañeros, que no defendían.

A veces Nicola tenía un día torpe. Ya podían doblarle sus compañeros por izquierda o por derecha, que aun estando solos y demarcardos nunca les pasaba el balón al primer toque. Porque Nicola nunca pasaba sin intentar primero su escamoteo habitual. Si el regate le salía nadie le podía echar en cara su individualismo. Es más, se erigía en el héroe del partido, tan simples eran las sociedades de pachanga. Pero si por ejemplo tenía ante él un defensa excepcional y perdía todos los balones, una y otra vez, todos le reprochaban y caía entonces de su pedestal. En esas ocasiones Nicola no aceptaba las críticas y no paraba de refunfuñar.

Un sociólogo encontraría un auténtico campo de estudio y experimentación en las sociedades de pachanga. Los individuos se desenvuelven en torno a unos mismos fines: pasar un rato entretenido, mantenerse en forma y sobre todo ganar. Si todos quieren ser reconocidos y obtener su premio, el equipo ha de fomentar el juego colectivo. Pero en algunos equipos sólo priman los intereses de unos pocos, mientras el resto quedan insatisfechos.

Para bien o para mal, las microsociedades pachangueras se disuelven cuando el partido llega a su fin. Aunque los mismos roles usualmente terminan repitiéndose, con la llegada de un nuevo partido será como si ocurriera una revolución. Al menos los que quedaron insatisfechos podrán soñar en que la utopía social se alcanzará en la próxima pachanga...

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