20 de diciembre de 2012

El día del fin del mundo

Koki Anann saludando
Aquella era una mañana fría, típica del mes de diciembre en la ciudad de Nueva York. En calidad de ex-Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan había sido invitado como observador a aquella reunión de alto nivel en la que se acababa de poner en juego el futuro de la humanidad. La reunión había sido un absoluto fracaso. La III Guerra Mundial sería la más breve de la Historia, pero también la más mortífera y definitiva...

Kofi Annan se levantó de la mesa decepcionado, una vez más. Recogió sus papeles y llamó por teléfono a un taxi para que le viniese a recoger. Deseaba pasar tranquilo sus últimas horas de vida, así que tenía que darse prisa si quería llegar sin contratiempos a casa. La ciudadanía sería avisada del fracaso de las negociaciones en breve, con lo que la ciudad pronto se convertiría en un caos.

Desde hacía mucho tiempo, Kofi tenía alquilada una casa de dos plantas en las afueras de Nueva York. La residencia estaba en una urbanización tranquila y discreta. Estaban ya cerca de su casa, cuando el taxi tuvo un pequeño encontronazo en una rotonda con otro coche. El taxista, furioso, se bajó del auto y empezó a discutir con el dueño del otro vehículo. Kofi se apeó también del taxi e intentó poner un poco de paz entre los dos conductores. Pero aquellos tipos no le hicieron ni caso, y la discusión se fue calentando por momentos. Ése era el sino de su vida, siempre intermediando entre partes enfrentadas sin éxito. Desilusionado y a la vez resignado, Kofi pensó que lo mejor sería marcharse de allí.

-Deberían dejar de discutir e irse a casa -sugirió a los dos tipos-. El mundo tiene las horas contadas; les recomiendo que acudan al encuentro de sus familias.

Los hombres miraron con indiferencia a Kofi, y empezaron a pelearse a puñetazo limpio.

El anciano, aparentemente impasible, decidió coger el metro para terminar de llegar a la urbanización, que ya quedaba apenas a dos paradas de distancia. Cuando entró en el vagón, un joven se levantó para cederle su asiento. Aquel pequeño gesto de generosidad reconfortó un poco a Kofi, que para entonces llevaba la moral más que por los suelos.

-No se moleste -dijo al joven-, me bajo enseguida.

Aún no había terminado la frase, cuando una señora se escabulló, como una alimaña hambrienta, entre el joven y Kofi, y se sentó en el asiento vacío. El señor Annan se sintió algo culpable porque aquel joven ahora tendría que viajar de pie.

Kofi llegó a su parada de metro; se apeó del vagón, ascendió a la calle por las escaleras mecánicas, y a paso relajado alcanzó la entrada de la urbanización. El vigilante, un chicano que había emigrado a los Estados Unidos hacía más de una década, lo saludó con la disposición de siempre:

-Buenos días, señor Annan. ¡Qué pronto está usted de vuelta!

-Le recomiendo que recoja sus cosas y se vaya a casa, Ramón -le dijo paternalmente Kofi-. Esté atento a las noticias, la situación se ha puesto muy fea...

Lo que no sabía Kofi era del resentimiento que tenía Ramón hacia algunos de los vecinos de la urbanización. Aunque apreciaba al señor Annan, tan amable y educado, aquel guardia siempre había sentido que muchos vecinos lo trataban con desprecio y despóticamente. Pensaba que se sentían superiores sólo por vivir en una urbanización tan exclusiva. Momentos más tarde de cruzarse con Koki, el vigilante, armado de su pistola, se corría a costa de estos vecinos desagradecidos su propia orgía de sangre y desenfreno, en lo que eran sus últimos minutos de vida.

Por fin Kofi llegó a la puerta de casa. Por el camino había venido pensando en qué iba a emplear el poco tiempo que le quedaba. Lo tenía claro: whisky, un habano, baño relajante, y música clásica. Sobre todo quería desconectar y no pensar en nada...

Comenzó por ponerse cómodo. Se vistió con su chándal de la selección de fútbol de Ghana, y se calzó sus zapatillas favoritas. Fue al salón y encendió el televisor. Casi todos los canales daban en directo la misma noticia: el fracaso de las negociaciones de paz, y el comienzo de una guerra nuclear inminente a escala global. De hecho, los primeros misiles intercontinentales se habían lanzado ya.

Kofi cambió de canal, haciendo zapping con el mando. En el canal tienda, como si nada sucediese, anunciaban repetidamente un quitapelusas. En otro de los canales no debía quedar ya ninguno de los trabajadores, y un loco se había colado en la emisión y enseñaba su miembro viril en directo. En un tercer canal, un telepredicador rezaba un padrenuestro bajo un estado de euforia que le hacía parecer fuera de sí...

El señor Annan apagó la televisión y fue al baño. Puso el tapón a la bañera, abrió el grifo y comprobó con el dedo índice que el agua salía tibia. Echó sales de baño en el agua y se dirigió hacia el salón. Mientras tanto, en medio del Atlántico y del Pacífico, miles de cabezas nucleares cruzaban sus trayectorias de un lado al otro del planeta. Kofi escuchó las primeras balaceras repiqueteando a lo lejos, y no queriendo oírlas eligió ese momento para encender su viejo equipo de alta fidelidad. Sus manos huesudas rebuscaron con destreza entre los discos favoritos. Bajo la aguja del tocadiscos, aquel fiel compañero que nunca lo había decepcionado, colocó la novena sinfonía de Beethoven. Pensó que era la banda sonora idónea para una ocasión tan especial...

Abrió el mueble bar y se puso un whisky doble. Encendió uno de los puros que le regaló Fidel en una de sus visitas a Cuba, y le dio una calada profunda que saboreó con gran placer. La bañera estaba a medio llenar y empezó a desnudarse. No le quedaban puestos más que los calzoncillos cuando llamaron a la puerta.

-¿Quién coño puede ser ahora? -protestó para sí mismo.

Perjuró que no iba a abrir aquella puerta, pero el timbre sonaba con insistencia. Se le pasó por la cabeza acudir a abrir en calzoncillos, pero pensó que uno debía mantener la dignidad hasta en aquellos momentos en que no parecía importar nada. Así que se puso el albornoz y abrió la puerta.

-¡Papá! -gritó con fingida efusividad su hija.

-¡Abuelo! -sonrió sincero el travieso de su nieto.

Kofi no podía creerlo. ¡Nunca venían a verlo, y precisamente ahora tenían que visitarlo!

-Como siempre te quejas que te tenemos abandonado -se excusó su hija-, he pensado que quizá te gustaría pasar con tu nieto estas últimas horas tan fatales.

Con su cara de pillo, el nieto sonrió de nuevo al abuelo. Luego lo sorteó con habilidad, a través del albornoz y entre las piernas, rumbo al aparato estereofónico que emitía aquella música tan exquisita.

-¡Deja eso! -gritó el pobre abuelo-, ¡lo vas a romper!

-Adiós papá -se despidió mientras tanto su hija-, cuida bien de tu nieto, que lo paséis bien.

De nada sirvieron las protestas del señor Annan: su hija ya no podía oírle, pues corriendo se había marchado en el coche camino de quién sabe dónde y con quién.

La ciudad, sin gobierno, se estaba convirtiendo en un tremendo desorden, en el que los criminales y violadores campaban a sus anchas. Los misiles balísticos de corto alcance estaban impactando ya sobre algunas ciudades no muy distantes. Antes de cerrar la puerta de casa, mientras sujetaba con mano firme a su nieto, que forcejeaba por zafarse, Kofi se quedó embobado mirando al horizonte. A lo lejos, ascendiendo hacia el cielo, pudo divisar una especie de columna de humo en forma de hongo.

-¡Coño, el agua de la bañera!

Kofi salió de su ensimismamiento y corrió hacia el baño. El nieto se vio de nuevo libre y también se apresuró al interior del salón. El agua de la bañera rebosaba; su entrada precipitada en el baño fue tan poco triunfal, que el señor Kofi resbaló y fue a parar al suelo, cayendo de costado.

Varios misiles de largo alcance estaban ya próximos a la ciudad de Nueva York. El nieto estaba dando botes sobre uno de los gastados sofás, hasta que uno de los piececitos de aquel angelito negro se hundió en el ahora recién agujereado asiento. Por primera vez en tantos años el equipo de alta fidelidad se había vuelto infiel, y la aguja repetía una y otra vez, sobre el disco rayado de Beethoven, un breve tramo de la famosa sinfonía, apenas dos surcos del disco.

En el baño, Kofi se incorporó del suelo a duras penas, tullido y dolorido de un hombro y una pierna. Casi volvió a resbalar antes de cerrar el grifo de la bañera. Acudió al salón a ver qué estaba haciendo su nieto. El chavalín inquieto fue sorprendido infraganti, mientras apuraba las últimas gotas del caro whisky del abuelo.

