28 de mayo de 2012

El profeta

Predicador dando vocesEl bulevar del centro comercial estaba bordeado por grandes maceteros de plástico de los que brotaban unos ficus altos y artificiales. Estas plantas con el alma de alambre eran autónomas y no necesitaba riego ni abono, aunque la gente debía desconocer esta cuestión, pues los maceteros solían estar inundados de inmundicias que escrupulosamente luego recogía el servicio de limpieza, justo cuando se cerraba el centro a los visitantes. De vez en cuando alguno de los limpiadores tenía la fortuna de encontrarse un bolso, hecho que de alguna forma le resarcía del inconveniente de tener que trabajar en el turno de noche. Entonces, fiel a su oficio, limpiaba bien a fondo por dentro el bolso, más que nada por ver si encontraba algo de su interés, y después lo devolvía al depósito de objetos perdidos...

El pavimento del bulevar era un enlosado de un azul plagado de personalidad, dibujado de formas irregulares indeterminadas, y tan cuidado y pulido que reflejaba el entorno igual que si el suelo estuviera recién fregado. Era tanto el reflejo en las zonas más oscuras, que si alguien andaba medio distraído podía perder el sentido espacial, ya que por momentos parecía como si las plantas, en la duplicidad de su reflejo, colgasen para abajo de los maceteros. Aquella enmarañada selva también tenía algún que otro loro que detectaba a los viandantes con su sensor de movimiento. Con su voz gangosa de cotorra cantaba la canción del pirata, y después prometía adivinar el porvenir de los paseantes a cambio de una moneda. En aquella selva también se escuchaban ecos de voces que anunciaban ofertas, como si fueran los gritos de alimañas que escudriñan los pasos de aquellos que se aventuran en el interior de la floresta...

El profeta se presentó puntual a la cita consigo mismo, y como por arte de magia las puertas del centro comercial se abrieron solas. Miró con sigilo a su alrededor, y con paso monótono se adentró por la selva de ficus artificiales. A su derecha, en el salón de juegos recreativos, un simulador de Fórmula 1 de color rojo con el lema "Banco de Santander" le llamó poderosamente la atención. Un chaval solitario con la cabeza medio pelada por fuera y por dentro, volaba por circuitos de asfalto imaginarios, mientras el resto de máquinas parecían huérfanas de seres humanos. El coche rojo hizo un giro imprevisto seguido por un tembleque, y el chico pelón pareció molestarse. Entonces se percató de que no estaba solo, e intercambió una mirada de soslayo con el profeta. Después de hacer una mueca de desprecio, alimentó a la máquina con un par de monedas, y cuando el coche se enderezó continuó inalterable con sus afanes de conductor imaginario...

El profeta continuó avanzando por la selva de plástico y alambre. A orillas de aquel camino reluciente, tiendas sin clientes pero inundadas de luz. Como en un escenario, las decenas de bombillitas resaltaban los patéticos rostros de unos dependientes aburridos. Sin clientes dispuestos a devorar cualquier mercadería, aquella puesta en escena era como una tragedia griega. O bien pensado, quizá el vacío dibujaba un panorama menos trágico...

Cuando llegó al extremo del bulevar, una escalera mecánica invitó al profeta a elevarse a un nivel superior. Mientras ascendía, al profeta le entraron dudas de haber escogido aquel lugar y aquel momento para venir a predicar. No era nada hábil convocando a la gente por las nuevas tecnologías de las redes sociales, así que siempre se había limitado a acudir donde esperaba encontrar a gente. Se preguntó que qué cojones estaba haciendo en aquel desierto sin almas, pues a nadie iba a poder explicar su mensaje. Enseguida se avergonzó de sus propios pensamientos fatales, pues según las escaleras iban ascendiendo le pareció escuchar como un rumor de voces.


Efectivamente, en la planta superior había un amplio espacio rodeado de restaurantes adornados con diversos nombres, motivos y colores. En uno cuyo rótulo decía "Burguer King" había como un grupo de 20 chiquillos, niños y niñas, de no más de 10 años de edad, acompañados de un adulto, una mujer morena muy bella. El profeta supo que eran los elegidos, y que debía entregarles el mensaje. Los niños reían y bromeaban mientras mordisqueaban sus hamburguesas con pequeños bocados de ratoncitos, y al ver aparecer ante sí al profeta guardaron silencio. A alguno de ellos se le escapó una sonrisa nerviosa, pero la mayoría sintió mucha curiosidad y cierto temor.

- ¡Escuchadme, por favor! -alzó su voz el profeta- He venido hasta aquí, para daros un mensaje importante. Debéis hacerme caso en todo lo que os diga.

Los niños miraron perplejos a aquel tipo de aspecto desaliñado que tenían ante sí. La mujer que estaba con ellos sonrió a los niños como queriendo darles una explicación que no tenía.

- ¡Teneís que iros de aquí! -continuó el profeta- Debéis abandonar esta ciudad, e incluso el país. Aquí no queda esperanza para vosotros; vuestro futuro será aún peor que el que le cae encima ahora a vuestros padres. Mirad a vuestro alrededor, ¿acaso no habéis visto las tiendas vacías? Aquí no hay esperanza; sin trabajo, no hay dinero y por tanto nada que comprar. Hacedme caso, debéis coger vuestras propiedades y huír, ahora que aún estáis a tiempo. Nada os ata, no tenéis casa, ni hipoteca, ni hijos, ni esposa...

- ¿Y tú -se atraveió a interrumpir uno de los niños-, y tú, por qué no te vas? ¿Estás casado?

El profeta no había previsto una pregunta como esa, así que improvisó una respuesta:

- Yo... no, no tengo esposa; una vez tuve una novia, pero afortunadamente me dejó. Ahora soy libre. Yo... yo no me he ido... -el profeta dudó un instante- yo no me he ido porque tenía que daros este mensaje. Sí... Yo me tengo que quedar, pues tengo que predicar a todos este mensaje. Pero vosotros debéis iros, aún estáis a tiempo...

Un vigilante de seguridad se acercó al grupo y se dirigió a la mujer hermosa que estaba con los chiquillos:

- Perdone, ¿les está molestando este señor? ¡Oiga!

El vigilante alzó la voz hacia el profeta, y acercándose hacia él le agarró suavemente por el brazo.

- Perdone, señor -dijo con educación al profeta- No puede estar aquí. Tiene que acompañarme.

- Ya me voy -se excusó el profeta- Simplemente les estaba comentando a estas personas que se tienen que ir a otro lugar. Y usted también. Usted también tiene que irse. A Alemania, o a Finlandia. Se va a quedar sin trabajo, mire a su alrededor... no hay un alma, todo está vacío. Y sin gente, no hay venta, y si no se vende, ¿de qué le van a pagar a usted?

El vigilante acompañó al profeta camino de la salida. Mientras tanto, le daba conversación:

- Hoy es lunes, socio, por eso no ve nadie. Tiene usted que venir un fin de semana; esto está lleno de gente. El negocio no va tan mal los fines de semana...

- Puede ser -le rebatió el profeta-, pero ¿qué me dice de las fabricas? La mayoría han cerrado Ya nada se hace aquí, todo viene de China o de la India. Hágame caso, váyase, puede que aún conserve el trabajo, pero ¿cuánto cree que le queda?

Los niños corrieron a la baranda, justo al lado de la escalera mecánica. Entre risas, observaron alejarse la figura reflejada en el piso del profeta, que iba acompañado por el vigilante de seguridad, perdiéndose a lo lejos entre la maraña de árboles artificiales...

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