29 de abril de 2012

Pequeños hombres grandes

Roque llevaba caminando por una región bastante agreste desde hacía ya varios días. Los cerros estaban medio pelados, sin apenas vegetación, y el polvo llenaba todo de una neblina seca y desagradable que se colaba hasta por la boca de uno. Por esa razón Roque se había anudado un pañuelo al cuello, y aunque evitaba de ese modo masticar el polvo convertido en papilla al mezclase con su saliva, no podía librarse en modo alguno de sentirse sucio todo el rato.

Los habitantes de aquella zona eran tan escasos como la vegetación, y a Roque le parecían huraños y poco acogedores. Caminaban cabizbajos y medio desarrapados, con la tez sucia y desgastada por el polvo. Era como si se hubiesen mimetizado con el entorno en que vivían, de tal forma que se habían convertido en pequeños subhumanos sin ánimo que a cualquier pregunta de Roque contestaban con monosílabos. Entablar con ellos cuaquier tipo de conversación era tarea imposible...

Roque se detuvo un instante a beber agua y de paso consultó su mapa: la ciudad de El Páramo debía estar por allí cerca. Por un camino aledaño apareció una mujer tirando de una mula.

- ¿Queda mucho para El Páramo? -preguntó Roque-

- No mucho -contestó ésta sin detener su paso cansino y sin devolver la mirada a Roque-

La mujer caminaba en el mismo sentido que Roque. Era menuda y no podría decirse si era más o menos joven, porque aunque tenía algunos rasgos de belleza que delataban cierta juventud, su caminar monótono y cansino y su aspecto desaliñado más bien le hacían parecer una mujer de más de 60 años.

- ¿Va hacia El Páramo? -insistió Roque-

- Hacia allá voy -respondió con la misma parquedad la mujer-

A Roque se le hizo tensa la situación de tener que caminar junto a aquella mujer tan poco hospitalaria. Lo intentó una vez más:

- ¿Vive usted en la ciudad?

- No -respondió escuetamente la señora-

Roque no pudía soportar tanta frialdad. Estaba acostumbrado a caminar en soledad, y quizá por eso le gustaba disfrutar de un poco de conversación cuando se topaba con alguien. Pero con aquella mujer era imposible hablar de nada, así que aceleró el paso para distanciarse de ella.


Según fue aproximándose a la ciudad, Roque empezó a ver cada vez a más gente que se incorporaba por éste o aquel camino. Era algo extraño, pero la gente parecía un poco más animosa según la ciudad estaba más cerca. Muchos de ellos llevaban banderas, ropas y otros adornos, unos en color rojo y otros de color azul, como si perteneciesen a dos bandos enfrentados.

Un hombre grueso se quedó mirando a Roque con una sonrisa, hasta que por fin le abordó:

- Usted no es de aquí.

- No, vengo de lejos. -respondió Roque- ¿No sabrá usted de algún lugar donde alquilen habitaciones para pasar la noche?

- Lo imaginé, no tiene aspecto de pertenecer a este lugar. Yo tampoco soy de por aquí -dijo con cierta pose de orgullo el señor- La gente de aquí es extraña.

-Ya me he dado cuenta -advirtió Roque-

- Es difícil hacer amigos con esta gente. Son huraños y tristes. El clima, el polvo, la miseria de esta tierra casi yerma... Sólo en días como hoy parece que despiertan, ¿ha venido usted a ver el campeonato? El juego anima a la gente, ¿ve usted cómo parecen distintos?

Aquel tipo regordete tenía razón. La gente parecía inquieta y más animada.

- ¿Qué campeonato? -inquirió Roque-

- Mire: en días como hoy la ciudad está abarrotada. Va a ser imposible que encuentre alguna habitación libre esta noche. Acompáñeme a ver el partido, por fin tendré alguien con quien conversar. Luego, si quiere, puede pasar la noche en mi casa -el hombre pareció dudar-. Bueno, convenceré a mi mujer. Ella es de aquí, usted sabe...

Roque no tenía otra opción, así que acompañó a aquel hombre, a pesar de que lo único que quería era tomar un baño y descansar. Fue como si una marea humana les arrastrase hasta terminar en un graderío abarratado de gente. Había gente encaramada hasta en los postes que soportaban la iluminación de aquel estadio descomunal. Por el contrario, en el centro de las gradas, un terreno polvoriento y vacío delimitado por unas líneas de color blanco. La multitud estaba claramente dividida en dos bandos, rojos y azules.

- Mire, ¿cómo me dijo que se llamaba? -preguntó el señor-

- No se lo dije. Me llamo Roque.

- Mire Roque; yo soy Zancio, me dedico al comercio. Yo voy con los del bando azul. Por llevar la contra a la familia de mi mujer, más que nada... ¿Ve usted esos 3 palos a modo de arco a cada lado del terreno? El juego se disputa con una pelota, y cada equipo debe intentar introducirla en el arco contrario. La única condición es que la pelota no se puede tocar con las manos, excepto uno de los jugadores, el que guarda el arco, que la puede atrapar con las manos. El resto, normalmente la golpea con los pies.

Cuando los jugadores salieron terreno de juego el griterío fue ensordecedor.

- Parece mentira -comentó Roque- que estos hombres que ahora gritan sean los mismos que hace un momento se mostraban como acomplejados y desganados.

- El espectáculo los transforma -reflexionó Zancio-. Y es más: si su equipo vence, tenga usted por seguro que el más pequeño y miserable de estos hombres se creará el hombre más grande y dichoso de este polvoriento lugar.

- ¿Y si el equipo pierde? ¿Porque alguno de los dos equipos ha de perder?

- ¡No mire usted el lado negativo! -protestó Zancio- Estos hombres ya no pueden estar peor, así que si su equipo pierde se quedan igual. Aunque en ocasiones los dos bandos quedan igualados, y todos en paz.

Aquel día Roque tuvo la mala fortuna de que ganase el bando de los azules. Así que el el hombre regordete se puso más contento aún, y se unió a la fiesta hasta bien entrada la noche. Roque ya no podía más, medio arrastrándose con su mochila a cuestas en medio de la algarabía de los vencedores, cuando por fin el hombre amable le llevó a su casa. Su mujer le observó con una mirada desagradable y desconfiada, echó una mirada de indignación a su marido, pero no dijo nada. Después de una ducha tibia Roque pudo descansar en la habitación que Zancio le brindó.

Cuando Roque se despertó al día siguiente ya era tarde, y Zancio había salido ya a trabajar. Así que tuvo que desayunar bajo la atenta mirada de la mujer de su amigo ocasional, que no le cruzó ni media palabra hasta que le despidió con un seco "adiós". A medio día, Roque ya había abandonado El Páramo por uno de sus caminos polvorientos...

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