El señor Annan no pudo más. Aquel hombre tranquilo que nunca parecía inmutarse, ese diplomático que tanto había trabajado por la paz del mundo, que había mediado entre tipos duros y gobernantes psicópatas, perdió la paciencia. Arrastrando su pierna dolorida se abalanzó sobre el nieto. Abrió su amplia y huesuda mano en toda su extensión, y la dirigió sobre la cara del niño con todas las fuerzas que le quedaban, a aquel anciano de porte erguido. En el preciso momento en que la mano marcaba la cara del niño, un misil inteligente impactó en las inmediaciones de la urbanización de Kofi. El guantazo y la fuerza del abuelo debieron parecerle al niño de una magnitud descomunales. Todo vibró en leguas a la redonda. Tras el ruido sordo del enorme impacto sobrevino un absoluto silencio, como de paz. El día del fin del mundo era ya agua pasada...

26 de noviembre de 2012

Perpetuum mobile

Hombre en rueda de ratón


Anselmo iba de una lado para otro como una pelota de ping-pong, sin recorrer ningún camino en concreto pero siempre rebotando entre lugares parecidos. Aquella tarde le pareció reconocer en los gorriones del parque las mismas alas y los mismos colores moteados en los plumajes. Las ancianas que alimentaban las palomas también le parecieron eternas, como si hubiesen estado allí, en la misma baldosa del parque, a la misma hora, todos los días de sus tardes de otoño. Y los mismos niños jugaban a idénticos juegos, día tras día, año tras año, y parecía que nunca crecían. Con el mismo balón jugaban al fútbol, y lo estrellaban, una y otra vez, en similar portería dibujada en la pared con una tiza que nunca se gastaba, y las niñas siempre saltaban a la comba entonando sus monótonas canciones de vaivén.

Y no era que el tiempo se hubiera detenido, pues las agujas del reloj de la torre giraban como perpetuum mobile, las horas despaciosas, avanzando inapreciables, y los minutos a pequeños y bruscos saltitos de gorrión. No era eso, no, el tiempo sí avanzaba. Más era que el mundo fluía en torno a un bucle sin fin, siempre lo mismo, en una y otra dirección o sentido, repetidamente, ida y vuelta, vuelta e ida, y otra vez siempre lo mismo, y vuelta a empezar...

Pudiera ser que a las sucias palomas aquel asunto del continuo movimiento circular les trajese sin cuidado, siempre tan glotonas, tan felices con las migas de pan de aquellas viejitas tan atentas y simpáticas. Pero Anselmo sintió una gran angustia al percatarse de que su vida giraba y giraba en torno al mismo punto, los mismos asuntos con idénticos argumentos. Y se imaginó a sí mismo como a un ratón domesticado corriendo y corriendo en la rueda de su minúscula jaula de alambre. Ese pequeño ratón que camina en la rueda por entretenerse en algo, y que luego roe unas pipas de girasol, se rasca una oreja, mueve su nariz menuda nervioso, y torna a la rueda de nuevo con un trajín aún más nervioso, hasta que de una voltereta sale despedido para reflexionar un instante y luego otra vez a las pipas y luego a arrascarse la oreja y después el hocico y de nuevo a la rueda, y vuelta y vuelta y vuelta a empezar...

Anselmo comenzó a agobiarse aún más, y sintió como una presión en el pecho que no le dejaba respirar. La sensación de ahogo fue aún mayor cuando caviló que nadie a su alrededor parecía preocupado por vivir en ese estado de eterna repetición. Le entró una fuerte necesidad de huida, de escapar a cualquier parte con tal de evadirse del bucle sin fin que era su vida. Y en ese preciso momento vio con certeza que estaba sintiendo la misma angustia que le venía todas las tardes, cuando salía a pasear al parque, siempre a la misma hora. Se preguntó que por qué siempre le gustaba sentarse en el mismo banco, bajo el único magnolio de aquel jardín urbano. Y cayó en la cuenta de que esa era la misma pregunta que terminaba haciéndose todas la tardes, que por qué siempre en el mismo banco y las mismas conjeturas que parecían robarle el aire...

27 de septiembre de 2012

Ayudadme a salvar a Willy

Perro sentado en carrito de escaleraSiempre me gustaron los animales y, desde que era una canijo, quise tener un perro. Así que cuando mis padres me echaron de casa por fin pude hacerme con uno. No un chucho cualquiera, sino uno de raza. Le puse de nombre Willy, porque mi actor favorito es Willy Toledo. Admiro a la gente que habla sin pelos en la lengua, que le importa un cojón lo que vayan a opinar de él los demás.

Por entonces yo trabajaba de peón en las obras, y ganaba mucha pasta. A mi Willy no le iba a faltar nada, así que le compraba comida buena. Nada de esas latas de comidas para perro, que vete tú a saber qué mierda les echan. Le compraba latas de albóndigas, pero de las de personas. Total, sólo cuestan un euro. A veces nos dábamos un homenaje y nos comíamos, a medias, unas lonchas de jamón ibérico.

Tener un perro es como tener un hijo. Es una responsabilidad muy grande, y le tienes que poner todas las vacunas del mundo, que también valen un dineral. Cuando lo llevé al veterinario me dijo que le tenía que dar pienso, y no comida de humanos. Me recomendó uno que él vendía -qué casualidad-, y que si mi Willy no se lo quería comer que tuviese paciencia con él, porque tardaría en acostumbrarse. Le compré pues un saco de bolitas. Después de tres días mi Willy no se las quería comer, porque seguro que eran pura mierda. Los perros tienen un olfato superior al de los humanos, y nadie les tiene que decir qué se deben comer y qué no, porque ellos ya saben lo que les va mejor. Así que fui al veterinario y le dije que las bolitas se las iba a meter una a una por el culo, y que me devolviese el dinero del pienso. Como Willy había pasado tanto tiempo sin comer -casi me lo mata de inanición el cabrón-, le compré 8 latas de albóndigas. De las de persona. ¡Y vaya si se las comió el pobre, que hasta le dio un cólico, y luego las vomitó! Pero después se comió el vomitado: los perros no desaprovechan nada...

Mi Willy es muy posesivo, no se te ocurra quitarle algo que crea que es suyo. Me gusta soltarle en el parque, que corra libre. Un día va un niño y no se le ocurre otra cosa que cogerle el palo que llevaba en la boca. Willy casi le arranca el brazo, y cómo se puso la madre. Le dije a la señora que era culpa del niño, por cogerle el palo a mi Willy. No deberían dejar sueltos a los niños en los parques, sobre todo si hay perros.

Mi perro es un poco dominante con los demás perros. Un día se encaró a un pitbull, uno de esos perros musculosos, de presa, que parece que van al gimnasio. Mi Willy no se achantó. Yo creo que el que tiene uno de esos perros es, o un tío que va buscando bronca, o un mariconazo acomplejado que no sabe defenderse solo. O a veces las dos cosas: un niñato bujarrón que va provocando a la gente. Le dije al dueño del pitbull que, si su perro tocaba al mío, yo le arrancaba la cabeza al suyo. Si es que dicen que las personas terminamos pareciéndonos a nuestros perros: igual que mi Willy, tampoco yo soy de los que se achantan. Al final el dueño del pitbull nos demostró que era un cobarde, idéntico en todo a su perro hormonado.

Con la edad, Willy empezó a coger un poco de peso, andaba mal y respiraba peor. Así que le compré salmón ahumado, para ver si adelgazaba un poco. El salmón le gustaba mucho a mi Willy, aunque era un poco caro. Tuve que buscar algo más barato cuando me echaron del trabajo, por insultar a un capataz. Leí en una revista, de las que tienen en la peluquería a la que voy a cortarme el pelo, que el pollo es poco graso. Así que fui a comprarle pollo a mi Willy. Me hubiera gustado darle pollos vivos, porque los perros son depredadores, lo llevan en la sangre, les gusta cazar. De hecho, a Willy le gusta perseguir a las palomas del parque, que, aunque esté gordo, las palomas es de las pocas cosas que lo motivan a correr. Hasta un día pilló a una que andaba como drogada. La destrozó. Pero luego no se la comió. En Madrid es difícil encontrar pollos vivos. Fui a la pollería y compré un pollo entero. Muerto, claro. Le dije al pollero que me lo diera grande, que era para mi perro. Willy se atragantó con un hueso, casi se me asfixia. ¡Por ganar dinero, qué hijo de puta el pollero! ¡Mira que no avisarme de que los huesos del pollo se astillan...! Al día siguiente acudí a la pollería: si entre el carnicero y el vigilante del súper no me sujetan, lo atravieso allí mismo, con su propio cuchillo de trocear los pollos.

Después de eso decidí comprarle pechugas de pollo, ya deshuesadas, y pavo en lonchas. Pero a mi perro eso no le gustaba casi nada, se le veía triste. Siempre me pedía de lo que yo comía. Así que seguí dándole albóndigas, salchichón, tocino, y lo que más le gusta: yogur griego. El yogur griego le encanta, sobre todo si es azucarado. A mi perro, entre otras cosas, le encanta el dulce. Un tío en la tele, en un programa para marujas, dijo que no hay que darles dulces a los perros, porque se quedan ciegos. ¡Menuda gilipollez, la gente sólo dice tonterías! Es como si yo me fuera a quedar ciego sólo por comer caramelos.

