30 de junio de 2012

Batallas de lino y algodón fino

Nave surcando el espacio
Apenas 3 ó 4 medallas engalanaban el pecho de aquellos dos oficiales. A pesar de su valentía, aún eran demasiado jóvenes como para alcanzar en méritos al bizconde Rosmarinof, del que se decía que tenía tantas medallas que podría adornar con ellas 4 uniformes. Pero para sí querría el viejo bizconde todo el historial de mujeres jóvenes, y no tan jóvenes, que habían caído en los brazos de esos dos oficiales de artillería. Aquellas batallas, vencidas entre sábanas de lino y algodón fino, constituían para ellos mismos un mérito mucho más apetecible que cualquiera de las medallas del bizconde. Y en toda la galaxia, desde Adrómeda hasta la Tierra, las hazañas de aquellos dos pilotos despertaban tanta admiración como envidias.

Andrés y Nicolás eran pilotos del temido ejército del Reino de Smirnoff. Eran amigos desde su infancia, y desde bien jovencitos habían eludido juntos el estrecho cerco moral que imponía la tradición militar de sus familias. Debían rondar ya los 25 años, pero aún no se habían prometido con ninguna joven de la corte. Su fama de mujeriegos les hacía indeseables ante los ojos de las madres de las jóvenes casaderas. Pero por otro lado, su fama de aventureros, conseguida tras los éxitos de unas cuantas batallas, les hacía más apetecibles ante los ojos de las mismas jóvenes cuyas madres les despreciaban.

El Reino de Smirnoff aglutinaba a todos los países de un gran planeta que daba nombre al reino. Era un planeta rico en el mineral más preciado de la galaxia, pues un 90% de la superficide del planeta era agua. Estaba gobernado con mano implacable por el rey Alexander Molotov, del que se decía que llegó al poder tras asesinar a su propia hermanastra. El rey debería tener ya aspecto de anciano, de no ser porque la ciencia había avanzado tanto que era capaz de regenerar los tejidos, por lo cual tenía la apariencia de un hombre de poco más de 30 años. Toda su vida había comerciado con el agua de su planeta, y con tanto enriquecimiento había sido capaz de formar uno de los ejércitos más temibles de su galaxia. Paradójicamente, la mayoría de sus súbditos tenían racionada el agua, lo cual era una forma eficiente de mantenerlos bajo control: si había alguna protesta bastaba con cerrar el grifo.

Pero la suerte era bien distinta para los nobles de su corte y en especial para los militares de élite, a los que "nunca debía faltarles de nada", según real decreto ley del soberano. Dos veces por ciclo solar les agasajaba con una cena exquisita, en la que los más afamados cocineros de la galaxia competían por deleitar a los invitados con el mejor manjar. Después de la cena se celebraba el gran baile de gala. Normalmente el rey se retiraba a sus aposentos nada más comenzar la música, para que así el público se mostrase más desinhibido y pudiera disfrutar mejor de la fiesta.

Aquellos bailes eran la mejor ocasión para que las jovencitas pudieran conocer al príncipe azul de sus vidas, siempre escogido de entre uno de sus iguales, o entre alguno de los comerciantes ricos de la galaxia que habían sido invitados. Algunas chicas preferían algún militar aventurero, aun a riesgo de quedarse pronto viudas, pues el planeta estaba en guerra continúa, ya fuera por defender sus recursos, ya fuera por apoderarse de los ajenos. Normalmente los militares poseían una gran fortuna, pues se llevaban un porcentaje de los recursos que pudiera arrebatar al enemigo. Así las jóvenes que se casaban con un militar, en el peor de los casos, si quedaban viudas, conseguían una rica herencia, y esto les aliviaba en gran manera de su pena.

De momento ninguna de las chicas había conseguido conquistar el corazón de Andrés y Nicolás. Sólo ellos sabían que ese asunto era misión imposible, porque pensaban que por qué conformarse con una si podían tener al menos un par de amantes en cada planeta. Y eso sin contar las mujeres violadas en las incursiones en planetas enemigos, ni las putas de los burdeles más insólitos de la galaxia. Tampoco es que los militares, tras el casamiento, renunciasen a sus excesos, y menos estando tantos meses lejos del lecho conyugal. Pero en cualquier caso se sentía más libres sin ningún tipo de compromiso. Iban pasando los años y batallas, y de momento no habían tenido ningún percance, y eso que acumulaban unas cuantas misiones más que peligrosas. Eran dos pilotos avezados, que comandaban sus naves sin que les temblase el pulso ni el valor. Con los años acumulaban una gran fortuna, a pesar de que parte la habían dilapidado en sus lujuriosas orgías. Algunos temían la posibilidad de que Adrés o Nicolás murieran en una de sus batallas, sobre todo porque se desaprovecharía su fortuna. El rey había dispuesto por ley que sólo la esposa legítima pudiera heredar, con lo que así aseguraba para sí la herencia de cualquier súbdito que muriera soltero.

Ni que decir tiene que Andrés y Nicolás no se perdían ni uno de los bailes que organizaba el rey Alexander. Para ellos, la carne inocente de las jóvenes nobles era la más deliciosa. Aunque algunas no eran tan inocentes como ellos se imaginaban.

Como siempre, en aquella ocasión acudieron a la cena luciendo sus trajes de gala. En el salón de baile, buscaron un lugar estratégico desde el que poder admirar la belleza virginal de alguna de las jovencitas más hermosas y dulces del reino. Para Andrés y Nicolás la estrategia de seducción era similiar a la de una batalla: primero acechar para descubrir el flanco débil, después buscar la cola de la nave enemiga y luego disparar para derribarla. Unas palabras dulces al oído, unas cuantas promesas vanas, y retirarse a un lugar solitario con la presa.

Cuando sonaron los acordes del primer vals, los dos cómplices y amigos se miraron el uno al otro. Con un guiño y un simple gesto, Andrés indicó a su amigo en la dirección de dos jovencitas que debían tener poco más de 15 años. Su compañero de armas le reafirmó con un gesto: "tiernos escotes" -le susurró-. No sería fácil eludir el cerco de sus vigilantes madres. Pero torres más altas habían caído, y el halo de su riqueza siempre deslumbraba y ablandaba a las madres. Aquella noche, la cacería había comenzado...

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