31 de diciembre de 2011

La sopa se enfría

Salón comedor de un barco
El ambiente aparentaba ser aún más cálido debido a los brillos y destellos de la cubertería de plata y de las lámparas bañadas en oro que colgaban del techo. Las dos amigas se acercaron las lentes para leer mejor la carta.

 - Espero que este plato de aquí -dijo Florencia señalando una de las líneas de la carta- no sea una de esas sopas frías que tanto detesto.

- Pregútale al metre, querida -comentó Enriqueta.

Las dos eran unas cincuentonas mustias que se habían embarcado en aquel crucero que atravesaba el Atlántico más que por el viaje en sí mismo, por el placer de a la vuelta cotillear y dar envidia a sus mejores amigas. Se alojaban en camarotes anexos de primera clase.

- Perdone -Florencia interceptó al maître-, ¿en qué consiste este plato, éste de aquí?

El maître dio las indicaciones pertinentes a Florencia, cuando en ese preciso instante los músicos se arrancaron con las primeras notas de un vals suave. Era un cuarteto de cuerda con dos violines, una viola y un violonchelo.

- No me ha quedado claro -comentó Florencia en voz baja a su amiga- ¿es una sopa fría?

- No he prestado atención, querida. Estaba pendiente de los músicos. Ese calvito del bigote me recuerda a mi ex marido.

- De todas formas, voy a pedir la recomendación del maître. Me ha dicho que era una sopa exquisita de marisco. ¿Tú, Enriqueta, qué vas a pedir?

- No sé. Lo mismo qué tú.

Era temprano, y las actividades que se celebraban por la tarde en el barco no habían terminado aún. En el comedor no había más comensales que ellas dos.

- Camarero, camarero -Florencia alzó la voz-. Hemos decidido que las dos vamos a tomar esa sopa de marisco que usted dice que está tan rica.

- ¿Y de segundo, qué van a tomar?

- Aún no lo hemos decidido -respondió Enriqueta.

- Está bien, luego les tomo nota.

Florencia se empeñaba en descifrar los platos de la carta, pero con aquellos nombres raros no obtenía ninguna pista. Mientras tanto su amiga Enriqueta horadaba nerviosa con la uña el pan y se lo comía haciendo pequeñas bolitas.

- No hagas eso con el pan -le reprendió Florencia-, es de mala educación.

- ¡Aj... qué más da! -se excusó Enriqueta-, total ¿quién me va a ver? El comedor está vacío.

- Te ven los camareros. Y te veo yo.

- ¡Ni que tú fueras tan importante!

El camarero apareció con los platos. Justo cuando los depositaba encima de la mesa, un golpe seco sacudió el barco, y la sopa estuvo apunto de verterse fuera de los platos.

- ¡Uy, qué susto! -dijo sobresaltada Florencia- ¿Camarero, qué ha sido eso? ¿No nos iremos a hundir, como el Titanic?

- No se preocupen, señoras -intentó tranquilizar el camarero-. Disculpen, voy a preguntar.

El camarero salió a la carrera hacia la cocina, y Enriqueta no tuvo tiempo de pedirle otro pedazo de pan. Los músicos silenciaron sus instrumentos y también salieron afuera a ver qué pasaba, con lo que las dos amigas quedaron aún más solas en el comedor. Fue Enriqueta la primera en probar la sopa:

- Mmmm... de veras que está rica.

- ¿A ver? Voy a probar -comentó Florencia-. ¡Aj... no sabe a nada! Está insípida, le falta sal.

- ¿Sal? ¿Qué quieres, que sepa a salmuera? Está en su punto.

- ¡Tú que sabrás...!

En el exterior del comedor, se oían ruidos de gente que iba de un lado a otro del barco de manera apresurada. Pero las dos amigas permanecieron inmutables sentadas a la mesa. Florencia esperaba a que el camarero regresase para pedirle el salero. Pero allí no apareció nadie.

- Como no te comas la sopa se te va a enfriar -exhortó Enriqueta a su amiga.

- ¡Qué vergüenza de servicio! -protestó Florencia-. Ni un camarero por ningún lado. Cuando terminemos de cenar les voy a poner una reclamación. Y si terminamos, porque aquí no aparece nadie para preguntarnos por el segundo plato.

Florencia no tuvo más remedio que empezar a comerse la sopa, por más que le resultase insípida. Realmente, ya se estaba quedando fría, lo que añadió más inquina a su desgracia. Enriqueta, mientras tanto, apuraba las últimas cucharadas de su plato.

En el exterior del comedor de primera clase cundía el pánico, pues el barco se hundía lentamente hacia el fondo del océano. Pero las dos amigas, ensortijadas de oro y con collares ostentosos de perlas, permanecían ajenas a lo que afuera sucedía. El absurdo de su manera de ser las mantenía más preocupadas de sus pequeñas bagatelas respecto a la sopa de marisco que de poner a salvo sus vidas. No eran conscientes de que en determinadas situaciones, que la sopa esté sosa o más o menos fría es lo de menos. Pero para hubieran tenido que ser capaces de alzar la vista un poco más allá de sus propias narices...

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