Como Willy se estaba poniendo muy gordo, cuando vivíamos en el adosado hice poner un elevador en la escalera, para que pudiera subir a la planta de arriba. Ahora nos hemos tenido que trasladar a un cuarto piso, sin ascensor, y como Willy está tan gordo, es un coñazo sacarle a pasear, porque lo tengo que subir y bajar yo en brazos. No lo saco a la calle más que lo necesario, y, como no hace ejercicio, está cada vez más gordo. Como el perro respiraba mal, tuve que buscarme otro veterinario. Todos son iguales. Éste también me quiso vender pienso, porque decía que Willy estaba muy gordo, y además le hizo unos análisis y varias pruebas. Me cobró un dineral. La verdad es que pienso que la Seguridad Social también debería cubrir esto. Y encima me dice que tiene colapsadas las arterias y que lo mejor es que lo sacrifique. ¡Qué hijo de puta, querer matar así a un animal, sin más!

Como soy un inconformista, me informé por ahí, y encontré una clínica que dicen que curan a los perros, de lo de las arterias. Lo malo es que la clínica está en Estados Unidos. Como ahora estoy sin un puto duro -mierda de crisis-, no me puedo permitir llevarle. Pero se me ha ocurrido relatar mi historia para recoger dinero, a ver si alguien nos ayuda.

Por favor: si alguien puede ayudarnos, aunque sea con un euro o unos centimillos, que se ponga en contacto conmigo, a través de Internet. O con mi perro. Muchísimas gracias de antemano.

15 de septiembre de 2012

Sociedad de pachanga

NIños jugando al fútbol en una plaza
De pequeño soñaba con jugar tal vez en el Real Madrid. Y mirándolo jugar, con el énfasis que ponía, se podría decir que aquel sueño permanecía inalterable a sus 32 años. Ponía todo su empeño y habilidad, y hasta se podría decir que destacaba en aquellas pachanguitas futboleras. Porque Nicola era todo un jugón...

Los equipos se formaban justo antes de comenzar el partido. Casi siempre constituían auténticos grupos de interés que acaban siendo un reflejo de la sociedad tal cual era. A veces los miembros de cada equipo eran elegidos al azar. Pero cuando los jugadores se convertían en habituales, todos conocían las virtudes y carencias futboleras de cada cual, con lo que todo el mundo hacía lo posible por jugar con quien se sentía más agusto. Lo cual, por otra parte era un comportamiento de lo más natural. Como en toda sociedad, los más problemáticos, aquellos que armaban bronca o jugaban sucio, eran relegados enseguida, y nadie quería jugar con ellos. En ocasiones ocurría todo lo contrario, y sus malas artimañas acababan enmarañando a todos en un juego brusco.

Otro caso era el de los que peor jugaban: casi nadie les pasaba el balón, y mucho menos si eran chica. El caso de las féminas en un mundo de hombres era paradójico. Porque los chicos estaban encantados con jugar de vez en cuando con chicas. Pero aquellas sociedades de pachanga perseguían sobre todo un objetivo: ganar. Y a menos que la chica fuera lo bastante hábil no recibía ni un pase de sus compañeros. Con lo cual las chicas no volvían más para desgracia de los muchachos.

Nadie quería ponerse de portero, así que echaban a suerte a quién le tocaba, y luego se iban turnando. Siempre había algún listo que se escaqueaba con algún cuento. Resultaba patético cuando la portería se quedaba vacía porque al que le tocaba en turno se hacía el disimulado. Entonces en la portería desamparada metían un gol desde lejos y a todo el equipo se le quedaba cara de tonto por culpa del que sólo cogía turno para pasarse de listo.

Y la mayoría querían jugar de delanteros. En los partidos se marcaban muchos goles, porque las defensas, como si de un partido de niños se tratara, siempre estaban despobladas. Nicola, por supuesto que jugaba siempre de delantero, y bajaba poco a defender. Acariciaba el balón, engatusaba al defensor de turno enseñándole la pelota, para luego escamoteársela ante sus ojos. Podría decirse que Nicola era un trilero del área. Y como a todo trilero, para él el juego iba bien si él metía muchos goles. Y si a su equipo le metían el doble la culpa era de sus compañeros, que no defendían.

A veces Nicola tenía un día torpe. Ya podían doblarle sus compañeros por izquierda o por derecha, que aun estando solos y demarcardos nunca les pasaba el balón al primer toque. Porque Nicola nunca pasaba sin intentar primero su escamoteo habitual. Si el regate le salía nadie le podía echar en cara su individualismo. Es más, se erigía en el héroe del partido, tan simples eran las sociedades de pachanga. Pero si por ejemplo tenía ante él un defensa excepcional y perdía todos los balones, una y otra vez, todos le reprochaban y caía entonces de su pedestal. En esas ocasiones Nicola no aceptaba las críticas y no paraba de refunfuñar.

Un sociólogo encontraría un auténtico campo de estudio y experimentación en las sociedades de pachanga. Los individuos se desenvuelven en torno a unos mismos fines: pasar un rato entretenido, mantenerse en forma y sobre todo ganar. Si todos quieren ser reconocidos y obtener su premio, el equipo ha de fomentar el juego colectivo. Pero en algunos equipos sólo priman los intereses de unos pocos, mientras el resto quedan insatisfechos.

Para bien o para mal, las microsociedades pachangueras se disuelven cuando el partido llega a su fin. Aunque los mismos roles usualmente terminan repitiéndose, con la llegada de un nuevo partido será como si ocurriera una revolución. Al menos los que quedaron insatisfechos podrán soñar en que la utopía social se alcanzará en la próxima pachanga...

31 de agosto de 2012

En busca de la tranquilidad

Curvatura de la Tierra
Mica era un ser casi impenetrable, desconfiada y repleta de capas, múltiples caras que la protegían del exterior. Aparentemente era muy segura de sí misma y siempre había brillado en su entorno, con un gran expediente académico y una carrera profesional a todas luces prometedores. Pero en su ser interior Mica se sentía temerosa e insegura. En realidad su personalidad no era muy diferente de la de la mayoría de los habitantes del planeta Grisón, siempre desconfiados y temerosos de un régimen político brutal que lo controlaba todo. Los grisonitas aparentaban ser lo que realmente no eran, por la cuenta que les traía.

Gracias a su brillante expediente académico, Mica no tuvo dificultad alguna para acceder al cuerpo de exploradores del ejército de Grisón. Como científica, el ejército era el único lugar que le podía brindar alguna oportunidad laboral medianamente remumerada. En el ejército se especializó en la exploración de planetas distantes de posible interés recurso-energético. Pronto ascendió de rango, y la asignaron al frente de un equipo con 3 investigadores a su cargo.

El equipo trabajaba bajo presión, pues el gobierno exigía resultados, con el acecho de una serie de comisarios políticos que no hacía otra cosa más que estorbar y meter prisas. Con un telescopio de largo alcance dotado de espectrofotómetro, el equipo comandado por Mica exploraba el universo más o menos cercano. El tiempo y la presión acuciaban, así que pronto focalizaron sus investigaciones en un bonito planeta llamado Tierra, cuyos preciosos colores, azul y verde, le hacían muy semejante a lo que un día fue el propio planeta Grisón. El espectrofotómetro prometía agua en gran cantidad, así como una amplia gama de toda clase de minerales. Y quién sabe si albergaría vida de algún tipo, cuestión ante la que Mica sufría un gran desaliento. Mica amaba la vida en todas sus manifestaciones, y en lo más hondo de sí misma creía en la existencia de un ser superior y divino que había dotado de alma a todas las criaturas. Para Mica toda criatura era algo sagrado, y si un día decidió convertirse en científica era porque tenía la necesidad de saber más sobre la vida. Pero una cosa es la razón por la que uno elige unos estudios y otra muy distinta lo que se encuentra en el mundo real cuando los termina. El hecho era que el gobierno de Grisón estaba ávido de recursos minerales, sobre todo de agua, y ni los habitantes ni la flora le suponían obstáculo moral alguno para la consecución de sus objetivos. El drama existencial de Mica era que precisamente trabajaba para el gobierno, y eso le angustiaba de tal modo que sentía como si tuviera una doble vida...

Por fin todo estuvo dispuesto y se preparó una expedición. Mica fue asignada al mando de una nave pesada de exploración interestelar. Viajaría junto con el comandante de la nave, un joven pero experimentado piloto de nombre Granito, que según los test previos de personalidado era totalmente compatible con Mica.

Los viajes largos siempre eran realizados en naves exploratorias de gran capacidad pero con escasa tripulación, pues la mayoría de la veces las naves se averiaban y sus tripulantes nunca retornaban. Además, siempre se escogían a parejas jóvenes preferiblemente novios o amantes, o al menos afines según los test de personalidad. La travesía era tan larga que los jóvenes tripulantes partían en edad fértil, y cuando regresaban con los datos de la exploración ellas hacía tiempo que habían dejado de ser fértiles. A los varones se les atribuía una presunta fertilidad inacabable que no siempre era cierta cuando alcanzaban la edad madura. Por eso los tripulantes eran escogidos de entre parejas jóvenes y de aspecto saludable. E incluso se les permitía concebir durante el viaje, y muchos de los que conseguían regresar lo hacían ya con hijos. El gobierno les prometía una buena recompensa y se les permitía retirarse si querían.

A Mica en realidad le traían sin cuidado las improbables recompensas futuras del gobierno, y si se había embarcado en aquella aventura era porque deseaba huír de aquel sistema tiránico y opresor. En Grisón unos pocos disfrutaban de las riquezas expoliadas a otros planetas, y una mayoría vivía a duras penas con lo mínimo. Se daba por supuesto una fe ciega al partido único, y cualquier disidencia era silenciada con mano de hierro. El partido todo lo observaba con los múltiples ojos de todos sus habitantes. Los grisonitas se delataban por miedo o por dinero, y no eran pocos los falsos testimonios de algunos que intentaban cazar una mísera recompensa.

Mica sobre todo partía en busca de la tranquilidad. Se sentía tan asfixiada que prefería poner tiempo y distancia de por medio, y esperaba desertar y nunca jamás regresar a Grisón. Pero para ello antes debía convecer a su recién presentado acompañante, el piloto Granito. Mica sabía que para la consecución de su empresa contaba con su poder de seducción y sobre todo con mucho, mucho tiempo. Por ello se mostraba confiada en la consecución de su objetivo. Además, los test de personalidad manifestaban que era compatible con Granito en un 87%. Eso si el gobierno no había falseado las pruebas con alguno de sus acostumbrados tejemanejes...

Por fin llegó el día en que todo estuvo listo y la nave partió. A la despedida acudieron el padre de Mica y sus mejores amigos, así como el equipo de científicos que había comandado. Curiosamente, nadie acudió a despedirse de Granito. Mica se fundió en un sentido abrazo con su anciano padre: ambos sabían que jamás volverían a verse. La rampa de acceso se cerró, y cuando todo estuvo en orden la nave partió.

La nave pronto se adentró en el silencio tranquilo de la atmósfera espacial. Mica observó de soslayo a su acompañante.  Lo vio tan afianzado y tranquilo a los mandos de control de la nave que, por contraste, cierto grado de desaliento menoscabó su autoestima por dentro. Se sintió pequeña, imperfecta e insegura. En ese momento cayó en la cuenta de que no sólo el rumbo correcto de la nave dependía del buen gobierno de aquel piloto: en sus manos estaba el destino de ella misma. Entonces Mica volvió a confiar en que los test de personalidad no estuvieran equivocados o manipulados. Se relajó, cerró los ojos y durmió un poco...

31 de julio de 2012

Otros tiempos

Barricada en la Guerra Civil EspañolaEl viejito esperaba de pie en la parada porque nadie le había cedido el sitio. Cuando llegó el bus se puso de los primeros en la fila, pero una de las señoras que esperaban sentadas protestó:

- ¡Señor, estaba yo antes! Qué caradura, el viejo -cuchicheó- se quería colar como si nada.

Otros dos señores que también esperaban sentados no dijeron nada, y dejaron pasar al viejo. La gente se agolpó en una fila tensa ante la puerta del bus. Cuando le tocó el turno al anciano, la gente se puso nerviosa porque aquel hombre mayor no atinaba a subirse al autobús. Por fin alguien se decidió a echarle una mano.

- Muy amable -agradeció el anciano-

El viejito se echó mano a la cartera:

- ¡Vaya, me he debido dejar el abono olvidado en el otro pantalón! Deme un billete por favor, ¿cuánto es?

El anciano buscó torpemente entre sus monedas el precio justo del pasaje, mientras la fila que tenía atrás se ponía aún más nerviosa.

El bus venía lleno aquel domingo por la noche en que todo el mundo apuraba al máximo el fin de semana. El viejito venía de dar una vuelta en el parque con uno de los pocos amigos que aún le  quedaban vivos. Les gustaba recordar anécdotas de antaño. Venía pensando en la magnífica tarde, cuando alguien le sacó de su ensimismamiento:

- ¡Señor, al fondo, pase al fondo, al fondo hay sitio!

La marea humana empujó al anciano hasta el fondo del autobús, justo al final del pasillo. El bus partió por fin a la carrera, y aquel anciano de rodillas maltrechas consiguió mantenerse en pie a duras penas. Cuando el vehículo frenó bruscamente en el semáforo el viejito estuvo a punto de perder el equilibrio. A un chaval que iba sentado le hizo gracia la situación, y sin ningún disimulo se mofó ante sus amigos. El anciano se percató de la burla, y le entraron ganas de decirle al muchacho: "En Belchite te hubieras cagado en los pantalones". Pero no dijo nada: en aquella batalla debía tener la edad de aquel muchacho, y entoces aprendió que una batalla vencida no implica ganar una guerra. Además, le consoló la idea de que aquel chaval no viviría ninguna experiencia digna de ser recordada. O tan siquiera alguna para olvidar. Aquellos fueron otros tiempos...

30 de junio de 2012

Batallas de lino y algodón fino

Nave surcando el espacio
Apenas 3 ó 4 medallas engalanaban el pecho de aquellos dos oficiales. A pesar de su valentía, aún eran demasiado jóvenes como para alcanzar en méritos al bizconde Rosmarinof, del que se decía que tenía tantas medallas que podría adornar con ellas 4 uniformes. Pero para sí querría el viejo bizconde todo el historial de mujeres jóvenes, y no tan jóvenes, que habían caído en los brazos de esos dos oficiales de artillería. Aquellas batallas, vencidas entre sábanas de lino y algodón fino, constituían para ellos mismos un mérito mucho más apetecible que cualquiera de las medallas del bizconde. Y en toda la galaxia, desde Adrómeda hasta la Tierra, las hazañas de aquellos dos pilotos despertaban tanta admiración como envidias.

Andrés y Nicolás eran pilotos del temido ejército del Reino de Smirnoff. Eran amigos desde su infancia, y desde bien jovencitos habían eludido juntos el estrecho cerco moral que imponía la tradición militar de sus familias. Debían rondar ya los 25 años, pero aún no se habían prometido con ninguna joven de la corte. Su fama de mujeriegos les hacía indeseables ante los ojos de las madres de las jóvenes casaderas. Pero por otro lado, su fama de aventureros, conseguida tras los éxitos de unas cuantas batallas, les hacía más apetecibles ante los ojos de las mismas jóvenes cuyas madres les despreciaban.

El Reino de Smirnoff aglutinaba a todos los países de un gran planeta que daba nombre al reino. Era un planeta rico en el mineral más preciado de la galaxia, pues un 90% de la superficide del planeta era agua. Estaba gobernado con mano implacable por el rey Alexander Molotov, del que se decía que llegó al poder tras asesinar a su propia hermanastra. El rey debería tener ya aspecto de anciano, de no ser porque la ciencia había avanzado tanto que era capaz de regenerar los tejidos, por lo cual tenía la apariencia de un hombre de poco más de 30 años. Toda su vida había comerciado con el agua de su planeta, y con tanto enriquecimiento había sido capaz de formar uno de los ejércitos más temibles de su galaxia. Paradójicamente, la mayoría de sus súbditos tenían racionada el agua, lo cual era una forma eficiente de mantenerlos bajo control: si había alguna protesta bastaba con cerrar el grifo.

Pero la suerte era bien distinta para los nobles de su corte y en especial para los militares de élite, a los que "nunca debía faltarles de nada", según real decreto ley del soberano. Dos veces por ciclo solar les agasajaba con una cena exquisita, en la que los más afamados cocineros de la galaxia competían por deleitar a los invitados con el mejor manjar. Después de la cena se celebraba el gran baile de gala. Normalmente el rey se retiraba a sus aposentos nada más comenzar la música, para que así el público se mostrase más desinhibido y pudiera disfrutar mejor de la fiesta.

Aquellos bailes eran la mejor ocasión para que las jovencitas pudieran conocer al príncipe azul de sus vidas, siempre escogido de entre uno de sus iguales, o entre alguno de los comerciantes ricos de la galaxia que habían sido invitados. Algunas chicas preferían algún militar aventurero, aun a riesgo de quedarse pronto viudas, pues el planeta estaba en guerra continúa, ya fuera por defender sus recursos, ya fuera por apoderarse de los ajenos. Normalmente los militares poseían una gran fortuna, pues se llevaban un porcentaje de los recursos que pudiera arrebatar al enemigo. Así las jóvenes que se casaban con un militar, en el peor de los casos, si quedaban viudas, conseguían una rica herencia, y esto les aliviaba en gran manera de su pena.

De momento ninguna de las chicas había conseguido conquistar el corazón de Andrés y Nicolás. Sólo ellos sabían que ese asunto era misión imposible, porque pensaban que por qué conformarse con una si podían tener al menos un par de amantes en cada planeta. Y eso sin contar las mujeres violadas en las incursiones en planetas enemigos, ni las putas de los burdeles más insólitos de la galaxia. Tampoco es que los militares, tras el casamiento, renunciasen a sus excesos, y menos estando tantos meses lejos del lecho conyugal. Pero en cualquier caso se sentía más libres sin ningún tipo de compromiso. Iban pasando los años y batallas, y de momento no habían tenido ningún percance, y eso que acumulaban unas cuantas misiones más que peligrosas. Eran dos pilotos avezados, que comandaban sus naves sin que les temblase el pulso ni el valor. Con los años acumulaban una gran fortuna, a pesar de que parte la habían dilapidado en sus lujuriosas orgías. Algunos temían la posibilidad de que Adrés o Nicolás murieran en una de sus batallas, sobre todo porque se desaprovecharía su fortuna. El rey había dispuesto por ley que sólo la esposa legítima pudiera heredar, con lo que así aseguraba para sí la herencia de cualquier súbdito que muriera soltero.

Ni que decir tiene que Andrés y Nicolás no se perdían ni uno de los bailes que organizaba el rey Alexander. Para ellos, la carne inocente de las jóvenes nobles era la más deliciosa. Aunque algunas no eran tan inocentes como ellos se imaginaban.

Como siempre, en aquella ocasión acudieron a la cena luciendo sus trajes de gala. En el salón de baile, buscaron un lugar estratégico desde el que poder admirar la belleza virginal de alguna de las jovencitas más hermosas y dulces del reino. Para Andrés y Nicolás la estrategia de seducción era similiar a la de una batalla: primero acechar para descubrir el flanco débil, después buscar la cola de la nave enemiga y luego disparar para derribarla. Unas palabras dulces al oído, unas cuantas promesas vanas, y retirarse a un lugar solitario con la presa.

Cuando sonaron los acordes del primer vals, los dos cómplices y amigos se miraron el uno al otro. Con un guiño y un simple gesto, Andrés indicó a su amigo en la dirección de dos jovencitas que debían tener poco más de 15 años. Su compañero de armas le reafirmó con un gesto: "tiernos escotes" -le susurró-. No sería fácil eludir el cerco de sus vigilantes madres. Pero torres más altas habían caído, y el halo de su riqueza siempre deslumbraba y ablandaba a las madres. Aquella noche, la cacería había comenzado...

28 de mayo de 2012

El profeta

Predicador dando vocesEl bulevar del centro comercial estaba bordeado por grandes maceteros de plástico de los que brotaban unos ficus altos y artificiales. Estas plantas con el alma de alambre eran autónomas y no necesitaba riego ni abono, aunque la gente debía desconocer esta cuestión, pues los maceteros solían estar inundados de inmundicias que escrupulosamente luego recogía el servicio de limpieza, justo cuando se cerraba el centro a los visitantes. De vez en cuando alguno de los limpiadores tenía la fortuna de encontrarse un bolso, hecho que de alguna forma le resarcía del inconveniente de tener que trabajar en el turno de noche. Entonces, fiel a su oficio, limpiaba bien a fondo por dentro el bolso, más que nada por ver si encontraba algo de su interés, y después lo devolvía al depósito de objetos perdidos...

El pavimento del bulevar era un enlosado de un azul plagado de personalidad, dibujado de formas irregulares indeterminadas, y tan cuidado y pulido que reflejaba el entorno igual que si el suelo estuviera recién fregado. Era tanto el reflejo en las zonas más oscuras, que si alguien andaba medio distraído podía perder el sentido espacial, ya que por momentos parecía como si las plantas, en la duplicidad de su reflejo, colgasen para abajo de los maceteros. Aquella enmarañada selva también tenía algún que otro loro que detectaba a los viandantes con su sensor de movimiento. Con su voz gangosa de cotorra cantaba la canción del pirata, y después prometía adivinar el porvenir de los paseantes a cambio de una moneda. En aquella selva también se escuchaban ecos de voces que anunciaban ofertas, como si fueran los gritos de alimañas que escudriñan los pasos de aquellos que se aventuran en el interior de la floresta...

El profeta se presentó puntual a la cita consigo mismo, y como por arte de magia las puertas del centro comercial se abrieron solas. Miró con sigilo a su alrededor, y con paso monótono se adentró por la selva de ficus artificiales. A su derecha, en el salón de juegos recreativos, un simulador de Fórmula 1 de color rojo con el lema "Banco de Santander" le llamó poderosamente la atención. Un chaval solitario con la cabeza medio pelada por fuera y por dentro, volaba por circuitos de asfalto imaginarios, mientras el resto de máquinas parecían huérfanas de seres humanos. El coche rojo hizo un giro imprevisto seguido por un tembleque, y el chico pelón pareció molestarse. Entonces se percató de que no estaba solo, e intercambió una mirada de soslayo con el profeta. Después de hacer una mueca de desprecio, alimentó a la máquina con un par de monedas, y cuando el coche se enderezó continuó inalterable con sus afanes de conductor imaginario...

El profeta continuó avanzando por la selva de plástico y alambre. A orillas de aquel camino reluciente, tiendas sin clientes pero inundadas de luz. Como en un escenario, las decenas de bombillitas resaltaban los patéticos rostros de unos dependientes aburridos. Sin clientes dispuestos a devorar cualquier mercadería, aquella puesta en escena era como una tragedia griega. O bien pensado, quizá el vacío dibujaba un panorama menos trágico...

Cuando llegó al extremo del bulevar, una escalera mecánica invitó al profeta a elevarse a un nivel superior. Mientras ascendía, al profeta le entraron dudas de haber escogido aquel lugar y aquel momento para venir a predicar. No era nada hábil convocando a la gente por las nuevas tecnologías de las redes sociales, así que siempre se había limitado a acudir donde esperaba encontrar a gente. Se preguntó que qué cojones estaba haciendo en aquel desierto sin almas, pues a nadie iba a poder explicar su mensaje. Enseguida se avergonzó de sus propios pensamientos fatales, pues según las escaleras iban ascendiendo le pareció escuchar como un rumor de voces.


Efectivamente, en la planta superior había un amplio espacio rodeado de restaurantes adornados con diversos nombres, motivos y colores. En uno cuyo rótulo decía "Burguer King" había como un grupo de 20 chiquillos, niños y niñas, de no más de 10 años de edad, acompañados de un adulto, una mujer morena muy bella. El profeta supo que eran los elegidos, y que debía entregarles el mensaje. Los niños reían y bromeaban mientras mordisqueaban sus hamburguesas con pequeños bocados de ratoncitos, y al ver aparecer ante sí al profeta guardaron silencio. A alguno de ellos se le escapó una sonrisa nerviosa, pero la mayoría sintió mucha curiosidad y cierto temor.

- ¡Escuchadme, por favor! -alzó su voz el profeta- He venido hasta aquí, para daros un mensaje importante. Debéis hacerme caso en todo lo que os diga.

Los niños miraron perplejos a aquel tipo de aspecto desaliñado que tenían ante sí. La mujer que estaba con ellos sonrió a los niños como queriendo darles una explicación que no tenía.

- ¡Teneís que iros de aquí! -continuó el profeta- Debéis abandonar esta ciudad, e incluso el país. Aquí no queda esperanza para vosotros; vuestro futuro será aún peor que el que le cae encima ahora a vuestros padres. Mirad a vuestro alrededor, ¿acaso no habéis visto las tiendas vacías? Aquí no hay esperanza; sin trabajo, no hay dinero y por tanto nada que comprar. Hacedme caso, debéis coger vuestras propiedades y huír, ahora que aún estáis a tiempo. Nada os ata, no tenéis casa, ni hipoteca, ni hijos, ni esposa...

- ¿Y tú -se atraveió a interrumpir uno de los niños-, y tú, por qué no te vas? ¿Estás casado?

El profeta no había previsto una pregunta como esa, así que improvisó una respuesta:

- Yo... no, no tengo esposa; una vez tuve una novia, pero afortunadamente me dejó. Ahora soy libre. Yo... yo no me he ido... -el profeta dudó un instante- yo no me he ido porque tenía que daros este mensaje. Sí... Yo me tengo que quedar, pues tengo que predicar a todos este mensaje. Pero vosotros debéis iros, aún estáis a tiempo...

Un vigilante de seguridad se acercó al grupo y se dirigió a la mujer hermosa que estaba con los chiquillos:

- Perdone, ¿les está molestando este señor? ¡Oiga!

El vigilante alzó la voz hacia el profeta, y acercándose hacia él le agarró suavemente por el brazo.

- Perdone, señor -dijo con educación al profeta- No puede estar aquí. Tiene que acompañarme.

- Ya me voy -se excusó el profeta- Simplemente les estaba comentando a estas personas que se tienen que ir a otro lugar. Y usted también. Usted también tiene que irse. A Alemania, o a Finlandia. Se va a quedar sin trabajo, mire a su alrededor... no hay un alma, todo está vacío. Y sin gente, no hay venta, y si no se vende, ¿de qué le van a pagar a usted?

El vigilante acompañó al profeta camino de la salida. Mientras tanto, le daba conversación:

- Hoy es lunes, socio, por eso no ve nadie. Tiene usted que venir un fin de semana; esto está lleno de gente. El negocio no va tan mal los fines de semana...

- Puede ser -le rebatió el profeta-, pero ¿qué me dice de las fabricas? La mayoría han cerrado Ya nada se hace aquí, todo viene de China o de la India. Hágame caso, váyase, puede que aún conserve el trabajo, pero ¿cuánto cree que le queda?

Los niños corrieron a la baranda, justo al lado de la escalera mecánica. Entre risas, observaron alejarse la figura reflejada en el piso del profeta, que iba acompañado por el vigilante de seguridad, perdiéndose a lo lejos entre la maraña de árboles artificiales...

29 de abril de 2012

Pequeños hombres grandes

Roque llevaba caminando por una región bastante agreste desde hacía ya varios días. Los cerros estaban medio pelados, sin apenas vegetación, y el polvo llenaba todo de una neblina seca y desagradable que se colaba hasta por la boca de uno. Por esa razón Roque se había anudado un pañuelo al cuello, y aunque evitaba de ese modo masticar el polvo convertido en papilla al mezclase con su saliva, no podía librarse en modo alguno de sentirse sucio todo el rato.

Los habitantes de aquella zona eran tan escasos como la vegetación, y a Roque le parecían huraños y poco acogedores. Caminaban cabizbajos y medio desarrapados, con la tez sucia y desgastada por el polvo. Era como si se hubiesen mimetizado con el entorno en que vivían, de tal forma que se habían convertido en pequeños subhumanos sin ánimo que a cualquier pregunta de Roque contestaban con monosílabos. Entablar con ellos cuaquier tipo de conversación era tarea imposible...

Roque se detuvo un instante a beber agua y de paso consultó su mapa: la ciudad de El Páramo debía estar por allí cerca. Por un camino aledaño apareció una mujer tirando de una mula.

- ¿Queda mucho para El Páramo? -preguntó Roque-

- No mucho -contestó ésta sin detener su paso cansino y sin devolver la mirada a Roque-

La mujer caminaba en el mismo sentido que Roque. Era menuda y no podría decirse si era más o menos joven, porque aunque tenía algunos rasgos de belleza que delataban cierta juventud, su caminar monótono y cansino y su aspecto desaliñado más bien le hacían parecer una mujer de más de 60 años.

- ¿Va hacia El Páramo? -insistió Roque-

- Hacia allá voy -respondió con la misma parquedad la mujer-

A Roque se le hizo tensa la situación de tener que caminar junto a aquella mujer tan poco hospitalaria. Lo intentó una vez más:

- ¿Vive usted en la ciudad?

- No -respondió escuetamente la señora-

Roque no pudía soportar tanta frialdad. Estaba acostumbrado a caminar en soledad, y quizá por eso le gustaba disfrutar de un poco de conversación cuando se topaba con alguien. Pero con aquella mujer era imposible hablar de nada, así que aceleró el paso para distanciarse de ella.


Según fue aproximándose a la ciudad, Roque empezó a ver cada vez a más gente que se incorporaba por éste o aquel camino. Era algo extraño, pero la gente parecía un poco más animosa según la ciudad estaba más cerca. Muchos de ellos llevaban banderas, ropas y otros adornos, unos en color rojo y otros de color azul, como si perteneciesen a dos bandos enfrentados.

Un hombre grueso se quedó mirando a Roque con una sonrisa, hasta que por fin le abordó:

- Usted no es de aquí.

- No, vengo de lejos. -respondió Roque- ¿No sabrá usted de algún lugar donde alquilen habitaciones para pasar la noche?

- Lo imaginé, no tiene aspecto de pertenecer a este lugar. Yo tampoco soy de por aquí -dijo con cierta pose de orgullo el señor- La gente de aquí es extraña.

-Ya me he dado cuenta -advirtió Roque-

- Es difícil hacer amigos con esta gente. Son huraños y tristes. El clima, el polvo, la miseria de esta tierra casi yerma... Sólo en días como hoy parece que despiertan, ¿ha venido usted a ver el campeonato? El juego anima a la gente, ¿ve usted cómo parecen distintos?

Aquel tipo regordete tenía razón. La gente parecía inquieta y más animada.

- ¿Qué campeonato? -inquirió Roque-

- Mire: en días como hoy la ciudad está abarrotada. Va a ser imposible que encuentre alguna habitación libre esta noche. Acompáñeme a ver el partido, por fin tendré alguien con quien conversar. Luego, si quiere, puede pasar la noche en mi casa -el hombre pareció dudar-. Bueno, convenceré a mi mujer. Ella es de aquí, usted sabe...

Roque no tenía otra opción, así que acompañó a aquel hombre, a pesar de que lo único que quería era tomar un baño y descansar. Fue como si una marea humana les arrastrase hasta terminar en un graderío abarratado de gente. Había gente encaramada hasta en los postes que soportaban la iluminación de aquel estadio descomunal. Por el contrario, en el centro de las gradas, un terreno polvoriento y vacío delimitado por unas líneas de color blanco. La multitud estaba claramente dividida en dos bandos, rojos y azules.

- Mire, ¿cómo me dijo que se llamaba? -preguntó el señor-

- No se lo dije. Me llamo Roque.

- Mire Roque; yo soy Zancio, me dedico al comercio. Yo voy con los del bando azul. Por llevar la contra a la familia de mi mujer, más que nada... ¿Ve usted esos 3 palos a modo de arco a cada lado del terreno? El juego se disputa con una pelota, y cada equipo debe intentar introducirla en el arco contrario. La única condición es que la pelota no se puede tocar con las manos, excepto uno de los jugadores, el que guarda el arco, que la puede atrapar con las manos. El resto, normalmente la golpea con los pies.

Cuando los jugadores salieron terreno de juego el griterío fue ensordecedor.

- Parece mentira -comentó Roque- que estos hombres que ahora gritan sean los mismos que hace un momento se mostraban como acomplejados y desganados.

- El espectáculo los transforma -reflexionó Zancio-. Y es más: si su equipo vence, tenga usted por seguro que el más pequeño y miserable de estos hombres se creará el hombre más grande y dichoso de este polvoriento lugar.

- ¿Y si el equipo pierde? ¿Porque alguno de los dos equipos ha de perder?

- ¡No mire usted el lado negativo! -protestó Zancio- Estos hombres ya no pueden estar peor, así que si su equipo pierde se quedan igual. Aunque en ocasiones los dos bandos quedan igualados, y todos en paz.

Aquel día Roque tuvo la mala fortuna de que ganase el bando de los azules. Así que el el hombre regordete se puso más contento aún, y se unió a la fiesta hasta bien entrada la noche. Roque ya no podía más, medio arrastrándose con su mochila a cuestas en medio de la algarabía de los vencedores, cuando por fin el hombre amable le llevó a su casa. Su mujer le observó con una mirada desagradable y desconfiada, echó una mirada de indignación a su marido, pero no dijo nada. Después de una ducha tibia Roque pudo descansar en la habitación que Zancio le brindó.

Cuando Roque se despertó al día siguiente ya era tarde, y Zancio había salido ya a trabajar. Así que tuvo que desayunar bajo la atenta mirada de la mujer de su amigo ocasional, que no le cruzó ni media palabra hasta que le despidió con un seco "adiós". A medio día, Roque ya había abandonado El Páramo por uno de sus caminos polvorientos...

31 de marzo de 2012

Migas con chocolate para el camarada

El alcalde de aquel pueblecito andaluz parecía satisfecho por el buen tiempo, pues el día de primavera prometía sol y una temperatura agradable. Pero sobre todo, estaba contento porque por primera vez en su vida iba a estrechar la mano del camarada S. Ramos Gómez, secretario general del Partido Comunista y líder de la República Popular de los Pueblos Unidos de España.

El Partido se enorgullecía de que todo individuo, en esa gran nación, disfrutaba de una sanidad y educación dignas e igualitarias. Paradójicamente, el alcalde era el tipo más bruto del pueblo. Bien era cierto que iguales se sentían todos, cuando les faltaba tal o cual medicamento que sólo se podía conseguir en el mercado negro, bajo el riesgo de ser encarcelado. Pero al menos, aquel día el sol repartía sus rayos por igual para todos los vecinos del pueblo, y todos proyectaban la sombra en la misma dirección...

Las calles del pueblo lucían preciosas, engalanadas con cientos de banderitas rojas con la hoz y el martillo impresos en chiquito. El rojo intenso contrastaba con el blanco de las calles recién encaladas para la ocasión, todo tal y como lo había dispuesto el alcalde.

La plaza del Ayuntamiento estaba lista: más banderas rojas, y una mesa enorme para más de 50 comensales. En el centro se había reservado, para el camarada Ramos Gómez, el antiguo trono de lo que fuera la iglesia del pueblo. A su lado se sentaría su propio hijo, al que todos veían ya como su sucesor. Eso si es que el camarada Ramos Gómez decidía un día morirse, pues con casi 90 años aún gozaba de una salud de hierro, a pesar del puñado de cigarrillos que fumaba a escondidas de su médico personal. En las otras sillas se sentarían el resto de camaradas importantes, tales como militares de alto rango, comisarios políticos, el médico personal del camarada Ramos Gómez, y demás personajes ilustres que todo el mundo conocía. Y justo en un ladito, en uno de los extremos, hasta el propio alcalde del pueblo tendría su lugar.

En una esquina de la plaza, un grupo de mujeres se afanaba en preparar unas migas con chocolate, con las que agasajar al camarada Ramos Gómez. Conseguir el pan duro para tanto comensal no había sido fácil, y menos con los tiempos de escasez que corrían, debido a una sequía pertinaz y polvorienta. El Partido no terminaba de construir nunca el prometido pantano, con lo que el agua era insuficiente para regar las hortalizas. La producción de cereal de Castilla tampoco acostumbraba a llegar al otro lado de Sierra Morena, y el aceite que por allí producían era como el oro verde de la República: se exportaba para conseguir divisas, de modo que los lugareños apenas lo podían catar.

Pero el camarada Ramos Gómez era astuto y, con la promesa de parar el programa nuclear, había conseguido la donación de parte de los excedentes de cereal de la Unión Europea. Así conseguía unas raciones extras para el ejército, y de paso conseguía paliar un poco el hambre de su querido pueblo. Pese a las donaciones de trigo el pan escaseaba, por lo que el alcalde se tuvo que poner serio, para conseguir que los vecinos colaboraran con la materia prima de las migas con chocolate que se estaban preparando.

Los años de felicidad y paz que trajo la revolución, no habían logrado cambiar las costumbres más arraigadas: las mujeres seguían siendo las que se encargaban, entre otras cosas, de cocinar. María, una de las cocineras, andaba con la mente en otra cosa, pues su hija Ernestina, de tan solo 7 años, iba a pronunciar el discurso de bienvenida en loor del camarada Ramos Gómez. Mientras María le daba una y otra vez vueltas a las migas, Pepe, su marido, repasaba una y otra vez con la niña el discurso. María buscó, a través de la plaza, la mirada cómplice del esposo. Éste la tranquilizó con un simple gesto que hablaba por sí mismo: "la niña se lo sabe todo, de pe a pa".

De repente la comitiva presidencial irrumpió en la plaza. Todo el pueblo vitoreó al Partido y al propio camarada Ramos Gómez: "¡viva la República Popular, viva el camarada Ramos Gómez!". El camarada agradeció las alabanzas, con un gesto de beneplácito que recordaba a una bendición papal. Mientras los miembros de la comitiva tomaban asiento, cada uno en su puesto a lo largo de la mesa, la banda municipal entonó el himno nacional. El pueblo acompañó cantando la letra, y desde el balcón del Ayuntamiento se izaron las banderas. Con tanta pompa y fanfarria, al bruto del alcalde se le puso la carne de gallina, por la emoción.

Cuando el himno nacional acabó, Ernestina subió al estrado, que estaba situado justo en frente de la mesa de Ramos Gómez. La niña iba vestida con un precioso traje rojo de gitanilla que, a modo de lunares, llevaba estampadas minúsculas hoces y martillos. El alcalde no supo dónde meterse cuando más de un comisario del Partido pareció molesto, porque la voz de pito de la niña se acoplaba con el sonido de los altavoces. Ernestina pronunció el discurso fenomenal, y todos aplaudieron. El alcalde respiró aliviado: el camarada Ramos Gómez parecía contento.

Estonces el camarada subió al estrado y, con su voz honda y ronca de fumador, tomó la palabra. Pronunció el esperado discurso que todos se sabían de memoria, pues el camarada Ramos Gómez siempre contaba la misma historia, de cuando la guerra: que si él por entonces era un simple sargento al servicio de la República; que si gracias al desinteresado apoyo del camarada Stalin, y a la abnegada entrega de los miembros del Partido, los fascistas empezaron a perder posiciones; que si las tropas del general Franco fueron sorprendidas en las afueras de este querido pueblo en que ahora me encuentro; que si él mismo en persona, que era un simple sargento, sorprendió y capturó al general Franco, que se había escondido, como un conejo, en el interior de una higuera; que si la mismísima Pasionaria se personó en el pueblo y preguntó por el hombre que había hecho preso al general Franco, porque tenía el gusto de conocerle, a él, que sólo era un sargento; que si la Pasionaria le condecoró al día siguiente, y realizaron un festejo y comieron migas con chocolate en las mismísima plaza del pueblo en que ahora se encontraban; que si al día siguiente empezó la verdadera revolución, y primero fue acabar con los facciosos que, ahora descabezados, no presentaron gran resistencia; que si luego hubo una enconada lucha contra los anarquistas, socialistas y trosquistas, enemigos acérrimos del pueblo; que si a la par se tuvo que combatir a los nacionalistas, meros representantes de la burguesía catalana y de la Iglesia Católica vasca; y que si por último se trazó un plan para desenmascarar a todos los anti revolucionarios y contrarios a la idea del Partido.

Y así siguió y siguió hablando el camarada, por más de una hora, y dejó más que claro que fue en aquel pueblito del sur en donde cambió el rumbo de la guerra, y hasta el de la vida de él mismo, camarada Ramos Gómez, que de simple sargento fue ascendiendo, porque le cayó simpático a nuestra desaparecida y muy querida Pasionaria, y cuando ésta murió ahí estuve yo para asumir la voluntad del Partido, y serviros como desde siempre he hecho, y también tengo una anécdota, me vais a permitir...

Las mujeres que habían cocinado las migas con chocolate estaban perplejas, sin saber qué hacer, pues hacía más de una hora que las tenían más que listas, y el camarada no paraba de hablar. A María y su marido Pepe eso le traía sin cuidado, allá se atraganten con las migas los comisarios y todo el Partido, pues lo importante era que su hija había pronunciado el discurso más que bien. Y hasta la niña le había preguntado a Ramos Gómez, con infantil inocencia -por supuesto, fuera del guión que el bruto del alcalde había preparado-, que para cuándo la presa y el agua con que regar los huertos.

Cuando después de más de dos horas, y tras finalizar el discurso, el camarada Ramos Gómez volvió a la mesa, las mujeres empezaron a servir unas migas que, para entonces, ya estaban más que revenidas. El alcalde, ciertamente contrariado, protestó a María:

-¡Están más tiesas que la mojama!

María le respondió con un gesto de interrogación que venía a decir "¿qué quiere que le hagamos?".

-¿Y el chocolate? -preguntó el alcalde.

-¿Y de dónde quiere que lo saquemos? -respondió María.

El camarada Ramos Gómez, que era el único miembro del Partido que se atrevía a ser sincero, comentó que "por entonces, cuando la guerra, las migas me supieron mejor". Tras unos cuantos vasos de vino, rebajado con agua, los comensales olvidaron el desastre de las migas.

A la caída del sol, el camarada Ramos Gómez ya había desaparecido del pueblo en su flamante y blindado Mercedes, y también el resto de la comitiva. Hombres y mujeres, todos iguales y en perfecta armonía, adecentaban la plaza, mientras el alcalde iba dando órdenes de cómo se debía recoger.

El pueblo amaneció al día siguiente con sus acostumbradas monotonía y escasez. De los festejos, en las impecables calles, no quedaba más que un recuerdo desaborido...

29 de febrero de 2012

Estrategia de mercado

Gente buscando comida en la basura
A media mañana las vi juntas en la esquina de mi calle. Conversaban frente al escaparate de la zapatería. Pensé que buscaban algún zapato de saldo, pero aparentemente no mostraban el menor interés por los productos del escaparate.

Una de ellas era una viejita, espigada y flaca, de pelo cano. La otra, de mediana edad, más baja y regordeta, debía ser magrebí, pues llevaba velo islámico. Imaginé que la mujer del velo estaba al cuidado de la mayor. Pero había algo extraño en la relación amigable de aquella pareja que desmentía mis propios argumentos y suposiciones. Su relación era demasiado cercana, demasiado igual, como para que fueran criada y señora.

Durante algunos días las pude ver en el mismo lugar a horas distintas. Era como si esperasen un autobús que nunca venía. Quizá era que no se decidían por ninguno de los zapatos del escaparate. También pensé que hacían tiempo mientras esperaban la salida del colegio de sus nietos.

Anoche mi curiosidad obtuvo respuestas. Acudí tarde al supermercado, justo cuando iban a cerrar. Ya era de noche, y las dos señoras aún permanecían en la calle. Rebuscaban en uno de los contenedores de basura del supermercado. En su complicidad por la superviviencia, la mujer del velo inclinaba el contenedor, mientras la viejita rebuscaba algo de comida entre la basura. "Criada y señora...", pensé con cierta desazón.

Tuve la certeza de que esperaban en la esquina de la zapatería por simple "estrategia de mercado". Desde aquel mirador excepcional podían observar con discrección los cubos de basura de dos supermercados. Ahí debían estar apostadas a lo largo de todo el día y parte de la noche, esperando la salida de la mercancía caducada o defectuosa. Lo que unos desechamos a otros les sirve...

En estos tiempos inciertos, a veces la necesidad hermana, y la miseria no hace distinción de raza, edad ni religión. El artículo de la Consitutición sobre igualdad se cumple con una ironía demoledora. Quizá éste debe ser el país que planearon los padres de la patria...


31 de enero de 2012

¿A dónde vamos?

Carretera serpenteando por el desiertoEl día en que Moisés emprendió, la que luego sería una larga travesía camino de ninguna parte, nadie lo siguió. Intentó convencer a algunos de sus amigos, pero ninguno quiso acompañarlo. Su orgullo le hizo reprocharles un "peor para vosotros", con lo que ni siquiera tuvo una cariñosa despedida con aquellos amigos que nunca más volvería a ver.

Cogió el autobús a eso de las tres de la tarde, sin percatarse del aspecto humilde que tenían la mayoría de los pasajeros. Moisés no daba demasiada importancia a la apariencia de nadie, y eso que era desconfiado por naturaleza.

El autobús era una tartana que quizá debió tener un aspecto inmaculado en otro tiempo. Nadie con dos dedos de frente hubiera comprado un pasaje en aquel despojo rodante. Sobre todo teniendo en cuenta que la ruta, de más de mil kilómetros, era a través del desierto. Pero siempre hubo pobres y despreocupados en este mundo. Desde luego que a Moisés las trazas del bus le trajeron sin cuidado. Aunque no le cayó bien que su asiento estuviese al lado de una señora gruesa que, además, había ocupado su número de asiento, junto a la ventanilla. Moisés no protestó más que por dentro y no le reclamó a la señora. Padecía de una introspectiva forma de ser que lo hacía demasiado tímido para los tiempos rudos que corrían. Así que se resignó a sentarse en el breve espacio que la señora gorda había dejado libre, entre sus propias posaderas y el reposabrazos del otro asiento. Asiento sobre el que iba a viajar Moisés, y cuyo cuero cuarteado y hundido prometía cualquier cosa menos comodidad.

El chófer subió al autobús e hizo el recuento de pasajeros, pidiendo de paso los billetes. Era un tipo que se engominaba con la propia grasa de su cabello. Vestía un pantalón amplio, en color beige, y una camisa medio desabotonada con cercos de sudor en las axilas, que dejaba ver, sobre un torso peludo de fauno, una cadena de oro de muchos quilates. La figura de aquel dandi iba a juego con las gafas de pasta y lentes gruesas que gastaba. Puede que su vista no fuera muy aguda, pero presumía el hombre de conocer tan bien la ruta que era capaz de hacerla hasta con los ojos cerrados. Y viendo el calibre de sus lentes nadie lo ponía en duda.

-Billete, billete -iba pidiendo el conductor al pasaje-. Billete... Señor, su autobús es ése de al lado...

Un pasajero despistado abandonó apresurado el autobús.

-Señora, por favor, su billete...

-Perdone -dijo la señora gruesa-. Es que me he puesto al lado de la ventanilla porque me mareo.

-Si al caballero no le importa, a mí tampoco -dijo el chófer a Moisés, sin mirarlo siquiera-. Caballero, su billete.

-Es igual -respondió resignado Moisés, entregando el billete.

Por fin el autobús se puso en marcha. El ensordecedor traqueteo del motor espabiló a más de un pasajero que ya empezaba a dormitar. Pero en cuanto el ruido se hizo monótono se convirtió en un arrullo que invitó al sueño, incluso a pesar de los corridos mexicanos que, a voz en alto, escuchaba el conductor en un viejo radiocasete, tan impropios de aquella hora de la siesta.

Moisés hubiera querido también dar una cabezadita, o incluso teletransportarse en un largo sueño al otro lado del viaje y del desierto. Pero su oronda compañera de ruta se le adelantó, con una sonatina de ronquidos entrecortados, en clave de fa, que sonaba algo así como "cococó, silencio, cococó, aaaaffff..." Y no era que el aquel ronquido atronase más alto que el ruido del motor, sino que a Moisés le entró rabia y fue su propio hervor por dentro el que no lo dejó dormir.

Poco a poco, con parsimonia, el bus fue avanzando en su ruta. Cuanto más se adentraba el destartalado vehículo en el desierto más insoportable se hacía el calor. Para colmo de males, los autobuses de la época en que fue engendrado éste no traían aire acondicionado de serie. Como nunca se lo llegaron a instalar, el viaje estaba suponiendo un verdadero retroceder en el tiempo, que permitía conocer a los viajeros la sufrida vida de sus abuelos. Al menos tenían la suerte de no viajar a lomos de una mula.

Un ventilador minúsculo, situado estratégicamente sobre el parabrisas, ofrecía aire al conductor, sin que uno solo de sus cabellos lubricados se inmutara. Producía el aparato giratorio cierta envidia entre el pasaje, pues, por un exceso de expectativas, daban por supuesto que concedía una brisa refrescante y tonificadora. Del espejo retrovisor había colgado el chófer un rosario de cuentas rojo fosforito, que oscilaba al ritmo machacón del autobús y de los corridos mexicanos. Insistía el hombre en martirizar con sus canciones a las primeras filas del pasaje, volteando y volteando siempre el mismo casete, cuando la cinta de hierro y cromo llegaba al final de su recorrido. Los de las filas de atrás quedaban a salvo de la tortura musical, gracias al atronador ruido del motor.

Un par de niños archiaburridos desesperaban, con peleas continuas, a su papá y los pasajeros próximos. En la parte trasera del bus, un joven, de aspecto serio, se encendió despreocupado un porro de marihuana. Alguien cercano protestó, pero el conductor no se dio por enterado. Moisés llevaba la mente en otra cosa, soñando con una vida mejor al otro lado del desierto. En la ciudad que acababa de dejar atrás no había trabajo, ni para él ni para ninguno de sus amigos de toda la vida, aquellos que inexplicablemente no habían querido acompañarlo. De vez en cuando miraba de reojo a la señora del asiento de al lado, que seguía roncando tan plácidamente, y arrinconándolo, cada vez más, en su pedacito de asiento.

Hacía tiempo que el bus había tomado un pequeño desvío, y desde entonces no se había cruzado con ningún vehículo. Era una trocha de más de 200 kilómetros, gracias a la cual el conductor conseguía un dinero extra, al ahorrarse pagar el peaje de la autopista. Y de paso, alargaba la agonía del pasaje.

A mitad del desvío, justo cuando más parecía golpear el sol, el chófer detuvo el motor e hizo un alto en el camino:

-Paramos 15 minutos.

Las señoras debieron acordarse de la puta madre del conductor, pues en aquel lugar inhóspito, en medio de la nada, no había ni un matojo, ni una roca que levantase más de 2 palmos. Así que cada cual se las apañó como pudo, para orinar detrás de alguna toalla o sin pudor, mientras algunos hombres las miraban con descaro.

Alguna de las mujeres debió desear un "ojalá te mueras, hijueputa", con tan mala fortuna, que hizo pronóstico. De forma repentina, el chófer cayó a plomo entre el asfalto y la arena, mientras se fumaba un pitillo. Al verle caer, los pasajeros acudieron a auxiliarle. Le echaron agua para refrescarlo, e incluso uno de los pasajeros le dio un masaje cardíaco. Pero no volvió en sí, porque estaba más que muerto.

-¡Dios mío! -se lamentó la señora gorda- ¿Qué vamos a hacer ahora, en medio del desierto?

En ese preciso momento los pasajeros se desentendieron del chófer y empezaron a preocuparse por ellos mismos. Al padre de los dos mocosos peleones le entró una preocupación doble. Algunos sintieron sequedad en la garganta, al comprobar que en aquel punto remoto del desierto los móviles no tenían cobertura. El muchacho serio que viajaba en la parte de atrás se lió otro cigarrillo de marihuana. Casi todos se quejaban de su mala fortuna, hasta que Moisés puso un poco de cordura:

-¿Nadie sabe conducir este trasto?

El joven de la marihuana se ofreció para llevar el autobús. Pero nadie sabía dónde había puesto el conductor la llave. No la había dejado puesta en el contacto, y entre sus ropas no encontraron más que una cartera sudada y un viejo peine de plástico. Por más que rebuscaron en la cuneta no encontraron nada. También buscaron donde, antes de morir, el chófer había dejado su último reguero de pis. Pero nadie encontró la llave: allí sólo había un montón de arena en la que buscar.

-Está claro que si nos quedamos aquí nadie nos vendrá a buscar -dijo un señor flaco, que hasta ahora había sido un mero espectador.

-¿Y a dónde vamos a ir? -lloriqueó la señora gruesa.

Quizá por avivar el ánimo de la gente, o tal vez porque deseaba más que nadie comenzar una vida nueva, Moisés habló a la gente con determinación:

-¡Seguidme, y yo os sacaré del desierto!

Dada su timidez, su ofrecimiento entusiasta fue un inesperado arrojo que le hizo sorprenderse de sí mismo. Pero fue de una seguridad tal, que nadie dudó de que ésa era la mejor opción. Cuando Moisés se puso en camino todos le siguieron. Y eso que, en el fondo de su ser, no tenía ni la más remota idea de para dónde debía caminar...

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